El hombre sólo puede salvarse en medio de la gestión de Dios (Fragmento IV)

Aunque la gestión de Dios puede parecerle profunda al hombre, no le resulta incomprensible, porque toda Su obra está conectada a Su gestión, tiene relación con la obra de la salvación de la humanidad y concierne a la vida, al trabajo, y al destino de la humanidad. Se podría decir que la obra que Dios hace en medio del hombre y en él es muy actual y está llena de sentido. El hombre puede verla, experimentarla, y está lejos de ser abstracta. Si el hombre es incapaz de aceptar toda la obra que Dios hace, ¿cuál es entonces el sentido de esta obra? ¿Y cómo puede llevar esa gestión a la salvación del hombre? Muchos de los que siguen a Dios sólo se preocupan por cómo obtener bendiciones y evitar el desastre. A la mención de la obra y la gestión de Dios, quedan en silencio y pierden todo el interés. Creen que conocer tales cuestiones tediosas no desarrollará sus vidas ni será beneficioso y, así, aunque han oído mensajes acerca de la gestión de Dios, los tratan como si nada. No los ven como algo precioso que se debe aceptar, y menos aún lo reciben como parte de sus vidas. Esas personas tienen un objetivo muy simple al seguir a Dios: obtener bendición, y son demasiado perezosas para atender a cualquier cosa que no implique este objetivo. Para ellas, creer en Dios para obtener bendiciones es la más legítima de las metas y el propio valor de su fe. Cualquier cosa que no logre este objetivo no les afecta. Tal es el caso de la mayoría de los que creen en Dios hoy. Su objetivo y su motivación parecen legítimos porque, al mismo tiempo que creen en Dios, también se gastan para Él, se dedican a Él, y cumplen su obligación. Entregan su juventud, abandonan a la familia y su trabajo, e incluso pasan años ocupados lejos de su hogar. Por causa de su objetivo definitivo, cambian sus intereses, alteran su perspectiva en la vida, e incluso cambian la dirección que buscan, pero no pueden cambiar el objetivo de su creencia en Dios. Corretean por la gestión de sus propios ideales; no importa cuán lejos esté el camino ni cuántas dificultades y obstáculos haya a lo largo del mismo, se mantienen firmes y sin miedo a la muerte. ¿Qué poder les hace continuar entregándose de esta forma? ¿Es su conciencia? ¿Es su carácter excelente y noble? ¿Es su determinación a luchar con las fuerzas del mal hasta el mismo final? ¿Es su fe en la que dan testimonio de Dios sin buscar recompensa? ¿Es su lealtad por la que están dispuestos a entregarlo todo para cumplir la voluntad de Dios? ¿O es su espíritu de devoción en el que siempre han renunciado a exigencias personales extravagantes? ¡Que personas que nunca han conocido la obra del plan de gestión de Dios den tanto, es simplemente un milagro maravilloso! Por el momento, no expongamos cuánto han dado estas personas. Sin embargo, su comportamiento es muy digno de nuestro análisis. Aparte de los beneficios tan estrechamente asociados con ellos, ¿podría existir alguna otra razón para estas personas que nunca entienden a Dios den tanto por Él? En esto, descubrimos un problema previamente no identificado: la relación del hombre con Dios es simplemente de puro interés personal. Es la relación entre el receptor y el dador de las bendiciones. En palabras claras, es como la relación entre empleado y empleador. El primero sólo trabaja para recibir las recompensas concedidas por el segundo. En una relación como esta, no hay afecto, sólo un trato; no hay un amar y ser amado, sólo caridad y misericordia; no hay entendimiento, sólo resignación y decepción; no hay intimidad, sólo un abismo sobre el que no se puede tender un puente. Cuando las cosas llegan a este punto, ¿quién es capaz de revertir tal tendencia? ¿Y cuántas personas son capaces de entender verdaderamente cuán desesperada se ha vuelto esta relación? Creo que cuando las personas se sumergen en el gozo de ser bendecidas, nadie puede imaginar cuán embarazosa y desagradable es una relación así con Dios.

Lo más triste acerca de la creencia de la humanidad en Dios es que el hombre dirige su propia gestión en medio de la obra de Dios y no presta atención a Su gestión. El fracaso más grande del hombre reside en cómo, al mismo tiempo que busca someterse a Dios y adorarlo, está construyendo su propio destino ideal y calculando cómo recibir la mayor bendición y el mejor destino. Incluso si las personas entienden cuán despreciables, odiosas, y patéticas son, ¿cuántas podrían abandonar de inmediato sus ideales y esperanzas? ¿Y quién es capaz de detener sus propios pasos y dejar de pensar en sí mismo? Dios necesita a los que cooperarán estrechamente con Él y completarán Su gestión. Él requiere a aquellos que entregarán su mente y su cuerpo a la obra de Su gestión con el fin de que se sometan a Él; no necesita personas que tenderán sus manos y le suplicarán cada día, mucho menos aquellos que dan un poco y después esperar a que se les devuelva el favor. Dios desprecia a los que hacen una pequeña contribución y después de quedan en los laureles. Aborrece a esas personas con sangre fría que se ofenden con la obra de Su gestión y sólo quieren hablar sobre ir al cielo y obtener bendiciones. Aborrece aún más a los que se aprovechan de la oportunidad presentada por la obra que Él hace al salvar a la humanidad. Eso es debido a que estas personas nunca se han preocupado por lo que Dios desea conseguir y adquirir por medio de la obra de Su gestión. Sólo lo hacen por cómo pueden usar la oportunidad provista por la obra de Dios para obtener bendiciones. Son insensibles al corazón de Dios, preocupados totalmente por su propio futuro y destino. Los que se ofenden con la obra de gestión de Dios y no tienen el más mínimo interés en cómo salva Él a la humanidad y en Su voluntad, están todos haciendo lo que les place independientemente de la obra de gestión de Dios. Él no recuerda su comportamiento ni lo aprueba, y mucho menos lo mira con favor.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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