Cómo perseguir la verdad (10) Parte 2

¿Cómo deben desprenderse las personas de esas fantasías poco realistas sobre el matrimonio? Han de corregir sus pensamientos y opiniones en relación con el romance y el matrimonio. Primero, deberían desprenderse de esa supuesta visión sobre el amor, de cosas ilusorias y de dichos como que hay que amar a alguien hasta que los mares se sequen y las rocas se conviertan en polvo, que el amor es inquebrantable hasta la muerte y que dura toda una vida y continúa en la otra. Nadie sabe si tendrá un amor así a lo largo de su existencia, y mucho menos en vidas futuras o hasta que los mares se sequen y las rocas se conviertan en polvo. ¿Cuántos años se necesitan para eso? Si alguien pudiera vivir tanto tiempo, ¿acaso no sería una especie de monstruo? Es suficiente con vivir bien esta vida, y hacerlo con conciencia y claridad. Basta con desempeñar bien tu papel en el matrimonio, hacer lo que le corresponde a un hombre o una mujer, cumplir con las obligaciones de cada uno, así como con las responsabilidades propias y con las mutuas, apoyarse y ayudarse el uno al otro y estar juntos para toda la vida. Eso es un matrimonio perfecto y adecuado, y todo lo demás, ese supuesto amor, esas pretendidas promesas solemnes y ese amor que dura esta vida y la siguiente, no son más que cosas inútiles, no tienen nada que ver con el matrimonio que Dios ha ordenado ni con las instrucciones y exhortaciones de Dios a los hombres y las mujeres. Esto se debe a que no importa cuál sea la premisa de un matrimonio o cuáles sean las condiciones individuales del marido o la mujer, como tampoco que sean pobres o ricos, o qué talentos, estatus y antecedentes sociales puedan tener, o si son una pareja perfecta o ideal. No importa si la unión fue producto de un flechazo o un arreglo de los padres, si sucedió por casualidad o se formó tras una larga relación. No importa qué tipo de matrimonio sea, siempre y cuando ambos se casen y contraigan matrimonio. Entonces, ese matrimonio ha de volver a bajar inevitablemente a la tierra, a la vida real de las necesidades cotidianas. Nadie puede escapar de la vida real, y cada matrimonio, con o sin amor, debe acabar volviendo al día a día. Por ejemplo, hay que pagar las facturas y la esposa se queja: “Oh, las facturas han vuelto a subir. Está subiendo todo menos los salarios. ¿Cómo puede vivir la gente si las cosas no paran de encarecerse?”. Pero a pesar de sus quejas, tiene que seguir usando el agua y la electricidad, no le queda otra opción. Así que paga las facturas, y para ello tiene que recortar en comida y gastos, a fin de compensar lo que ha tenido que pagar de más por la subida. Al ver que hay verduras con descuento en el mercado, el esposo dice: “Hoy hay una oferta de frijoles. Compra más, lo suficiente para dos semanas”. La esposa pregunta: “¿Cuánto deberíamos llevarnos? Si compramos demasiado y no nos lo comemos, se echará a perder. ¡Y ni siquiera nos cabrá todo eso en el congelador!”. El esposo responde: “Si no cabe todo, ¿no podríamos simplemente comer más? Podemos tomar frijoles dos veces al día. ¡No te preocupes siempre tanto por comprar cosas caras para comer!”. El esposo recibe su salario y dice: “Este mes me han vuelto a dar una bonificación. Si recibo una grande a finales de año, podemos irnos de vacaciones. Todo el mundo está yendo a las Maldivas o a Bali. Te voy a llevar allí también de vacaciones, para que puedas pasarlo bien”. Los árboles alrededor de su casa dan mucha fruta, y la pareja conversa: “El año pasado no obtuvimos una buena cosecha. Las piezas de este año son enormes, así que podemos vender algunas y ganar algo de dinero. Y si sale bien, podríamos renovar nuestra casa, ¿no? Podríamos instalar ventanas más grandes de aleación de aluminio y poner una puerta de hierro nueva y grande”. Cuando en invierno llega el frío, la esposa dice: “Llevo siete u ocho años con esta chaqueta de algodón y cada vez está más fina. Cuando cobres, podrías gastar un poco menos y apartar dinero para comprarme una chaqueta de invierno. Una de plumas cuesta al menos trescientos o cuatrocientos yuanes, o quizás quinientos o seiscientos”. “Está bien”, dice el esposo. “Apartaré algo de dinero y te compraré una chaqueta de plumas de pato buena y abrigada”. La esposa dice: “Quieres comprarme una, pero tú tampoco tienes. Cómprate tú otra”. El esposo responde: “Si tengo suficiente dinero, me la compraré. Si no, me puedo conformar con mi chaqueta otro año más”. Otro marido le dice a su mujer: “He oído que han abierto cerca un gran restaurante donde sirven todo tipo de mariscos. ¿Vamos?”. La esposa dice, “Vale. Tenemos suficiente dinero, podemos permitírnoslo”. Van a comer marisco y vuelven a casa encantados y muy felices. La esposa piensa: “Mira lo acomodada que es ahora mi vida. Me casé con el hombre adecuado. Puedo comer marisco fresco. Nuestros vecinos no pueden permitírselo. ¡Me encanta mi vida!”. ¿Acaso no es esto la vida conyugal? (Sí). Se pasan los días calculando y discutiendo. Trabajan de la mañana a la noche, la jornada empieza a las ocho, así que tienen que levantarse a las cinco de la mañana. Cuando suena el despertador, piensan: “Oh, en realidad no quiero levantarme, pero no tengo más remedio. He de hacerlo para poder poner comida sobre la mesa y vivir”, así que hacen el esfuerzo de levantarse de la cama. “Por suerte hoy no llegué tarde, por lo que no me reducirán la bonificación”. Terminan la jornada y regresan a casa, y dicen: “Qué día tan complicado, ¡qué difícil! ¿Cuándo dejaré de trabajar?”. Tienen que seguir trabajando mucho para ganarse un salario y poner comida sobre la mesa. Han de continuar así para poder vivir bien, para mantener a dos personas en el contexto del matrimonio o para llevar una vida estable. Viven así hasta envejecer y alcanzar una edad avanzada, y la anciana esposa dice: “Ay, mira, esposo, ¡se me ha puesto el cabello gris! Tengo patas de gallo alrededor de los ojos y arrugas en la papada. ¿Estoy vieja? ¿Te desagradará mi aspecto de anciana y te buscarás a otra mujer?”. Su esposo responde: “De ninguna manera, querida vieja tonta. Me he pasado toda la vida contigo y aún no me conoces. ¿De verdad crees que soy ese tipo de hombre?”. A su esposa le preocupa constantemente que a él no le guste que ella envejezca y teme que la deje de querer. Sus quejas aumentan, su esposo habla cada vez menos, casi no se dirigen la palabra y cada uno ve sus propios programas en la televisión, sin prestarse atención entre sí. Un día, la mujer dice: “Esposo, hemos discutido mucho en nuestras vidas. Ha sido muy difícil vivir contigo todos estos años. No pasaré mi próxima vida con un hombre como tú. Nunca te ofreces a ayudarme a recoger la mesa después de comer, solo te sientas y no haces nada. Nunca has corregido ese defecto en toda tu vida. Cuando te cambias de ropa, nunca la lavas tú mismo, siempre tengo yo que hacer la colada y guardártela. Si me muriera, ¿quién te ayudaría entonces?”. Su marido dice: “Bueno, ¿acaso no podría vivir sin ti? Hay tantas mujeres jóvenes detrás de mí que no puedo quitármelas de encima”. Su esposa responde: “¡Qué fanfarrón! Mira lo desaliñado que se te ve. No podrías estar con nadie más que conmigo”. Su esposo contesta: “Enfádate si quieres, pero le gusto a muchas. Eres la única que me menosprecia y no me toma en serio”. ¿Qué tipo de matrimonio es ese? La esposa afirma: “Oh, aunque no tengo nada de lo que alegrarme ni guardo recuerdos agradables después de toda una vida contigo, ahora que soy vieja, he estado pensando que cuando no te tenga sentiré que me falta algo. Si te vas antes que yo, estaré triste y ya no tendré siquiera a quién regañar. No quiero estar sola. Tengo que irme antes que tú para que tengas que vivir solo y sin nadie que te lave la ropa o te haga la comida, nadie que te cuide a diario, y entonces será cuando recordarás mi bondad. ¿No decías que tenías muchas mujeres jóvenes detrás de ti? En cuanto me muera, puedes ir a buscarte una”. Su esposo replica: “Tranquila, me aseguraré de que te vayas antes que yo. Cuando suceda, no cabe duda de que encontraré a alguien mejor que tú para que sea mi pareja”. Pero ¿qué piensa de verdad el marido en su corazón? “Vete tú primero, y cuando eso suceda, sufriré yo la soledad. Prefiero pasar por esa dificultad y sufrir yo a que sufras tú”. Sin embargo, la anciana esposa siempre se está quejando de él, de que haga mal esto o aquello, de que tenga este o ese defecto, y aunque su esposo no corrige sus carencias, siguen viviendo igual y con el tiempo ella se acostumbra. Al final, la mujer se resigna, el hombre lo sobrelleva y así viven juntos toda la vida. En eso consiste la vida conyugal.

Existen multitud de cosas que no son del agrado de uno en el matrimonio, se producen muchas discusiones y la pareja experimenta a lo largo de la vida enfermedades, pobreza y dificultades financieras, así como acontecimientos extremadamente alegres y tristes, de todo tipo; no obstante, juntos superan toda clase de obstáculos, y su pareja es alguien a quien nunca podrían dejar, de quien jamás se desprenderían antes de cerrar los ojos por última vez. ¿Qué es una pareja? Es un cónyuge. El hombre cumple una vida de responsabilidades hacia la mujer, y la mujer hace lo propio hacia el marido. La mujer acompaña al hombre a lo largo de la vida, y el hombre corresponde con lo mismo a la mujer. Ninguno de ellos puede señalar con claridad quién acompaña más al otro, quién ha hecho más contribuciones, quién ha cometido más errores o quién tiene más defectos. Ninguno puede decir a las claras quién es el sostén primordial o el principal proveedor de su vida juntos. Ninguno puede afirmar quién es el cabeza de familia y quién el ayudante. Ninguno tiene claro cuál de los dos es incapaz de dejar al otro, si es el hombre quien no puede dejar a la mujer o la mujer quien no puede dejar al hombre. Tampoco saben quién tiene razón y quién está equivocado cuando discuten. Eso es la vida, en eso consiste la vida normal de un hombre y una mujer en el contexto del matrimonio, y es la situación vital más normal y común para los seres humanos. Así es la vida, imposible de separar de todo tipo de defectos y prejuicios de la humanidad, y más si cabe, de todas las necesidades de esta, así como, por supuesto, de todas las decisiones correctas o incorrectas, racionales o irracionales adoptadas bajo el dominio de la conciencia y la razón de uno. La vida es así, de lo más normal. No interviene lo correcto o lo incorrecto; solo es una situación vital relativamente adecuada y convencional y la realidad de la vida. Ahora bien, ¿qué les dice a las personas esa realidad de la vida y situación vital dentro del contexto del matrimonio? Que deberían desprenderse de todas sus diversas fantasías poco realistas sobre el matrimonio, de todas las ideas que no tienen nada que ver con la definición correcta de este ni con la ordenación y los arreglos de Dios. Todas esas son cosas de las que las personas deberían desprenderse, ya que no tienen nada que ver con la vida de la humanidad normal ni con las obligaciones y responsabilidades que alguien normal cumple en la vida. Por lo tanto, deberían desprenderse de esas diversas definiciones y dichos sobre el matrimonio que provienen de la sociedad y de la humanidad perversa, en especial de ese supuesto amor que no tiene absolutamente nada que ver con la auténtica vida conyugal. El matrimonio no es un compromiso de por vida ni una promesa solemne de amor para siempre, y mucho menos es el cumplimiento de unos votos eternos. Más bien, se trata de la vida real de un hombre y una mujer en esa unión, es lo que necesitan y su expresión en la vida real. Hay quien dice: “Si estás hablando sobre el tema del matrimonio y no mencionas el amor, los compromisos solemnes, ese amor que dura hasta que los mares se sequen y las rocas se conviertan en polvo, o los votos que intercambian las parejas, entonces ¿de qué estás hablando?”. Hablo de humanidad, de responsabilidad, de hacer lo que un hombre y una mujer deben hacer de acuerdo con las exhortaciones e instrucciones de Dios, de cumplir con las obligaciones y responsabilidades que les corresponden a un hombre y una mujer, y de asumirlas. De esa manera cumplirás tus obligaciones, tus responsabilidades o tu misión. En cualquier caso, ¿cuál es la forma correcta de practicar para desprenderse de las diversas fantasías sobre el matrimonio sobre la que debemos compartir? No debes basar tus pensamientos o acciones en las diversas ideas que provienen de la humanidad y las tendencias perversas, sino en las palabras de Dios. Sea cual sea el modo en el que Dios hable sobre el tema del matrimonio, has de basar tus pensamientos y acciones en Sus palabras. Este principio es correcto, ¿verdad? (Sí). ¿Hemos terminado ya de compartir sobre el tema de desprenderse de las diversas fantasías sobre el matrimonio? ¿Os queda ahora más o menos claro? (Sí, ahora sí).

Acabamos de hablar sobre cómo desprenderse de las diversas fantasías sobre el matrimonio, y algunos han dicho: “Si no quiero estar soltero y entra en mis planes tener citas y encontrar a alguien con quien casarme, ¿cómo debo practicar las palabras de Dios para poder desprenderme de mis diversas fantasías sobre el matrimonio? ¿Cómo he de practicar ese principio?”. ¿Acaso eso no está relacionado con los principios para elegir a un cónyuge, para escoger a una pareja con la que casarse? ¿Cuáles son los principios para la elección de una pareja que el mundo te ha inculcado? Un príncipe azul, una belleza de piel clara, un hombre guapo y rico, una mujer bella y rica, mejor aún si pertenece a la segunda generación de una familia adinerada. Si te casas con alguien así, te ahorrarás veinte años de dificultades en tu vida. El hombre debe poder permitirse regalarte un anillo de diamantes, un vestido de novia y una boda espectacular. Debe ser alguien con ambición profesional, que pueda ganar una fortuna o que ya tenga cierto nivel de riqueza. ¿No son esos los pensamientos y puntos de vista que el mundo te ha inculcado? (Sí). Luego están los que dicen: “Mi pareja tiene que ser alguien a quien yo ame”. Otros opinan: “Eso no es correcto. La persona a la que amas no necesariamente te ama a ti. El amor debe ser mutuo; aquel al que amas también debe amarte a ti. Si te ama, nunca elegirá abandonarte ni renunciar a ti. Si la persona a la que amas no te corresponde, algún día te abandonará sin más”. ¿Son correctos estos puntos de vista? (No). Entonces decidme, ¿qué principio deberíais seguir al elegir una pareja que esté basado en las palabras de Dios y tenga la verdad por criterio? Hablad de este tema a partir de los pensamientos y puntos de vista correctos con los que ahora contáis. (Si quisiera encontrar una pareja, esta al menos debería ser alguien que creyera en Dios, que pudiera perseguir la verdad, que tuviera las mismas aspiraciones en la vida que yo y que siguiera mi misma senda). Alguien que compartiera las mismas aspiraciones y siguiera la misma senda que tú, y que creyera en Dios. Mencionas algunos criterios específicos para la elección de una pareja. ¿Quién más quiere hablar? (También hemos de comprobar si son personas con humanidad, y si pueden cumplir con sus responsabilidades y obligaciones en una familia conyugal. Hay algo más: naturalmente, para encontrar una pareja con la que casarse no basta con quererlo. Depende del arreglo de Dios, y uno ha de someterse y esperar). Existen tanto una práctica concreta como una base específica de pensamiento y teoría. Debes someterte y esperar, confiarle ese asunto a Dios y dejar que Él lo disponga para ti, y simultáneamente aplicar principios al respecto. ¿Quién más quiere hablar? (Dios, mi punto de vista es el mismo que el de ellos, es decir, hay que encontrar a alguien que comparta las mismas aspiraciones y siga la misma senda, alguien con humanidad y que pueda asumir la responsabilidad. Las personas deben desprenderse de los puntos de vista erróneos sobre el matrimonio que Satanás les inculca, volcarse en el cumplimiento de su deber, someterse a la soberanía de Dios y esperar Sus arreglos). Si no se pudiera permitir comprarte un anillo de diamantes, ¿te casarías igualmente con él? (Si fuera un hombre con humanidad, lo aceptaría aunque no pudiera permitirse regalarme un anillo de diamantes). Digamos que tiene algo de dinero y podría permitirse comprar un anillo de diamantes de un quilate, pero en su lugar te regala un anillo de 0,3 quilates, ¿estarías dispuesta a casarte con él pese a ello? (No le exigiría tal cosa). Está bien que no se lo exijas. Al haberse ahorrado ese dinero, podrás gastarlo más adelante, y eso es tener visión a largo plazo. Antes incluso de encontrar una pareja, ya cuentas con la mentalidad de vivir bien, ¡eso es bastante realista! ¿Quién más? (Dios, creo que primero debo desprenderme de esos criterios mundanos para elegir una pareja. Es decir, no debo estar siempre fantaseando con encontrar un príncipe azul, un hombre guapo y rico, o alguien romántico. Una vez que me haya desprendido de tales cosas, debo abordar el matrimonio con la perspectiva correcta y luego someterme y esperar el momento de Dios. Aunque aparezca una persona así, debe tratarse de alguien que comparta las mismas aspiraciones y siga la misma senda que yo. No debo basarme en mis puntos de vista mundanos para exigir que el hombre sea considerado conmigo. Lo más importante es que él pueda perseguir la verdad y ser considerado con la voluntad de Dios). Si persigue la verdad, es considerado con la voluntad de Dios, sale a cumplir con su deber, de modo que nunca está en casa y has de soportar sola la carga de la vida familiar, y cuando la bombona de gas se agota tienes que subirla tú misma por las escaleras, ¿qué harás? (La subiré yo misma y ya está). Y si no puedes con ella, puedes contratar a alguien para que te ayude. (O podría pedírselo a un hermano o una hermana). Sí, todas esas son maneras con las que resolver la situación. Entonces, ¿te enfadarías si él se ausentara durante un año o dos, o tres o cinco? “¿No es eso lo mismo que vivir como una viuda? ¿Para qué me casé con él? ¿Acaso no estoy igual que antes de la boda, cuando simplemente vivía sola? Tengo que encargarme de todo por mi cuenta. ¡Qué desafortunado fue casarme con él!”. ¿No pensarías eso? (No, no debería pensar así, porque él estaría cumpliendo con su deber y trabajando por una causa justa. No tendría que enfadarme por eso). Son pensamientos excelentes, pero ¿serías capaz de superar todo eso en la vida real? Si ese hombre que encontraras fuera excepcionalmente recto, generalmente reservado en palabras y actitud, nada romántico, nunca te comprara ropa decente ni flores y sobre todo jamás te dijera “te amo” ni nada parecido, de modo que en tu corazón no tuvieras ni idea de si te ama o no, pero en cambio se tratara de un hombre realmente bueno, muy considerado contigo y que te cuidara en la vida, que simplemente no dijera tales cosas ni hiciera nada romántico, y ni siquiera intentara engatusarte o calmarte cuando estuvieras de mal humor, ¿acaso no albergarías algo de resentimiento hacia él en tu corazón? (Probablemente hubiera sentido resentimiento cuando no creía en Dios ni entendía la verdad, pero después de escuchar la enseñanza de Dios, sé que no me importaría que no me dijera tales cosas y que tuviera o no esos detalles románticos. Esos son los puntos de vista de las personas mundanas, no los que deben perseguir aquellas con humanidad normal. Debería desprenderme de esas cosas y entonces ya no me quejaría). No deberías quejarte, ¿verdad? (Cierto). En este momento no te hallas en esa situación, y no sabes lo que sentirías en esa circunstancia, o cómo reaccionarían y cambiarían tus estados de ánimo. Sin embargo, en teoría, dado que creéis en Dios, ahora mismo todos sabéis que no deberíais hacerle tales demandas irracionales a vuestra pareja, así como tampoco quejaros de esta cuando ocurran cosas que no se ajustan a vuestros deseos. Ahora tenéis esas ideas, pero ¿podéis hacerlas realidad? ¿Son fáciles de materializar? (Debemos rebelarnos contra nuestras preferencias y nuestros puntos de vista mundanos; entonces debería ser relativamente fácil desprendernos de esas cosas). Te diré cómo manejar este asunto. Tanto los hombres como las mujeres se enfrentarán a esos problemas, albergarán esos pensamientos y estados de ánimo en su vida conyugal y tendrán todas esas necesidades. Sin embargo, la cuestión más fundamental que debes entender es que, si la pareja que elegiste es el deseo de tu corazón —dejando a un lado el hecho de que Dios la dispusiera—, fuiste tú quien la eligió y estás satisfecho con todo lo que respecta a ella, y en particular, comparte las mismas aspiraciones y sigue la misma senda que tú, puede cumplir con su deber en la casa de Dios y todo lo que hace es justo, debes adoptar un enfoque racional y permitirle que haga eso, que ignore tus sentimientos e incluso tu existencia. En teoría, eso es algo que deberías lograr. Además, si surge tal necesidad o estado de ánimo en ti, inducido por una situación especial o un acontecimiento concreto, debes acudir ante Dios para orar. ¿Podrás desprenderte por completo de esas cosas después de orar? De ninguna manera. Al fin y al cabo, las personas viven dentro de los límites de su humanidad normal, poseen una mente, y a raíz de esta surgirá en ellas todo tipo de estados de ánimo. No vamos a discutir ahora si estos son correctos o incorrectos. De momento, el problema más práctico es que te resulta difícil dejar atrás esos estados de ánimo. Aun cuando te desprendas de ellos una vez, pueden aparecer de nuevo en algún tipo de situación objetiva. Entonces, ¿qué debes hacer? No hace falta que les prestes atención, porque en teoría, y desde un punto de vista formal y racional, ya has renunciado a esa búsqueda o necesidad. Lo que sucede es que, a causa de su humanidad, las personas de diferentes edades tendrán esas necesidades y experimentarán tales estados de ánimo en diferentes grados y en mayor o menor medida. Tienes claras esas situaciones reales y has orado a Dios, por esta vez dejas atrás ese estado de ánimo, o tal vez no sea tan grave y no te lo tomes demasiado en serio. Sin embargo, volverás sin duda a experimentarlo la próxima vez. Entonces, ¿cuál es tu práctica específica? Consiste en no prestarle atención ni tomártelo en serio, y en decir: “Uy, ese aspecto de mi carácter todavía no ha cambiado”. No se trata de ningún tipo de carácter; es solo un estado de ánimo temporal que no tiene nada que ver con tus actitudes. Tampoco es necesario que hagas una montaña de un grano de arena, y digas: “Oh, ¿por qué sigo siendo así? ¿Acaso no persigo la verdad? ¿Cómo es que me comporto de esta manera? ¡Es terrible!”. No hay que exagerar. Se trata solo de la expresión de un estado de ánimo que pertenece a las diversas emociones de tu humanidad normal. No le prestes atención. Es una actitud relacionada con la gestión de los estados de ánimo. Además, siempre y cuando no afecte al orden y la regularidad de tu vida normal, de la espiritual o del desempeño de tu deber, no pasa nada. Por ejemplo, como tu marido (o tu mujer) está ocupado cumpliendo con su deber, hace mucho tiempo que no os veis y no tenéis tiempo de hablar. Un día, de repente ves a una hermana charlando con su esposo, y en tu corazón surge un estado de ánimo, y piensas: “Mira, ella puede cumplir con su deber junto a su marido. Están felices y alegres. ¿Por qué el mío es tan insensible? ¿Por qué no me pregunta cómo he estado últimamente y si me va bien? ¿Por qué no se preocupa por mí? ¿Por qué no me valora ni me ama?”. Experimentas ese tipo de estado de ánimo, y después de un rato piensas: “Oh, no es bueno estar de mal humor”. Sabes que no está bien sentirse así, pero de todos modos te enfadas un poco, discutes contigo misma y dices: “No me preocuparé por él, solo esperaré a que tome la iniciativa de prestarme atención. Si no lo hace, entonces me enfadaré con él. Llevamos casados todos estos años, no nos hemos visto en todo este tiempo y sigue sin decir que me echa de menos. ¿Me echa de menos o no? Él no se preocupa por mí, así que yo tampoco me preocuparé por él”. Discutes contigo misma y vives con ese estado de ánimo. En un instante, te sobreviene un ataque de ira y de malhumor. Mientras puedas dormir y comer con normalidad, leer las palabras de Dios, asistir a reuniones, cumplir con tu deber como siempre y llevarte bien con los hermanos y hermanas, no tienes que preocuparte por tales estados de ánimo, y puedes pensar lo que quieras en tu interior. Sea lo que sea lo que pienses, siempre y cuando tu sentido de la razón sea normal y cumplas con tu deber correctamente, estará bien. No hace falta que te fuerces a reprimirlo, ni que te obligues a orar a Dios y le pidas que te discipline o te reprenda, ni que te sientas como eres una pecadora. No hay necesidad de hacer una montaña de un grano de arena, ya que ese estado de ánimo desaparecerá pronto. Si realmente echas tanto de menos a tu marido, puedes llamarle y preguntarle cómo está, los dos podéis sinceraros y hablar, ¿no se disiparán entonces esos estados de ánimo y malentendidos temporales? De hecho, no necesitas que él haga nada. A veces te sobrevendrá un sentimiento pasajero y querrás oír su voz, o puede que te sientas sola en un momento dado, disgustada durante un periodo breve o infeliz, y entonces le llames y le oigas hablar. De esa manera compruebas que él está bien, que te quiere mucho, igual que siempre, y que te tiene en sus pensamientos. Simplemente está ocupado trabajando, o es que los hombres pueden ser un poco descuidados con los detalles más sutiles y ha estado enfrascado en su deber y no le parece que haya pasado tanto tiempo, por eso no se ha puesto en contacto contigo. ¿Acaso no es bueno que esté ocupado y cumpliendo con su deber con normalidad? ¿No es justo lo que querías? Si cometiera actos malvados, causara trastornos y perturbaciones y lo echaran, ¿acaso no te preocuparías por él? Ahora la situación con él se ha normalizado, y todo ha vuelto a ser como antes, ¿no te tranquiliza eso? ¿Qué más quieres? ¿No es así como tiene que ser? (Sí). Llamar para intercambiaros unas cuantas palabras alivia la soledad en vuestro corazón y los sentimientos de añoranza, como dicen los incrédulos, ¿y acaso no se resuelve así ese problema? ¿Existe alguna dificultad? Llamar a tu esposo y mostrar interés el uno por el otro; decidme, ¿condena Dios tal cosa? (No). Vosotros sois marido y mujer según la ley, y llamaros, hablar y confesaros vuestra mutua añoranza es totalmente apropiado, es un sentimiento humano normal, y es algo que debéis hacer dentro de los límites de la humanidad. Además, está incluido en la ordenación del matrimonio por parte de Dios para la humanidad: acompañarse, consolarse y apoyarse mutuamente. Si él no cumple con esas responsabilidades, ¿no puedes tú simplemente ayudarle a hacerlo? Es un asunto muy simple y sencillo de gestionar. ¿Acaso no se resuelve el problema practicando de esta manera? ¿Es necesario que surjan todo tipo de estados de ánimo en tu corazón? No, no hace falta. Poner esto en práctica resulta sencillo.

Volvamos a la pregunta que planteé hace un momento: “¿Cómo deben las personas desprenderse de sus diversas fantasías sobre el matrimonio?”. Todos habéis expresado algunas ideas en respuesta a esta cuestión. Si desean desprenderse de sus diversas fantasías sobre el matrimonio, primero deben tener fe y someterse a los arreglos y la ordenación de Dios. No debéis tener fantasías subjetivas o irreales sobre el matrimonio, sobre quién es vuestra pareja o qué tipo de persona es; debéis tener una actitud de sumisión a Dios, someteros a Sus arreglos y ordenación, y confiar en que Él disponga a la persona más adecuada para ti. ¿No es necesario tener una actitud sumisa? (Sí). En segundo lugar, debes desprenderte de esos criterios para la elección de pareja que te han inculcado las tendencias perversas de la sociedad y, a continuación, establecer los correctos. Estos deben ser, como mínimo y desde una perspectiva general: que tu pareja crea en Dios igual que tú y que comparta tu misma senda. Además, debe ser capaz de cumplir con las responsabilidades de un hombre o una mujer en el matrimonio, las responsabilidades de una pareja. ¿Cómo se juzga este aspecto? Se debe observar la calidad de su humanidad, si tiene sentido de la responsabilidad y conciencia. ¿Y cómo se juzga si alguien tiene conciencia y humanidad? Si no te relacionas con esa persona, no tienes forma de saber cómo es su humanidad, y aunque te relaciones con ella, si es durante poco tiempo, es posible que aún no puedas descubrir cómo es dicha humanidad. Entonces, ¿cómo se juzga si alguien tiene humanidad? Has de fijarte en si asume la responsabilidad con respecto a su deber, la comisión de Dios y la obra de la casa de Dios, y en si puede salvaguardar los intereses de la casa de Dios y es fiel a su deber; esa es la mejor manera de juzgar la calidad de la humanidad de alguien. Supongamos que el carácter de esa persona es muy recto y, en lo que respecta a la obra que la casa de Dios le delega, es extremadamente dedicada, responsable, seria, formal, muy meticulosa, nada descuidada y nunca negligente, y persigue la verdad y escucha con atención y esmero todo lo que dice Dios. Una vez que le queda claro y lo entiende, lo pone en práctica de inmediato; aunque puede que su calibre no sea alto, al menos no es superficial respecto a su deber y la obra de la iglesia, y puede asumir con seriedad su responsabilidad. Si es concienzuda y responsable con su deber, sin duda compartirá incondicionalmente su vida contigo y asumirá su responsabilidad hacia ti hasta el final; la personalidad de una persona semejante es capaz de resistir a las pruebas. Incluso si enfermas, envejeces, te afeas o tienes defectos y carencias, esa persona siempre te tratará correctamente y te tolerará, y siempre hará todo lo posible por cuidarte a ti y a tu familia y por protegerte y brindarte una vida estable, de modo que puedas vivir con tranquilidad. Esa es la mayor felicidad para un hombre o una mujer en la vida de casados. No tiene por qué poder ofrecerte una vida rica, lujosa o romántica, ni tampoco nada necesariamente distinto en lo afectivo o en otros aspectos, pero al menos te aportará tranquilidad y sentirás que, con ella, tu vida está resuelta, y no existirá peligro ni sensación de inseguridad. Cuando la mires, podrás ver cómo será su vida dentro de 20 o 30 años e incluso en la vejez. Ese tipo de persona debería ser tu criterio para la elección de una pareja. Por supuesto, ese criterio es un poco elevado y no es fácil encontrar alguien así entre la humanidad moderna, ¿verdad? Para juzgar cómo es la personalidad de alguien y si podrá cumplir con sus responsabilidades en el matrimonio, por un lado, debes fijarte en su actitud con respecto a su deber. Por otro lado, debes observar si tiene un corazón temeroso de Dios. Si lo tiene, al menos no hará nada inhumano o que resulte inmoral o antiético, y por lo tanto sin duda te tratará bien. Si no tiene un corazón temeroso de Dios y es descarado, obstinado o su humanidad es despiadada, falsa y arrogante; si no tiene a Dios en su corazón y se considera superior a los demás; si gestiona el trabajo, los deberes e incluso la comisión de Dios y cualquier asunto importante de la casa de Dios de manera imprudente y según su propia voluntad, actúa caprichosamente, sin ser nunca cauteloso ni buscar los principios, y en especial cuando se encarga de gestionar ofrendas, las toma y malversa imprudentemente, sin miedo a nada, no cabe duda de que no es el tipo de persona que debes buscar. Sin un corazón temeroso de Dios, es capaz de cualquier cosa. Puede que ahora mismo un hombre semejante te esté halagando y prometiéndote amor eterno, pero cuando llegue el día en que no esté contento, cuando no puedas satisfacer sus necesidades y ya no seas su amada, dirá que no te ama y que ya no tiene sentimientos por ti, y simplemente te dejará cuando quiera. Aunque aún no estéis divorciados, buscará a otra persona; todo eso es posible. Puede abandonarte en cualquier momento y lugar, y es capaz de cualquier cosa. Esos hombres son muy peligrosos y no son merecedores de que les confíes toda tu vida. Si eliges a un hombre así como tu amante, tu amado o tu pareja, te verás en problemas. Incluso si es alto, rico, guapo, increíblemente talentoso, te cuida bien y es considerado contigo, y superficialmente hablando, cumple con los requisitos ya sea como novio o esposo, pero no tiene un corazón temeroso de Dios, esa persona no puede ser la pareja que elijas. Si te enamoras de él, empezáis a salir y luego os casáis, será una pesadilla y un desastre para ti durante toda tu vida. Dices: “No tengo miedo, yo persigo la verdad”. Has caído en manos de un diablo que odia a Dios, lo desafía y se sirve de todo tipo de artimañas para perturbar tu creencia en Él. ¿Eres capaz de superar eso? Con tu poca estatura y escasa fe no puedes soportar su tormento, y después de unos días estás tan afligida que pides misericordia y eres incapaz de continuar creyendo en Dios. Pierdes la fe y tu mente se sume en esa pelea constante. Es como si te arrojaran a una trituradora de carne y te desgarraran hasta hacerte pedazos y perder toda apariencia humana, completamente atrapada, hasta que terminas condenada al mismo destino que ese diablo con el que te has casado, y tu vida habrá concluido.

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