La visión de la obra de Dios (3) (Parte 2)

Al principio, guiar al hombre durante la Era de la Ley del Antiguo Testamento era como guiar la vida de un niño. La humanidad más antigua nació de Jehová; fueron los israelitas, que no sabían cómo venerar a Dios o vivir en la tierra. Es decir, Jehová creó a la humanidad, esto es, creó a Adán y Eva, pero no les dio las facultades para entender cómo venerar a Jehová o seguir las leyes de Jehová sobre la tierra. Sin la guía directa de Jehová, nadie podría saber esto directamente, porque en el principio el hombre no poseía tales facultades. El hombre sólo sabía que Jehová era Dios, y no tenía idea de cómo venerarlo, qué conducta se podría considerar venerarlo, con qué mentalidad hacerlo y qué ofrecer en Su reverencia. El hombre sólo sabía cómo disfrutar de lo que podía disfrutarse entre todas las cosas creadas por Jehová, pero no tenía ni idea de qué tipo de vida sobre la tierra encajaba con la de una criatura de Dios. Sin nadie que los instruyera, sin alguien que los guiara personalmente, esa humanidad nunca podría llevar una vida apropiada, y sólo podría ser capturada furtivamente por Satanás. Jehová creó a la humanidad, es decir, creó a los ancestros de la misma: Eva y Adán. Pero no les concedió ningún intelecto ni sabiduría adicionales. Aunque ya estaban viviendo en la tierra, no entendían casi nada. Así pues, la obra de Jehová de crear a la humanidad sólo estaba a medias. No estaba en absoluto completa. Él sólo había formado un modelo de hombre a partir del barro y le había dado Su aliento, pero no le había concedido suficiente determinación para venerarlo. Al principio, el hombre no tenía mentalidad de venerarlo o temerlo. El hombre sólo sabía cómo escuchar Sus palabras, pero ignoraba el conocimiento básico para la vida sobre la tierra y las reglas normales para la vida humana. Y así, aunque Jehová creó al hombre y a la mujer y terminó el proyecto de los siete días, de ninguna manera completó la creación del hombre, porque el hombre era sólo una cáscara y le faltaba la realidad de ser un humano. El hombre sólo sabía que fue Jehová quien había creado a la humanidad, pero no tenía idea de cómo guardar Sus palabras y Sus leyes. Por ello, después de la creación de la humanidad, la obra de Jehová estaba lejos de terminarse. Él aún no había guiado por completo a la humanidad para que viniera ante Él, con el fin de que pudiesen vivir juntos en la tierra y reverenciarlo, y por consiguiente la humanidad pudiera, con Su guía, entrar en la vía correcta de una vida humana normal en la tierra. Sólo de esta forma se completó del todo la obra que se había llevado a cabo principalmente bajo el nombre de Jehová; esto es, sólo de esta forma concluyó la obra de Jehová de crear el mundo. Y así, como creó a la humanidad, tuvo que guiar su vida en la tierra durante varios miles de años, de forma que esta fuera capaz de guardar Sus decretos y leyes, así como de participar en todas las actividades de una vida humana apropiada sobre la tierra. Sólo entonces se completó del todo la obra de Jehová. Él empezó esta obra después de crear a la humanidad, y esta prosiguió hasta la época de Jacob, cuando sus doce hijos pasaron a ser las doce tribus de Israel. A partir de ese momento, todos en Israel se convirtieron en el pueblo oficialmente dirigido por Él en la tierra, e Israel pasó a ser el lugar terrenal concreto en el que Él llevó a cabo Su obra. Jehová convirtió a estas personas en el primer grupo entre el cual realizó Su obra oficial en la tierra, y a toda la tierra de Israel en el punto de partida de la misma. Él los usó como el comienzo de una obra aun mayor, de forma que todas las personas nacidas de Él en la tierra supieran cómo venerarle y vivir en ella. Y así, los hechos de los israelitas pasaron a ser un ejemplo a seguir por los gentiles, y lo que se dijo entre el pueblo de Israel se convirtió en palabras para ser oídas por los gentiles. Y es que fueron los primeros en recibir las leyes y los mandamientos de Jehová, y también los primeros en saber cómo venerar Sus caminos. Fueron los antepasados humanos que conocieron los caminos de Jehová, y los representantes de la humanidad escogida por Él. Cuando llegó la Era de la Gracia, Jehová ya no guio más al hombre de esta forma. El ser humano había cometido pecado y se había abandonado a este; por tanto, Él empezó a rescatar al hombre del pecado. De esta forma, recriminó al hombre hasta que este fue liberado por completo del pecado. En los últimos días, el hombre se ha hundido en tal depravación que la obra de esta etapa sólo puede llevarse a cabo por medio del juicio y del castigo. Sólo de esta forma puede cumplirse la obra. Esta ha sido la obra de varias eras. En otras palabras, Dios usa Su nombre, Su obra y Sus diferentes imágenes para dividir y transferir las eras. El nombre de Dios y Su obra representan Su era y Su obra en cada era. Si la obra de Dios en cada era es siempre la misma, y si siempre se le llama por el mismo nombre, ¿cómo lo conocería el hombre? Dios debe llamarse Jehová, y aparte de un Dios llamado así, otro con cualquier otro nombre no es Dios. O tal vez, Dios sólo puede llamarse Jesús, y tampoco puede dársele cualquier otro nombre excepto Jesús; aparte de Jesús, Jehová no es Dios, y Dios Todopoderoso tampoco lo es. El hombre cree que es cierto que Dios es todopoderoso, pero Dios es un Dios que está con el hombre; se le debe llamar Jesús, porque Dios está con el hombre. Hacer esto es seguir la doctrina, y limitar a Dios a un ámbito. Por ello, la obra que Dios hace en cada era, el nombre por el que se le llama, la imagen que adopta, y cada etapa de Su obra hasta hoy, no siguen una única norma ni están sujetos a ninguna limitación. Él es Jehová, pero también Jesús, el Mesías y Dios Todopoderoso. Su obra puede cambiar gradualmente, y existen cambios correspondientes en Su nombre. Ningún nombre puede representarle por completo, pero todos los nombres por los que se le llama pueden representarlo, y la obra que Él hace en cada era representa Su carácter. Supongamos que, cuando los últimos días llegan, el Dios que ves sigue siendo Jesús, cabalga sobre una nube blanca, sigue teniendo el aspecto de Jesús, y las palabras que pronuncia siguen siendo las de este: “Debéis amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos, debéis ayunar y orar, amar a vuestros enemigos como apreciáis vuestra propia vida, soportar a los demás, y ser pacientes y humildes. Tenéis que hacer todo esto antes de que podáis ser Mis discípulos. Y si hacéis todo esto, podéis entrar en Mi reino”. ¿No es esta la obra de la Era de la Gracia? ¿No es el camino del que se habló durante la Era de la Gracia? ¿Cómo os sentís cuando oís estas palabras? ¿No sentís que esta sigue siendo la obra de Jesús? ¿No es un duplicado de Su obra? ¿Podría gratificar al hombre? Podéis sentir que la obra de Dios sólo puede mantenerse como es hasta ahora, y que no puede progresar más. Él sólo tiene cierta cantidad de poder, no tiene obra nueva que hacer, y Su poder ha llegado a su límite. Hace dos mil años fue la Era de la Gracia y dos mil años después, Él sigue predicando el camino de la Era de la Gracia y sigue haciendo que las personas se arrepientan. Las personas dirían: “Dios, tienes un poder limitado. Yo creí que Tú eras muy sabio, pero sólo conoces la tolerancia y sólo te preocupas por la paciencia; sólo sabes cómo amar a Tu enemigo, y nada más”. En la mente del hombre, Dios será siempre como era en la Era de la Gracia, y el hombre siempre creerá que Dios es amoroso y compasivo. ¿Piensas que la obra de Dios repetiría siempre lo mismo? Y así, en esta etapa de Su obra Él no será crucificado, y todo lo que veis, y con lo que estáis en contacto, será diferente de cualquier cosa que hayáis imaginado y oído. Hoy, Dios no se involucra con los fariseos, ni tampoco permite al mundo que conozca, y aquellos que lo conocen a Él sólo sois vosotros que lo seguís, porque Él no será crucificado de nuevo. Durante la Era de la Gracia, Jesús predicó abiertamente a lo largo de la tierra por el bien de la obra de Su evangelio. Interactuó con los fariseos por causa de la crucifixión; si no lo hubiera hecho, y los que estaban en el poder nunca hubieran sabido de Él, ¿cómo habría podido ser condenado y después traicionado y clavado en la cruz? Por tanto, interactuó con los fariseos por causa de la crucifixión. Hoy hace Su obra en secreto con el fin de evitar la tentación. La obra, el sentido y el entorno de las dos encarnaciones de Dios son todos diferentes, entonces ¿cómo podría ser completamente la misma la obra que Él hace?

¿Podría el nombre de Jesús —“Dios con nosotros”— representar el carácter de Dios en su totalidad? ¿Podría articular por completo a Dios? Si el hombre afirma que a Dios sólo se le puede llamar Jesús y no puede tener ningún otro nombre, porque no puede cambiar Su carácter, ¡tales palabras son una blasfemia! ¿Crees que el nombre de Jesús —Dios con nosotros— puede representar a Dios en Su totalidad? A Dios se le puede llamar por muchos nombres, pero entre todos estos no hay uno que pueda englobar todo lo que Él tiene, ninguno puede representarlo plenamente. Por tanto, Dios tiene muchos nombres, pero estos no pueden articular por completo el carácter de Dios, que es demasiado rico y supera el conocimiento del hombre. El lenguaje humano es incapaz de englobar del todo a Dios. El hombre tiene un vocabulario limitado con el que abarca todo lo que conoce del carácter divino: grande, honorable, maravilloso, inimaginable, supremo, santo, justo, sabio, etc. ¡Demasiadas palabras! Tan limitado léxico es incapaz de describir lo poco que el hombre ha presenciado del carácter de Dios. Más adelante, muchos añadieron más palabras para describir mejor el fervor de sus corazones: ¡Dios es tan grande! ¡Dios es tan santo! ¡Dios es tan amoroso! Hoy, tales dichos humanos han alcanzado su punto álgido, pero el hombre sigue siendo incapaz de expresarse a sí mismo con claridad. Por tanto, para el hombre Dios tiene muchos nombres, aunque no tiene uno solo, y esto se debe a que el ser de Dios es demasiado abundante, y el lenguaje del hombre demasiado inadecuado. Una palabra o nombre particular no tendría poder para representar a Dios en Su totalidad. ¿Crees que puede Él, pues, adoptar un nombre fijo? Dios es tan grande y tan santo, ¿por qué no le permites cambiar Su nombre cada nueva era? Por ello, en cada era que Dios realiza personalmente Su propia obra, usa un nombre que encaje con la era para condensar la obra que hace. Él usa este nombre particular, uno que posee una importancia temporal, para representar Su carácter en dicha era. Este es Dios que usa el lenguaje de la humanidad para expresar Su propio carácter. Aun así, muchas personas que han tenido experiencias espirituales y han visto a Dios personalmente, siguen sintiendo que un nombre concreto es incapaz de representarlo en Su totalidad —¡qué triste que esto no pueda evitarse!— así que el hombre ya no se dirige a Dios con un nombre y simplemente le dicen “Dios”. Sus corazones parecen llenos de amor, aunque también parecen plagados de contradicciones, porque no saben cómo explicar a Dios. Lo que Dios es es demasiado abundante y sencillamente no hay forma de describirlo. No hay un solo nombre que pueda resumir Su carácter ni describir todo lo que Él tiene y es. Si alguien me pregunta: “¿Qué nombre usas exactamente?”, Yo le diré: “¡Dios es Dios!”. ¿Acaso no es este el mejor nombre para Dios? ¿No es el mejor reflejo del carácter de Dios? Si es así, ¿por qué dedicáis tanto esfuerzo buscando el nombre de Dios? ¿Para qué os estrujáis el cerebro, dejáis de comer y de dormir sólo por un nombre? Llegará un día en el que no se le llamará a Dios Jehová, Jesús o el Mesías; será tan sólo llamado el Creador. En ese momento, todos los nombres que adoptó en la tierra acabarán, porque Su obra en la tierra habrá tocado a su fin, y después de ello Él no tendrá nombre. Cuando todas las cosas pasen a estar bajo el dominio del Creador, ¿para qué llamarle por un nombre altamente adecuado, aunque incompleto? ¿Sigues buscando ahora el nombre de Dios? ¿Te atreves todavía a decir que a Dios sólo se le puede llamar Jehová? ¿Te atreves todavía a decir que a Dios sólo se le puede llamar Jesús? ¿Puedes llevar el pecado de blasfemia contra Dios? Deberías saber que, originalmente, Dios no tenía nombre. Sólo adoptó uno, dos, o muchos, porque tenía una obra que hacer y tenía que gestionar a la humanidad. Cualquiera que sea el nombre por el que se le llame, ¿no lo escoge Él libremente? ¿Acaso te necesita Él a ti, una de sus creaciones, para decidirlo? El nombre por el cual se llama a Dios es acorde a lo que el hombre puede recibir y a su lenguaje, pero este nombre no puede ser condensado por él. Sólo puedes decir que hay un Dios en el cielo, que se le llama Dios, que es Dios mismo con gran poder, que es tan sabio, tan elevado, tan maravilloso, tan misterioso, tan todopoderoso, pero no puedes decir nada más; esto es lo poco que sabes. De este modo, ¿puede el nombre de Jesús solo representar a Dios mismo? Cuando lleguen los últimos días, aunque sigue siendo Dios quien realiza Su obra, Su nombre tiene que cambiar, porque es una era diferente.

Dios es lo más grande en todo el universo y en el reino de lo alto; ¿podría explicarse plenamente a sí mismo usando la imagen de la carne? Dios se reviste de ella con el fin de llevar a cabo una etapa de Su obra. No hay significado en la imagen de la carne, y no guarda relación con el paso de las eras; tampoco tiene nada que ver con el carácter de Dios. ¿Por qué no permitió Jesús que Su imagen permaneciera? ¿Por qué no consintió que el hombre pintara Su imagen, y que esta pudiera transmitirse a generaciones posteriores? ¿Por qué no permitió que las personas reconocieran que Su imagen era la de Dios? Aunque la imagen del hombre fue creada a semejanza de la de Dios, ¿cómo podría el aspecto del ser humano representar Su imagen elevada? Cuando Dios se hizo carne, descendió meramente desde el cielo a una carne particular. Su Espíritu desciende a la carne, a través de la cual realiza la obra del Espíritu. Este se expresa en la carne y hace Su obra en ella. La obra realizada en la carne representa por completo al Espíritu, y la carne es por el bien de la obra, pero esto no hace de la imagen de la carne una sustituta de la verdadera imagen de Dios mismo; este no es el propósito ni el significado de Dios hecho carne. Él sólo se encarna para que el Espíritu pueda tener algún lugar adecuado donde residir cuando lleva a cabo Su obra, para que pueda lograr mejor Su obra en la carne; para que las personas puedan ver Sus acciones, entender Su carácter, oír Sus palabras y conocer el prodigio de Su obra. Su nombre representa Su carácter, Su obra representa Su identidad, pero Él nunca ha dicho que Su aspecto en la carne representara Su imagen. Esto es una mera noción del hombre. Por tanto, los puntos clave de la encarnación de Dios son Su nombre, Su obra, Su carácter y Su género. Él usa estas cosas para representar Su gestión en esta era. Su aspecto en la carne no tiene consecuencias en Su gestión, y es meramente por el bien de Su obra en aquel tiempo. A pesar de todo, es imposible que el Dios encarnado no tenga un aspecto particular y, por ello, escoge la familia adecuada que determine Su apariencia. Si el aspecto de Dios tuviera un significado representativo, todos los que poseen rasgos faciales similares a los de Él también representarían a Dios. ¿No sería este un enorme error? El retrato de Jesús fue pintado por el hombre para que este pudiera adorarle. En aquel tiempo, el Espíritu Santo no proporcionó instrucciones especiales, de modo que el hombre transmitió el retrato hasta el día de hoy. En realidad, según la intención original de Dios, el hombre no debería haber hecho esto. El celo del hombre es el causante de que el retrato de Jesús permanezca hasta hoy. Dios es Espíritu, y el ser humano nunca será capaz de abarcar con exactitud cuál es Su imagen. Esta sólo puede ser representada por Su carácter. Eres incapaz de condensar la imagen de Su nariz, Su boca, Sus ojos y Su pelo. Cuando Juan recibió la revelación, contempló la imagen del Hijo del hombre: de Su boca salía una espada afilada de dos lados, Sus ojos eran como llamas de fuego, Su cabeza y Su pelo eran blancos como la lana, Sus pies como bronce pulido, y un cinto de oro cruzaba Su pecho. Aunque sus palabras eran muy gráficas, la imagen de Dios que describió no era la imagen de una criatura. Lo que él vio era una mera visión, y no la imagen de una persona del mundo material. Juan había visto una visión, pero no había sido testigo de la verdadera apariencia de Dios. La imagen del Dios encarnado es la imagen de un ser creado y es incapaz de representar el carácter de Dios en su totalidad. Cuando Jehová creó a la humanidad, afirmó que lo había hecho a Su imagen y que los creó varón y hembra. En ese momento, dijo que había hecho hombre y mujer a la imagen de Dios. Aunque la imagen del hombre se parece a la de Dios, no significa que la apariencia del hombre sea la imagen de Dios. No puedes usar el lenguaje del hombre para epitomizar por completo la imagen de Dios, ¡pues Él es tan elevado, tan grande, tan maravilloso e inimaginable!

Cuando Jesús vino a realizar Su obra, fue bajo la dirección del Espíritu Santo; hizo lo que el Espíritu Santo quiso, y no fue según la Era de la Ley del Antiguo Testamento ni de acuerdo con la obra de Jehová. Aunque la obra que Jesús vino a llevar a cabo no fue cumplir con las leyes o con los mandamientos de Jehová, Su fuente era la misma. La obra que Jesús hizo representó el nombre de Jesús y la Era de la Gracia; la obra hecha por Jehová le representaba a Él y la Era de la Ley. Su obra fue la de un solo Espíritu en dos eras distintas. La obra que Jesús hizo sólo podía representar a la Era de la Gracia, y la de Jehová a la Era de la Ley del Antiguo Testamento. Jehová sólo guio al pueblo de Israel y Egipto, y todas las naciones más allá de Israel. La obra de Jesús, en la Era de la Gracia del Nuevo Testamento, fue la obra de Dios bajo el nombre de Jesús mientras guio la era. Si afirmas que la obra de Jesús se basó en la de Jehová, y que no llevó a cabo ninguna obra nueva, y que todo lo que hizo fue según las palabras y la obra de Jehová y las profecías de Isaías, entonces Jesús no fue Dios hecho carne. Si Él dirigió Su obra de esta forma, fue un apóstol o un obrero de la Era de la Ley. Si es como tú dices, Jesús no pudo abrir una era ni pudo hacer otra obra. Del mismo modo, el Espíritu Santo debe realizar principalmente Su obra por medio de Jehová; excepto a través de Jehová, el Espíritu Santo no podía realizar ninguna nueva obra. El hombre se equivoca al considerar la obra de Jesús de este modo. Si el hombre cree que la obra hecha por Jesús fue según las palabras de Jehová y las profecías de Isaías, ¿era Jesús entonces Dios encarnado o un profeta? Según este criterio, no hubo Era de Gracia y Jesús no fue la encarnación de Dios, porque la obra que realizó no podía representar a la Era de la Gracia, sino sólo a la Era de la Ley del Antiguo Testamento. Sólo pudo haber una nueva era cuando Jesús vino a hacer una nueva obra, a inaugurar una nueva era que rompía con la obra que había hecho con anterioridad en Israel; esta obra no la condujo según la que Jehová hizo en Israel ni con Sus viejas reglas o normas, sino llevando a cabo la nueva obra que debía hacer. Dios mismo viene a iniciar una era y también viene a poner fin a esa era. El hombre es incapaz de realizar la obra de comenzar una era y concluirla. Si Jesús no hubiera llevado a su fin la obra de Jehová después de haber venido, esto habría demostrado que era meramente un hombre y que no fue capaz de representar a Dios. Precisamente porque Jesús vino y acabó la obra de Jehová, continuó la obra de Jehová y, aún más, llevó a cabo Su propia obra, una nueva, esto demuestra que esta fue también una nueva era y que Jesús era Dios mismo. Hicieron dos etapas claramente distintas de obra. Una fase se llevó a cabo en el templo y la otra fuera de este. Una etapa consistió en dirigir la vida del hombre según la ley, y la otra en ofrecer una ofrenda por el pecado. Ambas eran inequívocamente diferentes; esta es la división de la nueva y la vieja era, ¡y no hay error en afirmar que son dos eras! La ubicación, el contenido y el objetivo de Su obra eran diferentes. Por ello, se pueden dividir en dos eras: el Nuevo y el Antiguo Testamento, es decir, la nueva y la vieja era. Cuando Jesús vino no entró al templo, lo que demuestra que la era de Jehová había acabado. No entró al templo, porque la obra de Jehová en este había terminado y no necesitaba realizarse de nuevo. Hacerlo sería repetirla. Sólo abandonando el templo, comenzando una nueva obra y abriendo un nuevo camino fuera de él pudo llevar la obra de Dios a su cénit. De no haber salido del templo para realizar Su obra, la obra de Dios nunca hubiera podido progresar más allá del templo y nunca hubiera habido nuevos cambios. Así, cuando Jesús vino, no entró al templo ni llevó a cabo allí Su obra. La realizó fuera de este y la hizo con libertad, guiando a los discípulos. Que Dios se marchara del templo para hacer Su obra significaba que Él tenía un nuevo plan. Su obra debía llevarse a cabo fuera del templo, y tenía que ser una obra nueva no limitada en su forma de implementarse. La llegada de Jesús puso fin a la obra que Jehová había realizado durante la era del Antiguo Testamento. Aunque llevaban nombres distintos, ambas etapas de la obra fueron realizadas por un mismo Espíritu, y la obra de la segunda fue la continuación de la primera. Al tener un nombre distinto y como el contenido de la obra era diferente, la era también lo fue. Cuando Jehová vino, fue Su era, y cuando vino Jesús, fue la suya. Así, cada vez que Dios viene, se le llama por un nombre, representa una era y abre una nueva senda; y en cada nuevo camino, adopta un nuevo nombre que demuestra que Dios es siempre nuevo y nunca viejo, y que Su obra está en constante progreso hacia adelante. La historia progresa siempre hacia adelante, y la obra de Dios también. Para que Su plan de gestión de seis mil años alcance su fin, debe seguir progresando. Cada día, cada año, Él debe realizar obra nueva; debe abrir nuevas sendas, iniciar nuevas eras, iniciar obra nueva y mayor, y junto con estas cosas, traer nuevos nombres y nueva obra. El Espíritu de Dios siempre está haciendo obra nueva y jamás se aferra a las viejas formas y normas. Su obra tampoco cesa nunca, y sucede todo el tiempo. Si dices que la obra del Espíritu Santo es inmutable, ¿por qué permitió Jehová que los sacerdotes le sirvieran en el templo, pero Jesús no entró en él, aunque cuando vino también se dijo que Él era el sumo sacerdote, que pertenecía a la casa de David, que también era sumo sacerdote y el gran Rey? ¿Y por qué no ofreció sacrificios? Que entrara o no en el templo, ¿no es todo esto la obra de Dios mismo? Si, como imagina el hombre, Jesús vendrá, seguirá llamándose Jesús durante los últimos días y todavía descenderá en una nube blanca, entre los hombres, con el aspecto de Jesús, ¿no sería esto la repetición de Su obra? ¿Se aferraría el Espíritu Santo a la antigua? Todo lo que el hombre cree son conceptos, y todo lo que el hombre acepta es según el significado literal y acorde con su imaginación; no es conforme a los principios de la obra del Espíritu Santo ni se ajusta a las intenciones de Dios. Él no lo haría así; Dios no es necio y estúpido, y Su obra no es tan sencilla como tú imaginas. De acuerdo con todo lo que el hombre hace e imagina, Jesús llegará en una nube y descenderá entre vosotros. Lo contemplaréis y, Él, cabalgando sobre una nube, os dirá que es Jesús. También veréis las marcas de los clavos en Sus manos y sabréis que es Jesús. Y Él os salvará de nuevo y será vuestro Dios poderoso. Os salvará, os dará un nombre nuevo y una piedra blanca a cada uno de vosotros, tras lo cual se os permitirá entrar al reino de los cielos y ser recibidos en el paraíso. ¿Acaso no son estas creencias los conceptos de los hombres? ¿Obra Dios según los conceptos del hombre o en contra de estos? ¿No proceden todos los conceptos del hombre de Satanás? ¿No ha sido todo el hombre corrompido por Satanás? Si Dios hizo Su obra según los conceptos del hombre, ¿no se convertiría Él en Satanás? ¿No sería Él lo mismo que las criaturas? Al haber sido las criaturas tan corrompidas ya por Satanás que el hombre se ha convertido en su personificación, si Dios obró según las cosas de Satanás, ¿no estaría confabulado con él? ¿Cómo puede el hombre llegar a entender la obra de Dios? Por ello, Dios no obra según los conceptos del hombre ni lo hace como tú imaginas. Están los que afirman que Dios mismo dijo que vendría en una nube. Es verdad que lo dijo, ¿pero sabes que los misterios de Dios son insondables para el hombre? ¿Sabes que el hombre no puede explicar las palabras de Dios? ¿Estás tan seguro, sin ninguna duda, de que fuiste ilustrado e iluminado por el Espíritu Santo? ¿Te lo mostró el Espíritu Santo de un modo tan directo? ¿Son estas las directrices del Espíritu Santo o son tus conceptos lo que te llevó a pensarlo? Afirmaste: “Esto fue dicho por Dios mismo”. Pero no podemos usar nuestros propios conceptos y nuestra mente para medir las palabras de Dios. En cuanto a las palabras de Isaías, ¿puedes explicarlas con completa confianza? ¿Te atreves a explicarlas? Como no te atreves a explicar las palabras de Isaías, ¿por qué osas hacerlo con las de Jesús? ¿Quién es más elevado, Jesús o Isaías? Dado que la respuesta es Jesús, ¿por qué explicas las palabras pronunciadas por Él? ¿Te hablaría Dios de antemano sobre Su obra? Ninguna criatura puede saberlo; ni los mensajeros del cielo ni el Hijo del hombre, ¿cómo lo podrías saber tú? El hombre es demasiado deficiente. Lo crucial para vosotros ahora es conocer las tres etapas de la obra. Desde la obra de Jehová a la de Jesús, y desde la de Jesús a la de la etapa actual, las tres etapas cubren la totalidad de la amplitud de la gestión de Dios, y todas ellas son la obra de un mismo Espíritu. Desde que creó el mundo, Dios siempre ha estado obrando para gestionar a la humanidad. Él es el principio y el fin, el primero y el último, y Aquel que inicia una era y quien lleva la era a su fin. Las tres etapas de la obra, en diferentes eras y distintos lugares, han sido llevadas a cabo con seguridad por un solo Espíritu. Todos los que separan estas tres fases se oponen a Dios. Ahora, debes entender que toda la obra desde la primera etapa hasta hoy es la obra de un Dios, un Espíritu, y de esto no cabe la menor duda.

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