9. Las palabras de Dios me sacaron de mi tragedia conyugal

Por Gan’en, China

Tenía una familia armoniosa y feliz, y era administradora y jefa de recursos humanos en una empresa. Mi marido era el administrador de la oficina estatal de electricidad y dirigía una de sus filiales. Pronto lo iban a ascender a subdirector de la oficina estatal. Nuestro hijo también era muy inteligente. Los tres vivíamos felices y admirados por nuestros conocidos. Justo cuando disfrutaba de esta felicidad y esta armonía, sucedió algo terrible. Mi marido se lio con la mujer de su chófer. Este brusco golpe fue absolutamente devastador para mí. Durante días no pude comer ni dormir. Estaba llena de ira y resentimiento y me sentía muy humillada. Tal era mi dolor que hasta deseaba morirme. Justo cuando tenía la botella de veneno en la mano y estaba a punto de cruzar el umbral de la muerte, pensé en mi madre y en mi hijo pequeño. Si moría, ¿cómo podría mi anciana madre soportar el dolor de tener que enterrar a su propia hija? Mi hijo, tan pequeño, tendría que pasar muchísimas penurias en la vida. Su padre ya no era de fiar, así que, si perdía a su madre, ¿no se quedaría prácticamente huérfano? Al pensarlo se me ablandó el corazón. Me arrodillé entre sollozos y desparramé aquellas pastillas tóxicas por el suelo.

Con el tiempo salí con gran esfuerzo de aquel dolor entre la vida y la muerte, pero no recuperé la vida tranquila de antaño. Odiaba a esa mujer hasta el tuétano y creía que era la causante de todo mi dolor, que había destrozado nuestra familia feliz ideal. Pensaba: “Si tú no me dejas vivir feliz, yo no te dejaré vivir en paz. Como me haces sufrir así, me aseguraré de que sufras el doble”. La agredí y mandé que le destrozaran todo lo que tenía en casa, así que le daba mucho miedo volver a ella. Aunque la tenía presa del pánico, en un trance horrible, yo seguía dolida. No podía escapar de la penumbra de mi hogar roto.

Entonces, un conocido compartió conmigo el evangelio del Señor Jesús y me regaló una Biblia. Al leerla, me conmovieron mucho la tolerancia, la paciencia y el perdón del Señor Jesús. Leí que Él, libre de pecado, fue crucificado para la redención de la humanidad, lo que hizo que me preguntara por qué no podía perdonar de una vez a mi marido y a esa mujer. Oré al Señor para que me diera fortaleza, para que me diera tolerancia y paciencia para perdonarlos. Mi marido y yo dejamos de pelearnos y tampoco atacaba a aquella mujer cuando la veía. Sin embargo, aún no se me pasaba el rencor. Me forzaba a tolerarlo por mi familia, por mi hijo y para poder seguir con mi vida. No obstante, para mi sorpresa, mi marido no solo no se moderó, sino que empeoró más las cosas. Dejó el trabajo para fugarse con esa mujer. ¿Cómo podía tragar yo con eso? ¿Cómo podía aceptar semejante engaño de mi marido? Había renunciado por él a mi oportunidad de entrar en la fiscalía y ascender; había cuidado de nuestro hijo, cocinado y asumido todas las tareas domésticas en su lugar; había buscado por todas partes un enchufe para que lo ascendieran. Sin embargo, a cambio solo conseguí que mi marido me engañara e hiciera daño. No aguantaba más. Odiaba a mi marido por ser tan carente de conciencia, tan despiadado. Además, odiaba a aquella mujer y la quería muerta aunque ello también supusiera mi muerte. Probé de todo para cortarles las fuentes de ingresos, de modo que no pudieran llegar a fin de mes. No tardaron en volver a la ciudad porque se habían arruinado. Un día, mi marido rompió a llorar delante de mí mientras reconocía que se había equivocado y se disculpaba, y me juró que pasaría página y se convertiría en otro hombre. Me pidió que hablara con unos amigos para que en el trabajo lo trasladaran de la ciudad a la capital del condado y pudiera empezar una nueva vida en otro entorno. Al ver su aparente dolor y oír sus disculpas, aparentemente sinceras, se me ablandó el corazón. Además, quería olvidar todas las desdichas del pasado y hacer borrón y cuenta nueva, así que accedí a sus peticiones. Contacté inmediatamente con mis amigos para que nos trasladaran a ambos. Empezamos a vivir juntos otra vez y, aunque intentaba complacerme y hacerme feliz de todas las maneras, yo sentía que no tenía nada que decirle. Pese a ello, todavía me aferraba a mis ilusiones con respecto a nuestro matrimonio y creía que esa herida solo necesitaba un tiempo para sanar. Sin embargo, lo que más me escandalizó fue que, cuando estaba ocupada tratando de que nos trasladaran en el trabajo, descubrí por casualidad que se había ido a ver otra vez a esa mujer. No pude contener más la rabia y le grité que se marchara. Dos días después, se fue sin mediar palabra para no regresar jamás. Fue entonces cuando por fin espabilé. Me di cuenta de que nunca quiso arrepentirse realmente. Había vuelto solo porque estaba arruinado y no tenía de qué vivir. Era agradable conmigo y me decía que quería arreglar las cosas, pero era todo fachada. Solamente quería utilizarme para que lo trasladaran en el trabajo. Se me partió el corazón cuando me di cuenta de esto. Odiaba a muerte a mi marido y también odiaba a esa mujer. Me puse a planear cómo la podía dejar inválida y desfigurada. Justo entonces, cuando estaba cayendo en la maldad, Dios Todopoderoso me extendió Su mano salvadora y acepté la obra de Dios de los últimos días. Con la lectura de las palabras de Dios conocí los motivos de las tinieblas y la maldad del mundo, así como la tristeza y desolación de la sociedad. Dios Todopoderoso dice: “Nacido en una tierra tan inmunda, el hombre ha sido gravemente arruinado por la sociedad, influenciado por una ética feudal y educado en ‘institutos de educación superior’. Un pensamiento retrógrado, una moral corrupta, una visión mezquina de la vida, una filosofía despreciable para vivir, una existencia completamente inútil y un estilo de vida y costumbres depravados, todas estas cosas han penetrado fuertemente en el corazón del hombre, y han socavado y atacado severamente su conciencia. Como resultado, el hombre está cada vez más distante de Dios, y se opone cada vez más a Él. El carácter del hombre se vuelve más agresivo día tras día, y no hay una sola persona que voluntariamente renuncie a algo por Dios; ni una sola persona que voluntariamente obedezca a Dios, y, menos aún, una sola persona que busque voluntariamente la aparición de Dios. En vez de ello, bajo el campo de acción de Satanás, el hombre no hace más que buscar el placer, entregándose a la corrupción de la carne en la tierra del lodo. Incluso cuando escuchan la verdad, aquellos que viven en la oscuridad no consideran ponerla en práctica ni tampoco muestran interés en buscar a Dios, aun cuando hayan contemplado Su aparición. ¿Cómo podría una humanidad tan depravada tener alguna posibilidad de salvación? ¿Cómo podría una humanidad tan decadente vivir en la luz?” (‘Tener un carácter inalterado es estar enemistado con Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “La humanidad no es más que Mi enemigo. La humanidad es el maligno que me confronta y me desobedece. La humanidad no es sino la descendencia del maligno al que maldije. La humanidad no es otra cosa que el descendiente del arcángel que me traicionó. La humanidad no es otra cosa que la herencia del diablo al que repudié hace mucho tiempo, quien desde entonces ha sido Mi enemigo irreconciliable. Sobre la raza humana, el cielo es tenebroso y sombrío, sin un atisbo de claridad, y el mundo de los humanos está sumergido en una oscuridad total, de modo que cualquiera que vive en él no puede ni siquiera ver su mano extendida frente a su rostro, ni el sol al levantar la cabeza. El sendero debajo de sus pies, enlodado y lleno de baches, serpentea tortuosamente. Toda la tierra está cubierta de cadáveres. En los oscuros rincones reposan los restos de los fallecidos, y multitudes de demonios residen en los rincones fríos y sombríos. Y en el mundo de los hombres, los demonios van y vienen en hordas por doquier. Las progenies de todo tipo de bestias, cubiertas de inmundicia, se enfrentan en una batalla campal, cuyo sonido llena de espanto el corazón. En estos tiempos, en este mundo, en este ‘paraíso terrenal’, ¿dónde se buscan las dichas de la vida? ¿A dónde debe ir uno para hallar el destino de la propia vida?” (‘Lo que significa ser una persona verdadera’ en “La Palabra manifestada en carne”). “A los ojos de Dios, las personas son como los animales del mundo animal. Luchan unos con otros, se matan entre sí, y tienen interacciones extraordinarias los unos con los otros. A los ojos de Dios, también son como los simios, conspiran unos contra otros independientemente de la edad o el género” (‘Capítulo 21’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). La lectura de las palabras de Dios me iluminó enormemente el corazón. Comprobé que, desde que Satanás corrompió a la humanidad, hemos perdido la conciencia y la razón y estamos desprovistos de humanidad. No tenemos dignidad ni integridad. Todos somos mentirosos, egoístas, despreciables, siniestros y malévolos. Siempre estamos tramando en pos de nuestro beneficio personal, haciendo cálculos sobre los demás. Solo nos importa nuestro disfrute y nos da igual si los demás viven o mueren. Construimos nuestra felicidad sobre el sufrimiento ajeno. Hay peleas y asesinatos a cada paso. La ley de la selva es la que rige, igual que en el mundo animal. Si no me comes tú, te mato yo. Toda la humanidad vive en pecado y la moralidad está cayendo cada vez más bajo. Todo el mundo se entrega al libertinaje y se deleita en el pecado. Los maridos engañan a sus mujeres, y las mujeres, a sus maridos: maridos y mujeres se engañan unos a otros. Todo el mundo idolatra el mal, se entrega a sus deseos y se satisface con el sexo opuesto. Satanás sujeta con mano firme el mundo, cada vez más tenebroso y malvado. Se ha convertido en un hervidero de pecado y adulterio. La gente no puede evitar caer más y más bajo, cada vez más malvada y depravada. Me di cuenta de que el engaño de mi marido fue fruto de los venenos de Satanás. Yo no era una excepción. Tampoco yo pude librarme de los métodos con que Satanás me había corrompido y hecho daño. Cuando se inmiscuían en mis intereses, me llenaba de resentimiento y estaba desesperada por ver muertos a mis enemigos. Vivía continuamente atormentada por la angustia de mi odio, sin motivación para trabajar ni para vivir. Hasta mi hijo se vio arrastrado a ello. ¿Acaso todas estas desgracias no fueron perjuicios fraguados por Satanás? Más adelante llegué a comprender la vida gracias a la oración y la lectura de las palabras de Dios. Entendí que la humanidad es malvada y corrupta, que todos nos utilizamos y engañamos unos a otros y que no existe el amor verdadero. Poco a poco, dejé de odiar a mi marido y a aquella mujer y descarté mi plan de venganza. Cuando renuncié a todo eso, tuve una increíble sensación de libertad y liberación. Entonces comencé una vida totalmente nueva, en la que me reunía a diario con mis hermanos y hermanas para comer, beber y hablar de las palabras de Dios y cantarle himnos de alabanza. Tenía una gran sensación de liberación y libertad. Paso a paso, empecé a sentirme mejor y pude sonreír de nuevo.

Entonces, un día me encontré con una amiga antaño bastante íntima. Estaba muy flaca y ojerosa. Me quedé sorprendida. Me contó que le había engañado su marido y que, cuando estaban valorando el divorcio, ella había intentado envenenarse porque no veía una salida, pero que al final la reanimaron. Habíamos sufrido la misma desgracia matrimonial. Yo ya habría muerto de no haber sido por la protección de Dios, y a saber cuánto tiempo llevaría ya criando malvas. Luego leí esto en las palabras de Dios: “¿Por qué un esposo ama a su esposa? ¿Y por qué una esposa ama a su esposo? ¿Por qué los hijos son obedientes a sus padres? ¿Y por qué los padres consienten a sus hijos? ¿Qué clase de intenciones realmente albergan las personas? ¿No es su intención satisfacer los planes propios y los deseos egoístas?” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me enseñaron por qué, tras casi dos décadas como marido y mujer, los sentimientos entre nosotros eran así de frágiles y no aguantaron el más mínimo golpe: porque entre los seres humanos no hay afecto ni amor verdaderos. Solamente satisfacemos nuestros deseos personales o nos utilizamos unos a otros. Cuando merece la pena utilizar a alguien, solo le damos coba con cosas agradables, pero cuando hemos terminado de utilizarlo, lo echamos a patadas como si fuera una camisa vieja o un montón de basura. “Familia feliz” y “amor entre marido y mujer” son puras mentiras para engañar a la gente, una trampa de Satanás para embaucarnos. Lamentablemente, no tenía la verdad y no comprendía el asunto, por lo que no podía descubrir los trucos de Satanás. Me habían encandilado unas ingeniosas mentiras y lágrimas falsas de mi marido. Estaba totalmente cegada por una falsa sensación de felicidad y había perdido la cabeza por estos sentimientos vacíos que habían jugado conmigo. Estuve a punto de perder la vida por ello. ¡Menuda idiota! Todos estamos corrompidos por Satanás. Somos tramposos, mentirosos, egoístas, despreciables, codiciosos y malvados. ¿Cómo puede haber afecto o amor sinceros? Comprendí entonces que solo el amor de Dios a la humanidad es realmente sincero y que, cuando estaba rebosante de odio, las palabras de Dios disiparon el odio de mi corazón y aliviaron mi dolor con una sensación de paz y gozo en el alma. ¿Quién más podría amarme así? ¿Quién podría superar el amor de Dios? ¿Acaso el amor de Dios no aporta más felicidad que el amor de cualquier persona? Estos pensamientos me dieron consuelo y una enorme gratitud por la salvación de Dios.

Luego leí unos pasajes de las palabras de Dios. “Perniciosas influencias en lo profundo del corazón humano, como resultado de miles de años ‘del elevado espíritu nacional’ y el pensamiento feudal han dejado a las personas atadas y encadenadas, sin una pizca de libertad. Como resultado, son personas sin aspiraciones ni perseverancia, ni deseo de progresar, sino que permanecen pasivos y retrógrados, con una mentalidad de esclavos particularmente fuerte, y así sucesivamente, estos factores objetivos les han impartido una desagradable imagen, de indeleble suciedad, a la actitud ideológica, los ideales, la moralidad y el carácter humanos. Al parecer, los seres humanos están viviendo en un mundo oscuro de terrorismo y nadie busca trascenderlo, nadie piensa en avanzar a un mundo ideal. Se contentan con su suerte en la vida y pasan sus días teniendo hijos y criándolos, esforzándose, sudando, atendiendo sus quehaceres, soñando con una familia agradable y feliz, el afecto conyugal, la piedad filial por parte de los hijos, unos últimos años gozosos y vivir una vida apacible… Durante decenas, millares, decenas de millares de años hasta ahora, las personas han malgastado así su tiempo; nadie ha creado una vida perfecta. Se han limitado a masacrarse unos a otros en este mundo oscuro, luchando por fama y fortuna, en intrigas los unos contra los otros. ¿Quién ha buscado alguna vez la voluntad de Dios? ¿Alguna vez le ha prestado alguien atención a la obra de Dios? Todas estas porciones dentro de los seres humanos, ocupados por la influencia de la oscuridad, se han convertido hace mucho tiempo en naturaleza humana, de manera que es bastante difícil llevar a cabo la obra de Dios, y hoy las personas tienen aún menos ánimo de prestar atención a lo que Dios les ha confiado” (‘La obra y la entrada (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Toda la vida del hombre se vive bajo el campo de acción de Satanás, y no hay ni una sola persona que, por su cuenta, se pueda liberar de la influencia de Satanás. Todas viven en un mundo inmundo, en la corrupción y el vacío, sin el menor sentido o valor; viven una vida despreocupada y para la carne, para la lujuria y para Satanás. No le dan a su existencia el más mínimo valor. El hombre es incapaz de encontrar la verdad que lo libere de la influencia de Satanás. Aunque el hombre crea en Dios y lea la Biblia, no entiende cómo liberarse del control de la influencia de Satanás. A lo largo de las eras, muy pocas personas han descubierto este secreto y muy pocas lo han comprendido. Como tal, aunque el hombre deteste a Satanás y deteste la carne, no sabe cómo deshacerse de su influencia intrigante” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelan la realidad de nuestra vida como seres humanos. ¿No estaba pasando yo por tanto dolor porque había aspirado a una vida supuestamente “feliz”? Recordé el pasado. Había renunciado a una profesión que disfrutaba para que mi marido pudiera progresar. Asumí todas las tareas domésticas y el cuidado de nuestro hijo y había vivido creyendo que los hombres se ocupan del mundo exterior mientras las mujeres se ocupan del hogar. Con tal de ser una buena esposa para mi marido, estaba dispuesta a darle sangre, sudor y lágrimas aunque me costara la vida. Trabajaba más horas que un reloj esforzándome sin parar por mi marido y mi familia. Cuando mi marido salió adelante, estaba encantada por él. Cuando me engañó, me quedé destrozada y llorando en casa por tonta, pero tenía que seguir sonriendo ante los demás cuando salía. Siempre tenía dos caras; era una manera agotadora y dolorosa de vivir. Con el fin de luchar por reconstruir mi familia rota, llegué a las manos con aquella mujer sin pensar en mi dignidad ni en mi integridad. Además, tuve que dominar la hostilidad de mi corazón y darle a mi marido una oportunidad de arrepentirse. Ahora veo que vivía bajo el campo de acción de Satanás, quien jugaba conmigo y me manipulaba como a una muñeca, y vivía sin nada de humanidad. Mi vida era un infierno. Sin embargo, era cautiva de ella, pues creía que era la única manera de vivir con sentido. Las palabras de Dios me abrieron el corazón para que viera que la vida supuestamente “feliz” a la que aspiraba era vana, carente de sentido. ¿Y qué si lograba esas cosas? ¿No era un vacío total?

Leí lo siguiente en las palabras de Dios: “Eres un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida con significado. Si no adoras a Dios, sino que vives en tu carne inmunda entonces, ¿no eres sólo una bestia con un vestido humano? Como eres un ser humano, ¡te debes consumir a ti mismo por Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. En este mundo, el hombre usa la ropa del diablo, come la comida del diablo, trabaja y sirve bajo el dominio del diablo, pisoteado completamente en su inmundicia. Si no captas el significado de la vida o obtener el camino verdadero, entonces, ¿qué significado tiene vivir así? Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘Práctica (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios reforzaron mi decisión de seguirlo. En la vida terrenal, nuestra fe, nuestra veneración por Dios y nuestro deber como seres creados son las únicas vías para poder vivir con valor y sentido. En el mundo, me agoté y me peleé con la gente por mi matrimonio y había apurado los tragos amargos que me había servido Satanás. Fue Dios Todopoderoso quien me salvó y me dio la dicha de regresar a la casa de Dios. Las palabras de Dios me regaron y sustentaron para que entendiera algo de la verdad, descubriera un poquito la maldad y las tinieblas del mundo, viera la verdad de la corrupción de la gente y dejara atrás el dolor. ¡Qué grande es el amor de Dios por mí! Debo cumplir correctamente con el deber para corresponderlo. Si no, ni siquiera merezco el apelativo de humana ni vivir ante Dios. Posteriormente, comencé a predicar el evangelio y a cumplir con el deber con mis hermanos y hermanas, y me sentía muy tranquila y feliz por dentro.

Ahora, cada vez que recuerdo cómo me salvó Dios, me pongo a cantar el himno “Si Dios no me hubiera salvado”: “Si Dios no me hubiera salvado, aún iría a la deriva por el mundo, luchando dolorosamente en el pecado y viviendo sin esperanza. Si no me hubiera salvado Dios, aún me pisotearían los diablos mientras disfrutaba de los placeres del pecado sin saber dónde está la senda de la vida humana. Dios Todopoderoso es misericordioso conmigo y Sus palabras me llaman. Oigo la voz de Dios, que me ha elevado ante Su trono. Cada día como y bebo las palabras de Dios y comprendo muchas verdades. Veo que la corrupción de la humanidad es muy profunda, realmente necesitamos la salvación de Dios. La verdad de Dios me purifica y salva. Una y otra vez me juzga y refina, y mi carácter de vida está algo cambiado. Al experimentar la justicia y santidad de Dios llego a comprender Su encanto. Soy capaz de temer a Dios, rechazar el mal y vivir con algo de semejanza humana. He visto a Dios cara a cara y probado Su amor verdadero. Por medio del juicio y castigo de Dios recibo Su salvación de los últimos días. Al cumplir fielmente con mi deber, mi corazón está feliz y tranquilo. Vivimos ante Dios mutuamente enamorados y con Su guía y bendiciones. Practico la verdad, obedezco a Dios y vivo de verdad. La obra de Dios es real y viva, y Él es honorable y hermoso. En vista de Su benevolencia y amabilidad, quiero dedicarle mi vida. Buscaré la verdad, lo amaré por siempre y cumpliré con mi deber para devolverle Su amor” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos).

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29. El arrepentimiento de un oficial

“Úsame, soy Tu creación. Si Tú me haces perfecto, todavía soy Tu creación; si Tú no me haces perfecto, todavía te seguiré amando porque soy Tu creación” (‘Sólo soy Tu pequeña creación’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

1. Tengo la fortuna de hacer servicio para Dios

Siempre que veía estas palabras que Dios habló me sentía ansiosa: “Cada frase que he pronunciado contiene el carácter de Dios. Haríais bien en meditar Mis palabras cuidadosamente y con toda seguridad os beneficiaréis en gran medida de ellas”. Me sentía ansiosa porque entender el carácter de Dios es tan importante tanto para la comprensión que el hombre tiene de Dios como para su búsqueda para amarle y agradarle.

7. El despertar de una esclava del dinero

El hombre mismo debe tener un corazón anhelante, buscador para poder trabajar con Dios de una manera positiva y activa. Sólo entonces el Espíritu Santo puede obrar en el hombre y esclarecer e iluminar el entendimiento que el hombre tiene de la voluntad de Dios, haciéndole entender la verdad en Sus palabras.

21. Aprendí a tratar correctamente a las personas

En ese momento no pude evitar estremecerme ante mis pensamientos y acciones, al verme lleno del veneno del gran dragón rojo, que todo lo que se expuso fue la enemistad contra Dios. Dios verdaderamente odia esto y está disgustado por eso.

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