Pasar la flor de la juventud en la cárcel

7 Feb 2021

Por Chenxi, China

Todo el mundo dice que la flor de la juventud es el momento más espléndido y puro de la vida. Quizás para muchos, esos años están llenos de bonitos recuerdos, pero lo que nunca habría esperado era pasar la flor de mi propia juventud en un campo de trabajos forzados. Esto podría hacer pensar que soy extraña, pero no me arrepiento de ello. Aunque ese tiempo tras los barrotes estuvo lleno de amargura y lágrimas, fue el regalo más valioso de mi vida, y gané mucho de él.

Un día de abril de 2002, me hospedaba en la casa de una hermana cuando ocurrió el arresto. A la 1 de la madrugada, de repente nos despertaron unos golpes fuertes y urgentes en la puerta. Oímos a alguien gritando fuera: “¡Abrid la puerta! ¡Abrid la puerta!”. Tan pronto como la hermana la abrió, varios agentes de policía bruscamente abrieron la puerta de un golpe y entraron en tropel, diciendo con hostilidad: “Somos de la Oficina de Seguridad Pública”. Oír estas cuatro palabras, “Oficina de Seguridad Pública”, me puso nerviosa inmediatamente. ¿Estaban aquí para arrestarnos por nuestra creencia en Dios? Yo había oído acerca de algunos hermanos y hermanas detenidos y perseguidos por su fe; ¿podía ser que esto me estuviera pasando ahora a mí? Justo entonces el corazón me empezó a latir desenfrenadamente, y en mi pánico, no sabía qué hacer. Por tanto, oré apresuradamente a Dios: “Dios, te imploro que estés conmigo. Dame fe y valor. Pase lo que pase, siempre estaré dispuesta a mantenerme firme en el testimonio por Ti. También te suplico que me des Tu sabiduría y me concedas las palabras que debo decir y, por favor, protégeme y no dejes que te traicione a Ti y venda a mis hermanos y hermanas”. Después de orar, mi corazón se calmó poco a poco. Vi a los cuatro o cinco policías malvados revolviendo toda la casa como bandidos, buscando por las sábanas, por cada armario y caja, e incluso lo que había debajo de la cama, hasta que finalmente encontraron algunos libros de las palabras de Dios, así como varios CD de himnos. Entonces nos llevaron a la comisaría. Cuando llegamos, varios policías corpulentos entraron después de nosotras y se pusieron a mi derecha e izquierda. El líder del grupo de policías malvados me gritó: “¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Cuántos sois en total?”. Acababa de abrir la boca y estaba en medio de mi respuesta cuando arremetió contra mí y me abofeteó dos veces en la cara. Me quedé en silencio aturdida. Me pregunté: “¿Por qué me has pegado? Ni siquiera terminé de responder. ¿Por qué estás siendo tan duro e incivilizado, completamente diferente de cómo había imaginado que era la Policía del Pueblo?”. Después, prosiguió preguntándome qué edad tenía, y cuando contesté honestamente que tenía diecisiete años, me abofeteó dos veces de nuevo y me reprendió por decir mentiras. Tras eso, dijera lo que dijera, me daba indiscriminadamente golpe tras golpe en la cara hasta el punto en que mi rostro ardía de dolor. Recordé haber oído a los hermanos y hermanas decir que intentar razonar con estos policías brutales no funcionaría. Tras haberlo experimentado por mí misma, no pronuncié ni una sola palabra independientemente de lo que me preguntaran. Cuando vieron que yo no hablaba, me gritaron: “¡Perra! ¡Te daré algo en lo que pensar! ¡De lo contrario no nos darás una versión cierta!”. Dicho esto, uno de ellos me dio dos puñetazos fuertes en el pecho, provocando que yo me tambaleara y me cayera al suelo con todo el peso de mi cuerpo. Después me pateó con fuerza un par de veces y estiró de mí para que me levantara, gritándome que me arrodillara. No obedecí, por lo que me dio varias patadas en las rodillas. La ola de dolor intenso que me recorrió el cuerpo me obligó a caer de rodillas en el suelo con un fuerte golpe. Me agarró por el pelo y empujó con fuerza hacia abajo, y después estiró de repente de mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirar hacia arriba. Me insultó mientras seguía golpeándome la cara un par de veces, y mi única sensación era que el mundo daba vueltas. En ese momento, caí al suelo. Justo entonces, el jefe de los policías malvados detectó de repente el reloj en mi muñeca. Lo miró con codicia, y gritó: “¿Qué llevas ahí?”. Inmediatamente, uno de los policías me agarró de la muñeca, me quitó el reloj a la fuerza y se lo dio a su “señor”. Uno de los brutales policías me agarró por el cuello como si estuviera agarrando a un pollito, y me levantó del suelo para gritarme: “Oh, te crees muy dura, ¿no? ¡Esto es lo que te pasa por quedarte callada!”. Cuando dijo esto, me golpeó con furia dos veces más, y de nuevo me pegaron hasta dejarme en el suelo. Por entonces, sentía un dolor insoportable por todo el cuerpo y ya no tenía fuerzas para luchar. Simplemente me quedé en el suelo tumbada con los ojos cerrados, sin moverme. En mi corazón, supliqué a Dios con urgencia: “Dios mío, no sé qué actos más salvajes me va a hacer esta banda de policías malvados. Sabes que soy pequeña de estatura, y que soy débil físicamente. Te imploro que me protejas. Preferiría morir a ser una Judas y traicionarte”. Después de esta oración, Dios me concedió fe y fuerza. Preferiría morir antes que ser una Judas por traicionar a Dios y vender a mis hermanos y hermanas. Decididamente, daría un firme testimonio de Dios. Justo entonces, oí a alguien cerca de mí decir: “¿Cómo es que ya no se mueve? ¿Está muerta?”. Después de eso, alguien me pisó intencionadamente la mano y me la aplastó con fuerza mientras gritaba ferozmente: “¡Levántate! Vamos a llevarte a otro sitio”.

Más tarde, me escoltaron hasta la Oficina de Seguridad Pública del Distrito. Cuando llegamos a la sala de interrogatorios, el líder de esos policías malvados y dos secuaces me rodearon e interrogaron repetidamente, caminando de un lado a otro delante de mí e intentando obligarme a vender a los líderes de la iglesia y a los hermanos y hermanas. Cuando vieron que no iba a darles las respuestas que querían oír, los tres se turnaron para abofetearme una y otra vez. No sé cuántas veces me pegaron; todo lo que podía oír era el sonido de los golpes que me daban en la cara, un sonido que parecía resonar en el completo silencio de la madrugada. Con las manos doloridas ya, los malvados policías empezaron a pegarme con libros. Me golpearon hasta que al final yo ya ni siquiera podía sentir el dolor; tenía la cara hinchada y entumecida. Finalmente, al ver que no iban a sacar ninguna información valiosa de mí, los brutales policías sacaron una agenda telefónica y, satisfechos, dijeron: “Encontramos esto en tu bolso. ¡Aunque no nos digas nada, tenemos otro as en la manga!”. De repente, me sentí muy angustiada: si alguno de los hermanos o hermanas contestaba el teléfono, ello podría llevar a su arresto. También podría implicar a la iglesia, y las consecuencias podrían ser desastrosas. Justo entonces, recordé un pasaje de las palabras de Dios: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Hay algo que no esté en Mis manos?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). “Así es”, pensé para mis adentros. “Todas las cosas y todos los sucesos se deben a las disposiciones y arreglos de Dios. Incluso que una llamada telefónica pueda o no hacerse es decisión de Dios por completo. Estoy dispuesta a depender de Dios, confiar en Él y someterme a Sus orquestaciones”. Por tanto, le oré repetidamente, y le imploré que protegiera a estos hermanos y hermanas. Como consecuencia, llamaron a esos números de teléfono, y en algunas llamadas nadie contestó, mientras que, en otras, ni siquiera hubo tono de llamada. Al final, soltando maldiciones por su frustración, los malvados policías tiraron la agenda sobre la mesa y dejaron de intentarlo. No pude evitar expresar mi agradecimiento y alabanza a Dios.

Sin embargo, no se habían rendido, y siguieron interrogándome sobre los asuntos de la iglesia. No contesté. Agitados y exasperados, tuvieron una idea aún más despreciable para intentar hacerme sufrir: uno de los malvados policías me obligó a quedarme en una posición medio en cuclillas y mantener los brazos extendidos a la altura de los hombros, sin permitir que me moviera en absoluto. Pronto, las piernas me empezaron a temblar y no podía mantener más los brazos extendidos, y mi cuerpo comenzó a levantarse involuntariamente. El policía agarró una barra de hierro y me miró como un tigre acechando a su presa. Tan pronto como me levanté me golpeó brutalmente en las piernas, provocándome tanto dolor que casi caí de nuevo de rodillas. A lo largo de la siguiente media hora, cada vez que se me movían las piernas o los brazos lo más mínimo, me pegaba inmediatamente con la barra. No sé cuántas veces lo hizo. A causa de haberme mantenido en una posición medio en cuclillas durante tanto tiempo, las piernas se me hincharon mucho y me dolían de forma insoportable como si estuvieran fracturadas. Conforme pasaba el tiempo, las piernas me temblaban más y los dientes me castañeteaban sin parar. En ese momento, parecía que me fueran a fallar las fuerzas. Sin embargo, los malvados policías solo se burlaban de mí y me ridiculizaban, me miraban con desdén y se reían mofándose constantemente de mí, como personas que intentan cruelmente que un mono haga trucos. Cuanto más miraba sus rostros feos y despreciables, más odio sentía por estos perversos policías. Recordé las palabras de Dios: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Entonces, de repente, me puse de pie y les dije en voz alta: “No me pondré más en cuclillas. ¡Adelante, senténcienme a muerte! ¡Hoy no tengo nada que perder! Ni siquiera tengo miedo a morir, ¿cómo iba a tener miedo de ustedes? ¡Tan grandes como son, parece que solo saben cómo acosar a una pequeña chica como yo!”. Para sorpresa mía, después de decir yo esto, el grupo de policías malvados gritó algunas maldiciones más y después dejó de interrogarme.

Esta pandilla de policías malvados me había atormentado la mayor parte de la noche; cuando pararon ya era de día. Me hicieron firmar con mi nombre y dijeron que iban a arrestarme. Después de eso, un policía anciano, fingiendo ser amable, me dijo: “Señorita, mira; eres tan joven —en la flor de tu juventud—, es mejor que te apresures y nos cuentes todo lo que sabes. Te garantizo que haré que te liberen. Si tienes algún problema, no dudes en decírmelo. Mira; tu rostro se ha hinchado como una hogaza de pan. ¿No has sufrido suficiente?”. Al oírle hablar de esa manera, me di cuenta de que estaba tratando de inducirme a hacer algún tipo de confesión. También recordé algo que los hermanos y hermanas habían dicho durante las reuniones: con el fin de conseguir lo que quisieran, los policías malvados usarían la zanahoria y el palo y recurrirían a toda clase de trucos para engañar a la gente. Al pensar en esto, respondí al anciano policía: “No finja ser una buena persona; todos ustedes forman parte del mismo grupo. ¿Qué quieren ustedes que yo confiese? Lo que están haciendo es arrancar una confesión. ¡Esto es un castigo ilegal!”. Al oír esto, puso una expresión inocente y argumentó: “Pero no te he golpeado ni una sola vez. Ellos son quienes lo han hecho”. Me sentí agradecida por la dirección y la protección de Dios, que me permitió prevalecer una vez más sobre la tentación de Satanás.

Después de salir de la Oficina de Seguridad Pública del Distrito, me encerraron enseguida en el centro de detención. Tan pronto como entramos por la puerta principal, vi que el lugar estaba rodeado por muros muy altos con alambre de espino electrificado encima, y en las cuatro esquinas había lo que parecían torres de vigilancia, en las que hacían guardia policías armados. Todo parecía muy siniestro y terrible. Después de pasar por puerta de hierro tras puerta de hierro, llegué a la celda. Cuando vi las colchas deterioradas y cubiertas de sábanas, sobre el helado camastro, oscuras y sucias, y olí el hedor acre y nauseabundo que salía de ellas, no pude evitar sentir una ola de repugnancia atravesándome. A la hora de comer, solo daban a cada prisionero un pequeño bollo hervido que estaba rancio y medio crudo. Aunque había sido torturada por los policías durante media noche y no había comido nada, ver esta comida me hizo perder el apetito por completo. Por si fuera poco, tenía la cara muy hinchada de los golpes de los policías, y la sentía tirante como si estuviera envuelta con cinta. Me dolía incluso abrir la boca para hablar, no digamos ya para comer. En estas circunstancias, mi estado de ánimo era muy pesimista y me sentía muy agraviada. El pensamiento de que tendría que quedarme allí realmente y soportar una existencia tan inhumana me angustió tanto que derramé involuntariamente algunas lágrimas. La hermana que fue detenida conmigo me habló de las palabras de Dios y yo comprendí que Dios había permitido que cayera en este entorno y ahora me estaba probando para verificar si podía mantenerme firme en el testimonio. Él también estaba utilizando esta oportunidad para perfeccionar mi fe. Al darme cuenta de ello, dejé de sentirme agraviada y empecé a decidirme a soportar mi dificultad.

Pasaron dos semanas, y el jefe de esos policías malvados vino de nuevo a interrogarme. Al ver que permanecía tranquila y sosegada, sin ningún miedo en absoluto, gritó mi nombre y vociferó: “Dime la verdad: ¿dónde has estado detenida antes? Sin duda no es tu primera vez dentro; de lo contrario, ¿cómo podrías actuar de forma tan calmada y experimentada, como si no estuvieras asustada en absoluto?”. Cuando lo oí decir esto, no pude evitar dar gracias y alabar a Dios en mi corazón. Él me había protegido y dado valor, permitiéndome así hacer frente a estos malvados policías con absoluta audacia. Justo entonces, la ira afloró en mi corazón: están abusando de su poder persiguiendo a personas por sus creencias religiosas, y arrestan, acosan, e injurian sin razón a quienes creen en Dios. No se someten a ninguna ley, ya sea terrenal o celestial. Yo creo en Dios, y estoy recorriendo la senda correcta; no he quebrantado la ley. ¿Por qué tendría que tener miedo de ustedes? ¡No sucumbiré a las fuerzas malvadas de su banda! Entonces repliqué: “¿Piensan que todo lo demás es tan aburrido como para que yo quisiera venir realmente aquí? ¡Me han agraviado y maltratado! ¡Cualquier otro esfuerzo suyo para arrancarme una confesión o tenderme una trampa será inútil!”. Al oír esto, él se enojó tanto que parecía que le saliera humo de las orejas. Gritó: “Eres demasiado tozuda para decirnos nada. No hablarás, ¿verdad? Te voy a dictar una sentencia de tres años, y entonces veremos si te comportas. ¡Atrévete a seguir siendo tozuda!”. Por entonces, me sentía más que indignada. Contesté en alta voz: “Sigo siendo joven; ¿qué son tres años para mí? Estaré fuera de la cárcel en un abrir y cerrar de ojos”. En su ira, el malvado policía se levantó bruscamente y refunfuñó a sus lacayos: “Me rindo. Sigan adelante e interróguenla”. Después dio un portazo y se fue. Al ver lo ocurrido, los dos policías no me preguntaron nada más; solo terminaron de escribir una declaración para que yo la firmara y se fueron después. Presenciar la derrota de los policías malvados me hizo muy feliz y en mi corazón alabé la victoria de Dios sobre Satanás. Durante la segunda ronda de interrogatorios, cambiaron las tácticas. Tan pronto como entraron fingieron estar preocupados por mí: “Llevas aquí mucho tiempo. ¿Cómo es que no ha venido ninguno de tus familiares a verte? Deben de haberte abandonado. ¿Qué te parece si los llamas y les pides que vengan a visitarte?”. Oír esto me hizo sentirme mal y angustiada. Me sentí sola y desamparada. Sentía añoranza y echaba de menos a mis padres, y mi deseo de libertad se intensificaba más y más. Involuntariamente, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no quise llorar ante esta banda de policías malvados. En silencio, oré a Dios: “Dios mío, justo ahora me siento muy miserable y afligida, y estoy muy desamparada. Por favor, ayúdame. No quiero que Satanás vea mi debilidad. Sin embargo, ahora mismo no puedo comprender Tu voluntad. Te ruego que me esclarezcas y guíes”. Después de orar, me vino una idea a la cabeza: era una artimaña de Satanás; su intento de hacerme contactar con mi familia bien podría ser un truco para conseguir que trajeran un rescate y cumplir su intención de embolsarse algún dinero, o podrían saber que todos mis familiares creían en Dios y querían aprovechar esta oportunidad para arrestarlos. Estos policías malvados realmente no paraban de maquinar. De no haber sido por el esclarecimiento de Dios, yo podría haber telefoneado a casa. ¿No habría sido yo indirectamente una Judas? Por tanto, declaré a Satanás en secreto: “Diablo vil, simplemente no te permitiré tener éxito en tu engaño”. Después dije tranquilamente: “No sé por qué no han venido a verme mis familiares. ¡No me importa en absoluto cómo me traten!”. Los malvados policías no tenían más cartas que jugar. Después de eso, no me interrogaron de nuevo.

Pasó un mes. Un día, mi tío vino a visitarme de repente, y dijo que estaba intentando sacarme de allí, y que podría ser liberada unos días más tarde. Cuando salí de la sala de visitas, me sentí extremadamente feliz. Pensé que finalmente podría ver la luz del día de nuevo, así como a todos los hermanos, hermanas y seres queridos. Así que empecé a soñar despierta y esperar que mi tío llegara para sacarme. Cada día, mantenía mis oídos bien abiertos para escuchar la llamada de los guardias diciéndome que era el momento de marcharme. En efecto, una semana más tarde, vino un guardia llamando y sentí que el corazón se me salía del pecho. Llegué contenta a la sala de visitas. Sin embargo, cuando vi a mi tío, él agachó la cabeza. Pasó mucho tiempo antes de que dijera en un tono desanimado: “Ya han cerrado tu caso. Te han condenado a tres años”. Cuando oí esto, me quedé atónita y mi mente se quedó totalmente en blanco. Me las arreglé para contener las lágrimas. Era como si no pudiera oír nada de lo que mi tío dijo después de eso. Salí de la sala de visitas en trance y sentí como si tuviera los pies llenos de plomo, cada paso era más pesado que el anterior. No recuerdo cómo volví a mi celda. Cuando llegué allí, me desplomé. Pensé para mí: “Cada día del mes pasado, más o menos, de esta existencia inhumana me ha parecido un año; ¿cómo podré superar tres largos años de esto?”. Cuanto más me obcecaba con ello, más aumentaba mi angustia, y más borroso e insondable empezaba a parecer mi futuro. Incapaz de seguir conteniendo las lágrimas, rompí a llorar. Pensaba que como menor nunca sería condenada, o a lo sumo solo sería encerrada unos meses. Pensé que tendría que soportar un poco más de dolor y dificultades y aguantar un poco más, y entonces todo terminaría; nunca se me ocurrió que podría pasar tres años en prisión. En mi dolor, me presenté de nuevo ante Dios. Me abrí a Él, y dije: “Dios mío, sé que todas las cosas y acontecimientos están en Tus manos, pero ahora mismo mi corazón se siente completamente vacío. Siento que estoy a punto de derrumbarme; creo que me va a ser muy difícil soportar tres años de sufrimiento en la cárcel. Dios mío, te ruego que me reveles Tu voluntad, y te imploro que me concedas fe y fuerza de forma que pueda someterme a Ti y aceptar con valentía lo que me ha sobrevenido”. Después de orar, pensé en las palabras de Dios: “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y fuerza y estaba dispuesta a someterme. Independientemente de lo que me ocurriera o de cuánto sufrimiento pudiera pasar, no culparía a Dios en absoluto; me mantendría firme en el testimonio de Él. Dos meses más tarde, me llevaron a un campo de trabajo. Cuando recibí los papeles de mi veredicto y los firmé, descubrí que la condena de tres años se había conmutado a uno. En mi corazón di gracias y alabé a Dios una y otra vez. Dios estaba orquestando todo esto, y pude ver en ello el inmenso amor que Él tenía por mí y Su protección.

En el campo de trabajo, vi un lado incluso más perverso y brutal de la policía malvada. Nos levantábamos muy temprano por la mañana e íbamos a trabajar, y se nos sobrecargaba brutalmente con tareas que hacer cada día. Teníamos que trabajar largas horas cada día, y en ocasiones día y noche durante días seguidos. Algunos de los prisioneros se pusieron enfermos y tuvieron que ponerles un gotero, y les aumentaron la frecuencia de goteo a la máxima velocidad para que volvieran rápidamente a trabajar al taller. Como consecuencia de esto, la mayoría de los convictos contrajeron algunas enfermedades muy difíciles de curar. Por trabajar con lentitud, algunas personas se veían sometidas con frecuencia a los insultos de los guardias; su lenguaje soez era simplemente insoportable de escuchar. Algunas personas quebrantaron las reglas mientras trabajaban, por lo que las castigaron. Por ejemplo, “las ponían en la cuerda”, lo que significaba que tenían que arrodillarse en el suelo con las manos atadas por detrás de la espalda, y las obligaban a levantar los brazos con dolor hasta la altura del cuello. A otros los ataron a árboles como perros con cadenas de hierro y los azotaron sin piedad con un látigo. Algunas personas, incapaces de soportar esta tortura inhumana, intentaban morir de hambre, pero los malvados guardias les esposaban tobillos y muñecas, sujetaban su cuerpo con fuerza y las obligaban a comer e ingerir líquidos con tubos de alimentación. Tenían miedo de que estos presos murieran, no porque apreciaran la vida, sino porque les preocupaba perder la mano de obra barata que suponían. Los malvados actos cometidos por los guardias de la prisión eran realmente demasiados para contarlos, tal como lo eran los incidentes horrendamente violentos y sangrientos que acontecían. Todo esto me hizo ver como mucha claridad que el gobierno del Partido Comunista de China es la personificación terrenal de Satanás que se encuentra en el mundo espiritual; es el más malvado de todos los diablos y las prisiones bajo su régimen son el infierno en la tierra —no solo de nombre, sino en realidad—. Recuerdo las palabras en la pared de la oficina en la que me interrogaron: “Está prohibido golpear a las personas arbitrariamente o someterlas a un castigo ilegal, y lo está incluso más obtener confesiones por medio de la tortura”. Sin embargo, en realidad, sus acciones eran abiertamente contrarias a estas reglas. Me habían golpeado cruelmente, a mí, una chica que aún no era adulta, y me habían sometido a un castigo ilegal; aun más, me habían condenado simplemente a causa de mi creencia en Dios. Todo me había hecho ver con claridad los trucos que el gobierno del PCCh usaba para engañar a las personas, escondido detrás de una apariencia de paz y prosperidad. Era justo como Dios había dicho: “El diablo ata firmemente todo el cuerpo del hombre, le ciega ambos ojos y sella sus labios bien apretados. El rey de los demonios se ha desbocado durante varios miles de años, hasta el día de hoy, cuando sigue custodiando de cerca la ciudad fantasma, como si fuera un ‘palacio de demonios’ impenetrable. Esta manada de perros guardianes, mientras tanto, mira fijamente con ojos resplandecientes, profundamente temerosa de que Dios la pille desprevenida, los aniquile a todos, y los deje sin un lugar de paz y felicidad. ¿Cómo podría la gente de una ciudad fantasma como esta haber visto alguna vez a Dios? ¿Han disfrutado alguna vez de la amabilidad y del encanto de Dios? ¿Qué apreciación tienen de los asuntos del mundo humano? ¿Quién de ellos puede entender la anhelante voluntad de Dios? Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Después de sufrir la persecución de los malvados policías, este pasaje de las palabras habladas por Dios me convenció por completo, y ahora tenía algún conocimiento real y experiencia de ello: El gobierno del PCCh es en realidad una legión demoníaca que odia y se opone a Dios, que aboga por el mal y la violencia, y vivir bajo la represión del régimen satánico no es diferente a vivir en un infierno humano. Además, en el campo de trabajo, yo había visto con mis propios ojos la fealdad de toda clase de personas: los rostros repulsivos de esas serpientes oportunistas y zalameras que buscaban obtener el favor de los superiores; la cara malvada de personas ferozmente violentas que acosaban con desenfreno a los débiles, etc. En cuanto a mí, que aún no había empezado la vida adulta, durante este año de vida en prisión, vi finalmente con claridad la corrupción de la humanidad. Fui testigo de la traición en el corazón de las personas, y me di cuenta de cuán siniestro podía ser el mundo humano. También aprendí a distinguir entre lo positivo y lo negativo, blanco y negro, lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, y entre lo excelente y lo despreciable; vi con claridad que Satanás es desagradable, perverso, brutal, y que solo Dios es el símbolo de la santidad y la justicia. Solo Dios simboliza la belleza y la bondad; solo Dios es amor y salvación. Vigilada y protegida por Él, ese año inolvidable pasó con mucha rapidez para mí. Ahora, al recordarlo, entiendo que, aunque experimenté algún sufrimiento físico durante ese año de vida sin libertad, Dios usó Sus palabras para dirigirme y guiarme, permitiendo así que mi vida madurara. Este sufrimiento y prueba es la bendición especial de Dios para mí. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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