Aprendí a trabajar con otros

21 Abr 2018

Liu Heng Provincia de Jiangxi

A través de la gracia de Dios, asumí la responsabilidad de ser una líder de la iglesia. En ese tiempo yo era muy entusiasta y tomé una decisión delante de Dios: sin importar lo que encuentre, no abandonaré mis responsabilidades. Trabajaré bien con la otra hermana y seré alguien que busca la verdad. Pero sólo estaba decidida y no sabía cómo entrar a la realidad de una relación de trabajo armoniosa. Al principio, cuando empecé a organizar los asuntos de la iglesia con la hermana con la que estaba trabajando, y cuando teníamos diferencias de opinión, conscientemente le oraba a Dios pidiéndole que protegiera mi corazón y mi espíritu de forma que no le pudiera echar la culpa a mi compañera. Sin embargo, sólo prestaba atención a controlar mis acciones de forma que no tuviera conflictos con mi compañera, por lo tanto no había entrado en la verdad. Consecuentemente, con el tiempo tuve más y más desacuerdos con la hermana. Una vez quería ascender a una hermana al deber de regar a los nuevos creyentes y la hermana con la que yo estaba trabajando dijo que la hermana no servía. Después de que cambié a mi candidata, todavía decía que no servía. En seguida me molesté, y en tono enojado le dije: “¡Nadie sirve, sólo tú sirves!”. Por tanto, nunca volví a mencionar el asunto. Cuando ella preguntó sobre la cuestión, le dije furiosa: “¡Escoge a quien quieras! ¡No me importa!”. Después de esto, independientemente de lo que ella dijera, si había algún desacuerdo yo no decía nada, me callaba pensando que de esa forma evitaba el conflicto. A veces aguantarme me resultaba intolerable, por lo que me ocultaba en alguna parte a llorar, sintiendo que me habían agraviado. Y incluso pensé: ¿Tienes la capacidad? ¡Pues hazlo tú misma! ¡Veré cómo haces el ridículo! Una vez, tiempo después, el líder de nivel superior me encomendó una tarea. Yo misma decidí todo en relación con el asunto e hice los arreglos, y me sentí muy satisfecha con ello. Pensé que la hermana con la que estaba trabajando me elogiaría y me consolaría. Inesperadamente, mi compañera lo rechazó y fue como si me echara encima un cubo de agua fría, diciendo: “¡Esta no es la manera correcta de hacer esto!”. Eso me enfureció de verdad. Pensé: “Ni siquiera entiendes la situación real y lo rechazas por completo. ¡Vaya arrogancia!”. A raíz de eso, cada una se reservaba sus opiniones y ninguna de las dos estaba dispuesta a someterse a la otra. Después, ni siquiera escuchaba las comunicaciones de la palabra de Dios. Cuanto más pensaba en ello, más sentía que ella estaba equivocada. Ella fue la que se aprovechó de su antigüedad para hacerme las cosas más difíciles intencionalmente. También pensé sobre cómo la había tolerado una y otra vez, y sin embargo ella me trataba así… Cuanto más pensaba en ello, más agraviada me sentía, hasta que me quedé en una oscuridad total y había perdido la obra del Espíritu Santo. Desde ese momento en adelante, ya no me estaba dispuesta a trabajar con ella. Pensé: Ya que esto es difícil de afrontar, me esconderé para no hacerlo. En ese tiempo también estaba consciente de que este tipo de condición era bastante peligrosa. Pensé que sería mejor solicitar que me cambiaran los deberes tan pronto fuera posible para evitar hacer algo malo. Por tanto, usé mi poca estatura e incompetencia como excusa para redactar mi carta de renuncia. Poco tiempo después, el líder de nivel superior me habló sobre el principio de admitir el fracaso y renunciar, así como la gran consideración que Dios ha puesto en salvar a las personas. Pero mi corazón se había endurecido y no se ablandaba.

A la mañana siguiente después de levantarme de la cama, mi cabeza se sentía completamente en blanco. Aun cuando oraba no podía sentir a Dios y sentía como que Dios me había abandonado. Tenía miedo y sentía pánica; sin duda mi conducta hizo que Dios me detestara. Como consecuencia, empecé a auto examinarme. Después de pensar en todo lo que había pasado, pude ver que mi carácter había hecho que Dios me detestara. Mis pensamientos y mis acciones eran totalmente como las de un no creyente. Vivía como un no creyente, que permanecía inmutable. La palabra de Dios no estaba en mi conducta, y yo no sentía ninguna reverencia hacia Dios. Simplemente yo no era alguien que aceptara la verdad. Como resultado, había sido engañada por Satanás y había renunciado a mis responsabilidades inconscientemente. Después de tomar conciencia de esto, inmediatamente me postré ante Dios y me arrepentí: “Oh, Dios Todopoderoso, estoy equivocada. He creído en Ti, pero no he estado dispuesta a experimentar Tu obra. Tú organizaste mi entorno y yo no he estado dispuesta a aceptarlo; de todo corazón quise evitar Tu castigo y Tu juicio, y cuando Tu amor vino a mí, no sólo fui una desagradecida, sino que también me quejé y te malentendí. Mi conducta te ha hecho daño. Oh, Dios, gracias por revelarme en Tu obra y por permitirme reconocer el carácter de Satanás que está en mí. Si esto no fuera así, todavía pensaría que no era mala. Ahora veo que mi estatura es realmente pequeña. No puedo manejar ni siquiera los contratiempos más pequeños. Cuando ocurre cualquier cosa pequeña que no me gusta quiero traicionarte. He descartado los juramentos que hice contigo. Oh, Dios, estoy dispuesta a arrepentirme; estoy dispuesta a conocerme a mí misma a través de Tus palabras y a aceptar el juicio y el castigo de Tus palabras. Estoy dispuesta a someterme a Ti en este ambiente y a trabajar bien con la hermana. Oh, Dios, ya no estoy dispuesta a vivir bajo el campo de acción de Satanás ni a estar limitada por mi carácter corrupto. Ya no estoy dispuesta a vivir por mi propia dignidad, ¡sino que estoy dispuesta a complacerte una vez!”. Después de orar, me puse llorosa, y poco después retiré mi carta de renuncia y la hice añicos allí mismo. Cuando nos reunimos ese día, algunos estábamos leyendo juntos la palabra de Dios: “Vuestra reputación ha sido destruida, vuestro comportamiento es degradante, vuestra forma de hablar es pobre, vuestra vida despreciable, e incluso toda vuestra humanidad es inferior. Sois estrechos de miras con las personas y regateáis por toda cosa pequeña. Discutís por vuestra propia reputación y estatus, incluso hasta el punto de estar dispuestos a descender al infierno, al lago de fuego” (‘¡Sois todos muy básicos en vuestro carácter!’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Las personas no se exigen mucho a sí mismas, pero exigen mucho de Dios. Le piden que les muestre especial amabilidad y que sea paciente y tolerante con ellas, las valore, provea para ellas, les sonría, y las cuide de muchas maneras. Esperan que Él no sea estricto con ellas en absoluto ni que haga algo que las moleste ni siquiera un poco, y sólo están satisfechas si Él les habla dulcemente todos los días. ¡Los humanos carecen tanto de razón!” (‘Las personas que siempre le exigen cosas a Dios son las menos razonables’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). La palabra de Dios había puesto de manifiesto por completo mi deplorable estado y apariencia diabólica. Estaba tan avergonzada que no podía menos que desear encontrar una grieta en la tierra a la que arrastrarme. A través de la revelación y la iluminación de la palabra de Dios, fui capaz de ver lo grave que era el carácter de Satanás en mí. Yo tenía una naturaleza tan arrogante y prepotente que me creía mejor que otras personas. No tenía el menor conocimiento de mí misma; no me daba cuenta de que yo no era mejor. Por lo tanto, cuando estaba trabajando con la hermana, siempre pensé que yo era quien estaba a cargo, que yo era la líder. Estaba ansiosa por que la hermana me siguiera en todo y me escuchara. Siempre pensé que yo era la jefa. Cuando las opiniones de la hermana entraron en conflicto con las mías, no busqué la verdad para resolver el conflicto o llegar a un entendimiento común. En cambio, perdía los estribos y me volvía insolente porque había perdido mi dignidad hasta tal punto que me iba del trabajo para desahogar mis frustraciones. Desarrollé ideas prejuiciadas de la hermana y nunca tomé la iniciativa para mejorar nuestra mala relación. Cuando trabajábamos juntas, yo siempre me daba ínfulas. No me exigía cambiarme a mí misma, desdeñaba tener una discusión sincera con la hermana. Me enfocaba en ella y le exigía que cambiara. Me consideraba la maestra de la verdad, y veía a otras personas como corruptas. A lo largo del proceso de trabajar juntas, no me examiné a mí misma. Cuando la hermana adoptaba una mala actitud, o cuando había una diferencia de opinión entre nosotras, yo tomaba toda la culpa y se la echaba a mi compañera. Pensaba que ella estaba equivocada y yo estaba en lo correcto, por lo que la subestimaba en mi corazón y la discriminaba al punto de tratarla igual que a un enemigo, deseando que mi compañera hiciera el ridículo. Al ver mi arrogancia, mi orgullo primitivo, mi insensatez y maldad, así como mi comportamiento de mente estrecha, ¿cómo podría quedar algún sentido humano normal en mí? ¡Era verdaderamente irracional! Dios me otorgó Su gracia y me dio la oportunidad de asumir la responsabilidad, pero yo no pensé en trabajar bien con la hermana en nuestros deberes para complacer a Dios. A lo largo de todo el día no me dedicaba a un trabajo honrado, conspiraba en contra de ella y tenía conflictos con ella por celos. Durante todo el día lo único que hacía era discutir sobre mis quejas y pelear incesantemente por mi propia dignidad y vanidad. ¿Tenía una conciencia racional? ¿Era una persona que buscaba la verdad? Desde el principio, la hermana y yo no nos sometimos una a la otra ni nos apoyamos en nuestro trabajo; más bien cada una se hizo cargo de sus propios asuntos e hizo lo suyo. ¿Acaso no estaba siguiendo el camino del anticristo? ¿Acaso hacer las cosas de este modo no me estaba llevando a la autodestrucción? Hoy puedo ver que mi conducta se basaba en deseos egoístas de la carne. Mi naturaleza era demasiado egoísta y deplorable. No busqué la verdad, al punto de que mis muchos años de creer en Dios no me aportaron nada real y no había un ápice de cambio en mi carácter. Dios nos exige que pongamos Su palabra en práctica en nuestra vida, sin embargo, yo me distancié de ella a la hora de cumplir con mi deber. ¡En realidad no soy una creyente! No podía seguir así, estaba dispuesta a buscar la verdad y transformarme.

Después, leí la palabra de Dios que decía: “Si vosotras las personas que os coordináis para trabajar en las iglesias no aprendéis las unas de las otras y os comunicáis, compensando las deficiencias los unos con los otros, ¿de dónde podéis aprender lecciones? Cuando encontréis algo, debéis comunicaros entre vosotros para que vuestra vida se pueda beneficiar. […] Debéis lograr la cooperación armoniosa para el propósito de la obra de Dios, para el beneficio de la iglesia y para alentar a los hermanos y hermanas. Tú coordinas con él y él coordina contigo, cada uno corrigiendo al otro, llegando a un mejor resultado de la obra, para cuidar de la voluntad de Dios. Sólo esta es una verdadera cooperación y sólo tales personas tienen una verdadera entrada. […] Cada uno de vosotros, como personas que servís, debéis ser capaces de defender los intereses de la iglesia en todas las cosas que hagáis, en vez de mirar por tus propios intereses. Es inaceptable actuar por separado, donde tú lo minas y él te mina. ¡Las personas que actúan de esta manera no son aptas para servir a Dios!” (‘Sirve como lo hicieron los israelitas’ en “La Palabra manifestada en carne”). Decía un sermón: “Cuando se sirve en coordinación, nadie tiene el puesto principal ni hay sustitutos. Todos tienen el mismo nivel y el principio consiste en alcanzar un consenso a través de hablar acerca de la verdad. Esto requiere que las personas se obedezcan mutuamente. Esto es, que cualquiera que hable correctamente y hable de conformidad con la verdad debe ser obedecido. El principio consiste en obedecer la verdad. La verdad constituye autoridad y quienquiera que pueda comunicar acerca de algo que esté alineado con la verdad y vea las cosas de manera precisa debe ser obedecido. Sin importar qué hagan las personas o cuál sea su deber, obedecer la verdad es siempre el principio” (‘El significado y explicación de los diez principios de la vida de la iglesia establecidos por la familia de Dios’ en “Anales selectos de los arreglos de la obra de la Iglesia de Dios Todopoderoso”). A partir de la comunión y de la palabra de Dios, vi cómo la coordinación en el servicio se debe poner en práctica. O sea, ser considerado con la voluntad de Dios y proteger el interés de la familia de Dios mientras trabajan juntos. Independientemente de lo que se esté haciendo o de cuál sea el trabajo, todo se debe hacer sometiéndose a la verdad, comunicando la verdad para alcanzar un entendimiento común. No puedes ser tan arrogante y engreído como para mantener tus propias opiniones y hacer que otros te escuchen, y no puedes vender la verdad para proteger tus relaciones interpersonales. Además, no puedes perseguir la individualidad para crear independencia; debes humillarte y tomar la iniciativa para negarte a ti mismo, aprender de otros y compensar por las debilidades de cada uno para lograr una relación de trabajo armoniosa. Sólo entrando en esta verdadera relación de trabajo, complaciendo a Dios en todo con un solo corazón y un mismo espíritu, y compensando las debilidades de cada uno podrás tener las bendiciones y la guía de Dios, permitiendo de esta forma que la iglesia logre mejores resultados en su obra al tiempo que obtienes beneficios en tu propia vida. Por el contrario, si eres arrogante mientras trabajas con otras personas, si no buscas el principio de la verdad y estableces una dictadura para controlar a otros, o si trabajas solo y dependes de ti mismo para hacer las cosas, entonces sufrirás la aversión de Dios y ocasionarás pérdidas a la iglesia de Dios. Sin embargo, fui arrogante y siempre quise tener la última palabra. ¿Cómo no supe que el trabajo en la familia de Dios no era algo que una sola persona pudiera lograr? Las personas no tienen la verdad y les falta demasiado. Depender de uno mismo para hacer algo a veces aumenta la probabilidad de que ocurran accidentes. Sólo a través del trabajo en colaboración puede lograrse más trabajo del Espíritu Santo para compensar nuestras deficiencias y evitar los errores. En ese momento no pude evitar sentirme culpable y echarme la culpa por el carácter de Satanás que fue expuesto en mi arrogancia y egoísmo, y en no tener la menor consideración por la voluntad de Dios, así como por enfocarme solamente en no perder mi dignidad hasta el punto de exhibir un comportamiento chocante y grosero. Creo que estuve ciega y fui una tonta, y no comprendí la intención de Dios al organizar un entorno para que yo practicase la coordinación en el servicio, incluso hasta el punto de que no tenía la más mínima idea de cómo aprender de las fortalezas de mi compañera para compensar mis deficiencias o cómo aprender lo que necesitaba saber a través del trabajo en conjunto. Como resultado, esto causó pérdidas a la iglesia y retrasó mi propio crecimiento en la vida. Hoy, sin la piedad de Dios y sin la iluminación de la palabra de Dios, no sería capaz de desprenderme de mí misma y no hubiera sabido que yo no era mejor. Todavía querría que otros me escucharan, como si yo pudiera depender de mí para hacer bien el trabajo de la iglesia. En definitiva, ¿quién sabe qué desastres se podrían haber desencadenado? Por consiguiente, tomé una decisión: Estoy dispuesta a actuar de acuerdo con la palabra de Dios, estoy dispuesta a trabajar armoniosamente con la hermana por la obra de la iglesia y por mi propio crecimiento en la vida, y no volveré a pensar más en mis propios intereses.

Después, hablé abiertamente con la hermana con la que estaba trabajando sobre cómo me conocía a mí misma. Tuvimos una verdadera comunicación y entramos en el principio de servir juntos. Después de eso, nuestro trabajo fue mucho más armonioso. Cuando teníamos diferencias de opinión, orábamos para encontrar la verdad y buscar la voluntad de Dios. Cuando veíamos nuestros defectos, éramos comprensivas e indulgentes; nos tratábamos con amor. Inconscientemente, sentimos las bendiciones de Dios y los frutos de la obra del evangelio se revelaron mucho más que en el pasado. En este momento odié incluso más la naturaleza corrupta que tengo; odié no haber buscado la verdad y haber decepcionado mucho a Dios. Por fin experimenté el sabor dulce de poner en práctica la verdad y he sentido más poder para cumplir con mi deber y reconfortar el corazón de Dios. De ahora en adelante estoy dispuesta a entrar a la realidad de más aspectos de la verdad y busco tener principios en todo lo que hago.

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