11. Las palabras de Dios crean milagros de vida

Por Yang Li, provincia de Jiangxi

Mi madre falleció cuando yo era pequeña, por lo que tuve que soportar la pesada carga de las responsabilidades domésticas desde una edad muy temprana. Después de casarme, mis obligaciones se volvieron tan pesadas que me tenían casi sin aliento. Harta de la dureza y la miseria de la vida, con el tiempo acabé por caer en la depresión y el desánimo, me convertí en una persona callada y reservada que se iba consumiendo cada día. En 2002, cuando algunos hermanos y hermanas compartieron conmigo el evangelio de la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días, lo acepté felizmente y más tarde llevé a mi esposo e hijos ante Dios. A partir de entonces, los hermanos y hermanas venían a menudo a nuestra casa para las reuniones y compartíamos la palabra de Dios, cantábamos, bailábamos y alabábamos a Dios; esto me trajo un gozo increíble y ya no me sentía deprimida ni preocupada. Mis hijos decían que cada vez me veían más joven y alegre. A menudo leíamos las palabras de Dios juntos en familia y, a través de ellas, llegamos a entender muchas verdades, así como la urgente voluntad de Dios de salvar a la humanidad. Viajé por todas partes difundiendo el evangelio y dando testimonio de Dios para retribuir Su amor y permitir que aquellos que, como yo, habían sufrido el tormento de Satanás, se presentaran ante Dios y fueran salvados por Él lo antes posible. Nunca imaginé que, debido a esto, me convertiría en el blanco de la cruel persecución del gobierno del PCCh…

El 23 de noviembre de 2005, alrededor de las siete de la tarde, mientras me encontraba en una reunión con dos hermanas, oí de repente un violento golpe en la puerta y, al darme cuenta de que podía ser la policía, recogí apresuradamente todos los libros de la palabra de Dios. Como esperaba, derribaron rápidamente la puerta principal y cinco policías irrumpieron como locos y nos rodearon. El jefe gritó: “¡No hay escapatoria! ¡Registrad el lugar!”. En poco tiempo, pusieron toda la casa patas arriba, la dejaron hecha un completo desastre. Entonces confiscaron nuestros bolsos y un libro de himnos, y luego procedieron a esposarnos para llevarnos a la comisaría de policía. Me asusté mucho ante esta demostración de fuerza y clamé desesperadamente a Dios para que me protegiera. En ese momento, un pasaje de Sus palabras me vino a la mente: “Deberías saber que todas las cosas del entorno que te rodea están ahí porque Yo lo permito, Yo lo dispongo todo. Ve con claridad y satisface Mi corazón en el entorno que te he dado. No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me concedieron una fuerza y una fe inmensas, me libraron de mi recelo e infundieron aplomo y firmeza en mí. ¡Así es! Todos los sucesos y las cosas están en manos de Dios, así que también la policía está sometida a Dios y Sus orquestaciones. Con Su firme apoyo, no había nada que temer. Solo tenía que concentrarme en buscar la voluntad de Dios y confiar en Él para poder mantenerme firme en el testimonio en cualquier situación que me encontrara.

En la comisaría, diez agentes de la Oficina Municipal de Seguridad Pública y de la comisaría local se turnaron para interrogarnos en grupos de dos. Exigían saber nuestros nombres y direcciones y quiénes eran los líderes de nuestra iglesia. Cuando no les dimos ninguna respuesta, su frustración se convirtió en rabia y nos esposaron a bancos de hierro. Ver aquellas miradas feroces en los rostros de los policías infundió temor en mi corazón; me preguntaba qué clase de horribles tácticas usarían contra nosotros y no estaba segura de ser capaz de mantenerme firme. Al ver que no hablaba, uno de los agentes dijo en un tono meloso: “Se está haciendo muy tarde. Anda, dinos tu nombre y tu dirección y te enviaremos a casa”. Tenía la mente muy clara entonces porque contaba con la protección de Dios, y pensé para mí: “Es un truco de Satanás. Si les doy mi nombre y dirección, sin duda irán a registrar mi casa, algo que sería increíblemente perjudicial para la iglesia”. Así las cosas, no importaba cuánto me interrogaran esos horribles policías, no abriría la boca, solo le rogaría a Dios que me manifestara las palabras correctas que debía decir. Al día siguiente volvieron haciendo las mismas preguntas y, de nuevo, no dije nada. Aquella misma noche apareció una agente vestida con un atuendo bastante inapropiado, me miró fijamente y me preguntó con dureza: “¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?” No le respondí, así que me gritó enojada: “Vosotros solo os dedicáis a comer hasta hartaros y a holgazanear, no os molestáis siquiera en ir a ganar dinero. ¿Por qué demonios queréis creer en un Dios?”. Tras decir eso, se me acercó y comenzó a darme patadas en piernas y pies con sus zapatos de tacón mientras gritaba: “¡Y una mierda practicar la fe! Si no me das una respuesta sincera, haré que te maten”. Sentía un dolor insoportable en las piernas y los pies y me invadió una ola de debilidad en el corazón ante la incertidumbre de lo que me pasaría después. Enseguida le supliqué a Dios, le pedí que salvaguardara mi corazón. Concluida mi oración, mi miedo disminuyó. Ya que su interrogatorio no había obtenido ningún resultado, la policía nos envió a las tres a un centro de detención.

Esa noche nevaba mucho y hacía mucho frío. Aquellos policías perturbados nos confiscaron toda la ropa de invierno que teníamos en nuestros bolsos, lo que nos obligaba a llevar encima apenas una fina capa de ropa y pasar temblando de frío todo el viaje. Cuando llegamos al centro de detención, nos condujeron al oscuro y aterrador pabellón subterráneo de la prisión. De vez en cuando, los sonidos de las maldiciones y gritos de los otros reclusos descendían hasta nosotras y me ponían los pelos de punta; me parecía haberme adentrado en algún tipo de infierno en la tierra. Nos metieron a las tres en una celda con otras veinte reclusas de las que emanaba un insoportable hedor rancio. A ambos lados de la celda había unas plataformas de cemento para dormir y todas las internas estaban sentadas alrededor de una larga mesa enhebrando filamentos de bombillas. En cuanto entramos, el agente le dijo a la líder de las reclusas: “¡Asegúrate de darles una buena bienvenida!” La líder, convicta por un asunto de drogas, no tendría ni treinta años. En cuanto oyó las órdenes del agente, me tiró al suelo con unas crueles patadas, sin darme tiempo siquiera a reaccionar. Me dolió tanto que me revolqué gritando por el suelo. Después de eso, nos quitaron toda la ropa, nos arrastraron hasta el baño y allí nos obligaron a tomar duchas frías. El agua helada me caló hasta los huesos y me provocó convulsiones por todo el cuerpo, mis dientes castañeaban sin parar. Tenía un dolor insoportable en todo mi cuerpo, como si me hubieran cortado con un cuchillo, y perdí muy rápido el conocimiento. Al recuperar el sentido, me di cuenta de que ya me habían arrastrado de vuelta a la celda. Cuando la líder de las reclusas vio que estaba despierta, no se relajó, sino que continuó dándome patadas y puñetazos. Solo me arrojó hacia un lado cuando se sintió agotada. Las dos hermanas vinieron y me abrazaron con fuerza, sus lágrimas caían sobre mi rostro. Con el corazón muy débil, pensé: “¿Por qué Dios no me deja morir? En cuanto muera seré libre, pero si sigo con vida quién sabe cómo me golpearán y torturarán estos demonios, y si podré o no resistirlo todo”. Cuanto más lo pensaba, más angustiada me sentía, las lágrimas no paraban de caerme por el rostro. En mitad de mi sufrimiento, Dios me esclareció para que pensara en un himno de Sus palabras: “Con toda seguridad, bajo la guía de la luz de Dios, atravesaréis por los dominios de las fuerzas de la oscuridad. Con seguridad, en medio de la oscuridad, no perderéis la luz que os guía. […] Con seguridad estaréis resueltos y firmes en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis la bendición que proviene de Dios, y con seguridad irradiaréis Su gloria por todos los rincones del universo” (‘Canción de los vencedores’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Mi corazón quedó inmediatamente inundado de calidez: la promesa de Dios y Su amor me conmovieron profundamente, me permitieron darme cuenta de que, aunque Satanás estaba infligiendo su crueldad sobre mí, siempre y cuando confiara sinceramente en Dios y lo respetara, Él sin duda me guiaría para vencer la opresión de las fuerzas oscuras y salir a la luz. El sufrimiento que estaba padeciendo era valioso y significativo, una bendición de Dios, un trance por el que tenía que pasar en el proceso de buscar la verdad y obtener Su salvación. Era también un fuerte testimonio de la derrota de Satanás ante Dios. Satanás me atormentaba y me torturaba para tratar de hacerme negar y traicionar a Dios; solo permaneciendo fuerte en mi devoción hacia Él, soportando todo el sufrimiento que debía y manteniéndome firme en el testimonio de Dios, podría contraatacar el complot de Satanás y humillarlo para darle gloria a Dios. En cuanto pensé en todo esto, me arrepentí profundamente ante Él y tomé una decisión: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Has sufrido más de lo que cualquier persona normal podría soportar, solo para traerle la salvación a gente tan profundamente corrompida. ¡Has hecho un gran esfuerzo por nosotros y Tu amor es sin duda enorme! Debería retribuir Tu amor, pero hoy, cuando me enfrenté a una prueba, cuando debería haber dado testimonio ante Satanás, decidí escapar. Cuando sufrí en la carne, solo un poco, me volví negativa y me resistí, lo único que quería era morir y acabar con todo. ¡Qué cobarde soy! ¡Qué falta de conciencia! De ahora en adelante, sean cuales sean las circunstancias adversas a las que me enfrente, me comprometo a dar testimonio de Ti”. Sentí que en ese momento mi fe se fortalecía y agarré con firmeza las manos de mi hermana, dispuesta a seguir viviendo para dar testimonio de Dios.

Después de estar retenida en el centro de detención durante veintiún días, la policía me escoltó hasta la Oficina de Seguridad Pública del Condado. Me ataron a un banco y me interrogaron. Como me negué rotundamente a pronunciar una sola palabra, esa noche me esposaron usando unas esposas con tachuelas y me colgaron de la reja de hierro de una ventana, de tal modo que mi cuerpo quedaba colgando y solo tocaba el suelo con las puntas de los pies. Un agente me habló con arrogancia, diciendo: “Si algo me sobra, es paciencia. Voy a hacer que me ruegues y me digas quién es tu líder por tu propia voluntad”. Tras decir eso, salió de la habitación dando un portazo. Poco después, empecé a sentir un penetrante dolor en las muñecas que me dejó con un sufrimiento indecible. En ese momento, pensé de repente en un himno de las palabras de Dios: “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han sido dadas? ¿Alguna vez habéis buscado las promesas que se hicieron por vosotros? Con toda seguridad, bajo la guía de la luz de Dios, atravesaréis por los dominios de las fuerzas de la oscuridad. Con seguridad, en medio de la oscuridad, no perderéis la luz que os guía. Con seguridad seréis el maestro de toda la creación. Con seguridad seréis un vencedor ante Satanás. Con seguridad, a la caída del reino del gran dragón rojo, os erguiréis en medio de la infinidad de multitudes para ser testigo de la victoria de Dios. Con seguridad estaréis resueltos y firmes en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis la bendición que proviene de Dios, y con seguridad irradiaréis Su gloria por todos los rincones del universo” (‘Canción de los vencedores’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Con lágrimas en los ojos, canté el himno una y otra vez. Cuanto más cantaba, más enérgica me ponía y más capaz era de sentir la poderosa fuerza vital de las palabras de Dios, que fortalecían mi corazón y me proporcionaban una fe incondicional en que Dios sin duda me guiaría para vencer la opresión de las fuerzas oscuras, me ayudaría a soportar toda esta cruel tortura y así permanecer firme en mi testimonio. Con el aliento de las palabras de Dios, mi dolor físico se disipó y de verdad me parecía que me acercaba más íntimamente a Él. Lo sentía a mi lado, acompañándome. Sus palabras conmovieron mi corazón y decidí que sería testigo para satisfacer a Dios y que nunca jamás capitularía ante Satanás.

Después de eso, me llevaron a la sala de interrogatorios, donde lo primero que se veía era una serie de diferentes instrumentos de tortura: una hilera de porras de policía, grandes y pequeñas, colgadas de la pared y junto a ellas, porras y látigos de cuero y un banco de hierro. Unos cuantos agentes se afanaban en golpear a un hombre de veintitantos años con sus porras eléctricas y látigos de cuero. Tenía graves cortes y magulladuras, estaba tan desfigurado que su rostro era casi irreconocible. Entonces entró una agente de policía y, sin mediar palabra, procedió a darme varias patadas antes de agarrarme por el pelo y estrellarme la cabeza contra la pared con un terrible ruido sordo. La cabeza me daba vueltas, estaba mareada y me dolía tanto que pensé que se me abriría en dos. Mientras me golpeaba, gruñó con maldad: “¡Si hoy no abres la boca, me aseguraré de que no vivas para ver otro día!” Otros dos agentes masculinos intervinieron, amenazantes: “Hemos convocado a agentes de todas las comisarías de los alrededores. Tenemos todo el tiempo del mundo para interrogarte, un mes, dos meses… el tiempo que sea necesario para obtener las respuestas que queremos de ti”. Al oírles decir eso, además de pensar en las crueles tácticas que esa escoria había usado conmigo antes, así como en la escena que acababa de suceder con aquel recluso varón, mi corazón comenzó a latir con fuerza, agitado ante la ola de miedo y terror que me inundó. Lo único que podía hacer era orarle a Dios con urgencia. En ese momento, Sus palabras me guiaron: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre. Aunque, en la definición de la ‘carne’, se dice que Satanás la ha corrompido, si las personas se entregan, y Satanás no las domina, nadie puede conseguir lo mejor de ellas; en este momento, la carne llevará a cabo su otra función y empezará oficialmente a recibir la dirección del Espíritu de Dios” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me proporcionaron un camino de práctica. Pensé: “Desde luego, Satanás se ha aferrado a esta debilidad mía, mi temor a la muerte, para hacerme traicionar a Dios, mientras que Él está aprovechando esta situación para probar la sinceridad de mi fe. Si me paro a pensarlo, mi vida está en manos de Dios, así que ¿por qué debería temer a Satanás? Ahora es el momento de dar testimonio de Dios; solo ofreciendo mi vida y no estando constreñido por la muerte puedo liberarme de la influencia de Satanás y ser testigo de Dios”. Tras pensar bien todo aquello, ya no temía a la muerte y decidí ofrecer mi vida para satisfacer a Dios. Cuando uno de esos policías malvados notó que no tenía miedo, gritó con rabia: “Si ahora no te damos una lección, ¡pensarás que no sabemos qué hacer contigo!”, e inmediatamente me volvieron a encerrar con las esposas tachonadas, me colgaron de lo alto de la reja de hierro de la ventana y empezaron a atizarme con una porra eléctrica. Una fuerte corriente de electricidad se extendió al instante por todo mi cuerpo, me hizo estremecer y convulsionar una y otra vez. Cuanto más luchaba, más me apretaban las esposas en las muñecas. Era tan doloroso que creía que se me iban a caer las manos; todo mi cuerpo estaba sometido a un dolor insoportable. Los dos policías malvados se turnaban para torturarme con las porras, de las que surgían constantes chisporroteos. Cada vez que me electrocutaban, todo mi cuerpo sufría espasmos y temblores, y lentamente empecé a adormecerme. Poco a poco, fui perdiendo el conocimiento y acabé por desmayarme. Algún tiempo después, no sé cuánto, me despertó el frío. Aquel grupo de malvados agentes, al ver que solo llevaba una fina capa de ropa, habían abierto intencionadamente todas las ventanas para que me congelara. Un viento helado soplaba sin cesar desde la ventana; tenía tanto frío que mi cuerpo se había puesto rígido y me parecía estar a punto de volver a perder el conocimiento, pero entonces un pensamiento me llegó con claridad: “No puedo desmoronarme. ¡Debo ser testigo de Dios aunque signifique mi muerte!”. En ese momento, me imaginé al Señor Jesús siendo crucificado para salvar a la humanidad. El Señor Jesús fue golpeado hasta quedar hecho un amasijo sangriento y luego fue clavado en la cruz para así completar la obra de redención de la humanidad. Si Dios fue capaz de dar Su vida para salvar a la humanidad, ¿por qué no podía yo retribuirle un poco de ese amor? El amor de Dios me alentó y le oré así: “¡Oh, Dios! Tú me has dado este aliento que respiro, así que me someto voluntariamente si deseas arrebatármelo. ¡Para mí sería un enorme orgullo y un honor morir por ti!”. Luego, gradualmente, recuperé la conciencia. Al pensar en cómo Pedro, Esteban y otros discípulos habían muerto en el martirio, no pude evitar cantar silenciosamente un himno de la iglesia que conocía bien: “Por Su plan sagrado y soberanía, me enfrento a pruebas para mí. ¿Cómo voy a rendirme o esconderme? La gloria de Dios es lo primero. En los momentos de adversidad, Sus palabras me guían, mi fe se perfecciona. Estoy completamente consagrado a Dios, consagrado a Dios sin miedo a la muerte. Su voluntad es lo primero. No importa mi futuro, lo que gane o pierda. Sólo deseo que Dios esté satisfecho. Doy sonoro testimonio y avergüenzo a Satanás para la gloria de Dios. Me comprometo a retribuir Su amor. Lo alabo sin pausa con el corazón. He visto el Sol de la justicia, la verdad controla todo en la tierra. El carácter de Dios es justo. ¡Amaré a Dios Todopoderoso para siempre y Su nombre ensalzaré!” (‘Sólo pido que Dios esté satisfecho’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cuanto más cantaba, más conmovida y alentada me sentía; mi voz quedaba ahogada en las lágrimas. Podía sentir a Dios a mi lado, escuchando atentamente mis confidencias. Tenía un sentimiento de calidez en mi corazón y sabía que Dios me había estado sosteniendo todo este tiempo con Su mano poderosa para que no temiera al frío ni mi propia muerte. En mi corazón, tomé la siguiente determinación: ¡No importa qué tipo de tortura y sufrimiento pueda acechar, juro por mi vida que permaneceré leal hasta el final y seré testigo para retribuir el amor de Dios!

La mañana del día siguiente, un policía me amenazó agresivamente, diciendo: “Tienes suerte de no haber muerto congelada anoche, pero si no hablas hoy me aseguraré de que tu Dios no pueda salvarte”. Me reí para mis adentros, imperturbable. Pensé: “Dios es el Creador de los cielos y de la tierra y de todas las cosas, Él gobierna sobre todo, es todopoderoso y está lleno de autoridad. ‘Porque Él habló, y fue hecho; Él mandó, y todo se confirmó’. Mi vida también está en manos de Dios; si Él quisiera salvarme ahora, ¿no le resultaría facilísimo? Lo que sucede es que quiere usarte, demonio, para servirlo”. En ese momento, el malvado policía me atizó de nuevo con su porra y una fuerte corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo. El dolor que me provocó fue insoportable, me agité y grité involuntariamente. El policía se rio a carcajadas y dijo: “¡Vamos, grita! ¡Llama a tu Dios para que te salve! Si me suplicas que te salve, te prometo que te dejaré ir”. Escuchar la audacia monstruosa de las palabras de ese agente me llenó de un gran rencor y oré en silencio a Dios: “¡Oh, Dios! ¡Qué salvaje es el diablo Satanás! Te calumnia y blasfema; es Tu enemigo irreconciliable y es sobre todo mi enemigo declarado. No importa cuánto me torture Satanás, no te traicionaré. Solo deseo que ganes mi corazón. Estos demonios pueden dañar mi carne, pero nunca podrán destruir mi determinación de satisfacerte. Ojalá me concedas fuerza”. Aquel policía despiadado y maníaco me pegó implacable con su porra eléctrica; cuando la primera se quedó sin carga, cogió otra distinta y continuó electrocutándome. Perdí la cuenta de cuántas porras utilizó en total. Me parecía que la muerte rondaba cerca y no había esperanzas de supervivencia. Consumida por la negatividad y el pesimismo, solo podía clamar desesperadamente a Dios, rogarle que me protegiera y me salvara. En ese momento, un pasaje de la palabra de Dios me vino a la mente: “La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida ningún ser creado o fuerza enemiga la puede aplastar fácilmente. La fuerza de vida de Dios existe e irradia su reluciente resplandor, independientemente del tiempo o el lugar. El cielo y la tierra pueden sufrir grandes cambios, pero la vida de Dios para siempre es la misma. Todas las cosas pasan, pero la vida de Dios todavía permanece porque Dios es la fuente de la existencia de todas las cosas y la raíz de su existencia” (‘Sólo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me llenaron de una fuerza ilimitada y enseguida me concedieron una fe increíblemente fuerte en medio de mi debilidad. Pensé para mis adentros: “Sí, creo en el único Dios Todopoderoso. La vida de Dios es eterna y sobrenatural, y Su fuerza vital lo trasciende y lo conquista todo. Todo lo que es llega a ser mediante las palabras de Dios. Todos los aspectos del hombre, incluyendo su vida y su muerte, están sujetos al arbitraje de Dios. Mi vida, más si cabe, está en manos de Dios y, por lo tanto, ¿cómo podría Satanás ejercer control sobre mi mortalidad? Veamos, por ejemplo, cómo invocó el Señor Jesús a Lázaro, cuyo cuerpo ya había empezado a pudrirse en su tumba, diciendo ‘¡Lázaro, ven fuera!’ (Juan 11:43) y Lázaro salió del sepulcro, resucitado de entre los muertos. Las palabras de Dios poseen autoridad y poder; Él creó el mundo con Sus palabras y Él usa Sus palabras para guiar a cada era. Ahora, Dios está usando Sus palabras para salvarnos y perfeccionarnos. Ya no debo interpretar las cosas según mis ideas e imaginaciones, sino vivir en concordancia con la palabra de Dios. Ahora, si Dios no me permite morir, da igual cuán salvajemente actúe Satanás, pues no tiene el poder de quitarme la vida. Mientras pueda honrar a Dios, moriré feliz y voluntariamente”. Una vez empecé a vivir según las palabras de Dios y dejé de preocuparme por mi propia mortalidad, ocurrió un milagro: por mucho que ese policía malvado me golpeara, yo ya no sentía ningún sufrimiento ni dolor y mi mente permanecía muy clara. Estaba segura de que era la protección y el cuidado de Dios; Su mano poderosa me sostenía. Sin lugar a dudas, experimenté en primera persona el asombroso poder de las palabras de Dios, así como la naturaleza sobrenatural y extraordinaria de Su fuerza vital. Las palabras de Dios son la verdad y la realidad de la vida. Su fuerza vital no puede ser reprimida por ninguna fuerza de las tinieblas. Daba igual que los policías me infligieran toda clase de torturas y crueldades, que se turnaran para cumplir con sus crueles castigos, yo era capaz de soportarlo todo. No se debía a mi propia habilidad, sino que era enteramente el poder y la autoridad de Dios. Si no hubiera sido por las palabras de Dios dándome fuerza y fe, me habría quebrado mucho antes. Tenía la honda sensación de que cuando mi carne fue más débil y me había sumergido en las profundidades del sufrimiento, Dios siempre estuvo a mi lado, apoyándome con sus fuertes y poderosas palabras de vida, salvaguardándome en todo momento para que la fe se fortaleciera en mi interior y mi determinación fuese más férrea.

Esa noche, usaron una técnica de tortura diferente conmigo. Me esposaron frente a la ventana, dejándome así expuesta al aire frío del exterior, y luego me vigilaron por turnos para asegurarse de que no me quedaba dormida. En cuanto se me cerraban los ojos, me daban una bofetada en la cara. No había bebido ni una gota de agua ni probado bocado en dos días, apenas me quedaban fuerzas en el cuerpo y tenía los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos. Sentí que una especie de miseria indescriptible me inundaba y me pregunté cuánto tiempo más duraría la tortura. Temblaba sin parar, el gélido viento soplaba constante y me helaba hasta los huesos. Los policías, vestidos con anoraks hasta las rodillas, estaban sentados con las piernas cruzadas delante de mí, esperando mi rendición sin hacer nada. En aquel momento, era como si se estuviera desarrollando ante mí la escena de unos demonios torturando a alguien en el Hades, y no pude reprimir mi ira. El hombre fue creado por Dios y es natural y correcto adorarlo, pero el mísero y desvergonzado gobierno del PCCh no permite que la gente adore al Dios verdadero. Con el fin de establecer una zona de ateísmo en el mundo y lograr su diabólica meta de controlar a las personas a perpetuidad para que lo sigan y adoren, el gobierno se opone con agresividad a la obra de Dios, la interrumpe y destruye mediante todos los métodos despreciables a su disposición para perseguir cruelmente a los seguidores de Dios Todopoderoso. Ese viejo demonio ha perpetrado el más monstruoso de los crímenes: debería ser maldecido y condenado. De repente, me sobrevino un himno de las palabras de Dios: “Durante miles de años, esta ha sido la tierra de la suciedad; es insoportablemente sucia, la miseria abunda, los fantasmas campan a su antojo por todas partes; timan, engañan, y hacen acusaciones sin razón; son despiadados y crueles, pisotean esta ciudad fantasma y la dejan plagada de cadáveres; el hedor de la putrefacción cubre la tierra e impregna el aire; está fuertemente custodiada. ¿Quién puede ver el mundo más allá de los cielos? ¿Cómo podría la gente de una ciudad fantasma como esta haber visto alguna vez a Dios? ¿Han disfrutado alguna vez de la amabilidad y del encanto de Dios? […] ¿Por qué levantar un obstáculo tan impenetrable a la obra de Dios? ¿Por qué emplear diversos trucos para engañar a la gente de Dios? ¿Dónde están la verdadera libertad y los derechos e intereses legítimos? ¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está el consuelo? ¿Dónde está la cordialidad? ¿Por qué usar intrigas engañosas para embaucar al pueblo de Dios? ¿Por qué usar la fuerza para suprimir la venida de Dios? ¿Por qué acosan a Dios hasta que no tenga donde reposar Su cabeza? ¿Cómo no incitaría esto a la furia? Miles de años de odio están concentrados en el corazón, milenios de pecaminosidad están grabados en el corazón; ¿cómo no podría esto infundir odio? ¡Venga a Dios, extingue por completo Su enemistad! Ahora es el momento: el hombre lleva mucho tiempo reuniendo todas sus fuerzas; ha dedicado todos sus esfuerzos, ha pagado todo precio por esto, para arrancarle la cara odiosa a este demonio y permitir a las personas, que han sido cegadas y han soportado todo tipo de sufrimiento y dificultad, que se levanten de su dolor y le vuelvan la espalda a este viejo diablo maligno” (‘Los que están en la oscuridad se deberían levantar’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Canté el himno una y otra vez en mi corazón. Mientras lo hacía, la sangre bullía en mis venas y una ira ardiente fluía dentro de mí; juré por mi vida que renunciaría a Satanás, ese viejo demonio, y grité en mi corazón: “¡Demonio! ¡Si crees que voy a traicionar a Dios y abandonar el camino verdadero, te vas a llevar una sorpresa!”. Supe claramente que era Dios quien me había concedido fuerza, que las palabras de Dios Todopoderoso habían fortalecido mi espíritu.

Al quinto día, mis manos estaban colmadas de sangre, entumecidas y muy hinchadas a causa de las esposas. Me parecía que el cuerpo se me deshacía, que miles de insectos me devoraban por dentro. No hay palabras para describir el dolor y la agonía. Oré sin parar en mi corazón, le rogué a Dios que me diera fuerzas para superar la debilidad de mi carne. El tiempo pasaba insoportablemente despacio y, poco a poco, el cielo comenzó a oscurecerse. Tenía hambre y sed, estaba helada y temblaba de pies a cabeza; había perdido hasta la última pizca de energía y sentía que no podría aguantar mucho más. Si esto continuaba más tiempo, sin duda moriría de hambre o sed. Fue entonces cuando entendí a lo que se refería ese malvado agente al decir: “Voy a hacerte suplicar”. Estaba tratando de usar sus despreciables tácticas para forzarme a traicionar a Dios. No podía caer en sus trucos; tenía que confiar en Dios. Entonces, clamé a Dios una y otra vez: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Te ruego que me infundas fuerza y así pueda depender de Ti para vencer el cruel castigo y la tortura de Satanás. Aunque signifique mi muerte, no debo traicionarte y convertirme en Judas”. En ese momento, las palabras de Dios me esclarecieron: “La vida del hombre proviene de Dios, la existencia del cielo se debe a Dios, y la existencia de la tierra procede del poder de la vida de Dios. Ningún objeto que tenga vitalidad puede trascender la soberanía de Dios, y ninguna cosa que tenga vigor puede librarse del ámbito de la autoridad de Dios” (‘Sólo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las autoridad de las palabras de Dios me concedió fe y fuerza. “Es verdad”, pensé para mis adentros, “Dios es la fuente de mi vida. Mientras Dios no me retire este aliento, da igual cómo me torture Satanás y que no me permita comer ni beber, no moriré. Mi vida está en manos de Dios, ¿qué debo temer?”. En aquel momento me sentí avergonzada y abochornada por mi falta de fe y comprensión de Dios. También me di cuenta de que Dios estaba usando este entorno difícil para inculcarme la siguiente verdad: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Así que le oré a Dios: “¡Dios Todopoderoso, Soberano de todo! Mi vida está en tus manos y estoy dispuesta a someterme a Tus orquestaciones y arreglos. No importa si vivo o muero, aceptaré todas Tus orquestaciones”. Al terminar mi oración, sentí que mi cuerpo se llenaba de fuerza y no me sentía tan hambrienta ni sedienta como antes. Recién a las ocho de la noche regresó uno de esos policías malvados. Me pellizcó la barbilla y, con una sonrisa siniestra, me dijo: “¿Qué tal, pasándolo bien? ¿Estás lista para rogarme y decirme lo que quiero saber? Si no hablas, tengo muchas maneras de ocuparme de ti”. Cerré los ojos y lo ignoré; eso le enfureció, me lanzó insultos y blasfemias mientras me agarraba del cuello con una mano y me abofeteaba cruelmente ambos lados de la cara con la otra. Sentía cómo mi rostro se hinchaba al instante y ardía de dolor. El salvajismo del malvado policía me permitió percibir claramente su esencia demoníaca; lo detestaba aún más y sentí un mayor impulso a no capitular ante la tiranía de Satanás. Me mantuve firme en mi determinación de ser testigo y satisfacer a Dios. En ese momento, ya no me importaba el dolor carnal, sino que miraba con furia al policía, pensando para mí: “¿Crees que puedes obligarme a traicionar a Dios? ¡Estás soñando!” Con la guía de Dios, mi corazón se llenó de fe y fuerza; dio igual cuánto me golpeara el agente, jamás cedí ante él. Al fin, el agente paró de golpearme solo cuando estuvo completamente agotado.

Después de eso, los policías me vigilaron aún más de cerca. Trabajaban por turnos, sin quitarme nunca ojo de encima, y si se me empezaban a caer un poco los párpados, me despertaban a golpes con una revista enrollada. Comprendí claramente que lo hacían para minar mi determinación y aprovechar mi complicado estado mental para sacarme información sobre la iglesia. En ese momento, ya estaba extremadamente débil físicamente y empezaba a marearme. La combinación de frío, hambre y fatiga resultaba abrumadora, hasta el punto de hacerme desear la muerte. No me parecía que pudiera aguantar mucho más tiempo; tenía miedo de no poder soportar el dolor y traicionar a Dios sin darme cuenta. Con esto en mente, anhelaba la muerte, pensaba que al menos si moría no vendería a la iglesia ni traicionaría a Dios. Así que volví a orar: “Dios mío, no puedo aguantar mucho más. Tengo miedo de ceder y traicionarte. Oro para que protejas mi corazón. Prefiero morir antes que convertirme en una Judas.” Después de eso, poco a poco empecé a perder el conocimiento, y entre aquel aturdimiento mi cuerpo de repente se volvió muy ligero, como si el viento frío lo hubiera secado. Las esposas parecían aflojarse alrededor de mis muñecas y era incapaz de discernir si estaba viva o muerta. La madrugada del sexto día, los golpes de uno de los agentes me devolvieron a la conciencia; me di cuenta de que aún estaba viva y que seguía colgada de las esposas. Ese policía malvado me rugió: “Nos has dejado realmente agotados. Ninguno de nosotros ha dormido bien para acompañarte en este pequeño juego todo este tiempo. Si hoy no abres la boca, me encargaré de que no vuelvas a abrirla nunca más”. Como yo solo quería morirme, le respondí sin miedo: “Si quieres matarme o cortarme en pedazos, ¡adelante!” Sin embargo, ese policía malvado se limitó a mofarse y dijo: “¿Así que quieres morir? ¡No vas a tener suerte! ¡Eso te lo pondría demasiado fácil! Voy a torturarte despacio y con calma hasta que te vuelvas loca, para que todo el mundo vea que creer en Dios Todopoderoso te vuelve loca y así abandonen a tu Dios”. Cuando lo oí vomitar esa inmundicia demoníaca, me quedé atónita y sin palabras. ¡Aquel diablo era increíblemente despiadado y siniestro! Inmediatamente después, el malvado policía ordenó a un subordinado que trajera un tazón con un líquido negro oscuro. Me saltó el corazón a la garganta cuando lo vi y le oré con urgencia a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Este malvado policía está a punto de drogarme para hacerme perder la cabeza. Te suplico que me protejas. Prefiero que me maten con veneno a que me vuelvan loca”. En ese momento, las palabras de Dios emergieron en mi mente: “Sus hechos están en todas partes, Su poder está en todas partes, Su sabiduría está en todas partes y Su autoridad está en todas partes. […] Todas las cosas existen bajo Su mirada; es más, todas viven bajo Su soberanía. Sus hechos y Su poder no le dejan a la humanidad otra opción más que la de reconocer que Él existe realmente y tiene soberanía sobre todas las cosas. Ninguna otra cosa aparte de Él puede dominar el universo, y menos aún proveer incesantemente a esta humanidad” (‘El hombre sólo puede salvarse en medio de la gestión de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me infundieron fe y fuerza una vez más. Me di cuenta de que la autoridad, el poder y los actos de Dios son omnipresentes. Él preside todo el universo y, es más, Dios gobierna sobre la proliferación de todas las criaturas en el universo. Dios es el eterno Soberano de todas las cosas y el poder que Él ostenta al gobernar sobre ellas está más allá de la comprensión de un simple humano. La vida que Dios otorga al hombre no está limitada por el espacio o el tiempo. El diablo Satanás solo puede dañar la carne de los seres humanos, pero carece completamente de control sobre nuestras vidas y nuestras almas. Durante la prueba de Job, Satanás solo pudo atormentarlo y dañar su carne, pero como Dios no le permitió quitarle la vida, a Satanás le resultó del todo imposible hacerlo. Pensé: “Ahora, los demonios de Satanás están tratando de usar sus siniestras tácticas para destruir mi carne y hacer que traicione y abandone a Dios. Tienen la vana esperanza de que usando drogas puedan convertirme en una lunática delirante o una imbécil para avergonzar el nombre de Dios, pero ¿qué autoridad tiene Satanás? Sin el permiso de Dios, todos sus actos carecen de eficacia: ¡Satanás está condenado a ser derrotado a manos de Dios!”. Al darme cuenta de esto me quedé con una sensación de paz y serenidad. En ese momento, el frenético policía me agarró por la mandíbula y me echó aquella droga amarga y agria en la garganta. Hizo efecto rápido; sentí como si todos mis órganos internos estuvieran acalambrados, chocando unos contra otros, destrozándose. Ese dolor no se puede comparar con nada. Empecé a tener problemas para respirar y traté de tomar hondas bocanadas en busca de aire. No podía mover los ojos y empecé a ver doble. Poco después, perdí el conocimiento. Después de un tiempo, quién sabe cuánto, desperté al fin y me pareció oír vagamente a alguien decir: “Esta perra se volverá loca o imbécil después de tomar esa droga”. Cuando oí aquello, supe que había sobrevivido una vez más. Me sorprendió gratamente que no me había vuelto loca en absoluto, mi mente estaba bastante clara. Todo esto se debió sin duda a la omnipotencia y maravilla de Dios. Sentí que eran las palabras de Dios Todopoderoso obrando dentro de mí y que, una vez más, Él había extendido su mano todopoderosa y me había arrancado de las garras del diablo, permitiéndome sobrevivir en esta peligrosa situación. En ese momento, experimenté en primera persona la credibilidad y autenticidad de las palabras de Dios y fui testigo de Su supremo poder y autoridad. Es más, vi cómo Dios es el Creador de todas las cosas y el único Dios mismo, el Soberano de todas las cosas. Vi cómo mi vida, mi todo, incluyendo hasta el último nervio de mi cuerpo, están bajo el control de Dios. Sin Su permiso, no se me caerá ni un pelo de la cabeza. Dios es mi apoyo y mi salvación en cada momento, en cada lugar. Ese día, en la oscura guarida del demonio, las palabras de Dios Todopoderoso enseñaron Su asombroso poder, me mostraron cómo Dios crea los milagros de la vida una y otra vez, y me permitieron escapar de una muerte inminente. Canté con fervor alabanzas a Dios Todopoderoso dentro de mi corazón y juré confiar en Dios para mantenerme firme en el testimonio durante esta batalla a vida o muerte.

La policía me torturó durante seis días y seis noches enteras. No había comido nada ni bebido una sola gota de agua durante todo ese tiempo, estaba extremadamente agotada, y cuando vieron que casi exhalaba mi último aliento, me encerraron en una celda de la prisión. Esos seis días de tortura fueron como un viaje a través del infierno, y el hecho de que lograra sobrevivir se debió por entero a la misericordia y protección de Dios, fue una encarnación del poder y autoridad de Sus palabras. Pasados unos días, la policía vino a interrogarme de nuevo. Ya que había sido testigo de las maravillas de Dios en varias ocasiones, y además había experimentado de primera mano cómo Dios es mi respaldo y todas las cosas están en sus manos, me sentí tranquila y no temía que volvieran a interrogarme. En la sala de interrogatorios, un agente me dijo que ya habían averiguado mi nombre y dirección y que habían ido a registrar mi casa. Sin embargo, como mi marido se había llevado hace mucho tiempo a nuestros hijos y huido de casa, no encontraron nada. Entonces, una vez más trató de obligarme a divulgar información sobre la iglesia, pero como yo seguía sin decir nada, se enfureció y dijo: “¡Eres una líder y un hueso duro de roer! Por tu culpa, no he dormido bien en seis días y aún no nos has dado nada con lo que trabajar”. Viendo que no iba a sacarme nada, pareció perder interés. El resto del interrogatorio fue precipitado y superficial, y lo único que pudieron hacer fue enviarme de vuelta a mi celda. Al ver que Dios había prevalecido y Satanás había sido vencido, sentí un orgullo indescriptible, agradecí y alabé a Dios. Sabía que la razón por la que había podido mantenerme firme en mi testimonio ante Satanás era que Dios me había guiado paso a paso, y la palabra de Dios me había esclarecido una y otra vez, confiriéndome fuerza, dándome sabiduría y el poder para vencer a Satanás y no capitular ante su tiranía.

Después de pasar cuatro meses retenida en el centro de detención, el gobierno del PCCh se inventó el cargo de creer en una xie jiao y me sentenció a un año y medio de prisión. Fui enviada a una cárcel de mujeres en marzo de 2006 para cumplir mi sentencia. Mientras estaba en prisión, a pesar de que me trataban como a un animal y a menudo veía a otros reclusos ser golpeados hasta la muerte sin razón aparente, gracias a la salvaguarda y protección de Dios, así como a la guía de Sus palabras, logré sobrevivir a un año y medio de tortura y salir viva de aquella prisión infernal. Después de que me soltaran, los policías malvados continuaron enviando agentes para vigilarme. A menudo venían a mi casa para acosarme y, a consecuencia de ello, nadie de nuestra familia podía practicar la fe o realizar nuestros deberes con normalidad. Más tarde, gracias al cuidado y la ayuda de nuestros hermanos y hermanas de la iglesia, pudimos salir de nuestra casa y mudarnos a una nueva, propiedad de una de las hermanas. Confiando en la sabiduría que Dios nos había concedido, pudimos volver a cumplir con nuestras obligaciones.

La cruel persecución del gobierno del PCCh me proporcionó una visión clara y completa de la esencia demoníaca de Satanás, su brutal tiranía, su siniestra falsedad y frenética oposición a Dios. Es más, experimenté la asombrosa vitalidad sobrenatural de Dios de primera mano. A pesar de que, con el fin de robarme la vida, la malvada policía me sometió una y otra vez a golpes y torturas implacables, a crueles castigos y lesiones, las palabras de Dios Todopoderoso revelaron su vitalidad sobrenatural, permitiéndome sobrevivir milagrosamente. A lo largo de todas estas dificultades y persecuciones, de verdad experimenté que Dios es la fuente de mi vida y que Su gracia y sustento fueron la raíz de que esta no llegara a su fin. Sin el sostén de la mano poderosa de Dios, habría sido devorada hace tiempo por aquellos demonios. ¡Dios me acompañó todo el tiempo, guiándome para vencer a Satanás una y otra vez y ser Su testigo! Aunque fui sometida al tormento inhumano de esos demonios y mi carne sufrió mucho, la experiencia fue muy beneficiosa para mi vida. Me permitió ver que Dios no es solo el sustento de la vida de la humanidad, sino que también nos proporciona ayuda y apoyo constantes. Mientras vivamos por las palabras de Dios, podremos vencer cualquier oscura fuerza satánica. Sin duda, ¡las palabras de Dios son la verdad, el camino y la vida! ¡Poseen la más alta autoridad y el poder más asombroso y pueden crear milagros de vida! ¡Que toda la gloria, el honor y la alabanza vayan al Dios de la todopoderosa sabiduría!

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