Cómo perseguir la verdad (11) Parte 3

Acabamos de hablar acerca de la cuestión de que “la gente no debe ser esclava del matrimonio”, y les hemos dicho a las personas que deben desprenderse de los puntos de vista falaces sobre dicha unión. Es decir, algunos piensan que deben continuar con su matrimonio y hacen todo lo posible para impedir que este se rompa y se termine. A fin de conseguir su objetivo, realizan concesiones. Prefieren sacrificar muchas de sus aspiraciones positivas con tal de conservar su matrimonio, y están dispuestos a ser esclavos de este. Esta gente malinterpreta la existencia y la definición del matrimonio, y su actitud hacia él es la equivocada. Por consiguiente, han de desprenderse de tales pensamientos y puntos de vista erróneos, apartarse de esa clase de estado marital distorsionado, adoptar el enfoque adecuado al respecto y lidiar correctamente con esos problemas que afloran en el matrimonio; esa es la tercera renuncia que deben hacer las personas en relación con el matrimonio. A continuación, compartiremos sobre la cuarta cuestión que afecta a una relación conyugal: el matrimonio no es tu destino. Esto también es un problema. El hecho de que compartamos sobre esta cuestión demuestra que es un problema representativo como parte de las situaciones que se dan actualmente en las relaciones conyugales de las personas. Existe en todo tipo de circunstancias maritales. Además, también es una clase de actitud que la gente adopta hacia el matrimonio o un tipo de forma de vida, por lo que debemos hablar de este tema y dejarlo claro. Después de casarse, algunas mujeres creen que han encontrado al hombre perfecto. Les parece que pueden apoyarse y confiar en él, que puede ser un firme sostén para ellas en su senda de vida, y que se mostrará sólido y confiable cuando lo necesiten. Algunos hombres creen haber encontrado a la mujer adecuada. Es bella y generosa, amable y considerada, virtuosa y comprensiva. Creen que con ella tendrán una vida estable y un hogar tranquilo y acogedor. Al casarse, todo el mundo se cree afortunado y feliz. En esos momentos, la mayoría piensa que su pareja es un símbolo de la vida futura que ha elegido y que, por supuesto, su matrimonio es el destino que busca en esta vida. ¿Qué quiere decir eso? Significa que todos aquellos que se casan creen que el matrimonio es su destino, y una vez que lo contraen, que ese matrimonio es su destino. ¿Qué significa “destino”? Significa un punto de apoyo. Confían sus perspectivas, su futuro y su felicidad tanto a su matrimonio como a la pareja con la que se han casado, y de ahí que piensen que después de casarse nunca más les faltará de nada ni tendrán más preocupaciones. Esto se debe a que consideran que ya han encontrado su destino, y este lo conforman tanto su pareja como el hogar que construyen junto a esa persona. Al haber encontrado su destino, ya no necesitan perseguir ni esperar nada. Naturalmente, si se mira desde las posturas y los puntos de vista de la gente con respecto al matrimonio, eso es algo que resulta beneficioso para la estabilidad de la estructura conyugal. Al menos, si un hombre o una mujer tienen una pareja fija del género opuesto como cónyuge, dejarán de tener aventuras amorosas o de entablar nuevas relaciones sexuales con el género contrario, lo cual es beneficioso para la mayor parte de las parejas matrimoniales. Como mínimo, su corazón disfrutará de estabilidad en lo que respecta a las relaciones, se sentirá atraído hacia una pareja estable del sexo opuesto y se asentará en un entorno de vida básico con un cónyuge fijo, y eso es bueno. Sin embargo, si alguien se casa y considera el matrimonio como su destino, al tiempo que estima que todas sus aspiraciones, su perspectiva de vida, la senda que sigue en ella y lo que Dios exige de él son cosas superfluas relegadas a su tiempo libre, significa que tener imperceptiblemente el matrimonio como su destino no es algo bueno; al contrario, se convierte en un obstáculo, una barrera y un impedimento para alcanzar las metas correctas en la vida, para fijar una perspectiva de vida adecuada e incluso para buscar la salvación. El motivo es que, cuando alguien que se casa considera a su pareja como su destino y su devenir en esta vida, cree que las diversas emociones de su cónyuge, su felicidad e infelicidad, guardan relación con las suyas, y que su propia felicidad, infelicidad y otras emociones que experimenta están relacionadas con su pareja y, por lo tanto, la vida, la muerte, la felicidad y la alegría de su cónyuge van ligadas a las suyas. Así pues, la creencia de estas personas de que el matrimonio es el destino de su vida hace que su búsqueda de su senda de vida, de las cosas positivas y de la salvación sea muy lenta y pasiva. Si la pareja de alguien que sigue a Dios en su matrimonio escoge no seguirlo y prefiere perseguir cosas mundanas, esta decisión provoca un fuerte impacto en su pareja creyente. Por ejemplo, la esposa piensa que debe creer en Dios y perseguir la verdad, y que ha de renunciar a su trabajo y cumplir con su deber, entregarse y dedicarse a la casa de Dios, mientras que su esposo opina: “Creer en Dios es algo bueno, pero tenemos que vivir. Si los dos cumplimos con nuestro deber, ¿quién ganará dinero? ¿Quién traerá el pan a casa? ¿Quién mantendrá a la familia?”. Partiendo de esa perspectiva, él elige seguir trabajando y persiguiendo las cosas mundanas. No dice que no crea en Dios ni tampoco lo contrario. La esposa creyente siempre piensa: “Mi marido es mi destino. Estoy bien solo si él está bien. Si no, entonces yo tampoco estoy bien. Somos como saltamontes unidos con una misma cuerda. Compartimos las mismas alegrías y penas, y vivimos y morimos juntos. Yo voy donde él vaya. Ahora no estamos de acuerdo en qué senda elegir y han empezado a aparecer fisuras. ¿Cómo podemos reconciliarnos? Yo quiero seguir a Dios, pero a él no le interesa la fe. Si no cree en Dios, yo no podré progresar en mi propia fe y ya no me apetecerá seguir a Dios. Esto es así porque desde el principio lo consideré mi cielo, mi porvenir. No puedo dejarle. Si él no cree en Dios, ninguno de los dos creeremos, y si cree, entonces los dos lo haremos. Si él no cree en Dios, me parecerá que me falta algo, como si me hubieran arrancado el alma”. Este asunto le provoca ansiedad y preocupación todo el tiempo. Ora a menudo, con la esperanza de que su marido sea capaz de creer en Dios. Pero por mucho que ore, a él nada lo conmueve y jamás llega a creer en Dios. Se siente angustiada. ¿Qué puede hacer al respecto? No puede hacer nada, así que realiza un último intento, y cuando su marido está en casa, lo lleva a leer las palabras de Dios. El hombre las lee y la escucha mientras ella también lo hace sin mostrar rechazo, pero no participa activamente en la charla. Como son marido y mujer, no discute con ella. Cuando le pide que aprenda a cantar los himnos, se deja llevar y aprende a entonarlos, y después no dice si se los ha aprendido enteros ni si le gustan. Cuando le pide que asista a las reuniones, a veces acude junto a su esposa si tiene tiempo libre, pero normalmente está ocupado trabajando y ganando dinero. Nunca menciona nada relacionado con la fe en Dios, nunca toma la iniciativa para pedir asistir a una reunión o cumplir con un deber. En resumen, su respuesta ante todo el asunto es tibia. No se opone a la creencia en Dios, pero tampoco la apoya, y no muestra qué actitud tiene al respecto. La mujer que cree en Dios se toma esto muy a pecho, lo recuerda y dice: “Como somos una pareja casada y formamos una familia, si yo entro en el reino, él también debe entrar. Si no me sigue en mi fe, no podrá entrar en el reino ni alcanzar la salvación, y entonces yo tampoco querré seguir viviendo y desearé la muerte”. Aunque todavía no está muerta, siempre tiene en su corazón esa sensación de preocupación, dolor y tormento por este asunto, y piensa: “Si un día llegan los desastres y él perece en ellos, ¿qué será de mí? Ahora hay una epidemia muy grave. Si él sucumbe a esa enfermedad, yo dejaré de vivir. Él no dice ser contrario a mi creencia en Dios, pero ¿qué haré si un día empieza a decirme que no quiere que siga creyendo?”. Teme que, cuando llegue ese momento, siga a su marido y tome la decisión de no creer en Dios y traicionarlo. En su corazón, su marido es su alma, su vida; más aún, es su cielo, su todo. El marido que ella lleva en su corazón es quien más la ama, y ella es quien más ama a su marido. Sin embargo, ahora se enfrenta a un problema: ¿qué pasará si él se opone a su creencia en Dios y de nada sirven sus oraciones? Esto le inquieta mucho. Cuando se le exige que vaya a cumplir con su deber fuera de casa, aunque ella también desea cumplir con su deber en la casa de Dios, al enterarse de que para hacerlo debe dejar su hogar y viajar lejos, que ha de permanecer mucho tiempo fuera, siente una angustia indecible. ¿Por qué? Le preocupa que, si se marcha, su esposo no tenga a nadie que cuide de él, echarlo de menos y no poder evitar preocuparse por él. La invadirá la inquietud y la añoranza, e incluso tendrá la sensación de que no puede vivir sin tener a su marido a su lado, que perderá la esperanza y el rumbo en la vida, y que tampoco podrá cumplir con su deber con toda su alma. Basta que lo piense para que le duela el corazón, poco importa que esto ocurra de verdad. Por eso nunca se atreve a preguntar en la iglesia si puede cumplir con su deber en otro lugar, o si hay algún puesto que requiera pasar mucho tiempo fuera y pernoctar lejos de casa; no se atreve a presentarse para un trabajo así ni a aceptar una solicitud semejante. Simplemente, hace todo lo que está en su mano, como hacerles llegar cartas a sus hermanos y hermanas, o a veces los recibe en su casa como anfitriona de las reuniones, pero nunca se atreve a separarse de su marido durante un día entero. Si se da alguna circunstancia especial y él tiene que marcharse a un viaje de negocios o ausentarse unos días, se pasa llorando en casa los dos o tres días anteriores a su marcha, hasta que se le hinchan los ojos como tomates. ¿Por qué llora? Le preocupa que su marido muera en un accidente de avión y que ni siquiera aparezca su cuerpo, ¿y qué hará ella entonces? ¿Cómo vivirá y pasará los días? Desaparecerá su cielo, será como si le hubieran robado el corazón. Solo de pensarlo le sobreviene un miedo terrible, y por eso llora tanto. Su marido ni siquiera se ha ido aún y ella lleva dos o tres días entre sollozos, y seguirá llorando hasta su vuelta. Llora tanto que él se enfada y dice: “¿Qué diantres le pasa? Todavía no me he muerto y ya está llorando. ¿Me está maldiciendo para que me muera?”. No puede hacer nada, ella no deja de llorar y le dice: “No quiero que te vayas, no quiero perderte de vista”. Pone su suerte y su destino en manos del marido con el que contrajo matrimonio, y por muy tonta o infantil que sea esa forma de actuar, no cabe duda de que hay gente así. ¿Quiénes son más propensos a comportarse de ese modo? ¿Los hombres o las mujeres? (Las mujeres). Ellas pueden ser algo más débiles, así que hay más mujeres de ese estilo. Ya sea el hombre o la mujer el que abandone a su pareja, ¿puede el otro seguir viviendo? (Sí). Da igual quién deje a quién, ¿acaso es algo que puedas elegir? ¿Es algo que puedas controlar? (No). No es algo que puedas controlar, así que estás perdido en estúpidas fantasías y lloros, y te sientes molesto, preocupado y dolido. ¿Qué sentido tiene eso? (Ninguno). Esas personas creen que poder mirar a su pareja, tomarla de la mano y vivir con ella significa contar con un apoyo para toda la vida, lo que les aporta alivio y consuelo. Creen que la comida y la ropa no serán una preocupación, que no tendrán ninguna otra inquietud y que su pareja es su destino. Los incrédulos tienen el siguiente dicho: “Si te tengo en esta vida, no necesito nada más”. Así se sienten esas personas respecto a su matrimonio y su pareja en lo más profundo de su corazón; están felices cuando su pareja lo está, inquietas cuando su cónyuge está preocupado, y sufren cuando el otro también lo hace. Si su pareja muere, ya no quieren vivir más. ¿Y si su cónyuge se va y se enamora de otra? ¿Qué harían entonces? (No querrían vivir). Algunas renuncian a la vida y se suicidan, y otras pierden la cabeza. Decidme, ¿de qué va todo esto? ¿Qué clase de persona pierde la cabeza? Perder la cabeza demuestra que están poseídas. Algunas mujeres creen que su marido es su destino en la vida, y que una vez que han encontrado a un hombre así, nunca más volverán a amar a otro. Según una mujer así: “Si lo tengo a él en esta vida, no necesito nada más”. No obstante, su marido la decepciona, se marcha y ahora ama a otra, y ya no quiere saber nada de ella. ¿Qué pasa entonces? Empieza a odiar a absolutamente todos los miembros del sexo opuesto. Cuando ve a otro hombre, quiere escupirle, maldecirlo y golpearlo. Desarrolla tendencias violentas y se le distorsiona el sentido de la razón. Algunas llegan a perder la cabeza del todo. Estas son las consecuencias de que la gente no entienda correctamente el matrimonio.

Esta gente contempla el matrimonio como un símbolo de su exitosa búsqueda de la felicidad, además de como un destino y una meta en la vida que llevan mucho tiempo soñando y ahora han alcanzado. Para ellas, el matrimonio es el último de sus objetivos de vida, y sus aspiraciones en cuanto a este son compartir con su pareja los días que le queden, envejecer juntos, y vivir y morir juntos. Para constatar el pensamiento y la idea de que su matrimonio es su destino, hacen muchas cosas en la vida de casados que exceden a la racionalidad y el alcance de las responsabilidades de una persona, algunas tan extremas que llegan a perder la integridad, la dignidad y las metas que persiguen. Por ejemplo, siempre están pendientes de con quién está su pareja todos los días, qué hace cuando sale, si entabla algún contacto con otros miembros del sexo opuesto y si tiene interacciones o relaciones amistosas con mujeres que vayan más allá del ámbito de la amistad. También están las que se pasan mucho tiempo observando y poniendo a prueba la actitud de su pareja hacia ellas para certificar que las sigue teniendo en mente y amando. Asimismo, hay algunas mujeres que huelen la ropa de sus maridos cuando llegan a casa, comprueban que esta no presenta cabellos de otra y les revisan la camisa en busca de marcas de carmín. Además, les registran el teléfono para ver si encuentran números de mujeres que les resulten desconocidos, incluso comprueban cuántos contactos tienen, con quién se relacionan y si lo que les dicen cuando los llaman a diario es cierto. Por ejemplo, una mujer llama al marido y le pregunta: “¿Dónde estás? ¿Qué haces?”. Él responde: “Estoy en el trabajo, revisando documentos”. Ella le dice: “Hazle una foto a los documentos y mándamela”. Su marido hace lo que le pide y ella entonces le pregunta: “¿Quién está contigo en la oficina?”. Él contesta: “Estoy solo”. Ella insiste: “¿Me haces una videollamada para que vea quién más hay en la oficina?”. Él la llama y ella ve lo que parece ser una silueta de mujer alejándose, así que le acusa: “No es cierto. ¿Quién es esa mujer?”. Él responde: “Solo es la limpiadora”, a lo que ella contesta: “Ah, de acuerdo”. Solo entonces se relaja. Las personas así comprueban el teléfono de su marido, su paradero y qué está haciendo a todas horas del día. Tienen unas expectativas muy altas respecto a su matrimonio y unos sentimientos de inseguridad incluso mayores. Por supuesto, albergan un tremendo deseo de poseer y controlar a su cónyuge. Dado que están convencidas de que él es su destino y la persona con la que deben estar toda su vida, no pueden de ninguna manera permitir que suceda ningún desliz ni aparezca la menor fisura en el matrimonio, ni siquiera el más mínimo pequeño defecto o complicación; les es imposible tolerarlo. Así que dedican gran parte de su energía a vigilar a su pareja, a analizarla, a indagar sobre sus movimientos y su paradero y a controlarla. Por encima de todo, lo que son incapaces de soportar es que su cónyuge tenga una aventura. Montan una escena, se retuercen, lloran, arman un escándalo y amenazan con el suicidio. Algunas llegan a traer sus problemas a las reuniones y discuten estrategias con los hermanos y hermanas. Dicen: “Es mi primer amor, el hombre al que más quiero. No he tomado de la mano ni tocado la piel de otro en toda mi vida. Él es el único, es mi cielo y el hombre destinado a mí en esta vida. Se ha ido con otra y soy incapaz de asimilar lo que me ha hecho”. Alguien le dice: “¿De qué te sirve no poder asimilarlo? ¿Puedes cambiar lo que ha ocurrido? Los demás se dieron cuenta hace mucho de esa predilección de tu marido”. Ella responde: “Tenga o no esa predilección, yo no puedo aceptar lo que ha sucedido. ¿Quién me ayuda a encontrar una manera de castigarlo y tratar de impedir que su amante ocupe mi lugar?”. Ya veis, está tan alterada que trae sus problemas a las reuniones y habla de ellos. ¿Eso es compartir? Eso es desahogarse con comentarios inapropiados, lanzar mensajes negativos y propagar información negativa. Es asunto tuyo, y si te vas a casa, cierras la puerta, le golpeas y te pones a discutir con él, es cosa tuya, pero no debes presentarte en las reuniones con tus problemas ni hablar de ellos. Si quieres buscar la verdad en una reunión, puedes decir: “Me ha ocurrido esto, ¿cómo puedo salir adelante de esta situación y no verme limitada por mi esposo? ¿Cómo hago para que este tema no afecte a mi fe en Dios y al cumplimiento de mi deber?”. Está bien que busques la verdad, pero lo que no debes hacer es ir a una reunión y hablar sobre tus disputas. ¿Por qué no? Te has topado con este problema y ahora te encuentras en las circunstancias de vida actuales a causa de tu entendimiento incorrecto del matrimonio. Por consiguiente, quieres compartir tales conflictos y sus consecuencias ante tus hermanos y hermanas, y eso no solo causa un impacto en los demás, sino que tampoco te beneficia a ti. Aunque hables sobre tus desavenencias, la mayoría de la gente no entiende la verdad ni tiene estatura, y la única ayuda que pueden ofrecerte es sugerirte alguna idea y hacer un análisis de lo sucedido. No solo es que no puedan ayudarte a lograr nada positivo, sino que consiguen todo lo contrario: empeorar las cosas y aumentar la gravedad y complicación del problema. La mayoría de las personas están confusas y no entienden la verdad ni las intenciones de Dios. ¿Acaso dichas personas son capaces de proporcionarte una ayuda que te resulte beneficiosa y tenga valor? Alguien dice: “Siempre serás su mujer a ojos de la ley. La maldad nunca puede vencer a la justicia”. ¿Es esa la verdad? (No). Otro dice: “Ponte en tu sitio y que su amante se quede en el suyo. ¡Entonces veremos si ocupa tu lugar!”. ¿Es esa la verdad? (No). ¿Te alegra oír a la gente decir esas cosas o te pone furiosa? ¿Te las dicen para enojarte o para que entiendas la verdad y tengas una senda de práctica? Alguien afirma: “Lo comprendo perfectamente. Hoy en día no quedan hombres buenos. Cualquiera con dinero se vuelve malo”. ¿Es esa la verdad? (No). Y entonces otro dice: “No debes tolerarlo. Has de hacerle saber a esa amante que no te dejarás avasallar tan fácilmente. Demuéstrale quién manda. Preséntate en su trabajo y cuéntaselo a todo el mundo; monta una escena y di que es la amante de tu marido. Eres su mujer ante la ley y seguro que todo el mundo se pone de tu parte y no de la suya. Oblígala a quitarse del medio y apartarse”. ¿Es esa la verdad? (No). ¿Acaso estas afirmaciones no son un reflejo de las comprensiones falaces que tiene la mayoría de la gente? (Sí). Alguien más alza la voz, de un modo un tanto reservado, y dice: “Ha estado contigo toda la vida. ¿Todavía no estás harta de él? Si quiere estar con otra, deja que lo haga. Mientras lleve dinero a casa y tengas para comer y beber, bastará, ¿no crees? Deberías estar contenta, ya no lo tendrás siempre ahí molestando. ¿No es suficiente con que siga volviendo a casa y reconociendo que es su hogar? ¿Qué te tiene tan enfadada? En realidad, estás sacando provecho de esto”. Suena reconfortante, ¿pero es esa la verdad? (No). ¿Acaso una persona decente diría alguna de esas cosas? (No). Cuando la intención no es la de sembrar la discordia o provocar un enfrentamiento, es la de calmar las cosas y adquirir un compromiso carente de principios. ¿Existe en lo anterior una sola palabra que refleje una perspectiva correcta y acorde con la verdad que debería adoptar la esposa con respecto al asunto? (No). ¿Acaso no dice la mayoría de la gente cosas semejantes? (Sí). ¿Qué prueba esto? (Que la mayoría de la gente está bastante confusa, y que las ideas que propone no sirven de ayuda). La mayoría de la gente está confusa y no persigue ni comprende la verdad. En cualquier caso, no entienden qué es la verdad ni qué le demanda Dios al hombre. En cuanto al tema concreto del matrimonio, la gente simplemente no entiende cómo debe abordar los problemas que surgen en este a partir de la definición y las palabras de Dios sobre el matrimonio, de una manera que se ajuste a Sus intenciones y no desemboque en impulsividad.

Sea cual sea el problema que te encuentres, ya sea grande o pequeño, debes enfocarlo con las palabras de Dios como base y la verdad por criterio. Así pues, ¿qué base tienen las palabras de Dios respecto a estos problemas que se dan en el matrimonio? ¿Cuál es el criterio de la verdad? Tu cónyuge no es fiel a tu matrimonio, y ese es su problema. Sin embargo, no puedes permitir que ese problema impida que adoptes la actitud correcta y el sentido de la responsabilidad hacia el matrimonio. Él es el transgresor, pero no puedes tolerar que sus transgresiones afecten a la actitud que tú has de tener con respecto al matrimonio. Crees que él es tu destino, pero eso es solo algo que tienes en la cabeza, y de hecho no es así. Dios tampoco requirió ni ordenó nunca que esto fuera así. Lo que sucede es que insistes en creer que él es tu destino, tu alma gemela, y lo haces desde el afecto, desde el deseo humano, y siendo más precisos, desde la impulsividad humana. Es una equivocación que insistas en tal creencia. Da igual en qué creyeras antes, en todo caso debes cambiar ahora de rumbo y observar cuáles son los pensamientos y actitudes correctos que Dios exige que tengan las personas. ¿Cómo debes afrontar el hecho de que tu cónyuge te haya sido infiel? No deberías discutir ni causar problemas, así como tampoco montar una escena ni retorcerte por el suelo. Cuando te suceda algo así, debes entender que el cielo no se va a desplomar ni el sueño de tu destino se va a destruir, ni por supuesto significa que tu matrimonio deba acabarse ni romperse, y ni mucho menos quiere decir que tu relación haya fracasado o haya llegado al final del camino. Lo que pasa es que todas las personas tienen actitudes corruptas, y como están influenciadas por las tendencias perversas y las prácticas comunes del mundo y no tienen inmunidad para defenderse contra esas tendencias perversas, no pueden evitar cometer errores, ser infieles, tener una aventura en sus matrimonios y decepcionar a su pareja. Si contemplas el problema desde esa perspectiva, no es para tanto. Todas las familias maritales están influenciadas por el entorno general del mundo y por las tendencias perversas y las prácticas comunes de la sociedad. Asimismo, desde una perspectiva individual, las personas tienen deseos sexuales, y también influye en ellas ese fenómeno de las aventuras amorosas entre hombres y mujeres que se ve en las películas y las series de televisión, así como la tendencia de la pornografía en la sociedad. A la gente le resulta complicado atenerse a los principios que deben defender. En otras palabras, les cuesta mantener una base moral. Se rompen con facilidad los límites del deseo sexual, que en sí mismo no es corrupto, pero las actitudes de la gente sí lo son, y si a ello le sumamos que las personas viven en este tipo de entorno general, es fácil que cometan errores en las relaciones entre hombres y mujeres, y eso es algo que debes entender con claridad. Nadie con una actitud corrupta puede resistirse a la tentación o la seducción en esta clase de entorno general. El deseo sexual humano puede desbordarse en cualquier momento y lugar, y así es como la gente cae en la infidelidad cuando y donde sea. El motivo no es que exista un problema con el deseo sexual en sí, sino que algo falla en las personas. Se servirán de sus deseos sexuales para hacer cosas que provoquen que pierdan su moralidad, ética e integridad, como ser infieles, tener aventuras, amantes, etcétera. Si como creyente en Dios puedes considerar esas cosas de manera correcta, deberías gestionarlas con racionalidad. Eres un ser humano corrupto, y él también lo es, así que no debes exigirle que sea como tú y se mantenga fiel solo porque tú seas capaz de hacerlo, ni tampoco pedirle que no sea nunca infiel. Cuando suceda algo semejante, debes afrontarlo de la manera adecuada. ¿Por qué? Todo el mundo tiene la oportunidad de encontrarse en tal entorno o con esa tentación. No importa que vigiles a tu cónyuge como un halcón que vigila a su presa; cuanto más de cerca lo vigiles, más rápido y antes pasará lo que tenga que pasar. Esto se debe a que todo el mundo tiene actitudes corruptas y vive en el entorno general de una sociedad perversa, y hay muy pocas personas que no sean promiscuas. Lo único que les impide serlo es su situación o su estado. No hay muchas cosas en las que los humanos sean superiores a las bestias. Al menos, una bestia reacciona con naturalidad a sus instintos sexuales, pero no sucede lo mismo con los seres humanos. Estos pueden caer de manera consciente en la promiscuidad y el incesto; solo las personas pueden sucumbir a la promiscuidad. Por lo tanto, en el entorno general de esta sociedad perversa, no solo aquellos que no creen en Dios pueden hacer estas cosas, sino que prácticamente cualquiera es capaz de ello. Es un hecho irrebatible y un problema ineludible. Entonces, ya que una cosa así puede sucederle a cualquiera, ¿por qué no permites que le suceda a tu marido? En realidad, es algo muy normal. Lo que pasa es que estás tan implicada emocionalmente con él que, cuando rompe contigo y te deja, no eres capaz de superarlo ni soportarlo. Si algo así le pasara a otra, sonreirías irónicamente y pensarías: “Es normal. ¿Acaso no es así todo el mundo en la sociedad?”. ¿Cómo es ese dicho? ¿Ese de un pastel? (Todo el mundo quiere su pedazo de pastel, y también comérselo). No son más que palabras y elementos populares propios de las tendencias perversas del mundo. Para un hombre, es algo digno de admiración. Si no tuviera pastel ni pudiera comerse ninguno, se evidenciaría su incapacidad y la gente se reirá de él. Así pues, cuando le sucede algo así a una mujer, puede montar una escena, retorcerse, descargar su rabia, llorar, crear problemas, dejar de comer por lo que ha ocurrido, querer ir en busca de la muerte, colgarse de una cuerda y suicidarse. Algunas se enfadan tanto que pierden la cabeza. Esto está relacionado de un modo imperceptible con su actitud hacia el matrimonio, y por supuesto también de manera directa con su idea de que “su esposo es su destino”. La mujer cree que, al romper su matrimonio, su marido ha destruido la encomienda y esa maravillosa aspiración de su destino de vida. El hecho de que él fuera el primero en destruir el equilibrio de la relación y en romper las reglas, ya que la dejó, vulneró los votos del matrimonio y tornó su precioso sueño en una pesadilla, hace que ella se exprese así y se precipite a tales conductas extremas. Si la gente aceptara de Dios el correcto entendimiento del matrimonio, se comportaría de manera un tanto más racional. Cuando a alguien normal le suceda algo así, sentirá dolor, llorará y sufrirá, pero cuando se calme y piense en las palabras de Dios, en el entorno general de la sociedad, y luego en la situación actual, en el hecho de que todo el mundo tiene actitudes corruptas, afrontará el asunto de manera racional y correcta, y lo dejará atrás en lugar de aferrarse a él como un perro a su hueso. ¿A qué me refiero con “dejarlo atrás”? Quiero decir que, ya que tu marido ha hecho eso y ha sido infiel en tu matrimonio, debes aceptarlo, sentarte con él para hablar de ello y preguntarle: “¿Qué planes tienes? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Vamos a continuar con nuestro matrimonio o vamos a darlo por terminado y vivir por separado?”. Sentaos y hablad, no hace falta pelearse ni causar problemas. Si tu marido insiste en acabar con la relación, no pasa nada. Los incrédulos suelen decir: “Hay muchos peces en el mar”, “Los hombres son como los autobuses, siempre pasa otro pronto”, y hay otro dicho parecido, ¿cuál es? “No renuncies a todo el bosque por culpa de un solo árbol”. Y no es solo que ese árbol sea feo, además está podrido por dentro. ¿Tienen razón estos dichos? Son cosas de las que se sirven los incrédulos para consolarse, pero ¿tienen algo que ver con la verdad? (No). ¿Cuál debería ser entonces el pensamiento y el punto de vista correctos? Cuando experimentes un suceso de ese tipo, lo primero es evitar la impulsividad. Debes contener la rabia y decir: “Vamos a calmarnos y hablar. ¿Qué planes tienes?”. Él contesta: “Mi idea es seguir intentándolo contigo”. Y tú entonces le respondes: “Si es así, sigamos intentándolo. No tengas más aventuras, cumple con tus responsabilidades como marido y podremos dar este asunto por zanjado. Si no eres capaz de eso, romperemos y separaremos nuestros caminos. Puede que Dios haya ordenado que nuestro matrimonio acabe aquí. Si es así, estoy dispuesta a someterme a lo que Él ha dispuesto. Puedes seguir el camino ancho; yo seguiré la senda de la fe en Dios y no nos perjudicaremos el uno al otro. Yo no te obstaculizaré y tú no deberías limitarme. Mi suerte no depende de ti y tú no eres mi destino. Dios decide por mí ambas cosas. La parada a la que llegue en esta vida será la última, y supondrá alcanzar mi destino. Debo preguntarle a Dios, Él lo sabe, Él tiene la soberanía, y deseo someterme a Sus instrumentaciones y arreglos. En cualquier caso, si no quieres continuar con nuestro matrimonio, nos separaremos en paz. Aunque no tengo ninguna habilidad en particular y esta familia depende de ti en lo económico, puedo seguir viviendo sin ti y me irá bien. Dios no permite que un gorrión se muera de hambre, así que imagina lo que hará por mí, un ser humano vivo. Tengo manos y pies, y puedo cuidar de mí misma. No tienes que preocuparte. Si Dios ha ordenado que esté sola el resto de mis días sin ti a mi lado, estoy dispuesta a someterme y a aceptar ese hecho sin quejarme”. ¿Acaso no es bueno afrontar así la situación? (Sí). Es estupendo, ¿verdad? No hace falta discutir ni pelearse, y mucho menos ocasionar infinitos problemas al respecto y que todo el mundo se acabe enterando; no es necesario hacer nada de eso. Un matrimonio solo es asunto tuyo y de tu marido, de nadie más. Si surge algún conflicto entre vosotros, los dos debéis resolverlo y afrontar las consecuencias. Como alguien que cree en Dios, debes someterte a Sus instrumentaciones y arreglos sin que importe el desenlace. Por supuesto, en lo que respecta al matrimonio, no importan las fisuras que aparezcan o qué consecuencias se produzcan, tanto si este continúa como si no, y ya te embarques en una nueva vida en tu relación o esta termine en ese preciso instante, tu matrimonio no es tu destino, como tampoco lo es tu esposo. Apareció en tu vida y tu existencia porque Dios lo ordenó y para desempeñar el rol de compañero en tu camino por la vida. Si te puede acompañar hasta el final del camino y llegar hasta allí contigo, entonces no existe nada mejor que eso, y deberías agradecerle a Dios por Su gracia. Si aparece un problema durante el matrimonio, si surgen fisuras o algo que no te guste y al final la relación llega a su fin, no significa que ya no tengas un destino, que tu vida se haya sumido en la oscuridad o que no haya luz ni tengas futuro. Puede que el fin del matrimonio suponga el comienzo de una vida más maravillosa. Todo está en manos de Dios, y Él se encarga de instrumentarlo y arreglarlo. Es posible que el fin de tu matrimonio te aporte una mayor comprensión y apreciación de este, un entendimiento más profundo. Desde luego, podría convertirse en un importante punto de inflexión para tus objetivos vitales, el rumbo de tu vida y la senda por la que caminas. No te aportará recuerdos sombríos y ni mucho menos dolorosos, así como tampoco experiencias y resultados negativos, sino más bien experiencias positivas y activas que no podrías haber tenido si siguieras casado. Si tu matrimonio continuara, tal vez vivirías para siempre esa vida vulgar, mediocre y deslucida hasta el fin de tus días. El hecho de que la relación se rompa y termine no es necesariamente algo malo. Antes te limitaban la felicidad y las responsabilidades de tu matrimonio, así como las emociones o la manera de vivir siempre pendiente de tu cónyuge, de atenderlo, tenerlo en consideración, cuidarlo y preocuparte por él. Sin embargo, a partir del día en que termina tu matrimonio, todas las circunstancias de tu vida, tus objetivos de supervivencia y tus búsquedas vitales experimentan una transformación profunda y completa, y hay que precisar que esta se produce a raíz del fin de tu relación. Es posible que Dios quiera que obtengas ese resultado, ese cambio y esa transición mediante el matrimonio que ha ordenado para ti, y tal es la intención de Dios al guiarte a poner fin a este. Aunque te hayan herido y hayas tomado una senda tortuosa, y a pesar de que hayas tenido que hacer algunos sacrificios y concesiones innecesarios dentro del marco del matrimonio, lo que al final recibes no se puede obtener en la vida conyugal. Por lo tanto, sea como fuere, lo correcto es desprenderse del pensamiento y la opinión de que “el matrimonio es tu destino”. Tanto si tu relación conyugal continúa como si está experimentando una crisis o ruptura o ya se ha terminado, sea cual sea la situación, el matrimonio en sí mismo no es tu destino. Eso es algo que la gente debe entender.

Nadie debería albergar ni el pensamiento ni el punto de vista de que “el matrimonio es el destino de una persona”. Esto supone una gran amenaza para tu libertad y tu derecho a elegir tu senda en la vida. ¿A qué me refiero con “amenaza”? ¿Por qué uso esta palabra? Quiero decir que, cada vez que hagas una elección, digas algo o aceptes cualquier punto de vista, si guarda relación con la felicidad conyugal o con la integridad de tu matrimonio, o incluso con la idea de que tu pareja sea tu destino y tu principal apoyo, estarás atado de pies y manos e incluso serás muy cauto y cuidadoso. De manera imperceptible, ese pensamiento y ese punto de vista limitarán o incluso llegarán a despojarte de tu libre albedrío y de tu derecho a escoger tu senda en la vida y a perseguir las cosas positivas y la verdad, y por lo tanto irá disminuyendo gradualmente la frecuencia con la que te presentes ante Dios. ¿En qué se traduce el hecho de que irá disminuyendo la frecuencia con la que te presentes ante Dios? Tus esperanzas de lograr la salvación decrecerán y las circunstancias de tu vida serán miserables, lamentables, oscuras y sórdidas. ¿Y eso por qué? Porque has depositado todas tus esperanzas, tus expectativas y los objetivos y el rumbo de tu vida en la pareja con la que te casaste, y la consideras tu todo. Precisamente porque la consideras tu todo, tu pareja te despoja de la totalidad de tus derechos, confunde y obstaculiza tu visión, te roba tu integridad y tu dignidad, tu pensamiento normal y tu racionalidad, y te priva del derecho a creer en Dios, a seguir la senda adecuada por la vida, a adoptar la perspectiva correcta y a perseguir la salvación. A su vez, todos esos derechos que tienes los rige y controla tu cónyuge, y por eso digo que tales personas viven de manera lamentable, sórdida y vil. En el momento en el que el cónyuge de alguien se siente un poco infeliz sobre cualquier cosa o incómodo de alguna manera, hasta el punto de asegurar que algo no va bien en su corazón, se asusta tanto que no puede comer ni dormir durante días, e incluso se presenta ante Dios y ora en un mar de lágrimas. Nunca se había sentido tan alterado y angustiado por algo en toda su vida; está realmente preocupado. Cuando sucede algo así, es como si estuviera a punto de morir. ¿Por qué? Cree que el cielo está a punto de desplomarse, que se quedará sin su principal apoyo y que eso significa que estará también acabado. No cree que la vida y la muerte de una persona estén en manos del Creador, y le asusta enormemente que Dios le arrebate a su cónyuge, que provoque que lo pierda tanto a él como a su apoyo, su cielo y su alma; esta forma de ser es muy rebelde. Dios te concedió un matrimonio, y en cuanto tienes tu apoyo y tu pareja, te olvidas de Él y ya no lo quieres. Tu pareja se ha convertido en tu Dios, tu señor y tu sostén. Se trata de una traición, y es el acto más rebelde que uno puede realizar contra Dios. Los hay incluso que, cuando su pareja se enfada un poco o se pone enferma, se asustan tanto que no asisten a las reuniones durante muchos días. No se lo cuentan a nadie ni le ceden a otro su deber para que cumpla con él, simplemente desaparecen como si se los hubiera tragado la tierra. La vida y la muerte de su cónyuge es lo que más les preocupa e importa en la vida, y nada podría ser más trascendental que eso. Para ellos es más importante que Dios, que Su comisión y que el deber. Las personas así pierden la identidad, la valía y el significado que deberían tener como seres creados ante Dios, y Él las detesta. Dios solo te ha otorgado una vida estable y una pareja para que puedas vivir mejor y tener a alguien que te cuide y esté a tu lado, no para que te olvides de Él y de Sus palabras o abandones tu obligación de cumplir con tu deber y tu objetivo de vida de perseguir la salvación una vez que tengas cónyuge, y luego vivas para este. Si de veras obras de ese modo, si realmente vives así, espero que cambies de rumbo lo antes posible. Da igual lo importante que sea alguien para ti o lo importante que sea esa persona en tu vida, tu existencia o tu senda de vida; no es tu destino, porque solo es un ser humano corrupto. Dios ha dispuesto para ti a tu cónyuge actual, y puedes vivir junto a él. Si a Dios le cambiara el estado de ánimo y dispusiera para ti a otro, podrías vivir de igual modo. Por lo tanto, tu cónyuge actual no es único ni inigualable, y tampoco es tu destino. Dios es el Único al que se le encomienda tu destino y también el de la humanidad. Puedes seguir sobreviviendo y continuar con vida si dejas a tus padres, y por supuesto igual sucede si dejas a tu pareja. Tus padres no son tu destino, ni tampoco lo es tu pareja. No debes olvidar las cosas más importantes de la vida solo porque tengas una pareja, alguien en quien confiar tu espíritu, tu alma y tu carne. Si olvidas a Dios, si olvidas lo que Él te ha encomendado, el deber que debe cumplir un ser creado y cuál es tu identidad, habrás perdido toda conciencia y razón. Con independencia de cómo sea ahora tu vida, hayas contraído matrimonio o no, tu identidad ante el Creador nunca cambiará. Nadie puede ser tu destino, y no puedes encomendarte a cualquiera. Solo Dios puede proporcionarte un destino apropiado. Él es el Único al que se le encomienda la supervivencia de la humanidad, y esto siempre será así. ¿Queda claro? (Sí).

Vamos a terminar aquí nuestra charla sobre el matrimonio. Si deseáis expresar vuestras propias ideas, puntos de vista o dar voz a vuestros sentimientos, os ruego que lo hagáis ahora. (Yo solía tener esos puntos de vista y pensamientos de que el matrimonio era el destino de una persona. Pensaba que, si mi cónyuge tuviera una aventura, me sentiría desesperada y no podría seguir viviendo. He sabido de algunos hermanos y hermanas que también habían tenido experiencias así, y pasar por algo parecido era muy doloroso. No obstante, tras escuchar hoy la enseñanza de Dios, puedo enfocar correctamente este asunto. En primer lugar, Dios mencionó que en esta sociedad perversa, las personas, los acontecimientos y las cosas del mundo exterior pueden seducir a la gente, y resulta muy fácil que cometan errores, por lo que ahora puedo entender ese tipo de cosas. En segundo lugar, también debemos adoptar un enfoque correcto hacia nuestros cónyuges. Nuestra pareja matrimonial no es nuestro destino en la vida. Solo Dios es nuestro destino, y solo confiando en Él podemos seguir viviendo de verdad. Me parece que ahora tengo una nueva comprensión del asunto). Excelente. Todos los puntos de vista y actitudes con respecto a la verdad sobre los que hablamos tienen como objetivo permitir que las personas se deshagan de todo tipo de pensamientos y puntos de vista distorsionados, incorrectos y negativos. Luego se comparten para que, cuando se enfrenten con una cuestión similar, salgan reforzadas gracias a los pensamientos y puntos de vista adecuados, puedan tomar la senda correcta de práctica, no se extravíen y Satanás deje de desorientarlas y controlarlas. Se comparten para que la gente no haga cosas extremas, para que puedan aceptar todas las cosas de Dios y someterse a Sus arreglos en todo, y para que sean auténticos seres creados. Así es como se debe ser. Bien, dejemos aquí nuestra charla por hoy. ¡Adiós!

4 de febrero de 2023

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