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28. Los criterios de una persona verdaderamente buena

Moran    Ciudad de Linyi, Provincia de Shandong

Desde que era niña, siempre le di mucha importancia a la forma en la que las otras personas me veían y me evaluaban. Para que pudiera obtener la alabanza de los demás por todo lo que hacía, nunca discutía con nadie cuando surgía algo, para evitar destruir la buena imagen que las otras personas tenían de mí. Después de que hube aceptado la obra de Dios en los últimos días, continué de esta manera, defendiendo de todas las maneras posibles la buena imagen que los hermanos y hermanas tenían de mí. Previamente, cuando estaba a cargo de la obra, mi líder muchas veces decía que mi comportamiento era el de un “hombre sumiso” y no el de alguien que pone la verdad en práctica. Nunca lo tomé a pecho, sino que al contrario, si las otras personas pensaban de mí como una buena persona, entonces me sentía satisfecha.

Un día leí este párrafo: “Si en tu creencia en Dios no buscas la verdad, entonces incluso si no pareciera que estás transgrediendo, todavía no eres una persona verdaderamente buena. Los que no buscan la verdad ciertamente no tienen ningún sentido de justicia, ni tampoco pueden amar lo que Dios ama u odiar lo que Dios odia. No pueden absolutamente estar del lado de Dios, mucho menos ser compatibles con Dios. ¿Cómo entonces pueden los que no tienen un sentido de justicia ser llamados buenas personas? No sólo los que las personas ordinarias describen como ‘hombre sumiso’ no tienen ningún sentido de justicia, tampoco tienen metas en la vida. Son meramente personas que nunca quieren ofender a nadie, así que, ¿qué valen? Una persona verdaderamente buena es indicio de alguien que ama las cosas positivas, alguien que busca la verdad y anhela la luz, alguien que puede discernir el bien del mal y que tiene las metas correctas en la vida; sólo a esta clase de persona ama Dios” (‘Se debe aprender a diferenciar entre los diferentes tipos de personas en el servicio a Dios’ en “Anales de la Comunión y los Arreglos de la Obra de la Iglesia (I)”). Después de leer estas palabras, de repente vi la luz. Ahora vi que una persona buena no era alguien que tiene intercambios amistosos con las personas ordinarias y que no discute o pelea con ellas, ni alguien que les puede dar a los hermanos y hermanas una buena impresión y obtener una buena evaluación de ellas. Una persona verdaderamente buena es alguien que ama las cosas positivas y busca la verdad y la justicia, alguien que tiene metas reales en la vida, que tiene un sentido de justicia que puede discernir entre el bien y el mal, amar lo que Dios ama y odiar lo que Dios odia; alguien que está dispuesto a dar su todo en el desempeño de sus deberes y que tiene la determinación y la valentía para consagrar su vida a la verdad y la justicia. En cuanto a mis propias acciones, ¿dónde había algún sentido de justicia? Siempre que un hermano o hermana regresaba de esparcir el evangelio hablando de qué difícil era, no podía evitar sentirme en conflicto empezando a quejarme, sintiendo que esparcir el evangelio no era fácil, que realmente era muy difícil, tomando sin darme cuenta el lado de la carne del hombre y no queriendo comunicar más. Cuando veía alborotos en la iglesia que involucraban tales cosas como la diseminación de las nociones hacia Dios, si eran serios, compartiría usando palabras diplomáticas para resolver el problema; si no eran serios, pasaría por el problema haciéndome la vista gorda, temiendo que las otras personas tuvieran una opinión de mí si no hablaba correctamente. Cuando vi a mi socia hacer algunas cosas que no tenían nada que ver con la verdad o sin tomar en cuenta el entorno, quería plantear el problema con ella, pero después pensaba, “¿Podría ella soportarlo si yo planteara este problema? No vale la pena lastimar nuestra buena relación por un asunto tan pequeño. Sólo esperaré hasta la próxima vez y entonces se lo plantearé”. De esta manera encontraba excusas para mí misma para que pudiera arreglármelas y salir del paso.

Ahora vi que simplemente concordé con los criterios de Satanás de una buena persona, que era sólo un “hombre sumiso” a los ojos de las personas ordinarias: Alguien que nunca quiere ofender a nadie, y para nada como la buena persona del gozo de Dios que ama las cosas positivas, que busca la verdad y tiene un sentido de justicia. Vi las impresiones que las otras personas tenían de mí como más importantes que obtener la verdad y estaba satisfecha sólo por conseguir que otros me alabaran; ¿cómo podría posiblemente haber sido alguien con las metas correctas en la vida? ¿Podía la alabanza de los demás representar el que yo obtuviera la verdad? ¿Podía la buena evaluación de los demás representar que yo tenía vida? Si creía en Dios pero no estaba buscando la verdad ni la justicia, no estaba buscando un cambio en mi carácter, sino que en su lugar siempre estaba yendo tras mi propia reputación y salvando mi propio prestigio, ¿qué valía esto cuando sigo a Dios? ¿Qué podía posiblemente obtener si seguía este camino hasta el final? Era una creación corrupta, de pies a cabeza. Si realmente hubiera obtenido la alta estima de todos y hubiera mantenido el estatus en sus mentes, entonces, ¿no me habría vuelto ese arcángel que luchó por la posición de Dios? ¿No me hubiera convertido en el enemigo genuino de Dios? ¿No era esta clase de persona una que había cometido un pecado mortal a los ojos de Dios? A los que Dios salva y perfecciona son esas personas verdaderamente buenas que buscan la verdad y la justicia. No son esas personas irracionales que no pueden distinguir el bien del mal, que son poco claras en cuanto al amor y el odio y que no tienen ningún sentido de justicia, mucho menos esas personas malas que sólo se preocupan por sus propias reputaciones y que son hostiles con Dios. Si seguía tomando lo que la gente común piensa de una buena persona como los criterios para mi propia conducta, estaría condenada a ser un objeto al que Dios eliminaría y castigaría.

¡Oh Dios! Doy gracias por Tu guía y esclarecimiento que me permitieron algún reconocimiento de lo que es ser una persona verdaderamente buena y que además me permitieron ver mis propias presunciones equivocadas e ignorancia, y reconocer mi propia rebelión y resistencia. ¡Oh Dios! A partir de hoy, quiero tomar la frase “busca la verdad y ten un sentido de justica” como los criterios para mi conducta, buscar entrar más profundo en la verdad, buscar un cambio en mi carácter y luchar para pronto ser una persona verdaderamente buena que está segura acerca del amor y el odio y que tiene un sentido de justicia.

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