Al haber sido devastado por los demonios, me doy cuenta aún más lo preciosa que es la gracia de Dios

31 Dic 2019

Por Xu Qiang, Región Autónoma de Mongolia Interior

Me llamo Xu Qiang. Solía trabajar como ingeniero contratista, dirigía grandes equipos de personas en proyectos de ingeniería cada año y tenía un ingreso respetable. A los ojos de mis compañeros, tenía una familia perfecta, una carrera que iba viento en popa y posibilidades ilimitadas; seguramente pensaban que era muy afortunado. Sin embargo, al mismo tiempo que disfrutaba de un estilo de vida materialista, siempre tuve una sensación inexplicable de vacío. Esto ocurría especialmente en mis esfuerzos constantes por conseguir proyectos: tenía que ganarme el favor de los líderes de los departamentos correspondientes y me dedicaba a leerles el pensamiento a través de su lenguaje corporal y siempre necesitaba aplicar la cantidad correcta de servilismo y adulación para obtener lo que quería; de lo contrario, no ganaría dinero. Además de todo eso, tenía que lidiar con las intrigas entre mis colegas, con las suspicacias que siempre existían entre unos y otros y con sus maquinaciones. Todo esto me tuvo quebrándome la cabeza aún más… Por estas razones, me sentía muy desmoralizado y extremadamente agotado; parecía que me había convertido en una marioneta, en una máquina de hacer dinero y que había perdido por completo toda mi dignidad e integridad. Esto siguió ocurriendo hasta 1999, cuando acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Quedé profundamente conmovido por la liberación que me trajo la vida de la Iglesia y la simplicidad y honestidad de mis hermanos y hermanas. Tenía un gran deseo de vivir esta vida religiosa, de platicar con mis hermanos y hermanas acerca de la palabra de Dios y hablar unos con otros acerca de nuestras experiencias individuales y nuestro conocimiento de las palabras de Dios. También valoraba mucho los momentos como estos. A medida que seguí leyendo las declaraciones de Dios y participando en las congregaciones, pude comprender muchas verdades y mi alma encontró una gran liberación. Especialmente me daba gusto haber encontrado finalmente el verdadero camino para vivir y la felicidad auténtica. Mi corazón estaba lleno de gratitud hacia Dios: de no haber sido por que Dios me rescató del mar de sufrimiento del mundo, jamás habría tenido nada que esperar en la vida. Más adelante, comencé a difundir activamente el evangelio y participé feliz e incansablemente con las personas que investigaban el camino verdadero y les facilité también oir la voz de Dios y obtener la salvación de Dios Todopoderoso.

Sin embargo, en China, un país ateo, los ciudadanos no tienen ningún tipo de democracia ni derechos humanos y quienes creen en Dios y lo adoran son especialmente proclives a toparse con la coerción y persecución del Gobierno del Partido Comunista de China. Debido a mi creencia en Dios también fui arrestado por el Gobierno del PCCh y sometido a su cruel e inhumana tortura, además de que pasé casi dos años de vida infernal en una prisión del PCCh… Después de haber pasado por este período difícil y doloroso de mi vida, vi claramente la esencia demoniaca de la frenética resistencia del Gobierno del PCCh contra Dios y su odio hacia la verdad y tuve una apreciación todavía más profunda del hecho de que las palabras de Dios son la verdad. Sus palabras podían ser mi vida y señalaban el camino que tenía por delante. De no haber sido por la constante guía de las palabras de Dios que me dieron fuerza y fe no estaría vivo en la actualidad. ¡Toda mi vida recordaré la gracia de la salvación de Dios!

Era la mañana del 18 de diciembre de 2005 y me encontraba a mitad de una reunión con mis hermanos y hermanas. De repente, escuchamos golpes violentos que provenían de la puerta. Antes de que pudiéramos pensar siquiera, más de 10 oficiales de policía irrumpieron; cada uno tenía la mirada de un asesino. El destacamento policiaco que movilizaron semejaba la escena de alguna película en la que un fugitivo especialmente temible era capturado. Sin dar ningún tipo de explicación, nos quitaron los zapatos para impedirnos huir y luego nos quitaron los cinturones y nos ataron las manos en la espalda. Nos despojaron de todas nuestras pertenencias personales, incluyendo teléfonos celulares, relojes, efectivo, etcétera. Luego los policías nos gritaron que nos arrodilláramos en línea contra la pared y si alguno de nosotros se movía con lentitud nos empujaban, nos pateaban y nos arrojaban al piso. Después de eso, llevaron a cabo una búsqueda minuciosa, volteando los muebles y hurgando en toda la casa; después de un rato, todo era un completo desorden. Tras ver esto, pregunté con enojo: “No hemos violado ninguna ley; entonces ¿por qué nos arrestan?” Para mi total asombro, un policía se acercó a toda prisa, me lanzó de un golpe al piso y me gritó: “¡Estamos arrestando a todos los que creen en Dios! ¡No podremos dormir bien hasta que hayamos capturado al último de ustedes!” Esta erupción de furia hizo que me quedara callado y también me hizo ver las cosas claramente: Dios era lo que más odiaba el PCCh; así pues, ¿cómo podrían dejar ir a los creyentes? ¡Qué ciego e ingenuo había sido! En aquel momento, comencé a rezar en silencio a Dios y le imploré que nos protegiera para que pudiéramos mantenernos firmes en el testimonio y no lo traicionáramos. Al poco tiempo, el policía que nos vigilaba me interrogó: “¿Quién te dijo que predicaras tu religión por todas partes? ¿Quién es tu líder?” Le respondí: “Que difundamos el evangelio es algo completamente voluntario”. Echó pestes: “¡Esas son sandeces! ¡No trates de negar ningún delito, muchacho, o pronto te mostraremos cómo son las cosas!” Justo en ese momento escuché a una mujer policía gritar desde otra habitación: “¡Tráiganme una aguja! ¡Conque quieres esconderte […]!” De inmediato sentí que el corazón se me subió a la garganta, pues en ese momento me percaté de que una joven hermana faltaba: había tratado de esconderse para evitar ser capturada por la policía, pero la habían descubierto. La mujer policía la sujetó y con una aguja le dio un pinchazo adentro de la uña y en la planta de los pies e, incluso, comenzó a arrancarle salvajemente el cabello, un mechón a la vez. Finalmente, dejaron a la joven hermana ahí, que, para entonces, se había desmayado, y nos detuvieron a todos, junto con todas las pertenencias que habían saqueado, y se fueron con nosotros a toda prisa.

Para el mediodía, los oficiales ya nos habían arrestado en la estación de policía, donde pronto comenzaron a interrogarnos por separado. La persona a cargo de interrogarme era un oficial fuerte y corpulento y, tan pronto como entré a la sala de interrogatorios, me gritó que me arrodillara. Le dije: “Yo solo adoro a Dios; solo el Señor de los cielos, la tierra y todas las cosas merece que nos arrodillemos ante Él. ¡Me rehuso completamente a arrodillarme delante de usted!” En cuanto escuchó esto, me señaló con el dedo y rugió: “Deberías saber que aquí, ¡hasta el rey del infierno tiene que seguir las órdenes a pie juntillas! ¿Quién carajos te crees que eres? ¡Si no te hacemos sufrir un poco no sabrás quien está al mando! ¡Ahora, arrodíllate!” Al tiempo que me gritaba de esta manera, me tiró de una patada al piso. Después de eso, comenzó a interrogarme: “Dime sinceramente: tú eres el líder de la Iglesia, ¿no es así? ¿Dónde tienes los libros de tu Iglesia?” Nervioso, no supe qué responder, así que simplemente le supliqué a Dios una y otra vez que me diera la sabiduría con la cual enfrentarme a este policía malvado. Después de orar, me sentí más tranquilo y revitalizado y pensé para mis adentros: “Preferiría morir que vender a mis hermanos y hermanas. ¡No puedo traicionar a Dios!” Así pues, le dije al policía: “No sé nada de estas cosas que me está preguntando. ¿Dígame qué es lo que quiere que diga?” Tan pronto como dije esto el policía malvado me dio un fuerte puñetazo en la cabeza y, de inmediato, me propinó una dura golpiza con los puños y pies. Me golpeó tan duro que vi estrellitas y comencé a marearme; me dolía tanto que sentí como si me hubiera partido el cráneo. Caí de cabeza al suelo. Después de eso, sostuvo en su mano la libreta del evangelio que descubrió que traía conmigo y me amenazó: “¿Lo ves? Tenemos evidencias, así que no tiene caso que te niegues a hablar, carajo. ¡Dilo! Eres el líder, ¿no es así? Si no lo fueras, ¡no tendrías estas notas!” Cuando vio que yo no hablaría, probó otra estrategia. Me exhortó: “No seas cabeza dura; vamos, coopera con nosotros. Dinos lo que sabes y te dejaremos ir mañana”. En ese momento, Dios me esclareció para recordar un pasaje de Sus declaraciones: “Cuando Él y Satanás luchan en el ámbito espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? ¿Y cómo deberías mantenerte firme en tu testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y el momento en que Dios necesita que des testimonio. Externamente podrían no parecer mucho, pero cuando estas cosas ocurren muestran si amas o no a Dios. Si lo haces, serás capaz de mantenerte firme en tu testimonio de Él […]” (‘Solo amar a Dios es realmente creer en Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me permitieron ver claramente que esto era una batalla del mundo espiritual. No podía caer en el engaño de Satanás y, definitivamente, tenía que mantenerme firme en el testimonio de Dios. Independientemente de cuánta supuesta evidencia tuviera en sus manos, yo no podía divulgar ningún tipo de información sobre la Iglesia. Esto era un testimonio de mi amor por Dios y de mi devoción hacia Él que debía mantener ante Dios. Después de eso, oré, y poco a poco me tranquilicé. Sin importar cuánto me torturara, nunca dije una sola palabra. Al final, el policía malvado se exasperó tanto que azotó la puerta y se fue.

Después de un rato, un policía de unos 30 años entró y lentamente me ayudó a levantarme del piso y a sentarme en una silla. Incluso me dio a beber un vaso de agua y luego dijo: “Toma, hermano; bebe algo de agua. Has estado sufriendo”. Quedé impactado: ¿qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podría alguien en un lugar como este llamarme “hermano”? Antes de que tuviera tiempo para reflexionar más en esto, continuó: “Hermano, en estos días necesitamos vivir de una manera un poco más realista y ser completamente flexibles. Con una persona como tú, no tienen otra opción más que matarte a golpes. Para ser honesto, yo solía creer en Dios también, así que sé que tener fe es algo bueno, pero sufrir tanto debido a ello, sin mencionar poner tu vida en riesgo, ¡simplemente no vale la pena! Si te condenan, eso dejará una marca negativa sobre toda tu familia. Tus padres están vivos, supongo. Si pasas unos años en prisión, ellos ya no estarán para cuando tú salgas. ¿Qué pensarán de ti tus familiares? […]” Mi apego emocional a mi madre y a mi padre era más fuerte que a cualquier otra persona, así que cada palabra que dijo esta persona resonó en el fondo de mi ser. Mientras pasaban por mi mente imágenes de mis ancianos padres, abruptamente sentí que una oleada de oscuridad y debilidad pasó a través de mí, y pensé: “Es cierto; si me sentencian a prisión, ¿qué harán mamá y papá? ¿Quién cuidará de ellos? […]” El solo hecho de pensar en ello hizo que brotaran lágrimas de mis ojos y no podía detenerlas. El policía de inmediato aprovechó la oportunidad y trató de persuadirme y embaucarme aún más, diciendo: “Por tanto, deberías hacer tu mayor esfuerzo por cooperar con ellos; si lo haces, mañana serás liberado”. Escuchar estas palabras me hizo despertar de repente y el siguiente mensaje, que era muy preciso, destelló en mi mente: ¡Definitivamente, no debes ser un Judas que traiciona a Dios! ¡Qué cerca estuve de hacerlo! Este policía taimado fue enviado por Satanás mismo con el fin de seducirme para que traicionara a Dios. En ese momento, las palabras de Dios también me proporcionaron guía: “Sólo con ella puedes organizar un contraataque contra el ingenio del diablo” (‘Capítulo 10’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Me di cuenta de que todo lo que los policías habían dicho era una trampa del demonio; querían aprovecharse de los apegos emocionales de mi carne para hacerme traicionar a Dios. Definitivamente, no podía caer en el engaño de Satanás. Enseguida, oré en silencio a Dios, sabiendo que los asuntos de mis padres dependían de Él y estaban completamente en Sus manos. Los encomendé al supremo poder de Dios y me decidí a mantenerme firme en Su testimonio. Con determinación, le dije: “Gracias por tus buenas intenciones; aprecio tu amabilidad. Sin embargo, no sé nada sobre los asuntos de la Iglesia”. Al ver que su plan había fallado, este policía malvado de pronto mostró su verdadero rostro y se enfureció. Me señaló con el dedo y gritó perniciosamente: “¡Entonces, espera aquí a morir!” y, luego, se fue. Alrededor de las dos de la tarde, vinieron tres o cuatro policías. Me levantaron de la silla y me arrastraron del cuello de la camisa hasta la entrada, donde me esposaron y me colgaron de una viga. Finalmente, comentaron con sarcasmo: “Anda, tómate tu tiempo y ‘disfruta’”, y se fueron. No podía tocar el suelo con ambos pies al mismo tiempo; si lo tocaba con un pie, me obligaba a levantar el otro. Mis movimientos corporales hacían que las esposas me pellizcaran la piel, y eso era extremadamente doloroso. Casi una hora después, los policías malvados regresaron después de atiborrarse de comida y bebida. Con una sonrisa siniestra, me preguntaron cómo me sentía. Para ese momento, debido al dolor, mis pantalones de algodón y mi camisa estaban empapados en sudor y, cuando me bajaron, mis manos estaban tan hinchadas que parecían hogazas de pan y estaban completamente adormecidas. Esta pandilla de policías malvados eran verdaderamente despiadados e inmisericordes. Los odié de pies a cabeza y también tuve una clara visión de la maldad y crueldad del Gobierno del PCCh. Eran una pandilla de demonios que se resistían a Dios y lo odiaban, y mi odio hacia este partido malvado crecía rápidamente.

Esa tarde, algo después de las siete, los policías malvados me metieron a mí y a cuatro hermanas en una patrulla para llevarnos a otro lugar. Todas las hermanas lucían pálidas; aparentemente, ellas también habían sufrido una crueldad similar. Nos animábamos mutuamente con miradas profundas de determinación. Cuando llegamos al centro de detención, los policías malvados sacaron a las cuatro hermanas del vehículo, pero a mí me dijeron que me quedara en el auto y pronto arrancamos nuevamente. Cuando les pregunté a dónde me llevaban, uno de los policías dijo con una mirada conspiradora: “Aunque no has revelado ningún tipo de información, sabemos que no eres un personaje menor en la Iglesia. No deseábamos ser malos anfitriones, así que queremos llevarte a que comas un ‘refrigerio de medianoche’ […]”. Como sabía que esta pandilla de policías villanos no tenía buenas intenciones, no me atreví a bajar la guardia ni por un instante. En silencio, seguí implorando a Dios que me diera fuerza y me protegiera para no traicionarlo. Poco después, me llevaron a la Brigada de Seguridad Nacional. Me recibieron dos animales corpulentos, quienes me llevaron a una sala de interrogatorios. Cuando vi todos los instrumentos de tortura tirados en el piso como tigres silenciosos y voraces, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. En ese instante, uno de los policías malvados me gritó: “He sabido que eres un tanto obstinado. Pues bien, ¡nos encanta masticar a los huesos tercos como tú!” Tan pronto dijo esto, dos policías malvados se me abalanzaron, corriendo mientras me gritaban. Me tomaron por las orejas y me jalaron con todas sus fuerzas. Bajo la tenue luz, vi un par de rostros malévolos y perversos y mi corazón comenzó a latir de forma incontrolable. En ese momento, escuché a otro policía malvado reírse a los gritos y decir: “Qué mala suerte que te hayas cruzado por mi camino hoy. Muy bien, comencemos dándote una ducha”. Cuando dijo esto, me sujetaron y me desgarraron toda la ropa. Me quedé ahí, completamente desnudo, sobre el gélido piso; todo mi cuerpo temblaba y los dientes me castañeteaban. El policía malvado jaló un tramo de manguera, lo apuntó directo hacia mí y abrió la llave. Al cabo de un segundo estaba siendo golpeado por un chorro helado de agua. Fue insoportablemente doloroso, como si me estuvieran quitando la piel con un cuchillo; simplemente sentí que la sangre que corría por todo mi cuerpo se congelaba. Al siguiente instante, no pude sentir nada. Mientras me empapaban, los policías malvados siguieron amenazándome a gritos: “Si sabes lo que es bueno para ti, entonces apresúrate a hablar; si no lo haces, ¡no vivirás para ver el amanecer!”. Forzándome a soportar esta agonía, bajé la cabeza y no dije nada. Uno de los policías malvados rechinó los dientes y me dijo que iba a calentarme, lo cual significaba que me electrocutaría. Para ese momento, me habían atormentado tanto que no me quedaba un solo gramo de fuerza. Sentí como si la muerte se estuviera acercando paso a paso y apelé a Dios desesperadamente: “¡Dios! Soy demasiado insignificante como para hacer algo por Ti, pero hoy quiero usar mi muerte para humillar a Satanás. Todo lo que Te pido es que protejas mi corazón para que jamás me aleje de Ti y para que no Te traicione”. Los policías me abrieron la boca por la fuerza y me metieron un trapo húmedo; el otro extremo estaba conectado a un cable de electricidad. Colocaron un extremo del cable en mi oreja y luego quien sostenía el interruptor lo encendió. De repente, sentí que toda la sangre del cuerpo se me fue a la cabeza y que mi cabeza estaba a punto de explotar. Fue algo tan atroz que sentí que los ojos me iban a estallar; cada uno de los nervios de mi cuerpo se sacudía y parecía que estaban a punto de partirse en dos. Al verme con tanto dolor, esta pandilla de policías malvados simplemente rio a carcajadas. Al siguiente instante, me desmayé. Poco después, me despertaron con una cubetada de agua fría. Cuando recuperé la conciencia, el trapo seguía en mi boca. Uno de los policías soltó una risa de satisfacción de una forma desagradable y preguntó: “¿A qué sabe? Si quieres decir algo, simplemente asiente con la cabeza”. En ese momento, recordé un pasaje de la palabra de Dios: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fortalecieron mi determinación de elegir mantenerme firme en el testimonio en lugar de inclinarme ante Satanás. Pensé: “Hagan lo que quieran. Después de todo, solo tengo esta vida; en el peor de los casos, moriré, ¡pero no piensen ni por un segundo que lograrán sacarme algo!” No le respondí al policía; simplemente cerré los ojos y me negué a mirarlo. Esta acción enfureció al policía malvado y me aplicó otra oleada de electricidad, solo que, esta vez, la corriente eléctrica fue todavía más fuerte que la anterior. Clamé en silencio a Dios: “¡Dios! ¡Sálvame! ¡Ya no puedo soportar más!” En ese momento, ante mis ojos apareció una imagen vívida de la crucifixión del Señor Jesús: los feroces soldados clavaban un enorme clavo en la palma de la mano del Señor, perforándole la piel, atravesándole el hueso… El sufrimiento del Señor Jesús hizo que mi corazón sufriera infinitamente y no pude más que romper en llanto. Oré a Dios en mi corazón: “¡Dios! Tú eres santo; Tú no tienes pecado. Sin embargo, para salvar a la humanidad, te entregaste a esos rufianes y permitiste que te clavaran en la cruz y te sacaran hasta la última gota de sangre para redimir a los humanos. Dios, soy una persona extremadamente corrupta; un objeto que debe ser destruido. He aceptado Tu salvación y soy muy afortunado por haber experimentado Tu obra, así que debo ofrecerme a Ti. Dios, sé sin la menor sombra de duda que Tú estás a mi lado en este momento y me acompañas en mi sufrimiento. Siempre me has amado y has invertido energía en mí. Estoy dispuesto a ofrecer todo lo que soy para satisfacerte de modo que ya no tengas que sufrir por mí ni preocuparte por mí jamás”. En ese momento, los dos policías malvados dejaron de electrocutarme. Cuando vi que Dios se había compadecido de mí en mi debilidad, ¡mi corazón rebozó de gratitud hacia Él! Después de eso y, a pesar de que los policías no dejaron de lastimarme, ya no sentía ningún dolor. Sabiendo que Dios me protegía y había cargado con mi sufrimiento, me sentí profundamente conmovido por Su amor y continuamente rodaban lágrimas por mis mejillas. Posteriormente, uno de los policías vino, me miró y le dijo a esos dos policías malvados: “Es suficiente; lo han golpeado hasta dejarlo sin sentido, y no habla. Estoy seguro de que no sabe nada”. Solo así dejaron de torturarme. Yo sabía que todo esto era parte de la maravillosa orquestación y arreglos de Dios; Dios no había permitido que esta pandilla de demonios terminara con mi vida y había movilizado a alguien para que viniera y los detuviera. Con gran sinceridad aprecié el amor de Dios.

Como estaba golpeado, los policías malvados no me interrogaron más y, alrededor de la medianoche, me llevaron al centro de detención. Un funcionario de prisiones me llevó a una celda donde había más de 30 detenidos y, cuando abrió la puerta para meterme, lo oí reírse maliciosamente e instruyó al cabecilla de los prisioneros: “Dentro de un rato, reprímelo; no hagas demasiado ruido”. El cabecilla de los prisioneros me miró de arriba abajo, con una sonrisa de superioridad, y le dijo al funcionario de prisiones: “¡No se preocupe!”. Antes de que yo pudiera reaccionar, la expresión del cabecilla de los prisioneros se volvió oscura y ordenó a los demás en un tono bajo y amenazante: “Lo mismo de siempre, hermanos. ¡Agárrenlo!” Todos los prisioneros se pusieron de pie y me miraron como un tigre que observa a su presa, lo cual hizo que se me pusieran los pelos de punta. En cuanto el cabecilla de los prisioneros ondeó la mano, todos se abalanzaron sobre mí como una manada de lobos hambrientos. Me tiraron al piso, me arrancaron toda la ropa y comenzaron a azotarme con toda su fuerza usando las suelas de sus zapatos. Al final, me golpearon tanto que me desmayé. No fue sino hasta las seis de la mañana del día siguiente que recuperé la conciencia. Observé que me habían puesto en una esquina; todo mi cuerpo estaba tan hinchado que no podía ponerme nada de ropa. Y así fue como me quedé seis días seguidos en un catre con todo el cuerpo muy lastimado y golpeado. Además, el interior de mi boca había quedado chamuscado debido a la electrocución que me aplicaron los policías malvados al punto de que todo el tejido se había necrosado y me dolía tanto que no podía deglutir ni un trozo de comida siquiera. Como temían que mi muerte les provocara problemas, los funcionarios de prisiones enviaron por turnos a los demás prisioneros para darme de comer sopa de verduras.

Una vez que mis heridas habían sanado un poco, los policías malvados provocaron a los prisioneros para que retomaran su acoso y maltrato. Cada mañana, muy temprano, me hacían recitar los reglamentos de la cárcel; si me equivocaba, me golpeaban. También me ponían a limpiar y a lavar la ropa de los prisioneros adinerados. Si cometía el más mínimo error, me pegaban y pateaban. Sabían que creía en Dios, así que, solo para exasperarme, a menudo y deliberadamente decían un montón de cosas frente a mí que eran blasfemias contra Dios; también me humillaban con palabras, diciéndome: “¿Acaso las personas que creen en Dios no sienten ningún dolor cuando reciben una golpiza? Y ¿acaso no pueden trabajar sin sentirse cansados? No te preocupa cuánto sufras, ¿o sí?” Para atormentarme, me forzaron a dragar la letrina con la mano, lo cual era tan asqueroso que me hacía querer vomitar; incluso me hicieron limpiar las losetas del piso con mi cepillo de dientes e intencionadamente lanzaban mis rollos de pan al vapor al inodoro. Cuando el funcionario de prisiones llegaba a inspeccionar la celda para ver qué tan limpia estaba, se quitaba los zapatos y caminaba en círculos con los calcetines blancos puestos. Si descubría cualquier mancha, me propinaba una paliza. […] Al enfrentar toda esta tortura interminable por parte de los policías malvados y esos prisioneros, me sentí completamente débil y muy deprimido. Comencé a sentir que sería mejor morir que seguir viviendo así. Mientras me encontraba en lo más profundo de mi debilidad y sufrimiento, las palabras de Dios me brindaron la fe y la motivación para seguir viviendo. Recordé que Él dijo: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Debido a esta leve aflicción, que sólo dura un instante, funciona para nosotros como la relevancia de la gloria cada vez más superior y eterna’. En el pasado, todos habéis oído esta sentencia, sin embargo, nadie comprendió su verdadero significado. Hoy en día, conocéis bien el verdadero significado que posee. Estas palabras reflejan lo que Dios logrará en los últimos días. Y serán cumplidas en aquellos cruelmente afligidos por el gran dragón rojo en la tierra donde este se encuentra. El gran dragón rojo persigue a Dios y es el enemigo de Dios, por lo que, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y persecución. Es por ello que estas palabras se volverán ciertas en vuestro grupo de personas” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me enseñaron que poder sufrir humillaciones y torturas debido a mi creencia era una señal de que Dios había hecho una excepción y me había exaltado: ¡era un gran honor para mí! Sin embargo, yo era cobarde y no tenía fortaleza moral; como había sufrido cierto dolor físico y había sido ligeramente humillado, había perdido mi fe en Dios y no estaba dispuesto a mantenerme firme en el testimonio para retribuir el amor de Dios por medio del sufrimiento. Dios había pagado un precio enorme para salvarme; entonces, ¿cómo podía retribuirle de esta manera? ¿Cómo podía ir contra mi conciencia de esta forma y responder con semejante negatividad? ¡No sería así! Definitivamente, no sería un enclenque sumiso; definitivamente, ¡no podía avergonzar el nombre de Dios! Acto seguido, oré a toda prisa a Dios: “Dios, te agradezco por esclarecerme y hacerme comprender el significado del sufrimiento. En aras de Tu honor, estoy dispuesto a soportar todo tipo de sufrimiento; deseo satisfacerte aun si eso significa pasar el resto de mi vida en prisión. Todo lo que pido es que permanezcas conmigo, me esclarezcas y me guíes, y me permitas mantenerme firme y dar un testimonio rotundo de Ti a lo largo del tormento de Satanás”. Después de orar, me sentí completamente vigorizado y tuve el valor de enfrentar ese entorno tan adverso.

Unas semanas después, los policías malvados regresaron a interrogarme; dijeron que no era demasiado tarde para que cooperara con ellos y me amenazaron con que, si no lo hacía, las cosas se pondrían mucho más difíciles para mí en los próximos días. Tras haber pasado por unas pocas sesiones de tortura salvaje, yo ya había vislumbrado su esencia demoniaca y los odiaba hasta la médula. Así pues, sin importar cuánto me tentaran, me amenazaran y me intimidaran, mi fe no flaqueó ni un milímetro. Posteriormente, comenzaron a interrogarme una vez cada 15 días hasta que, finalmente, al ver que en verdad no obtendrían ninguna información de mí, me sentenciaron a dos años de reeducación por medio del trabajo acusado de “alteración del orden público y participación en reuniones ilegales”.

El 24 de febrero de 2006, me enviaron a un campo de trabajos forzados. Debido a mi creencia en Dios, me habían etiquetado como un “delincuente político”, y los guardias de la prisión deliberadamente me asignaron a la fábrica de ladrillos más dura, más agotadora y más peligrosa para llevar a cabo mi trabajo de reformación. El trabajo consistía en quitar los ladrillos cocidos de los hornos, dentro de los cuales la temperatura era de, al menos, 300 °C (572 °F). Por las mañanas, la temperatura estaba el mínimo, pero aún era de más de 100 °C (212 °F). A pesar de que teníamos que trabajar a temperaturas tan altas, los guardias no nos equipaban con ningún tipo de ropa de trabajo resistente al calor. Los cascos de seguridad que llevábamos puestos se derretían después de tan solo dos minutos de estar en el área de hornos y, para evitar quedar escaldados, teníamos que contener la respiración mientras entrábamos y salíamos corriendo tan rápido como podíamos. Como no contábamos con botas resistentes al calor, cuando entrábamos al área de hornos teníamos que alternar entre un pie y el otro para sostenernos; si no teníamos cuidado, se nos hacían ampollas en los pies debido a las quemaduras. Los prisioneros nuevos no estaban acostumbrados a esto; después de entrar, no podían permanecer por más de cinco segundos dentro antes de salir corriendo. El capitán de nuestro equipo organizó a los líderes del grupo para que cada uno fuera provisto con un tubo de PVC lleno de arena; quien saliera corriendo era golpeado con el tubo. Aunque este tipo de tubos no eran lo suficientemente duros para romperte un hueso, provocaban fuertes magulladuras superficiales. Los convictos los apodaban los “besos ocultos”. Cuando entrábamos en el área de hornos, no nos atrevíamos a respirar; inhalar era como meter fuego a nuestras fosas nasales. Después de quitar algunos ladrillos teníamos que arrastrar rápidamente las carretillas y salir, y si una de las llantas explotaba, no solo nos castigaban, sino que se añadía tiempo a nuestra sentencia, y nos atribuían los delitos de “destrucción de equipo de producción y resistencia a la reformación”. Como convictos, nuestra tarea diaria consistía en llenar 115 carretillas repletas de ladrillos grandes y 95 llenas de ladrillos pequeños. Bajo semejante calor, esta tarea resultaba imposible de completar, pero los guardias nunca te preguntaban por qué no habías podido llevarla a cabo; simplemente te preguntaban por qué tenías sentimientos antagonistas hacia el trabajo. Como trabajar en el calor me hacía sudar mucho, terminé con una severa deficiencia de potasio. Varias veces caí inconsciente al piso, así que me arrojaban hacia la parte alta de la pared del horno para que me enfriara por unos minutos. Cuando despertaba, me hacían beber un vaso de agua salada y me obligaban a regresar a trabajar. Esta fue la primera vez que probé lo que significaba llegar a mi límite, lo que implicaba una adversidad insoportable y lo que se sentía querer morir en lugar de seguir vivo. En este lugar, a nadie le preocupaba si vivías o morías; al capitán del equipo solo le preocupaba si su grupo había finalizado su trabajo o no. Si lo había logrado, no decía nada, y, si no, tampoco decía nada y simplemente señalaba la puerta del horno y luego se iba. Después de eso, el líder del grupo llamaba a cualquier persona que no hubiera terminado su trabajo para que se parara en el área del horno y recibiera una paliza; una vez que caía al piso, quedaba tan quemado por el suelo ardiente que le salían ampollas en toda la piel. Además, tenían que llenar otras 20 carretillas de ladrillos cada día, y no podían parar hasta clamar por misericordia. Al enfrentarme con este tipo de ambiente, me sentí muy débil; unos cuantos días de tortura parecían un viaje por el infierno. En mi mente, dos años me parecían un tiempo muy largo, ciertamente. No sabía cómo podría aguantar todo ese tiempo y me preocupaba que los policías malvados fueran a golpearme hasta matarme o que me chamuscara hasta morir en el calor extremo. Cuanto más pensaba acerca de mis posibilidades, más atrapado me sentía; sentía que, en verdad, no podría soportar estar en esta prisión demoniaca por más tiempo, así que pensé en morir. A partir de ese momento, todos los días buscaba oportunidades de “ser liberado”.

Un día, al fin, mi oportunidad llegó. Justo cuando un camión lleno de ladrillos se marchaba, me lancé de cabeza debajo de él. Sin embargo, las llantas del vehículo se detuvieron repentinamente a unos cuantos centímetros de mí; resulta que el camión se había descompuesto. Unos convictos me sacaron y el jefe de los funcionarios de prisiones dijo que yo me estaba negando a aceptar la disciplina y no estaba dispuesto a cambiar mis viejos hábitos. Luego comenzó a castigarme. Me metieron un bastón eléctrico chispeante por el frente de la camisa y me dolió tanto que caí al piso con fuertes convulsiones. Después de eso, me esposaron las manos en la espalda a un poste de teléfono y me golpearon sin piedad con bastones eléctricos. Después de la cena, me sometieron a castigo público para reeducarme y “corregir” mi ideología. […] Este sufrimiento y tormento interminables me hicieron sentir un grado extremo de terror, desesperación e impotencia. Justo cuando luchaba con la pregunta de cómo podría seguir viviendo, surgió en mi mente un pasaje de las palabras de Dios: “Independientemente de cómo te refine Dios, te mantienes lleno de confianza y nunca pierdes la confianza en Él. Haz lo que el hombre debería hacer. Esto es lo que Dios exige del hombre, y su corazón debería ser capaz de regresar por completo a Él y acudir a Él en cada momento. Esto es un vencedor. Aquellos a los que Dios alude como vencedores son los que siguen siendo capaces de mantenerse como testigos, de conservar su confianza, y su devoción a Dios cuando están bajo la influencia de Satanás y bajo su asedio, es decir, cuando están entre las fuerzas de las tinieblas. Si sigues siendo capaz de mantener un corazón puro y tu amor genuino por Dios pase lo que pase, te mantienes como testigo ante Él, y esto es a lo que Él se refiere como ser un vencedor” (‘Debes mantener tu lealtad a Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios trajeron un rayo de luz y calidez a mi corazón, justo cuando estaba a punto de abandonar toda esperanza. Era cierto; al final, Dios quería formar un grupo de vencedores que fueran capaces de mantener la fe y la devoción a Él en cualquier entorno adverso, vivieran de acuerdo con Sus palabras y, finalmente, dieran un testimonio sólido y rotundo de Dios ante Satanás. La razón por la que Satanás había utilizado todas las formas posibles para atormentarme y herirme fue que deseaba aprovecharse de mi debilidad y me atacaba mientras yo estaba triste y me forzaba a traicionar a Dios, ¡pero yo no podía convertirme en un símbolo de la humillación de Dios! El amor de Dios por mí era muy real y práctico; cuando me encontraba en mi punto más débil y anhelaba la muerte, Dios seguía cuidándome en secreto, protegiéndome y manteniéndome con vida. Sin importar cuán debilitado estuviera yo, Él jamás había tenido la más mínima intención de abandonarme; Su amor por mí había permanecido constante desde el principio y seguía esclareciéndome, guiándome y ayudándome a encontrar la forma de salir del dolor. Definitivamente, yo no podía decepcionar a Dios ni herir Sus sentimientos. Estaba agradecido por la guía de Dios, que nuevamente me había permitido detectar los engaños de Satanás y regresar del borde de la muerte. No pude más que cantar un himno: “Entregaré mi amor y lealtad a Dios y cumpliré con mi misión para glorificarlo. Estoy decidido a mantenerme firme en el testimonio de Dios y a no rendirme jamás a Satanás. ¡Oh! Tal vez me parta la cabeza y corra la sangre, pero el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás. Dios predestina el dolor y las penalidades; soportaré la humillación para serle fiel. Dios nunca volverá a derramar una lágrima ni a preocuparse por mi culpa” (‘Deseo ver el día en que Dios gane la gloria’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

Una vez que me sometí y estuve dispuesto a soportar todo el sufrimiento para satisfacer a Dios, Él abrió una salida para mí: como el capitán del equipo era iletrado, me hizo ayudarle a llenar sus informes y, a partir de ese momento, ya no tuve que hacer mucho trabajo de acarreo de ladrillos. Tiempo después, una hermana de la Iglesia de la tercera edad vino a visitarme. Colocó mis manos en las suyas y dijo con lágrimas: “Hijo, has sufrido. Tus hermanos y hermanas están muy preocupados por ti y todos oramos por ti diariamente. Debes permanecer fuerte y no inclinarte ante Satanás. Debes permanecer firme y dar testimonio de Dios. Todos estamos esperando que vuelvas a casa”. En este frío y despiadado infierno humano, además de las palabras consoladoras de Dios, no había escuchado una sola palabra de calidez de ninguna alma. Cuando escuché estas amables palabras de mis hermanos y hermanas –palabras que escuchaba a menudo hace mucho tiempo–, eso me dio un enorme consuelo y aliento. Durante mucho tiempo después, me sentí estimulado por el amor de Dios, mucho más relajado y tenía un cierto brío en mi forma de caminar mientras trabajaba. De todo el tiempo que estuve en prisión, esos días fueron los que más rápido pasaron. Esto ocurrió especialmente en mis últimos cuatro meses. Siempre me formaba en primer lugar para escuchar el anuncio mensual de la lista de nombres de convictos cuyas sentencias habían sido reducidas. En meses pasados, esta lista de nombres solo había incluido a los cabecillas de los prisioneros y líderes de equipos; los convictos que no tenían poder o dinero habían quedado fuera. Era todavía menos probable que un cristiano como yo, a quien el Gobierno del PCCh había etiquetado como “delincuente político”, pudiera recibir tal trato. Por esta razón, los otros prisioneros siempre me rodeaban y me preguntaban “¿cómo lo hiciste?” Cada vez que esto ocurría, daba gracias a Dios en lo profundo de mi corazón porque yo sabía que esto era resultado de Su enorme misericordia hacia mí; fue el amor de Dios lo que me dio fuerza.

El 7 de septiembre de 2009 fui puesto bajo libertad condicional anticipada. Poco después, regresé a la Iglesia y retomé la vida religiosa y, una vez más, me uní a las filas de quienes difunden el evangelio. Después de pasar por esta época de adversidades, me volví más determinado y maduro que antes y valoré todavía más la oportunidad de cumplir con mi deber. Como había visto el verdadero rostro de la resistencia del Gobierno del PCCh a Dios y su crueldad hacia las personas, tuve una percepción aún más profunda de cuán preciosa es la salvación de Dios. Si Dios no hubiera venido en persona, en la carne, para llevar a cabo la obra de traer la salvación a la humanidad, todos los que viven bajo el campo de acción de Satanás serían arrasados y engullidos por él. A partir de ese momento, cuandoquiera que llevaba a cabo mi deber, mi actitud era completamente distinta a como había sido en el pasado; sentí que la obra de difundir el Evangelio y salvar el alma de las personas era extremadamente importante y quise dedicar toda mi lealtad y gastar toda mi energía por el resto de mi vida en llevar a más personas ante Dios. Quise que ellos también despertaran del velo de confusión y el engaño de este gobierno ateo, que aceptaran el suministro de vida de Dios y que obtuvieran Su salvación. Cuando miro atrás y veo esos muy largos dos años de encarcelamiento, sé que Satanás intentó utilizar, en vano, su abuso tiránico para obligarme a traicionar a Dios. Sin embargo, Dios utilizó ese ambiente cruel para aumentar mi fe, mi lealtad y mi sumisión a Él, purificando mi amor hacia Él y permitiéndome comprender la sabiduría y la omnipotencia de Dios, además de obtener una apreciación profunda del hecho de que Dios es la salvación de la humanidad ¡y que Él es amor! ¡De mi corazón brotaron adoración y alabanza infinitas hacia Dios!

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