La lucha por ser una persona honesta

15 Sep 2020

Por Wei Dong, China

Dios Todopoderoso dice: “Mi reino necesita a los que son honestos; a los que no son hipócritas o falsos. ¿Acaso las personas sinceras y honestas no son impopulares en el mundo? Yo soy justo lo opuesto. Es aceptable que las personas honestas vengan a Mí; me deleito en esta clase de personas, y también necesito a esta clase de personas. Esto es precisamente Mi justicia” (‘Capítulo 33’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Debéis saber que a Dios le gusta el hombre honesto. Dios posee la esencia de la fidelidad, y por lo tanto siempre se puede confiar en Su palabra. Más aún, Sus acciones son intachables e incuestionables. Es por esto por lo que a Dios le gustan aquellos que son absolutamente honestos con Él. Honestidad significa dar vuestro corazón a Dios; nunca le ser falso en nada a Él; ser abierto con Él en todas las cosas, nunca esconderle la verdad; nunca hacer cosas que engañen a los de arriba o a los de abajo y nunca hacer nada sólo para congraciarte con Dios. En pocas palabras, ser honesto es abstenerse de impurezas en vuestras acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”). La lectura de las palabras de Dios me recuerda que ganaba dinero por medios deshonestos en mi negocio. Vivía sin un ápice de semejanza humana. Tras aceptar la obra de Dios Todopoderoso y someterme al juicio y castigo de Sus palabras, por fin entendí algo de mis actitudes satánicas, egoístas y engañosas. Cambié de perspectiva y comencé a practicar la verdad y a ser una persona honesta.

Hace unos años abrí una tienda de reparación de electrodomésticos. Quería ser un empresario honesto y simplemente ganar algo de dinero, lo suficiente para mi familia. Sin embargo, después de un tiempo de actividad constante, vi que ganaba el dinero justo para que mi familia fuera tirando y que era imposible ahorrar. Algunos meses ganaba incluso menos que un empleado sin experiencia. Mi mujer siempre se estaba quejando de ello y me decía que era demasiado honesto y no sabía hacer negocios. También mi cuñado me daba la lata. Decía: “Vivimos en la era del dinero y da igual cómo lo hagas; tienes que lograr que la gente te dé su dinero para que vea que vales”. También decía cosas como que “por dinero baila el perro y nadie se hace rico siendo honrado” y que “el dinero mueve el mundo”, para que espabilara y siguiera la corriente de hacer negocios como otros y no ser tan tozudo. Pensaba que sí estaban en lo cierto, pero no me convencía la idea de engañar a mis clientes. No me parecía compatible con mi conciencia.

Luego reparé en que el Sr. Qian, dueño de una tienda de reparación de electrodomésticos próxima a la mía, apenas tenía preparación técnica. Solo sabía arreglar algunas pequeñas averías, pero tenía un gran cartel colgado a la entrada que decía “Reparaciones de primera calidad de toda clase de electrodomésticos”. Así atraía a muchos clientes. Aceptaba un encargo y lo arreglaba si era sencillo. Si no, lo enviaba a otra tienda de reparaciones y se llevaba una parte. Ganaba bastante dinero de esa forma. Una vez que estábamos charlando me contó cómo ganaba dinero. Me dijo que cuando se avería una pieza pequeña de un electrodoméstico, es posible cambiar todas las piezas para cobrar más. Los clientes no lo saben. Me dijo que vivimos en una sociedad orientada al dinero y que “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones”. También me comentó que si sabes ganar dinero, eso significa que vales; si no, por muy buena persona que seas, te mirarán por encima del hombro. Tras oír las “brillantes reflexiones” de este tipo, pensé: “Esta es la era en que vivimos. Otras personas harán lo que sea por dinero y no existe la integridad; por tanto, ¿de qué me sirve ser la única persona honesta? Además, hacer negocios con honestidad no me ha llevado a nada. Este tipo arregla cosas igual que yo y vive bien. Toda su familia vive bien, pero yo solo gano lo suficiente para que la mía vaya tirando. Me parece que he sido demasiado tozudo. Debo encontrar maneras de ganar más dinero para que mi familia viva mejor”. Luego empecé a aprender de los “éxitos” de mis compañeros y a engañar a mis clientes por medios deshonestos. Estaba inquieto, pero no le daba vueltas con tal de poder ganar más dinero.

Un día entró una clienta para una reparación. Mientras extraía la pieza defectuosa, saqué también algunas que estaban perfectas para que creyera que había otras que estaban averiadas y cobrarle más sin que se diera cuenta. Es muy cierto el viejo dicho “vergüenza es robar”. Al principio estaba muy nervioso y me palpitaba el corazón por miedo a que lo descubriera y se enfrentara a mí en el acto. Sería humillante, pero puse cara de tranquilidad y cambié todas esas piezas. En el momento de pagar le cobré sin piedad un 50 % más de lo presupuestado. Mantuve la cabeza gacha todo el tiempo, sin atreverme a mirarla a los ojos, pero, para mi sorpresa, pagó sin chistar. Al final respiré aliviado cuando se fue. Tenía la cara y la espalda empapadas de sudor y una extraña sensación de malestar. Pero al ver dinero extra que había ganado, enseguida desapareció esa sensación.

A partir de entonces se me empezaron a ocurrir toda clase de trucos para cobrar de más. Al principio tenía cargo de conciencia, pero me animaba en voz baja para poder seguir ganando más: “No puedo ser demasiado blando: ‘Un caballero piensa a lo grande y un hombre de verdad tiene malicia’. He de ser listo si quiero ganar dinero. Además, todos lo hacen, no solo yo”. Transcurrido un tiempo se desvaneció esa sensación de culpa y mis “técnicas” para ganar dinero se volvieron más expertas y sofisticadas. También aprendí a leer a las personas y a tantear el terreno, de modo que a cada persona la trataba de una manera. Aprendí más trucos. Cuando entraba un cliente adinerado, lo mimaba diciéndole lo que quería oír y halagándolo para que me resultara más fácil cobrarle más. Cuando tenía un cliente muy ansioso, fingía que la reparación me daría mucha guerra, sería muy complicada y tardaría más a propósito. De esa forma, me ofrecía más dinero. Algunos clientes eran más astutos, así que pensaba en un motivo para que me dejaran el aparato y lo recogieran otro día, y cuando volvían les decía que había descubierto otros problemas. Iba a ganar más dinero y no estaba tan nervioso cuando estaba solo. Así pues, me devanaba constantemente los sesos para cobrar de más. Estaba ganando mucho más dinero y tenía una vida más cómoda, pero no sentía felicidad ni gozo en mi corazón. Por el contrario, cada vez que pensaba en las cosas despreciables y poco éticas que hacía, sentía miedo e intranquilidad. A veces pensaba: “Debería dejarlo. No debo continuar con estos negocios turbios. Como suele decirse, ‘lo semejante atrae lo semejante’. Recibiré mi merecido”. Pero luego, cuando pensaba en todo ese dinero en mis manos, no me decidía a dejarlo.

Justo cuando estaba sumiéndome más en la depravación y la insensibilidad, mi hermana compartió conmigo el evangelio del reino de Dios Todopoderoso. Tras aceptar la obra de Dios, empecé a reunirme con los hermanos y hermanas y a leer las palabras de Dios a menudo. En una reunión leí estas palabras de Dios Todopoderoso: “El hombre caminó con Dios durante las épocas, sin embargo, el hombre no sabe que Dios gobierna el destino de todas las cosas y de los seres vivos ni sabe cómo Dios orquesta y dirige todas las cosas. Esto es algo que el hombre ha eludido desde los tiempos inmemoriales hasta el día presente. En cuanto a la razón del porqué, no es porque los hechos de Dios sean demasiado esquivos, o porque el plan de Dios todavía se tenga que ejecutar, sino porque el corazón y el espíritu del hombre están muy distantes de Dios. Por lo tanto, incluso si el hombre sigue a Dios, sin saberlo permanece al servicio de Satanás. Ninguno busca activamente las huellas o la aparición de Dios y nadie desea existir bajo el cuidado y la custodia de Dios. Más ellos están dispuestos a depender de la corrosión de Satanás y el maligno con el fin de adaptarse a este mundo y a las reglas de vida que sigue la malvada humanidad. A estas alturas el corazón y el espíritu del hombre se sacrifican a Satanás y se convierten en su sustento. Además, el corazón y el espíritu humanos se convierten en un lugar en el cual Satanás puede residir y en una zona de recreación apropiada para este. De esta manera, sin darse cuenta, el hombre pierde su comprensión de los principios de ser humano y del valor y el sentido de la existencia humana. Las leyes de Dios y el pacto entre Dios y el hombre gradualmente se desvanecen en el corazón del hombre y el hombre no busca más a Dios ni le pone atención. A medida que el tiempo pasa, el hombre ya no entiende por qué Dios creó al hombre ni tampoco entiende las palabras que salen de la boca de Dios ni se da cuenta de todo lo que proviene de Dios. El hombre comienza a resistir las leyes y decretos de Dios; el corazón y el espíritu del hombre se insensibilizan… Dios pierde al hombre de Su creación original y el hombre pierde la raíz de su principio. Este es el dolor de esta humanidad” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios reflejan la realidad. Aunque había ganado bastante dinero en el mundo y mi bienestar material había mejorado, por dentro estaba vacío y sufría, pues me había alejado de Dios, me había opuesto a Sus exigencias para el hombre y vivía según las normas satánicas de supervivencia. Cuando inauguré la tienda, ganaba dinero con la conciencia tranquila y, aunque no ganaba mucho, estaba en paz. Sin embargo, luego me influyeron el entorno y la evidencia de que otros se enriquecían por medios deshonestos. Además, empecé a pensar que “por dinero baila el perro y nadie se hace rico siendo honrado”, “el dinero mueve el mundo”, “el dinero no lo es todo, pero sin él no haces nada” y demás normas satánicas de supervivencia. Seguí unas tendencias perversas y abandoné mis principios básicos por ganar dinero, mientras pasaba de mi conciencia para engañar a mis clientes con tal de que soltaran más dinero. Tenía dinero en las manos, pero era todo ilícito. Cuando pensaba en esas cosas despreciables e inmorales que había hecho, me sentía fatal conmigo mismo y no hallaba paz. Vivía con el temor a que un día me delataran, me acusaran. En el peor de los casos, hasta podrían denunciarme a la policía. Estaba constantemente al límite. Era una manera angustiosa de vivir. No obstante, aquel día entendí que todo se debía a que vivía según una filosofía satánica. Era la consecuencia de estar atado y engañado por las normas de Satanás. Sin la guía de las palabras de Dios, jamás habría comprobado realmente cuánto daño me hacía Satanás.

Entonces, una hermana me leyó un par de pasajes de las palabras de Dios: “Debéis saber que a Dios le gusta el hombre honesto. Dios posee la esencia de la fidelidad, y por lo tanto siempre se puede confiar en Su palabra. Más aún, Sus acciones son intachables e incuestionables. Es por esto por lo que a Dios le gustan aquellos que son absolutamente honestos con Él. Honestidad significa dar vuestro corazón a Dios; nunca le ser falso en nada a Él; ser abierto con Él en todas las cosas, nunca esconderle la verdad; nunca hacer cosas que engañen a los de arriba o a los de abajo y nunca hacer nada sólo para congraciarte con Dios. En pocas palabras, ser honesto es abstenerse de impurezas en vuestras acciones y palabras, y no engañar ni a Dios ni al hombre”. “Mi reino necesita a los que son honestos; a los que no son hipócritas o falsos. ¿Acaso las personas sinceras y honestas no son impopulares en el mundo? Yo soy justo lo opuesto. Es aceptable que las personas honestas vengan a Mí; me deleito en esta clase de personas, y también necesito a esta clase de personas. Esto es precisamente Mi justicia” (“La Palabra manifestada en carne”). Luego compartió lo siguiente en comunión: “Dios es esencialmente fiel. Le agradan los honestos y los bendice. En nuestro trato con los demás en el mundo, vivimos según la ley de Satanás: ‘No levantar un dedo a cambio de nada’. Todas nuestras palabras y acciones buscan la ganancia personal, y mentimos y engañamos sin escrúpulos. No sabemos qué implica ser buena persona”. “Sin embargo, la fe en Dios es distinta hoy. Él nos exige honestidad, que digamos la verdad y seamos rectos. Nos pide que aceptemos Su escrutinio de cada una de nuestras palabras y acciones, que seamos abiertos y sinceros y no tratemos de mentir ni engañar a Dios ni al hombre. Solo los honestos tienen verdadera semejanza humana y pueden dar testimonio de Dios y glorificarlo”. En las palabras de Dios aprendí que le agradan las personas honestas y que tenía que actuar según Sus exigencias. Empecé a hablar honestamente con los hermanos y hermanas, sin engañarlos, pero seguía preocupado a la hora de hacer negocios. Me parecía más fácil practicar la honestidad con los hermanos y hermanas, pero que si lo hacía en mi negocio, ganaría mucho menos e incluso era posible que tuviera que cerrar. No obstante, si continuaba engañando y mintiendo como antes, ¿eso no iría en contra de la voluntad de Dios? Entonces, ¿qué debía practicar? Lo pensé largo y tendido y me comprometí a lo siguiente: sería honesto en la iglesia, pero mi negocio en la tienda continuaría como siempre.

Un día entró un anciano con su televisor y me dijo que la imagen parecía más oscura. Eché un vistazo y vi que los tubos de imagen en color estaban desgastados y había que cambiarlos, pero no le dije la verdad. Tan solo aumenté la tensión de filamento para que él pudiera utilizarlo un poco más de tiempo, y yo, cambiarlos cuando reapareciera el problema. Así ganaría 30 yuanes más por la reparación. Dos semanas después, en efecto, el televisor tuvo un problema y el hombre me pidió que lo arreglara de nuevo porque no lo había hecho bien. Le dije que los tubos de imagen en color estaban desgastados y había que cambiarlos. Para mi sorpresa, descubrió mi pequeña trama. Se guardó los 30 yuanes de la reparación y me reprochó: “Joven, los negocios exigen honestidad. ¡No te pases de codicioso!”. En ese momento me dio mucha vergüenza, pero luego le quité importancia sin pensarlo más. Después entró una anciana con un microondas averiado y descubrí una pequeña pieza rota en su interior. Supuse que podría arreglarlo y cobrar un importe razonable, pero entonces pensé que era bastante rica, así que no pasaría nada por cobrarle un poco más. Hay que aprovechar lo que se pueda. Sin embargo, días más tarde volvió a la tienda y me dijo: “Me cobraste mucho por ese microondas. Ten conciencia. ¡Dios está arriba!”. Me sentí muy mal tras ser increpado por ella y recordé lo que me había dicho aquel hombre. Me sentí bastante triste. También me di cuenta de que Dios me estaba advirtiendo por medio de las cosas de mi entorno para que hiciera introspección y me conociera a mí mismo.

Luego leí esto en las palabras de Dios: “Independientemente de lo que estés haciendo, de lo grande o pequeño que sea el asunto y de si lo estás haciendo para cumplir con tu deber en la familia de Dios o por tus propias razones privadas, debes considerar si lo que estás haciendo es conforme a la voluntad de Dios, así como si es algo que una persona con humanidad debería hacer. Si buscas la verdad en todo de esta manera en todo lo que haces, entonces eres una persona que verdaderamente cree en Dios. Si tratas cada asunto con dedicación y cada verdad de este mismo modo, serás capaz de lograr cambios en tu carácter. Algunas personas piensan que cuando están haciendo algo personal pueden ignorar la verdad, lo hacen como les parece, de la manera que más felices les hace y que les sea más provechosa; no prestan la más mínima consideración a cómo puede afectar a la familia de Dios y tampoco consideran si lo que están haciendo se ajusta a la santa decencia o no. Finalmente, cuando acaban con el asunto, se sienten oscuras por dentro, se sienten incómodas pero no saben por qué. ¿Acaso no es merecida esta retribución? Si haces cosas que Dios no aprueba, entonces lo has ofendido. Si las personas no aprecian la verdad y, con frecuencia, hacen cosas basadas en su propia voluntad, entonces ofenderán a Dios a menudo. Dios no suele aprobar a esta clase de personas en lo que hacen y, si no se arrepienten, entonces su castigo no estará muy lejano”. “Mientras las personas no hayan experimentado la obra de Dios y hayan obtenido la verdad, la naturaleza de Satanás es la que toma las riendas y domina desde el interior. ¿Qué cosas específicas conlleva esa naturaleza? Por ejemplo, ¿por qué eres egoísta? ¿Por qué proteges tu propia posición? ¿Por qué son tan fuertes tus emociones? ¿Por qué te gustan esas cosas injustas? ¿Por qué te gustan esas maldades? ¿Cuál es la base para que te gusten estas cosas? ¿De dónde proceden? ¿Por qué las aceptas tan de buen grado? Para este momento, todos han llegado a comprender que esto se debe, principalmente, al veneno de Satanás contenido en ellas. En cuanto a qué es el veneno de Satanás, se puede expresar por completo con palabras. Por ejemplo, si les preguntas a algunos malvados por qué actúan de esa manera, te responderán: ‘Cada hombre para sí mismo y sálvese quien pueda’. Esta sola frase expresa la raíz del problema. La lógica de Satanás se ha convertido en la vida de las personas. Puede que hagan las cosas con un propósito u otro, pero sólo lo hacen para sí mismas. Todas las personas piensan que ya que el plan es cada hombre para sí mismo y sálvese quien pueda, deben vivir para ellos mismos, hacer todo lo que esté en su mano para asegurarse una buena posición y la comida y la vestimenta que necesiten. ‘Cada hombre para sí mismo y sálvese quien pueda’: esta es la vida y la filosofía del hombre y también representa la naturaleza humana. Esta declaración es precisamente el veneno de Satanás, y cuando la gente la internaliza, se convierte en su naturaleza. La naturaleza de Satanás queda expuesta a través de estas palabras; lo representan por completo. Este veneno se convierte en la vida de las personas y en el fundamento de su existencia, y la humanidad corrompida ha sido sistemáticamente dominada por este veneno durante miles de años” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Al leerlo pude apreciar realmente que el Espíritu de Dios lo ve todo. Nunca había compartido mis sentimientos más profundos con nadie, pero las palabras de Dios los revelaban en su totalidad. En las palabras de Dios entendí que Él nos exige que le entreguemos nuestro corazón. Tanto si cumplimos con nuestro deber en la casa de Dios como si hacemos algo personal, hemos de practicar Sus palabras, pero yo practicaba la verdad de forma selectiva en mi vida. Como veía que a Dios y a los hermanos y hermanas les agradaba que pusiera en práctica la honestidad en la iglesia, estaba dispuesto a hacerlo. Sin embargo, en mi negocio creía que perdería dinero y no serviría a mis intereses, así que no lo hacía. Comprendí que solo había tenido en cuenta mis intereses personales y había dejado de lado las palabras y exigencias de Dios. Sabía que ser un mentiroso no estaba en consonancia con la voluntad de Dios, pero, de todas formas, hacía lo que me daba la gana, cualquier cosa que sirviera a mis intereses. ¿En qué me parecía yo a una persona de fe? Entonces caí realmente en la cuenta. “Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda” y “el hombre hará lo que sea por hacerse rico” son normas satánicas de supervivencia que habían arraigado en mí y se habían convertido en mi vida. Creía que no podría apañármelas si no vivía de acuerdo con ellas. Sin embargo, en realidad, al vivir de aquella forma solo conseguí alguna ganancia personal y goce material, pero era una vida miserable sin la menor dignidad. La gente me guardaba rencor y me despreciaba, y Dios me aborrecía y detestaba aún más. Recordé unas palabras del Señor Jesús: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Y Dios Todopoderoso dice: “[…] porque no puedo llevar a Mi reino, a la era siguiente, a Mis enemigos ni a las personas que apestan a maldad según el modelo de Satanás” (“La Palabra manifestada en carne”). Dios es santo y justo y quiere ganar a la gente honesta. A los que siempre están mintiendo y engañando, a los de carácter satánico, que se oponen a Dios por naturaleza y se niegan a arrepentirse, Dios los aniquilará. Nunca entrarán en Su reino. Si seguía sin arrepentirme, viviendo según las filosofías y normas satánicas, siendo un pícaro y cometiendo injusticias, terminaría descartado. En cuanto lo pensé, oré a Dios: “¡Dios Todopoderoso! Creo en Ti, pero no has tenido hueco en mi corazón. Aún vivo según las normas de Satanás. No quiero seguir siendo un mentiroso. Quiero arrepentirme y ser honesto”.

En una ocasión posterior, una pareja joven trajo un televisor a la tienda para que lo arreglara. Mientras trabajaba en ello, por casualidad les oí que hablaban por lo bajo afuera: “No habríamos perdido esos dos días si hubiéramos sabido que ese sitio no era bueno. A ver si este tipo sabe arreglarlo”. Al oírlo, pensé: “Los dueños de otras tiendas les pedirían un dineral si oyeran eso, así que fácilmente podría pedirles 20 o 30 yuanes más. Sería una pena no coger un dinero caído del cielo. Puedo ser honesto la próxima vez. Dios no va a escandalizarse si no practico la verdad solo por esta vez”. Pero luego recordé lo que había decidido ante Dios y estas palabras suyas: “Si las personas no aprecian la verdad y, con frecuencia, hacen cosas basadas en su propia voluntad, entonces ofenderán a Dios a menudo. Dios no suele aprobar a esta clase de personas en lo que hacen y, si no se arrepienten, entonces su castigo no estará muy lejano” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Lo percibí como una advertencia de Dios. No podía seguir actuando mal a sabiendas. Tenía que arrepentirme y ser honesto. Así pues, solamente cobré el importe normal por la reparación. Al ver las sonrisas de felicidad en los rostros de los clientes, sentí que ser abierto y sincero era una manera muy liberadora de vivir.

En otra ocasión en que le arreglé el televisor a una señora, el importe de la reparación era de 50 yuanes, pero me dio 100 y no quería cambio. No obstante, desconcertado, me negué. ¿Por qué demonios era tan generosa? Entonces me dijo: “La primera persona a la que acudí me dijo que la placa base estaba hecha polvo y me pedía 400 yuanes por cambiarla, pero no acepté. Después, un conocido me recomendó a ti porque eras honesto y no cobrabas de más a los clientes. Ya veo que realmente es así”. Al oírla, pensé: “No es que sea buena persona en absoluto, sino que las palabras de Dios me han transformado para que pueda vivir con semejanza humana”.

También cambió mi perspectiva sobre las cosas a raíz de leer las palabras de Dios y practicar la honestidad. Pensaba que era imposible ser un empresario honesto, que no podías ganar dinero, que trabajarías con pérdidas y tendrías que cerrar. Sin embargo, cuando empecé a ser honesto de acuerdo con las palabras de Dios, no solo no tenía pérdidas, sino que cada día tenía más clientes. Algunos incluso venían de muy lejos, todos por recomendación de alguien. Nunca me anuncié por ninguna vía ni le pedí a nadie que me enviara clientes. Todo eso ocurrió porque practicaba las palabras de Dios, porque era honesto y tenía integridad, como exige Dios; solo a base de ganar dinero honestamente me gané la confianza de los clientes. En realidad, esa fue la bendición de Dios por practicar la verdad. Esto me recuerda otro pasaje de las palabras de Dios: Dios Todopoderoso dice: “Cuando las personas viven en este mundo, bajo la influencia de la corrupción de Satanás, les resulta imposible ser honestas; sólo pueden volverse cada vez más engañosas. Sin embargo, ¿podemos o no existir en este mundo si nos volvemos honestos? ¿Seremos marginados por otros? No, viviremos como antes. Esto es porque no dependemos de la astucia para comer o respirar. En vez de eso, dependemos del aliento y de la vida concedidos por Dios para vivir. Simplemente, lo que sucede es que hemos aceptado las verdades de las palabras de Dios y tenemos nuevas reglas para cómo vivir, y nuevas metas de vida que llevarán a cambios en el fundamento de nuestra vida; lo que sucede es sólo que estamos cambiando los medios y el método por el que vivimos para así satisfacer a Dios y buscar la salvación. Nada de esto tiene en absoluto nada que ver con lo que comemos físicamente, lo que vestimos o dónde vivimos; es nuestra necesidad espiritual” (“Registros de las pláticas de Cristo”). ¡Demos gracias a Dios!

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