Las responsabilidades de los líderes y obreros (13) Parte 3
III. Parlotear sobre cuestiones domésticas, establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno
A continuación, vamos a hablar sobre el tercer punto: parlotear sobre cuestiones domésticas, establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno. Está claro que los problemas englobados aquí, que abordaremos en nuestra enseñanza, no deberían producirse en la vida de iglesia. En la vida de iglesia, la gente acude a comer y beber las palabras de Dios, a poner en común Sus palabras, a comunicar la verdad y a compartir sus testimonios vivenciales personales, mientras que a la vez buscan las intenciones de Dios y una comprensión de la verdad. Entonces, ¿deberían pararse y restringirse problemas como el hecho de parlotear sobre cuestiones domésticas, establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno en el seno de la vida de iglesia? (Sí). Hay quien dice: “¿No está bien saludarse? Si dos personas que ya se conocen y tienen una relación relativamente cercana se encuentran mientras hacen vida en la iglesia y charlan un rato, ¿cuenta como parlotear sobre cuestiones domésticas? ¿Debería restringirse esto también?”. ¿Este tercer punto se refiere a este tipo de circunstancias? (No). Está claro que no. Si hubiera que restringir hasta los simples saludos educados, en el futuro la gente tendría miedo de hablar cuando se reuniera. Este tercer punto —parlotear sobre cuestiones domésticas, establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno— quizá conste solo de tres elementos, pero los problemas que representan no son las simples charlas o saludos corteses. Son las acciones malvadas que pueden trastornar, perturbar y dañar la vida de iglesia. Ya que conllevan trastornos y perturbaciones, merecen una enseñanza. ¿Qué debería compartirse? Precisamente qué problemas, qué cosas que dicen y hacen las personas, así como cuáles de sus discursos, comportamientos y conductas pueden alcanzar un nivel tal que trastornan y perturban la obra de la iglesia. Analizaremos varios ejemplos concretos para ver si producen problemas graves, si conllevan trastornos y perturbaciones y si deberían pararse y restringirse.
En la vida de iglesia, hay gente que habla a menudo de asuntos familiares triviales y de sus propias nociones e ideas como si fueran los temas principales de discusión. Una mujer dice: “La sociedad ahora es muy tenebrosa; resulta agotador relacionarse con los no creyentes y vivir entre ellos. Esos no creyentes son capaces de cualquier cosa; ¡es realmente insoportable!”. A lo que algunos hermanos y hermanas responden: “Nosotros creemos en Dios; no importa qué situaciones afrontemos, debemos ser capaces de ejercer el discernimiento y buscar la verdad y las sendas de práctica. Si vives de esta manera, no te sentirás agotada”. Sin embargo, la mujer dice: “La palabra de Dios es la verdad, pero no una panacea. Me preocupaba que mi marido tuviera una aventura y se demostró que era cierto; encontró a alguien más joven y guapa que yo. ¿Cómo se supone que voy a vivir mis días?”. Con este parloteo, empieza a llorar amargamente. Su manera de hablar suscita pena en otras personas, algunas de las cuales, que comparten su difícil trance, enseguida congenian con ella y se ponen a charlar allí mismo. Durante una reunión de dos horas, ella explica con todo detalle la discusión que mantuvo con su marido al descubrir su aventura, las ideas que concibió para transferir las propiedades compartidas, las consultas con el abogado para evitar sufrir pérdidas tras el divorcio, etcétera. ¿Se trata de la clase de tema que debería hablarse en la vida de iglesia? (No). Si tus asuntos familiares no están arreglados y te distraen de las reuniones, es mejor que no asistas a ellas. El lugar de reunión de la iglesia no es un sitio para que descargues tus quejas personales, ni para parlotear sobre cuestiones domésticas. Si en casa tienes problemas y no quieres verte enredado, constreñido o restringido por tales asuntos; si quieres buscar la verdad para comprender la intención de Dios, si quieres desprenderte de todo esto, durante la reunión puedes compartir tus problemas brevemente a fin de que los hermanos y hermanas te ayuden con las enseñanzas de la verdad. Esto puede ayudarte a comprender la intención de Dios y a fortalecerte, a no verte constreñido por estos asuntos y a salir de la negatividad y la debilidad, así como a elegir la senda correcta y más adecuada para ti. Sobre esto es sobre lo que deberías hablar. Sin embargo, ¿es apropiado que te traigas de tu casa estas irritantes trivialidades para soltarlas y pregonarlas en la vida de iglesia, y que la mayoría de la gente, por vergüenza, no te detenga ni te interrumpa, sino que se arme de paciencia y se obligue a escucharte hablar de ellas? ¿Es una muestra de amor? ¿Significa esto ser tolerante y paciente? Este comportamiento tuyo ya ha causado perturbaciones en la vida de iglesia. ¿Quién sufre por ello? El pueblo escogido de Dios. Especialmente en el entorno de la China continental, donde reunirse es complicado y los creyentes deben esconderse en todas partes y hasta tienen que programar las cosas con antelación, ¿es apropiado que alguien suelte todos sus irritantes asuntos familiares en el lugar de reunión para que todos los oigan y comenten? Las personas, en su mayoría, acuden a las reuniones para comprender la verdad y las intenciones de Dios, no para oír estas trivialidades irritantes, ni para escucharte parlotear sobre cuestiones domésticas. Hay quien dice: “No tengo allegados, conque ¿qué tiene de malo hablar con los hermanos y hermanas de estos temas?”. Puedes hacerlo, pero el momento importa. Fuera de las reuniones, siempre y cuando la otra parte esté dispuesta a escuchar, puedes hablar de ellos; esa es una libertad de la que gozas y la casa de Dios no te restringirá. Sin embargo, el lugar y el momento que has elegido para hablar de esos temas no son oportunos. Esto ha ocurrido en la vida de iglesia, durante el período de reunión, y tu interminable cháchara sobre tus asuntos familiares perturba sin cesar a los hermanos y hermanas, por lo que debe restringirse. ¿No se trata acaso de una regla? En efecto, se trata de una regla. No entender las normas resulta inaceptable, pues puede llevar a que uno actúe sin razón y perturbe a los demás. Los comportamientos, discursos y conductas que causan perturbaciones deberían restringirse, lo cual es la responsabilidad de los líderes y obreros, así como la de todos los hermanos y hermanas. Hay personas que, por lo general, tienen poco que compartir en las reuniones, pero cada vez que afloran problemas en su vida familiar, descargan estas irritantes trivialidades sobre los demás. ¿Están ellos obligados a escucharlas? ¿Están obligados a juzgar lo bueno y lo malo en nombre de esas personas? No es su obligación. Son asuntos personales de esos individuos, quienes deberían manejarlos por su cuenta; no deberían hablar de ellos durante las reuniones. Su comportamiento va en contra de las reglas, es irracional y debería restringirse.
Hay personas que, preocupadas por el futuro de sus hijos que van a la universidad, buscan contactos para ellos, sin dejar de cavilar: “En nuestra familia no hay ningún funcionario; ¿qué tipo de trabajo puede encontrar mi hijo después de graduarse? ¿Qué será de su futuro? ¿Podrá mantenerme en mi vejez? Tengo que hallar la manera de asegurarle un buen empleo para después de su graduación”. Cuando asisten a reuniones, dicen: “Mi hijo es muy obediente. No solo apoya mi fe en Dios, sino que también quiere ser creyente una vez que termine la universidad. Pero la cosa es que, aunque creamos en Dios, aún tenemos que ganarnos la vida, ¿no? No sé qué clase de trabajo podrá encontrar después de graduarse. ¿Qué oficios están bien pagados en la actualidad? Hermana Menganita, he oído que tu marido es gerente. ¿Puede ayudar de algún modo? Mi hijo es culto, ha visto el mundo, posee mejor calibre que yo y tiene maña con los ordenadores; en el futuro podrá desempeñar deberes en la casa de Dios. Pero por ahora lo primero que hay que resolver es la cuestión del trabajo; sería duro para él no conseguir un empleo”. Cada vez que acuden a una reunión, sacan a relucir estos temas y la charla se prolonga interminablemente. Buscan a personas que las compadezcan y luego intentan establecer vínculos con ellas. Durante las reuniones, tratan de arrimarse a ellas y atender sus gustos, incluso les hacen regalos, les llevan manjares o les compran algún detalle. ¿No es esto plantar los cimientos para establecer conexiones personales? ¿Cuál es el propósito de plantar cimientos? Es utilizar a los demás para manejar los asuntos personales de uno a fin de conseguir los objetivos propios. Durante las reuniones, no están dispuestas a escuchar los testimonios vivenciales que comparten los hermanos y hermanas, no hacen caso de ninguna tarea que la casa de Dios organice para ellas ni están dispuestas a escuchar a los hermanos y hermanas que procuran ofrecerles ayuda y consejos sobre su estado. Solo muestran un especial entusiasmo por el asunto del empleo de su hijo, sobre el cual hablan incesantemente. No solo se dirigen a cualquier persona que vean, sino que también charlan durante las reuniones. En resumen, prestan una especial atención a este asunto, en el que invierten un gran esfuerzo. En cada reunión, acaparan parte del tiempo de los hermanos y hermanas para hablar de ello. Ni siquiera se olvidan de mencionarlo cuando comparten sus propias experiencias; continúan hablando hasta que todos se impacientan y se indignan, y la mayoría se siente demasiado avergonzada para pararlos. Llegados a este punto, los líderes y obreros deberían cumplir con su responsabilidad y restringirlos; deberían decir: “Todos se hallan al tanto de tu situación. Si algunos hermanos y hermanas están dispuestos a ayudar, eso concierne a vuestra relación personal. Pero no deberías obligar a nadie que no quiera ayudarte. Ayudar a tu hijo a encontrar empleo no es obligación ni responsabilidad de los hermanos y hermanas; se trata de una cuestión personal que no debería acaparar el valioso tiempo que los hermanos y hermanas dedican a comer y beber las palabras de Dios y compartir la verdad. No molestes a los que comen y beben las palabras de Dios al hablarles sobre tus temas personales. Después de la reunión puedes hablar con quien quieras y buscar ayuda de quien quieras, pero no malgastes el tiempo de la reunión. Utilizar el período de reunión para tratar los temas personales de uno es vergonzoso y carece de razón; lo que se manifiesta es una perturbación de la vida de iglesia. Este asunto queda zanjado aquí”. Esto es lo que los líderes y obreros deberían hacer.
Durante las reuniones, algunas señoras mayores descubren que las hermanas jóvenes de las familias de acogida son guapas y honestas, creen sinceramente en Dios y persiguen la verdad, por lo que se encariñan con ellas y quieren que se conviertan en sus nueras. Durante las reuniones, no solo mencionan continuamente el tema, sino que también ofrecen pequeños favores y cuidados especiales a las hermanas jóvenes cada vez que asisten a ellas. Aun cuando estas hermanas expresan su desacuerdo, las molestan y acosan con insistencia, no las dejan en paz. ¿Qué clase de personas son? ¿No son personas de una calidad humana escasa? Dado que todas son hermanas en la fe, la mayoría solo puede compartir las intenciones y las palabras de Dios para resolver estos problemas. Sin embargo, algunas personas carecen de conciencia, razón y autoconocimiento; albergan enormes anhelos personales y quieren satisfacer cualquier deseo egoísta que tengan sin ningún sentido de la vergüenza. Por lo tanto, algunas personas se convierten en víctimas y se sienten incómodas durante las reuniones. ¿No es esto una perturbación hacia los demás? ¿Qué habría que hacer en semejantes situaciones? Los líderes de la iglesia deben dar un paso al frente para restringir y eliminar este tipo de asuntos de la vida de iglesia y entre los hermanos y hermanas. Además, algunas personas acuden a las reuniones con toda suerte de estados de ánimo: un hijo que no es filial, una nuera que siempre lleva cosas a la casa de sus padres, un conflicto entre suegra y nuera, etcétera. Hablan de estas irritantes trivialidades en cada reunión, introduciendo sus quejas de esta manera: “Todo cuanto dice Dios es verdad; ¡qué corrompido está ahora el género humano! Mirad a mi hijo y a mi nuera, que carecen de conciencia, carecen de razón. Esta es la falta de humanidad de la que habla Dios, son peores que animales. Hasta los corderos saben arrodillarse cuando lactan, pero ¡mi hijo se olvida de su madre nada más casarse!”. Expresan estas quejas cada vez que acuden a una reunión. Asimismo, hay personas que, cuando asisten a las reuniones, hablan de las cosas de su empresa: quién tiene un alto rendimiento en el trabajo y recibe más bonificaciones; quién obtendrá un ascenso el próximo mes, mientras que ellos no abrigan ninguna esperanza; quién viste mejor y compra artículos de las mejores marcas; quién se ha casado con un marido rico, etcétera. Los creyentes más veteranos que tienen cierta base no sienten ningún deseo de oír charlas de este tipo; estas charlas les repugnan. Sin embargo, algunos nuevos creyentes, que aún no han establecido una base ni han desarrollado un interés por las palabras de Dios, consideran esos temas estimulantes, pues creen haber hallado un lugar para charlar y crear vínculos personales. Durante las reuniones, hablan con unos y con otros hasta que, de manera gradual, dos personas empiezan a congeniar y forman un vínculo, de modo que desarrollan una relación íntima. El lugar de reunión se ha convertido en un espacio de transacciones, un sitio para que la gente entable conversaciones ociosas, establezca conexiones personales, lleve a cabo negocios y operaciones comerciales. Estas cuestiones son las que los líderes y obreros deberían identificar y parar con prontitud.
Algunas personas asisten a las reuniones con el objetivo de encontrar un buen trabajo para ellas mismas; otras, para ayudar a sus maridos a obtener un ascenso; otras, para conseguir un buen empleo para sus hijos, y otras para comprar productos a un precio rebajado. Otros acuden para encontrar un buen médico jefe para los familiares enfermos sin tener que hacer tantos regalos. En resumen, estos incrédulos que no persiguen la verdad y albergan motivos ocultos consideran que las reuniones de la iglesia son el mejor momento para establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno. A menudo, con el pretexto de compartir las palabras de Dios o de conocer este mundo perverso y la esencia de esta humanidad corrupta, plantean sus propias dificultades y las cuestiones que desean tratar y al final, poco a poco, ponen al descubierto sus motivos egoístas ocultos y los asuntos personales que pretenden resolver. Exponen sus propias intenciones y hacen creer erróneamente a los demás que están pasando por dificultades, y de este modo sugieren que todos deberían mostrarles amor y ayudarlos incondicionalmente y sin esperar nada a cambio. Enarbolan la bandera de la fe en Dios para aprovechar diversos resquicios, y buscan hacer amigos en los lugares de reunión que puedan solucionarles las cosas. Algunos, con la intención de comprar un automóvil a precio de saldo, investigan si entre los hermanos y hermanas hay alguien que trabaje en un concesionario o que tenga conexiones con el propietario de uno. En cuanto identifican a su objetivo, se arriman, hacen buenas migas con él y establecen un vínculo. Si ese individuo gusta de leer las palabras de Dios, hacen visitas frecuentes a su casa para leerlas juntos y en las reuniones se sientan a su lado e intercambian información de contacto. Entonces inician su ofensiva, decididos a no rendirse hasta conseguir su objetivo. Todas estas son cuestiones que afloran a menudo en el seno de la iglesia y entre las personas. Si surgen en los lugares de reunión y durante su transcurso, causarán, en efecto, trastornos y perturbaciones en la vida de iglesia, los cuales la afectarán. Si una iglesia carece de vida de iglesia durante un largo período, dicha iglesia se convierte en un grupo social, un recinto para realizar transacciones, un lugar para establecer conexiones personales, buscar favores bajo mano y ocuparse de los asuntos propios. La naturaleza de este lugar se transforma, y ¿qué consecuencias tiene esto? Como mínimo, lleva a que se pierda la vida de iglesia, lo cual significa la pérdida del precioso tiempo que se dedica a orar-leer las palabras de Dios con los hermanos y hermanas, y comprender la verdad. Además, y lo que es más importante, lleva a que se pierda una preciosa oportunidad para que obre el Espíritu Santo, para que esclarezca a la gente a fin de que comprenda la verdad. Todo esto perjudica la entrada en la vida de las personas. Por lo tanto, para el beneficio y la entrada en la vida del pueblo escogido de Dios, y para ser responsables de la vida de todos, se hace necesario parar y restringir a semejantes individuos; este es el trabajo que los líderes y obreros deberían realizar. Por supuesto, si los hermanos y hermanas corrientes pueden desentrañar a estas personas y sus acciones, también deberían alzarse para rechazarlas y decirles “no”. Especialmente mientras se vive la vida de iglesia, que son los momentos más importantes para las personas, si alguien acapara el tiempo de las reuniones para hablar de estos asuntos y ocuparse de ellos, los hermanos y hermanas tienen derecho a desoírlos y, lo que es más, tienen derecho a parar y rechazar estas cosas. ¿Es correcta esta forma de proceder? (Sí). Hay personas que piensan que, al hacer esto, la casa de Dios demuestra una falta de calidez humana. ¿La calidez humana pertenece a la humanidad normal? ¿Se ajusta a la verdad? Si tienes calidez humana y dedicas el período de reunión para tus asuntos personales, haces incluso que la mayoría de la gente te acompañe y apoye, logras el propósito de manejar tus asuntos personales y perturbas el orden normal del pueblo escogido de Dios que lee Sus palabras y comparte la verdad, y malgastas su precioso tiempo, ¿esto resulta justo para ellos? ¿Se ajusta a tener calidez humana? Constituye el enfoque más inhumano e inmoral, por lo que la gente debería alzarse y denunciarlo. Si los líderes y obreros son unos pusilánimes inútiles, unos ineptos, incapaces de parar y restringir con prontitud semejantes comportamientos, sin involucrarse en una labor real, entonces los hermanos y hermanas que poseen sentido de la rectitud deben unirse para impedir que estas conductas y esta atmósfera se propaguen en la iglesia. Si no quieres malgastar el precioso tiempo destinado a leer las palabras de Dios y compartir la verdad, no quieres que tu entrada en la vida se vea perturbada y sufra pérdidas, ni arruinar así tu oportunidad de alcanzar la salvación, deberías alzarte para rechazar, parar y restringir estas incidencias. Esta manera de proceder resulta apropiada y conforme a las intenciones de Dios. A algunos os da vergüenza hacer esto; quizá tú sientas vergüenza, pero los malvados no. Ellos tienen el descaro de acaparar el precioso tiempo de las reuniones: los momentos en los que obra el Espíritu Santo y Dios te esclarece. Si rechazarlos te resulta vergonzoso, ¡te mereces la pérdida en tu vida! Si estás dispuesto a mostrar amor a los satanases, diablos e incrédulos, ofrecerles ayuda, sacrificándote y despreciando los principios, ¿a quién puedes culpar de la pérdida en tu vida? Por lo tanto, todos los casos en los que se establezcan conexiones personales y se manejen los asuntos propios de uno deben erradicarse por completo de la vida de iglesia. Si, durante las reuniones, alguien persiste en seguir su propio camino e insiste en charlar sobre cuestiones domésticas, en entablar conversaciones ociosas, en ocuparse de los asuntos propios de uno o en buscarles un trabajo o una pareja a otros, de modo que siempre encuentran excusas diversas para pasar ese tiempo, ¿cómo habría que manejar a semejantes personas? En primer lugar, hay que pararlas; si siguen sin escuchar, deberían aplicarse medidas de aislamiento y restricciones. Si continúan causando perturbaciones entre bastidores, se arriman a quien pueden y hostigan la vida normal de los hermanos y hermanas en cualquier sitio, entonces habría que echarlas y no contemplarlas como hermanos o hermanas. No están capacitadas para vivir la vida de iglesia ni son dignas de participar en las reuniones. Semejantes personas deberían ser restringidas y rechazadas. Esta labor, por supuesto, también constituye una tarea importante que deberían realizar los líderes y obreros en todos los niveles. Cuando surgen estos asuntos y situaciones, los líderes y obreros deberían ser los primeros en alzarse y pararlos. ¿Cómo deberían pararlos? Tienen que decirles: “¿Sabes que este comportamiento tuyo ya ha causado trastornos y perturbaciones en la vida de iglesia? Es algo que todos los hermanos y hermanas aborrecen y consideran repugnante y que también está condenado por Dios. Deberías poner fin a este comportamiento. Si no escuchas la persuasión y te empeñas en seguir por tu propio camino, tu vida de iglesia terminará, se te quitarán tus libros de las palabras de Dios y la iglesia ya no te reconocerá”. Por supuesto, hay personas que, debido a su pequeña estatura y su falta de comprensión de la verdad, de vez en cuando charlan sobre cuestiones domésticas, forjan un vínculo con alguien o se ocupan de algún asunto menor, pero no se trata de una situación demasiado grave. ¿Esto está bien? (Sí). En circunstancias que no causen ninguna perturbación a nadie, resulta aceptable que los hermanos y hermanas se ayuden entre sí y se muestren un poco de amor mutuo. Pero ¿de qué hablamos en nuestra enseñanza? De cuando esos comportamientos y acciones ya han causado trastornos y perturbaciones en la vida normal de la iglesia; en tales casos, habría que parar y restringir a los implicados. No debemos consentir que continúen trastornando y perturbando la vida de iglesia. Estas medidas benefician la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Algunas personas exhiben conductas similares, pero al no ser situaciones graves, no constituyen trastornos y perturbaciones; no son más que las simples interacciones normales que se dan entre los hermanos y hermanas cuando se ayudan entre sí, consultan información con normalidad o preguntan sobre conocimientos comunes que no entienden. Mientras no ocupe el tiempo de las reuniones y mientras ambas partes consientan, tengan buena disposición, sin imponerse nada la una a la otra, y se trate de una relación que pertenezca al ámbito de la humanidad normal, será algo permisible y la iglesia no lo restringirá. No obstante, hay un detalle: si las acciones y los discursos imprudentes que hace alguien en la vida de iglesia derivan en acoso o perturbaciones hacia los hermanos y hermanas, de modo que algunas personas se sienten indignadas y expresan sus objeciones, entonces los líderes y obreros deberían dar un paso al frente para resolver el problema. O si otros ya han denunciado a una persona que, en vez de compartir las palabras de Dios durante las reuniones, parlotea sobre sus cuestiones domésticas y establece conexiones personales, que trata el lugar de reunión como un recinto para establecer conexiones personales y ocuparse de los asuntos propios de uno, que pide favores a los demás y se aprovecha de quien puede; si otros afirman que la calidad humana de esta persona es escasa, que es egoísta, despreciable y vil, que no persigue la verdad, sino que busca ventajas en todas partes, así como oportunidades diversas para su propio beneficio, entonces habría que aislar a dicha persona.
Algunos individuos se aprovechan de ciertos hermanos y hermanas ricos e influyentes para que les resuelvan sus cosas y, si no se satisfacen sus peticiones, a menudo los critican a sus espaldas, afirman que estas personas carecen de amor y que no son auténticos creyentes, y llegan al punto de querer denunciarlos. ¿Os habéis topado con individuos así? ¿No habría que dirigirse a esas personas? Ante una situación semejante, ¿qué habría que hacer? Los líderes y obreros deberían intervenir para resolver el problema, actuando conforme a los principios, para garantizar que los hermanos y hermanas no se vean perturbados. ¿Está mal que alguien se niegue a hacer algo por ellas? ¿Negarles la ayuda equivale a no practicar la verdad o a no profesar amor a Dios? (No). Cada uno es libre de ayudar o no; cada uno tiene derecho a elegir. La casa de Dios no estipula que los hermanos y hermanas tengan que ayudarse a resolver sus dificultades familiares en el seno de la iglesia. La vida de iglesia no es el sitio indicado para ello, sino un lugar de reunión para comer y beber las palabras de Dios y crecer en la vida. Algunas personas utilizan la vida de iglesia para solucionar sus propios problemas; ¿qué consecuencias puede acarrear esto? ¿Acaso no afecta al pueblo escogido de Dios a la hora de comer y beber Sus palabras y de equiparse con la verdad? Los problemas personales cotidianos de cada uno pueden solucionarse en privado con los hermanos y hermanas; no hay necesidad de llevarlos a la iglesia para resolverlos. Todos deberían saber qué consecuencias se derivan cuando el manejo de los asuntos personales interfiere en la vida de iglesia del pueblo escogido de Dios. Una vez que los líderes y obreros descubran tales asuntos, deberían intervenir para zanjarlos. Deberían proteger a los miembros de la iglesia que pueden cumplir con sus deberes con normalidad, proteger a quienes persiguen realmente la verdad, restringir a las personas malvadas y evitar que logren sus objetivos. Esta es la responsabilidad de los líderes y obreros. Habría que establecer distinciones claras en cuanto a cómo tratar los casos normales de este tercer punto, qué manifestaciones son de una circunstancia o naturaleza grave y qué tipos y qué manifestaciones conllevan trastornos y perturbaciones. Una vez que la gravedad de una circunstancia queda definida con claridad, debería manejarse de acuerdo con su naturaleza. Esto es algo que los líderes y obreros han de comprender y que todo el mundo debería asimilar.