El misterio de la encarnación (1) (Parte 2)

Antes de llevar a cabo Su ministerio, Jesús también fue sólo un hombre normal que actuaba de acuerdo con cualquier obra que el Espíritu Santo realizara. Independientemente de que Él fuera consciente de Su propia identidad en ese tiempo, obedeció todo lo que venía de Dios. El Espíritu Santo nunca reveló Su identidad antes de que comenzara Su ministerio. Fue hasta después de que lo inició cuando Él abolió esas reglas y leyes, y no fue sino hasta que empezó oficialmente a llevar a cabo Su ministerio que Sus palabras se impregnaron de autoridad y poder. Su obra de dar paso a una nueva era empezó hasta después de que comenzó Su ministerio. Antes de esto, el Espíritu Santo se mantuvo oculto en Él durante 29 años, tiempo durante el cual Él sólo representó a un hombre, y no tenía la identidad de Dios. La obra de Dios comenzó cuando Él obró y llevó a cabo Su ministerio; realizó Su obra de acuerdo con Su plan interno, sin importarle cuánto lo conociera el hombre, y la obra que llevó a cabo fue la representación directa de Dios mismo. En ese tiempo, Jesús preguntó a quienes estaban a Su alrededor: “¿Quién decís que soy Yo?”. Ellos respondieron: “Tú eres el mayor de los profetas y nuestro excelente médico”. Y algunos contestaron: “Tú eres nuestro sumo sacerdote”, etcétera. Se dieron diversos tipos de respuestas; algunos dijeron incluso que Él era Juan, que era Elías. Jesús entonces se volvió hacia Simón Pedro y le preguntó: “¿Quién dices tú que soy Yo?”. Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. De ahí en adelante, la gente fue consciente de que Él era Dios. Cuando se dio a conocer Su identidad, Pedro fue el primero en ser consciente de esto y fue de su boca que salió. Entonces Jesús declaró: “Lo que dijiste no lo reveló nadie de carne y sangre, sino Mi Padre”. Después de Su bautismo, supieran esto o no otras personas, la obra que llevó a cabo fue en nombre de Dios. Él vino a llevar a cabo Su obra, no a revelar Su identidad. Sólo después de que Pedro pronunció esas palabras se conoció abiertamente Su identidad. Fueras tú consciente o no de que Él era Dios mismo, inició Su obra cuando llegó el momento. Prosiguió con Su obra como antes, fueras consciente de ello o no. Aunque tú lo negaras, Él seguiría desempeñando Su obra y la llevaría a cabo cuando fuera el momento de hacerlo. Él vino a llevar a cabo Su obra y a desempeñar Su ministerio, y no para que el hombre conociera Su carne, sino para que recibiera Su obra. Si has fallado en reconocer que la etapa de la obra actual es la obra de Dios mismo, es porque careces de visión. Aun así, no puedes negar esta etapa de la obra; tu incapacidad de reconocerla no demuestra que el Espíritu Santo no esté obrando o que Su obra sea errónea. Algunos incluso comparan la obra del presente con la de Jesús en la Biblia y usan cualquier inconsistencia para negar esta etapa de la obra. ¿No es este el acto del ciego? Todo lo que se registra en la Biblia es limitado e incapaz de representar la totalidad de la obra de Dios. Los Cuatro Evangelios tienen, en conjunto, menos de cien capítulos, en los cuales está escrito un número limitado de sucesos, como cuando Jesús maldijo a la higuera, las tres veces que Pedro negó al Señor, la aparición de Jesús a los discípulos después de Su crucifixión y resurrección, la enseñanza sobre el ayuno, la enseñanza sobre la oración, la enseñanza sobre el divorcio, el nacimiento y la genealogía de Jesús, la elección de los discípulos por parte de Jesús, etc. Sin embargo, el hombre los valora como tesoros, comparando, incluso, la obra actual con ellos. Incluso creen que toda la obra que Jesús llevó a cabo en Su vida no fue tanta, como si Dios solo fuera capaz de hacer algunas cosas y nada más. ¿No es esto absurdo?

El tiempo que Jesús pasó en la tierra fue de treinta y tres años y medio; es decir, que ese fue el tiempo que vivió en la tierra. Sólo tres años y medio de este tiempo los pasó llevando a cabo Su ministerio; el resto del tiempo vivió simplemente una vida humana normal. Al principio, Él asistía a los servicios en la sinagoga y allí escuchaba la exposición que hacían los sacerdotes de las Escrituras y la predicación de otros. Adquirió mucho conocimiento de la Biblia: Él no nació con ese conocimiento, y sólo lo obtuvo leyendo y escuchando. La Biblia recoge claramente que Él planteó preguntas a los maestros en la sinagoga cuando tenía doce años: ¿cuáles eran las profecías de los antiguos profetas? ¿Qué hay de las leyes de Moisés? ¿Y del Antiguo Testamento? ¿Y qué hay del hombre que sirve a Dios con túnicas sacerdotales en el templo?… Él hacía muchas preguntas, porque no poseía ni conocimiento ni entendimiento. Aunque fue concebido por el Espíritu Santo, nació como un hombre completamente normal. A pesar de que tenía ciertas características especiales, seguía siendo un hombre normal. Su sabiduría crecía continuamente en proporción a Su estatura y Su edad, y pasó por las fases de vida de un hombre normal. En la imaginación de las personas, Jesús no experimentó niñez ni adolescencia alguna; tan pronto como nació, comenzó a vivir la vida de un hombre de treinta años, y fue crucificado tras completar Su obra. Probablemente no pasó por las fases en la vida de un hombre normal; no comió ni se juntó con otras personas, y estas no lo vislumbraron fácilmente. Probablemente era una aberración que asustaría a quienes lo vieran, porque Él era Dios. Las personas creen que el Dios que viene en la carne no vive, en absoluto, como lo hace una persona normal; creen que está limpio y que no tiene que lavarse los dientes o la cara, porque es una persona santa. ¿No son puramente estas nociones humanas? La Biblia no registra la vida de Jesús como hombre, sólo Su obra, pero esto no demuestra que Él no tuviese una humanidad normal o que no hubiera vivido una vida humana normal antes de los treinta años. Oficialmente, Él comenzó Su obra a la edad de 29 años, pero no se puede anular toda Su vida previa a esa edad. La Biblia simplemente omitió esa etapa de sus registros; como se trataba de Su vida como un hombre normal y no era el periodo de Su obra divina, no había necesidad de escribirla, pues antes del bautismo de Jesús, el Espíritu Santo no obró directamente, sino que, simplemente, lo mantuvo en Su vida como un hombre normal hasta el día en que debía llevar a cabo Su ministerio. Aunque Él era Dios encarnado, experimentó el proceso de madurar como lo hace un hombre normal. La Biblia omitió este proceso de maduración. Se omitió porque no podía ser de mucha ayuda para el crecimiento del hombre en la vida. El periodo previo a Su bautismo fue un periodo oculto en el que Él no obró señales ni maravillas. Sólo después de Su bautismo Jesús comenzó toda la obra de redención de la humanidad, obra que es abundante y llena de gracia, verdad, amor y misericordia. El inicio de esta obra fue, justamente, también el comienzo de la Era de la Gracia; por esta razón, se escribió y transmitió hasta el presente. Fue para abrir una salida y para que todo fructificara, con el fin de que, quienes estaban en la Era de la Gracia, transitaran por la senda de la Era de la gracia y la senda de la cruz. Aunque eso proviene de registros escritos por el hombre, todos son hechos, excepto que aquí y allá se encuentran algunos pequeños errores. Aun así, no se puede decir que estos registros no sean veraces. Los asuntos registrados están enteramente basados en los hechos, solo que, al escribirlos, las personas cometieron errores. Hay algunos que dirán que si Jesús fue alguien con humanidad normal y ordinaria; ¿cómo pudo ser que Él fuera capaz de obrar señales y maravillas? Los cuarenta días de tentaciones que Jesús experimentó fueron una señal milagrosa, una que un hombre normal habría sido incapaz de lograr. Sus cuarenta días de tentaciones eran inherentes a la manera de obrar del Espíritu Santo; ¿cómo puede alguien decir, entonces, que no había nada sobrenatural en Él? Su capacidad de obrar señales y maravillas no prueba que no fuera un hombre normal, sino trascendente; es, simplemente, que el Espíritu Santo obró en un hombre normal como Él, e hizo posible, por tanto, que llevara a cabo milagros e hiciera una obra aún mayor. Antes de que Jesús llevara a cabo Su ministerio o, como dice la Biblia, antes de que el Espíritu Santo descendiese sobre Él, Jesús no era sino un hombre normal y no era, de ningún modo, sobrenatural. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él —es decir, cuando Él comenzó a llevar a cabo Su ministerio— quedó impregnado de lo sobrenatural. De esta manera, el hombre llega a creer que la carne encarnada de Dios no tiene humanidad normal y, aún más, piensa erradamente que Dios encarnado sólo tiene divinidad, no humanidad. Ciertamente, cuando Dios viene a la tierra para realizar Su obra, lo único que el hombre ve son sucesos sobrenaturales. Lo que observa con sus ojos y oye con sus oídos es, todo, sobrenatural, porque Su obra y Sus palabras son incomprensibles e inalcanzables para él. Si algo del cielo es traído a la tierra, ¿cómo puede no ser sobrenatural? Cuando los misterios del reino de los cielos son traídos a la tierra, misterios que son incomprensibles e insondables para el hombre, que son demasiado asombrosos y sabios, ¿acaso no son, todos, sobrenaturales? Sin embargo, debes saber que, sin importar cuán sobrenatural sea, todo se lleva a cabo dentro de Su humanidad normal. La carne encarnada de Dios está impregnada de humanidad, de lo contrario Él no sería Dios encarnado. Jesús llevó a cabo muchísimos milagros en Su época. Lo que vieron los israelitas de aquella época estaba lleno de cosas sobrenaturales; vieron ángeles y mensajeros, y oyeron la voz de Jehová. ¿No eran todas estas cosas sobrenaturales? Ciertamente, hay en la actualidad algunos espíritus malignos que engañan al hombre con cosas sobrenaturales; eso no es sino una imitación de su parte: engañar al hombre por medio de la obra que actualmente el Espíritu Santo no lleva a cabo. Mucha gente hace milagros y sana a los enfermos y expulsa a los demonios; todo esto no es más que la obra de los espíritus malignos porque el Espíritu Santo ya no hace esa obra en la actualidad y todos aquellos que han imitado la obra del Espíritu Santo a partir de aquella época son, ciertamente, espíritus malignos. Toda la obra que se llevó a cabo en Israel en ese tiempo fue sobrenatural; sin embargo, el Espíritu Santo no obra así ahora, y cualquier obra actual de ese tipo es la imitación y el disfraz de Satanás y es su perturbación. Sin embargo, no puedes afirmar que todo lo sobrenatural viene de los espíritus malignos. Esto depende de la era de la obra de Dios. Considerad la obra que lleva a cabo actualmente el Dios encarnado: ¿qué aspecto de ella no es sobrenatural? Sus palabras son incomprensibles e inalcanzables para ti, y ningún hombre puede realizar Su obra. El hombre no tiene forma de entender lo que Él entiende ni tampoco puede saber de dónde procede Su conocimiento. Algunos declaran: “Yo también soy normal como Tú, pero ¿cómo es que no sé lo que Tú sabes? Yo soy más viejo y tengo más experiencia, pero ¿cómo es que Tú sabes lo que yo no sé?” En lo que se refiere al hombre, todo esto es algo que el hombre no tiene forma de lograr. Hay quienes dicen: “Nadie conoce la obra que se llevó a cabo en Israel; ni siquiera los expositores de la Biblia pueden ofrecer una explicación, ¿cómo es que Tú lo sabes?” ¿No son sobrenaturales todos estos asuntos? Él no tiene experiencia en prodigios, pero los conoce todos; Él habla y expresa la verdad con la mayor facilidad. ¿No es esto sobrenatural? Su obra trasciende lo que es alcanzable para la carne. Es inalcanzable para el pensamiento de cualquier hombre que tenga un cuerpo carnal y es absolutamente inconcebible para el razonamiento de la mente del hombre. Aunque Él nunca ha leído la Biblia, entiende la obra de Dios en Israel. Y, aunque se encuentra en la tierra cuando habla, alude a los misterios del tercer cielo. Cuando el hombre lee estas palabras, se apodera de él este sentimiento: “¿No es este el lenguaje del tercer cielo?” ¿Acaso no exceden todos estos asuntos lo que un hombre normal es capaz de lograr? En aquel entonces, cuando Jesús experimentó cuarenta días de ayuno, ¿no fue algo sobrenatural? Si dices que cuarenta días de ayuno es, en todos los casos, algo sobrenatural y un acto de los espíritus malignos, ¿no has condenado, pues, a Jesús? Antes de que Él llevara a cabo Su ministerio, era como un hombre normal. Él también fue a la escuela; si no, ¿cómo habría aprendido a leer y a escribir? Cuando Dios se hizo carne, el Espíritu estaba oculto en la carne. Sin embargo, como era un hombre normal, era necesario que pasara por un proceso de crecimiento y maduración, y no podía considerársele un hombre normal hasta que Su capacidad cognitiva madurara y fuera capaz de discernir las cosas. Sólo después de que Su humanidad madurara podría desempeñar Su ministerio. ¿Cómo podría desempeñar Su ministerio mientras Su humanidad normal fuera aún inmadura y Su razonamiento, defectuoso? ¡Sin duda no se podía esperar que desempeñara Su ministerio a la edad de seis o siete años! ¿Por qué Dios no se manifestó abiertamente cuando Él se hizo carne por primera vez? Porque la humanidad de Su carne aún era inmadura; los procesos cognitivos de Su carne, así como la humanidad normal de esa carne, aún no los poseía por completo. Por esta razón, era absolutamente necesario que Él poseyera la humanidad normal y el sentido común de un hombre normal —al punto en el que estuviese suficientemente capacitado para emprender Su obra en la carne—antes de que pudiese comenzar Su obra. Si no hubiera estado a la altura de la tarea, habría sido necesario que siguiera creciendo y madurando. De haber comenzado Jesús Su obra a la edad de siete u ocho años, ¿no lo habría considerado el hombre un prodigio? ¿No habrían pensado las personas que no era más que un niño? ¿A quién le habría parecido convincente? Un niño de siete u ocho años no más alto que el podio tras el cual hablaba: ¿habría sido apto para predicar? Antes de que Su humanidad normal madurara, Él no estaba preparado para la tarea. En lo que respecta a Su humanidad, que aún era inmadura, una buena parte de la obra era sencillamente inalcanzable. La obra del Espíritu de Dios en la carne también es gobernada por sus propios principios. Sólo cuando Él está equipado con una humanidad normal puede emprender la obra y asumir la carga del Padre. Sólo entonces puede comenzar Su obra. En Su niñez, Jesús simplemente no podía comprender mucho de lo que había acontecido en la antigüedad, y sólo llegó a entender haciendo preguntas a los maestros en la sinagoga. Si hubiera comenzado Su obra tan pronto hubiera aprendido a hablar, ¿cómo habría sido posible que no cometiera ningún error? ¿Cómo podría Dios dar un traspié? Por tanto, no comenzó Su obra sino hasta que fue capaz de trabajar; no realizó ninguna obra hasta que fue totalmente capaz de emprenderla. A la edad de 29 años, Jesús ya era bastante maduro y Su humanidad era suficiente para emprender la obra que debía hacer. Sólo entonces el Espíritu de Dios empezó de manera oficial a obrar en Él. En ese momento, Juan se había preparado durante siete años para allanar el camino para Jesús, y, tras concluir su obra, fue encarcelado. Toda la carga recayó entonces sobre Jesús. Si Él hubiera emprendido esta obra a los 21 o 22 años, en una época en la que Su humanidad seguía siendo deficiente, cuando apenas acababa de entrar en la edad adulta temprana y había muchas cosas que aún no comprendía, habría sido incapaz de tomar el control. En ese momento, Juan ya había llevado a cabo su obra durante algún tiempo antes de que Jesús comenzase Su obra, cuando ya se encontraba en la mediana edad. A esa edad, Su humanidad normal era suficiente para emprender la obra que debía realizar. Ahora, el Dios encarnado también tiene humanidad normal y, aunque no es tan maduro en comparación con los de mayor edad entre vosotros, Su humanidad ya es suficiente para emprender Su obra. Las circunstancias que rodean la obra de hoy no son exactamente las mismas que las que prevalecían en la época de Jesús. ¿Por qué eligió Jesús a los doce apóstoles? Todo fue en apoyo de Su obra y en armonía con ella. Por un lado, era para establecer las bases de Su obra en ese tiempo, y, por otro, era para sentar las bases para Su obra en el futuro. De acuerdo con la obra de entonces, fue la voluntad de Jesús escoger a los doce apóstoles así como la voluntad de Dios mismo. Él creía que debía escoger a los doce apóstoles y, después, guiarlos para que predicaran en cada lugar. ¡Pero hoy no hay necesidad de esto entre vosotros! Cuando Dios encarnado obra en la carne, hay muchos principios, y hay muchos asuntos que el hombre simplemente no entiende, pero este usa constantemente sus propias nociones para medir a Dios o hacerle exigencias excesivas. Sin embargo, hasta hoy, muchas personas no son conscientes en absoluto de que su conocimiento está compuesto únicamente por sus propias nociones. Cualquiera que sea la era o el lugar en el que Dios se encarne, los principios para Su obra en la carne permanecen inalterados. Él no puede hacerse carne y, además, trascenderla en Su obra; menos aún puede hacerse carne y, además, no obrar dentro de la humanidad normal de la carne. De lo contrario, el sentido de la encarnación de Dios se volvería nada y la Palabra hecha carne carecería completamente de sentido. Además, sólo el Padre en el cielo (el Espíritu) sabe de la encarnación de Dios, y nadie más, ni siquiera la propia carne o los mensajeros del cielo. Así pues, la obra de Dios en la carne es aún más normal y mucho más capaz de demostrar que el Verbo, ciertamente, se ha hecho carne, y la carne implica un hombre normal y corriente.

Algunos pueden preguntarse: “¿Por qué Dios mismo debe dar paso a la era? ¿Acaso no puede hacerlo en Su lugar un ser creado?”. Todos sois conscientes de que Dios se hace carne expresamente con el propósito de dar paso a una nueva era, y, por supuesto, cuando Él dé paso a una nueva era, habrá concluido, al mismo tiempo, la era anterior. Dios es el principio y el fin; es Él mismo quien pone en marcha Su obra y, por tanto, debe ser Él mismo quien concluya la era anterior. Esa es la prueba de Su derrota a Satanás y de Su conquista del mundo. Cada vez que Él mismo obra entre los hombres, es el comienzo de una nueva batalla. Sin el comienzo de una nueva obra no habría, naturalmente, la conclusión de la antigua, y el que no concluya la antigua es prueba de que la batalla contra Satanás aún no ha llegado a su fin. Sólo si Dios mismo viene y lleva a cabo la nueva obra entre los hombres, el hombre puede liberarse totalmente del campo de acción de Satanás y obtener una nueva vida y un nuevo comienzo. De lo contrario, el ser humano vivirá para siempre en la era antigua y bajo la antigua influencia de Satanás. Con cada era dirigida por Dios se libera una parte del hombre, y, así, el hombre avanza junto con la obra de Dios hacia la nueva era. La victoria de Dios significa una victoria para todos aquellos que le siguen. Si la raza de los seres humanos creados estuviera encargada de concluir la era, entonces, ya sea desde el punto de vista del hombre o de Satanás, esto no sería más que un acto de oposición a Dios o de traición a Él y no de obediencia a Dios, y la obra del hombre se convertiría en una herramienta para Satanás. Sólo si el hombre obedece y sigue a Dios en una era en la que Él mismo le ha dado paso, Satanás puede quedar totalmente convencido, porque ese es el deber de un ser creado. Por eso digo que sólo necesitáis seguir y obedecer, y no se os pide nada más. Esto es lo que quiere decir que cada uno cumpla con su deber y desempeñe su respectiva función. Dios lleva a cabo Su propia obra y no necesita que el hombre la haga en Su lugar ni participa en la obra de los seres creados. El hombre cumple su propio deber y no participa en la obra de Dios. Sólo esto es obediencia y la prueba de la derrota de Satanás. Después de que Dios mismo ha terminado de dar paso a la nueva era, ya no baja para obrar en medio de la humanidad. Sólo entonces el hombre entra oficialmente en la nueva era para cumplir su deber y llevar a cabo su misión como un ser creado. Estos son los principios a través de los cuales Dios obra y que nadie puede transgredir. Sólo obrar de esta forma es sensato y razonable. Dios mismo es quien debe llevar a cabo Su obra. Él es quien la pone en marcha y también quien la concluye. Él es quien planea la obra y también quien la gestiona, y, aún más, Él es quien la lleva a buen término. Tal y como se dice en la Biblia: “Yo soy el principio y el fin; soy el Sembrador y el Segador”. Todo lo relacionado con la obra de Su gestión, lo hace Dios mismo. Él es el gobernante del plan de gestión de seis mil años; nadie puede llevar a cabo Su obra en Su lugar ni concluirla, porque Él es quien tiene todo en Sus manos. Como Él creó el mundo, ¡guiará al mundo entero para que viva en Su luz y también concluirá la era en su totalidad y llevará, así, a buen término la totalidad de Su plan!

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