¿Podemos entrar en el reino de los cielos por medio del esfuerzo?

3 Ago 2020

Por Sheila, Kenia

Nací en una familia católica. Nuestro sacerdote siempre decía que debíamos seguir los mandamientos de Dios, amarnos los unos a los otros, ir a misa y hacer buenas obras. Afirmaba que solo quienes hacían estas cosas eran creyentes devotos y que, cuando el Señor viniera, los ascendería al reino de los cielos. Solía decirme a mí misma: “Debo actuar como Dios manda, seguir todas las normas de la iglesia y hacer buenas obras con ahínco para que el Señor me ame y, a Su regreso, me bendiga y ascienda a Su reino”.

Interrumpí mis estudios universitarios para tener más tiempo de prestar servicio a la iglesia. Otros feligreses parecían muy devotos en la iglesia, donde oraban e iban a misa, pero, por otro lado, fumaban, bebían y se desmadraban. Me daban asco. Pensaba: “El Señor nos enseña a amarlo, a ayudar a los necesitados y a rechazar las tentaciones mundanas. Puede parecer que esta gente cree en el Señor, pero realmente no hace nada de nada para Él. Solamente ambiciona cosas y placeres mundanos. ¿Eso no es opuesto a las enseñanzas del Señor? No puedo ser como ellos. Haré más buenas obras para el Señor a fin de poder entrar en el reino de los cielos en su momento”.

Sin embargo, con el tiempo descubrí que tampoco era capaz de cumplir los mandamientos de Dios en el día a día. Al ver que esos miembros hedonistas de la iglesia vivían felices y libres mientras yo tenía problemas, no podía evitar culpar a Dios. El Señor nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos, pero yo siempre envidiaba y despreciaba a la gente. Mi familia me reñía cuando hacía algo mal, pero yo solo ponía excusas, buscaba evasivas y me enojaba con ellos. El Señor nos enseña a ser humildes y compasivos, pero yo no cumplía con eso. Me sentía muy culpable, como si fuera creyente solo de boquilla. Empecé a recapacitar: “¿Por qué nunca puedo superar mis pecados? Aunque me confesara con mi sacerdote cada vez que pecara e hiciera buenas obras para compensar, acabaría, de todos modos, cometiendo el mismo pecado. ¿Como habría de bendecir Dios una fe como la mía?”. No obstante, luego recordé que el sacerdote siempre nos decía que, si nos confesábamos con él tras pecar, nos perdonaría y que, siempre que trabajáramos para el Señor e hiciéramos buenas obras, Él se apiadaría nuevamente de nosotros, nos bendeciría y admitiría en Su reino. Dice la Biblia: “He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada” (2 Timoteo 4:6-7). Esta lectura me reconfortó. Creía que, siempre y cuando fuera más a misa, me confesara y no dejara de esforzarme por el Señor, tenía la esperanza de entrar en el reino de Dios, así que me mantenía ocupada con las buenas obras. Visitaba a enfermos y presos y era voluntaria en un orfanato.

En 2017, un día entré en Facebook para ir mirando las noticias como siempre, cuando de pronto vi un pasaje publicado por una hermana llamada Betty. “Aunque muchas personas creen en Dios, pocas entienden qué significa la fe en Él, y qué deben hacer para conformarse a Su voluntad. […] ‘La creencia en Dios’ significa creer que hay un Dios; este es el concepto más simple respecto a creer en Él. Aún más, creer que hay un Dios no es lo mismo que creer verdaderamente en Él; más bien es una especie de fe simple con fuertes matices religiosos. La fe verdadera en Dios significa lo siguiente: en base a la creencia de que Dios tiene la soberanía sobre todas las cosas, uno experimenta Sus palabras y Su obra, purga el propio carácter corrupto, satisface la voluntad de Dios, y llega a conocerlo. Solo un paso de esta clase puede llamarse ‘fe en Dios’. Sin embargo, las personas consideran a menudo que la creencia en Dios es un asunto simple y frívolo. Las personas que creen en Dios de esta manera han perdido el significado de creer en Él y, aunque pueden seguir creyendo hasta el final, jamás obtendrán Su aprobación, porque marchan por la senda equivocada. Hoy siguen existiendo quienes creen en Dios según letras y doctrinas huecas. No saben que carecen de la esencia de creer en Dios, y no pueden obtener Su aprobación. Aun así, le siguen orando a Dios por bendiciones de seguridad y suficiente gracia. Detengámonos, calmemos nuestros corazones y reflexionemos: ¿Puede ser que creer en Dios sea realmente la cosa más fácil en la tierra? ¿Puede ser que creer en Dios no signifique nada más que recibir mucha gracia de Él? Las personas que creen en Dios sin conocerlo o que creen en Dios y sin embargo se oponen a Él, ¿son realmente capaces de satisfacer la voluntad de Dios?” (“La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras, tan puras y originales, me engancharon inmediatamente. En concreto, nunca me había planteado las preguntas del final de este fragmento. Pensé: “¡Es fantástico! ¿De quién son estas palabras? Un pasaje así de breve revela totalmente el sentido de la fe en Dios y lo que pretendemos conseguir de ella”. Reflexioné acerca de estas palabras, mientras sosegaba el corazón y, por primera vez en mi vida, me planteaba seriamente mi fe. Recordé mis años de fe. Participaba en muchas actividades y ceremonias de la iglesia, era parte activa del apostolado, hacía buenas obras en la comunidad, sufría un poco y pagaba un precio por ello; pero hacía todo eso para que Dios nos bendijera y protegiera a mi familia y a mí y, sobre todo, para yo poder entrar en Su reino. Siempre creí que hacía bien en aspirar a esas cosas, que a Dios le agradaba mi fe y que recibiría Sus promesas y bendiciones. No obstante, tras leer esas palabras, fui vagamente consciente de un sentido mucho más profundo de mi fe. Hacía buenas obras de manera diligente y era abnegada solo para recibir a cambio las bendiciones del reino, lo cual no es auténtico amor a Dios. ¿Cómo iba a elogiar Dios una fe así? Pero luego pensé que hacía más de 20 años que creía en el Señor y siempre había participado en el apostolado. ¿Acaso todos mis sufrimientos y sacrificios habían sido en vano? Cuanto más sopesaba esas palabras, más deseaba ver qué más había en el perfil de Facebook de la hermana Betty para poder aclarar totalmente mis dudas. Contacté con ella y nos reunimos en línea.

Le conté lo que sentí al leer esas palabras: “Lo que publicaste en internet era fantástico. Me enseñó que creo en el Señor solo por las bendiciones, lo cual no es amarlo verdaderamente, pero hay algo que no entiendo. La Biblia afirma: ‘He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada’ (2 Timoteo 4:6-7). Mi sacerdote siempre dice que, mientras sigamos haciendo buenas acciones y obras, el Señor nos bendecirá y podremos entrar en Su reino. Eso he hecho a lo largo de todos mis años de fe. ¿En serio no lo recordará el Señor? ¿No podré entrar en Su reino?”.

La hermana Betty me habló entonces de lo siguiente: “Los afanes, sacrificios y buenas acciones constantes para el Señor lo agradarán y, a Su regreso, nos arrebatará a Su reino. Esto es lo que dijo Pablo. El Señor Jesús jamás afirmó nada parecido y tampoco lo hizo el Espíritu Santo. Estas palabras plasman únicamente las opiniones de Pablo, no lo que pensaba el Señor. Las palabras del hombre no son la verdad. Solamente lo son las de Dios. En lo referente al importante asunto de la entrada en el reino de Dios, deben primar las palabras de Dios. Siguiendo las palabras del hombre, ¡probablemente nos apartaremos del camino del Señor! Entonces, concretamente, ¿quién puede entrar en el reino de los cielos? El Señor Jesús nos lo deja claro: ‘No todo aquel que me dice: ¡Oh, Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cie-los’ (Mateo 7:21). Esto nos demuestra que Dios no se fija en cuánto nos sacrificamos para decidir quién puede entrar en el reino. Por el contrario, se fija en si hacemos o no Su voluntad. Es decir, para entrar en el reino, la gente tiene que librarse de su naturaleza pecaminosa, purificarse, cumplir las palabras de Dios, obedecerlo, amarlo y adorarlo. Si nos afanamos por trabajar mucho y hacer numerosos sacrificios, pero no sabemos cumplir las palabras de Dios y solemos pecar y oponernos a Él, somos unos malhechores. Una persona así no puede entrar en el reino. Aquellos judíos fariseos que se opusieron al Señor servían a Dios año tras año en el templo y difundían Su evangelio por todas partes. Sufrían enormemente y pagaban un alto precio. Por fuera parecían devotos de Dios, pero lo único que les importaba era la celebración de ritos religiosos. Mantenían y predicaban las tradiciones y doctrinas humanas y rechazaban las leyes y los mandamientos de Dios. Su servicio se oponía totalmente a la voluntad de Dios y se apartaron de Su camino. Cuando vino el Señor Jesús a realizar Su obra, los fariseos se enfrentaron abiertamente a Él para tratar de preservar su posición y sustento. Lo condenaron y difamaron frenéticamente e hicieron todo lo posible por impedir que el pueblo lo siguiera. Al final se confabularon con el Gobierno romano para crucificar al Señor Jesús, con lo que ofendieron el carácter de Dios e incurrieron en Su castigo. Esto demuestra que, aunque la gente se esfuerce y haga sacrificios, eso no significa que haga la voluntad de Dios. A menos que se haya purificado del pecado, pecará y se opondrá a Dios incluso si se esfuerza por Él. En cuanto a nosotros, aunque parezca que nos esforzamos, que somos serviciales y generosos y ayudamos a los demás feligreses, nuestro objetivo es ser bendecidos y entrar en el reino de Dios. Cuando Dios nos bendice, le damos gracias y lo alabamos. Cuando enfermamos o nos sucede algo malo, lo culpamos y malinterpretamos, y hasta puede que lo traicionemos. Normalmente, procuramos sacar partido de nuestros sacrificios y buenas obras haciendo ostentación de cuánto sufrimos y trabajamos para Dios para que nos admiren e idolatren y consigamos reputación, ganancia y estatus. Entre otras cosas, nos enojamos cuando nos topamos con personas o cosas que no nos gustan y no somos capaces de cumplir las palabras de Dios. Esto es demostración de que no hacemos todas estas cosas por amor a Dios ni para satisfacerlo, sino para hacer tratos con Él. Simplemente lo utilizamos y engañamos para satisfacer nuestras ambiciones y nuestros deseos. ¿Qué tenemos, entonces, de hacedores de la voluntad del Padre celestial? Dice la Biblia: ‘Santos habéis de ser, porque yo soy santo’ (1 Pedro 1:15). Si Dios es santo, ¿por qué habría de llevar a personas tan inmundas como nosotros al reino de los cielos? Solo si nos despojamos de nuestra naturaleza pecaminosa, nos purificamos y dejamos de pecar y oponernos a Dios podremos recibir Su elogio y ser aptos para entrar en Su reino”.

Mientras la escuchaba, pensé: “Creía que podría entrar en el reino de los cielos con buenas obras, pero ahora parece que practico la fe de manera contraria a la voluntad de Dios. La gente solamente puede entrar en el reino si se hace santa, pero no sé cómo hacerme santa”.

Compartí mi reflexión con la hermana Betty y me leyó unos pasajes apropiados de las palabras de Dios Todopoderoso. Dios Todopoderoso dice: “Un pecador como alguno de vosotros, que acaba de ser redimido y que no ha sido cambiado o perfeccionado por Dios, ¿puedes ser conforme al corazón de Dios? Para ti, que aún eres del viejo ser, es cierto que Jesús te salvó y que no perteneces al pecado gracias a la salvación de Dios, pero esto no demuestra que no seas pecador ni impuro. ¿Cómo puedes ser santo si no has sido cambiado? En tu interior, estás cercado por la impureza, egoísta y miserable, pero sigues deseando descender con Jesús; ¡tendrías que tener tanta suerte! Te has saltado un paso en tu creencia en Dios: simplemente has sido redimido, pero no has sido cambiado. Para que seas conforme al corazón de Dios, Él debe realizar personalmente la obra de cambiarte y purificarte; si solo eres redimido, serás incapaz de alcanzar la santidad. De esta forma no serás apto para participar en las buenas bendiciones de Dios, porque te has saltado un paso en la obra de Dios de gestionar al hombre, que es el paso clave del cambio y el perfeccionamiento. Y así, tú, un pecador que acaba de ser redimido, no puedes heredar directamente la herencia de Dios”. “Aunque Jesús hizo mucha obra entre los hombres, sólo completó la redención de toda la humanidad, se convirtió en la ofrenda por el pecado del hombre; no lo libró de su carácter corrupto. Salvar al hombre totalmente de la influencia de Satanás no sólo requirió que Jesús se convirtiera en la ofrenda por el pecado y cargara con los pecados del hombre, sino también que Dios realizara una obra incluso mayor para librar completamente al hombre de su carácter corrompido por Satanás. Y así, ahora que el hombre ha sido perdonado de sus pecados, Dios volvió a la carne para guiar al hombre a la nueva era, y comenzó la obra de castigo y juicio. Esta obra llevó al hombre a una esfera más elevada. Todos los que se someten bajo Su dominio disfrutarán una verdad más elevada y recibirán mayores bendiciones. Vivirán realmente en la luz, y obtendrán la verdad, el camino y la vida” (“La Palabra manifestada en carne”). La hermana Betty me dijo entonces: “En la Era de la Gracia, el Señor Jesús únicamente realizó la obra de redención. Tras aceptar Su salvación, solo debemos confesarnos y arrepentirnos ante Él para que nos perdone los pecados y poder disfrutar después de la gracia y las bendiciones que nos otorga. El Señor Jesús nos perdona los pecados, pero no nos absuelve de nuestra naturaleza pecaminosa y nuestras actitudes satánicas. Desde que nos corrompió Satanás nos dominan nuestras actitudes corruptas, como la arrogancia, la falsedad, el egoísmo y la codicia, así que no podemos evitar pecar y oponernos a Dios. Nuestra naturaleza satánica es la raíz de nuestro pecado y, si no nos libramos de ella, nunca dejaremos de pecar y oponernos a Dios ni seremos aptos para entrar en el reino. Por eso dijo el Señor que regresaría en los últimos días, en los que expresa la verdad para realizar la obra del juicio, que comienza por la casa de Dios, a fin de purificar y transformar totalmente nuestro carácter satánico. Entonces podremos ser libres de pecado y plenamente salvados y conquistados por Dios. Tal como profetizó el Señor: ‘Quien me menosprecia, y no recibe mis palabras, ya tiene juez que le juzgue; la palabra que yo he predicado, ésa será la que le juzgue el último día’ (Juan 12:48). ‘Aún tengo otras muchas cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas. Cuando venga el Espíritu de verdad, él os enseñará todas las verdades necesarias para la salvación; pues no hablará de suyo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras’ (Juan 16:12-13). Solo si aceptamos la obra de juicio del regreso del Señor en los últimos días podrá purificarse nuestra corrupción. Entonces seremos aptos para heredar las promesas de Dios y entrar en Su reino”.

La enseñanza de la hermana Betty me abrió los ojos de verdad. Durante todos esos años había pecado, me había confesado con el cura y me había esforzado por hacer buenas obras, pero aún no había podido dejar de pecar. Ahora sabía que el Señor Jesús solamente realizó la obra de redención y que al creer en Él únicamente se nos perdonan los pecados, pero nuestra naturaleza pecaminosa permanece en nosotros. Por eso todavía vivía en un círculo vicioso de pecado y confesión. El único modo de purificarnos de nuestra corrupción pasa por aceptar la obra de juicio del regreso del Señor en los últimos días. Entonces podremos amar y obedecer sinceramente a Dios y entrar en Su reino. Esa idea me alegró enormemente. ¡Ahora tenía la esperanza de librarme del pecado y entrar en el reino!

Al día siguiente, la hermana Betty me puso una recitación titulada “El Salvador ya ha regresado sobre una ‘nube blanca’”. Me resultó muy conmovedora y percibí la gran autoridad de esas palabras. Emocionada, me dijo: “El Señor que hemos anhelado ya ha regresado como Dios Todopoderoso encarnado. Dios Todopoderoso expresa muchas verdades y realiza la obra del juicio, que comienza por la casa de Dios. Lo que leímos ayer y la recitación que hemos escuchado hoy eran declaraciones del propio Dios Todopoderoso. Ha venido a abrir los siete sellos y el pequeño rollo. Ha revelado todos los misterios que nunca hemos comprendido y nos ha otorgado todas las verdades necesarias para salvarnos y purificarnos plenamente. Esto cumple la profecía del Apocalipsis ‘Quien tiene oídos escuche lo que dice el Espíritu a las iglesias’ (Apocalipsis 3:5). Hoy hemos oído la voz de Dios guiadas por Él, ¡y nos ha bendecido enormemente!”.

Estaba muy contenta y encantada de saber que el Señor había regresado. La recitación que había escuchado y las palabras que había leído el día anterior eran palabras de Dios. ¡No me extraña que tuvieran esa autoridad! ¿Quién más podría revelar el misterio acerca de cómo regresa el Señor? Nadie sino Dios podría hacerlo. Estaba totalmente convencida de que estas palabras eran declaraciones de Dios y de que el Señor había regresado. Estaba emocionadísima en ese momento. Jamás imaginé que podría recibir el regreso del Señor. ¡Me sentía muy afortunada! Solo tenía una pregunta: “¿Cómo realiza Dios la obra del juicio para purificar y salvar plenamente al hombre?”.

La hermana Betty me leyó entonces este pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso para darme respuesta. Dios Todopoderoso dice: “En los últimos días Cristo usa una variedad de verdades para enseñar al hombre, para exponer la esencia del hombre y para analizar minuciosamente sus palabras y acciones. Estas palabras comprenden verdades diversas tal como: el deber del hombre, cómo el hombre debe obedecer a Dios, cómo debe ser leal a Dios, cómo debe vivir una humanidad normal, así como también la sabiduría y el carácter de Dios, y así sucesivamente. Todas estas palabras son dirigidas a la esencia del hombre y a su carácter corrupto. En particular, las palabras que exponen cómo el hombre desdeña a Dios con relación a cómo el hombre es una personificación de Satanás y una fuerza enemiga contra Dios. Al emprender Su obra de juicio, Dios no deja simplemente en claro la naturaleza del hombre con sólo unas pocas palabras; la expone, la trata y la poda a largo plazo. Estos métodos de exposición, de trato y poda, no pueden ser sustituidos con palabras ordinarias, sino con la verdad que el hombre no posee en absoluto. Sólo los métodos de este tipo se consideran juicio; sólo a través de este tipo de juicio puede el hombre ser doblegado y completamente convencido de la sumisión a Dios y, además, obtener un conocimiento verdadero de Dios. Lo que la obra de juicio propicia es el entendimiento del hombre sobre el verdadero rostro de Dios y la verdad sobre su propia rebeldía. La obra de juicio le permite al hombre obtener mucho entendimiento de la voluntad de Dios, del propósito de la obra de Dios y de los misterios que le son incomprensibles. También le permite al hombre reconocer y conocer su esencia corrupta y las raíces de su corrupción, así como descubrir su fealdad. Estos efectos son todos propiciados por la obra de juicio, porque la esencia de esta obra es, en realidad, la obra de abrir la verdad, el camino y la vida de Dios a todos aquellos que tengan fe en Él. Esta obra es la obra de juicio realizada por Dios” (“La Palabra manifestada en carne”). Tras leerlo, la hermana Betty me dijo: “En los últimos días, Dios Todopoderoso obra para juzgar y purificar a la humanidad con Sus palabras. Juzga la rebeldía e iniquidad del hombre y revela nuestra naturaleza satánica y nuestro carácter corrupto, opuestos a Dios; juzga y expone nuestro deseo de bendiciones, nuestra fe adulterada y nuestras perspectivas y diversas nociones erróneas sobre Dios. También nos enseña a ser honestos, a servir de acuerdo con Su voluntad a obedecerlo y amarlo sinceramente, a hacer Su voluntad, etc. Al experimentar el juicio y castigo de Dios, entendemos cómo nos ha corrompido Satanás y que todo cuanto vivimos (arrogancia, falsedad, egoísmo y codicia) proviene de nuestro carácter satánico. Con ello vemos el carácter santo y justo de Dios, que no tolera ofensa, y comenzamos a detestarnos, a lamentarnos y a centrarnos en practicar la verdad. Entonces empieza a transformarse nuestro carácter de vida. Conseguimos todo esto por medio de las palabras de juicio de Dios”. La hermana Betty compartió después sus propias experiencias. En su fe anterior siempre creyó amar al Señor porque se esforzaba con entusiasmo, así que solía orar para pedirle gracia y bendiciones. Creía firmemente que, al haber sufrido por el Señor, sin duda Él la premiaría con la entrada en el reino. Cuando aceptó la obra de Dios de los últimos días y Sus palabras la juzgaron y desenmascararon, comprendió que sus perspectivas de fe estaban equivocadas y adulteradas: no creía por amor a Dios ni para cumplir con el deber de un ser creado, sino para satisfacer su deseo de bendiciones y recibir a cambio las bendiciones del reino. Esto suponía utilizar a Dios y hacer tratos con Él. Era muy egoísta, carente de toda humanidad y razón, y lo lamentó y se detestó a fondo. Se puso a buscar la verdad como exigía Dios y rectificó sus perspectivas erróneas sobre la fe. También empezó a transformarse su carácter satánico egoísta. Vio que la única forma de conocerse de verdad y purificarse de su corrupción pasaba por aceptar el juicio y castigo de las palabras de Dios.

Con lo que me enseñó entendí lo práctico que es que Dios exprese la verdad y realice Su obra del juicio en los últimos días, y cómo esta puede transformar y purificar de verdad a las personas. Vi lo mucho que necesitamos que Dios realice Su obra del juicio en los últimos días y que ahora tenemos una senda para liberarnos de la corrupción. Estaba encantada. En reuniones posteriores, la hermana Betty me contó el misterio de la encarnación de Dios, cómo corrompe Satanás al hombre y Dios lo salva paso a paso, la verdadera historia de la Biblia, qué finales y destinos aguardan a la humanidad, etc. Me contó verdades que nunca antes había oído en más de 20 años de fe en Dios. Cuanto más leía las palabras de Dios Todopoderoso, más las consideraba la voz de Dios. Solo Dios encarnado podía expresar unas palabras con tanta autoridad y tanto poder. Aparte de Dios, ¿quién sabría exponer la verdad de la corrupción satánica de la humanidad? ¿Quién sabría señalarnos los errores de nuestra fe y la senda correcta de nuestra creencia? ¿Quién sabría revelar los misterios del plan de 6000 años de Dios y advertirnos de los finales y destinos que nos aguardan? Me convencí de que Dios Todopoderoso es el regreso del Señor, ¡Cristo de los últimos días! Entonces acepté gustosa la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Doy gracias a Dios Todopoderoso por elegirme y salvarme.

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