Tras mi diagnóstico de cáncer

10 Ene 2022

Por Qin Lin, China

Un día, en octubre de 2018, iba a una reunión en mi moto eléctrica cuando, de pronto, un auto que arrastraba un caño de acero apareció detrás de mí y me tiró, junto con la moto, al suelo. Me desmayé ahí mismo, en el suelo. Cuando recuperé la conciencia, me dolía el pecho, a la izquierda, y me costaba respirar. El conductor, que tuvo la culpa, me llevó al hospital, y el médico dijo que me fracturé una costilla izquierda, pero, sonriendo, me dijo: “Este accidente parece algo malo, pero, fue muy afortunado”. Prosiguió: “Hay un tumor en un pulmón. No lo sabríamos si no fuera por el accidente. Te sugiero que te operes de inmediato. Si esperas, el cáncer se expandirá, y será tarde” Me sorprendí. Quedé paralizada en la silla. El médico me consoló: “Tranquila. Tal vez sea un tumor benigno. Contamos con medicina que es avanzada”. Yo pensé: “Seguro, no será maligno. He cumplido con mi deber todos estos años de fe. Dios me cuidará”. Al pensar eso, me sentí algo más tranquila. Después, mi esposo me consoló: “No te pongas nerviosa. Ese hospital no es el mejor, puede ser un error. Vayamos a otro hospital. Tal vez no sea nada. Además, ¿tú no crees en Dios? Él te cuidará si tienes algo”. Pensé que el médico tal vez se equivocó, que Dios no me dejaría tener cáncer.

Dos días después, mis hermanos menores me llevaron a otro hospital, pero me horrorizó descubrir que los exámenes confirmaron que era un tumor maligno, y que estaba en etapa intermedia. El médico recomendó cirugía y quimioterapia. Dijo que si esperaba más, y avanzaba ya no habría nada que hacer. De momento, simplemente no podía aceptarlo. Había cumplido mi deber durante todos mis años de fe, y, aunque sufriera, nada había retrasado mi deber. Siempre estaba lista para ayudar con las dificultades. Me había esforzado de corazón por Dios, ¿cómo podía tener una enfermedad así? ¿Por qué Dios no me protegía? Lo pensaba, y más me deprimía. Luego, oí que un paciente decía: “Mi cirugía fue hace más de un año, pero aún me duele la cicatriz de la incisión. Es costoso y, también sufres”. Dijo que conoció a una persona mayor que salió caminando a los tres días de la cirugía, pero colapsó y murió. Oírlo decir eso fue muy deprimente, y sentí que perdía la última esperanza. Si mi cirugía no tenía éxito, si moría y habíamos gastado todo, ¿cómo sobreviviría mi familia? Fui ante Dios a orar en mi dolor, le pedí que me guiara para entender Su voluntad. Luego pensé en algo de Sus palabras: “Si el hombre alberga pensamientos asustadizos y de temor es porque Satanás lo ha engañado por miedo a que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Es cierto. La vida y la muerte están en manos de Dios, más allá del resultado de mi cirugía, debía enfrentarla confiando en Dios. Me internaron para mi cirugía, que duró cuatro horas en total. Cuando desperté, la enfermera me dijo, feliz: “Tu cirugía fue un gran éxito”. Supe sin dudas que Dios me había protegido, y le agradecí en silencio. Después de unos 20 días, me dieron el alta.

Llegando a casa descrubrí que me costaba respirar tras dejar el oxígeno. Sentía que solo podía exhalar, no inhalar, y la incisión supuraba un líquido. Me dolía demasiado. Si llegaba a toser por comer o beber, necesitaba que me cubrieran la incisión. Si me acostaba a dormir, no respiraba, por lo que dormía sentada. Los días pasaban lentamente. Me preguntaba cuánto durarían esos días de tanto dolor, por qué Dios no me protegía, por qué sufría tanto. Pensaba que si tenía que ir a quimioterapia, probablemente sería peor. Llegué a debilitarme tanto que perdí un poco de fe en Dios. Cuando leía Sus palabras, no podía calmarme, y no tenía nada que decirle al orar.

Un día, una líder me visitó y me leyó un pasaje. Está en “Solo experimentando el refinamiento puede el hombre poseer el verdadero amor”, “Para todas las personas, el refinamiento es penosísimo y muy difícil de aceptar, sin embargo, es durante el refinamiento cuando Dios deja claro el carácter justo que tiene hacia el hombre y hace público lo que le exige y le provee mayor esclarecimiento, además de una poda y un trato más reales. Por medio de la comparación entre los hechos y la verdad, le da al hombre un mayor conocimiento de sí mismo y de la verdad y le otorga una mayor comprensión de la voluntad de Dios, permitiéndole así tener un amor más sincero y puro por Dios. Esas son las metas que tiene Dios cuando lleva a cabo el refinamiento. Toda la obra que Dios realiza en el hombre tiene sus propias metas y significados; Él no obra sin sentido ni tampoco hace una obra que no sea beneficiosa para el hombre. El refinamiento no implica quitar a las personas de delante de Dios ni tampoco destruirlas en el infierno. En cambio, consiste en cambiar el carácter del hombre durante el refinamiento, cambiar sus intenciones y sus antiguos puntos de vista, cambiar su amor por Dios y toda su vida. El refinamiento es una prueba real del hombre y un tipo de formación real; solo durante el refinamiento puede el amor del hombre cumplir su función inherente” (“La Palabra manifestada en carne”). El líder compartió esta enseñanza: “Dios permite que enfrentemos una enfermedad grave. Él quiere purificar y cambiar nuestro carácter corrupto y nuestros motivos errados. Cuando estamos bien, cumplimos el deber con entusiasmo. Pero cuando enfermamos, malinterpretamos y culpamos a Dios por eso. ¿No es una actitud transaccional? ¿Eso es someterse a Dios?”. Cuando oí las palabras de Dios y la enseñanza, me sentí avergonzada. Dios no quería intencionadamente que sufriera esta enfermedad. Dios permitió que sufriera esta enfermedad para transformarme. No aprendía una lección ni reflexionaba sobre mí, culpaba a Dios por no protegerme. Vi que era muy irracional.

Después leí estas palabras de Dios: “Dios los consideraba como miembros de Su familia, pero ellos le trataban como a un desconocido. Sin embargo, después de un período en el que Dios obró, los seres humanos llegaron a entender lo que Él intentaba lograr, y supieron que era el Dios verdadero, y llegaron a saber lo que podían obtener de Él. ¿Cómo consideraba el hombre a Dios en aquel momento? Le veían como un salvavidas y esperaban que les concediera Su gracia, Sus bendiciones y Sus promesas. En ese momento, ¿cómo veía Dios a los seres humanos? Los veía como el objetivo de Su conquista. Dios quería usar palabras para juzgarlos, someterlos a examen y ponerlos a prueba. Sin embargo, en lo que respectaba a la humanidad en aquel entonces, Dios era solo un objeto al que podían utilizar para conseguir sus metas. Las personas veían que la verdad que Él expresaba les podía conquistar y salvar, que tenían la oportunidad de obtener aquello que querían de Dios, además de alcanzar el destino deseado. Por esto, en su corazón se formó una pequeña pizca de sinceridad, y se mostraron dispuestos a seguir a ese Dios. […] Respecto al estado actual de los seres humanos, ¿cuál es la actitud de Dios hacia ellos? Su único deseo es concederles estas verdades e infundirles Su camino y disponer después diversas circunstancias con el fin de ponerles a prueba de diferentes maneras. Su objetivo consiste en tomar estas palabras, estas verdades, y Su obra, y producir un desenlace en el que los seres humanos sean capaces de temerle y apartarse del mal. La mayoría de las personas que he visto sólo toman las palabras de Dios y las consideran como doctrinas, meras letras en un papel, reglas a seguir. En sus acciones y en su discurso, o al enfrentarse a pruebas, no consideran que el camino de Dios sea el camino al que deban ceñirse. Esto es especialmente cierto cuando las personas se enfrentan a pruebas importantes. No he visto a ninguna de esas personas practicar en la dirección de temer a Dios y apartarse del mal. Por lo tanto, la actitud de Dios hacia los seres humanos ¡está llena de un desprecio y una aversión extremos!” (‘Cómo conocer el carácter de Dios y los resultados que logrará Su obra’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Yo no era creyente para buscar la verdad o lograr miedo y sumisión a Dios, sino para ganar Sus bendiciones a cambio de mi esfuerzo. Desde que me hice creyente, había tratado a Dios como un amuleto, pensaba que, mientras yo me esforzara por Dios, Él me protegería y me bendeciría. Cuando estaba sana y mi familia estaba bien, yo estaba dispuesta a aceptar todo deber que la iglesia dispusiera. Podía soportarlo todo y rebosaba de fe. Pero cuando descubrí que tenía cáncer de pulmón, Caí en la negatividad, y culpé a Dios, pensaba que Él debía protegerme debido a mi esfuerzo, que no debía tener una enfermedad así. Vi que usaba mis sacrificios como capital para negociar con Dios. ¿Qué tipo de reverencia era esa? Dios me acogió en Su familia, me hizo objeto de Su salvación, pero yo lo traté como un salvavidas, solo quería beneficiarme de Él. ¿Qué clase de creyente era? Eso solo era negociar con Dios, usarlo y engañarlo también. ¡Era tan egoísta y despreciable! Durante esos años de fe, yo había recibido muchas bendiciones de Él, y disfruté el riego y el sustento de Sus palabras. Él ya me había dado mucho. No solo no retribuía Su amor, sino que siempre le exigía cosas. Cuando no recibía lo que quería, lo malentendía y me quejaba. De verdad carecía de conciencia y razón. Entonces, me di cuenta de que había enfermado para que Dios corregiera mi idea errada de buscar bendiciones en la fe y para que buscara la verdad y me librara de estas corrupciones. ¡Era el amor de Dios! Me sentí culpable, y no quería defraudar los cuidadosos esfuerzos de Dios por mí. Me sentía lista para obedecer Sus arreglos. Tras entender esto, sentí mucha más paz en mí y calmé mi corazón para leer Sus palabras. Con el tiempo, ya no sufrí tanto dolor como antes.

Pronto llegó mi primer tratamiento de quimioterapia. Los demás pacientes tenían náuseas y vómitos, pero, aunque yo tuve náuseas, no me sentía tan mal. Todos sentían envidia y decían que tenía suerte. Yo sabía en mi corazón que Dios me estaba cuidando. Pero tres sesiones después, cada vez estaba más débil, ya ni podía caminar bien. No tenía apetito, y todo me hacía vomitar. La cuarta vez, justo después de empezar, empecé a sentirme débil y adolorida, tenía el estómago revuelto y vomitaba mucha bilis. Mi visión era borrosa, y veía doble. Sentía que el mundo giraba fuerte. Ni siquiera puedo describirlo. No me sentía bien ni acostada ni sentada. Estaba mareada, pero de algún modo logré sacarme la jeringa. Vino la enfermera y le gritó a mi esposo: “El medicamento no puede contaminarse. Si se contamina, todo lo que hicimos será en vano, podría costarle la vida ¿Quién se hace responsable?”. Al oír que hacer eso podía arruinarlo todo, pensé: “Bien, gastamos el dinero, y no estoy mejor. Mi familia debe cuidarme, me convertí en una carga, y ni siquiera sé si esto funcionará. Vivir así es horrible”. En ese momento, estaba desesperada, pensaba que sería mejor morir. Mientras mi marido no miraba, me escapé de la sala me senté junto a una ventana y pensé: “Sería mejor saltar y acabar con esto que seguir sufriendo”. Al pensarlo, empecé a llorar y llorar sin parar. Entonces llegó mi marido y me abrazó y despacio me alejó de la ventana. Me consoló tranquilo: “¿Por qué le crees a cualquiera? ¿No deberías confiar en Dios?”. Sus palabras me hicieron avergonzar. Sí, como creyente, ¿por qué no supe apoyarme en Dios? Recordé las palabras de Dios: “La duración de la vida de todos ha sido predeterminada por Dios. Si una enfermedad parece terminal, pero desde el punto de vista de Dios aún no ha llegado tu hora y tu misión aún no está completa, entonces Él no te llevará” (‘Solo al buscar la verdad se pueden conocer las obras de Dios’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios son muy claras. Dios había decidido cuánto viviría y cuándo moriría. A pesar de tener cáncer, si mi misión no estaba cumplida, Él no me dejaría morir. Si mi misión ya estaba cumplida, incluso sin enfermedad, moriría cuando debiera hacerlo. Es Su predestinación. Pero no entendía la predestinación de Dios, por eso, no era obediente ante la enfermedad. Temía que el tratamiento no funcionara, y quería escapar de esa situación con la muerte. ¡Era tan rebelde! Cuando me di cuenta, me sentí mucho mejor y pensé: “Pase lo que pase, estoy lista para someterme ante Dios”. Después de algunos tratamientos de quimioterapia, me recuperé muy bien, y al darme de alta, el médico dijo: “En tres meses, si todo está bien, no necesitarás radioterapia”. De vuelta en casa, me sentía cada vez mejor, y pude asumir un deber. En mi primer control, el médico me dijo que me recuperaba y todo iba bien. Lloré de felicidad y agradecí a Dios en mi corazón. Tenía que cumplir bien con mi deber para devolver Su amor, y, tal vez, Él me quitaría el cáncer, y me liberaría de esa penuria. Después, tenía mucha energía en el deber, y mi fe también creció.

En el segundo control, el médico me dijo el cáncer se había expandido a la parte posterior de mi cabeza. Apenas podía creer que fuera real. Me paralicé, y se me cayeron las lágrimas. ¿Cómo se pudo expandir el cáncer? Ya me había conocido a través de la enfermedad, había corregido mis ideas sobre la búsqueda y lo daba todo en mi deber. ¿Por qué Dios no me había quitado el cáncer? Me sentí muy culpable cuando tuve esos pensamientos. ¿Eso no era culpar otra vez a Dios? Por eso, aquieté mi corazón y pensé por qué no pude evitar culpar a Dios al oír que el cáncer había vuelto. ¿Cuál era la raíz de ese problema? Un día vi un video de Sus palabras. Dios Todopoderoso dice: “Primero, cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién de ellas no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios y la haya visto, su creencia en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir Sus bendiciones y las cosas que desean. […] Toda persona hace, constantemente esas cuentas en su corazón, y le ponen exigencias a Dios que incluyen sus motivaciones, sus ambiciones y una mentalidad de transacciones. Es decir, el hombre le está poniendo incesantemente a prueba en su corazón, ideando planes sobre Él, defendiendo ante Él su propio fin, tratando de arrancarle una declaración, viendo si Él puede o no darle lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. El hombre siempre ha intentado hacer tratos con Él, exigiéndole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso los hay que, cuando les sobrevienen las pruebas o se encuentran en ciertas circunstancias, con frecuencia se vuelven débiles, pasivos y holgazanes en su trabajo, y se quejan mucho de Él. Desde el momento que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si tratar de conseguir bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y la responsabilidad de Dios protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es el entendimiento básico de la ‘creencia en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él. Desde la naturaleza y esencia del hombre a su búsqueda subjetiva, nada tiene relación con el temor de Dios. El objetivo del hombre de creer en Dios, no es posible que tenga nada que ver con la adoración a Dios. Es decir, el hombre nunca ha considerado ni entendido que la creencia en Él requiera que se le tema y adore. A la luz de tales condiciones, la esencia del hombre es obvia. ¿Cuál es? El corazón del hombre es maligno, alberga traición y astucia, no ama la ecuanimidad, la justicia ni lo que es positivo; además, es despreciable y codicioso. El corazón del hombre no podría estar más cerrado a Dios; no se lo ha entregado en absoluto. Él nunca ha visto el verdadero corazón del hombre ni este lo ha adorado jamás” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Era la persona que describía Dios, motivada en mi fe para tener bendiciones, y calculando cómo podía conseguir Sus bendiciones. Nunca había pensado en practicar la verdad y obedecerlo. Al ser creyente, mi familia recibió la gracia de Dios, y yo era feliz por encontrar apoyo. Me aboqué a mi deber, con la esperanza de recibir más bendiciones de Dios. Pero después de tener cáncer, me llené de quejas, pensaba que había dado mucho en mi deber, y por eso tendría buena salud. Cuando el médico dijo que mi cáncer había migrado, empecé a hacerle exigencias a Dios. Sentía que, cumpliendo mi deber mientras estaba enferma, Dios me sanaría. Noté que no trataba a Dios como Dios, sino que actuaba como si me debiera algo. Le hacía exigencias constantemente. Había hecho algunos sacrificios, pero no era para satisfacerlo. Solo era algo para engañar a Dios, para congraciarme con Él, para que hiciera lo que yo quería. Vivía según los venenos satánicos como “Cada uno para sí, y sálvese quien pueda” y “No te muevas sin recompensa”. Quería grandes bendiciones dando poco a cambio. Creía en Dios, pero no le daba mi corazón. Era egoísta y maliciosa. ¡Era una persona desvergonzada, codiciosa y mezquina! Pensé en que Dios se había hecho carne para salvarnos, sufriendo la persecución del Partido Comunista y nuestros malentendidos, quejas y rebeliones como creyentes. Ha sufrido humillaciones, pero seguía expresando verdades para salvarnos sin pedirnos nada a cambio. ¡El amor de Dios es abnegado! Sabía que Dios había estado conmigo en esa enfermedad. Cuando tenía dolor y desesperación, Dios usó Sus palabras para guiarme. La esencia de Dios es muy hermosa, y Su amor por mí es increíble. Entonces sentí que en verdad no tenía conciencia, y que todo lo que hacía dañaba a Dios. Pensé en Pablo, que había sufrido mucho por difundir el evangelio pero solo quería ser coronado y recompensado. Dijo que debían reservarle una corona de justicia. Quiso decir que si no recibía bendiciones, Dios no era justo. Tenía fe, pero no se conoció nunca, y su carácter no cambió. Al final, Dios lo castigó. Mi perspectiva era la misma que la de Pablo. Creía que era normal creer en Dios por bendiciones y, al no recibirlas, lo culpé. Estaba en una senda contra Dios. Sabía que debía corregir mi búsqueda o terminaría eliminada por Dios, como Pablo. Me arrodillé ante Dios y oré: “Dios mío, estuve mal. Estoy lista para abandonar mi perspectiva errada, y, sin importar lo que pase con mi cáncer, me someteré a Tus arreglos”. Después leí Sus palabras a diario y aquieté mi corazón ante Él. Mi estado fue mejorando.

Un día, el hospital me avisó que debía ir para la radioterapia. Los otros pacientes dijeron que la radiación era peor, que te quema la piel y se te cae el pelo, además, vomitas, te mareas y no tienes nada de apetito. Oír eso me asustó mucho. No quería vivir eso otra vez. Pensé que si Dios me quitaba el cáncer, no tendría que padecer eso. Luego me di cuenta de que otra vez le exigía a Dios, por lo que oré a Dios, abandonando mis intenciones. Leí un pasaje de Sus palabras, de “La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II” “Job no habló de negocios con Dios, y no le pidió ni le exigió nada. Alababa Su nombre por el gran poder y autoridad de este en Su dominio de todas las cosas, y no dependía de si obtenía bendiciones o si el desastre lo golpeaba. Job creía que, independientemente de que Dios bendiga a las personas o acarree el desastre sobre ellas, Su poder y Su autoridad no cambiarán; y así, cualesquiera que sean las circunstancias de la persona, debería alabar el nombre de Dios. Que Dios bendiga al hombre se debe a Su soberanía, y también cuando el desastre cae sobre él. El poder y la autoridad divinos dominan y organizan todo lo del hombre; los caprichos de la fortuna del ser humano son la manifestación de estos, e independientemente del punto de vista que se tenga, se debería alabar el nombre de Dios. Esto es lo que Job experimentó y llegó a conocer durante los años de su vida. Todos sus pensamientos y sus actos llegaron a los oídos de Dios, y a Su presencia, y Él los consideró importantes. Dios estimaba este conocimiento de Job, y le valoraba a él por tener un corazón así, que siempre aguardaba el mandato de Dios, en todas partes, y cualesquiera que fueran el momento o el lugar aceptaba lo que le sobreviniera. Job no le ponía exigencias a Dios. Lo que se exigía a sí mismo era esperar, aceptar, afrontar, y obedecer todas las disposiciones que procedieran de Él; creía que esa era su obligación, y era precisamente lo que Él quería” (“La Palabra manifestada en carne”). Me conmoví mientras pensaba en las palabras de Dios. Job tenía real reverencia por Dios. Ya fuera que recibiera bendiciones o desastres, obedecía los arreglos de Dios sin exigencias ni requisitos. Era una prueba para él: tenía llagas por doquier, sufría mucho. pero maldijo el día que nació y no culpó a Dios, mantuvo el testimonio de Dios y humilló a Satanás. Quería ser como Job, dar testimonio y satisfacer a Dios. Sin importar cuánto sufriera y si mejoraba, estaba lista para someterme a Dios, y no quejarme aunque debiera morir.

Después de la primera sesión, sentí un poco de náuseas, pero aún podía seguir con mi vida, comía y caminaba. Otros pacientes se sorprendieron, y uno dijo: “Es increíble. Es el mismo tratamiento, ¿por qué a ti no te afecta?”. En silencio, agradecía a Dios cuando oí esto. Tras 45 días de tratamiento, mi médico miró los resultados y dijo, sorprendido: “Creo que mis ojos me enagañan. Tu cáncer desapareció por completo”. Llamó al jefe para que los revisara. Otros médicos lo revisaron y se sorprendían. En verdad no había rastro del cáncer ni ninguna inflamación. Dijeron que me darían el alta e iría a casa. Yo estaba muy conmovida, lloré, y apenas podía ver. Me resultaba muy claro que era un milagro de Dios. También vi que mi vida y mi muerte de verdad estaban en Sus manos.

Atravesé el refinamiento de la enfermedad, sufrí mucho, derramé muchas lágrimas, me quejé y malinterpreté a Dios. Pero a través de esto pude entender que mi búsqueda de bendiciones manchaba mi fe y desarrollé cierta obediencia a Dios. También vi los actos maravillosos de Dios y Su salvación para mí, y con mi enfermedad experimenté Su amor. ¡Estoy muy agradecida! Lleguen bendiciones o desastres, estoy lista para ponerme en manos de Dios y aceptar Sus arreglos, cumplir el deber de un ser creado y retribuir Su amor.

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