16. Guiada por las palabras de Dios, vencí la represión de las fuerzas de la oscuridad

Por Wang Li, provincia de Zhejiang

Desde que era niña, junto con mi madre, creía en el Señor Jesús; durante los días en los que lo seguí, a menudo me sentí conmovida por Su amor. Sentía que nos amaba tanto que fue crucificado y entregó hasta Su última gota de sangre para redimirnos. En aquel momento, los hermanos y hermanas de nuestra iglesia se amaban y apoyaban unos a otros, pero, desafortunadamente, nuestra fe en el Señor se topó con la persecución y la represión a manos del Gobierno del PCCh. El gobierno del PCCh define al cristianismo y al catolicismo como “xie jiao” y clasifica las reuniones que llevan a cabo las iglesias domésticas como “reuniones ilegales”. La policía solía irrumpir frecuentemente en nuestros lugares de reunión y nos decía que teníamos que obtener primero la aprobación del Gobierno y conseguir un permiso antes de poder llevar a cabo reuniones; de lo contrario, nos arrestarían y multarían o nos enviarían a prisión. En una ocasión, mi madre y cinco o seis hermanos y hermanas fueron arrestados e interrogados durante todo un día. Al final, la investigación de la policía confirmó que todos ellos eran simples cristianos comunes y corrientes y fueron liberados. Sin embargo, a partir de ese momento tuvimos que reunirnos en secreto para evitar las redadas del Gobierno; a pesar de todo esto, nuestra fe nunca flaqueó. A finales de 1998, uno de mis familiares me predicó que el Señor Jesús había regresado como Dios Todopoderoso que había encarnado en los últimos días. Este pariente también me leyó muchas palabras de Dios Todopoderoso, que me resultaron completamente emocionantes. Tuve la seguridad de que las palabras de Dios Todopoderoso son las declaraciones que el Espíritu Santo hizo a las iglesias y que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús que ha regresado. Pensar que realmente podría reunirme con el Señor durante mi vida me conmovió más allá de las palabras y derramé lágrimas de alegría. Desde ese momento, todos los días devoraba ávidamente las palabras de Dios y, a partir de ellas, pude comprender muchas verdades y misterios: mi espíritu sediento obtuvo riego y sustento. Bañados en el deleite y el consuelo que nos trajo la gran obra del Espíritu Santo, mi esposo y yo nos zambullimos en la felicidad y la alegría de estar reunidos con el Señor. A menudo aprendíamos a cantar himnos y a bailar en alabanza a Dios con otros hermanos y hermanas y nos reuníamos frecuentemente para hablar sobre las palabras de Dios. Sentía que mi espíritu estaba renovado y vigorizado y como si pudiera ver ante mis ojos la hermosa escena donde el reino se manifiesta en la tierra y todos se regocijan. Sin embargo, no había forma de haber podido anticipar que justo mientras estábamos siguiendo a Dios y caminábamos por la senda correcta de vida con fe creciente, el Gobierno del PCCh comenzaría a perseguirnos cruelmente.

El 28 de octubre de 2002, unas hermanas y yo estábamos llevando a cabo una reunión. Durante esta, otra hermana y yo fuimos a hacer algunas diligencias, pero no habíamos llegado muy lejos, cuando la oí decir detrás de mí: “¿Por qué motivo me arrestan?” Antes de tener oportunidad de reaccionar, un oficial de policía vestido de civil se acercó y me sujetó; diciendo: “¡Vas a venir conmigo a la estación de policía!” y, luego me escoltó a una patrulla. Nos llevaron a la estación de policía y tan pronto como salimos del auto, vi que las otras seis hermanas que habían estado en la reunión también habían sido arrestadas y trasladadas aquí. Los policías nos ordenaron que nos desnudáramos y nos sometiéramos a un registro corporal. Me encontraron dos localizadores que me identificaban como líder de la iglesia y, como tal, me clasificaron como sujeto de alta prioridad para ser interrogada. Un policía me gritó: “¿Cuándo comenzaste a creer en Dios Todopoderoso? ¿Quién te predicó? ¿Con quién te has reunido? ¿Qué cargo ocupas en la iglesia?” Me puso muy nerviosa que me interrogara de una forma tan agresiva y no tenía idea de cómo lidiar con todo ello. Todo lo que pude hacer fue orar en silencio a Dios y pedirle que me protegiera para no traicionarlo. Después de orar, lentamente me tranquilicé y decidí guardar silencio. Cuando vieron que no decía una sola palabra, el policía se enojó y me golpeó violentamente en la cabeza. Al instante me sentí aturdida y mareada y los oídos me empezaron a zumbar. Luego trajeron a una de las hermanas y nos dijeron que nos identificáramos mutuamente. Sin embargo, al ver que no haríamos lo que nos dijeron, se encolerizaron y me ordenaron que me quitara mis zapatos con plantillas de algodón y me parara descalza sobre el gélido piso de cemento. También me obligaron a pararme con la espalda erguida contra la pared y me pateaban duro si mi postura se aflojaba, aunque fuera un poco. Estaba bien entrado el otoño; la temperatura descendía y llovía levemente. Hacía tanto frío que todo mi cuerpo temblaba y mis dientes castañeteaban constantemente. El policía caminaba de un lado para otro y, dando un golpe en la mesa, me amenazó: “Hemos estado siguiéndolas por mucho tiempo. Tenemos muchas formas de obligarlas a hablar hoy y, si no hablan, ¡entonces las dejaremos que mueran congeladas o las dejaremos morir de hambre o las golpearemos hasta matarlas! ¡Veamos qué tanto aguantan!” Sentí un poco de miedo cuando lo escuché decir esto, así que clamé a Dios en mi corazón: “¡Oh, Dios! No quiero ser un Judas y traicionarte. Por favor, protégeme y dame el valor y la fe que necesito para dar batalla contra Satanás de modo que pueda permanecer firme en mi testimonio de Ti”. Después de orar, pensé en las palabras de Dios que dicen: “Su carácter es símbolo de autoridad, símbolo de todo lo que es justo, símbolo de todo lo que es hermoso y bueno. Más que esto, es un símbolo de Aquel que no puede ser[a] vencido o invadido por la oscuridad ni por ninguna fuerza enemiga, así como un símbolo de Aquel que no puede ser ofendido (y que tampoco tolerará ser ofendido)[b] por ningún ser creado” (‘Es muy importante comprender el carácter de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Sí”, pensé. “Dios posee la autoridad y el poder y Su autoridad y poder no pueden ser superados por ninguna fuerza enemiga u oscuridad. No importa cuán crueles sean los esbirros del PCCh, todos están en las manos de Dios y, siempre que confíe en Dios y coopere con Él, seguramente los venceré”. Con la clara guía que me proporcionaron las palabras de Dios, encontré de pronto mi fe y mi valor y ya no sentí tanto frío. Después de haber estado parada en ese lugar por más de tres horas, los policías me escoltaron de vuelta a una patrulla y me llevaron a un centro de detención.

En la tarde del día posterior a que llegué al centro de detención, dos oficiales de policía, un hombre y una mujer, llegaron a interrogarme. Usando el acento de mi pueblo natal, me llamaron por mi nombre y trataron de sonar como si estuvieran de mi lado. El hombre se presentó como el jefe de la Sección de Religión del Departamento de Seguridad Pública y dijo: “Los oficiales de policía de la estación ya han reunido información sobre ti. Lo que hiciste realmente no es gran cosa e hicimos un viaje especial hasta aquí para llevarte de vuelta a casa. Si nos dices todo cuando lleguemos allá, estarás bien”. Yo no sabía qué tipo de truco tenían bajo la manga, pero, cuando los escuché decir esto, un rayo de esperanza entró en mi corazón. Pensé para mis adentros: “Las personas del lugar donde vivo son buenas personas, así que me dejarán ir aun si no les digo nada”. Sin embargo, contrario a mis expectativas, mientras nos dirigíamos de vuelta a mi pueblo natal, los policías expusieron su verdadera naturaleza bestial y trataron de obligarme a que les entregara las llaves de mi casa. Yo sabía que lo que ellos querían era registrarla y pensé en todos los libros de las palabras de Dios y las listas con los nombres de los hermanos y hermanas que tenía ahí. Así que elevé una oración sincera a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Por favor, protege los libros de las palabras de Dios y las listas que tengo en casa para que no caigan en manos de Satanás…”. Me negué a entregar mis llaves. Los policías me condujeron hasta mi edificio y me mantuvieron encerrada en el carro mientras ellos subían a toda prisa a mi departamento. Mientras estaba sentada en el auto, oré continuamente a Dios y cada segundo que pasaba era un tormento. Después de un largo rato, el policía regresó y dijo furioso: “Eres realmente estúpida, ¿lo sabes? No hay un solo libro en tu casa y, sin embargo, haces todo lo posible por ayudar a esa gente de la iglesia”. Cuando lo oí decir esto, mi ansioso corazón finalmente comenzó a relajarse y agradecí a Dios Su protección desde el fondo de mi corazón. Fue después que me enteré de que los policías no encontraron ningún libro en mi casa y solo se llevaron 4000 yuanes en efectivo, un teléfono celular y todas las fotos donde aparecíamos mi familia y yo. Afortunadamente, mi hermana menor estaba ahí cuando la policía llegó y, apenas se fueron, se apresuró a entregar a la iglesia todos los libros de las palabras de Dios y materiales de fe que habían quedado. Al día siguiente, la policía regresó a registrar nuevamente el lugar, pero, una vez más, se fueron con las manos vacías.

Cuando llegó la noche, los policías me llevaron a la comisaría de mi localidad y procedieron a hacerme las mismas preguntas que antes. Al ver que seguía sin decir nada, llamaron a una pastora de la Iglesia de las Tres Autonomías para que tratara de persuadirme. “Si no eres cristiana de la Iglesia de las Tres Autonomías, entonces estás siguiendo el camino falso”, dijo. La ignoré y, simplemente, oré en silencio a Dios para que protegiera mi corazón. Cuanto más hablaba, más atroces eran sus afirmaciones, hasta que comenzó a calumniar deliberadamente a Dios y a blasfemar contra Él. Llena de indignación, le respondí: “Pastora, usted ha condenado arbitrariamente a Dios Todopoderoso, pero ¿acaso el Libro del Apocalipsis no dice claramente ‘el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso’ (Apocalipsis 1:8)? ¿No tiene miedo de ofender al Espíritu Santo al condenar temerariamente a Dios de esa forma? El Señor Jesús dijo en una ocasión: ‘Al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero’ (Mateo 12:32). ¿No tiene miedo?” La pastora se quedó sin palabras y, después de semejante reprimenda, no pudo más que irse. Agradecí a Dios en mi corazón por guiarme para triunfar sobre este obstáculo. Cuando vieron que su ardid no había funcionado, los policías me pidieron que escribiera algo en un trozo de papel. No podía imaginar por qué me pedían que hiciera esto, así que oré en silencio a Dios; luego, me di cuenta de que se trataba de uno de los planes astutos de Satanás y me negué a escribir nada y les dije que no sabía escribir. Después, por una conversación entre dos oficiales de policía, descubrí que me habían pedido que escribiera algo para comparar mi letra y confirmar si las libretas que habían encontrado en nuestro lugar de reunión las había escrito yo; esto, con el fin de utilizarlo luego para formular cargos en mi contra. Esto me mostró que aquellos policías no eran más que esbirros y lacayos entrenados por el gobierno del PCCh, capaces de hacer lo que sea y tomar parte en cualquier método engañoso que se les pudiera ocurrir para perseguir a los fieles: ¡son verdaderamente insidiosos, astutos, malvados y aborrecibles! Una vez que vi claramente el rostro vil de los esbirros que persiguen a quienes creen en Dios, tomé en silencio una decisión: ¡jamás me arrodillaré o me postraré ante Satanás!

Me interrogaron sin parar por horas hasta más o menos la medianoche, pero el jefe de la Sección de Religión no pudo sacarme nada. De repente, pareció convertirse en una bestia salvaje y me gritó, furioso: “¡Maldita sea! Se supone que debo marcar salida a las 11 de la noche. Estás siendo tan problemática que he tenido que quedarme aquí, y si no te hago sufrir por ello ¡entonces no entenderás plenamente la situación!” Cuando dijo esto, me jaló la mano derecha, la colocó sobre la mesa y la apretó con gran firmeza. Luego tomó una gruesa vara de unos cinco o seis centímetros de diámetro y me golpeó brutalmente con ella en la muñeca. Después del primer golpe, las venas principales de mi muñeca comenzaron a hincharse y, luego, también, todos los músculos circundantes. Lloré debido al dolor y traté de quitar la mano, pero la sujetó fuertemente. Mientras me golpeaba, gritó: “¡Esto es por negarte a escribir! ¡Y esto es por negarte a hablar! ¡Te golpearé tan fuerte que jamás volverás a escribir ni una palabra más!” Siguió golpeándome la muñeca de esa forma durante cinco o seis minutos, hasta que finalmente se detuvo. Para ese momento, mi mano se había hinchado tanto que parecía una toronja y, cuando me soltó, rápidamente me llevé la mano detrás de la espalda. Sin embargo, el policía malvado fue tras de mí, me sujetó las manos y comenzó a golpearlas frenéticamente mientras estaban en el aire, al tiempo que decía: “Utilizas estas manos para hacer cosas por tu Dios ¿cierto? Voy a rompértelas; voy a dejártelas inservibles y, luego, ¡ya veremos si haces algo! ¡Ya veremos si esos creyentes en Dios Todopoderoso te siguen queriendo!” Haberlo oído decir esto me dejó llena de odio hacia esta pandilla de policías malvados. Se comportaron de forma muy perversa y actuaron contra el Cielo; solo permiten que las personas sean esclavas del Gobierno del PCCh y que trabajen como mulas para él, pero no permiten que las personas crean en Dios o adoren al Creador. En un intento por obligarme a traicionar a Dios, ese policía no tuvo la más mínima reserva a la hora de atormentarme con crueldad: ¡en verdad, son una horda de bestias y demonios en forma humana y también son verdaderamente malvados y reaccionarios! El policía me golpeó tres veces de esa manera, por los golpes, mis manos y brazos se pusieron blancos y azules, y mis muñecas y el dorso de mis manos estaban tan hinchados que parecía que estaban a punto de explotar: el dolor era insoportable. Justo cuando languidecía por el dolor extremo, vinieron a mi mente unas líneas de un himno de las palabras de Dios: “Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Busca amar a Dios sin importar lo mucho que sufras’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Las palabras de Dios me conmovieron el corazón y pensé: “Así es, Dios trabaja incansablemente día y noche para salvarnos. Nos cuida y está con nosotros siempre y nos muestra amor y misericordia infinitos. Ahora, cuando Satanás está tratando de obligarme a traicionar a Dios y vender a mis hermanos y hermanas, Dios tiene la ferviente esperanza de que yo dé un testimonio firme y rotundo de Él. ¿Cómo podría decepcionarlo o lastimarlo?” Al pensar esto, contuve las lágrimas y me dije a mí misma que debía ser fuerte y no tímida o cobarde. El Gobierno del PCCh no me perseguía y lastimaba con tanta crueldad porque me odiara de forma personal, sino porque su esencia era resistirse a Dios y odiarlo. Su meta al tratarme de esa forma era hacerme traicionar a Dios y rechazarlo y obligarme a aceptar el control que ellos ejercían y su esclavitud por siempre. Sin embargo, yo sabía que no podía ceder jamás ante ello y que tenía que permanecer firme del lado de Dios y avergonzar a Satanás. Canté ese himno una y otra vez en mi mente y sentí que mi espíritu se fue haciendo más fuerte. Después de golpearme, ese policía malvado les ordenó a varios guardias que me vigilaran y terminaron manteniéndome despierta toda la noche. Si veían que comenzaba a cerrar los ojos, me gritaban o me daban una patada. Sin embargo, tan conmovida estaba por el amor de Dios, que no cedí ante ellos.

Al día siguiente, el jefe de la Sección de Religión vino a interrogarme nuevamente. Al ver que seguía sin hablar, tomó una vara y me golpeó fuertemente con ella en los muslos. Después de varios golpes, mis piernas comenzaron a hincharse hasta sentir que mis pantalones comenzaban a apretarme. Otro policía malvado estaba a un lado, tentándome: “Si el Dios en el que crees es tan grande, ¿por qué no viene a ayudarte ahora que te estamos torturando?” También dijo muchas otras calumnias y blasfemias contra Dios. Yo estaba adolorida y enojada y, en mi corazón, respondía a sus blasfemias pensando: “A ustedes, legiones de demonios, ¡Dios les retribuirá de acuerdo con sus actos malvados! ¡Este es el momento en el que Dios los expone y reúne los hechos de sus acciones malvadas!” Luego pensé en las siguientes palabras de Dios: “Miles de años de odio están concentrados en el corazón, milenios de pecaminosidad están grabados en el corazón; ¿cómo no podría esto infundir odio? ¡Venga a Dios, extingue por completo Su enemistad, no permitas que siga más tiempo fuera de control, que provoque más problemas como desea! Ahora es el momento: el hombre lleva mucho tiempo reuniendo todas sus fuerzas; ha dedicado todos sus esfuerzos, ha pagado todo precio por esto, para arrancarle la cara odiosa a este demonio y permitir a las personas, que han sido cegadas y han soportado todo tipo de sufrimiento y dificultad, que se levanten de su dolor y le vuelvan la espalda a este viejo diablo maligno” (‘Obra y entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). A partir de las palabras de Dios, percibí su voluntad urgente y su llamado ardiente y comprendí que el gobierno del PCCh está condenado a ser destruido por Dios. Aunque estaba siendo sometida a la cruel persecución del gobierno del PCCh en aquel momento, Dios ejerce su sabiduría basándose en los astutos planes de Satanás y Dios estaba utilizando lo que me ocurría para que yo pudiera ver claramente la esencia demoniaca de ellos y pudiera distinguir el bien del mal. Así, el verdadero amor y el verdadero odio podían surgir en mí, entonces podría abandonar y rechazar al gobierno del PCCh de una vez por todas y volcar mi corazón a Dios para poder dar testimonio de Él y avergonzar a Satanás. Una vez que comprendí la voluntad de Dios, en mi interior surgió un extraordinario sentimiento de fortaleza y decidí jurar lealtad a Dios y abandonar a Satanás. Aunque constantemente era sometida a crueles torturas y aunque todo mi cuerpo estaba desprovisto de energía y el dolor de mis piernas era insoportable, al confiar en la fortaleza que Dios me dio pude mantenerme en silencio (posteriormente, descubrí que mis piernas se habían puesto negras y azules por los golpes; incluso hasta hoy uno de los músculos de mi pierna derecha sigue atrofiado). Al final, el jefe de la Sección de Religión no pudo más que marcharse echando chispas por la exasperación.

Al tercer día, los policías malvados me interrogaron y me golpearon una vez más y se detuvieron solo cuando ya me habían insultado lo suficiente y se cansaron de golpearme. Posteriormente, una oficial de policía se acercó a mi y, fingiendo preocupación, me dijo: “Hace un tiempo, trajeron a alguien que creía en Dios Todopoderoso. No nos dijo nada y fue sentenciado a 10 años de prisión. ¿Cómo es que guardar silencio te ayuda en algo? Podrías desperdiciar 10 años enteros en este lugar y, luego, cuando salgas, tu Dios no te querrá más y será demasiado tarde para que te arrepientas…”. Dijo muchas otras cosas para tratar de engañarme y hacerme hablar, pero yo seguí orando en silencio, pidiéndole a Dios que protegiera mi corazón para no caer presa de los planes astutos de Satanás. Después de orar, vino a mi mente una parte de un himno: “Yo mismo estoy dispuesto a buscar a Dios y a seguirlo. Ahora, Dios quiere abandonarme, pero aun así quiero seguirlo. Tanto si Él me quiere como si no, yo seguiré amándolo, y al final debo ganarlo. Yo le ofrezco mi corazón a Dios, e independientemente de lo que Él haga, lo seguiré durante toda mi vida. Pase lo que pase, debo amar a Dios y ganarlo; no descansaré hasta que lo haya ganado” (‘Estoy decidido a amar a Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). “Sí”, pensé. “Ahora creo en Dios y lo sigo porque eso es lo que quiero hacer. No importa si Dios me quiere o no; aun así, ¡lo sigo hasta el final!” Las palabras de Dios trajeron claridad a mi mente y me di cuenta de que Satanás estaba haciendo todo lo posible por sembrar discordia entre Dios y yo para que yo me desanimara, negara a Dios y, finalmente, lo traicionara como un Judas. En ese momento, la única forma en la que yo podía derrotar a Satanás y ser un testimonio de la victoria de Dios sobre Satanás era mantener la fe en Él y permanecer leal a Él. “Ya sea que me envíen a prisión o no y sea cual sea el resultado, todo está en manos de Dios”, pensé para mis adentros. “Dios es quien decide cómo disponer y orquestar mi vida; yo no tengo injerencia en el asunto y confío profundamente en que todo lo que Dios hace es para salvarme. Aunque tal vez tenga que arreglármelas sin las comodidades de la carne en prisión, lo que ganaría sería satisfacción espiritual. Además, ir a prisión por Dios sería un honor para mí, pero, si traicionara a Dios en aras de mi deseo de tener comodidades físicas, perdería toda dignidad e integridad y mi conciencia jamás volvería a tener paz”. Así pues, decidí en silencio: aun si me envían a prisión, permaneceré leal a Dios hasta el final; ¡dedico mi amor verdadero a Dios para que Satanás pueda ser humillado y derrotado de una vez por todas! Los policías malvados utilizaron rutinas de policía bueno y policía malo conmigo y me sometieron a crueles torturas durante tres días y tres noches, pero no pudieron sacarme ni una sola palabra. Ya sin opciones, todo lo que podían hacer era tomarme —golpeada y magullada como estaba— y encerrarme en el centro de detención. Cuando me encerraron, uno de los policías dijo maliciosamente: “¡Dejaremos que recuperes el aliento y luego volveremos a interrogarte!”

Cinco días después, los policías malvados regresaron a interrogarme nuevamente, solo que, esta vez, lo hicieron por turnos para agotarme. Me ordenaron que me sentara en una helada silla de metal y luego me esposaron la mano derecha a ella. Fijaron una barra de metal frente a mi pecho para que me impidiera moverme y mis pies colgaban sin llegar al piso. Lo hicieron de tal forma que no pudiera mover ni un solo músculo y, al poco tiempo, tanto mis manos como mis pies se habían adormecido. Uno de los policías malvados me dijo: “Cada persona que ha sido esposada a esta silla termina diciéndonos todo lo que sabe. Si no hablas en un día, entonces estarás esposada aquí dos días. Si no comienzas a hablar en dos días, entonces serán tres días. No quiero mucho de ti. Simplemente quiero que me digas quiénes son los líderes de tu iglesia”. Le doy gracias a Dios por darme fuerzas, pues todo el tiempo me aferré a un solo pensamiento: ¡jamás venderé a nadie! Me interrogaron en repetidas ocasiones; no me dieron nada de comer ni de beber y no me permitían utilizar el baño. Esa noche, para evitar que me quedara dormida, me mantuvieron esposada a la silla de una mano, pero me hicieron estar de pie junto a ella mientras seguían interrogándome. Estaba agotada y hambrienta y todo mi cuerpo estaba adormecido. Simplemente no podía permanecer de pie por mí misma y solo podía hacerlo si me apoyaba en la silla. Pero en el instante en el que me recostaba en la silla o, incluso, pensaba en quedarme dormida, un policía ondeaba una larga vara de bambú frente a mi cara y me golpeaba con ella y no me dejaron cerrar los ojos ni una sola vez en toda la noche. Esto continuó durante dos días y me debilité tanto que todo mi cuerpo se puso flácido y débil. No sabía durante cuánto tiempo seguirían sometiéndome a esto; temía no poder soportarlo, traicionar a Dios y convertirme en un Judas, así que clamé a Dios una y otra vez: “¡Oh, Dios! Mi carne es muy débil y mi estatura es muy pequeña. Por favor, no permitas que me convierta en un Judas”. Justo mientras clamaba urgentemente a Dios, uno de los policías malvados sacó un libro de las palabras de Dios y leyó: “No daré más misericordia a los que han sido totalmente desleales a Mí en tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega sólo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo asociarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante Mi corazón no volverá a recibir clemencia, y cualquiera que me haya sido fiel permanecerá por siempre en Mi corazón” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mi corazón se llenó de luz: ¿acaso no estaba mostrándome Dios el camino? Vi que Dios verdaderamente estaba lleno de esperanza y preocupación por mí y, para que yo permaneciera fuerte, Él había utilizado a este policía malvado aquí, en este nido de demonios, para que me leyera las palabras de Dios. A través de esto, Dios estaba diciéndome claramente que Él ama y bendice a quienes permanecen leales a Él en la adversidad y que odia y rechaza a quienes son tan débiles que lo traicionan. ¿Cómo podría no vivir a la altura de las expectativas de Dios si tenía frente a mí Su amor y misericordia? Cuando el policía malvado terminó de leer, preguntó: “¿Es esto lo que tu Dios te dice que hagas? Esto es, ¿quedarte callada?” No respondí y, sorprendentemente, el policía pensó que no lo había escuchado, así que volvió a leer el pasaje varias veces y me hizo la misma pregunta una y otra vez. Vi cuán sabio y todopoderoso es Dios: cuanto más leía el policía malvado las palabras de Dios, más se imprimía en mi corazón cada palabra y, del mismo modo, mi fe se hacía más fuerte. Decidí que, sin importar cómo pudieran intentar esos demonios obtener una confesión de mí, ¡jamás me convertiría en un Judas!

Al tercer día, el policía malvado me hizo subir y bajar las escaleras, yendo de una sala de interrogatorios a otra, para despojarme de toda la energía que me quedaba. Este tormento continuó hasta que mi cuerpo quedó completamente agotado y las piernas me temblaban, y era extremadamente difícil levantarlas para subir las escaleras. Sin embargo, gracias a la fe y a la fortaleza que me habían dado las palabras de Dios, seguí negándome a abrir la boca. Me interrogaron hasta el anochecer, pero, aun así, no consiguieron nada, así que me amenazaron, diciéndome: “Aun si no dices una sola palabra, podemos encerrarte. ¡Te corregiremos!” Oírlos decir esto hizo que surgiera cierto miedo en mí y pensé para mis adentros: “¿De qué otra forma pueden torturarme? Estoy totalmente agotada y no puedo continuar mucho más…”. Luego, clamé a Dios, diciendo: “¡Oh, Dios! Por favor, ayúdame. Tengo mucho miedo de no poder aguantar más. Por favor, protégeme y guíame para que pueda saber cómo cooperar contigo”. Sentí que surgió una fuerza en mi interior después de esta oración y ya no sentí tanto dolor. Y, así, en el momento más doloroso y difícil, por medio de la oración continua, Dios me otorgó la fe y la fuerza para seguir adelante.

Temprano, en la mañana del cuarto día, al ver que tres días seguidos de interrogatorios no habían dado resultados, los policías malvados me quitaron con enojo las esposas y me lanzaron al piso. Luego, me ordenaron que me arrodillara y no me levantara. Aprovechando que ya estaba arrodillada, comencé una oración en silencio a Dios: “¡Oh, Dios! Sé que Tu protección me ha permitido superar estos últimos días de tortura, interrogatorios e intentos por obtener una confesión de mí, y no tengo palabras para agradecerte Tu amor y misericordia. ¡Oh, Dios! Aunque no tengo idea de cómo me torturarán a continuación los policías malvados, pase lo que pase, jamás te traicionaré y tampoco venderé a ninguno de mis hermanos o hermanas. Te pido que sigas dándome fe y fortaleza y que me mantengas fuerte”. Al momento de terminar mi oración, sentí que en mi interior surgía una gran oleada de fuerza y estuve plenamente consciente de que estaba siendo sostenida por el amor de Dios. Sin importar cómo pudieran atormentarme esos demonios, yo sabía que Dios me guiaría para superarlo todo. Después de un rato, el policía malvado tal vez se imaginó que estaba orando a Dios, y, explotando de ira, me gritó y me lanzó maldiciones. Uno de los policías tomó un periódico, lo enrolló en forma de garrote y me golpeó con él en la sien brutalmente. Vi todo negro y caí al suelo, inconsciente. Para despertarme, me arrojaron agua helada y, aunque mi mente estaba nublada, escuché que uno de los policías me amenazaba: “Si no nos dices todo lo que sabes, ¡te golpearé hasta matarte o hasta dejarte lisiada! De cualquier forma, nadie sabrá jamás si te golpeo hasta matarte y ninguno de tus hermanos o hermanas se atreverá a venir aquí”. También escuché que otro de ellos dijo: “Olvídalo. Si sigues golpeándola así, entonces, en verdad morirá. Es un caso perdido. No vamos a sacarle nada”. No pude más que suspirar de alivio cuando oí eso, pues yo sabía que Dios estaba mostrando entendimiento por mi debilidad y que, una vez más, había abierto un camino de salida para mí. Sin embargo, los policías malvados seguían sin estar dispuestos a admitir la derrota, así que trajeron a mi hermana menor y a mi hijo —ninguno de los cuales creía en Dios— para tratar de hacerme hablar. Cuando mi hermana vio mis ojos amoratados y mis manos hinchadas y lastimadas, no solo no trató de hacerme hablar como la policía quería, sino que, por el contrario, lloró y dijo: “Li, creo que eres incapaz de hacer nada malo. Mantente fuerte”. Cuando vieron que mi hermana me alentaba, el policía recurrió a mi hijo y dijo: “Más te vale que hables con tu madre y hagas que coopere con nosotros; entonces, podrá ir a casa y cuidarte”. Mi hijo me miró y no le respondió al oficial. Justo cuando estaba a punto de irse, caminó hacia mí y luego dijo de repente: “Mami, no te preocupes por mí. Cuídate tú y yo cuidaré de mí mismo”. Cuando vi lo maduro y sensible que era mi hijo, me conmovió más allá de las palabras, y simplemente asentí vigorosamente con la cabeza y lloré mientras lo acompañaban a él y a mi hermana fuera de la habitación. Esto que ocurrió me permitió experimentar el amor y el cuidado de Dios hacia mí una vez más. Dios estaba mostrando comprensión hacia mi debilidad ya que, a lo largo de esos días, quien se había preocupado más había sido mi hijo. Yo tenía miedo de que, si yo no estaba ahí, él no podría arreglárselas solo. Lo que me había preocupado todavía más era que, al ser tan joven, cuando llegara a la estación de policía a verme, pudieran lavarle el cerebro para que me odiara por creer en Dios. Sin embargo, para mi sorpresa, no solo no había creído las palabras difamatorias y ponzoñosas de los policías malvados; por el contrario, me había consolado. ¡Vi, entonces, cuán verdaderamente maravilloso y todopoderoso es Dios! El corazón y el espíritu del hombre ciertamente son orquestados por Dios. Después de que mi hijo y mi hermana se fueron, los policías malvados me amenazaron una vez más, diciéndome: “Si sigues sin hablar, aunque no lo creas, te torturaremos por varios días y noches más. Y si, a pesar de eso, no hablas, podemos hacer que te den una sentencia de tres a cinco años de prisión…”. Al haber experimentado muchas de las obras de Dios, estaba llena de fe en Él, así que dije con decisión y determinación: “¡Lo peor que puede ocurrir es que muera en sus manos! Pueden torturar mi carne, pero jamás dominarán mi corazón. Aún si mi cuerpo muere, Dios seguirá teniendo mi alma”. Al ver que permanecía firme, no hubo nada que los policías malvados pudieran hacer, excepto dejar de interrogarme y regresarme a mi celda. Ser testigo de la lamentable figura de Satanás totalmente derrotado me trajo un gozo incalculable y comprendí verdaderamente que solo Dios es el Soberano de todas las cosas y que nuestra vida y nuestra muerte están totalmente en Sus manos. Aunque no se me había permitido ingerir ningún alimento ni beber agua por varios días y mi cuerpo había quedado devastado, el amor de Dios estuvo conmigo siempre. Sus palabras fueron una fuente constante de fe y fortaleza y me permitieron derrotar tenazmente los intentos de Satanás por sacarme una confesión a través de los policías que se turnaban para debilitarme. Esto me permitió apreciar verdaderamente cuán trascendente y maravillosa es la fuerza vital de Dios: la fortaleza que Dios nos da es inagotable y no está sujeta a las limitaciones de la carne.

Varios días después, el Gobierno del PCCh fraguó el cargo de perturbación del orden público y posteriormente me sentenció a tres años de reeducación por medio del trabajo y la policía me escoltó a un campo de trabajos forzados. Allí viví una existencia inhumana y trabajé sin parar del amanecer al anochecer. Como mis manos habían quedado lisiadas debido a todas las golpizas, los músculos del dorso de mis manos estaban tan lesionados durante los primeros seis meses de mi sentencia que ni siquiera tenía fuerza para lavar mi ropa. Cuando llovía, me dolían los brazos y se me hinchaban porque la sangre no podía circular correctamente por mis venas. A pesar de esto, los guardias de la prisión me obligaban a exceder mi cuota diaria de trabajo; de lo contrario, mi sentencia aumentaría. Es más, vigilaban muy estrictamente a quienes creíamos en Dios; siempre había alguien vigilándonos cuando comíamos, cuando nos aseábamos y cuando íbamos al baño… Debido a la carga de trabajo, el dolor de mi cuerpo, sumado al tormento psicológico, hizo que mi sufrimiento fuera atroz. Sentía que tres años en ese lugar sería demasiado para mí y que no había forma de que pudiera continuar. En varias ocasiones pensé en el suicidio como una forma de poner fin a mi sufrimiento. Al encontrarme en un dolor extremo, elevé una oración a Dios: “¡Oh, Dios! Tú sabes cuán débil es mi carne. Estoy sufriendo mucho en este momento y realmente no puedo soportar más. Incluso quiero morir. Por favor, esclaréceme y guíame; dame fuerza de voluntad y la fe que necesito para continuar…”. En ese momento, Dios fue bondadoso conmigo y me hizo pensar en un himno de Sus palabras: “Dios se ha hecho carne esta vez para realizar esa obra, concluir la que le queda aún por acabar, llevar esta era a su fin, juzgarla, salvar del mar de la aflicción a aquellos que son profundamente pecadores, y transformarlos por completo. Muchas son las noches insomnes que Dios ha soportado por el bien de la obra de la humanidad. Desde lo más alto hasta las más bajas profundidades, Él ha descendido al infierno viviente en el que el hombre mora para pasar Sus días con él, nunca se ha quejado de la mezquindad que hay entre los hombres, nunca le ha reprochado a este su desobediencia, sino que ha soportado la mayor humillación mientras lleva personalmente a cabo Su obra. […] Sin embargo, por el bien de toda la humanidad, y para que toda ella pueda hallar descanso pronto, Él ha soportado la humillación, y sufrido la injusticia para venir a la tierra, y entró personalmente en el ‘infierno’ y el ‘Hades’, en el foso del tigre, para salvar al hombre” (‘Cada etapa de la obra de Dios es para la vida del hombre’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Mientras contemplaba estas palabras, mi corazón fue inspirado y reformado por el amor de Dios. Pensé en cómo, para salvar a la humanidad —que es tan profundamente corrupta—, Dios se hizo carne y descendió de lo más alto a lo más bajo, y corrió gran peligro al venir a China —esta guarida del demonio— para llevar a cabo Su obra. Ha sufrido gran humillación y dolor, persecución y adversidades; sin embargo, Dios siempre se está esforzando en silencio, sin quejarse ni arrepentirse, por el bien de la humanidad. Dios lleva a cabo toda esta obra solo para poder ganar a un grupo de personas que puedan ser consideradas con Su voluntad, orientadas a la justicia y que jamás se entreguen ni cedan. Yo me había encontrado en esa situación porque Dios quería utilizarla para templar mi voluntad y para perfeccionar mi fe y mi obediencia hacia Él y había permitido que esta situación me sobreviniera para hacerme comprender la verdad y entrar en ella. La pequeña cantidad de sufrimiento que yo estaba experimentando no valía ni siquiera ser mencionada frente al dolor y la humillación que Dios ha sufrido. Si yo no podía soportar siquiera un sufrimiento tan pequeño en prisión, ¿acaso no estaría probando ser indigna de los esfuerzos minuciosos que Dios había hecho por mí? Además, la guía de Dios me había permitido vencer toda la cruel tortura que me habían infligido los policías malvados cuando me arrestaron. Desde hace mucho tiempo, Dios me había permitido ver Sus maravillosas obras en acción; así pues ¿no debía tener una fe más firme y seguir dando un bello testimonio de Él? Al pensar en esto, me regresó la fortaleza y decidí emular a Cristo: no importaba lo dolorosas o difíciles que fueran las cosas, seguiría viviendo obstinadamente. Después de eso, cuando sentía que mi vida en el campo de trabajos forzados era demasiado para mí, cantaba ese himno y cada vez que lo hacía, las palabras de Dios me proporcionaban una fe y fortaleza inagotables y me sentía inspirada para seguir adelante. En aquel tiempo, había varias hermanas de la Iglesia que también se encontraban en el campo de trabajos forzados. Confiando en la sabiduría que Dios nos otorgaba, cada vez que teníamos oportunidad, escribíamos en unas notas las palabras de Dios y nos las pasábamos o las compartíamos entre nosotras; nos apoyábamos y alentábamos mutuamente. A pesar de que todas nos encontrábamos detenidas en esa guarida de demonios del Gobierno del PCCh, encerradas entre esas enormes paredes y completamente aisladas del mundo exterior, fue precisamente debido a esto que llegamos a atesorar cada una de las palabras de Dios mucho más y a valorar todavía más la inspiración que Dios nos daba a cada una y fue gracias a eso que nuestros corazones se unieron tanto como lo hicieron.

El 29 de octubre de 2005 cumplí mi condena y, por fin, fui liberada. A pesar de que me dejaron salir de prisión, no pude recuperar mi libertad. La policía siempre enviaba personas a monitorear mis movimientos y me ordenaron que me reportara personalmente a la estación de policía cada mes. Aunque estaba en mi propia casa, sentía que me encontraba dentro de una prisión invisible y constantemente tenía que estar en guardia en contra de los informantes del PCCh. Aunque me encontraba en casa, tenía que ser increíblemente cuidadosa a la hora de leer las palabras de Dios, temerosa de que la policía pudiera irrumpir en cualquier momento. Además, como estaba siendo monitoreada tan de cerca, no tenía forma de ver a mis hermanos y hermanas o vivir la vida de la iglesia. Esto me resultaba insoportable y cada día parecía un año entero. Al final, no pude soportar vivir una vida donde era monitoreada y reprimida, una vida en la que tenía que dejar la iglesia y a todos mis hermanos y hermanas, así que me fui de mi pueblo natal y encontré un trabajo en otra parte. Finalmente pude tener contacto con la iglesia y, una vez mas, comencé a vivir la vida de iglesia.

Al haber experimentado la persecución a manos del Gobierno del PCCh, vi completa y claramente su esencia hipócrita y demoniaca que engaña al público para ganarse elogios para sí mismos y tuve la seguridad de que no son más que una pandilla de demonios que blasfeman contra el Cielo y se oponen a Dios. El Gobierno del PCCh es, ciertamente, la encarnación de Satanás, la personificación del demonio mismo; mi odio hacia ellos es profundo y juro seguir siendo su enemiga mortal. A lo largo de estas adversidades, llegué a apreciar verdaderamente la omnipotencia y soberanía de Dios y Sus maravillosas obras; experimenté la autoridad y el poder de las palabras de Dios y sentí verdaderamente Su amor y Su gran salvación: cuando estuve en peligro, fue Dios quien estuvo siempre a mi lado, esclareciéndome e iluminándome por medio de Sus palabras, otorgándome fe y fortaleza, guiándome para vencer una cruel tortura tras otra y permitiéndome superar tres largos y oscuros años en cautiverio. Cuando veo frente a mí la inmensa salvación de Dios, reboso de gratitud, mi fe se redobla y estoy decidida: no importa cuán grandes sean las adversidades que deba sufrir en el futuro, siempre confiaré en la guía y el liderazgo de las palabras de Dios para echar fuera todas las influencias de la oscuridad ¡y firmemente seguiré a Dios hasta el final!

Notas a pie:

a. El texto original dice: “es un símbolo de no poder ser”.

b. El texto original dice: “así como un símbolo de no poder ser ofendido (y de no tolerar ser ofendido)”.

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