4. Principios para considerar las palabras de Dios

(1) Es preciso creer que las palabras de Dios son, definitivamente, la verdad. Deben ser aceptadas y obedecidas, concuerden o no con las nociones humanas e independientemente de si se comprenden o no.

(2) Es preciso aceptar el juicio y castigo de las palabras de Dios. Solo así es posible llegar a conocer la esencia y verdad de la propia corrupción y purificar el propio carácter corrupto.

(3) Cuando no se entiendan algunas de las palabras de Dios, se le debe orar, buscar la verdad y centrarse en la práctica y la experiencia. Solo así es posible comprender la verdad y entrar en la realidad.

(4) Es preciso practicar y experimentar las palabras de Dios. Solo así se puede comprender la verdad, conocer a Dios y corroborar que Cristo es la verdad, el camino y la vida.

Las palabras relevantes de Dios:

Las palabras que pronuncio son verdades dirigidas a toda la humanidad, no están dirigidas solo a una persona o tipo de persona específica. Por lo tanto, debéis concentraros en entender Mis palabras desde el punto de vista de la verdad, y debéis tener una actitud de completa atención y sinceridad. No ignoréis una sola palabra o verdad que hablo ni tratéis todas Mis palabras a la ligera. En vuestras vidas veo que habéis hecho mucho que es irrelevante para la verdad; y por tanto, expresamente os pido que os convirtáis en servidores de la verdad, que no seáis esclavizados por la maldad y la fealdad, y que no piséis la verdad ni manchéis ningún rincón de la casa de Dios. Esta es Mi advertencia para vosotros.

Extracto de ‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”

Sólo espero que no permitáis que Mis esfuerzos se vayan a la basura y, más que eso, que podáis comprender todas las atenciones y cuidados que he brindado y tratéis Mis palabras como el fundamento de cómo os comportáis como seres humanos. Sean o no el tipo de palabras que estéis dispuestos a escuchar o que disfrutéis aceptarlas o que sólo las aceptéis con incomodidad, debéis tomarlas con seriedad. De lo contrario, vuestro carácter y comportamiento despreocupados e indiferentes realmente me molestarán y, de hecho, me repugnarán. En verdad, espero que todos vosotros podáis leer Mis palabras una y otra vez —miles de veces— y que, incluso, lleguéis a sabéroslas de memoria. Sólo de esa manera podréis cumplir Mis expectativas sobre vosotros. Sin embargo, ninguno de vosotros está viviendo así ahora. Por el contrario, todos estáis inmersos en una vida depravada; una vida de comer y beber hasta reventar, y ninguno de vosotros usáis Mis palabras para enriquecer vuestro corazón y vuestra alma. Por esta razón, he llegado a una conclusión sobre el verdadero rostro de la humanidad: el hombre puede traicionarme en cualquier momento, y nadie puede ser absolutamente fiel a Mis palabras.

Extracto de ‘Un problema muy serio: la traición (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

Os he hecho muchas advertencias y concedido muchas verdades con la intención de conquistaros. A estas alturas, os sentís considerablemente más enriquecidos que en el pasado, habéis llegado a entender muchos principios respecto a cómo debería ser una persona, y a poseer mucho del sentido común que las personas fieles deberían tener. Todo esto es la cosecha que habéis sembrado a lo largo de muchos años. No niego vuestros logros, pero además debo decir con bastante franqueza que tampoco niego vuestras numerosas desobediencias y las rebeliones que habéis cometido contra Mí todos estos años, pues no hay santo alguno entre vosotros. Sois todos, sin excepción, personas que han sido corrompidas por Satanás; sois enemigos de Cristo. Hasta la fecha, vuestras transgresiones y desobediencias han sido demasiado numerosas, por lo que apenas se puede considerar extraño que os esté insistiendo siempre. No deseo coexistir con vosotros de esta manera, pero, por el bien de vuestro futuro, de vuestro destino, os insistiré una vez más, aquí y ahora. Espero que me lo permitáis y, más aún, que seáis capaces de creer todas Mis declaraciones y de deducir las implicaciones profundas de Mis palabras. No dudéis lo que digo, menos aún, no escojáis entre Mis palabras a vuestro antojo y las apartéis a un lado como os parezca, esto lo considero intolerable. No juzguéis Mis palabras, y menos aún debéis tomarlas a la ligera ni decir que siempre os estoy tentando o, lo que sería peor, que lo que os he dicho no es certero. También considero intolerables estas cosas. Como me tratáis a Mí y a lo que digo con suspicacia y nunca aceptáis Mis palabras y me ignoráis, os digo a cada uno de vosotros con total seriedad: no vinculéis lo que digo con la filosofía; no relacionéis Mis palabras con las mentiras de los charlatanes. Menos aún debéis responder a Mis palabras con desprecio.

Extracto de ‘Las transgresiones conducirán al hombre al infierno’ en “La Palabra manifestada en carne”

La verdad es la realidad de todas las cosas positivas. Puede ser la vida del hombre y la dirección en la que viaja; puede llevar a desprenderse del carácter corrupto, a llegar a temer a Dios y huir del mal, a ser alguien que obedece a Dios y un ser creado apto, en una persona a la que Dios ama y que recibe Su favor. Dado su valor incalculable, ¿qué actitud y perspectiva se deben tener hacia las palabras de Dios y la verdad? Es bastante obvio: para los que realmente creen en Dios y tienen un corazón reverente hacia Él, Sus palabras son vida. El hombre debe atesorar las palabras de Dios y comer y beber de ellas, disfrutarlas y aceptarlas como su vida, como la dirección en la que camina, como su ayuda y provisión disponibles; el hombre debe vivir, practicar y experimentar de acuerdo con las declaraciones y requisitos de la verdad, someterse a las exigencias que se le hacen, a cada una de las declaraciones y los requisitos que la verdad le concede, en vez de someterla a estudio, análisis, especulación y duda. Como la verdad es la ayuda preparada para el hombre, su provisión dispuesta, y puede ser su vida, él debe tratar la verdad como la cosa más valiosa, ya que debe confiar en la verdad para vivir, para llegar a satisfacer las exigencias de Dios, temerle y huir del mal, y para encontrar en su vida diaria el camino por el que practicar, captando los principios de la práctica y consiguiendo la sumisión a Dios. El hombre también debe respaldarse en la verdad para deshacerse de su carácter corrupto, para convertirse en alguien salvo y en un ser creado apto.

Extracto de ‘Desprecian la verdad, desacatan públicamente los principios e ignoran las disposiciones de la casa de Dios (VII)’ en “Desenmascarar a los anticristos”

Al recibir el juicio de las palabras de Dios no debemos temer el sufrimiento ni el dolor y, mucho menos, temer que las palabras de Dios penetren en nuestro corazón. Debemos leer más de Sus declaraciones acerca de cómo Él nos juzga, nos castiga y expone nuestra esencia corrupta. Debemos leerlas y mantenernos más firmes en ellas. No compares a los demás con ellas: debemos compararnos con ellas. No carecemos de ninguna de estas cosas; todos podemos cuadrar con ellas. Si no lo crees, ve y experiméntalo por ti mismo. Tras leer las palabras de Dios, algunas personas no saben aplicárselas a sí mismas; piensan que parte de estas palabras no tratan de ellas, sino de otras personas. Por ejemplo, cuando Dios desenmascara a las personas como mujerzuelas y rameras, algunas hermanas creen que, al haber sido inequívocamente fieles a sus maridos, esas palabras no deben de referirse a ellas; otras creen que, como no están casadas y nunca han mantenido relaciones sexuales, esas palabras tampoco deben de referirse a ellas. Algunos hermanos piensan que estas palabras solo se dirigen a las mujeres y no tienen nada que ver con ellos; otros piensan que estas palabras de Dios suenan demasiado desagradables y se niegan a aceptarlas. Incluso hay quienes dicen que, en algunos casos, las palabras de Dios están equivocadas. ¿Es esta la actitud correcta hacia las palabras de Dios? La gente no sabe hacer introspección basándose en las palabras de Dios. Aquí, “mujerzuelas” y “rameras” aluden a la corrupción de la promiscuidad de las personas. Hombre o mujer, casado o no, todo el mundo está dotado de la corrupción de la promiscuidad; por tanto, ¿es posible que no tenga nada que ver contigo? Las palabras de Dios exponen el carácter corrupto de la gente; trátese de un hombre o de una mujer, el nivel de corrupción es el mismo, ¿no es así? Antes de hacer cualquier otra cosa, hemos de comprender que debemos aceptar cada una de las palabras de Dios, tanto si estas declaraciones suenan agradables como si no y sea amarga o dulce la sensación que nos den. Esa es la actitud que debemos tener hacia las palabras de Dios. ¿Qué clase de actitud es esta? ¿Una actitud devota, una actitud paciente o una actitud de aceptar el sufrimiento? Os digo que no es ninguna de estas. En nuestra fe, debemos sostener firmemente que las palabras de Dios son la verdad. Ya que son la verdad, debemos aceptarlas de una forma racional. Seamos o no capaces de reconocerlo o admitirlo, nuestra primera actitud debe ser una de aceptación absoluta de las palabras de Dios. Cada línea de las palabras de Dios pertenece a un estado específico. Es decir, ninguna de las líneas de Sus declaraciones trata sobre las apariencias externas y, mucho menos, sobre reglas externas o sobre una forma sencilla de comportamiento en las personas. No es así. Si ves cada línea pronunciada por Dios como si se tratase de una clase sencilla de comportamiento humano o apariencia externa, entonces no tienes entendimiento espiritual y no entiendes lo que es la verdad. Las palabras de Dios son profundas. ¿Cómo son profundas? Todo lo que Dios dice, todo lo que Él revela, trata sobre el carácter corrupto de las personas y sobre las cosas esenciales y profundamente arraigadas dentro de su vida. Son cosas esenciales, no apariencias externas y, sobre todo, no son comportamientos externos. Al ver a las personas desde apariencia externa, todas pueden parecer estar bien. ¿Por qué, entonces, Dios dice que algunas personas son espíritus malos y otras son espíritus inmundos? Este es un asunto que no es visible para ti. Por lo tanto, no puedes depender de las apariencias o de lo que ves desde fuera para mantenerte firme en las palabras de Dios. Tras estas enseñanzas, ¿habéis cambiado de actitud hacia las palabras de Dios? Por muy grande o pequeño que sea el cambio, la próxima vez que leáis estas palabras al menos no intentaréis razonar con Dios. No diréis: “Las palabras de Dios son muy duras de escuchar; no voy a leer esta página. ¡Me la salto! Déjame que busque algo que leer sobre las bendiciones y las promesas para hallar un poco de consuelo”. No debéis elegir así vuestras lecturas.

Extracto de ‘La importancia de buscar la verdad y la senda de búsqueda’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”

Algunas personas se equipan con la verdad para ayudar a otros y servir a Dios, y liderar de forma adecuada la iglesia. ¿Es correcto este punto de vista? Independientemente de cuántos mensajes hayas escuchado o de cuáles sean tus planes, permíteme decirte qué es lo más crítico y qué visión es la más correcta: sea cual sea el deber que lleves a cabo y de si eres o no un líder, debes primero examinarte respecto a las palabras de Dios e implementarlas en ti mismo. No trates estas palabras como una herramienta para hacer trabajo o como cosas que has acumulado mientras lo hacías. Si tienes éxito en todo esto, serás sin duda capaz de realizar bien tu obra. Si siempre quieres medir a otras personas contra estas palabras, llevarlas a cabo en otras personas, o considerarlas como capital para tu propia obra, entonces estarás en apuros, significa que caminarás por la senda de Pablo. Esta es la verdad absoluta. Y es que si tienes este punto de vista, sin lugar a duda tratarás estas palabras como doctrina y teoría, y desearás divulgarlas, y realizar la obra, y esto es algo muy peligroso. Si te mides contra las palabras de Dios y empiezas poniéndolas en práctica, entonces serás el primero en cambiar y lograr la entrada. Solo si tú ganas algo tendrás la estatura, las cualificaciones y la capacidad de hacerlo bien en la obra que debes realizar. Si no tienes estatura ni experiencia y no has ganado la entrada, obrarás y correrás de un lado a otro a ciegas, y no hay un desenlace real para esto. Independientemente de qué aspecto de la realidad-verdad hayas oído, si te comparas con él, si implementas estas palabras a tu propia vida y las incorporas a tu propia práctica, entonces sin duda ganarás algo y estás destinado a cambiar. Si simplemente te tragas estas palabras y las memorizas en tu cerebro, no cambiarás nunca. Mientras escuchas los sermones, debes reflexionar así: “¿A qué tipo de estado se refieren estas palabras? ¿A qué aspectos de la esencia aluden? ¿En qué asuntos debería aplicar este aspecto de la verdad? Cuando hago algo relacionado con este aspecto de la verdad, ¿estoy practicando según esta? Y cuando la estoy poniendo en práctica ¿está mi estado al nivel de estas palabras? Si no, entonces ¿debo buscar, comunicar o esperar?”. ¿Practicáis de esta manera en vuestra vida? Si no lo hacéis, no tenéis a Dios ni la verdad en vuestra vida. Vivís según las letras y las doctrinas o según vuestros propios intereses, vuestra confianza y entusiasmo. Los que no poseen la verdad como realidad son aquellos que no tienen realidad, y las personas que no tienen las palabras de Dios como su realidad es que no han entrado en ellas. ¿Entendéis lo que estoy diciendo? Es mejor que sea así, pero independientemente de cómo sea tu entendimiento de ellas, y de lo mucho que hayáis entendido de lo que habéis oído, lo crucial es que seáis capaces de introducirlo en vuestra vida y poner en práctica aquello que habéis captado. Solo entonces tu estatura será capaz de crecer, y solo entonces se producirán cambios en tu carácter.

Extracto de ‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”

Muchas personas se aferran a leer las palabras de Dios día tras día, incluso hasta el punto de comprometerse meticulosamente a memorizar todos los pasajes clásicos en ellas como su posesión más valiosa; y, además, predican las palabras de Dios en todas partes, proveyendo y ayudando a los demás con las palabras de Dios. Piensan que hacer esto es dar testimonio de Dios, dar testimonio de Sus palabras; que hacer esto es seguir el camino de Dios, vivir según Sus palabras, traerlas a su vida actual, y que esto les permitirá recibir el elogio de Dios y ser salvos y perfeccionados. Pero, aunque prediquen las palabras de Dios, nunca las cumplen en la práctica ni tratan de compararse con lo revelado en ellas. En su lugar, utilizan las palabras de Dios para ganarse la adoración y la confianza de los demás con engaños, para entrar en gestión por su cuenta, y para defraudar y robarse la gloria de Dios. Esperan, en vano, aprovechar la oportunidad que les proporciona difundir las palabras de Dios para que se les adjudiquen la obra de Dios y Sus elogios. Cuántos años han pasado, y estas personas no solo han sido incapaces de obtener el elogio de Dios en el proceso de predicar Sus palabras, sino que, también, han sido incapaces de descubrir el camino que deben seguir en el proceso de dar testimonio de las palabras de Dios. No solo no se han ayudado a sí mismos ni han provisto para sí mismos en el proceso de ayudar y proveer a otros con las palabras de Dios ni han sido capaces de conocer a Dios —o de despertar en ellos una veneración genuina hacia Él— en el proceso de llevar a cabo todas estas cosas, sino que, por el contrario, sus malinterpretaciones sobre Dios son cada vez más profundos, su falta de confianza en Él es cada vez más grave, y sus imaginaciones sobre Él son cada vez más exageradas. Provistos y guiados por sus teorías acerca de las palabras de Dios, parece como si estuviesen completamente en su elemento, como si emplearan sus habilidades con gran facilidad, como si hubiesen encontrado su propósito en la vida, su misión, y como si hubiesen obtenido nueva vida y hubiesen sido salvos; como si, al salir las palabras de Dios nítidamente de su boca cual recitación, hubiesen adquirido la verdad, comprendido las intenciones de Dios y descubierto el camino para conocerlo; como si, en el proceso de predicar las palabras de Dios, se hubiesen encontrado frecuentemente cara a cara con Él. También, con frecuencia se ven “movidos” a tener ataques de llanto y, a menudo dirigidos por el “Dios” que está en las palabras de Dios, parecen aferrarse incesantemente a Su ferviente preocupación y Su amable intención; al mismo tiempo parecen haber comprendido la salvación del hombre por parte de Dios y Su gestión, haber llegado a conocer Su esencia, y haber entendido Su justo carácter. Con base en esto, parecen creer aún más firmemente en la existencia de Dios, ser más conscientes de Su estado elevado y sentir aún más profundamente Su grandeza y trascendencia. Impregnados del conocimiento superficial de las palabras de Dios, parecería que su fe ha crecido, que su determinación a resistir el sufrimiento se ha fortalecido y que su conocimiento de Dios se ha profundizado. Poco se imaginan que, hasta que experimenten realmente las palabras de Dios, todo su conocimiento de Él y sus ideas sobre Él surgen de sus propias imaginaciones y conjeturas ilusorias. Su fe no se sostendría bajo ninguna clase de prueba proveniente de Dios, su supuesta espiritualidad y su supuesta estatura simplemente no soportarían la prueba o la inspección por parte de Dios; su determinación no es sino un castillo edificado sobre la arena, y su supuesto conocimiento de Dios no es más que un producto de su imaginación. En realidad, estas personas que han puesto, por así decirlo, mucho esfuerzo en las palabras de Dios, nunca han sido conscientes de lo que es la fe real, la obediencia real, la preocupación real o el conocimiento real de Dios. Toman la teoría, la imaginación, el conocimiento, el don, la tradición, la superstición e, incluso, los valores morales de la humanidad y los convierten en “capital” y en “armamento” para creer en Dios y seguirlo, y los convierten, incluso, en la base para tener fe en Dios y seguirlo. Al mismo tiempo, toman este capital y este armamento y los convierten en talismanes mágicos mediante los cuales conocen a Dios y para afrontar y tratar con las inspecciones, las pruebas, el castigo y el juicio de Dios. Al final, lo que obtienen siguen siendo solo conclusiones acerca de Dios inmersas en connotaciones religiosas, supersticiones feudales y en todo lo que es romántico, grotesco y enigmático. Su forma de conocer y definir a Dios está grabada en el mismo molde que el de las personas que solo creen en el Cielo Arriba o en el Viejo que está en el Cielo, mientras que la realidad de Dios, Su esencia, Su carácter, Sus posesiones, Su ser, etcétera, —todo lo relacionado con el verdadero Dios mismo— son cosas que su conocimiento no ha logrado captar, de las que su conocimiento está completamente divorciado e, incluso, tan separado de ellas como los polos norte y sur. De esta forma, aunque viven bajo la provisión y el nutrimento de las palabras de Dios, son incapaces de recorrer verdaderamente la senda del temor a Dios y apartarse del mal. La verdadera razón de esto es que nunca se han familiarizado con Dios ni han tenido nunca un contacto o una comunión genuinos con Él; por tanto, es imposible que lleguen a un entendimiento mutuo con Dios o que despierte en ellos una fe auténtica en Dios, que sigan de forma auténtica a Dios o que lo adoren de manera genuina. Que consideren de esa forma las palabras de Dios y a Dios mismo son la perspectiva y la actitud que los ha condenado a volver de sus empeños con las manos vacías, a no ser capaces en toda la eternidad de recorrer la senda del temor a Dios y apartarse del mal. El objetivo al que aspiran, y la dirección en la que están yendo, indican que han sido enemigos de Dios a lo largo de la eternidad, y que a lo largo de ella nunca serán capaces de recibir la salvación.

Extracto de ‘Conocer a Dios es la senda para temer a Dios y apartarse del mal’ en “La Palabra manifestada en carne”

Dios expresa la verdad para la gente que tiene sed de la verdad, que busca la verdad y la ama. En cuanto a aquellos que se preocupan por letras y doctrinas, y gustan de dar extensos y pomposos discursos, nunca obtendrán la verdad, se están engañando a sí mismos. Tales personas tienen una visión incorrecta de la interpretación de las palabras de Dios; retuercen el cuello para leer lo que es recto, su perspectiva es equivocada. Algunas personas sólo saben investigar las palabras de Dios, estudiando lo que Él dice respecto a ser bendecido y sobre el destino del hombre. Si las palabras de Dios no encajan con sus nociones, se vuelven negativas y detienen su búsqueda. Esto muestra que no están interesadas en la verdad. En consecuencia, no se toman la verdad en serio; solo pueden aceptar la verdad de sus nociones e imaginaciones. Aunque esas personas son fervorosas en su fe en Dios y tratan por todos los medios de hacer algunas buenas obras y presentarse correctamente ante los demás, lo hacen exclusivamente para tener un buen destino en el futuro. Pese a que también participan en la vida de iglesia, comen y beben de las palabras de Dios con todos los demás, les cuesta entrar en la realidad-verdad y obtener la verdad. Otros, igualmente, comen y beben de las palabras de Dios, pero se limitan a hacerlo mecánicamente; creen haber alcanzado la verdad simplemente por haber logrado entender algunas letras y doctrinas. ¡Vaya necios! La palabra de Dios es la verdad. Ahora bien, no necesariamente entenderás y alcanzarás la verdad por leer las palabras de Dios. Si no la alcanzas comiendo y bebiendo de Sus palabras, lo que tendrás serán letras y doctrinas. No sabes lo que significa obtener la verdad. Puedes sostener las palabras de Dios en la palma de tu mano, sin embargo, después de leerlas, sigues siendo incapaz de entender la voluntad de Dios. Sólo adquieres algunas letras y doctrinas. Ante todo, deberías ser consciente de que la palabra de Dios no es tan sencilla; la palabra de Dios es totalmente profunda. Sin muchos años de experiencia, ¿cómo podrías entender la palabra de Dios? Incluso una frase de las palabras de Dios te requerirá tu vida entera para experimentarla plenamente. Lees las palabras de Dios, pero no entiendes Su voluntad; no entiendes los propósitos de Sus palabras, su origen, el efecto que buscan lograr, o qué buscan conseguir. Si no entiendes ninguna de estas cosas, entonces ¿cómo puedes entender la verdad? Es posible que hayas leído las palabras de Dios muchas veces, y quizás puedas recitar muchos pasajes de memoria, pero sigues sin haber cambiado en absoluto, ni has hecho ningún progreso. Tu relación con Dios es tan distante y alienada como siempre. Siguen existiendo barreras entre tú y Dios, como antes, y sigues teniendo dudas respecto a Él. No sólo no entiendes a Dios, sino que le pones excusas y albergas nociones sobre Él. Te resistes e incluso blasfemas contra Él. ¿Cómo puede esto significar que has obtenido la verdad? Aunque todos tienen una copia de la palabra de Dios que leen cada día, y toman notas del esclarecimiento que reciben de la comunión sobre la verdad, al final, diferentes personas logran distintos resultados. Unas prestan se centran en las doctrinas, mientras otras se centran en su práctica. Algunas prefieren estudiar lo que es profundo y misterioso, mientras que las hay que prefieren aprender sobre el destino futuro del hombre. Hay quienes prefieren estudiar los decretos administrativos, mientras otros buscan palabras de consuelo y otros más prefieren leer las profecías; cada cual se centra en una cosa. Algunos prefieren leer las palabras que el Espíritu Santo dice a las iglesias y quieren ser “Mis hijos”. Ahora bien, ¿qué conseguirán esas personas al final? Hoy día, algunos nuevos creyentes dicen: “¡Mira cuán consoladora es la palabra de Dios! ‘¡Mis hijos, Mis hijos!’. ¿Quién más en el mundo podría proveernos tal consolación?”. No entienden a quién van dirigidas estas palabras. Incluso después de aceptar la nueva obra de Dios durante uno o dos años, algunas personas siguen siendo incapaces de entender e incluso dicen estas cosas sin vergüenza, sin ruborizarse ni sentirse avergonzados. ¿Es esto comprender la verdad? Ni siquiera entienden la voluntad de Dios, ¡pero se atreven a adoptar el estatus de hijos de Dios! ¿Qué aprenden tales personas de la palabra de Dios? ¡Lo único que hacen es malinterpretar Su palabra! Aquellos que no aman la verdad nunca la recibirán aunque lean la palabra de Dios. Cuando alguien no ama la verdad, no le prestará atención por más que hables con él. Después de leer las palabras de Dios, los que aman la verdad tratarán de comprender Su voluntad; investigarán y compartirán la verdad con otros. Solo esta clase de persona tiene esperanza de alcanzar la verdad.

Extracto de ‘Solo aquellos con la realidad-verdad pueden liderar’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”

Escuchar la palabra de Dios y obedecer Sus requerimientos es la vocación enviada por el cielo al hombre; lo que Dios dice no es asunto del hombre. Da igual lo que diga Dios, lo que Él le pida al hombre, la identidad, la esencia y el estatus de Dios no cambian; Él es siempre Dios. Cuando no tienes dudas de que Él es Dios, tu única responsabilidad, lo único que debes hacer, es escuchar lo que Él dice; esta es la senda de práctica. Una criatura de Dios no debe estudiar, analizar, explorar, rechazar, contradecir, desobedecer o negar las palabras de Dios; Él aborrece esto y no es lo que desea ver en el hombre. Entonces, ¿cuál es la senda de práctica? En realidad es muy simple: aprende a escuchar, escucha con el corazón, acepta con el corazón, entiende y comprende con el corazón, y luego ve y hazlo, llévalo a cabo y ejecútalo con el corazón. Lo que oyes y comprendes en tu corazón está estrechamente conectado con lo que pones en práctica. No separes las dos cosas; todo —lo que practicas, lo que obedeces, lo que haces por tu propia mano, todo por lo que corres— está conectado a lo que oyes y comprendes en tu corazón, y en esto lograrás la obediencia a las palabras del Creador. Esta es la senda de práctica.

Extracto de ‘Digresión tres: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”

Noé era un ser humano normal que adoraba y seguía a Dios. Cuando las palabras de Dios vinieron a él, su actitud no fue de postergar, demorar o tomarse su tiempo. Escuchó, en cambio, las palabras de Dios con gran seriedad, escuchó cada declaración de Dios con gran interés y atención, tratando diligentemente de asimilar y recordar todo lo que Dios le ordenara sin osar pasar nada por alto. En su actitud hacia Dios y Sus palabras estaba el temor de Dios, lo que demostró que había lugar para Dios en su corazón y que le era obediente. Escuchó detenidamente lo que le dijo Dios, el contenido de Sus palabras, lo que le pedía. Escuchó con atención, no analizando, sino aceptando. No hubo rechazo, antipatía ni impaciencia en su corazón; por el contrario, tomó nota tranquila, cuidadosa y atentamente en su corazón de cada palabra y cosa que Dios le pedía. Tras cada indicación de Dios, Noé anotó pormenorizadamente por sí solo todo cuanto Dios le había dicho y confiado. Después, dejó a un lado sus faenas, terminó con las rutinas y los planes de su vida anterior y se puso a preparar todo lo que Dios le había confiado y todas las provisiones necesarias para el arca que Dios le había pedido que construyera. No osó olvidarse de ninguna de las palabras de Dios ni de nada de lo que Dios le pidió, ni de ningún detalle de lo que requerían de él las palabras de Dios. Por sí solo, anotó los puntos y detalles principales de todo lo que Dios le pedía y confiaba, y luego los meditó y reflexionó reiteradamente. A continuación, Noé fue en busca de todos los materiales que Dios le había pedido que preparara. Naturalmente, tras cada indicación de Dios, él, a su modo, hizo planes y preparativos pormenorizados para todo aquello que Dios le había encargado y ordenado, y paso a paso aplicó y ejecutó sus planes y preparativos, así como cada uno de los pormenores y pasos concretos de lo que Dios le había pedido. A lo largo de todo el proceso, todo cuanto hizo Noé, fuera grande o pequeño, extraordinario o no a ojos del hombre, era lo que le había ordenado Dios, aquello de lo que Dios le había hablado y le había exigido. Por todo lo que demostró Noé después de aceptar la comisión de Dios, es evidente que su actitud hacia las palabras de Dios no fue simplemente de mera escucha; ni mucho menos sucedió que, tras escuchar estas palabras, Noé eligiera un momento en que estuviera de buen humor, en que el ambiente fuera el adecuado o en el que el calendario fuera favorable para llevar a cabo todo esto. En cambio, dejó de lado sus faenas, terminó con su rutina vital y convirtió la construcción del arca que le había ordenado Dios en la mayor prioridad de su vida y su existencia a partir de entonces. Su actitud hacia la comisión y las palabras de Dios no fue despreocupada, superficial o caprichosa, y ni mucho menos de rechazo; por el contrario, escuchó atentamente las palabras de Dios y se volcó en recordarlas y meditarlas. Su actitud hacia las palabras de Dios fue de aceptación y obediencia. Para Dios, esta es la única actitud que ha de tener una auténtica criatura Suya hacia Sus palabras. No hubo rechazo, tibieza ni premeditación en esta actitud, ni estuvo viciada por la intención humana; fue, plenamente, la actitud debida de todo ser creado.

Extracto de ‘Digresión tres: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”

Abraham era un hombre honesto. Solamente tenía una actitud hacia las palabras de Dios: la de escuchar, aceptar y obedecer. Escuchaba todo lo que Dios decía; si Dios decía que algo era negro, aunque a Abraham no le pareciera negro, creía sin duda que lo era. Si Dios decía que algo era blanco, era blanco. Así de simple. Cuando Dios le dijo que le daría un hijo, pensó para sí: “Tengo cien años. Si Dios dice que me va a dar un hijo, doy gracias a Dios, doy gracias a mi Señor”. No pensaba demasiado las cosas; simplemente creía en Dios. ¿Y cuál era la esencia de esta fe? Creía en la esencia e identidad de Dios; su conocimiento del Creador era verdadero. No era como algunas personas, que dicen en voz alta que creen que Dios tiene el poder de crear todas las cosas y que Él hizo a la humanidad, y sin embargo dudan en su interior: “¿No hemos evolucionado a partir de los simios? ¿Por qué no lo vi yo cuando Dios creó todas las cosas?”. Cada vez que oyen hablar a Dios, tienen grandes interrogantes dentro de sí. Cada hecho, cosa e indicación que pronuncie Dios tienen que estudiarlo y analizarlo minuciosa, diligente y detenidamente; de lo contrario, si no tienen cuidado, podrían engañarlos y aprovecharse de ellos. Sin embargo, Abraham no era así. Su corazón era puro, escuchaba las palabras de Dios con un corazón puro, y aunque afligido en esta ocasión en que habló Dios, decidió seguir creyendo y obedeciendo igualmente; creía que las palabras de Dios no cambiarían, que se harían realidad, que eran lo que la humanidad creada debía llevar a cabo y obedecer; ante las palabras de Dios, la humanidad creada no tenía derecho a elegir, y ni mucho menos debía estudiarlas o analizarlas. Esa era la actitud de Abraham hacia las palabras de Dios. Por ello, aunque le dolió mucho, aunque, debido a su apego, su amor y su adoración por su hijo sintió una tensión y un sufrimiento extremos, decidió de todos modos devolver a su hijo a Dios. ¿Por qué tenía que devolvérselo a Dios? Si Dios no se lo hubiera pedido, no habría tenido que devolvérselo; pero una vez que Dios se lo pidió, tenía que hacerlo; no tenía ninguna excusa, la gente no debía intentar razonar con Dios; esta fue la actitud de Abraham. Así era el corazón puro con que obedeció a Dios: esto era lo que Dios quería y lo que deseaba comprobar. Lo que Abraham cumplió al ofrendar a Isaac y lo que se manifestó en él ante Dios era lo que Dios quería comprobar y la prueba de Dios para él. Sin embargo, Dios no trató a Abraham como a Noé. No le contó a Abraham toda la historia, el proceso, todo lo que subyacía a este asunto. Abraham solo sabía una cosa: Dios le había pedido que le devolviera a Isaac, nada más. No sabía que, con ello, Dios lo estaba probando, ni era consciente de lo que, tras someterlo a esta prueba, Dios quería cumplir en él y en su descendencia. Dios no le contó todo, simplemente le dio una sencilla instrucción, una petición. Y aunque estas palabras de Dios fueron muy escuetas y frías, sin embargo, como era de esperar, Abraham hizo lo que Dios deseaba y exigía: sacrificó a Isaac en el altar. Todo cuanto hizo demuestra que su ofrenda no era un mero formalismo, que no estaba actuando por simple inercia, sino que era sincero de todo corazón. Aunque Abraham no pudiera soportarlo, aunque le doliera, ante lo que el Creador le había pedido optó por ese método que no elegiría cualquier ser humano: la obediencia absoluta a lo que el Creador le pedía, una obediencia sin concesiones, excusas ni condiciones: hizo lo que Dios le había pedido. ¿Y qué tenía él para ser capaz de hacer lo que Dios le había pedido? En parte, tenía auténtica fe en Dios; estaba seguro de que el Creador era Dios, su Dios, su Señor, el que gobernaba todas las cosas y había creado a la humanidad. Esto era auténtica fe. Por otra parte, tenía un corazón puro. Confiaba en cada palabra pronunciada por el Creador y era capaz de aceptar, simple y llanamente, cada una de ellas. Por otro lado, por grande que fuera la dificultad de lo que le pidió el Creador, por más dolor que le provocara, la actitud que eligió fue la obediencia, sin tratar de razonar con Dios ni de postergar o rechazar nada, sino una obediencia completa y total por la que actuó y cumplió de acuerdo con lo que Dios le había pedido, de acuerdo con cada una de Sus palabras y órdenes. Como Dios le pidió y deseaba, Abraham sacrificó a Isaac en el altar, lo sacrificó a Dios, y todo cuanto hizo demostró que Dios había elegido a la persona correcta; que, a ojos de Dios, él era justo.

Extracto de ‘Digresión tres: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”

Es el pueblo de Dios el que atesora Su palabra, el que la ama, el que la venera, el que respeta cada palabra y frase de Dios, así como la forma en que Él habla, la perspectiva desde la que lo hace y lo que dice en cada pasaje. Los enemigos de Dios son los únicos que suelen burlarse de Sus palabras y despreciarlas. Las desdeñan. No consideran las palabras de Dios la verdad, palabras pronunciadas por el Creador. Por eso a menudo desean para sus adentros manipularlas e interpretarlas arbitrariamente. Tratan de utilizar sus maneras, sus formas de pensar y la lógica de sus ideas para alterar las palabras de Dios de modo que se ajusten a los gustos humanos corruptos, a los puntos de vista y al pensamiento y la filosofía corruptos del ser humano, en un esfuerzo por recibir al final la aclamación de más gente. La palabra de Dios es la palabra de Dios, sea cual sea el tema que trate, el modo en que se comunique y la perspectiva desde la que se pronuncie. A fin de que la humanidad corrupta pueda comprender antes, apreciar mejor y recibir más fácilmente la palabra de Dios de manera que comprenda la verdad que contiene, Dios suele emplear lenguajes y métodos humanos, así como unas formas, un tono discursivo y una lógica mucho más sencillos de entender para la gente, para explicar Su voluntad y decirle a la humanidad en qué debe entrar. Sin embargo, son precisamente estos métodos discretos, el tono y las palabras discretas, lo que explotan los anticristos para presentar cargos contra Dios y negar que Su palabra sea la verdad. Los anticristos comparan con frecuencia la palabra de Dios con el conocimiento y los textos de distinguidos personajes, e incluso la comparan con los discursos, las frases, el tono discursivo y la integridad moral de individuos conocidos. Cuanto más la comparan de esta manera, menos creen que sea digna de mención, más superficial les parece y más desean alterarla, corregir Su tono y Su estilo, además de la perspectiva desde la que habla Dios. Sin importar cómo hable Dios ni cuánto le beneficie a la humanidad lo que Él diga, los anticristos no consideran la palabra de Dios la verdad. No buscan en las palabras de Dios la verdad, ni los principios de la práctica ni el camino de entrada en la vida, sino que invariablemente las abordan con ánimo de investigarlas, de estudiarlas, contemplándolas con esa actitud de investigación y estudio intensivos. Mientras las investigan de esta manera y de la otra, de modo concienzudo, continúan creyendo que hay muchos puntos en ellas que es preciso alterar, que necesitan “arreglo”. Por tanto, desde el día en que un anticristo entra en contacto con las palabras de Dios —e incluso tras 10, 20 o 30 años de fe—, al contrario de lo que dicen otros, en su fuero interno no solo sigue sin pensar que la palabra de Dios contenga vida o verdad, sino que no cree que sea la puerta del reino ni el camino hacia el cielo. No lo ve. No es capaz de descubrirlo. Entonces, ¿qué piensa? “¿Por qué, cuanto más tiempo creo, más me parece que las palabras de Dios no tienen nada de especial? Cuanto más tiempo creo, más me parece que no hay ninguna verdad en estas palabras de Dios”. ¿Qué es esto? ¿Es buena o mala señal? (Mala). ¿Por qué mala? Una vez que tu fe haya llegado a ese punto, ¿eso será todo? ¿Dejarás de creer?

Extracto de ‘Desprecian la verdad, desacatan públicamente los principios e ignoran las disposiciones de la casa de Dios (V)’ en “Desenmascarar a los anticristos”

Al principio os quise proveer con más verdades, pero como vuestra actitud hacia la verdad es demasiado fría e indiferente, tuve que abstenerme. No quiero que Mis esfuerzos se desperdicien ni tampoco quiero ver que las personas sostengan Mis palabras, pero en todos los aspectos hagan lo que se opone a Mí, me difama y blasfema contra Mí. Debido a vuestras actitudes y a vuestra humanidad, simplemente os proporciono una pequeña, aunque importante, parte de Mis palabras, que sirve como Mi obra de prueba entre la humanidad. No es sino hasta ahora que verdaderamente confirmé que las decisiones y el plan que he hecho están de acuerdo con lo que necesitáis y, además, que Mi actitud hacia la humanidad es la correcta. Vuestros muchos años de conducta ante Mí me han dado una respuesta sin precedentes, y la pregunta a esta respuesta es: “¿Cuál es la actitud del hombre ante la verdad y el Dios verdadero?”. El esfuerzo que he dedicado al hombre prueba Mi esencia de amar al hombre y cada una de las acciones y hechos del hombre ante Mí prueban su esencia de aborrecer la verdad y oponerse a Mí. En todo momento me preocupo por todos los que me siguen; sin embargo, los que me siguen en ningún momento son capaces de recibir Mis palabras; son completamente incapaces de aceptar siquiera Mis sugerencias. Esto es lo que más me entristece de todo. Nadie ha sido capaz de entenderme y, más aún, ninguno ha sido capaz de aceptarme, aunque Mi actitud es sincera y Mis palabras son amables. Todos intentan hacer el trabajo que les he encomendado de acuerdo con sus propias ideas; no buscan Mis intenciones y mucho menos preguntan por Mis exigencias. Siguen afirmando que me sirven con lealtad al tiempo que se rebelan contra Mí. Muchos creen que las verdades que les son inaceptables o que no pueden practicar no son verdades. Para tales personas, Mis verdades se vuelven algo que debe ser negado y desechado. Al mismo tiempo, me reconocen como Dios de palabra, pero también me consideran un extraño que no es la verdad, el camino o la vida. Nadie conoce esta verdad: Mis palabras son la verdad que jamás cambia. Soy el suministro de vida para el hombre y la única guía para la raza humana. El valor y el significado de Mis palabras no se determinan basándose en si son reconocidas o aceptadas por el hombre, sino en la esencia de las palabras mismas. Incluso aunque ni una sola persona en esta tierra pudiera recibir Mis palabras, el valor de Mis palabras y su ayuda para el hombre son inestimables para cualquier persona. Por lo tanto, cuando me enfrento con las muchas personas que se rebelan en contra de Mis palabras, las refutan o las desdeñan por completo, Mi posición es simplemente esta: dejar que el tiempo y los hechos sean Mis testigos y muestren que Mis palabras son la verdad, el camino y la vida. Dejar que muestren que todo lo que he dicho es correcto y que eso es de lo que el hombre debe estar provisto y, además, que eso es lo que el hombre debe aceptar. Voy a dejar que todos los que me siguen conozcan este hecho: los que no pueden aceptar completamente Mis palabras, los que no pueden practicar Mis palabras, los que no pueden encontrar un propósito en Mis palabras y los que no pueden recibir la salvación por causa de Mis palabras, son los que han sido condenados por Mis palabras y, además, han perdido Mi salvación y Mi vara nunca se apartará de ellos.

Extracto de ‘Deberíais considerar vuestros hechos’ en “La Palabra manifestada en carne”

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