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La Palabra manifestada en carne (Continuación)

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Palabras Clásicas de Dios (Pasajes)

Parte 2

Acabamos de hablar sobre toda la obra que Dios llevó a cabo, la serie de cosas que realizó por primera vez. Cada una de ellas es relevante para el plan de gestión y la voluntad de Dios. También lo son para el propio carácter de Dios y Su esencia. Si queremos entender mejor lo que Dios tiene y es, no podemos detenernos en el Antiguo Testamento o en la Era de la Ley, sino que es necesario que nos movamos hacia adelante siguiendo los pasos que Dios dio en Su obra. Por tanto, cuando Dios puso fin a la Era de la Ley y dio comienzo a la Era de la Gracia, nuestros propios pasos han llegado a dicha era, un tiempo lleno de gracia y redención. En él, Dios volvió a hacer algo muy importante por primera vez. La obra en esta nueva era, tanto para Dios como para la humanidad, fue un nuevo punto de partida. Este nuevo inicio era otra nueva obra que Dios hizo por primera vez. Era algo sin precedentes que Él realizó y que ni los seres humanos ni todas las criaturas podrían imaginar. Es algo que todo el mundo sabe muy bien ahora: fue la primera vez que Dios se convirtió en un ser humano, que comenzó una nueva obra bajo la forma y con la identidad de un hombre. Esta nueva obra significaba que Dios había acabado Su obra en la Era de la Ley, que ya no haría ni diría nada bajo la ley. Tampoco hablaría ni llevaría nada a cabo en forma de ley ni según los principios o las normas de la ley. Es decir, toda Su obra basada en la ley se detuvo para siempre y no continuaría, porque Dios quería empezar una nueva y hacer cosas nuevas; una vez más, Su plan tenía un nuevo punto de partida. De manera que Dios tuvo que dirigir a la humanidad a la era siguiente.

Que estas noticias fueran gozosas o inquietantes para los seres humanos dependía de cuál fuera su esencia. Se podía decir que estas no eran alegres para algunos, sino preocupantes, porque cuando Dios inició Su nueva obra, los que sólo seguían las leyes y las reglas, y las doctrinas, pero no temían a Dios tenderían a usar Su antigua obra para condenar la nueva. Para estos, eran nuevas amenazadoras. Sin embargo, para todo aquel que fuera inocente y franco, sincero a Dios y dispuesto a recibir Su redención, Su primera encarnación fue una noticia muy gozosa. Y es que desde que hubo seres humanos, esta era la primera vez que Dios había aparecido y vivido entre la humanidad en una forma que no era el Espíritu; más bien había nacido de un ser humano y vivía entre las personas como el Hijo del Hombre, y trabajaba en medio de ellos. Esta “primera vez” rompió los conceptos de las personas y también superó toda imaginación. Además, todos los seguidores de Dios obtuvieron un beneficio tangible. Dios no sólo acabó con el viejo siglo, sino que también puso fin a Sus antiguos métodos y a Su modo de obrar. Ya no permitió que Sus mensajeros transmitieran Su voluntad ni se escondió más en las nubes ni se apareció o habló a los seres humanos de forma autoritaria por medio del trueno. A diferencia de cualquier otra cosa anterior, mediante un método inimaginable para los seres humanos que les resultaba difícil de entender o aceptar —hacerse carne—, se convirtió en el Hijo del Hombre para desarrollar la obra de esa era. Este paso sorprendió a la humanidad, y fue también muy incómodo para ellos, porque Dios había vuelto a empezar una nueva obra que nunca antes había llevado a cabo. Hoy, echaremos un vistazo a la nueva obra que Dios realizó en la nueva era, y ¿qué podemos comprender del carácter de Dios, y de lo que Él tiene y es, en toda esta nueva obra?

Las que siguen son palabras registradas en el Nuevo Testamento de la Biblia.

1. (Mateo 12:1) Esa vez, Jesús fue por los campos de maíz en un día de reposo; los discípulos tenían hambre y comenzaron a arrancar las mazorcas de maíz para comerlas.

2. (Mateo 12:6-8) Pero Yo os digo que en este lugar hay uno que es más grande que este templo. Pero si vosotros hubierais sabido lo que esto significa, Yo recibiría misericordia y no sacrificio, vosotros no condenaríais a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es el Señor aún en el día de reposo.

Le echaremos primero una mirada a este pasaje: “Esa vez, Jesús fue por los campos de maíz en un día de reposo; los discípulos tenían hambre y comenzaron a arrancar las mazorcas de maíz para comerlas”.

¿Por qué hemos escogido este pasaje? ¿Qué relación guarda con el carácter de Dios? En este texto, lo primero que sabemos es que era el día de reposo, pero el Señor Jesús salió y llevó a Sus discípulos por los campos de maíz. Y lo más “escandaloso” es que hasta “comenzaron a arrancar las mazorcas de maíz para comerlas”. En la Era de la Ley, las leyes de Jehová Dios consistían en que las personas no podían salir de manera informal ni participar en actividades en Sabbat: había muchas cosas que no se podían hacer en Sabbat. Esta acción por parte del Señor Jesús fue desconcertante para quienes habían vivido bajo la ley durante largo tiempo, y hasta provocó críticas. En cuanto a su confusión y a cómo hablaban sobre lo que Jesús hizo, lo dejaremos de lado por ahora y analizaremos primero por qué el Señor Jesús escogió, entre todos los días, hacer esto en el día de reposo, y qué quería comunicar por medio de esta acción a los que vivían bajo la ley. Esta es la relación entre este pasaje y el carácter de Dios sobre la que quiero hablar.

Cuando el Señor Jesús vino, usó Sus actos prácticos para comunicarles a las personas: Dios se había marchado de la Era de la Ley, y había comenzado una nueva obra; esta no requería la observancia del Sabbat. Cuando Dios salió de los límites del día de reposo, sólo fue un anticipo de Su nueva obra, y Su verdadera gran obra seguía realizándose. Cuando el Señor Jesús empezó Su obra, ya había dejado atrás los grilletes de la Era de la Ley, y se había abierto paso entre las normas y los principios de esa era. En Él no había rastro de nada relacionado con la ley; la había desechado por completo y ya no la observaba; ya no requería que la humanidad la cumpliera. De modo que aquí ves que el Señor Jesús atravesó los maizales en el día de reposo; el Señor no descansó, sino que salió a trabajar. Este acto suyo fue una conmoción para los conceptos de las personas y les comunicaba que Él ya no vivía bajo ella; que Él había abandonado los límites del Sabbat y apareció delante de la humanidad y en medio de ellos con una nueva imagen, con una nueva forma de obrar. Este acto suyo les decía a las personas que Él había traído consigo una nueva obra que empezó saliendo de la ley y del día de reposo. Cuando Dios llevó a cabo Su nueva obra, dejó de aferrarse al pasado y ya no se preocupó más por la normativa de la Era de la Ley. Tampoco le afectó Su obra en la era anterior, sino que obró como de costumbre durante el día de reposo, y cuando Sus discípulos tuvieron hambre, pudieron arrancar espigas de maíz para comer. Todo aquello era muy normal a los ojos de Dios. Él podía tener un nuevo comienzo para gran parte de la obra que quería hacer y de las cosas que quería decir. Cuando tiene un nuevo comienzo ni menciona de nuevo Su obra previa, ni sigue con ella. Y es que Dios tiene Sus principios en Su obra. Cuando quiere empezar una nueva obra es cuando quiere llevar a la humanidad a una nueva etapa de la misma, y cuando Su obra ha entrado en una fase más alta. Si las personas siguen actuando según los antiguos dichos o normas, o siguen aferrados a ellos, Él no lo conmemorará ni lo elogiará. Esto se debe a que ya ha introducido una nueva obra y ha entrado en una nueva fase de la suya. Cuando inicia una nueva obra, se aparece a la humanidad con una imagen completamente nueva, desde un ángulo totalmente nuevo y de un modo plenamente nuevo para que las personas puedan ver distintos aspectos de Su carácter y lo que Él tiene y es. Esta es una de Sus metas en Su nueva obra. Dios no se aferra a lo antiguo ni toma el camino trillado; cuando obra y habla no es tan prohibitivo como los seres humanos imaginan. En Dios, todo es libre y está liberado, y no hay prohibición ni coacción: lo que Él le trae a la humanidad es completa libertad y liberación. Es un Dios vivo, que existe genuina y verdaderamente. No es una marioneta ni una escultura de arcilla, y es por completo diferente de los ídolos que las personas consagran y adoran. Está vivo y vibrante, y lo que Sus palabras y Su obra les aporta a los seres humanos es todo vida y luz, libertad y liberación, porque Él contiene la verdad, la vida y el camino; Él no está obligado por nada en parte alguna de Su obra. Independientemente de lo que digan las personas y de cómo vean o valoren Su nueva obra, Él la realizará sin reparo alguno. No se preocupará por los conceptos de nadie ni por los dedos que señalen Su obra y Sus palabras, o tan siquiera por la fuerte oposición y resistencia de ellos a Su nueva obra. Nadie, en toda la creación, puede usar la razón, la imaginación, el conocimiento o la moralidad humanos para medir o definir lo que Dios hace para desacreditar, interrumpir o sabotear Su obra. No existe prohibición en Su obra, y no se verá obligado por ningún hombre, cosa u objeto, y esta no será alterada por ninguna fuerza hostil. En Su nueva obra, Él es el Rey siempre victorioso y pisotea bajo Su escabel, cualquier fuerza hostil y todas las herejías y las falacias de la humanidad. Independientemente de la nueva etapa de Su obra que esté llevando a cabo, debe desarrollarse y expandirse en medio de la humanidad, y debe llevarse a cabo sin estorbo en todo el universo, hasta que Su gran obra haya concluido. Este es la omnipotencia y la sabiduría de Dios, Su autoridad y Su poder. Así, el Señor Jesús podía salir abiertamente y obrar en el día de reposo, porque en Su corazón no había normas ni conocimiento, ni doctrina originada en la humanidad. Lo que Él tenía era la nueva obra de Dios y Su camino, y Su obra era el camino de liberar a la humanidad, de desencadenarla y permitirle existir en la luz y vivir. Aquellos que adoran a los ídolos o a falsos dioses viven cada día atados por Satanás, reprimidos por todo tipo de normas y tabúes, hoy se prohíbe una cosa y mañana otra; no hay libertad en su vida. Son como prisioneros engrilletados, sin gozo del que hablar. ¿Qué representa la “prohibición”? Representa restricciones, lazos y maldad. Tan pronto como una persona adora a un ídolo, está adorando a un falso dios, adorando a un espíritu maligno. La prohibición viene acompañada de esto. No se puede comer esto o aquello; hoy no se puede salir; mañana no se puede encender el horno; al día siguiente uno no puede mudarse a una casa nueva; se deben seleccionar ciertos días para bodas y funerales, y hasta para dar a luz. ¿Cómo se denomina esto? Se le llama prohibición; es esclavitud de la humanidad, y son los grilletes de Satanás y los espíritus malignos que los controlan y cohíben su corazón y su cuerpo. ¿Existen estas prohibiciones con Dios? Cuando se habla de la santidad de Dios, deberías pensar primero en esto: con Dios no hay prohibiciones. Dios tiene principios en Sus palabras y en Su obra, pero no son prohibiciones, porque Dios mismo es la verdad, el camino y la vida.

Veamos ahora el siguiente pasaje: “Pero Yo os digo que en este lugar hay uno que es más grande que este templo. Pero si vosotros hubierais sabido lo que esto significa, Yo recibiría misericordia y no sacrificio, vosotros no condenaríais a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es el Señor aún en el día de reposo” (Mateo 12:6-8). ¿A qué se refiere “templo” aquí? Por decirlo de un modo sencillo, “templo” alude a un edificio magnífico, alto, y en la Era de la Ley, era un lugar donde los sacerdotes adoraban a Dios. Cuando el Señor Jesús declaró “en este lugar hay uno que es más grande que este templo”, ¿a quién se refería ese “uno”? Claramente, se trata del Señor Jesús en la carne, porque sólo Él era mayor que el templo. ¿Qué transmiten esas palabras a las personas? Les indica que salgan del templo; Dios ya lo había abandonado y no obraba más allí, así que las personas deberían buscar las huellas de Dios fuera de él y seguirlas en Su nueva obra. El trasfondo de esta afirmación del Señor Jesús es que bajo la ley, los seres humanos habían llegado a considerar el templo como algo mayor que Dios mismo. Es decir, las personas adoraban el templo en lugar de a Dios, así que el Señor Jesús les advierte que no adoren a los ídolos, sino a Dios porque Él es supremo. Por consiguiente, Él dijo: “Yo recibiría misericordia y no sacrificio”. Es evidente que, a los ojos del Señor Jesús, la mayoría de las personas que estaban bajo la ley ya no adoraban a Jehová, sino que llevaban a cabo el proceso del sacrificio, y determinó que esto era adorar a los ídolos. Estos adoradores de ídolos veían el templo como algo mayor y más elevado que Dios. En sus corazones sólo figuraba el templo, Dios no; si lo perdían, con él perdían también su morada. Sin él no tenían donde adorar y no podrían llevar a cabo sus sacrificios. Su pretendida morada era donde ellos operaban bajo el estandarte de la adoración a Jehová Dios, algo que les permitía permanecer en el templo y llevar a cabo sus propios negocios. Los pretendidos sacrificios que realizaban eran sólo para efectuar sus propios tratos personales y vergonzosos bajo el disfraz de cumplir con su servicio en el templo. Por esta razón, las personas de aquella época consideraban que el templo era mayor que Dios, porque lo usaban como tapadera, y los sacrificios como pretexto para engañar a otros y a Dios; el Señor Jesús declaró esto para advertir a las personas. Si se aplican estas palabras al presente, siguen siendo igual de válidas y pertinentes. Aunque las personas de hoy han experimentado una obra de Dios distinta a la de quienes vivieron en la Era de la Ley, la esencia de su naturaleza es la misma. En el contexto de la obra hoy, las personas seguirán haciendo las mismas cosas como “el templo es mayor que Dios”. Por ejemplo, los seres humanos consideran que cumplir con su deber es su trabajo; que dar testimonio de Dios y luchar contra el gran dragón rojo como movimientos políticos en la defensa de los derechos humanos, por la democracia y la libertad; voltean su deber para utilizar sus aptitudes en profesiones, pero tratan el temer a Dios y apartarse del mal como un mero pedazo de doctrina religiosa a observar, y así sucesivamente. ¿No son estas expresiones de los seres humanos básicamente las mismas que “el templo es mayor que Dios”? Sólo que hace dos mil años, las personas llevaban a cabo sus negocios personales en el templo físico, pero actualmente los realizan en templos intangibles. Los que valoran las normas las consideran mayores que Dios; quienes aman el estatus lo ven mayor que Dios; los que aman su profesión la consideran mayor que Dios, etc.; todas sus expresiones me llevan a afirmar: “Las personas alaban a Dios como el más grande por medio de sus palabras, pero a través de sus ojos todo es mayor que Él”. Esto se debe a que tan pronto como las personas encuentran una oportunidad a lo largo de su camino de seguir a Dios para exhibir sus propios talentos, o para llevar a cabo sus propios asuntos o su profesión, se distancian de Dios y se echan en brazos de la profesión que aman. En cuanto a lo que Dios les ha confiado y Su voluntad, hace tiempo ya que lo han descartado. En este escenario, ¿qué es distinto respecto a estas personas y las que llevaban a cabo su propio negocio en el templo, hace dos mil años?

A continuación, leamos la última frase de este pasaje de las escrituras: “Porque el Hijo del Hombre es el Señor aún en el día de reposo”. ¿Existe un lado práctico en esta frase? ¿Podéis verlo? Cada una de las cosas que Dios afirma sale de Su corazón, ¿por qué dijo esto, pues? ¿Qué entendéis por eso? Es posible que entendáis el significado de esta frase ahora, pero en aquel tiempo no muchos lo comprendían, porque la humanidad acababa de salir de la Era de la Ley. Para ellos, salir del día de reposo era algo muy difícil, por no hablar de entender lo que es el verdadero Sabbat.

La frase “el Hijo del Hombre es el Señor aún en el día de reposo” les dice a las personas que todo lo de Dios es inmaterial, y aunque Dios pueda suplir todas tus necesidades materiales, una vez satisfechas estas, ¿puede la satisfacción que proporcionan estas cosas sustituir tu búsqueda de la verdad? ¡Es evidente que no es posible! El carácter de Dios y lo que Él tiene y es, sobre los que hemos estado comunicando, son la verdad. No se pueden medir con el alto precio de los objetos materiales ni su valor se puede cuantificar con dinero, porque no es algo material y suple las necesidades del corazón de todas y cada una de las personas. Para cada persona, el valor de estas verdades intangibles debería ser mayor que el de cualquier cosa material que te parezca hermosa, ¿verdad? Esta declaración es algo a lo que tenéis que dedicarle tiempo. La idea clave de lo que he dicho es que lo que Dios tiene y es, y todo lo suyo, son los más importantes para cada persona y no pueden ser sustituidos por ningún objeto material. Te daré un ejemplo: cuando tienes hambre, necesitas comida. Esta puede ser relativamente buena o deficiente, pero en cuanto te hartas, esa desagradable sensación de estar hambriento ya no existe; habrá desaparecido. Puedes estar aquí sentado en paz y tu cuerpo estará en reposo. El hambre de las personas puede resolverse con comida, pero cuando estás siguiendo a Dios y sintiendo que no tienes una comprensión de Él, ¿cómo puedes solucionar el vacío de tu corazón? ¿Puedes remediarlo con comida? O cuando estás siguiendo a Dios y no entiendes Su voluntad, ¿qué puedes usar para saciar esa hambre de tu corazón? En el proceso de tu experiencia de salvación por medio de Dios, aunque busques un cambio en tu carácter, si no comprendes Su voluntad o no sabes cuál es la verdad, si no entiendes el carácter de Dios, ¿no te sientes muy incómodo? ¿No sientes en tu corazón una fuerte hambre y sed? ¿No te impiden estos sentimientos sentir paz en tu corazón? ¿Cómo se puede, pues, saciar esa hambre del corazón? ¿Existe alguna forma de resolverlo? Algunos van a comprar, otros van en busca de sus amigos para confiarse a ellos, otros duermen hasta hartarse, otros leen más palabras de Dios o trabajan más duro y dedican más esfuerzo para cumplir con sus deberes. ¿Pueden estas cosas solucionar tus dificultades prácticas? Todos vosotros entendéis por completo estos tipos de prácticas. Cuando te sientes impotente, o tienes un fuerte deseo de obtener esclarecimiento de Dios que te permita conocer la realidad de la verdad y Su voluntad, ¿qué es lo que más necesitas? No es una comida completa, ni unas pocas palabras amables. Además, no se trata del consuelo y la satisfacción pasajeros de la carne; lo que necesitas es que Dios te diga de un modo directo y claro lo que deberías hacer y cómo hacerlo; indicarte con claridad cuál es la verdad. Después de entender esto, aunque sólo sea una parte ínfima, ¿no te sientes más satisfecho en tu corazón que si hubieras comido una buena comida? Cuando tu corazón está colmado, ¿no gana verdadera paz y toda tu persona también? A través de esta analogía y análisis, ¿entendéis ahora por qué quería Yo comunicar con vosotros esta frase “el Hijo del Hombre es el Señor aún en el día de reposo”? Su significado es que lo que procede de Dios, lo que Él tiene y es, y Su todo son mayores que cualquier otra cosa, incluido aquello o a aquella persona que una vez creíste valorar más. Esto significa que si una persona no puede tener las palabras de la boca de Dios o no entiende Su voluntad, no puede lograr la paz. En vuestras experiencias futuras comprenderéis por qué quería que vierais este pasaje hoy; esto es muy importante. Todo lo que Dios hace es verdad y vida. Para la humanidad, la verdad es algo de lo que no puede carecer en su vida, algo de lo que no puede pasarse; también podrías decir que es lo más grande. Aunque no puedas verlo ni tocarlo, no puedes ignorar la importancia que tiene para ti; es lo único que puede traer paz a tu corazón.

¿Está vuestro entendimiento de la verdad integrado en vuestras propias condiciones? En la vida actual, primero tienes que pensar en qué verdades se relacionan con las personas, las cosas y los objetos con los que te has encontrado; en medio de estas verdades es donde puedes descubrir la voluntad de Dios y relacionar lo que has hallado con Su voluntad. Si desconoces qué aspectos de la verdad están relacionados con las cosas con las que te has encontrado, pero vas directamente en busca de la voluntad de Dios, este planteamiento es bastante ciego y no puede lograr resultados. Si quieres buscar la verdad y comprender la voluntad de Dios, primero es necesario que consideres qué tipo de cosas te han sobrevenido, con qué aspectos de la verdad están relacionados, y sondear la verdad en la palabra de Dios que tenga que ver con lo que has experimentado. Luego, busca la senda de la práctica adecuada para ti en esa verdad; de esta forma, puedes lograr un entendimiento indirecto de la voluntad de Dios. Buscar la verdad y practicarla no es aplicar una doctrina de manera mecánica ni seguir una fórmula. La verdad no es formulada ni es una ley. No está muerta; es vida, es algo vivo, es la regla que una criatura debe seguir y la norma que un ser humano debe tener en su vida. Esto es algo que debes entender mejor de la experiencia. Independientemente de la etapa que hayas alcanzado en tu experiencia, eres inseparable de la palabra de Dios y de la verdad, y lo que entiendes de Su carácter y lo que sabes que Dios tiene y es, todo esto está expresado en Sus palabras; están inextricablemente vinculados a la verdad. El carácter de Dios y lo que Él tiene y es, son en sí mismos, la verdad. Esta es una manifestación auténtica del carácter de Dios y de lo que Él tiene y es. Concreta lo que Dios tiene y es, y lo declara de forma expresa; te indica de un modo más directo lo que le agrada a Dios, lo que le desagrada, lo que Él quiere que hagas y lo que no te permite hacer, a qué personas desprecia y en quiénes se deleita. Tras las verdades que Dios expresa, las personas pueden ver Su placer, Su enojo, Su tristeza y Su felicidad, así como Su esencia; esta es la revelación de Su carácter. Al margen de saber lo que Dios tiene y es, y de comprender Su carácter a partir de Su palabra, lo más importante es la necesidad de alcanzar esta comprensión por medio de la experiencia práctica. Si las personas se apartan de la vida actual para conocer a Dios, no serán capaces de lograrlo. Aunque haya quienes puedan lograr cierta comprensión de Su palabra, se limita a teorías y palabras, y existe una disparidad con cómo es Dios en realidad.

Lo que estamos comunicando ahora se encuentra, en su totalidad, dentro del ámbito de las historias recogidas en la Biblia. Por medio de ellas y a través del análisis de estas cosas que sucedieron, las personas pueden entender Su carácter, y lo que Él tiene y es, según Él lo ha expresado, permitiéndoles conocer cada aspecto de Dios de un modo más amplio, más profundo, más exhaustivo y más concienzudo. Por tanto, ¿son estas historias la única forma de conocer cada aspecto de Dios? ¡No, no lo es! Y es que lo que Dios dice y la obra que hace en la Era del Reino pueden ayudar más a las personas a conocer Su carácter, y hacerlo de un modo más pleno. Sin embargo, creo que es un poco más fácil conocer el carácter de Dios y entender lo que Él tiene y es, a través de algunos ejemplos o historias recogidas en la Biblia y con los que las personas están familiarizadas. Si tomo las palabras de juicio y castigo, así como las verdades que Dios expresa hoy para que llegues a conocerlo palabra por palabra, sentirás que es demasiado aburrido y tedioso, y algunas personas sentirán incluso que las palabras de Dios parecen poco formuladas. Pero si tomamos estas narrativas bíblicas como ejemplos para ayudar a las personas a conocer el carácter de Dios, no lo encontrarán aburrido. Se podría decir que en el curso de la explicación de estos ejemplos, los detalles de lo que había en el corazón de Dios en aquel momento —Su estado de ánimo o sentimiento, Sus pensamientos e ideas— se han comunicado a las personas en lenguaje humano, y el objetivo de todo esto consiste en permitirles apreciar y sentir que lo que Dios tiene y es no es una fórmula. No es una leyenda ni algo que las personas no puedan ver o tocar. Es algo que existe de verdad y que las personas pueden sentir, y apreciar. Este es el objetivo supremo. Se podría afirmar que las personas que viven en esta era son bendecidas. Pueden recurrir a las historias de la Biblia para obtener un entendimiento más amplio de la obra anterior de Dios; pueden ver Su carácter a través de la obra que Él ha llevado a cabo. Y pueden entender Su voluntad para la humanidad por medio de estos caracteres que ha expresado, entender las manifestaciones concretas de Su santidad y Su preocupación por los seres humanos, a fin de alcanzar un conocimiento más detallado y profundo del carácter de Dios. ¡Creo que todos vosotros podéis sentir esto!

En el ámbito de la obra que el Señor Jesús completó en la Era de la Gracia, puedes ver otro aspecto de lo que Dios tiene y es. Este se expresó a través de Su carne, y fue hecho posible para que las personas vieran y apreciaran por medio de Su humanidad. En el Hijo del Hombre, las personas vieron cómo vivió Dios en carne Su humanidad, y contemplaron Su divinidad expresada a través de la carne. Estos dos tipos de expresión permitieron ver a las personas un Dios muy real, y formarse un concepto diferente de Él. Sin embargo, en el período de tiempo entre la creación del mundo y el final de la Era de la Ley, esto es, antes de la Era de la Gracia, lo que las personas vieron, oyeron y experimentaron sólo fue el aspecto divino de Dios. Fue lo que Él hizo y dijo en una esfera intangible, y las cosas que expresó desde Su persona real que no podían verse ni tocarse. Con frecuencia, estas cosas hicieron que las personas sintieran que Dios era muy grande y que no podían acercarse a Él. La impresión que Dios solía dar a las personas era que Él iba y venía repentinamente y ellas incluso sentían que cada uno de Sus pensamientos e ideas era tan misterioso y difícil de escudriñar que no había forma de alcanzarlos y mucho menos de intentar entenderlos y apreciarlos. Para las personas, todo lo relativo a Dios era muy distante, tanto que no podían verlo ni tocarlo. Él parecía estar arriba en el cielo, y que no existía en absoluto. Así pues, entender el corazón y la mente de Dios o cualquiera de Sus pensamientos era inalcanzable para las personas, y hasta imposible. Aunque Dios llevó a cabo alguna obra concreta en la Era de la Ley, y también promulgó algunas palabras específicas y expresó algunos caracteres concretos que les permitieran apreciar a los hombres y ver algún conocimiento real de Él, después de todo, la expresión por parte de Dios de lo que Él tiene y es, en una esfera intangible, y lo que las personas entendían, lo que conocían, seguía perteneciendo al aspecto divino de lo que Él tiene y es. La humanidad no podía adquirir un concepto concreto a partir de esta expresión de[a] lo que Él tiene y es, y su impresión de Dios seguía atascada en el ámbito de “un Espíritu al que resulta difícil acercarse, que va y viene repentinamente”. Como Dios no usó un objeto específico ni una imagen en la esfera material para aparecerse a las personas, estas seguían sin poder definirlo mediante el lenguaje humano. En sus corazones y sus mentes, siempre querían usar sus propias palabras para establecer un estándar de Dios, para hacerlo tangible y humanizarlo, como lo alto y lo grande que es, cuál es Su aspecto, qué le gusta particularmente, y cuál es Su personalidad específica. En realidad, Dios sabía en Su corazón que las personas pensaban así. Tenía muy claras las necesidades de las personas y, por supuesto, también sabía lo que debía hacer; por ello, llevó a cabo Su obra de un modo diferente en la Era de la Gracia. Esta forma era tanto divina como humanizada. En el período de tiempo en que el Señor Jesús estuvo obrando, las personas podían ver que Dios tenía muchas expresiones humanas. Por ejemplo, podía danzar, asistir a bodas, conversar, hablar y discutir con las personas. Además de eso, el Señor Jesús también llevó a cabo mucha obra que representaba Su divinidad, y por supuesto toda esa obra era una expresión y una revelación del carácter de Dios. Durante este tiempo, cuando la divinidad de Dios se materializó en una carne ordinaria que las personas podían ver y tocar, ya no sentían que Él fuera y viniera repentinamente, que no pudieran acercarse a Él. Por el contrario, podían intentar comprender la voluntad de Dios o entender Su divinidad a través de todos los movimientos, las palabras, y la obra del Hijo del Hombre quien, encarnado, expresaba la divinidad de Dios a través de Su humanidad y le transmitía Su voluntad a la humanidad. A través de la expresión de la voluntad y del carácter de Dios, también le reveló al Dios que no puede verse ni tocarse en la esfera espiritual. Lo que las personas vieron era Dios mismo, tangible y de carne y hueso. Así, el Hijo del Hombre encarnado concretizó y humanizó cosas como la identidad, el estatus, la imagen, el carácter de Dios, y lo que Él tiene y es. Aunque Su aspecto externo tenía algunas limitaciones respecto a la imagen de Dios, Su esencia y lo que Él tiene y es, eran totalmente capaces de representar Su propia identidad y estatus; sencillamente existían algunas diferencias en la forma de expresión. Independientemente de que sea la humanidad del Hijo del Hombre o de Su divinidad, no podemos negar que Él representaba la propia identidad y estatus de Dios. Sin embargo, durante este tiempo, Dios obró a través de la carne, habló desde esa perspectiva, y se presentó ante la humanidad con la identidad y el estatus del Hijo del Hombre, y esto les proporcionó a las personas la oportunidad de encontrar y experimentar las palabras y la obra prácticas de Dios en medio de la humanidad. También les permitió tener una percepción de Su divinidad y de Su grandeza en medio de la humildad, así como obtener un entendimiento y una definición preliminares de la autenticidad y la realidad de Dios. Aunque la obra realizada por el Señor Jesús, Sus formas de obrar, y la perspectiva desde la que habló diferían de la persona real de Dios en la esfera espiritual, todo lo relativo a Él representaba realmente al Dios mismo que los humanos nunca habían visto antes; ¡esto es innegable! Es decir, no importa en qué forma aparezca Dios ni desde qué perspectiva hable, o en qué imagen se presente ante la humanidad, Dios no representa nada que no sea Él mismo. No puede representar a ningún ser humano; no puede representar a ningún humano corrupto. Dios es Dios mismo, y esto no se puede negar.

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