La diferencia entre el ministerio del Dios encarnado y el deber del hombre (Fragmento I)

Después de la creación de la humanidad en el principio, fueron los israelitas los que sirvieron como la base de la obra, y todo Israel fue la base de la obra que Jehová hizo en la tierra. La obra de Jehová fue dirigir y pastorear de una manera directa al hombre por medio de presentar las leyes para que el hombre pudiera vivir una vida normal y adorar a Jehová de una manera normal en la tierra. Dios, en la Era de la Ley, era alguien que el hombre no podía ver ni tocar. Él sólo estaba guiando a los primeros hombres que Satanás corrompió y estaba ahí para instruir y pastorear a estos hombres, así que las palabras que habló fueron sólo estatutos, ordenanzas y un conocimiento común para vivir la vida como un hombre, y de ninguna forma las verdades que suplen la vida del hombre. Los israelitas bajo Su liderazgo no fueron los que antes Satanás había corrompido profundamente. Su obra de la ley era sólo la primera etapa de la obra de salvación, el mismo principio de la obra de salvación, y prácticamente no tenía nada que ver con los cambios en el carácter de la vida del hombre. Por lo tanto, al principio de la obra de salvación no había necesidad de que Él asumiera una carne para hacer Su obra en Israel. Es por esto que Él necesitaba un medio, es decir, una herramienta por medio de la cual tener contacto con el hombre. Así surgieron entre los seres creados los que hablaban y obraban en nombre de Jehová, y es así como los hijos de los hombres y los profetas llegaron a obrar entre los hombres. Los hijos de los hombres obraban entre los hombres en nombre de Jehová. Que Él los llamara así quiere decir que esos hombres expusieron las leyes en nombre de Jehová y también fueron sacerdotes entre el pueblo de Israel; tales hombres eran sacerdotes que Jehová vigilaba y protegía, y obraban por el Espíritu de Jehová; eran líderes entre el pueblo y servían directamente a Jehová. Los profetas, por el otro lado, eran los que se dedicaban a hablar, en nombre de Jehová, a los hombres de todas las naciones y tribus. También eran los que profetizaban la obra de Jehová. Ya fueran los hijos de los hombres o los profetas, a todos el Espíritu de Jehová los levantaba personalmente y tenían en ellos la obra de Jehová. Entre el pueblo, ellos eran los que directamente representaban a Jehová; eran los que obraban sólo porque Jehová los había levantado y no porque fueran la carne en la que se encarnó el mismo Espíritu Santo. Por lo tanto, aunque de manera similar hablaban y obraban en nombre de Dios, esos hijos de los hombres y profetas en la Era de la Ley no eran la carne del Dios encarnado. Esto fue precisamente lo opuesto en la Era de la Gracia y en la última etapa, porque la obra de salvación y el juicio de los hombres, ambos los hizo Dios encarnado y, por lo tanto, no hubo necesidad de otra vez levantar a los profetas e hijos de los hombres para obrar en Su nombre. A los ojos del hombre, no hay diferencias sustanciales entre la esencia y los medios de su obra. Y es por esta razón que el hombre siempre confunde la obra del Dios encarnado con la de los profetas y los hijos de los hombres. La apariencia del Dios encarnado fue básicamente la misma que la de los profetas y los hijos de los hombres. Y el Dios encarnado era todavía más ordinario y más real que los profetas. Por consiguiente, el hombre es completamente incapaz de distinguir entre ellos. El hombre sólo se enfoca en las apariencias, y es completamente inconsciente de que, aunque ambos obran y hablan, hay una diferencia sustancial. Como la habilidad de discernimiento del hombre es muy pobre, el hombre no puede discernir las cuestiones básicas y todavía es menos capaz de distinguir algo tan complejo. Las palabras y la obra de los profetas y los que el Espíritu Santo usaba estaban cumpliendo con el deber del hombre, llevando a cabo su función como un ser creado y haciendo lo que el hombre debe hacer. Sin embargo, las palabras y la obra de Dios encarnado fueron para llevar a cabo Su ministerio. Aunque Su forma externa era la de un ser creado, Su obra no era llevar a cabo Su función sino Su ministerio. El término “deber” se usa con relación a los seres creados, mientras que “ministerio” se usa con relación a la carne de Dios encarnado. Hay una diferencia esencial entre los dos, y los dos no son intercambiables. La obra del hombre sólo es cumplir con su deber, mientras que la obra de Dios es gestionar y llevar a cabo Su ministerio. Por lo tanto, aunque el Espíritu Santo usó a muchos apóstoles y muchos profetas fueron llenos de Él, su obra y palabras fueron sólo para cumplir con su deber como seres creados. Aunque sus profecías pudieran ser mayores que el camino de vida del que habló el Dios encarnado, y que incluso su humanidad fuera más trascendente que la del Dios encarnado, seguían cumpliendo su deber y no cumpliendo su ministerio. El deber del hombre se refiere a la función del hombre, y es algo que el hombre puede alcanzar. Sin embargo, el ministerio que llevó a cabo el Dios encarnado se relaciona con Su gestión y es inalcanzable para el hombre. Ya sea que el Dios encarnado hable, obre, o manifieste maravillas, está haciendo la gran obra dentro de Su gestión, y tal obra no la puede hacer el hombre en Su lugar. La obra del hombre sólo es cumplir con su deber como un ser creado en una etapa dada de la obra de gestión de Dios. Sin tal gestión, es decir, si el ministerio de Dios encarnado se pierde, también se pierde el deber de un ser creado. La obra de Dios en cumplir con Su ministerio es gestionar al hombre, mientras que el hombre cumpliendo con su deber es el desempeño de sus propias obligaciones para cumplir las demandas del Creador, y de ninguna manera se puede considerar que está cumpliendo con el ministerio de alguien. Para la esencia inherente de Dios, es decir, el Espíritu, la obra de Dios es Su gestión, pero para Dios encarnado, usando la forma externa de un ser creado, Su obra es el cumplimiento de Su ministerio. Cualquiera que sea la obra que Él haga, es la de cumplir con Su ministerio, y el hombre sólo puede hacer lo mejor que pueda dentro del campo de acción de Su gestión y bajo Su liderazgo.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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