Palabras diarias de Dios | Fragmento 291 | "La verdad interna de la obra de conquista (3)"

El propósito de conquistarte hoy es que reconozcas que Dios es tu Dios, y el de los demás, y lo más importante el de todos los que lo aman, y el de toda la creación. Él es el Dios de los israelitas y del pueblo de Egipto. Él es el Dios de los británicos y de los americanos. No lo es sólo de Adán y Eva, sino también de todos sus descendientes. Él es el Dios de todo lo que hay en los cielos y en la tierra. La familia israelita y todas las familias gentiles están en las manos de un solo Dios por igual. Él no sólo hizo la obra en Israel durante varios miles de años y nació un día en Judea, sino que hoy está descendiendo en China, este lugar en el que yace enrollado el gran dragón rojo. Si haber nacido en Judea hace de Él el Rey de los judíos, ¿descender hoy en medio de todos vosotros no lo convierte en vuestro Dios? Él guió a los israelitas y nació en Judea; y también ha nacido en una tierra gentil. ¿No es toda Su obra para la totalidad de la humanidad que Él creó? ¿Ama a los israelitas cien veces más y aborrece a los gentiles mil veces más? ¿No es esa vuestra noción? Sois vosotros quienes no reconocéis a Dios en absoluto; no es que Dios nunca fue vuestro Dios. No es que Él no esté dispuesto a ser vuestro Dios, sino vosotros quienes le rechazáis. ¿Quién entre los creados no está en las manos del Todopoderoso? Al conquistaros hoy, ¿no es el objetivo que reconozcáis que Dios no es otro que vuestro Dios? Si sigues manteniendo que Él sólo es el Dios de los israelitas, que la casa de David en Israel es el origen de Su nacimiento, que ninguna otra nación aparte de Israel está cualificada para “producir” a Dios, y menos que cualquier familia gentil sea capaz de recibir personalmente la obra de Jehová, si sigues pensando así, ¿no te convierte esto en un opositor obstinado? No te fijes siempre en Israel. Dios está justo aquí, entre vosotros, hoy. Tampoco sigas mirando hacia el cielo. ¡Deja de anhelar a tu Dios del cielo! Él ha venido en medio de vosotros, ¿cómo podría, pues, estar en el cielo? No has creído en Dios durante mucho tiempo, pero tienes muchas nociones acerca de Él, hasta el punto de que no te atreves a pensar ni por un segundo que el Dios de los israelitas se dignaría a honraros con Su presencia. Menos aún os atrevéis a pensar sobre cómo podríais ver a Dios haciendo una aparición personal, dado lo insoportablemente inmundos que sois. Tampoco habéis pensado nunca en cómo podría Dios descender personalmente en una tierra gentil. Él debería hacerlo en el monte Sinaí o en el de los Olivos y aparecerse a los israelitas. ¿No son todos los gentiles (esto es, las personas de fuera de Israel) objeto de Su aborrecimiento? ¿Cómo podría Él obrar personalmente entre ellos? Todas estas son las nociones profundamente arraigadas que habéis desarrollado a lo largo de muchos años. El propósito de conquistaros hoy es desbaratarlas. De esta forma habéis visto a Dios apareciendo personalmente entre vosotros, no en el monte Sinaí ni en el de los Olivos, sino entre personas a las que nunca ha guiado en el pasado. Después de que Dios llevara a cabo Sus dos etapas de obra en Israel, israelitas y gentiles por igual llegaron a albergar esta noción: aunque es verdad que Él creó todas las cosas, sólo está dispuesto a ser el Dios de los israelitas, no el de los gentiles. Los israelitas creen lo siguiente: Dios sólo puede ser nuestro Dios, no el vuestro, gentiles, y como no veneráis a Jehová, Él —nuestro Dios— os aborrece. Esos judíos creen esto además: el Señor Jesús adoptó nuestra imagen de pueblo judío y es un Dios que lleva la marca de este pueblo. Él obra entre nosotros. Su imagen y la nuestra son parecidas; nuestra imagen es cercana a la de Dios. El Señor Jesús es nuestro Rey, el Rey de los judíos; los gentiles no están cualificados para recibir esa gran salvación. El Señor Jesús es la ofrenda por el pecado para nosotros, los judíos. Los israelitas y el pueblo judío se formaron estas muchas nociones basándose, simplemente, en esas dos etapas de la obra. Reclaman de forma autoritaria a Dios para sí mismos, no permitiendo que Él sea también el Dios de los gentiles. De esta forma, Él pasó a ser un vacío en los corazones de los gentiles. Esto se debe a que todos llegaron a creer que Él no quiere ser el Dios de los gentiles y que sólo le gustan los israelitas —Su pueblo escogido— y los judíos, especialmente los discípulos que lo siguieron. ¿No sabes que la obra que Jehová y Jesús hicieron es para la supervivencia de toda la humanidad? ¿Reconoces ahora que Dios es el Dios de todos vosotros, los nacidos fuera de Israel? ¿No está Dios justo aquí en medio de vosotros hoy? Esto no puede ser un sueño, ¿verdad? ¿No aceptáis esta realidad? No os atrevéis a creerlo o pensar en ello. Independientemente de cómo lo veáis, ¿no está Dios justo aquí en medio de vosotros? ¿Seguís teniendo miedo de creer estas palabras? Desde este día en adelante, ¿no son todas las personas conquistadas, y todos los que quieren ser seguidores de Dios, Su pueblo escogido? ¿No sois todos vosotros, que sois seguidores hoy, el pueblo escogido fuera de Israel? ¿No es vuestro estatus el mismo que el de los israelitas? ¿No deberíais reconocer todo esto? ¿No es esta la meta de la obra de conquistaros? Ya que podéis ver a Dios, Él será vuestro Dios para siempre, desde el principio y hasta el futuro. Él no os abandonará, siempre y cuando todos vosotros estéis dispuestos a seguirle y ser Sus creaciones leales y obedientes.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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