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La transformación de una hija única

—Sólo Dios Todopoderoso puede salvar a la juventud degenerada de hoy

Bian Hua, provincia de Yunnan

Empecé a seguir a Dios Todopoderoso cuando tenía 19 años: tan pronto como dejé la escuela me uní a la Iglesia de Dios Todopoderoso. Tenía muy poco que ver con la sociedad y, en realidad, no sabía mucho de lo que estaba pasando en ella. Pero sabía que yo representaba una de las características especiales de la sociedad china en que era una hija única egoísta.

Como consecuencia de que mis padres tuvieran que someterse a la política de control de natalidad implementada por el gobierno chino, yo estaba en el primer lote de los “logros”. Después de que nací, todos en mi familia empezaron a tratarme con el cuidado y protección que merece un tesoro raro y preciado. Mi madre me contó que en mi primer año tenía fiebre a menudo y que mi padre me sostenía entonces en sus brazos y caminaba por el dormitorio toda la noche para que yo dejara de llorar. Como mis padres trabajaban, y por tanto no tenían tiempo para cuidarme, me mandaron a la guardería antes de que cumpliera dos años. Mi abuela tenía miedo de que yo no fuera capaz de adaptarme y, por tanto, se quedaba a menudo fuera de la guardería para ver si yo estaba llorando o no. Esto la hacía llegar tarde al trabajo con frecuencia. En una ocasión, en la que hacía mucho frío, mi madre se quedó despierta toda la noche tejiendo un suéter calientito para ponérmelo al día siguiente. En la escuela, mis notas siempre fueron buenas, y tenerme como una estudiante sobresaliente era gratificante para la vanidad de mis padres y abuelos de anhelar ver a sus hijos tener éxito. Esto les daba una razón más para tratarme como a una perla preciosa. Durante mis años de escuela, lo primero que mi padre hacía cuando volvía a casa del trabajo, era masajear mis manos para evitar que se cansaran de hacer los deberes. En verano, cuando yo llegaba a casa después de la escuela, mi madre siempre sacaba del frigorífico un bol de tomates pelados, helados y con azúcar para que me los comiera. Recuerdo una vez en que mis padres buscaron un maestro para que me enseñara a tocar el pipa, una especie de laúd chino. Pero después de practicar algunos movimientos con los dedos durante un par de días, me cansé de ello y dije a mis padres que no iba a aprenderlo, por lo que mis padres estuvieron de acuerdo reticentemente con mis deseos. Cada fin de semana iba a la casa de mi abuela y ella siempre me metía algo de dinero en el bolsillo. Si le decía que no lo quería, respondía: “Almuerzo gratuito, ¿por qué no? Tómalo. Te daré dinero mientras vengas cada semana”. Solía darme también ricos postres y yo comía tanto que me dolía el estómago. Al recordar esto ahora, puedo ver que los padres chinos no tienen verdades y por eso no saben cómo educar a sus hijos. Así que, ¿en qué me convertí al estar envuelta en tantos cuidados? Me convertí en una niña egoísta, caprichosa y frágil, que no tenía fuerza de voluntad ni propósito en la vida. Era como una inválida que se sienta en la cama todos los días, estira la mano para tomar todo lo que le dan y abre la boca cuando es el momento de ser alimentada, pero a quien no le importa un bledo nadie más. Yo era totalmente cruel con mis padres y nunca aceptaba la opinión de nadie. Si mis padres hacían alguna crítica sobre mí, yo replicaba con 10 veces más crítica. Mi padre incluso me puso el apodo “rosquilla retorcida”, porque me había vuelto retorcida y problemática. Yo odiaba particularmente hacer cualquier cosa que se pareciera al trabajo duro, así que si mis padres no estaban en casa cuando yo no tenía escuela, no comía, porque era demasiado perezosa para calentar la comida que ellos habían preparado para mí. Más adelante, me dejaban dinero para que saliera y comprara algo para comer, pero no podía molestarme en caminar un poco, así que me quedaba hambrienta en su lugar. Entonces mis padres me contaron una historia sobre un niño tonto. La madre del niño cocinó un pan sin levadura para él y se lo colgó al cuello porque ella tenía que salir durante un largo tiempo. Pero, cuando volvió a casa, descubrió que su hijo había muerto de hambre porque sólo se había comido el pan que estaba delante de su cara y no había sabido comerse el resto del mismo que estaba colgado alrededor de su cuello. Mi madre me dijo que yo era incluso más tonta que ese niño. Aparte de estudiar, yo no tenía otra meta en la vida. Cuando llegué al instituto, estaba aún más amargada: la escuela estaba un poco lejos de casa por lo que tenía que andar en bicicleta durante una hora cada mañana y, además, había mucha más presión para aprobar los exámenes. Una mañana en la que estaba lloviendo torrencialmente, me caí de la bicicleta de camino a la escuela. Acabé tirada en un gran charco con mi almuerzo esparcido por el suelo. Quería llorar y pensaba que el instituto realmente era un infierno. Sentía que todo era demasiado duro, demasiado agotador y quería dejar la escuela. Poco después, mi madre leyó en el periódico sobre un estudiante de primer año de la Universidad de Qinghua que se había ahorcado en la residencia universitaria. Este estudiante se había cansado y deprimido por tener que hacer todas las demás tareas además de estudiar —lavar su ropa, comprar comida en la cafetería, limpiar su habitación— que los estudiantes tienen que hacer. Aparentemente, estaba particularmente molesto por tener que pelar sus huevos duros en el desayuno (en casa sus padres solían pelárselos) y, al sentir que estaba bajo demasiada presión, se quitó la vida. La gente empezó a llamar a esta clase de estudiantes “notas altas, capacidades básicas bajas” y mi madre temía que yo me convirtiera en una de estas criaturas inútiles, por lo que empezó a incordiarme con que me volviera más independiente. Pero yo ya tenía 16 o 17 años, mi carácter ya estaba bastante formado y las exhortaciones de mis padres no tenían efecto en mí: cualquier cosa que dijeran me entraba por un oído y me salía por el otro. En la escuela, un dicho popular entre mis compañeros en esa época era: “¡Recorre tu propio camino y deja que los demás digan lo que quieran!”. Mis compañeros eran todos justo como yo: hijos únicos y mimados de China que carecían de conocimiento y talento, y no tenían dirección en la vida.

Estoy realmente agradecida por la salvación de Dios que resultó en que toda mi familia aceptara la obra de los últimos días de Dios Todopoderoso cuando yo tenía 19 años. Eso me permitió comenzar a cumplir mis deberes en la iglesia. Nunca había estado en una aldea antes de entonces, por lo que tenía muchas ideas buenas sobre la vida de aldea porque había visto programas en la televisión que mostraban hombres arando campos y mujeres tejiendo paños, mientras disfrutaban de un maravilloso paisaje natural. Cuando era pequeña, también oí una canción titulada “En el campo de la esperanza” y la misma evocaba imágenes de campos con espigas de trigo meciéndose en la brisa. En mi cabeza, la vida en la campiña parecía realmente agradable…

Tres años después, mi “sueño” se hizo realidad. Algunos de los hermanos y hermanas de mi iglesia habían sido detenidos por el Gobierno comunista y yo estaba implicada, por lo que tuve que evitar ser capturada también. El líder de nuestra iglesia organizó que me fuera a la campiña, lo cual también era una oportunidad para que yo cumpliera con mis deberes de la mejor forma posible. Mis padres no querían que los dejara, pero yo, en el fondo, ¡estaba contenta porque por fin podía vivir en una aldea mientras cumplía mis deberes! Después de un veloz viaje fuera de la ciudad, llegué a la principal ciudad de cierto municipio. Al salir del coche, lo que ví me dejó estupefacta: solamente había algunos edificios de dos o tres pisos, y algunas chabolas abandonadas. Había polvo por todas partes y las personas iban vestidas a la moda de hace años. Pensé: “¡Nunca habría creído que un lugar tan atrasado siguiera existiendo en China! ¿Qué hay de todos esos programas de televisión sobre las nuevas aldeas socialistas? ¿No se supone que todos deben pertenecer a la próspera clase media en estos días? ¿Cómo es posible que ellos no?”.

Pero pronto me ocupé en llevar a cabo mis obligaciones y la primera prueba que tuve que superar fue montar en bicicleta. Mis deberes me llevaban a todas partes y en ocasiones tenía que pedalear 15 o 20 kilómetros en un sólo viaje. Pedalear durante largas distancias era algo que podía hacer, pero lo que realmente me molestaba era el mal estado de las carreteras de “vida corta” que el Gobierno del PCCh había construido. Los habitantes locales me dijeron que las carreteras sólo se construyeron durante algunos años cuando empezaron a aparecer grandes baches en ellas. Algunas sólo tenían ladrillos como base y una fina capa de asfalto encima, por lo que empezaron a desintegrarse con mucha rapidez. Ir en bicicleta por esas carreteras era como montar a caballo por praderas irregulares, ya que había un constante golpeteo. En ocasiones, yo perdía la sensibilidad en las manos por tanta vibración. Me daba pena realmente mi bicicleta y pensaba: “Pobre bicicleta, estás sufriendo y no puedo hacer nada por ti. Esta es una de las ‘autopistas socialistas’ especiales de China, lo que significa que el dinero acabó en los bolsillos de los oficiales mientras nosotros los ciudadanos de a pie tenemos que aguantar trayectos llenos de baches”. Estaba acostumbrada al ajetreo de la gran ciudad, por lo que me aburría realmente pedalear por esas carreteras rurales sin otra cosa que campos a los lados. Sólo alguna vaca o algunas cabras para mitigar la monotonía. Pedaleaba todos los días con algunas de las hermanas del lugar haciendo labor pastoral y siempre acababa lejos detrás de ellas, resoplando y jadeando, mientras me esperaban por delante. En una ocasión, una de ellas me urgió a pedalear más rápido. Yo no dije nada, pero pensé: “Estoy esforzándome todo lo que puedo. ¿Por qué no lo entiendes? ¿Cómo se supone que voy a seguir tu ritmo cuando has montado en bicicleta desde que eras una niña?”. Y así, mi corazón comenzó a quejarse en silencio y yo afrontaba mis deberes con esta actitud de resentimiento. Cada día, la distancia me parecía demasiado larga y mis obligaciones odiosas. Quería irme a casa, pero no podía hacerlo a causa de la situación que se vivía allí. Entonces, en una ocasión en la que estaba haciendo autorreflexión leí este pasaje de las palabras de Dios: “El tratamiento del carácter externo de las personas por parte de Dios es también una parte de Su obra; ocuparse de la humanidad externa, anormal, por ejemplo, o de sus estilos de vida y hábitos, sus maneras y costumbres […]” (‘Sólo amar a Dios es realmente creer en Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Independientemente de cuál sea tu estatura real, debes poseer primero la voluntad de sufrir dificultades, una fe verdadera y tener la voluntad de abandonar la carne. […] Dios te perfeccionará a través de ellas. Si careces de estas condiciones, no puedes ser perfeccionado” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). A partir de estas palabras de Dios, entendí Sus propósitos para mí. No me quedaba humanidad tras ser corrompida por Satanás y me había vuelto adicta a una vida de comodidad y descanso. Odiaba el trabajo duro y ni siquiera era capaz de cuidar de mí misma correctamente. Por eso Dios había dispuesto que me mandaran a un lugar como este: para desarrollar mi fuerza de voluntad, fortalecer mi perseverancia y subsanar mis carencias. Una vez que comprendí lo que Dios esperaba de mí, no me resistí más. A partir de ese momento, cada vez que iba en la bicicleta oraba o cantaba himnos y a menudo las palabras de Dios me conmovían hasta las lágrimas. En mi corazón sentía que me estaba acercando cada vez más a Él. Aunque la distancia que tuviera que recorrer fuera tan larga como siempre, ya no sentía que fuera tan larga y en ocasiones sentía que, justo un poco después de empezar a acercarme a Dios, llegaba a mi destino. Ahí es donde sentí por primera vez que Dios me había puesto en una buena situación. El aire de la campiña era puro, había pocos vehículos en las carreteras y no había muchas cosas que me distrajeran de Dios. A menudo guardaba silencio ante Él para meditar en Sus palabras y anhelar Su amor, todo lo cual era propicio para mi creencia en Dios, mi búsqueda de la verdad y mi crecimiento en la vida. En casa siempre había sido quisquillosa para comer. Por ejemplo, si había algo de grasa en el trozo de carne que me estaba comiendo, lo arrancaba con los dientes y lo escupía. Mi padre solía contarme la historia del hijo de un rico terrateniente que sólo se comía el relleno de las bolas de masa hervida chinas y escupía el resto; finalmente murió de hambre durante una hambruna. Pero, como de costumbre, sus advertencias no tuvieron efecto en mí, sólo Dios tiene los medios para cambiar realmente a las personas. Me habían trasladado a un lugar muy pobre para cumplir mis obligaciones, un sitio en el que los lugareños vivían una vida dura y todo lo que tenían para comer era bollos hervidos, verduras en vinagre y sopa aguada. Como sus comidas no contenían nada de aceite, ¡pasé de ser una persona que comía muy poco en las comidas a comerme 4 bollos grandes en cada una de ellas y seguir teniendo hambre al poco rato! Después de ser “podada” de esta forma durante algunos meses, dejé de ser quisquillosa con la comida y empezó a gustarme todo lo que ponían en mi plato. Para ser honesta, cuando empecé a cumplir mis obligaciones en la aldea, me sentí realmente amargada por tener que lavar mi propia ropa e inflar las ruedas de mi bicicleta. Quería llorar (mis padres solían hacer todo eso por mí), ¡pero después de convivir con las hermanas de la aldea durante un tiempo, llegué a apreciar cuán sorprendentes eran! Por ejemplo, a una de ellas, que era dos años menor que yo, se le pinchó una rueda mientras iba en la bicicleta. Pero, sin pestañear, sacó las herramientas que llevaba en su bolso, levantó la rueda, reparó el pinchazo con un parche de goma y volvió a montarse en su bici en un santiamén, tarareando una canción mientras pedaleaba. No pude evitar pensar que, si eso me hubiera pasado a mí, me habría quedado allí de pie llorando (no había nadie en los alrededores). A partir de ese momento, supe que tendría que resolver por mí misma cualquier problema que se me presentara en el futuro, porque llorar y quejarme no me serviría de nada. Pasé un año y medio en esa aldea y Dios envió a muchas personas, cosas y acontecimientos para que ayudaran a perfeccionarme. Aprendí cosas que no había sido capaz de aprender en los 20 años que pasé con mis padres y en la escuela: cómo cuidar de mí misma y cómo resolver los problemas yo sola con la ayuda de Dios, en lugar de depender de otras personas. También soportaba mejor las dificultades y ya no era quisquillosa con la comida. Todo eso me acercó a Dios. Fue más milagroso aún para mí el hecho de que, durante ese año y medio, no fui en absoluto una joven débil y enfermiza. Ni siquiera me resfrié una sola vez, la enteritis que me había fastidiado durante años desapareció y yo estaba rebosante de energía de ir en bicicleta todos los días durante meses. Mientras cumplía mis deberes, también fui testigo de la realidad en que vivían los aldeanos: muchas casas no tenían agua corriente y, por tanto, bebían agua de pozo contaminada con agua superficial corrompida; muchas aldeas no tenían carreteras asfaltadas por lo que, cada vez que llovía, sus caminos se llenaban de barro y baches, y era muy difícil transitar por ellos. Algunas casas tenían poco tiempo de haber sido conectadas a la red eléctrica nacional. En general, los aldeanos trabajaban duro durante todo el año a cambio de poco dinero y sufrían a menudo agotamiento, viviendo además en pobreza. Su vida no tenía nada que ver con lo descrito por los boletines de noticias del PCCh. Todo eso de que “con estas nuevas aldeas socialistas, China se ha convertido ya en una próspera sociedad de clase media” era una completa mentira. Si Dios no hubiera dispuesto que yo pasara tiempo en la campiña y que yo misma fuera testigo de ello, habría seguido siendo una niña engañada y tonta que se creía toda la propaganda del PCCh. Nunca habría llegado a ver ese lado de su encubrimiento, mentiras y engaño. Como consecuencia de la educación y el engaño del PCCh, mi generación había llegado a creer que todo era simple y bello. Tenía poco contacto con la realidad y por eso, cada vez que me encontraba con dificultades, me quedaba paralizada. Si Dios no me hubiera salvado, yo habría pasado toda mi vida como un trasto inútil.

Aunque a simple vista parecía que mi humanidad anormal había mejorado un poco, eso no significaba que mi carácter vital hubiera cambiado. Dios quería transformarme, purificarme y, por tanto, disponía continuamente situaciones para refinarme. Como mis padres me habían mimado durante tanto tiempo, me había vuelto muy obstinada y arrogante, y si alguien no estaba de acuerdo conmigo, montaba en cólera. Más adelante, Dios me puso en otras situaciones prácticas con el fin de poner remedio a mi corrupción. En esa época, me asignaron con más de 20 hermanos y hermanas para completar juntos una gran tarea y hubo momentos en los que se produjeron fricciones y disputas cuando convivíamos o cumplíamos juntos nuestros deberes. Al principio, siempre me ofendía y en ocasiones incluso me molestaba hasta enojarme. Pensaba: “¿Por qué están siendo tan irrazonables? Es obvio que tengo razón, ¿por qué no me escuchan entonces?”. Un día, una de las hermanas vino y me dijo: “Tienes un defecto en tu carácter: no respetas a las demás personas. Cuando otros no están de acuerdo contigo, ¡te marchas enojada e incluso das portazos!”. La miré perpleja, mientras ardía por esta injusticia y pensé: “¿Cuándo he dado yo un portazo?”. Después de mantener mi postura durante un rato, decidí mostrar que aceptaba reticentemente la crítica, pero en mi interior dije: “No, sois vosotros los equivocados pero me culpáis a mí…”. Como yo revelaba constantemente mi arrogancia y fariseísmo, y me aferraba a mis opiniones, Dios incitó a los hermanos y hermanas a tratarme. Era como si no pudiera llevarme bien con nadie. En ese tiempo, yo estaba muy alterada y fue en ese momento cuando recordé las palabras de Dios sobre cómo una mala relación con las personas que te rodean significa que tienes una mala relación con Dios. Así que me tranquilicé y empecé a reflexionar sobre mis actos. Leí estas palabras de Dios: “¿Qué es la transformación del carácter? Tienes que ser un amante de la verdad, aceptar el juicio y el castigo de la palabra de Dios cuando experimentas Su obra y experimentar toda clase de sufrimiento y refinamiento, por medio de los cuales eres purificado de los venenos satánicos que hay en ti. Esta es la transformación del carácter” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios me ayudaron a entender que Él estaba usando diversas pruebas y refinamientos para purificarme de los venenos satánicos que había dentro de mí. La crítica de la hermana había sido suscitada por Dios con el fin de ayudarme a conocerme y a transformar mi carácter corrupto. Sólo al aceptar las críticas e instrucciones de los hermanos y hermanas, al someterse a las disposiciones de Dios en cuanto a mi situación, las personas y cosas a mi alrededor, y al buscar y practicar verdades en todo, podía lograr la transformación mi carácter vital. Pensé en las corrupciones que yo había revelado y reconocí que esta era la idea venenosa de Satanás de “Yo soy el más grande” que actuaba en mí y me volvía incapaz de vivir y trabajar en armonía con los hermanos y hermanas. Siempre suponía que yo tenía la última palabra y que todos tenían que escucharme, como si yo fuera la jefa. Si alguien estaba en desacuerdo conmigo en lo más mínimo, yo perdía los estribos y ese era mi carácter satánico saliendo a la luz, haciéndome vivir en una imagen arrogante, farisaica, egoísta y satánica. Todo lo que estudié en las escuelas del PCCh promovía este tipo de pensamiento. Por ejemplo, todos los emperadores de esta o aquella dinastía en los libros de historia —como el Emperador Qin Shi Huang, Wu Zetian, Han Wudi etc.— eran engreídos, altivos y poderosos. Y muchas personas chinas modernas parecen tomar como su lema personal aquella famosa frase de Cao Cao: “Prefiero traicionar yo a que me traicionen”. Es como si creyeran que sólo las personas con ese tipo de carácter tienen la marca de un líder y pueden hacer grandes cosas en la vida, mientras que todas esas almas amables que nunca discuten ni protestan son cobardes. Este concepto tóxico y satánico de “Yo soy el más grande” que se ve como algo positivo, se me inculcó en las escuelas del Partido Comunista y pasó a ser una parte integral de mi vida. Ahora, cuando recuerdo cuán indisciplinada y rebelde era cuando vivía con mis padres, sé que se debía a que no entendía las verdades y, por tanto, no pensaba que mi conducta fuera corrupta o errónea. Ahora tengo las palabras de Dios para ayudarme a distinguir el bien del mal, y la belleza de la fealdad, y por tanto debo aceptar el juicio y el castigo de Dios y librarme rápidamente de este carácter satánico. Después de un largo período experimentando que Dios me tratara y refinara, empecé a actuar de acuerdo con las exigencias de Dios. Si había algo que hacer, comenzaba hablándolo primero con los hermanos y hermanas, y aprendí cómo dejar mi ego a un lado. Mi convivencia con los hermanos y hermanas se volvió así mucho más serena. Solía ser muy egoísta y en cualquier cosa que hiciera o dijera sólo tenía en cuenta mis propios sentimientos e intereses, sin tener la menor consideración por nadie más. En una ocasión, una de las líderes estaba siendo negativa y, como yo también tenía muchos problemas y quejas que me molestaban, aproveché la oportunidad para comentárselos, de forma que me ayudara a resolverlos. Después de hacerlo, se marchó y poco después vino otra hermana. Le conté sobre mi charla con la líder y sobre cómo ella había dicho que también estaba teniendo dificultades. Así que la hermana me preguntó: “¿Hablaste sobre esto con ella?”. Le dije que no pensé en hablar sobre esto con la líder, y ella contestó: “Eso demuestra cuán egoísta eres. No sabes cómo ayudar a las personas”. Me sentí muy mal al ser criticada de esta forma, pero más tarde abrí un libro de las enseñanzas de Dios y vi estas palabras suyas: “En el pasado, cuando las palabras de Dios no se habían convertido en la vida de las personas, era la naturaleza de Satanás la que tomaba las riendas y dominaba en su interior. ¿Qué cosas específicas había dentro de esa naturaleza? Por ejemplo, ¿por qué eres egoísta? […] Ahora mismo, todos habéis entendido que esto se debe, principalmente, al veneno de Satanás contenido en ella. Qué es el veneno de Satanás se puede expresar por completo con palabras. […] ‘Cada uno para sí mismo y sálvese quien pueda’. Esta sola frase expresa la raíz del problema: la lógica de Satanás se ha convertido en la vida de las personas e, independientemente de lo que hagan, sea con un propósito u otro, sólo lo hacen para sí mismos. Todas las personas piensan ‘Cada uno para sí mismo y sálvese quien pueda,’” (‘Cómo tomar la senda de Pedro’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Al reflexionar en mis acciones y comportamiento al compararlos con las palabras de Dios. Descubrí que en cada punto sólo había estado pensando en mí misma y en cómo librarme de mis propios problemas para no sufrir tanto. No había pensado ni un momento en que otras personas estaban sufriendo con su negatividad y también necesitaban ayuda y apoyo de los hermanos y hermanas. Satanás me había corrompido demasiado y en mi corazón sólo había lugar para mí misma. Nunca consideré los sentimientos de otras personas ni hice un esfuerzo por preocuparme, apoyar o cuidar a otra persona. Fue ahí cuando entendí que esta clase de expresión egoísta y despreciable era la revelación de un carácter corrupto y satánico. Era una consecuencia del efecto a largo plazo de ideas satánicas tan tóxicas como: “Cada cual para sí mismo y sálvese quien pueda”. Toda esta educación escolar, adoctrinamiento social y conocimiento satánico era lo que me había corrompido y envenenado. En años posteriores, fue a través de la experiencia de la negatividad, la debilidad, los fracasos y los reveses en muchas, muchas ocasiones que fui capaz de comprender cuán duro y amargo es vivir en las tinieblas, y cuánto necesito la ayuda y el apoyo de otros. Aunque sólo sea una o dos palabras de consuelo, eso todavía puede darme un poco de fuerza. Después de experimentar la obra de Dios y de ver entonces a hermanos y hermanas experimentando negatividad y debilidad, ahora puedo entender sus apuros y cómo se sienten e intentar todo lo posible para ayudarles. Ahora, cuando pienso en cómo solía comportarme en casa, siento que decepcioné mucho a mis padres. Ellos me criaron, pero yo sólo tomé de ellos y nunca les devolví nada. Mi actitud hacia ellos era habitualmente muy mala y ahora veo que estaba corrompida por Satanás hasta el punto de no tener conciencia ni racionalidad o ni siquiera una pizca de humanidad básica. Más adelante, la iglesia me pidió que cuidara de esos hermanos y hermanas buscados por el Gobierno del PCCh y que por tanto no podían volver a casa, así como de algunos que habían estado lejos de casa cumpliendo deberes durante períodos tan largos que su familia estaba sufriendo dificultades económicas. En términos de ropa y otros artículos del hogar, necesitaban que se les asesorara y ayudara rápidamente, y este deber me brindó la oportunidad de aprender cómo preocuparme y cuidar de otros. Tal como las palabras de Dios lo dicen: “Al creer en Dios, si el hombre desea la transformación en su propio carácter, entonces no se debe separar de la vida real. En la vida real, debes conocerte, renunciar a ti mismo, practicar la verdad así como aprender los principios, el sentido común y las reglas de conducta propia en todas las cosas antes de que seas capaz de lograr la transformación gradual” (‘Discutiendo la vida de la iglesia y la vida real’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estar en la Iglesia de Dios Todopoderoso me ha permitido entender en un nivel muy profundo que las escuelas fundadas y controladas por el PCCh enseñan a los niños a centrarse en esforzarse por la fama y el estatus. Enseñan a los niños a intentar ser mejores que los demás en la lucha por hacerse un nombre o convertirse en expertos. Pero estas cosas están fuera del alcance de la mayoría de las personas y cuanto más las buscan, más arrogantes y engreídas se vuelven, y más consideran que todo y todos están por debajo de ellas. Al revelar su carácter satánico de esta forma se hacen daño a sí mismas y a su familia. Por el contrario, Dios Todopoderoso me enseñó a comportarme de forma adecuada; Él me ayudó a equiparme pragmáticamente con las cosas de las que mi humanidad carecía. Experimentar el juicio y el castigo de Dios es capacitarme para vivir a semejanza de una persona verdadera, lo cual es bueno para mí y para los demás también. Siento que la mayor ganancia de creer en Dios ha sido aprender gradualmente cómo autorreflexionar: en el pasado, nunca me conocí a mí misma y siempre sentía que otras personas estaban ofendiéndome, por lo que siempre estaba llena de resentimiento. Estaba viviendo en el engaño de Satanás, pero no lo sabía. Sin embargo, después de leer las palabras de Dios, entendí que debo reflexionar sobre todas las cosas y por eso ya no culpo a las personas o cosas que hay a mi alrededor. Ahora me siento libre y liberada.

El invierno pasado vi a uno de los hermanos jóvenes (un hijo único de 19 años) alquilar una casa con su propio dinero para reparar, de forma gratuita, dispositivos de MP5 para los hermanos y hermanas. También, con frecuencia, ayudaba a cuidar a los hermanos y hermanas más pobres. Oí a una de las hermanas decir que él también fue una vez un “pequeño príncipe” mimado que pasaba a menudo muchas horas seguidas en un cibercafé sin volver a casa, provocando que sus padres se preocuparan mucho por él. Pero entonces su madre encontró la fe en Dios y él se convirtió también. Él empezó entonces a ir a reuniones de jóvenes en la iglesia y se convirtió en una persona totalmente diferente: alguien que escuchaba a los demás, que sabía cómo actuar y que empezó a amar las cosas positivas.

Hace algunos días conocí a otra hija única, en esta ocasión una hermana de 25 años. Después de graduarse en la universidad, empezó a llevar a cabo deberes en la iglesia. Vi lo buena que era preocupándose por los nuevos hermanos y hermanas, y cuidando de ellos, y pensé: “Esta joven hermana es hija única, pero no está mimada en absoluto. Es mucho mejor de lo que yo era”. Unos días más tarde, pude hablar con ella y me dijo: “Al principio, yo tampoco era muy buena. Mi madre solía hacérmelo todo y yo creía que así es como debía ser. Al irme a la universidad, seguía llamando a mi madre cada vez que me encontraba con un problema y le decía con indignación: ‘Mamá, ¿dónde estás cuando te necesito? ¿Por qué no estás aquí cuando estoy triste?’. Mi madre me decía con impotencia: ‘¡Soy tu vieja sirvienta!’”. La joven hermana me contó entonces cómo había pasado por el juicio y el castigo de la palabra de Dios después de creer en Dios, y el proceso de cómo había pasado de ser una persona extremadamente egoísta a ser salvada y transformada por Dios. En ese momento entendí que Dios había obrado en ella, que el juicio y el castigo de Dios la habían transformado completamente. No hace mucho, también conocí a 3 jóvenes hermanos y hermanas —uno de 17 años y dos de 19— que estaban cumpliendo sus deberes con seriedad e incluso trabajando a veces hasta entrada la noche. ¡Incluso vi a un niño de 7 años hablando sobre verdades para buscar la transformación del carácter mientras estábamos hablando de las verdades! ¿De dónde viene esa fuerza? Fuera del poder y la autoridad de Dios, ¿qué otra cosa podría transformar a mi generación de degenerados inútiles?

Yo suspiraba cuando pensaba en que mi generación de “niños deformados” —el producto de la planificación familiar, de padres extremadamente indulgentes y del sistema educativo dañino del PCCh— carecía tanto de talento o habilidades. Todos seguíamos teniendo un concepto excelente de nosotros mismos, sin embargo, todos queríamos hacer grandes cosas, pero cuando nos encontrábamos con la más mínima dificultad, nos derrumbábamos. Éramos tan débiles, tan carentes de perseverancia, pero seguíamos siendo muy insolentes. ¡Siempre me preguntaba cómo podía decir el Partido Comunista que su sistema educativo estaba produciendo “resultados milagrosos”, cuando estaba claro que cada generación de estudiantes era peor que la anterior! Nuestros padres no tenían control sobre nosotros y los maestros eran incluso más incapaces de cambiarnos. Sólo las palabras de Dios Todopoderoso tienen el poder de transformar completamente a una juventud tan corrupta, degenerada y sin objetivo como es la de mi generación. Tal como dijo Dios Todopoderoso: “Aunque la palabra ‘palabra’ es simple y ordinaria, la palabra procedente de la boca de Dios encarnado, sacude todo el universo; Su palabra transforma el corazón del hombre, las nociones y el antiguo carácter del hombre, y la antigua apariencia del mundo entero. A través de las edades, sólo el Dios de hoy en día obra de tal manera, y sólo Él habla y salva al hombre de ese modo. A partir de este momento, el hombre vive bajo la guía de la palabra, pastoreado y provisto de la palabra; vive en el mundo de la palabra, vive entre las maldiciones y bendiciones de la palabra de Dios, y aún más personas, viven bajo el juicio y el castigo de la palabra. Estas palabras y estas obras son todas por causa de la salvación del hombre, cumpliéndose así la voluntad de Dios, y cambiando el aspecto original del mundo de la antigua creación” (‘La Era del Reino es la Era de la Palabra’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las transformaciones que hemos experimentado destacan el poder de las palabras de Dios.

He estado siguiendo a Dios Todopoderoso durante 14 años ya y en estos 14 años he estado cumpliendo continuamente deberes en la iglesia. Siento realmente que estos años han tenido una importancia y un valor inmensos para mí, y quiero decir esto desde el fondo de mi corazón. Solía quejarme de que estaba dando los mejores años de mi vida a la iglesia y de que no estaba pudiendo disfrutar de buena comida, de diversión y juegos, y de todos los demás placeres de la juventud. Pero ahora siento profundamente el amor que Dios tiene por mí. Dios me salvó de ser una “inválida” egoísta, despreciable, arrogante, vanidosa y farisaica. Aunque tengo muchos rasgos de corrupción de los que aún tengo que librarme y debo experimentar más juicio, castigo, purificación y transformación de Dios, no dejaré a Dios ni a la Iglesia de Dios Todopoderoso. ¡Aunque tuviera que ser el miembro con la responsabilidad más humilde dentro de la iglesia, aun así, seguiría a Dios hasta el final! ¡Aunque supiera que sufriría daño y persecución a manos del PCCh, ni siquiera así dejaría a mi Dios! Eso es porque he visto la obra de Dios en mí misma y nuestro grupo de personas, y aunque no haya ocurrido nada milagroso, el poder de las palabras de Dios supera realmente al de los milagros. ¡Las palabras de Dios han dado lugar en nosotros a transformaciones que cambian vidas y nadie más puede llevar a cabo esta obra! Desde el fondo de mi corazón he prometido a Dios: “Dios Todopoderoso, gracias por salvar a este equipo de personas jóvenes del que formo parte. ¡Siempre te seguiremos y nunca te abandonaremos!”.

Queridos amigos, no sé si habéis descubierto esto ya pero la dificultad de lidiar con personas jóvenes se ha convertido en uno de los problemas más graves que afronta nuestra sociedad. Los niños se están volviendo cada vez más egoístas, tal como se ve en la forma en que dan órdenes a sus padres, como si fueran sus esclavos. Han perdido la conciencia y la humanidad, y han llegado al punto en que ni siquiera pueden ocuparse de sus necesidades más básicas. El Gobierno de China está haciendo una gran demostración pública de su política de limpiar internet por el bien de los jóvenes; pero al mismo tiempo está desarrollando en secreto nuevos juegos en línea que atrapan a las personas en un mundo de realidad virtual para ganar mucho dinero. Estos juegos en línea promueven la violencia, la pornografía, la guerra y el engaño. Después de haber sido engañados y envenenados por esos trucos de Satanás, los jóvenes actuales caen víctimas de uno o más desenlaces desastrosos: algunos pasan todo su tiempo en cibercafés; otros se enamoran demasiado pronto en la vida; otros empiezan a meterse en peleas; otros simplemente viven por los placeres de la carne y no hacen nada significativo. Sus padres están siempre angustiados, pero sus hijos no se dan cuenta o simplemente no les importa. ¡Ha habido casos de jóvenes que han matado a sus padres —padres que pasaron muchísimos años criándolos responsablemente— porque estos intentaron restringir su acceso a internet! Algunos padres se entristecen tanto al ver a sus hijos atormentados por juegos en línea destructores del alma que pagan grandes sumas de dinero para enviarlos a escuelas especializadas en rescatar a los niños adictos de internet. Pero la gestión de alta presión no siempre funciona y muchos niños vuelven directo a jugar a los juegos cada vez que pueden. Los padres acaban mental y físicamente agotados, y no hay nada que ellos o el personal de la escuela puedan hacer. Y por supuesto, ¡el Gobierno nacional y las organizaciones sociales son incluso menos efectivos en el manejo del problema porque sólo saben corromper personas y no salvarlas!

Dios Todopoderoso nos pregunta: “¿Puedes realmente educar a tus descendientes para que se conviertan en ‘seres humanos’?” (‘El propósito de gestionar a la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Los hechos demuestran que nosotros como personas no tenemos la capacidad de hacer esto, como tampoco la tienen los maestros o el personal de la escuela; y el gobierno o las organizaciones sociales tienen incluso menos capacidad. Sólo Dios, el Creador de todas las cosas, tiene esta capacidad. ¡Eso se debe a que Dios nos creó y, por tanto, Dios lo comprende todo sobre nosotros con total claridad y sabe cómo salvarnos! Dios Todopoderoso dijo: “Desde el día en que el hombre vino a existir, Dios ha sido firme en Su obra, gestionando este universo y dirigiendo el cambio y movimiento de todas las cosas. […] El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios y toda la vida del hombre es contemplada a los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Una de las hermanas mayores tiene un hijo que se volvió adicto a las drogas. Ni siquiera estar encerrado en un centro de rehabilitación de toxicómanos en numerosas ocasiones pudo curar su adicción. La hermana no podía comer ni dormir bien al estar preocupada por él y no sabía lo que hacer. Posteriormente, ella empezó a creer en Dios. Oró a Dios, le confió su hijo y le suplicó que lo salvara. Ahí fue cuando ella vio, con sus propios ojos, cómo ocurrió un milagro en su hijo: él no sólo abandonó rápidamente su adicción a las drogas, sino que encontró un trabajo estable. Ahora tiene esposa e hijos, y lleva una vida normal. Hay muchos otros ejemplos de este tipo que están sucediendo…

Amigos, ¿estáis turbados al ver a vuestros hijos hundirse en la degeneración? ¡Estás viviendo en un mundo de sufrimiento sin fin, por lo que sería mejor que te dieras prisa y trajeras a tu familia ante Dios Todopoderoso y vieras si te ocurre o no un milagro! Nosotros los creyentes en Dios hemos presenciado de primera mano cómo obra Él, así que lo seguimos con corazones de acero, independientemente de lo que acontezca al mundo que nos rodea. ¡Estamos contando el hecho real cuando os damos testimonio de la capacidad de Dios de salvar a las personas y de la maravilla que hay en ello, y esperamos que podáis ser como nosotros, obtener la salvación y las bendiciones de Dios, caminando por la senda de una vida luminosa y correcta!

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