Mi huida de las fauces de la muerte

16 Sep 2020

Por Wang Cheng, China

Dios Todopoderoso dice: “Dios nunca está ausente del corazón del hombre y vive entre los hombres todo el tiempo. Ha sido la fuerza que impulsa la vida del hombre, la raíz de la existencia humana, y un rico depósito para su existencia después del nacimiento. Él hace que el hombre vuelva a nacer y le permite vivir con constancia en cada función de su vida. Gracias a Su poder y Su fuerza de vida inextinguible, el hombre ha vivido generación tras generación, a través de las cuales el poder de la vida de Dios ha sido el pilar de su existencia, y por el cual Dios ha pagado un precio que ningún hombre común ha pagado jamás. La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida no puede ser aplastada por ningún ser creado ni fuerza enemiga. La fuerza de vida de Dios existe e irradia su reluciente resplandor, independientemente del tiempo o el lugar. El cielo y la tierra pueden sufrir grandes cambios, pero la vida de Dios es la misma para siempre. Todas las cosas pueden pasar, pero la vida de Dios todavía permanecerá porque Él es la fuente de la existencia de todas las cosas y la raíz de su existencia” (‘Solo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna’ en “La Palabra manifestada en carne”). Antes, cuando leía este pasaje, solo lo comprendía en teoría, pero no lo comprendía ni valoraba de verdad. Más adelante, el PCCh me detuvo, hostigó y torturó brutalmente, y las palabras de Dios me guiaron para huir una y otra vez de las fauces de la muerte mientras Satanás me asolaba. Contemplé los maravillosos actos de Dios y experimenté que la autoridad de Sus palabras lo supera todo. Logré comprender un poco a Dios y aumentó mi fe.

Eso fue en 2006, cuando en la iglesia me encargaba de imprimir libros de las palabras de Dios. Recuerdo que una vez, en una entrega, la policía del PCCh detuvo a algunos de los hermanos y hermanas encargados de entregar los libros y a un conductor de la imprenta que habíamos contratado. Confiscaron 10 000 ejemplares de La Palabra manifestada en carne que había en aquel automóvil. Como aquel conductor nos traicionó, acabaron detenidos aproximadamente una docena más de hermanos y hermanas. Ese caso empeoró las cosas en dos provincias y el Comité Central se puso a supervisarlo. El PCCh supo después que yo era líder de una iglesia y llegó a enviar a la Policía Armada a investigar el alcance de mi trabajo. Entonces le confiscaron a la imprenta con la que habíamos trabajado los dos automóviles, un camión y 65 000 yuanes en metálico. Además, les quitaron más de 3000 yuanes a los hermanos y hermanas que habían ayudado en la entrega. Después de aquello, la policía vino a registrar mi domicilio en dos ocasiones y en las dos me echó la puerta abajo. Rompían y destrozaban todo lo que agarraban, así que dejaban la casa hecha un completo desastre. El PCCh no me detuvo finalmente a mí, pero sí a mis vecinos y otras personas relacionadas conmigo y trató de forzarlos a revelar mi paradero.

No tuve más remedio que huir a casa de un pariente que vivía muy lejos para eludir la detención y persecución del PCCh. Para mi sorpresa, en mi tercera noche allí, la policía de mi localidad natal se coordinó con la Policía Armada y la Policía Criminal del lugar y más de cien personas rodearon la casa de mi pariente hasta hacerla infranqueable. La policía irrumpió luego dentro. Aproximadamente una docena de agentes me apuntó con sus pistolas en la cabeza, y uno me gritó: “¡Un solo movimiento y estás muerto!”. Se afanaron por darse prisa en esposarme retorciéndome el brazo derecho hacia la espalda, por encima del hombro, y tirándome del brazo izquierdo por detrás. Como no podían esposarme, apoyaron un pie en mi espalda para arrastrar el brazo hacia arriba y entonces me esposaron las muñecas por la fuerza. El dolor era insoportable. Me quitaron 650 yuanes que llevaba, me preguntaron dónde estaba el dinero de la iglesia y me dijeron que lo entregara todo, lo cual me enfureció. ¿Qué clase de “policía del pueblo” era esa? Yo asistía a reuniones, leía las palabras de Dios y cumplía con el deber de mi fe, pero ellos habían reunido semejante fuerza, habían llegado hasta allí solo para detenerme y ahora querían saquear y malversar el dinero de la iglesia. ¡Era el colmo! Viendo que no hablaba, se me acercó un agente que me dio dos bofetadas muy fuertes y me tiró al suelo. Entonces me dieron patadas como si fuera un balón de fútbol. Me desmayé de dolor. Cuando recobré el conocimiento, iba en un vehículo policial de vuelta a mi localidad natal. La policía me había puesto unas pesadas cadenas que enlazaban mi cuello con mis pies. Lo único que podía hacer era acurrucarme bocabajo, apoyado sobre el pecho y la cabeza para no caerme. Ante mi desdicha, los policías se reían de mí y me decían toda clase de cosas degradantes. Bien sabía yo que me trataban así por mi fe en Dios Todopoderoso. Recordé este versículo pronunciado por Dios en la Era de la Gracia: “Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros” (Juan 15:18). Cuanto más me humillaban de aquel modo, más evidentes me resultaban su perversidad y su malvada naturaleza satánica de odio a Dios. Los odiaba todavía más. Dentro de mí invocaba a Dios en continua oración, pidiéndole que protegiera mi corazón para que, fuera cual fuera la tortura que estaba a punto de afrontar, me mantuviera firme en el testimonio y humillara a Satanás. Tras orar me acordé de unas palabras de Dios: “Guarda silencio en Mí, porque Yo soy tu Dios, vuestro único Redentor. Debéis acallar vuestros corazones en todo momento y vivir dentro de Mí; Yo soy tu roca, vuestro contrafuerte” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Es cierto. La comprensión y las disposiciones de Dios abarcan todo lo humano y es Dios quien tiene la última palabra acerca de si vivimos o morimos. Respaldado por Dios Todopoderoso, ¿que habría de temer? Esta idea renovó mi fe y me dispuse a apoyarme en Dios para afrontar la brutal tortura que me aguardaba.

No sé cuántas veces me desmayé de dolor en unas 18 horas de viaje. Solo recuerdo que eran más de las 2 de la mañana cuando llegué al centro de detención de mi localidad natal. Sentía que se me había helado toda la sangre del cuerpo. Tenía las manos y los pies muy hinchados, entumecidos, insensibles y totalmente inmóviles. Oí que un par de agentes hablaban de mí y decían: “¿Está muerto ese tipo?”. Después me arrastraron tirando de las cadenas. Noté que los dientes de las esposas se me clavaban a fondo en la carne y luego me sacaron a rastras del vehículo con brusquedad y me estamparon contra el suelo. Me desmayé de dolor. Poco después, un agente me despertó con fuertes patadas y me arrastró bruscamente hasta una celda del corredor de la muerte. Al día siguiente, alrededor de una docena de policías armados con pistolas me llevaron del centro de detención a un lugar remoto apartado de la periferia de la ciudad. Había un gran patio rodeado por unos muros altos. Parecía estar realmente muy protegido. Había agentes de la Policía Armada de guardia y el cartel de la puerta decía “Base de adiestramiento de perros policía”. Una vez en la sala, vi un despliegue de toda clase de instrumentos de tortura. Al verlos se me heló la sangre. La policía me ordenó en primer lugar quedarme parado en medio del patio sin moverme. Abrieron una jaula, soltaron cuatro perros feroces, me señalaron y dieron una orden a los perros: “¡A por él!”. Esos cuatro perros saltaron salvajemente sobre mí y rápidamente cerré los ojos de miedo. Me quedé aturdido y me zumbaba la cabeza. Tenía un único pensamiento: “¡Dios mío! ¡Sálvame! ¡Sálvame!”. Invoqué una y otra vez a Dios para mis adentros. Poco después, de pronto me di cuenta de que aquellos perros solamente me estaban mordiendo la ropa y no me habían hecho el menor daño. Había otro perro inclinado sobre mis hombros que me estaba olfateando y lamiendo la cara. Tampoco me hacía daño. De repente me acordé del profeta bíblico Daniel. Lo echaron a un foso de leones por adorar a Dios, pero Dios estaba con Él. Dios envió ángeles para que cerraran las bocas de los leones, así que los leones hambrientos no hicieron daño alguno a Daniel. Aquel pensamiento aumentó mi fe. Sentí realmente que todo está en las manos de Dios y que de Él dependía que yo viviera o muriera. Pensé: “Si me convierto en mártir hoy, será un honor y no me quejaré”. No me limitaba la idea de la muerte y, una vez dispuesto a dar la vida por mantenerme firme en el testimonio de Dios, contemplé otro de Sus maravillosos actos. Oí gritar a esos policías: “¡A por él! ¡A por él!”. Sin embargo, los perros solo se me acercaron a morderme la ropa, olfatearme y lamerme, y luego se dieron la vuelta y salieron corriendo. La policía paró a los perros y trató de que regresaran para atacarme, pero los perros se dispersaron despavoridos, salieron corriendo y tampoco me mordieron. Desconcertados, los policías dijeron: “¡Qué raro que los perros no lo muerdan!”. Al oírlo recordé unas palabras de Dios: “El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios; todo lo que hay en su vida es contemplado por los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Permanecer sano y salvo en medio de una jauría de perros policía fue la silenciosa protección de Dios, con la que me mostró Su omnipotencia y Sus maravillosos actos. Mi fe en Dios aumentó aún más.

En vista de que las cosas no salían como esperaban, los policías me llevaron a una sala de tortura y me colgaron de la pared con unas esposas. Sentí inmediatamente un dolor punzante en las muñecas, como si se hubieran partido. Ellos aún no desistieron, no obstante, sino que se pusieron a darme golpes y patadas. Cuando se cansaba uno, lo sustituía otro. Me molieron a palos y perdí mucha sangre. Cayó la noche y seguían sin soltarme. En cuanto cerraba los ojos apenas un poco, me daban con la porra, y un policía me dijo mientras me golpeaba: “Cuando te dejen sin sentido, ¡yo te despertaré exactamente del mismo modo!”. Al oír sus palabras, supe que Satanás estaba probando toda clase de torturas crueles para que me desanimara, de forma que, cuando me torturaran hasta el punto de derrumbarme y no poder pensar con claridad, me sacarían información de la iglesia. Entonces podrían detener a los hermanos y hermanas e incautar el dinero de la iglesia. Apreté los dientes mientras resistía el dolor y me previne: “Aunque me cuelguen, jamás cederé ante Satanás!”. Siguieron torturándome de esa manera hasta el amanecer del día siguiente. Sentía una debilidad absoluta, que esa muerte sería un alivio y que no tenía energía para continuar aguantando. Dentro de mí invocaba a Dios sin parar: “¡Oh, Dios mío! Mi carne es débil y realmente no aguanto más. Mientras todavía respire y esté despierto y consciente, te ruego que tomes mi alma. No seré un judas que te traicione”. Recordé estas palabras de Dios tras mi oración: “En esta ronda de la obra de Dios Él viene en la carne y, además, nace en la morada del gran dragón rojo, aún más que antes, se enfrenta a un peligro extremo al venir a la tierra en esta época. Se enfrenta con cuchillos, pistolas, porras y garrotes; se enfrenta a la tentación; se enfrenta a multitudes que tienen rostros con intenciones asesinas. Se arriesga a que lo maten en cualquier momento” (‘La obra y la entrada (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios es el Creador, inmensamente supremo y honorable. Se ha hecho carne en dos ocasiones, en las que ha soportado enormes humillaciones para expresar la verdad y salvar a la humanidad, Satanás lo ha buscado y perseguido constantemente, y el mundo religioso lo ha condenado y rechazado al igual que ambas generaciones. Dios ha padecido un sufrimiento grandísimo. Me conmovió mucho pensar en el amor de Dios y decidí: “Mientras me quede aliento, me mantendré firme en el testimonio y humillaré a Satanás!”. Al ver que llevaba mucho tiempo sin hablar ni pedir clemencia, a los policías les dio miedo matarme a golpes y no poder presentar su denuncia. Dejaron de pegarme, pero me dejaron colgado de la pared dos días y dos noches más.

Por entonces hacía mucho frío. Llevaba ropa muy ligera, estaba empapado y, para colmo, llevaba días sin comer. Me sentía incapaz de aguantar mucho más tiempo. Los policías probaron entonces otro truco: hicieron entrar a un psicólogo para que intentara influir en mi pensamiento y me lavara el cerebro. El psicólogo me dijo: “Aún eres joven y tienes padres e hijos. Desde tu detención, los demás creyentes, incluido tu líder, no han mostrado preocupación por ti. ¿No es una necedad por tu parte sufrir tanto por ellos?”. Al oír estas mentiras, pensé: “Si mis hermanos y hermanas vinieran a visitarme, ¿no se estarían metiendo en una trampa? Con estos trucos trata de engañarme y seducirme, de jugar con mi relación con mis hermanos y hermanas para que malinterprete, culpe y rechace a Dios. No permitiré que esto le salga bien”. Gracias a la protección de Dios descubrí la trampa de Satanás y no caí en ella. Derrotado, el psicólogo sacudió la cabeza y dijo: “No hay manera de ayudar a este tipo. Hagamos lo que hagamos, no podemos sonsacarle nada. No va a ceder”. Mientras lo decía, sacudió la cabeza y se fue, derrotado.

Sin embargo, en vista de que no había funcionado una estrategia más blanda, los policías volvieron a mostrar inmediatamente su verdadero rostro y me colgaron un día más. Aquella tarde tenía tanto frío que temblaba de la cabeza a los pies y sentía que las manos se me iban a desprender. Era muy doloroso. Estaba confundido y tenía una sensación real de no poder seguir aguantando. Justo entonces, de pronto entró corriendo un grupo de agentes, cada uno con un palo de aproximadamente un metro. Se pusieron a golpearme brutalmente en las rodillas y los tobillos y otros agentes empezaron a pellizcarme. Me dolía tanto que me quería morir. Esa vez sí que me desmoroné de veras. Al final ya no lo soportaba y me puse a llorar. Se me pasó por la cabeza traicionar a Dios. Pensé que tal vez podría hablar de mi fe siempre que no implicara a mis hermanos y hermanas. Al verme llorar, los policías me dejaron en el suelo. Me dejaron allí tumbado, me echaron algo de agua y me dieron un pequeño respiro. Sacaron bolígrafo y papel, preparados de antemano, para disponerse a tomar notas. Justo cuando estaba cayendo cada vez más en la tentación de Satanás y a punto de traicionar a Dios, de repente evoqué nítidamente Sus palabras: “Ya no seré misericordioso con los que no me mostraron la más mínima lealtad durante los tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega solo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, […] cualquiera que quebrante Mi corazón no volverá a recibir clemencia” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Así comprendí que el carácter de Dios no tolera ofensa y que quien traicione a Dios jamás recibirá Su misericordia. De pronto se serenó mi mente y recordé la traición de Judas al Señor Jesús por 30 piezas de plata. ¿De verdad traicionaría yo a Dios por un momento de bienestar físico? De no haber sido por la guía y el esclarecimiento oportunos de las palabras de Dios, probablemente lo habría traicionado ¡y me habría condenado para siempre! Justo entonces me acordé de una frase de un himno: “Tal vez me parta la cabeza y corra la sangre, pero el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). La canturreé para mis adentros y sentí que mi fe aumentaba. Mi vida y mi muerte estaban en las manos de Dios y sabía que debía obedecer Sus disposiciones. Mientras me quedara aliento, debía mantenerme firme en el testimonio ¡y no rendirme jamás ante los demonios del PCCh!

Al verme tumbado en el suelo sin moverme lo más mínimo, siguieron intentando embaucarme. Uno me dijo: “¿Vale la pena todo este sufrimiento? Te estamos dando una oportunidad de resarcirte de tus actos criminales, de que nos cuentes lo que sabes. Hables o no, ya lo sabemos todo. Tenemos muchos testigos y pruebas para que acabes acusado y condenado”. Viéndolos probar todos los trucos posibles para que traicionara a Dios y a otros creyentes, no pude contener la rabia y les grité: “Si lo saben todo, no hay necesidad de que me pregunten. Aunque lo supiera todo, ¡jamás se lo contaría!”. Exasperado, un policía me dijo: “Si no hablas hoy, acabarás muerto. ¡Ni se te ocurra pensar que vas a salir vivo de aquí!”. Le respondí: “¡De todos modos, desde que caí en sus manos no esperaba salir vivo!”. Furioso, un agente me dio tal patada en las tripas que parecía que me las hubiera sacado. Todos se volvieron a agolpar en torno a mí, se pusieron a darme patadas y puñetazos y de nuevo me desmayé de dolor. Cuando recobré el conocimiento estaba colgado igual que antes, solo que a mayor altura. Noté que se me estaba empezando a hinchar todo el cuerpo y ni siquiera podía hablar. Sin embargo, gracias a la protección de Dios no sentí ningún dolor. Al caer la noche, cuatro policías se quedaron vigilándome y acabaron durmiéndose desperdigados. Repentinamente, las esposas se abrieron solas y caí levemente al suelo, como si me sostuviera algo por debajo. ¡Si no lo hubiera experimentado por mí mismo, jamás lo habría creído! Entonces me acordé de cuando Pedro estaba encarcelado y un ángel del Señor lo salvó. En ese momento se desprendieron sus cadenas y la puerta de la celda se abrió sola. No me atrevía a creer que, al igual que Pedro, yo estaba experimentado los maravillosos actos de Dios. ¡En aquel momento me sentí verdaderamente encumbrado y bendecido por Dios! Sumamente emocionado, me apresuré a postrarme ante Dios para ofrecer una oración de gratitud. “¡Oh, Dios mío! Gracias por Tu misericordia y por cuidarme. Satanás me ha torturado hasta casi matarme en tantas ocasiones, y en todas ellas me estabas protegiendo en silencio para que contemplara Tu omnipotencia y Tus maravillosos actos”. Esta oración me dejó una tremenda emoción y un cálido sentimiento dentro de mí. Tenía muchas ganas de ponerme en pie e irme, pero no podía mover las manos ni los pies, por lo que no me marché. Así, dormí en el suelo hasta el día siguiente, cuando los policías me despertaron a patadas. Aquellos malvados policías empezaron entonces a torturarme de otra forma. Me trasladaron a otra sala y me sentaron en un banco del tigre conectado a la corriente eléctrica. Me sujetaron el cuello y la cabeza con unas abrazaderas de hierro y me ataron las manos para que no pudiera moverme lo más mínimo. Lo único que podía hacer era orar a Dios en silencio. En ese momento, un agente le dio al interruptor de la electricidad y los demás policías, aproximadamente una docena, me miraron para ver mi aspecto mientras me electrocutaban. Se asombraron al comprobar que no reaccionaba de ningún modo. Revisaron todo el cableado y, transcurrido un rato sin que yo reaccionara todavía, uno de ellos dijo: “¿Está averiado el banco del tigre? ¿Por qué no hay corriente?”. Sin pensárselo, me tocó con la mano y, ¡zas!, la descarga lo echó para atrás un metro y se quedó tumbado en el suelo, llorando de dolor. Los demás agentes estaban tan asustados que salieron corriendo y uno tropezó y cayó por la prisa de marcharse. Un buen rato después, dos agentes regresaron para soltarme, temblando de miedo por si se electrocutaban. Había pasado media hora sentado en ese banco del tigre, pero para nada sentí la electricidad. Era como sentarse en una silla normal. Esta fue otra de las maravillosas obras de Dios. Estaba muy emocionado. Me sentí entonces preparado para perder cualquier cosa, incluida mi vida. Bastaría con que Dios estuviera conmigo.

Después me devolvieron al centro de detención. Estaba herido de arriba abajo y el dolor de mis manos y pies era insoportable. Tenía todo el cuerpo flojo y débil. No podía incorporarme, ponerme en pie ni comer. Lo único que podía hacer era tumbarme postrado. Cuando uno de mis compañeros de celda en el corredor de la muerte se enteró de que no había traicionado a nadie, me admiró de verdad y me dijo: “¡Ustedes, los creyentes, son auténticos héroes!”. En mi interior proferí una oración de alabanza a Dios. Más tarde, la policía procuró que los demás presos me pegaran y torturaran, pero, sorprendentemente, se pusieron de mi parte y me defendieron. Alegaron: “Este hombre cree en Dios y no ha hecho nada malo. Están a punto de torturarlo hasta la muerte”. Por temor a que las cosas se descontrolaran, los policías no se atrevieron a decir nada y se largaron derrotados.

En vista de que no estaba llegando a nada, la policía cambió de táctica nuevamente y empezó a colaborar con los guardias del centro de detención para que me asignaran un montón de trabajo extra. Cada día me mandaban hacer dos fardos de incienso de papel para quemar por los muertos y cada fardo estaba formado por 1600 hojas de papel de aluminio e inflamable. Eso era el doble de trabajo respecto a otros presos. Me dolían muchísimo las manos, no podía agarrar nada y, aunque trabajara toda la noche, no había manera de terminar todo aquello. La policía utilizó esa excusa para imponerme castigos físicos y me obligaba a darme duchas frías fuera, a 20 grados bajo cero, a trabajar de noche sin parar o a hacer largas guardias. Dormía menos de tres horas cada noche. Así sufrí durante un año y ocho meses en ese centro de detención. Luego, el PCCh se burló de mí, acusándome de “utilizar una organización ‘xie jiao’ para socavar la aplicación de la ley” sin prueba alguna, y me condenó a tres años de cárcel. Cuando salí todavía permanecí bajo la estrecha vigilancia de la comisaría local. No tenía libertad para ir adonde quisiera y tenía que estar listo para presentarme en cuanto me llamaran. No tenía la más mínima libertad personal. No podía asistir a reuniones de la iglesia ni cumplir con el deber. Me resultaba realmente difícil y pensaba que si el PCCh me mantenía en constante vigilancia y no podía cumplir con el deber de un ser creado, ¿eso no era sino la muerte en vida para mí? Así pues, más tarde me fui de mi localidad a otra región, donde por fin pude cumplir con el deber.

Esta experiencia de persecución por parte del partido quedará en mi memoria. He visto su despreciable rostro, su demoníaca oposición a Dios y su forma de hacer daño al pueblo, y lo odio hasta la médula. También presencié los maravillosos actos, la omnipotencia y la soberanía de Dios. Los maravillosos actos de Dios fueron los que me protegieron para que pudiera escapar del alcance de Satanás y me arrancaron de las fauces de la muerte. Durante el brutal acoso del PCCh, las palabras de Dios fueron mi guía y Su fuerza vital fue mi apoyo para que pudiera aferrarme a la vida, lo cual reforzó mi fe para seguir a Dios. ¡Demos gracias a Dios! ¡Toda la gloria a Dios Todopoderoso!

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