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94. La tribulación inspiró mi amor por Dios

Meng Yong    Provincia de Shanxi

Soy una persona sincera por naturaleza, por lo que siempre fui acosado por otras personas. Por lo tanto, probé el sabor de la frialdad del mundo del hombre y sentí que mi vida era vacía y que no tenía significado. Después de que comencé a creer en Dios Todopoderoso, por medio de la lectura de la palabra de Dios y de haber experimentado la vida de la iglesia, disfruté de una fe y de un gozo en mi corazón como nunca antes había sentido. Ver a los hermanos y a las hermanas de la Iglesia de Dios Todopoderoso amarse unos a los otros como si fueran una familia hizo darme cuenta de que únicamente Dios es justo, y que sólo en la Iglesia del Dios Todopoderoso hay luz. A través de varios años de experimentar personalmente la obra de Dios Todopoderoso, he llegado a apreciar verdaderamente que Sus palabras pueden cambiar a las personas y salvarlas. Dios Todopoderoso es amor y es salvación. Para que más personas pudieran gozar del amor de Dios y buscar y recibir Su salvación, mis hermanos y hermanas, junto conmigo, nos empeñamos en poner lo mejor de nosotros para difundir el evangelio, pero nunca esperamos ser capturados ni perseguidos por el Partido Comunista Chino.

El 12 de enero de 2011, varios hermanos y hermanas y yo fuimos a un lugar para difundir el evangelio y terminamos siendo delatados por personas malvadas. No mucho después, el gobierno del condado ordenó que oficiales de diversos departamentos de seguridad, tales como la brigada anti-vicios, las fuerzas de seguridad nacional, la brigada antinarcóticos, las fuerzas armadas y el departamento de policía local, vinieran en más de diez vehículos policiales a arrestarnos. Cuando un hermano y yo estábamos preparándonos para irnos en un automóvil, vimos a siete u ocho policías blandiendo bastones y golpeando con furia a otro hermano. En ese momento, cuatro oficiales de policía corrieron rápidamente y bloquearon nuestro auto. Uno de los oficiales malvados tomó las llaves del auto sin explicación alguna y nos ordenó que permaneciéramos en el auto y que no nos moviéramos. Para entonces, vimos que ese hermano había sido golpeado hasta el punto en que estaba sentado en el suelo, sin poder moverse. No pude evitar sentir una indignación justa y salí corriendo del automóvil para detener esa violencia, pero el policía malvado me torció el brazo y me hizo a un lado. Traté de razonar con ellos: “Sea lo que sea, podemos hablar de ello. ¿Cómo pueden golpear a las personas?”. Me gritaron con saña: “¡Apúrate y vuelve al automóvil, pronto será tu turno!”. Más tarde, nos llevaron a la comisaría, y también confiscaron nuestro auto.

Después de las nueve de la noche, vinieron dos policías a interrogarme. Cuando vieron que no podían obtener ninguna información útil de mi parte, se enfurecieron y se exasperaron, rechinaron los dientes de ira mientras me insultaban: “¡Maldito seas, ya nos ocuparemos de ti más tarde!”. Luego, me encerraron en el cuarto de interrogatorio. A las 11:30 de la noche, dos oficiales me llevaron a una habitación sin cámaras de vigilancia. Tuve la sensación de que iban a hacer uso de violencia contra mí, así que empecé a orar a Dios repetidamente en mi corazón, rogándole que me protegiera. En ese momento, un policía maléfico de apellido Jia vino a interrogarme: “¿Has estado en un Volkswagen Jetta durante los últimos días?”. Respondí que no, y él gritó con furia: “Te han visto otras personas, ¿y aun así lo niegas?”. Después de eso, me dio una terrible cachetada en el rostro. Todo lo que sentí fue un dolor ardiente en mi mejilla. Luego gritó: “¡Veremos cuánto resistes!”. Levantó un cinturón ancho mientras hablaba y me daba latigazos en toda la cara, no sé cuántas veces, pero no pude evitar gritar de dolor una y otra vez. Al ver esto, me colocó el cinturón alrededor de la boca. Unos cuantos policías malvados pusieron una cobija sobre mi cuerpo antes de golpearme salvajemente con sus garrotes, deteniéndose solo cuando estaban cansados para recuperar el aliento. Me golpearon tanto que mi cabeza giraba y parecía que cada hueso de mi cuerpo se había desprendido. En ese momento no sabía por qué me estaban tratando de esa manera, pero luego supe que me habían colocado la cobija para evitar que los golpes dejaran marcas sobre mi carne. Ponerme en una habitación sin vigilancia, taparme la boca y cubrirme con una cobija: era para que no se expusieran sus actos maléficos. ¡Nunca pensé que la “digna policía del pueblo” podía ser tan traicionera y brutal! Cuando los cuatro se cansaron de pegarme, cambiaron de método de tortura: dos oficiales maléficos me retorcieron uno de los brazos hacia atrás y lo empujaron hacia arriba, mientras otros dos levantaban mi otro brazo por encima el hombro hacia la espalda y lo bajaban con toda su fuerza. Pero mis dos manos no pudieron juntarse sin importar qué hicieran, entonces pusieron una de sus rodillas sobre mi brazo. Todo lo que oí fue un “click”, y sentí como si mis dos brazos se hubieran desprendido de mi cuerpo. Me dolió tanto que casi me muero. Llamaban a este tipo de tortura “llevar una espada en la espalda”, algo que la gente normal no podría soportar. No me tomó mucho tiempo perder la sensación en mis dos manos. Esto no fue suficiente para que se dieran por vencidos, entonces me ordenaron ponerme de rodillas para que mi sufrimiento fuera mayor. Sentí tanto dolor que todo mi cuerpo se bañó de un sudor frío, mi cabeza zumbaba y mi consciencia comenzó a estar algo borrosa. Pensé: he vivido durante tantos años; aunque he sufrido constantemente enfermedades, nunca sentí que no iba a poder controlar mi propia consciencia. ¿Me estoy muriendo? Más tarde, realmente no lo soportaba más, entonces pensé en buscar alivio por medio de la muerte. En ese momento, la palabra de Dios me esclareció desde mi interior: “En la actualidad la mayoría de las personas no tienen ese conocimiento. Creen que sufrir no tiene valor […] El sufrimiento de ciertas personas alcanza un cierto punto y sus pensamientos se vuelven a la muerte. Este no es el verdadero amor a Dios; ¡esas personas son cobardes, no perseveran, son débiles e impotentes!” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me hicieron despertar súbitamente y darme cuenta de que mi forma de pensar no estaba alineada con las intenciones de Dios y que sólo entristecería y desilusionaría a Dios. Porque en medio de este dolor y de este sufrimiento, lo que Dios quiere no es verme buscando la muerte, sino que puedo tragar la humillación y soportar la pesada carga, y que puedo confiar en la guía de Dios para luchar contra Satanás, dar testimonio de Dios, y avergonzar y vencer a Satanás. Buscar la muerte sería caer justo dentro del plan de Satanás, lo que significaba que no podría dar testimonio y en cambio me convertiría en una señal de vergüenza. Luego de comprender las intenciones de Dios, oré en silencio: ¡Oh Dios! La realidad ha demostrado que mi naturaleza es muy débil. No tengo la voluntad ni la valentía para sufrir por Ti y quise morir sólo por un poco de dolor físico. Ahora sé que no puedo hacer nada para avergonzar Tu nombre y que debo dar testimonio de Ti y satisfacerte sin importar cuánto sufrimiento deba soportar. Pero en este momento, mi cuerpo físico está atravesando un enorme dolor y una gran debilidad, y sé que es muy difícil superar los golpes de estos demonios por mi propia cuenta. Por favor dame más confianza y fuerza para poder confiar en Ti para poder derrotar a Satanás. Juro por mi vida que no Te traicionaré ni venderé a mis hermanos y hermanas. Al orar repetidas veces a Dios, mi corazón se fue calmando lentamente. La policía maléfica vio que casi no respiraba y temió que sería responsable de mi muerte, así que me soltó las esposas. Pero mis brazos ya se habían puesto rígidos, y las esposas estaban tan apretadas que les costó mucho trabajo quitármelas. Si hubieran empleado más fuerza, mis brazos se habrían fracturado. Los cuatro policías malos tuvieron que dedicar varios minutos a quitarme las esposas antes de arrastrarme de nuevo al cuarto de interrogatorio.

A la tarde siguiente, la policía arbitrariamente me echó la culpa de haber cometido un “delito penal” y me llevó a mi hogar para allanarlo, y luego me envió a un centro de detención. Tan pronto como entré allí, cuatro carceleros confiscaron mi chaqueta de algodón, mis pantalones, mis botas y mi reloj, así como también los 1.300 yuanes que llevaba conmigo. Me hicieron vestir el uniforme estándar de la prisión y me obligaron a gastar 200 yuanes en comprarles una cobija. Más tarde, los carceleros me encerraron junto a ladrones a mano armada, homicidas, violadores, y narcotraficantes. Cuando ingresé a mi celda, vi a doce prisioneros calvos mirándome con hostilidad. La atmósfera era sombría y aterradora, y sentí que tenía el corazón en la boca. Dos de los jefes de la celda se me acercaron y me preguntaron: “¿Por qué estás aquí?”. Dije: “Por difundir el evangelio”. Sin pronunciar otra palabra, uno de ellos me dio una cachetada y dijo: “¿Eres un obispo, no?” Los demás prisioneros comenzaron a reírse frenéticamente y a burlarse de mí, preguntando: “¿Por qué no dejas que Tu Dios te rescate de aquí?”. En medio de las burlas y del ridículo, el jefe de la celda me volvió a dar varias cachetadas más. A partir de allí, me pusieron como apodo “obispo” y con frecuencia me humillaban y se burlaban de mí. El otro jefe de la celda vio las zapatillas que tenía puestas y gritó con arrogancia: “No tienes ninguna idea de dónde has venido. ¿Eres digno de usar ese calzado? ¡Quítatelo!”. Tal como me dijo, me obligó a quitármelas y a colocarme un par suyo, muy desgastado. También me quitaron mi manta para que la compartieran los otros prisioneros. Esos prisioneros lucharon por mi cobija, y al final me dejaron una vieja cobija que era delgada y que estaba rota, sucia y hedionda. Instigados por los carceleros, estos prisioneros me sometieron a todo tipo de dificultades y tormentos. La luz siempre estaba encendida por la noche en la celda, pero un jefe me dijo con una sonrisa maléfica: “Apaga esa luz por mí”. Como no podía hacerlo (ni siquiera había un interruptor), comenzaron a reírse y a mofarse nuevamente de mí. Al día siguiente, unos cuantos prisioneros juveniles me obligaron a quedarme de pie en un rincón y a memorizar las reglas de la cárcel, bajo la amenaza: “vas a arrepentirte si no la memorizas en un par de días”. No pude evitar sentirme aterrorizado, y cuanto más pensaba en lo que había atravesado en los últimos días, más temeroso me volvía. Lo único que podía hacer era seguir clamando a Dios e implorarle que me protegiera para poder superar eso. En ese momento, me esclareció un himno de la palabra de Dios: “Si aún puedes amar a Dios aunque estés enfermo o en prisión, aunque los demás se burlen o te calumnien, o si llegas a un camino sin salida, esto significa que tu corazón se ha volcado en Dios" (‘¿Tu corazón se ha volcado en Dios?’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). La palabra de Dios me dio poder y me señaló un camino que debía practicar: ¡buscar amar a Dios y volcar mi corazón en Él! En ese momento, de repente eso se volvió más claro que el agua dentro de mi corazón: Dios permitió que este sufrimiento recayera sobre mí, no para atormentarme ni para hacerme sufrir intencionalmente, sino para entrenarme a volcar mi corazón en Dios en ese ámbito, de manera tal que pudiera resistir el control de las oscuras influencias de Satanás y entonces mi corazón pudiera seguir estando cerca de Dios y amarlo, sin quejarme nunca y siempre obedeciendo Sus orquestaciones y designios. Al tener esto presente, ya no tuve miedo. No importa cómo me trate Satanás, todo lo que me importa es entregarme a Dios y hacer todo lo posible para buscar amar a Dios y satisfacerlo, sin inclinarme jamás ante Satanás.

La vida en la prisión es prácticamente el infierno en la tierra. Los guardias seguían acercándose con todo tipo de maneras de torturar a las personas: estaba apiñado con varios otros prisioneros cuando dormía por la noche. Incluso resultaba difícil darse vuelta en la cama. Como había sido el último en llegar, hasta tuve que dormir cerca del baño. Luego de ser capturado, no dormí durante varios días y estaba tan somnoliento que no podía soportarlo y me adormitaba. Los prisioneros que montaban guardia venían a acosarme, me golpeaban en la cabeza hasta que me despertaba antes de que se fueran. Una vez, alrededor de las tres de la madrugada, un prisionero me despertó a propósito porque quería saber el tamaño de mis calzoncillos largos para poder ver si le iban bien. Trajo un par de calzoncillos largos delgados, sucios y raídos para intercambiarlos por los míos. Eran los días más fríos del año, pero los prisioneros de todos modos querían quitarme el único par de calzoncillos largos que tenía puestos. Las personas que estaban allí eran salvajes como bestias. Tenían caracteres perversos y corazones siniestros, sin una pizca de humanidad, como los demonios que torturan a las personas en el infierno. Además, la comida era aún peor que la que se les da a los perros y a los cerdos. La primera vez, recibí medio plato de una sopa de arroz, y vi que había muchos puntos negros en él. No sabía qué eran, y el color de la sopa también era negruzco. Era muy difícil de pasar. En realidad, en ese momento quise ayunar, pero me esclarecieron las palabras de Dios: “[…] durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras estaban llenas de amor y afecto como el consuelo de una madre, e incitaron mi valentía para enfrentar el sufrimiento. Dios quiere que siga viviendo, pero yo fui muy débil, constantemente deseando el alivio a través de la muerte. Ni siquiera me valoro a mí mismo: sigue siendo Dios el que me ama más que nadie. Súbitamente comencé a sentir una calidez en mi corazón, que me emocionó tanto que las lágrimas brotaron de mis ojos y cayeron sobre la sopa. El haberme conmovido por el amor de Dios me dio energía una vez más. Debo comer esto independientemente de qué sabor tenga. Terminé el plato de un tirón. Después del desayuno, el jefe de la celda me hizo trapear los pisos. Eran los días más fríos del año y no había agua caliente, entonces sólo podía usar agua fría para el trapeador. Esa persona también me ordenó que los trapeara de la misma manera todos los días. Entonces, varios ladrones a mano armada me hicieron memorizar las normas de la prisión. Si no lograba hacerlo, iban a golpearme y patearme. Recibir una cachetada era incluso algo de lo más común. Enfrentado a tal entorno, con frecuencia me pregunté qué tendría que hacer para poder satisfacer las intenciones de Dios. En la noche, me tapé la cabeza con la cobija y oré en silencio: Oh, Dios, Tú permitiste que estuviera en este ámbito, entonces Tus buenas intenciones deben estar aquí. Por favor revélame Tus intenciones. En ese momento, me esclarecieron las palabras de Dios: “Las flores y la hierba se extienden por las laderas, pero los lirios añaden brillo a Mi gloria en la tierra antes de la llegada de la primavera; ¿puede el hombre conseguir tanto así? ¿Podría él dar testimonio de Mí en la tierra antes de Mi retorno? ¿Podría consagrarse por causa de Mi nombre en el país del gran dragón rojo?” (‘La trigésima cuarta declaración’ de Las declaraciones de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne). Sí, el césped y yo somos ambos creaciones de Dios. Dios nos creó para manifestarlo, para glorificarlo. El césped puede agregar brillo a la gloria de Dios en la tierra antes de que llegue la primavera, lo que significa que ha hecho su deber como creación de Dios. Mi deber hoy es obedecer la orquestación de Dios y dar testimonio de Dios ante Satanás, hacer que todos vean que Satanás es un demonio viviente que daña y devora al hombre, mientras que Dios es el único Dios verdadero que ama y salva al hombre. Ahora soportaba todo este sufrimiento y humillación no porque hubiera cometido un delito, sino que era por el bien del nombre de Dios. Soportar este sufrimiento es glorioso. Cuanto más me humilla Satanás, más tengo que estar al lado de Dios y amarlo. De ese modo, Dios puede obtener gloria, y yo habré llevado a cabo el deber que debía realizar. Si Dios está feliz y complacido, mi corazón también recibirá consuelo. Estoy dispuesto a soportar el sufrimiento final para satisfacer a Dios y dejar que todo sea orquestado por Él. Cuando comencé a pensar de este modo, sentí que mi corazón se conmovía, y nuevamente no pude contener las lágrimas: “¡Ah, Dios! ¡Eres tan adorable! Te he seguido a lo largo de muchos años pero nunca sentí tu tierno afecto como lo siento hoy, ni nunca me he sentido tan cerca de Ti como hoy”. Olvidé por completo mi sufrimiento y me sumergí en este sentimiento conmovedor durante un período muy prolongado…

En mi tercer día en el centro de detención, un carcelero me llevó a sus oficinas. Una vez allí, vi a más de una docena de personas observándome con una mirada peculiar. Una de ellas sostenía una vídeocámara frente a mí, a mi izquierda, mientras que otra se me acercó con un micrófono y me preguntó: “¿Por qué crees en Dios Todopoderoso?”. En ese momento me di cuenta de que se trataba de una entrevista para los medios de comunicación, entonces contesté con orgullosa humildad. “Desde niño, con frecuencia era sometido a los acosos de la gente y a que me ignoraran, y he visto gente que se engaña mutuamente y que se aprovecha uno del otro. Pensé que esta sociedad era demasiado oscura, demasiado peligrosa. Las personas llevaban vidas vacías y desoladas, sin ninguna expectativa y sin proyectos de vida. Más tarde, cuando alguien me predicó el evangelio de Dios Todopoderoso, comencé a creer en Él. Luego de creer en Dios Todopoderoso, sentí que otros creyentes me trataban como si fuera un miembro de su familia. Nadie en la Iglesia de Dios Todopoderoso conspira contra mí. Todos son mutuamente comprensivos y afectuosos. Se cuidan entre sí, y no temen hablar sobre lo que piensan. En la palabra de Dios Todopoderoso encontré el propósito y el valor de la vida. Pienso que creer en Dios es muy bueno”. El periodista preguntó después: “¿Sabes por qué estás aquí?”. Respondí: “Después de creer en Dios Todopoderoso, ya no me importan los beneficios ni las pérdidas personales, ni la honra ni la deshonra. Mi corazón se está volcando cada vez más hacia la bondad, y cada vez estoy más dispuesto a ser una buena persona. Al ver cómo la palabra de Dios Todopoderoso puede verdaderamente cambiar a la gente y convertirla en personas buenas, pensé que si toda la humanidad puede creer en Dios, entonces nuestro país también sería mucho más ordenado y la tasa de crímenes también disminuiría. Por lo tanto, decidí contarles estas buenas nuevas a otras personas, pero nunca pensé que esa buena acción sería ilegal en China. Y entonces fui arrestado y me trajeron aquí”. El reportero vio que mis respuestas no eran favorables para ellos, así que de inmediato detuvo la entrevista, dio media vuelta y se fue. En ese momento el subdirector de la Brigada de Seguridad Nacional estaba tan furioso que daba patadas en el piso. Me miró con saña, rechinando los dientes y susurró: “¡Espera y verás!”. Pero yo no tenía ningún miedo a sus amenazas o a su intimidación. Me sentí profundamente honrado de haber podido dar testimonio de Dios en tal ocasión, y además di gloria a Dios por la exaltación del nombre de Dios y la derrota de Satanás.

Las temperaturas eran muy bajas el 17 de enero. Como la policía maléfica había confiscado mi chaqueta, solamente tenía puestos mis calzoncillos largos de algodón y terminé resfriándome. Terminé con fiebre muy alta y tampoco podía parar de toser. De noche, me envolvía en una cobija gastada, y soportaba el tormento de la enfermedad mientras también pensaba en el infinito maltrato y abuso que me propiciaban los prisioneros. Me sentía muy desolado y desamparado. Cuando mi desgracia alcanzó cierto punto, un himno con la palabra de Dios resonó en mis oídos: “Si me enfermas y me quitas mi libertad, puedo seguir viviendo, pero si Tu castigo y juicio me dejaran, no tendría manera de seguir viviendo. Si estuviera sin Tu castigo y juicio, habría perdido Tu amor, un amor que es demasiado profundo para que lo exprese con palabras. Sin Tu amor viviría bajo el dominio de Satanás […]” (‘El conocimiento de Pedro del castigo y del juicio’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Esta fue la oración genuina y sincera de Pedro ante Dios. Pedro nunca fue motivado por la carne. Lo que amó y valoró profundamente fueron el castigo y el juicio de Dios. Mientras el castigo y el juicio no lo abandonaran, su corazón recibiría el mayor de los consuelos. Ahora, yo también debería seguir el ejemplo de Pedro en cuanto a seguimiento y comprensión. La carne es corrupta e inevitablemente se descompondrá. Incluso si me enfermo y pierdo mi libertad, son sufrimientos que debo soportar. Pero si pierdo el castigo y el juicio de Dios, eso equivale a perder la presencia y el amor de Dios, y también significa perder la oportunidad de ser purificado. Eso es lo más doloroso. Bajo el esclarecimiento de Dios, experimenté nuevamente el amor de Dios. También detesté mi propia debilidad y falta de valor, y vi que mi naturaleza era muy egoísta, ya que nunca mostraba ninguna consideración por la tristeza que siente Dios. Al día siguiente, cayeron enfermos varios otros prisioneros de la misma celda, pero mi fiebre alta milagrosamente disminuyó. Sentí el cuidado y la protección de Dios y también advertí las maravillas de la obra de Dios. En los siguientes días, los pequeños panes cocido que comíamos fueron aún más pequeños, así que algunos de los prisioneros comenzaron a quejarse: “desde que llegó el “obispo”, primero nos enfermamos y ahora nos morimos de hambre”. Decían que era mi culpa y que sería razonable que me dieran la pena de muerte. Una noche, vino un vendedor a través de la ventana y el jefe de la celda compró mucho jamón, carne de perro, muslos de pollo, y otras cosas más. Al final, me ordenó que pagara. Le dije que no tenía el dinero, entonces me dijo ferozmente: “¡Si no tienes dinero, te torturaré lentamente!”. Al día siguiente, me hizo lavar la ropa de cama, su ropa y sus calcetines. Los carceleros también me hicieron lavar sus calcetines. En la prisión, tuve que soportar golpizas prácticamente todos los días. Cuando ya no podía soportar más, siempre me sentí guiado interiormente por las palabras de Dios: “Debes cumplir tu obligación final por Dios durante tu tiempo en la tierra. En el pasado, Pedro fue crucificado boca abajo por Dios; sin embargo, deberías satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer una criatura por Dios? Por tanto, deberías entregarte a la misericordia de Dios más pronto que tarde. Mientras Él esté feliz y complacido, permítele hacer lo que quiera. ¿Qué derecho tienen los hombres de quejarse?”. (‘Interpretación de la cuadragésima primera declaración’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron un poder infinito. Aunque de vez en cuando estuviera sujeto a los ataques, la humillación, la condena y los golpes de los prisioneros, mi alma podía alcanzar consuelo y gozo. Como un cálido y poderoso torrente, el amor de Dios me empujó a continuar, y me permitió sentir de verdad que el amor de Dios es sumamente grande.

En una mañana, un funcionario del correccional nos trajo específicamente una hoja de un periódico. Los prisioneros sonreían espantosamente mientras leían con un tono burlón lo que decía el periódico calumniando y blasfemando a Dios Todopoderoso. Me sentí tan furioso por dentro que comencé a rechinar los dientes. Los prisioneros se acercaron a preguntarme de qué se trataba y exclamé en un alto tono de voz: “¡esta es una difamación del Partido Comunista!”. Al escuchar a estos prisioneros siguiendo a la multitud y difamando la verdad y blasfemando a Dios al hablar con las mismas palabras que el diablo, aparentemente pude ver la llegada de su final. Como el pecado de blasfemar a Dios no tiene perdón, ¡cualquiera que ofenda el carácter de Dios recibirá el mayor de los castigos y su represalia! Al hacer esto, el Partido Comunista está llevando al pueblo de China a su destino final, ¡exponiendo por completo su verdadero rostro como un demonio que devora almas! Más tarde, el oficial de policía a cargo de mi caso me volvió a interrogar. Esta vez, no utilizó ningún método de tortura para intentar forzar una confesión, sino que hizo uso de un rostro “amable” para preguntarme: “¿quién es tu líder? Te daré otra oportunidad. Si nos lo dices, vas a estar bien. Seré muy clemente contigo. En primer lugar, fuiste inocente, pero otras personas te delataron. Entonces, ¿por qué encubrirlos? Pareces tener muy buen comportamiento. ¿Por qué darías tu vida por ellos? Si hablas, podrás irte a casa. ¿Para qué vas a quedarte aquí y sufrir?” Esos hipócritas de doble cara vieron que el abordaje brutal no había funcionado, entonces decidieron utilizar un método “suave”. ¡Realmente están llenos de trucos astutos y son maestros en maquinaciones y maniobras! El hecho de ver ese rostro hipócrita llenó mi corazón de odio hacia ese montón de demonios. Respondí: “les he dicho todo lo que sé. No sé nada más”. Al advertir mi actitud firme, supo que no me podía sacar ninguna información, así que se retiró desanimado.

Al cabo de medio mes de estar detenido, me liberaron después de que la policía le pidió a mi familia que pagara 8.000 yuanes como fianza. Pero me advirtieron que no fuera a ningún lado y que debía quedarme en casa y garantizarles que me podían localizar. El día en que me liberaron, los carceleros intencionalmente no me dieron de comer, mientras los prisioneros decían: “tu Dios es maravilloso. Nosotros no estamos enfermos, pero todos nos enfermamos acá. Viniste aquí lleno de enfermedades, pero ahora te vas sano. ¡Bien por ti!”. ¡En ese momento, mi corazón fue aún más agradecido y lleno de alabanzas hacia Dios! Mi tío es un guardián de prisión. Él siempre pensó que había sido liberado porque mi padre tiene un contacto con alguien con poder, si no, no hubiera habido manera de salir libre de una prisión de máxima seguridad al cabo de medio mes. Por lo menos deberían haber transcurrido tres meses. Toda mi familia sabía muy bien que esto fue determinado por la omnipotencia de Dios que reveló Su obra maravillosa sobre mí. Vi con claridad que esa era la contienda entre Dios y Satanás. Sin importar cuán salvaje y cruel es Satanás, siempre será derrotado por Dios. A partir de allí, me convencí de que todo lo que me pasaba era parte del designio de Dios. A fines de mayo de 2011, bajo el delito de “perturbar el orden social”, la policía comunista me sentenció a un año de re-educación a través de trabajo, para ser realizado fuera de la prisión bajo vigilancia, y suspendido por dos años.

Luego de vivir esta persecución y tribulación, entendí y pude discernir la esencia maléfica del Partido Comunista ateo de China, y generé un odio profundamente arraigado hacia él. Todo lo que hace es usar métodos violentos para mantener su condición de gobierno, atacando y reprimiendo todas las causas justas y detestando totalmente la verdad. Es el mayor enemigo de Dios. Entonces, con el fin de lograr su objetivo de controlar permanentemente a las personas, no se detiene ante nada para obstaculizar e interrumpir la obra de Dios en la tierra, reprimiendo furiosamente y persiguiendo a los creyentes en Dios, utilizando tanto el premio como el castigo, haciendo que los demás cumplan sus órdenes, diciendo una cosa mientras hace otra, y tramando engaños y artificios en todo momento. Ese contraste me permite ver aún más que sólo la palabra de Dios puede llevar vida a las personas durante el sufrimiento. Cuando la gente está en su momento de mayor desesperación o al borde de la muerte, la palabra de Dios es como el agua de vida, que alimenta los corazones secos de las personas. También es como un elixir milagroso que puede curar las heridas del alma de la gente, rescatándola del peligro, alimentando sus vidas con confianza y valentía y brindándoles una energía ilimitada, haciéndoles gozar de la dulzura de la palabra de Dios en medio de su sufrimiento. Eso puede consolar sus almas y hacerlas sentir que la vitalidad de la palabra de Dios es inagotable e infinita. A lo largo de esos quince días de la vida en prisión, si Dios no hubiera estado conmigo, utilizando Sus palabras para recordarme, esclarecerme y alentarme, de ningún modo mi naturaleza débil hubiera podido soportar ese sufrimiento. Si no fuera por Dios que me cuidó y me protegió, de ningún modo mi cuerpo débil y frágil hubiera podido soportar la tortura y el terrible comportamiento de la policía maléfica, que, si bien no me atormentó hasta la muerte, habría dejado mi cuerpo enfermo y lastimado. Pero Dios me protegió maravillosamente en medio de esos días tan oscuros y difíciles, e incluso curó mi enfermedad original. ¡Dios es verdaderamente todopoderoso! ¡Su amor por mí es realmente muy profundo, inmensamente grande! No sé cómo expresar mi gratitud hacia Dios desde el fondo de mi corazón: ¡Oh, Dios, espero amarte aún más profundamente! ¡Sin importar cuán áspero y pedregoso sea el camino que me espera o cuánto sufrimiento deba soportar, obedeceré Tus designios y estoy resuelto a seguirte hasta el final!

Si bien mi cuerpo físico sufrió un poco en esa experiencia, los beneficios que obtuve son significativos. Ese es un punto de inflexión en mi camino de creencia en Dios, así como también un nuevo punto de partida en ese sendero. Siento en lo profundo de mí que, en los diez años que creí en Dios, nunca valoré Su amor con tanta profundidad como lo hago ahora, y verdaderamente sentí que el valor y el significado de creer en Dios, de seguirlo y de adorarlo es inmensamente grande. Es más, nunca me sentí tan dispuesto a buscar amar a Dios y a ofrecer el resto de mi vida para devolver ese amor de Dios tanto como lo siento ahora. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para ofrecer mi profundo agradecimiento y alabanza. ¡Toda la gloria y la alabanza para Dios Todopoderoso!

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