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186 Cántico del regreso del hijo pródigo

1 ¿Por qué sigues así tras haber creído en Dios tantos años? Ante el trono del juicio de Cristo, parece que nada te importa; tu rostro decadente muestra tu actitud despreocupada, como si hubieras sufrido una gran injusticia y ya no tuvieras el valor de seguir a Dios. Tú, el hijo pródigo caído, ¿adónde te empeñas en ir? Parece que te sometes a las orquestaciones de Dios y no eliges por ti mismo. Te quedas en la encrucijada y has perdido la “fe” que tenías al principio. Miras deliberadamente a la muerte a la cara y avanzas hacia un futuro incierto.

2 En la bruma pareces poseer una “gran fe”: puesto que Dios no te abandonará, sigues adelante como te da la gana. Los deseos extravagantes sustituyen a tus esfuerzos subjetivos. Te agobia la negatividad y aún no te has librado de ella. ¿Dónde han ido a parar tu conciencia y razón? Ni siquiera ahora has despertado. ¡Qué inútil e inepto eres! Piensas que tu nobleza es sagrada e inviolable. Hasta Dios encarnado es humilde; un hombre corrupto no tiene dignidad.

3 La tragedia es que no te conoces en absoluto. Tras tu imponente aspecto se esconde un villano rastrero. ¿Sientes vergüenza porque Dios te ha agraviado o porque no tienes la verdad? ¿Cómo puedes hablar de cumplir con tu deber cuando tu carácter corrupto no se ha transformado lo más mínimo? ¿Acaso el juicio de Dios tiene algún efecto sobre ti? Antes o después, el viento se llevará toda la paja, y cuando eso suceda será demasiado tarde para que te lamentes, llorarás y crujirás los dientes. Y ahora, recobra la compostura y busca la verdad. Eso te hace prudente.

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