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1. El amor de Dios estaba conmigo en la prisión oscura del diablo

Yang Yi, provincia de Jiangsu

Soy una cristiana de la Iglesia de Dios Todopoderoso. He sido una seguidora de Dios Todopoderoso durante más de diez años. Durante este tiempo, una cosa que nunca olvidaré es la horrible tribulación experimentada cuando la Policía del PCC me arrestó hace una década. En aquel momento, a pesar de que demonios malvados me torturaron y pisotearon, y de que estuve cerca de la muerte en varias ocasiones, Dios Todopoderoso usó Su mano poderosa para guiarme y protegerme, para traerme de vuelta a la vida, y llevarme de nuevo a la seguridad…. A través de esto, experimenté realmente la trascendencia y la grandeza del poder de la vida de Dios, y obtuve la valiosa riqueza de vida que Dios me confirió.

Era el 23 de enero de 2004 (el segundo día del Año Nuevo chino). Yo tenía que ir a visitar a una hermana de la iglesia que tenía problemas y necesitaba ayuda urgentemente. Vivía muy lejos, por lo que tuve que madrugar para tomar un taxi y estar de vuelta el mismo día. Salí de casa con la primera luz del día. Apenas había nadie en las calles, sólo los basureros recogiendo la basura. Busqué un taxi con impaciencia, pero no había ninguno. Fui a una parada a esperar, y me metí en la carretera con el fin de parar a uno que vi venir —pero resultó ser un vehículo de la Oficina de Protección Medioambiental—. Me preguntaron por qué los había parado. “Lo siento, fue una equivocación, pensé que era un taxi”, les dije yo. “Pensamos que estabas pegando carteles ilegales”, contestaron. “¿Me visteis? ¿Dónde están los carteles que estaba pegando?”, dije. Sin darme la oportunidad de defenderme, los tres se abalanzaron sobre mí y me registraron el bolso a la fuerza. Revolvieron todo lo que había en él: una copia de un sermón, un bloc de notas, una cartera, un teléfono móvil y un buscapersonas desactivado, entre otras cosas. Después miraron con más detenimiento la copia del sermón y el bloc de notas. Al ver que no había carteles en mi bolso, sostuvieron en alto la copia del sermón y dijeron: “Puede que no hayas estado pegando carteles ilegales, pero crees en Dios Todopoderoso”. Seguidamente, llamaron a la División Religiosa de la Brigada de Seguridad Nacional. Poco después, llegaron cuatro personas de la Brigada de Seguridad Nacional. Supieron que yo era una creyente en Dios Todopoderoso tan pronto como vieron las cosas que había en mi bolso. Sin dejarme decir nada, me metieron en su vehículo y cerraron la puerta con llave para evitar que huyera.

Cuando llegamos a la Oficina de Seguridad Pública, la policía me llevó a una habitación. Uno de ellos empezó a toquetear mi buscapersonas y mi teléfono móvil en busca de pistas. Encendió el móvil, pero tenía poca batería, y después dijo que esta estaba completamente vacía. Por más que intentaba, no podía conseguir encenderlo. Mientras sostenía el teléfono, parecía preocupado. Yo también estaba desconcertada —lo había cargado justo esa mañana—. ¿Cómo era posible que no tuviera batería? De repente fui consciente de que Dios había dispuesto esto milagrosamente para evitar que la policía encontrara información sobre los demás hermanos y hermanas. También entendí las palabras pronunciadas por Dios: “cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas” (“Dios es la fuente de la vida del hombre” en La Palabra manifestada en carne). Esto me dio un verdadero conocimiento de la soberanía de Dios y de Su disposición de todas las cosas, y fortaleció mi fe en la cooperación futura. Mientras señalaba hacia las cosas de mi bolso, el oficial de policía preguntó en tono acusador: “Estas cosas demuestran claramente que no eres una miembro ordinaria de la iglesia. Debes de ser alguien de la alta dirección, alguien importante. Porque los líderes de menor rango no tienen buscapersonas ni teléfonos móviles. ¿Estoy en lo correcto?”. “No entiendo lo que estáis diciendo”, contesté. “¡Estás fingiendo!”, gritó él, y después me ordenó que me pusiera en cuclillas para hablar. Al ver que yo no iba a colaborar, me rodearon y empezaron a darme puñetazos y patadas —lo suficiente como para matarme—. Con la cara ensangrentada e hinchada, con un dolor insoportable en el cuerpo, caí al suelo. Yo estaba indignada. Quería razonar con ellos, argumentar mi caso: ¿qué he hecho mal? ¿Por qué me golpeasteis así? Pero no tuve forma de hablar con ellos con sensatez, porque el Gobierno del PCC no es nada sensato. Yo estaba perpleja, pero no quería ceder ante sus golpes. Justo cuando estaba confundida, de repente pensé en que, como estos oficiales malvados del Gobierno del PCC estaban siendo tan absurdos, como no me estaban dejando razonar, yo no necesitaba decirles nada. Era mejor que me mantuviera en silencio —de esa forma no les sería útil—. Cuando pensé esto, dejé de prestar atención a lo que estaban diciendo.

Al ver que esta estrategia no surtía efecto en mí, los policías malvados se pusieron furiosos e incluso más salvajes: recurrieron a la tortura para sacarme una confesión. Me esposaron a una silla metálica atornillada al suelo en una posición en la que no podía estar en cuclillas ni de pie. Uno de ellos me puso la mano no esposada en la silla y la golpeó con un zapato, y sólo paró cuando el dorso de la mano se me había puesto morado; otro me aplastó los dedos de los pies con su zapato de cuero. Sólo entonces experimenté que el dolor en los dedos se me disparó directo al corazón. Después de eso, seis o siete policías hicieron turnos conmigo. Unos de ellos se concentró en mis articulaciones, y las apretó con tanta fuerza que un mes después seguía sin poder doblar el brazo. Otro me agarró del pelo y me sacudió la cabeza de lado a lado, después me la empujó hacia atrás y me quedé mirando hacia arriba. “¡Mira al cielo a ver si hay un Dios!”, dijo vilmente. Siguieron hasta el anochecer. Al ver que no iban a conseguir nada de mí, y como era el Año Nuevo chino, me enviaron directamente al centro de detención.

Cuando llegué al centro de detención, un guardia ordenó a una presa que me quitara toda la ropa y la tirara a la basura. Después me hicieron ponerme un uniforme carcelario sucio y maloliente. Los guardias me pusieron en una celda y mintieron a las otras presas, diciendo: “Ella rompía especialmente la familia de las personas. Muchas familias se han visto destruidas por ella. Es una mentirosa, engaña a personas honestas y altera el orden público…”. “¿Por qué parece una mentecata?”, preguntó una de las presas. A lo que los guardias contestaron: “Está actuando para evitar una condena. ¿Quién de vosotras es tan lista? Quienquiera que piense que es una necia es la mayor idiota de todas”. ¡Engañadas así por los guardias, todas las demás presas dijeron que me estaban absolviendo con demasiada facilidad, y que la única cosa buena para alguien tan mala como yo era el pelotón de fusilamiento! Oír esto me enfureció, pero no había nada que yo pudiera hacer. Mis intentos de resistencia habían sido inútiles, sólo me trajeron más tortura y salvajismo. En el centro de detención, los guardias hacían que los presos recitaran las reglas cada día: “Confiesa tus delitos y sométete a la ley. No se permite incitar a otros a cometer delitos. No se permite formar bandas. No se permite pelear. No se permite acosar a otros. No se permite acusar a otros en falso. No se permite tomar la comida ni las posesiones de otros. No se permite engañar a los demás. Se deben tomar medidas contra los matones de la prisión. Cualquier violación de las normas debe comunicarse inmediatamente a los supervisores o los vigilantes. No debes encubrir los hechos ni intentar proteger a los presos que hayan violado el reglamento, y el control debería ser humano. […]”. En realidad, los guardias alentaban a las demás presas a atormentarme, y les permitían hacerme jugarretas cada día: cuando la temperatura era de 8 o 9 grados bajo cero, empapaban mis zapatos; echaban agua en mi comida a escondidas; por la noche, cuando yo dormía, empapaban mi chaqueta de algodón acolchado; me hacían dormir al lado de los aseos, me quitaban frecuentemente la colcha por la noche, me tiraban del pelo, para evitar que durmiera; me quitaban mis bollos al vapor; me obligaban a limpiar los aseos, me metían los residuos de su medicina en la boca, no me dejaban hacer mis necesidades… Si yo no hacía lo que ellas decían, se juntaban y me pegaban —y a menudo en tales ocasiones los supervisores o los vigilantes se apresuraban a desaparecer o fingían no haber visto nada; a veces incluso se escondían a cierta distancia y observaban—. Si pasaban algunos días sin que las presas me atormentaran, estos les preguntaban: “Esa perra estúpida se ha vuelto más lista estos últimos días, ¿verdad? Entretanto, vosotras ya no pensáis bien. Cualquiera que reanime a esa perra estúpida conseguirá un indulto”. El tormento brutal de los guardias me llenó de odio hacia ellos. Hoy, si no hubiera visto esto con mis propios ojos y no lo hubiera experimentado, nunca habría creído que el Gobierno del PCC, que se supone que está lleno de benevolencia y moralidad, podía ser tan oscuro, terrorífico y horrible —nunca habría visto su verdadero rostro, un rostro fraudulento y engañoso. Todo su discurso de “servir al pueblo, crear una sociedad civilizada y armoniosa” no son más que mentiras diseñadas para engañar y embaucar a la gente, un medio, un truco para embellecerse y obtener un prestigio que no merece. En ese momento, pensé en las palabras de Dios: “Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los diablos, que mata a las personas en un abrir y cerrar de ojos, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, no tienen rastro de amabilidad, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos legítimos y los intereses de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (“Obra y entrada (8)”en La Palabra manifestada en carne). Al comparar las palabras de Dios con la realidad, vi la esencia demoníaca oscura y malvada del Gobierno del PCC con perfecta claridad. Para mantener su dominio oscuro, mantiene un férreo control sobre las personas, y no se detiene ante nada para embaucarlas y engañarlas. Superficialmente, pretende proveer libertad religiosa, pero, en secreto, arresta, oprime, persigue y asesina a la gente que cree en Dios por todo el país. Incluso intenta dar muerte a todas ellas. ¡Cuán astuto, brutal y reaccionario es el diablo! ¿Dónde está la libertad? ¿Dónde están los derechos humanos? ¿No son todos trucos para engañar a las personas? ¿Pueden éstas atisbar cualquier esperanza o luz bajo su oscuro dominio? ¿Cómo pueden ser libres para creer en Dios y buscar la verdad? Sólo entonces reconocí que Dios había permitido que esta persecución y tribulación me sobreviniera, que Él la había usado para mostrarme la perversidad y la brutalidad del Gobierno del PCC, para mostrarme su esencia demoníaca que se encuentra enemistada con la verdad y que es hostil a Dios, y que la policía del pueblo, que el Gobierno promueve con vigor y pregona como ente que castiga el mal y que aboga por el bien y promueve la justicia, son los cómplices y secuaces que ha educado meticulosamente, una panda de verdugos que tienen rostro de hombres pero corazón de bestias, y que matarían en un abrir y cerrar de ojos. Para intentar prohibir y erradicar la obra de Dios, y obligarme a rechazar y traicionar a Dios y ceder ante su poder despótico, el Gobierno del PCC no se detuvo ante nada a la hora de torturarme y destrozarme —sin embargo, no podía imaginarse que cuanto más me torturaba, con más claridad veía yo su rostro diabólico, y más lo despreciaba y rechazaba en lo más profundo de mi corazón, lo que me hacía anhelar a Dios y confiar en Él verdaderamente—. Más aun, fue precisamente a causa de la tortura de los guardias que llegué a entender sin saberlo lo que significa realmente amar lo que Dios ama, y odiar lo que Dios odia, dar la espalda a Satanás y volver el corazón a Dios, qué es ser salvaje, cuáles son las fuerzas de las tinieblas y, además, qué es ser malicioso e insidioso, así como falso y engañoso. Estaba agradecida a Dios por haberme permitido experimentar este entorno, distinguir lo bueno de lo malo y ver la senda de vida correcta que yo debía tomar. El amor de Dios había despertado finalmente a mi corazón, que Satanás había engañado durante tanto tiempo. Yo sentía que había un gran sentido en que yo tuviera la fortuna de experimentar esta tribulación y prueba, en que se me hubiera mostrado realmente un favor especial.

Después de intentarlo todo, la policía malvada ideó otro plan: encontraron una pastora de la Iglesia de los Tres Seres que sabía quién era yo para exponerme. Ella dijo que yo creía en Dios Todopoderoso y que una vez intenté difundirle el evangelio, pero que ella se había negado. Y también intentó que yo diera la espalda a Dios. Al ver a esta sierva malvada que había informado de muchos hermanos y hermanas que difundían el evangelio, y al oír todas las palabras impías que salían de su boca —palabras que vilipendiaban, difamaban a Dios y blasfemaban contra Él—, mi corazón se llenó de ira. Yo quería gritarle y preguntarle por qué era tan intolerablemente hostil a Dios. ¿Por qué había unido fuerzas con los diablos malignos para perseguir a los escogidos de Dios, si había disfrutado tanto de la gracia de Dios? En mi corazón, había una tristeza y un dolor indecibles. También sentí un gran remordimiento y endeudamiento; me odié a mí misma porque, en el pasado, no había intentado buscar la verdad y nunca había conocido otra cosa que el disfrute de la gracia y las bendiciones de Dios como un niño ingenuo, sin pensar en el dolor y la humillación que Dios había soportado por causa de nuestra salvación. ¡Sólo ahora, cuando estaba en lo profundo de esta guarida de demonios, sentía cuán duro fue para Dios obrar en este país inmundo y corrupto, y cuán grande fue el dolor que Él sufrió! Verdaderamente, el amor de Dios hacia el hombre acarrea un gran dolor. Él lleva a cabo la obra de salvar a la humanidad mientras soporta la traición del hombre. Esta no le ha traído otra cosa que dolor y daño. No es de extrañar que Dios dijera una vez: “Incluso, en el espacio de sólo una noche, pueden pasar de ser una persona sonriente y “de buen corazón” a un asesino de aspecto espantoso y feroz, tratando de repente a su benefactor de ayer como su enemigo mortal, sin ton ni son” (“La obra de Dios y la práctica del hombre” en La Palabra manifestada en carne). Hoy, aunque yo hubiera caído en las garras del diablo, no traicionaría a Dios pasara lo que pasara. Independientemente de cuán grande fuera la dificultad que sufriera, yo no sería un Judas por salvar mi propio pellejo, no causaría dolor ni aflicción para Dios. Como consecuencia de que esta pastora de la comunidad religiosa me vendiera, la policía malvada intensificó su tortura. Aquella, entretanto, se quedó a un lado y dijo: “No distingues el bien del mal. ¡Mereces esto! No aprecias mi bondad. ¡Mereces ser torturada hasta la muerte!”. Oír estas crueles y malvadas palabras me indignó —pero también tuve una sensación inexplicable de tristeza—. Quería llorar, pero sabía que no debía hacerlo. En mi corazón, oré en secreto: ¡Oh Dios! Quisiera que ganaras mi corazón. Aunque no puedo hacer nada por ti en este momento, deseo dar un testimonio victorioso de ti ante Satanás y esta persona impía, para avergonzarlos totalmente y traer consuelo a Tu corazón por medio de ello. ¡Oh Dios! Quisiera que protegieras mi corazón, y me hicieras más fuerte. Si tengo lágrimas, que fluyan por dentro —no puedo dejar que ellos las vean—. Debería estar feliz porque entiendo la verdad, porque Tú has pulido mis ojos, me has dado la capacidad de diferenciar, y ver con claridad la naturaleza y la esencia de Satanás, que es oponerse a ti, traicionarte y destruir Tu obra. En medio del refinamiento, también he visto cómo Tu mano sabia lo dispone todo. Deseo seguir cooperando contigo, hasta que la victoria sea Tuya. Después de orar, mi corazón tuvo la fuerza para no descansar hasta haber completado mi testimonio de Dios. Sabía que Él me la había dado, que Él me había dado una gran protección y me había conmovido en gran manera. La policía malvada quiso usar a la persona impía para que yo traicionara a Dios, pero Él es un Dios sabio, y empleó a esta como contraejemplo para mostrarme la naturaleza rebelde de la humanidad corrupta, y estimular mi determinación y fe para satisfacerlo a Él. Aún más, tuve algún conocimiento de la sabia obra de Dios, vi que Él gobierna y maneja todo lo que hay en el servicio para perfeccionar al pueblo de Dios. Esta es la realidad invulnerable del uso de la sabiduría por parte de Dios para derrotar a Satanás.

Al ver que no iban a conseguir que yo dijera nada de lo que ellos querían que dijera, no escatimaron en gastos —ya sea en mano de obra o en recursos materiales o económicos— para ir por todas partes buscando pruebas de que yo era una creyente en Dios. Tres meses después, todos sus movimientos se habían quedado en nada. Al final, quemaron su último cartucho: encontraron a un interrogador experto. Se decía que todos los que habían sido llevados a él habían sido sometidos a sus tres formas de tortura, y que todos habían confesado. Un día, vinieron cuatro oficiales de policía y me dijeron: “Hoy, te llevamos a un nuevo hogar”. Después, me metieron a empujones en una camioneta de transporte de presos, me esposaron las manos por detrás de la espalda y me pusieron una capucha en la cabeza. La situación me hizo pensar que me estaban sacando para ejecutarme en secreto. En mi corazón, no pude evitar entrar en pánico. Pero después pensé en el himno que solía cantar cuando creía en Jesús: “Desde los primeros tiempos de la iglesia, los que siguen al Señor han tenido que pagar un alto precio. Decenas de miles de allegados espirituales se han sacrificado por el evangelio, y han obtenido así la vida eterna. Martirio por el Señor, estoy preparado para morir como mártir por el Señor”. Ese día, entendí finalmente el himno: los que siguen al Señor deben pagar un alto precio. Yo también estaba preparada para morir por Dios. Para sorpresa mía, después de entrar en la camioneta, oí sin querer la conversación que mantenía la policía malvada. Parecía que me llevaban a otro lugar para interrogarme. ¡Ah! No me llevaban a ejecutarme —¡y yo había estado preparándome para morir como mártir por Dios! —. Justo cuando estaba pensando esto, por alguna razón desconocida uno de los policías apretó las cuerdas de la capucha que me tapaba la cabeza. Poco después, empecé a sentirme incómoda —sentí como si me asfixiaran—. Me preguntaba si realmente iban a torturarme hasta la muerte. En ese momento, pensé en cómo se habían sacrificado los discípulos de Jesús para difundir el evangelio. Yo no iba a ser una cobarde. Aunque muriera, no iba a rogarles que aflojaran las cuerdas, mucho menos admitiría la derrota. Pero no pude controlarme: me desmayé y caí sobre ellos. Al ver lo que estaba pasando, los policías aflojaron rápidamente la capucha. Empecé a echar espuma por la boca, y después no pude parar de vomitar. Sentía como si fuera a vomitar todas mis entrañas. Me sentía mareada, mi cabeza vacía, y no podía abrir los ojos. No tenía fuerza en ningún punto del cuerpo, como si estuviera paralizada. Sentía como si tuviera algo pegajoso en la boca que no podía sacar. Siempre había sido delicada, y después de que abusaran de mí de esta forma sentía que estaba en problemas, que podía dejar de respirar en cualquier momento. En medio del dolor, oré a Dios: “¡Oh Dios! Si deseas que yo te dé el testimonio de la muerte, me someto alegremente a ti, y uso alegremente la muerte para satisfacerte. Yo sé que los que mueren en el nombre de Dios no mueren, sino que duermen. Confío en que todo lo que Tú haces es justo, y quisiera que protegieras mi corazón, de forma que yo pueda adherirme a todo lo que Tú orquestas y dispones”. Algún tiempo después, la camioneta llegó a un hotel. En ese momento, todo mi cuerpo se sentía débil y yo no podía abrir los ojos. Me llevaron a una habitación sellada. Lo único que podía oír era el sonido de los muchos secuaces del Gobierno del PCC hablando de mí a mi alrededor, diciendo que verme era como ver cómo había estado Liu Hulan. ¡Qué revelador, qué impresionante! ¡Ella es incluso más dura de lo que era Liu Hulan! Al oír esto, el corazón se me aceleró del entusiasmó. ¡Vi que Dios Todopoderoso estaba abocado a ser victorioso, que Satanás estaba bajo Sus pies! Di gracias y alabé a Dios por darme fe y obediencia. En este momento, olvidé el dolor. Me sentí tremendamente satisfecha de estar glorificando a Dios.

Poco después, llegó el “experto en interrogatorios” del que había hablado la policía. Tan pronto como entró, gritó: “¿Dónde está esa perra estúpida? ¡Dejadme verla!”. Se puso delante de mí y me agarró. Después de abofetearme una docena de veces, me dio varios puñetazos fuertes en el pecho y la espalda, después se quitó uno de sus zapatos de cuero y me pegó en la cara con él. Después de que me golpeara así, perdí la sensación de que había algo que no podía sacarme de la boca o del estómago. El aturdimiento abandonó mi cabeza y pude abrir los ojos. Mis miembros recuperaron gradualmente la sensibilidad y mi cuerpo empezó a recobrar fuerzas. Seguidamente, él me agarró con dureza por los hombros y me empujó contra la pared, y me ordenó que lo mirara y respondiera a sus preguntas. Ver que yo no le estaba prestando ninguna atención lo enfureció, e intentó hacerme reaccionar vilipendiando, difamando y blasfemando a Dios. Usó los medios más deleznables y despreciables para hostigarme, y dijo ominosamente: “Te estoy atormentando deliberadamente con lo que es insoportable para tu carne y alma, para que sufras un dolor que ninguna persona normal podría sufrir —vas a desear haber muerto—. Al final, me rogarás que te deje ir, y entonces será cuando hablarás con sentido, y dirás que tu destino no está en las manos de Dios —está en las mías—. Si yo quiero que mueras, ocurrirá inmediatamente; si quiero que vivas, vivirás; y cualquiera que sea la dificultad que quiera que sufras, eso es lo que sufrirás. Tu Dios Todopoderoso no puede salvarte —sólo vivirás si nos ruegas que te salvemos—”. Frente a estos matones despreciables, sinvergüenzas, deleznables, animales salvajes, y demonios malignos, yo quería luchar realmente contra ellos. En ese momento pensé en un himno de experiencia de vida: “Los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos fueron creados por Dios, y es natural y correcto que Él disfrute de ellos. El rey de los diablos los ocupa desvergonzadamente; Satanás es culpable del delito más atroz; decenas de miles de allegados espirituales deben levantarse” (“Correr hacia la senda brillante” en Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos). ¿Qué había hecho yo para levantarme? Al no decir nada para refutarlos, y simplemente dejar que me atormentaran como quisieran —¿estaba siendo demasiado débil en esto?—. Mi corazón se llenó de furia. Sentí que no podía contenerla; quería gritar, luchar y proclamar lo siguiente: “¡Un humano nunca suplicaría misericordia de un perro!”. Yo creía que este era un sentido de la justicia —pero para mi sorpresa, cuanto más pensaba de esta manera, más oscuro se volvía mi interior—. Me vi sin palabras de oración, incapaz de pensar en ningún himno. Mis pensamientos se nublaron, no sabía qué hacer, y en ese punto empecé a asustarme un poco. Me calmé rápidamente ante Dios. Reflexioné acerca de mí e intenté conocerme, y en ese momento las palabras de juicio de Dios vinieron a mí: “Lo que tú admiras no es la humildad de Cristo …. Tú no amas la belleza o la sabiduría de Cristo…” (“¿Eres un verdadero creyente en Dios?” en La Palabra manifestada en carne). “¿Seguir tus propios deseos revela Mi semejanza? ¿Satisfará eso Mi corazón? ¿Eres alguien que ha observado sinceramente Mis propósitos? ¿Eres alguien que realmente ha intentado entender Mi corazón? ¿Te has ofrecido de hecho por Mí? ¿Te has gastado realmente por Mí? ¿Has meditado en Mis palabras?” (“La cuadragésima novena declaración” en La Palabra manifestada en carne). Cada palabra del juicio de Dios perforó mi corazón. Sí, yo había visto a Cristo demasiado pequeño, había admirado el poder y la influencia, no la humildad de Cristo, mucho menos la sabiduría de la obra oculta de Dios. Él usa Su sabiduría para derrotar a Satanás, usa Su humildad y ocultación para revelar el verdadero rostro de este, y para reunir evidencias para castigar a los impíos. Yo, entretanto, confiaba en filosofías satánicas para considerar la obra de Cristo, e intentaba siempre obtener un diente por un diente y un ojo por un ojo, y creía que ser bueno era que se aprovecharan de uno, que el caballo dispuesto recibe todas las cargas. ¿Por qué, cuando nos persiguen, deberíamos dejar que la policía malvada haga lo que quiera? ¿Es la suerte de quienes creen en Dios ser acosados, oprimidos y agraviados? Como consecuencia de mi naturaleza arrogante, yo no había estado dispuesta a soportar la humillación, mucho menos el acoso y la opresión. Esto había hecho que yo no prestara atención a la obra sabia de Cristo y que no apreciara Su humildad ni ocultación. En su lugar, creía que el sentido de la justicia, la fuerza del carácter y la dignidad residían en luchar contra ellos. Yo no sabía que Satanás deseaba incitarme a luchar contra ellos, obligarme a reconocer el hecho de mi creencia en Dios con el fin de condenarme. Si realmente luchaba contra ellos con una valentía impulsiva, ¿no habría sido presa de sus estratagemas engañosas? Yo estaba realmente agradecida a Dios por este castigo y juicio oportunos sobre mí, los cuales me protegieron en medio de mi rebeldía, de modo que pude conocer la intención de las estratagemas engañosas de Satanás, y reconocí su veneno en mi interior, y obtuve algo de conocimiento sobre qué es Dios y cuál es Su esencia vital humilde y oculta. Pensé en cómo hizo frente Cristo a ser perseguido, cazado y matado por el diablo del PCC, y cómo toda la humanidad lo juzgó, condenó, difamó y abandonó. En todo momento, Él cargó con todo esto en silencio y soportó todo este dolor para llevar a cabo Su obra de salvación, sin luchar nunca, sin quejarse nunca. ¡Vi lo bondadoso, bello y honorable que es el carácter de Dios! Entretanto, yo —una persona inmunda, corrupta— había querido luchar cuando me persiguieron los demonios malvados, había querido usar mi valentía impulsiva para defender mi supuesta dignidad, para luchar por mi propia justicia basándome en mi propia voluntad. ¿Dónde estaba el sentido de la justicia en esto? ¿Dónde estaban la fuerza del carácter y la dignidad? Con esto, ¿no estaba yo mostrando mi desagradable rostro satánico? ¿No estaba revelando mi naturaleza arrogante? ¿Dónde había algo de verdad en esto? Al pensar esto, mi corazón se llenó de remordimientos. Me decidí a imitar a Cristo. Estaba dispuesta a someterme a este entorno e intentar hacer todo lo posible para cooperar con Dios, y no dar ninguna oportunidad a Satanás.

Mi corazón se calmó y esperé en silencio la siguiente ronda de esta batalla con demonios. Mi negativa a confesar había hecho perder mucho prestigio al supuesto experto. Me torció con furia uno de los brazos por detrás de la espalda y tiró del otro hacia detrás de mi hombro, después me esposó con fuerza las manos. En menos de media hora, grandes gotas de sudor caían por mi rostro, y me impedían abrir los ojos. Al ver que yo iba a seguir sin contestar a sus preguntas, me tiró al suelo y después me levantó por las esposas que tenía por detrás de la espalda. Mis brazos chirriaron inmediatamente de dolor, como si se hubieran roto. Me dolía tanto que apenas podía respirar. Después, me empujó contra la pared y me hizo pararme frente a ella. El sudor me nublaba los ojos. Me dolía tanto que todo mi cuerpo estaba cubierto del mismo —incluso mis zapatos estaban empapados—. Siempre había sido frágil, y en este momento me derrumbé. Lo único que podía hacer era jadear. El demonio estaba a un lado mirándome. No sé lo que vio —quizás tenía miedo de que lo culparan si yo moría—; cogió rápidamente un puñado de pañuelos de papel para secarme el sudor y después me dio una taza de agua. Hizo esto cada menos de media hora. No sé cuál era mi aspecto en ese momento. Imagino que debía de ser bastante aterrador, porque yo sólo podía jadear con la boca abierta; parecía que había perdido la capacidad de respirar por la nariz. Mis labios estaban secos y agrietados y necesitaba toda la fuerza que tenía simplemente para respirar. Sentí una vez más que la muerte se me acercaba —quizás esta vez moriría realmente—. Pero en ese momento, el Espíritu Santo me esclareció. Pensé en Lucas, uno de los discípulos de Jesús, y en su experiencia al ser colgado vivo. En mi corazón, recobré espontáneamente la fuerza y seguí diciendo lo mismo una y otra vez para recordármelo a mí misma: “Lucas murió al ser colgado vivo. Yo, también, debo ser Lucas, debo ser Lucas, ser Lucas… Dios refinará a las personas hasta poco antes de perder la vida; pero yo soy demasiado débil, soy incapaz de dar testimonio poco antes de perder la vida —y ahora estoy llegando a ese punto. Aunque muera realmente, obedezco de buen grado las orquestaciones y disposiciones de Dios, deseo serle leal hasta la muerte como Lucas”. Justo cuando el dolor se volvió insoportable y yo estaba a punto de morir, de repente oí a uno de los policías malvados decir que varios hermanos y hermanas que creían en Dios Todopoderoso habían sido arrestados. Me consterné en mi corazón: van a torturar a más hermanos y hermanas. Serán especialmente duros con los hermanos. Mi corazón se llenó de preocupación. Seguí orando por ellos en silencio, y pedí a Dios que los guardara y les permitiera dar un testimonio victorioso ante Satanás y no traicionar nunca a Dios, porque no deseaba que ningún otro hermano o hermana sufriera como yo lo había hecho. Quizás estuviera tocada por el Espíritu Santo; oré sin cesar, y cuanto más oraba más inspirada estaba. Olvidé inconscientemente mi dolor. Sabía muy bien que estas eran las sabias disposiciones de Dios; Él era consciente de mi debilidad y me estaba guiando en mi momento más doloroso. Esa noche, ya no me importó cómo me trataba la policía, y no presté la más mínima atención a sus preguntas. Al ver lo que estaba aconteciendo, los malvados policías usaron los puños para golpear salvajemente mi rostro, después enrollaron el pelo de mi sien en sus dedos y tiraron de él. Mis orejas estaban hinchadas porque me las retorcieron, mi cara era irreconocible, la parte baja y alta de mis piernas quedaron magulladas y despellejadas cuando me pegaron con un trozo grueso de madera, y mis dedos también habían quedado amoratados tras ser aplastados con un trozo de madera. Después de colgarme por las esposas durante seis horas, cuando los malvados policías las abrieron, estas habían arrancado la carne por debajo de mi pulgar izquierdo —sólo me quedaba una fina capa antes del hueso—. Las esposas también me habían dejado las muñecas cubiertas de ampollas amarillas, y no hubo manera de volver a ponérmelas de nuevo. En ese momento, entró una mujer oficial de policía de aspecto importante. Me miró de arriba abajo, y les dijo: “No podéis pegarle más a esta, está a punto de morir”.

La policía me encerró en una de las habitaciones del hotel. Las cortinas se mantenían bien cerradas veinticuatro horas al día. Pusieron a alguien de guardia en la puerta, y nadie del personal de servicio podía entrar, como tampoco nadie podía ver las escenas de sus torturas y ataques salvajes que cometían conmigo allí dentro. Hacían turnos para interrogarme sin respiro. No me dejaron dormir durante cinco días con sus noches, no me dejaban sentarme o estar en cuclillas ni comer mi ración de comida. Sólo me permitían estar de pie apoyada contra la pared. Un día, vino un oficial a interrogarme. Al ver que yo lo estaba ignorando, se enfureció y me mandó volando debajo de la mesa de una patada. Después, me sacó de un tirón y me dio un puñetazo, provocando que me saliera sangre de la comisura de los labios. Para encubrir su salvajismo, cerró rápidamente la puerta para que nadie entrara. Después cogió un puñado de pañuelos de papel y limpió la sangre, me quitó con agua la de la cara y limpió la del suelo. Yo dejé deliberadamente parte de la sangre en mi jersey blanco. Sin embargo, cuando volví al centro de detención, la policía malvada dijo a las otras presas que la sangre de mi ropa era de cuando me examinaron en el hospital mental, y que allí es donde yo había estado los últimos días. Las heridas y la sangre de mi cuerpo las habían provocado los pacientes; ellos, la policía, no me habían tocado… Estos hechos crueles me mostraron la crueldad, la astucia insidiosa y la falta de humanidad de la “policía del pueblo”, y sentí el desamparo y la desesperación de quienes caen en sus manos. Al mismo tiempo, obtuve un profundo aprecio de la justicia, santidad, luminosidad y bondad de Dios, y sentí que todo lo que viene de Él es amor, protección, esclarecimiento, provisión, consuelo y apoyo. Cada vez que mi dolor pasaba por su peor momento, Dios seguía esclareciéndome y guiándome, aumentando mi fe y mi fuerza, permitiéndome imitar el espíritu de los santos que habían sido martirizados por causa del Señor a lo largo de los siglos, dándome la valentía para mantenerme firme por la verdad. Cuando el salvajismo de la policía malvada me dejó a las puertas de la muerte, Dios me permitió oír las noticias del arresto de otros hermanos y hermanas, y lo usó para moverme más a orar por ellos, de forma que olvidé mi dolor y vencí sin saberlo los obstáculos de la muerte. Gracias al contrapunto del mal, el brutal Satanás, vi que sólo Dios es la verdad, el camino, y la vida, y que sólo Él es el símbolo de la autoridad más alta, de la justicia, y un símbolo al que ni las tinieblas ni fuerza hostil alguna pueden vencer. Sólo Dios lo gobierna todo, y lo dispone todo, y usa Su gran poder y sabiduría para guiar cada uno de mis pasos en la derrota del asedio de multitudes de demonios, en la victoria sobre la debilidad de la carne y los obstáculos de la muerte, permitiéndome sobrevivir tenazmente en esta oscura guarida. Cuando pensaba en el amor y la salvación de Dios, me sentía inspirada en gran manera, y me decidí a luchar contra Satanás hasta el final. Aunque me pudriera en la cárcel, me mantendría firme en mi testimonio y satisfaría a Dios.

Un día, muchos policías malvados que nunca había visto antes vinieron a verme y a debatir mi caso. Sin quererlo, oí al supuesto experto decir: “De todos los interrogatorios que he llevado a cabo, nunca he sido tan duro con nadie como con esta perra estúpida. La tuve colgada por las esposas durante ocho horas (fueron realmente seis horas, pero él quería alardear, temeroso de que su superior le dijera que era un inútil) y siguió sin confesar”. Oí una voz femenina decir: “¿Cómo pudiste golpear a esa mujer con tanta maldad? Eres cruel”. Resultaba que, entre todos los arrestados, yo había sufrido más que nadie. ¿Por qué había sufrido tanto? ¿Era yo más corrupta que otras personas? ¿Era lo que yo había sufrido el castigo de Dios para mí? ¿Quizás había demasiada corrupción en mí, y yo ya había alcanzado el punto del castigo? Al pensar en esto, no pude contener las lágrimas. Sabía que no debía llorar. No podía dejar que Satanás viera mis lágrimas —si lo hacía, este creería que yo había sido derrotada—. Pero yo no podía contener el sentimiento de agravio en mi corazón, y las lágrimas me salían sin control. En medio de mi desesperación, yo sólo podía clamar a Dios: “¡Oh Dios! En este momento, me siento profundamente agraviada. Sigo queriendo llorar. Por favor, protégeme, evita que yo incline la cabeza ante Satanás —no puedo dejar que él vea mis lágrimas—. Sé que el estado en el que estoy es incorrecto. Estoy pidiéndote cosas, y quejándome. Y sé que hagas lo que hagas, es lo mejor —pero mi estatura es demasiado pequeña, mi carácter rebelde demasiado grande, y soy incapaz de aceptar alegremente este hecho, y tampoco sé qué debería hacer para salir de este estado incorrecto. Quisiera que me guiaras, y me permitieras obedecer Tus orquestaciones y disposiciones, y nunca más malinterpretarte o quejarme de ti”. Cuando oraba, un pasaje de las palabras de Dios flotaba en mi cabeza: “Tú también debes tomar de la copa amarga que Yo he bebido (esto es lo que Él le dijo después de la resurrección), tú también debes caminar el camino que Yo he caminado y debes dar tu vida por Mí” (“Cómo llegó Pedro a conocer a Jesús” en La Palabra manifestada en carne). Mis lágrimas se detuvieron inmediatamente. El sufrimiento de Cristo era incomparable al de cualquier ser creado y ningún ser creado podía soportarlo —aunque aquí estaba yo, sintiéndome agraviada y quejándome a Dios de que eso era injusto tras sufrir una pequeña dificultad—. ¿Dónde estaban la conciencia y la razón en esto? ¿Cómo era yo apta para ser llamada humana? Después de eso, pensé en lo que Dios dijo: “La corrupción en la naturaleza humana debe resolverse por medio de pruebas, sin embargo. En cualquiera de los aspectos en los que no pases, es en ellos que debes ser refinado —esta es la disposición de Dios. Él crea un entorno para ti, y te obliga a ser refinado ahí para que conozcas tu propia corrupción” (“Cómo satisfacer a Dios en medio de pruebas” en Registro de las Pláticas de Cristo). Al meditar en las palabras de Dios y reflexionar sobre mí misma, entendí que lo dispuesto por Dios iba dirigido a mi corrupción y mis deficiencias —y era precisamente lo que mi vida necesitaba—. Como el Gobierno del PCC me había cegado y envenenado tan profundamente, mi corazón siempre había estado lleno de confianza y fiabilidad hacia él, y aunque yo había visto algunas de sus prácticas indebidas, eso no había cambiado mi opinión de él. Hoy, Dios había creado este entorno especial para mí, permitiéndome diferenciar entre Él y Satanás, para ser capaz de ver quién me salva y quién me corrompe, a quién debería adorar y a quién maldecir, y sólo a causa de esto vi la luz verdadera, y admiré al Dios verdadero, y llegué a conocer la diferencia entre la luz y la oscuridad. Si yo no hubiera sufrido una dificultad suficientemente abundante y severa, mi conocimiento y mis opiniones del Gobierno del PCC no habrían cambiado —ni tampoco, en mi corazón, lo hubiera yo abandonado realmente ni me hubiera vuelto verdaderamente a Dios—. Esta dificultad era el amor de Dios por mí, era Su bendición especial para mí. Al haber entendido la voluntad de Dios, mi corazón se sintió de repente claro y despejado. Mi malinterpretación de Dios desapareció. ¡Sentí que había un gran valor y sentido en que yo fuera capaz de sufrir dificultad ese día!

Después de intentar todo lo que pudieron, los policías malvados no habían conseguido nada de mí. Al final, dijeron convencidos: “Los comunistas están hechos de acero, pero los que creen en Dios Todopoderoso son de diamante, están en un nivel superior que los comunistas en todos los aspectos”. Tras oír estas palabras, no pude evitar alegrarme y alabar a Dios: ¡Oh Dios, te doy gracias y te alabo! Con Tu omnipotencia y sabiduría has vencido a Satanás y derrotado a Tus enemigos. Eres la autoridad más alta, ¡glorificado seas! Sólo en este momento entendí: ¿qué importa el Partido Comunista? ¿Y qué importan todos los regímenes políticos del mundo? Todas las cosas en el cielo y en la tierra deben someterse al dominio de Dios. No deben tener elección alguna, y eso por no decir nada del pequeño e insignificante Satanás el diablo, que no es sino un contrapunto.

Un día, los policías malvados vinieron para interrogarme una vez más. Esta vez, todos parecían un poco extraños. Me miraban cuando hablaban, pero no parecían estar hablándome a mí. Parecían estar discutiendo algo. Como en las ocasiones anteriores, este interrogatorio acabó en fracaso. Más tarde, la policía malvada me llevó de vuelta a mi celda. Por el camino, de repente los oí decir que parecía que me liberarían el primer día del mes siguiente. Al oír esto, mi corazón casi estalla de entusiasmo: ¡esto significa que estaré fuera en tres días! ¡Puedo marcharme finalmente de este infierno demoníaco! Reprimí la alegría en mi corazón y esperé y aguardé que pasara cada segundo. Tres días parecieron tres años. ¡Finalmente, llegó el primer día del mes! Ese día, miraba hacia la puerta, esperando que alguien dijera mi nombre. Pasó la mañana, y no ocurrió nada. Puse todas mis esperanzas en marcharme por la tarde —pero cuando llegó la noche, siguió sin ocurrir nada—. A la hora de la cena, no tenía ganas de comer. Tenía un sentimiento de derrota en mi corazón; en ese momento, era como si mi corazón hubiera caído del cielo al infierno. “¿Por qué no come?”, preguntó el guardia a las demás presas. “No ha comido mucho desde que volvió del interrogatorio aquel día”, respondió una de las presas. “Ponedle la mano en la frente; ¿está enferma?”, dijo el guardia. Una presa vino y lo hizo. Dijo que estaba ardiendo, que tenía fiebre. Y la tenía de verdad. La enfermedad había aparecido de forma muy repentina, y era muy grave. En ese momento, me desfallecí. En el transcurso de dos horas, la fiebre empeoró más y más. ¡Yo lloraba! Todos ellos, incluyendo el guardia, me veían llorar. Estaban todos perplejos: opinaban de mí que yo era alguien que nunca se dejó seducir por la zanahoria ni intimidar por el palo, que no había derramado una sola lágrima cada vez que hizo frente a una dolorosa tortura, a quien habían colgado por las esposas durante seis horas sin que soltara ni un gemido. Pero hoy, sin ninguna tortura, lloraba. Ellos no sabían de dónde venían mis lágrimas —simplemente pensaron que debía de estar muy enferma—. En realidad, sólo Dios y yo sabíamos la razón. Todo esto se debía a mi rebeldía y desobediencia. Estas lágrimas fluían porque sentí desesperación cuando mis expectativas se habían quedado en nada y mis esperanzas se habían frustrado. Eran lágrimas de rebeldía y queja. En ese momento, ya no quería poner más mi determinación en dar testimonio de Dios. Ni siquiera tenía la valentía para ser puesta a prueba así de nuevo. Esa noche, lloré lágrimas de aflicción porque ya había tenido bastante de la vida en la cárcel, despreciaba a estos demonios —y aún más que eso, odiaba estar en este lugar de demonios—. No quería pasar ni un segundo más allí. Cuanto más pensaba en ello, más desanimada estaba, y mayor era mi sentimiento de agravio, lástima y soledad. Me sentía como si fuera una barca solitaria en el mar, que el agua podía tragarse en cualquier momento; además, sentía que los que estaban a mi alrededor eran tan insidiosos y espantosos que podrían descargar su ira sobre mí en cualquier momento. No podía parar de clamar: “¡Oh Dios! Te ruego que me salves. Estoy a punto de derrumbarme, podría traicionarte en cualquier momento y lugar. Quisiera que sostuvieras mi corazón y me permitieras volver ante ti una vez más, quisiera que te compadecieras de mí una vez más, y me permitieras aceptar Tus orquestaciones y disposiciones. Aunque yo no pueda entender lo que Tú estás haciendo ahora, sé que todo lo que haces es bueno, y deseo que me salves una vez más, y permitas que mi corazón se vuelva a ti”. Después de orar, dejé de sentir miedo. Empecé a tranquilizarme y reflexionar sobre mí misma, y en ese momento las palabras de juicio y de revelación de Dios vinieron a mí: “¿Quieres la carne o quieres la verdad? ¿Quieres el juicio o la comodidad? Habiendo experimentado tanto de la obra de Dios, y habiendo contemplado la santidad y la justicia de Dios, ¿cómo debes buscar? ¿Cómo debes caminar esta senda? ¿Cómo debes poner en práctica tu amor por Dios? ¿Han logrado el castigo y el juicio de Dios algún efecto en ti? ¡Sea que tengas un conocimiento del castigo y el juicio de Dios o no, depende de lo que vivas y hasta qué punto ames a Dios! Tus labios dicen que amas a Dios, pero lo que vives es el carácter antiguo y corrupto; no tienes temor de Dios, mucho menos tienes una conciencia. ¿Aman tales personas a Dios? ¿Son leales esas personas a Dios? […]¿Podría ser Pedro alguien así? ¿Tienen los que son como Pedro sólo el conocimiento, pero no la vivencia?” (“Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y el juicio” en La Palabra manifestada en carne). Cada una de las palabras de juicio de Dios era como una espada de doble filo que golpeaba mi talón de Aquiles, y amontonaba condenación sobre mí: sí, muchas fueron las ocasiones en las que hice juramentos solemnes ante Dios, diciendo que lo abandonaría todo y soportaría toda dificultad por causa de la verdad. Pero hoy, cuando Dios usó la realidad para pedirme algo, cuando necesitaba que yo sufriera realmente y pagara un precio con el fin de satisfacerlo, yo no había escogido la verdad o la vida, sino que me había dejado llevar ciegamente por la ansiedad, la angustia y la preocupación a causa de los intereses y planes de la carne. Ni siquiera tuve la menor fe en Él. Con esto, ¿cómo podía yo satisfacer la voluntad de Dios? Él quería que yo viviera para ser productiva. No quería florituras, juramentos vacíos. Sin embargo, ante Él yo tenía conocimiento, pero no realidad, y hacia Él, no tenía lealtad ni amor sincero, mucho menos obediencia alguna; yo no ponía en práctica otra cosa que engaño, rebeldía y oposición. Con esto, ¿no era alguien que traicionaba a Dios? ¿No era alguien que quebrantaba Su corazón? En ese momento, pensé en cuando arrestaron al Señor Jesús y lo clavaron en la cruz. Uno detrás de otro, los que habían disfrutado frecuentemente de Sus gracias lo abandonaron. En mi corazón, no pude evitar que los remordimientos me vencieran. Odiaba mi rebeldía, mi falta de humanidad, quería estar firme una vez más, usar acciones reales para hacer realidad mis promesas a Dios. Aunque me pudriera en la cárcel, nunca más heriría el corazón de Dios. Nunca más podría traicionar el precio de sangre que Él había pagado en mí. Dejé de llorar, y en mi corazón oré a Dios en silencio: Oh Dios, gracias por esclarecerme y guiarme, por permitirme entender Tu voluntad. Veo que mi estatura es muy pequeña, y que no tengo el menor amor y obediencia hacia ti. Oh Dios, justo ahora deseo entregarme completamente a ti. Aunque pasara toda mi vida en la cárcel, nunca haría concesiones a Satanás. Sólo deseo usar mis acciones reales para satisfacerte.

Después de un tiempo, hubo más rumores de que me iban a liberar. Dijeron que sólo sería cuestión de días. A causa de la lección que había aprendido la última vez, en esta ocasión fui en cierto modo racional y mantuve la cabeza fría. Aunque me sentía muy entusiasmada, deseaba orar y buscar ante Dios, para no contar nunca más con mis propias opciones. Sólo pedía a Dios que me protegiera para poder obedecer todas Sus orquestaciones y disposiciones. Algunos días más tarde, los rumores habían vuelto a quedarse en nada. Aún más, oí al guardia decir que aunque yo muriera en la cárcel, no me dejarían irme, porque yo no les diría mi dirección ni mi nombre —así que estaría encarcelada para siempre—. Oír esto fue realmente duro, pero sabía que éste era el dolor que debía sufrir. Dios quería que yo diera este testimonio de Él, y estaba dispuesta a obedecerlo, e inclinarme a Su voluntad, y confiaba en que todos los problemas y todas las cosas están en Sus manos. Esta era la gracia especial de Dios y Su elevación de mí. Antes, aunque había dicho que me pudriría en la cárcel, esas eran sólo mis aspiraciones y deseos —yo no tenía esta realidad—. Hoy, estaba dispuesta a dar este testimonio a través de mi vida práctica y permitir que Dios encontrara consuelo en mí. Cuando yo estaba llena de odio hacia Satanás y me decidí a luchar contra él hasta el final, a dar realmente un testimonio genuino de pudrirme en la cárcel, vi la omnipotencia y los hechos milagrosos de Dios. El 6 de diciembre de 2005, la camioneta de la cárcel me recogió del centro de detención y me dejó al lado de la carretera. Desde ese momento, terminó mi vida de dos años en la cárcel.

Después de experimentar esta horrible tribulación, aunque mi carne había soportado alguna dificultad, yo había ganado cien —mil— veces más: no sólo había desarrollado perspectiva y diferenciación, y había visto realmente que el Gobierno del PCC es la personificación de Satanás, una banda de asesinos que mataría personas en un abrir y cerrar de ojos, sino que también había llegado a entender la omnipotencia y la sabiduría de Dios, así como Su justicia y santidad, había llegado a apreciar los buenos propósitos de Dios al salvarme, así como Su cuidado y protección hacia mí, permitiéndome, durante el salvajismo de Satanás, vencer a este paso a paso, y mantenerme firme en mi testimonio. Desde ese día en adelante, deseé dar todo mi ser completamente a Dios. Yo lo seguiría fielmente, para poder ser ganada antes por Él.

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