Cómo perseguir la verdad (12) Parte 2

Hay quien puede decir: “Los padres de los que acabas de hablar son todos pequeños agricultores, pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, limpiadores y los que desempeñan trabajos esporádicos. Esos estatus sociales son muy bajos, y resulta acertado que la gente deba desprenderse de ellos. Como dice el dicho: ‘El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo’. Se debe mirar hacia arriba y apuntar alto, y no hay que fijarse en esas cosas asociadas con el estatus bajo. Por ejemplo, ¿quién quiere ser un pequeño agricultor? ¿Y un pequeño comerciante? Todo el mundo quiere ganar mucho dinero, convertirse en funcionario superior, tener estatus en la sociedad y lograr un éxito meteórico. De pequeño, nadie aspira a ser un pequeño agricultor, a contentarse con trabajar la tierra y a ganar lo suficiente para comer y beber. Nadie considera eso triunfar, no hay gente que piense de ese modo. El hecho de que deban desprenderse de la identidad que heredan de su familia deriva precisamente de que semejantes familias causan vergüenza a la gente y son la causa de que sufran un trato injusto debido a su identidad”. ¿Es así? (No). No, no lo es. Si lo analizamos desde un ángulo diferente, algunos nacen en familias privilegiadas o que cuentan con un buen entorno de vida o estatus social alto, así que heredan una identidad y un estatus social distinguidos, y se les tiene en alta consideración en todas las esferas. Durante su infancia, sus padres y los ancianos de la familia los tratan con extremo cuidado, por no hablar del trato que reciben en la sociedad. Debido a sus antecedentes familiares especiales y nobles, sus profesores y compañeros los admiran y nadie se atreve a intimidarlos en la escuela. Los profesores les hablan con calma y cordialidad, y sus compañeros son especialmente respetuosos con ellos. Como proceden de una familia privilegiada con un pasado ilustre, lo que les otorga una identidad noble en la sociedad y hace que los demás los tengan en alta estima, ostentan un sentimiento de superioridad y les parece que poseen una identidad y un estatus social respetables. Como resultado, se muestran excesivamente seguros de sí mismos dentro de cualquier grupo, dicen lo que les apetece sin tener en cuenta los sentimientos de nadie y no se refrenan ante nada. A ojos de los demás, dan la impresión de ser sofisticados y elegantes, de no tener miedo de pensar a lo grande, alzar la voz y actuar, y no importa lo que digan o hagan, ya que cuentan con el apoyo de sus sólidos antecedentes familiares, siempre disponen de alguien distinguido cerca para ayudarles y todo aquello que emprenden les va sobre ruedas. Cuanto mejor les va, más superiores se sienten. Allá donde van, se empeñan en llevar la voz cantante, destacar y ser diferentes a los demás. Siempre que comen con alguien, se piden la mejor porción y se enfadan si no es la que les toca. Cuando viven con hermanos y hermanas, insisten en dormir en la mejor cama; ya sea la situada en el lugar más soleado, cerca de la calefacción o donde el aire sea fresco, les pertenece solo a ellos. ¿Acaso no es eso un sentimiento de superioridad? (Sí). Los padres de algunas personas ganan mucho dinero, o son funcionarios públicos, o profesionales talentosos con sueldos altos, por lo que su familia vive de manera especialmente desahogada y acomodada, y no tiene que preocuparse por cosas como la comida o la ropa. En consecuencia, estas personas se sienten muy superiores. Pueden llevar la ropa que quieran, comprar las prendas más modernas y desecharlas en cuanto pasan de moda. También pueden comer lo que quieran, les basta con pedirlo para que alguien se lo lleve. No tienen que preocuparse de nada en absoluto y se sienten muy superiores. La identidad que alguien hereda de este tipo de familia privilegiada implica que, a ojos de los demás, es toda una princesa, si es mujer, o un playboy, si se trata de un hombre. ¿Qué han heredado de ese tipo de familia? Una identidad y un estatus social nobles. Lo que han heredado de ese tipo de familia no es vergüenza, sino gloria. No importa en qué entorno o grupo de personas se encuentren, siempre sienten que están por encima de todos los demás. Dicen cosas como: “Mis padres son ricos empresarios. Mi familia tiene mucho dinero. Lo gasto como quiero y nunca tengo que hacer cuentas”, o “Mis padres son funcionarios superiores. Si necesito hacer cualquier papeleo, me basta con una palabra para conseguir lo que quiero, sin tener que pasar por los procedimientos habituales. Ya veis el esfuerzo que os supone conseguir algo. Tenéis que seguir los procedimientos adecuados, esperar vuestro turno y rogar a la gente que os ayude. Miradme a mí: solo tengo que decirle a uno de los ayudantes de mis padres lo que hay que hacer y me lo hace. Eso sí que es identidad y estatus social”. ¿Se sienten superiores? (Sí). Algunos dicen: “Mis padres son figuras públicas, puedes buscar sus nombres en internet y comprobar si aparecen”. Cuando alguien consulta la lista de celebridades y realmente aparecen allí los nombres de sus padres, surge en ellos un sentimiento de superioridad. Vayan donde vayan, si alguien les pregunta: “¿Cómo te llamas?”, responden: “No importa cómo me llame yo, mis padres se llaman tal o cual”. Lo primero que le dicen a cualquiera son los nombres de sus padres, para que los demás conozcan su identidad y su estatus social. Hay quien piensa: “Tu familia tiene estatus, tanto tu padre como tu madre son funcionarios, o famosos o ricos empresarios, lo que te convierte en el hijo privilegiado de unos funcionarios superiores o de unos millonarios. ¿Qué soy yo?”. Después de pensárselo, responde: “Mis padres no tienen nada de especial, son trabajadores normales con sueldos normales, así que no tengo nada de lo que presumir, pero uno de mis antepasados fue primer ministro durante cierta dinastía”. Otros dicen: “Tu antepasado fue primer ministro. Vaya, así que tienes un estatus especial. Eres descendiente de un primer ministro. Cualquiera que descienda de un primer ministro no es una persona corriente, eso significa que también eres descendiente de una celebridad”. Fíjate: una vez que alguien se asocia con una celebridad, su identidad se vuelve diferente, su estatus social se eleva de inmediato y se convierte en una persona respetada. Hay otros que dicen: “Mis ancestros pertenecieron a una generación de prósperos empresarios. Eran extremadamente ricos. Luego, debido a cambios sociales y variaciones en el sistema social, se les confiscaron sus bienes. Actualmente, muchas de las casas en las que vive la gente, en un radio de decenas de kilómetros a la redonda, eran propiedad de mis ancestros. En el pasado, la casa de mi familia tenía cuatrocientas o quinientas habitaciones o, al menos, doscientas o trescientas, y más de cien sirvientes en total. Mi abuelo era el propietario del negocio. Nunca trabajó, solo daba órdenes a los demás para que lo hicieran por él. La abuela llevaba una vida acomodada, y ambos tenían a criados que los vestían y les lavaban la ropa. Luego, al cambiar el entorno social, la familia cayó en la ruina, así que dejamos de formar parte de la nobleza para convertirnos en plebeyos. En el pasado, mi familia solía ser importante y prestigiosa. Si pisaban con fuerza en un extremo de la aldea, el temblor se podía sentir en el otro extremo de esta. Todo el mundo sabía quiénes eran. Esa es la clase de familia de la que provengo. ¿Qué te parece? Es bastante excepcional, ¿verdad? Deberías admirarme, ¿no?”. Sin embargo, otros dicen: “La riqueza de tus ancestros no tiene nada de impresionante. Un antepasado mío fue emperador, y además uno de los fundadores. Se dice que mi apellido proviene de él. Mi familia es su descendencia directa, no somos parientes lejanos. ¿Qué te parece eso? Ahora que conoces la historia de mi ancestro, ¿no deberías mirarme con renovada admiración y mostrarme un poco de respeto? ¿No deberías admirarme?”. Otros dicen: “Aunque ninguno de mis antepasados fue emperador, uno de ellos fue un general que mató a innumerables enemigos, realizó incontables hazañas militares y llegó a ser un importante ministro de la corte imperial. Toda mi familia es descendiente directa suya. Incluso a día de hoy, mi familia sigue estudiando los movimientos de artes marciales transmitidos por mis antepasados, que se mantienen en secreto para los de fuera. ¿Qué te parece? ¿Acaso mi identidad no es especial? ¿Acaso mi estatus no es distinguido?”. Esas identidades especiales que la gente hereda de sus supuestas lejanas familias ancestrales, así como de sus familias modernas, son consideradas honorables y gloriosas y, de vez en cuando, las mencionan y alardean de ellas como símbolo de su identidad y estatus social. Por un lado, lo hacen para demostrar que su identidad y su estatus son excepcionales. Por otro lado, al contar esas historias, se están esforzando también por labrarse una posición y un estatus social más elevados, a fin de aumentar su valor entre los demás y dar la impresión de ser excepcionales y especiales. ¿Cuál es el propósito de convertirse en excepcionales y especiales? Ganarse un mayor grado de respeto, admiración y estima de los demás para vivir una vida más cómoda, fácil y digna. En concreto, en algunos entornos especiales, por ejemplo, hay personas que se ven siempre incapaces de hacer valer su presencia en un grupo o de ganarse el respeto y la estima de los demás. Así pues, buscan oportunidades y de vez en cuando se sirven de la particularidad de su identidad o sus antecedentes familiares para reivindicar su presencia y hacer saber a cualquiera que son excepcionales, así como para conseguir que los demás las valoren y respeten, con el objetivo de adquirir prestigio entre la gente. Dicen: “Aunque mi propia identidad, estatus y calibre son corrientes, uno de mis antepasados fue consejero de la familia de un príncipe de la dinastía Ming. ¿Has oído hablar de fulano? Era mi antepasado, el abuelo de mi bisabuelo. Fue un importante consejero de la familia del príncipe. Se le conocía como ‘El Cerebro’. Era un experto en todo, desde astronomía hasta geografía, pasando por historia antigua y moderna, y asuntos chinos y extranjeros. También era capaz de hacer predicciones. En nuestra familia aún conservamos la brújula geomántica de fengshui que utilizaba”. Aunque no hablen de ello a menudo, de vez en cuando entretienen a los demás con relatos sobre la fascinante historia de sus antepasados. Nadie sabe si lo que cuentan es cierto o no, y puede que una parte sean meras fantasías, pero otra puede ser verdad. En cualquier caso, en sus mentes, la identidad que heredan de la familia es muy importante. Determina su posición y estatus entre los demás, el trato que reciben de estos, y también su situación y rango entre ellos. Precisamente porque se perciben en sus relaciones con los demás, la gente considera muy importantes estas cosas derivadas de su identidad heredada. Por consiguiente, presumen de vez en cuando de esos capítulos “gloriosos” y “extraordinarios” de su historia familiar, mientras que evitan una y otra vez mencionar aquellos aspectos de sus antecedentes familiares o aquellas cosas que hayan sucedido en su familia que resulten vergonzosos, o que podrían ser objeto de desprecio o discriminación. En resumen, la identidad que las personas heredan de su familia es muy importante en sus corazones. Al experimentar algunos acontecimientos concretos, suelen utilizar su particular identidad familiar como capital y como motivo para alardear, a fin de obtener el reconocimiento de la gente y ganarse un estatus entre los demás. No importa si tu familia te acarrea gloria o vergüenza, o si la identidad y el estatus social que heredas de tu familia son nobles o humildes, en lo que a ti respecta, la familia no es más que eso. No determina si puedes comprender y perseguir la verdad, o si puedes emprender la senda de la búsqueda de la verdad. Por lo tanto, la gente no debería considerarlo un asunto muy importante, porque no determina el destino ni el futuro de una persona, y menos aún la senda que esta toma. La identidad que uno hereda de su familia solo puede determinar sus propios sentimientos y percepciones entre los demás. Con independencia de que la identidad que heredes de tu familia sea algo que desprecies o de lo que merezca la pena presumir, no puede determinar si serás capaz de emprender la senda de la búsqueda de la verdad. Así pues, cuando se trata de perseguir la verdad, no importa qué tipo de identidad o estatus social hayas heredado de tu familia. Aunque la identidad que heredes te haga sentir superior y respetado, no merece la pena mencionarla. O, en caso de producirte sentimientos de vergüenza, inferioridad y baja autoestima, no afectará a tu búsqueda de la verdad. ¿Me equivoco? (No). No afectará a tu búsqueda de la verdad en lo más mínimo, ni a tu identidad como ser creado ante Dios. Al contrario, no importa qué identidad y estatus social heredes de tu familia; desde el punto de vista de Dios, todos tienen la misma oportunidad de salvarse, y cumplen con su deber y persiguen la verdad con el mismo estatus e identidad. La identidad que heredes de tu familia, ya sea honorable o vergonzosa, no determina tu humanidad ni la senda que sigas. Sin embargo, si le das mucha importancia y la consideras una parte esencial de tu vida y de tu ser, te aferrarás a ella con fuerza, no te desprenderás nunca de ella y te resultará motivo de orgullo. Si la identidad que heredas de tu familia es noble, la considerarás una especie de capital, mientras que, si es baja, la percibirás como algo vergonzoso. No importa que la identidad que hayas heredado de tu familia sea noble, gloriosa o vergonzosa, solo se trata de tu entendimiento personal, y es el mero resultado de enfocar la cuestión desde la perspectiva de tu humanidad corrupta. No es más que tu propia sensación, percepción y entendimiento, que no concuerdan con la verdad y no tienen nada que ver con ella. No es un capital para tu búsqueda de la verdad y, por supuesto, tampoco es un obstáculo para ella. Que tu estatus social sea noble y elevado, no significa que sea un capital para tu salvación. Que tu estatus social sea bajo y humilde, no significa que sea un obstáculo para tu búsqueda de la verdad, y mucho menos para tu búsqueda de la salvación. Aunque el entorno y los antecedentes de una familia, así como la calidad y las condiciones de vida de esta, derivan de la ordenación de Dios, no tienen nada que ver con la verdadera identidad de una persona ante Dios. Cualquiera, venga de la familia que venga o tenga un origen familiar ilustre o inferior, es un ser creado a ojos de Dios. Aunque tu familia sea de origen ilustre y poseas una identidad y un estatus nobles, sigues siendo un ser creado. Del mismo modo, si el estatus de tu familia es humilde y los demás te menosprecian, no dejas de ser un ser creado ordinario a ojos de Dios; no hay nada que te haga especial. Los distintos orígenes familiares otorgan a las personas diferentes entornos de crecimiento, y los diferentes entornos de vida familiar les proporcionan distintos puntos de vista a la hora de enfocar las cosas materiales, el mundo y la vida. El hecho de que alguien tenga una buena posición económica o sufra necesidades en la vida, o que sean o no ventajosas sus circunstancias familiares, solo significa que la experiencia es distinta para cada persona. En términos relativos, aquellos que son pobres y cuyas familias tienen un estándar de vida modesto cuentan con una experiencia más profunda de la vida, mientras que, quienes son ricos y cuyas familias ostentan una posición especialmente privilegiada, tienen más dificultades para adquirir ese grado de experiencia, ¿cierto? (Sí). No importa en qué tipo de entorno familiar hayas crecido, ni qué identidad y estatus social hayas obtenido de ese entorno familiar, cuando te presentas ante Dios, cuando Él te reconoce y acepta como un ser creado, a Sus ojos eres igual que los demás, igual que el resto, no tienes nada de especial, y aplicará los mismos métodos y estándares en las exigencias que tenga para ti. Si dices: “Tengo un estatus social particular”, ante Dios no deberás tener en cuenta esa “particularidad”. Si dices: “Mi estatus social es bajo”, tampoco deberás tener en cuenta esa “bajeza”. Ante Dios, cada uno de vosotros debe alejarse de la identidad que ha heredado de su familia, desprenderse de ella, aceptar la identidad que Dios le ha concedido como ser creado y adoptarla en el correcto cumplimiento del deber de un ser creado. Si procedes de una buena familia y eres de estatus noble, no tienes nada de lo que presumir ni eres más noble que los demás. ¿Por qué? A ojos de Dios, mientras seas un ser humano creado, rebosas de actitudes corruptas, y eres uno de aquellos a los que Él quiere salvar. Del mismo modo, si la identidad que has heredado de tu familia es baja y humilde, debes aceptar la identidad de ser creado que Dios te ha concedido y presentarte ante Él como tal para aceptar Su salvación. Es posible que digas: “El estatus social de mi familia es bajo y mi identidad también lo es. La gente me desprecia”. Dios dice que eso no importa. Hoy, ante Él, ya no apareces como una persona cuya identidad le fue otorgada por su familia. Tu identidad actual es la de un ser creado, y lo que debes aceptar son los requerimientos que Dios tiene respecto a ti. Él no muestra parcialidad hacia nadie. No se fija en tus antecedentes familiares ni en tu identidad, porque a Sus ojos eres igual que el resto. Has sido corrompido por Satanás, eres miembro de la raza humana corrupta y un ser creado ante Dios, así que eres uno de los que Él quiere salvar. No importa que desciendas de funcionarios superiores o de padres millonarios, que seas un joven privilegiado o una princesa, o que seas hijo de pequeños agricultores o de alguien corriente. Nada de eso tiene importancia, y Dios no lo tiene en cuenta. Porque lo que Él quiere salvar es a ti como persona. Quiere transformar tu carácter corrupto, no tu identidad. Ni tu carácter corrupto ni tu valía vienen determinados por tu identidad, y tu carácter corrupto no procede de tu familia. Dios no desea salvarte porque tu estatus sea humilde, y tampoco especialmente porque tu estatus sea distinguido. Más bien, Dios te ha escogido a raíz de Su plan y Su gestión, porque Satanás te ha corrompido y eres miembro de la raza humana corrupta. Ante Dios, no importa la identidad que heredes de tu familia, eres igual que los demás. Todos sois miembros de la raza humana, que ha sido corrompida por Satanás, y tenéis actitudes corruptas. No hay nada de especial en vosotros. ¿Me equivoco? (No). Por lo tanto, la próxima vez que alguien de tu entorno diga: “Yo era magistrado del condado”, o “Yo era gobernador provincial”, o alguien afirme: “Nuestros antepasados eran emperadores”, o asegure: “Yo era miembro del Congreso”, o “Me presenté a las elecciones presidenciales”, o diga: “Yo era presidente de una gran empresa”, o “Yo era el jefe de una compañía estatal”; ¿qué tiene eso de asombroso? ¿Tiene importancia que hayas sido un alto ejecutivo o un oficial al mando? Este mundo y esta sociedad conceden mucha importancia a la identidad y al estatus social de las personas, y determinan cómo tratarte en función de ambas cosas. Sin embargo, ahora te encuentras en la casa de Dios, y Él no te va a mirar de manera diferente por lo brillante que hayas sido en el pasado o por lo excepcional y gloriosa que fuera tu identidad. Sobre todo ahora que te exige que persigas la verdad, ¿existe algún motivo para alardear de tus cualificaciones, estatus social y valor? (No). ¿Sería una necedad hacerlo? (Sí). Los necios tienden a recurrir a esas cosas para medirse con los demás. Hay también algunos nuevos creyentes de poca estatura que no entienden la verdad y usan a menudo esas cosas propias de la sociedad y la familia para compararse con los demás. Por lo general, aquellos que tienen algo de fundamento y estatura en su creencia en Dios no harían nada semejante ni hablarían de tales cosas. Utilizar la identidad familiar o la posición social como capital no concuerda con la verdad.

Ahora que he compartido tanto sobre el tema, ¿entendéis lo que he dicho sobre la identidad que heredas de tu familia? (Sí). Habladme un poco de ello. (Dios, voy a decir algo. La gente a menudo le da una importancia especial a la familia en la que nació, y a la identidad y el estatus de esta en la sociedad. Quienes han nacido en una familia con un estatus social bajo tienden a pensar que en cierto modo son inferiores a los demás. Les parece que tienen unos orígenes muy humildes y son incapaces de ir por la sociedad con la cabeza alta, así que quieren esforzarse por mejorar su estatus social. Aquellos que nacen en una familia con una posición y un estatus relativamente altos tienden a ser bastante arrogantes y vanidosos, les encanta alardear y ostentan un sentido innato de superioridad. Pero en realidad, el estatus social no es lo más importante, pues ante Dios todo el mundo tiene la misma identidad y estatus; todos son seres creados. La identidad y el estatus de una persona no sirven para determinar si esta es capaz de perseguir la verdad, de practicarla o de salvarse, así que nadie debe coartarse a sí mismo por su identidad y su estatus). Muy bien. A aquellos que no persiguen la verdad les importa mucho la identidad y el estatus social de una persona, así que en circunstancias especiales dirán cosas como: “¿Conoces a fulano o mengano de nuestra iglesia? Proviene de una familia acomodada”. Sus ojos se iluminan al decir la palabra “acomodada”, dejando a las claras su mentalidad extremadamente envidiosa y celosa. Los sentimientos de envidia llevan tanto tiempo creciéndoles por dentro que llega un punto en que babean por tales personas y dicen: “Oh, ¿conoces a aquellos de allí? Su padre es funcionario superior, el suyo es magistrado del condado, el de ella es alcalde, y el de aquella es secretario de un departamento del Gobierno”. Cuando ven a alguien que lleva ropa bonita o viste bien, que tiene un poco de clase o conocimiento, o que utiliza cosas especialmente sofisticadas, les entra envidia y piensan: “Su familia es rica, deben de estar forrados de dinero”, y les consume la admiración y la envidia. Siempre que hablan de que este o aquel es el jefe de alguna empresa, les preocupa más la identidad de esa persona que lo que esta hace. No paran de hablar del trabajo que desempeña, aunque esa persona nunca lo mencione, e incluso votan por ella cuando llega el momento de elegir al líder de la iglesia. Tienen sentimientos particulares hacia las personas que ostentan un estatus social más alto que el suyo, y les reservan una atención especial. Siempre intentan complacerlas, acercarse a ellas y adularlas, mientras se detestan a sí mismos y piensan: “¿Por qué mi padre no es funcionario? ¿Por qué nací en esta familia? ¿Por qué no tengo nada bueno que decir de ella? Ellos han nacido en el seno de familias de funcionarios o de ricos empresarios, y en cambio mi familia no tiene nada. Todos mis hermanos son gente corriente, pequeños agricultores que trabajan la tierra y se hallan en el extremo inferior de la sociedad. Y de mis padres mejor no hablar, ni siquiera tienen estudios. Qué vergüenza”. En cuanto alguien menciona a sus padres, se muestran evasivos y dicen: “No saquemos este tema, hablemos de otra cosa. Fíjate en este o aquel de nuestra iglesia. Mira el puesto directivo que ocupa, sabe cómo ser un líder. Lleva décadas haciéndolo, es insustituible. Ese tipo nació para liderar. Ojalá se pudiera decir lo mismo de nosotros. Ahora que cree en Dios es como una bendición sobre otra. No cabe duda de que está bendecido, pues posee todo lo que cualquiera pudiese desear en la sociedad, y ahora que ha entrado en la casa de Dios, puede además entrar en el reino y tener un hermoso destino”. Creen que, cuando un funcionario entra en la casa de Dios, debería ser líder de la iglesia y tener un destino espléndido. ¿Eso quién lo decide? ¿Tienen ellos la última palabra? (No). Se trata claramente de algo que afirman los incrédulos. Si ven a alguien con un poco de capacidad y talento innato, que viste bien, disfruta de las cosas buenas de la vida, conduce un buen coche y vive en una casa grande, insisten en relacionarse con esa persona, la adulan y se congracian con ella. Luego están los que creen que tienen un estatus y una posición social elevados. Cuando entran en la casa de Dios, siempre exigen privilegios especiales, vociferan órdenes a sus hermanos y hermanas y los tratan como esclavos, porque se han acostumbrado a llevar la vida de un funcionario. ¿Acaso creen que sus hermanos y hermanas son sus subordinados? Llegado el momento de escoger a un líder de la iglesia, se enfadan si no son ellos los elegidos, y dicen: “Voy a dejar de creer. La casa de Dios no es justa, no le concede a la gente una oportunidad. En la casa de Dios se menosprecia a la gente”. Están acostumbrados a ser funcionarios en el mundo y se creen superiores, así que, cuando llegan a la casa de Dios, tratan siempre de llevar la batuta, de tomar la iniciativa en todo, exigen privilegios especiales y tratan a la casa de Dios igual que tratan al mundo y a la sociedad. Alguien que sea la esposa de un funcionario en el mundo pretende que la traten como tal al llegar a la casa de Dios, que la adulen y la sigan a todas partes. Si los hermanos o hermanas no la saludan en las reuniones, se enfada y deja de asistir a ellas, porque tiene la sensación de que no la toman en serio y que creer en Dios carece de sentido. ¿Acaso no es eso irracional? (Sí). Da igual lo especial que sea tu identidad en la sociedad, pues la pierdes al entrar en la casa de Dios. Ante Dios y ante la verdad, las personas solo tienen una identidad: la de un ser creado. No importa si en el mundo eres funcionario del gobierno o la esposa de un hombre con dicho cargo, si perteneces a la élite de la sociedad o eres un vulgar chupatintas, o si eres general o soldado, en la casa de Dios solo cuentas con una identidad: la de un ser creado. No tienes nada de especial, así que no busques privilegios especiales ni que la gente te venere. Luego hay otros que provienen de alguna familia cristiana especial o de una que lleva generaciones creyendo en el Señor. Tal vez su madre se formó en un seminario y su padre es pastor. La comunidad religiosa los recibe particularmente bien y los creyentes se congregan a su alrededor. Después de aceptar esta etapa de la obra de Dios, les sigue pareciendo que su identidad es la misma de antes, pero viven en un mundo imaginario. Es hora de que dejen de soñar y despierten de una vez. Da igual que seas pastor o líder, cuando entras en la casa de Dios, debes entender las reglas de esta y aprender a cambiar tu identidad. Eso es lo primero que tienes que hacer. No eres un funcionario superior, un vulgar chupatintas, un rico empresario ni tampoco un pobre sin un céntimo. Cuando entras en la casa de Dios, solo tienes una identidad, la que Dios te ha dado, la de un ser creado. ¿Qué deben hacer los seres creados? No debes alardear de tus antecedentes familiares, de la posición social que has heredado de tu familia, ni usar dicha posición superior para actuar sin control en la casa de Dios y pretender privilegios especiales, y desde luego no debes aprovechar la experiencia acumulada en la sociedad ni la sensación de superioridad que te otorga tu estatus social para obrar como un gobernante soberano en la casa de Dios y llevar la voz cantante. En lugar de eso, en la casa de Dios debes cumplir bien con tu deber como ser creado, comportarte de forma correcta, no mencionar tus orígenes familiares, no albergar ningún sentimiento de superioridad y no tener ningún complejo de inferioridad; no hay necesidad ni de sentirte inferior ni de creerte superior. En resumen, tienes que llevar a cabo adecuadamente y con obediencia aquello que le corresponde a un ser creado, y cumplir bien con el deber de este. Hay quien dice: “Entonces, ¿eso significa que tengo que controlarme y pasar desapercibido?”. No, no hace falta que te controles ni que pases desapercibido, como tampoco que seas servil ni desde luego que te las des de importante y poderoso. No es necesario que intentes destacar, que finjas ni que hagas concesiones para contentar a todo el mundo. Dios trata a las personas de manera justa y equitativa, porque Él es la verdad. Dios ha expresado muchas palabras a la gente y ha realizado muchas exigencias, y lo que Él requiere de ti en definitiva es que cumplas adecuadamente con tu deber como ser creado, y que hagas bien todo aquello que debe hacer uno. Cuando abordes este asunto de la identidad que la gente hereda de su familia, también debes contemplar a las personas y las cosas, comportarte y actuar de acuerdo con las palabras de Dios y con la verdad por criterio, en lugar de hacer alarde de ese sentido de superioridad que tu familia te confirió. Y por supuesto, si procedes de una familia desfavorecida, no hace falta que seas directo y le cuentes a todo el mundo lo terrible que es. Puede que otros digan: “¿Requiere la casa de Dios que ‘no le preguntes a un héroe por sus orígenes’?”. ¿Es ese dicho la verdad? (No). No es la verdad, así que no hace falta que midas nada en base a ese dicho, ni que lo uses como criterio para acatar los requerimientos que te hace Dios. En cuanto a la identidad que heredas de tu familia, lo que Dios requiere de ti es que cumplas con tu deber. Ante Dios, tu única identidad es la de un ser creado, así que debes desprenderte de las cosas que pueden repercutir en el hecho de que seas un buen ser creado o impedírtelo. No debes tener cabida para tales cosas en tu corazón, ni darles demasiada importancia. Ya sea en términos de apariencia o de actitud, deberías desprenderte de la identidad distintiva que has heredado de tu familia. ¿Qué te parece? ¿Es factible? (Sí). Tal vez hayas heredado una identidad honorable de tu familia, o quizá tus antecedentes familiares ensombrezcan tu identidad. Sea como sea, espero que te liberes de ello, que te tomes este asunto en serio y que, más tarde, cuando te enfrentes con algunas situaciones especiales y tales cosas afecten al cumplimiento de tu deber, influyan en tu trato con la gente y repercutan en tus principios correctos para afrontar las cosas y en aquellos para entenderte con los demás, puedas dejar de estar sometido a la influencia de la identidad que heredaste de tu familia y trates a todo el mundo y gestiones todas las cosas de la manera correcta. Por ejemplo, digamos que alguien en la iglesia siempre se muestra superficial en su deber y todo el tiempo está molestando. ¿Cómo deberías tratar a esa persona? Te quedas dándole vueltas y piensas: “Debo podarla, si no la podo, repercutirá en el trabajo de la iglesia”. Así que te dispones a podarla. Pero ella se niega a ceder y se inventa multitud de excusas. No le tienes miedo, así que sigues hablando con ella y podándola. Ella pregunta: “¿Sabes quién soy?” y tú respondes: “¿Qué me importa a mí quién seas?”. Ella dice: “Mi marido es el jefe del tuyo. Si hoy me complicas las cosas, tu marido tendrá problemas”. Le contestas: “Esta es la obra de la casa de Dios. Si no la haces bien y sigues trastornándola, te destituiré de tu deber”. Entonces ella te dice: “Bueno, ya te he dicho lo que hay. Lo que hagas es decisión tuya”. ¿Qué quiere decir con que “es decisión tuya”? Te informa de que, si te atreves a expulsarla, ella hará que despidan a tu marido. Llegados a este punto, piensas: “Esta mujer cuenta con un gran respaldo, no me extraña que hable siempre con tanta arrogancia”. Así que cambias el tono y le dices: “De acuerdo, esta vez lo dejaré pasar, pero la siguiente no haré lo mismo. No era mi intención decirte nada, solo es por el bien de la obra de la iglesia. Todos somos hermanos y hermanas que creemos en Dios, todos formamos parte de la misma familia. Piensa en ello: soy la líder de la iglesia, ¿cómo no voy a asumir la responsabilidad en este asunto? Si no la asumiera, no me habríais elegido, ¿verdad?”. Empiezas a intentar limar asperezas. ¿Hay algún principio que lo justifique? Se ha caído el muro defensivo que albergas en el fondo de tu corazón, no te atreves a atenerte a los principios y cedes. ¿No es así? (Sí). Al final dejas que se salga con la suya. Te avergüenza que tu identidad no sea tan noble como la suya, y que su estatus social sea superior, así que te sientes obligada a dejar que sea ella la que te controle y a obedecerla. Aunque ambas creéis en Dios, permites que ella te chantajee. Si no puedes deshacerte de la influencia que el estatus social ejerce sobre ti, no podrás defender los principios ni practicar la verdad, y no serás fiel ante Dios. Si no eres fiel a Dios, ¿acaso Él te aceptará? ¿Confiará en ti? ¿Te seguirá encomendando un trabajo importante? No serás para Él una persona digna de confianza, porque en el momento crucial, vendiste los intereses de la casa de Dios para proteger los tuyos propios. En el momento crucial, te asustaste de las fuerzas malvadas que provienen de la sociedad y de Satanás, lo que provocó que vendieras los intereses de la casa de Dios y fracasaras a la hora de mantenerte firme en tu testimonio. Eso es una transgresión grave y una señal de haber deshonrado a Dios. ¿Por qué? Porque al hacerlo, traicionaste tu identidad como ser creado, y vulneraste el principio que dicta que un ser creado debe hacer aquello que le corresponde. Al gestionar este asunto, te dejaste influenciar por tu estatus social y tu identidad en la sociedad. Cuando te enfrentes a problemas, si no puedes desprenderte de las influencias negativas producto de la identidad que has heredado de tu familia, es posible que reacciones a ellos haciendo cosas inesperadas. Por una parte, esas cosas te harán vulnerar la verdad, y por otra, te dejarán totalmente perdido, sin saber qué decisión tomar. Eso te llevará fácilmente a la transgresión y al arrepentimiento, de modo que, ante Dios, estarás manchado y se te considerará una persona indigna de confianza que ha vulnerado el principio que Dios impone a la humanidad, que consiste en cumplir adecuadamente con tu deber como ser creado y hacer lo que te corresponde como tal. Piénsalo, en cierto modo este asunto es trivial, pero también muy significativo en cuanto a su gravedad, ¿no es cierto? (Sí).

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