Cómo perseguir la verdad (18) Parte 2

En nuestra última reunión compartimos contenido relacionado con las expectativas parentales en el marco de “desprenderse de las cargas que provienen de tu familia”. Ya hemos terminado de compartir sobre los principios relevantes y los temas más importantes relativos a este asunto. A continuación, hablaremos sobre otro aspecto relacionado con ello: “desprenderse de las expectativas hacia tu descendencia”. Esta vez vamos a cambiar los papeles. En cuanto al contenido referente a abordar las expectativas de los padres, estas son algunas de las cosas que la gente debería hacer desde la perspectiva de un hijo o hija. Cuando se trata de cómo deben los hijos enfocar y manejar las diversas expectativas que sus padres tienen hacia ellos y los varios planteamientos que los padres emplean en los hijos y de qué principios deberían practicar, nos referimos a cómo abordar correctamente los diferentes problemas de los padres desde la perspectiva de un hijo o hija. Hoy vamos a hablar sobre “desprenderse de las expectativas hacia tu descendencia”, es decir, cómo manejar los variados problemas que se le presentan a la gente con sus hijos desde la perspectiva de un padre o una madre. De esto se deben aprender lecciones y observar principios. Como hijo, lo más importante es la manera de afrontar las expectativas de tus padres, qué clase de actitud adoptar hacia ellas, así como qué camino has de seguir y qué principios de práctica debes poseer en tal situación. Naturalmente, cualquiera tiene oportunidad de ser padre o madre, o puede que ya lo sea. Esto incide en las expectativas y actitudes que pueda tener alguien hacia su descendencia. Ya seas uno de los padres o el hijo, debes poseer diferentes principios para lidiar con las expectativas de la otra parte. Los hijos han de observar determinados principios a la hora de abordar las expectativas de los padres y, como es natural, los padres también han de observar principios-verdad para enfocar las expectativas de sus hijos. Así que primero pensadlo, ¿qué principios veis o cuáles se os ocurren que tengan que observar los padres al tratar a sus hijos? Si hablamos de principios, esto tal vez os resulte un poco ajeno, y el tema podría ser tal vez demasiado amplio y profundo, así que en vez de eso vamos a hablar de qué expectativas debes tener hacia tu descendencia si eres padre. (Dios, si algún día fuera padre, lo primero que esperaría es que mis hijos estuvieran sanos y crecieran saludables. Asimismo, esperaría que pudieran tener sus propios sueños y la ambición de cumplirlos a lo largo de su vida, que albergaran buenas perspectivas. Estas son las dos cosas fundamentales que esperaría). ¿Tendrías la esperanza de que tus hijos se convirtieran en funcionarios superiores o se hicieran muy ricos? (Eso también. Esperaría que al menos avanzaran en el mundo, que fueran mejores que los demás y que otros los admiraran). Las exigencias más básicas que tienen los padres respecto a sus hijos son que gocen de buena salud física, que tengan una carrera exitosa, que prosperen en el mundo y que todo les vaya bien en la vida. ¿Acaso los padres esperan algo diferente para su descendencia? Contadme los que tengáis hijos. (Espero que mis hijos estén sanos, que no encuentren contratiempos en su vida y que su existencia sea pacífica y segura. Espero que tengan armonía con su familia y sean capaces de respetar a los mayores y cuidar de los jóvenes). ¿Algo más? (Si algún día tengo descendencia, aparte de las expectativas que se han mencionado, también esperaría que mis hijos fueran obedientes y sensatos, que me mostraran piedad filial y poder contar con ellos para cuidarme en la vejez). Esta expectativa es fundamental. Que los padres esperen que sus hijos les muestren piedad filial es una idea relativamente tradicional que todo el mundo alberga en sus nociones y en su subconsciente. Se trata de un asunto bastante representativo.

Desprenderse de las expectativas hacia tu descendencia es una parte muy importante de desprenderse de las cargas que provienen de tu familia. Todos los padres depositan ciertas expectativas en sus hijos. Ya sean grandes o pequeñas, cercanas o lejanas, estas expectativas forman parte de la actitud que los padres tienen hacia el comportamiento, las acciones y las vidas de sus hijos, o la manera en que sus hijos se relacionan con ellos. Son también una especie de exigencia específica. Desde la perspectiva de los hijos, tales requerimientos específicos son cosas que deben hacer porque, según las nociones tradicionales, no pueden contradecir las órdenes de sus padres. Si lo hacen, no son buenos hijos. Por tanto, mucha gente acarrea grandes y pesadas cargas derivadas de esta cuestión. Así pues, ¿acaso no debería entender la gente si las expectativas concretas que los padres tienen hacia su descendencia son razonables y si siquiera debieran tenerlas, además de cuáles de estas expectativas son razonables o irrazonables, cuáles legítimas y cuáles forzadas e ilegítimas? Asimismo, hay principios-verdad que la gente necesita entender y observar respecto a cómo deben abordar las expectativas parentales, cómo deben aceptarlas o rechazarlas, y la actitud y perspectiva desde la que deberían contemplarlas y abordarlas. Cuando estas cosas no se han resuelto, a menudo los padres asumen este tipo de cargas, creen que es su responsabilidad y obligación depositar esperanzas en sus hijos y en su descendencia y, como es natural, que ellas son otra cosa más que deben poseer. Consideran que no albergar expectativas hacia su descendencia sería lo mismo que no cumplir con sus responsabilidades u obligaciones hacia ella y equiparable a no hacer lo que les corresponde como padres. Creen que esto los convierte en malos padres, en el tipo de padres que no cumplen con sus responsabilidades. Por tanto, en lo que respecta a la cuestión de las expectativas que tienen hacia su descendencia, la gente genera sin querer diversos requerimientos para sus hijos, que a la vez son distintos para cada niño en diferentes momentos y circunstancias. Puesto que tienen este tipo de punto de vista y esta carga en relación con sus hijos, los padres recurren a hacer las cosas que les corresponden en virtud de estas normas no escritas, sin que importe si son correctas o no. Los padres hacen exigencias a sus hijos, al tiempo que consideran estos planteamientos como una especie de obligación, de responsabilidad y, a su vez, se los imponen, los obligan a lograrlos. Vamos a dividir este asunto en varias partes en nuestra enseñanza y así quedará más claro.

Antes de que los hijos lleguen a la edad adulta, los padres ya les plantean varios requerimientos. Por supuesto, entre estos también incluyen distintos tipos de expectativas. Así, al tiempo que los padres imponen a sus hijos tales expectativas, ellos mismos pagan precios de toda índole y adoptan varias clases de planteamientos a fin de materializar tales esperanzas. Por tanto, antes de que los hijos alcancen la edad adulta, los padres los educan de diversas maneras y les exigen distintas cosas. A modo de ejemplo, desde muy pequeños les dicen: “Tienes que estudiar mucho y bien. Solo si te va bien en los estudios serás mejor que los demás y nadie te menospreciará”. También hay padres que les enseñan a sus hijos que han de mostrar piedad filial cuando sean mayores, hasta tal punto que con apenas dos o tres años siempre les preguntan: “¿Cuidarás de tu papá cuando te hagas mayor?”. Y el niño dice: “Sí”. Continúan: “¿Y vas a cuidar de tu mamá?”. “Sí”. “¿Quieres más a papá o a mamá?”. “Quiero a mi papá”. “No, primero tienes que decir que quieres a tu mamá y luego que quieres a tu papá”. Así, los niños aprenden ese tipo de cosas de sus padres. Se sirven de sus palabras y del ejemplo para darles una educación a sus hijos y terminan influyendo profundamente en sus jóvenes mentes. Por supuesto, esta educación les aporta también ciertos conocimientos básicos, les enseña que sus padres son las personas que más los quieren y adoran en el mundo, y a las que más obediencia y piedad filial les han de mostrar. Naturalmente, en sus mentes juveniles está grabada la idea de que “como mis padres son las personas más cercanas a mí en el mundo, debo obedecerlos siempre”. Al mismo tiempo surge en ellos la idea de que, si sus padres son las personas más cercanas a ellos, todo lo que hagan debe ir orientado a garantizarles una vida mejor a sus hijos. Por consiguiente, piensan que deberían aceptar de manera incondicional las acciones de sus padres; con independencia de qué tipo de métodos usen, ya sean humanos o inhumanos, les parece que han de aceptarlos. A una edad en la que todavía carecen de la capacidad para discernir lo correcto de lo incorrecto, la educación de sus padres, por medio de la palabra o el ejemplo, inculca en ellos esta idea. Guiados por este tipo de ideas, los padres pueden requerir a sus hijos que hagan distintas cosas con el pretexto de que quieren lo mejor para ellos. Aunque algunas de esas cosas no concuerdan con la humanidad ni los talentos, el calibre o las preferencias de los hijos, en esas circunstancias, en las que los niños no tienen derecho a actuar por su propia iniciativa ni con autonomía, no tienen posibilidad de elegir ni capacidad para resistirse a todo aquello que implican estas supuestas expectativas y demandas de sus padres. Lo único que pueden hacer los hijos es obedecerlos en todo, dejar que se salgan con la suya, ponerse a su merced y permitirles que los conduzcan a la senda que sea. Entonces, antes de que sus hijos lleguen a la edad adulta, cualquier cosa que hagan los padres, ya sea accidental o surgida de sus buenas intenciones, causará cierto impacto positivo o negativo en el comportamiento y las acciones de sus vástagos. Es decir, cualquier cosa que hagan plantará en sus hijos distintas ideas y puntos de vista que pueden acabar enterrados en el fondo de su subconsciente hasta que llegan a adultos, cuando influirán profundamente en cómo contemplen a las personas y las cosas, en cómo se comporten y actúen e incluso en la senda que recorran.

Antes de llegar a la edad adulta, los niños no disponen de los medios para resistirse a los entornos de vida, a la herencia o la educación que sus padres les transmiten, ya que no son todavía adultos y aún no entienden muy bien las cosas. Cuando me refiero al periodo antes de que un niño se haga adulto, hablo de cuando un niño no es capaz de pensar o distinguir el bien del mal de forma autónoma. En estas circunstancias, solo le queda ponerse a merced de sus padres. Y precisamente porque son los padres los que llevan la voz cantante en todo antes de que sus hijos lleguen a la edad adulta, en esta época malvada los padres adoptarán los correspondientes métodos de educación, ideas y puntos de vista basados en las tendencias sociales para incitar a sus hijos a hacer determinadas cosas. Por ejemplo, ahora mismo la competencia en la sociedad es feroz. Los padres se han visto influenciados por el clima de diversas tendencias y consensos sociales, así que aceptan este mensaje de la competencia feroz, y se lo transmiten rápidamente a sus hijos. Lo que aceptan es el fenómeno y la tendencia de que la competencia en la sociedad es salvaje, aunque lo que sienten es una especie de presión. Al sentirla piensan enseguida en sus hijos y dicen: “Ahora la competencia en la sociedad es muy feroz, en nuestra juventud no era así. Si nuestros hijos estudian, trabajan y abordan la sociedad y a las diversas personas y cosas del mismo modo que lo hicimos nosotros, la sociedad los descartará enseguida. Así que debemos aprovecharnos del hecho de que todavía son jóvenes, tenemos que empezar a trabajar ahora en ellos, no podemos permitir que nuestros hijos pierdan en la línea de salida”. Actualmente, la competencia es encarnizada y todo el mundo deposita grandes esperanzas en sus hijos, así que los padres les pasan muy rápido este tipo de presión que han aceptado de la sociedad. ¿Pero son sus hijos conscientes de esto? Para nada, ya que todavía no son adultos. No saben si esta presión que les transmiten sus padres está bien o mal, o si deben rechazarla o aceptarla. Cuando los padres ven a sus hijos actuar así, se lo reprochan: “¿Cómo has podido ser tan estúpido? Con la feroz competencia que hay ahora en la sociedad y tú sigues sin entender nada. ¡Ve a toda prisa al jardín de infancia!”. ¿A qué edad van los niños al jardín de infancia? Algunos empiezan a los tres o cuatro años. ¿Y eso por qué? Hay una frase que circula ahora en la sociedad: no puedes permitir que tus hijos pierdan en la línea de salida, la educación debe empezar a una edad muy temprana. Fíjate, los niños muy pequeños sufren y comienzan el jardín de infancia a los tres o cuatro años. ¿Y cómo es el que eligen para ellos sus padres? En los jardines de infancia normales, los maestros juegan con los niños a “la gallinita ciega”, así que a los padres les parece mejor no elegir uno de ese tipo. Creen que deben optar por uno sofisticado, bilingüe. Y para ellos no es suficiente aprender un solo idioma. Cuando los niños todavía no dominan su lengua madre, tienen que aprender una segunda. ¿No es eso complicarles las cosas? ¿Pero qué dicen los padres? “No podemos permitir que nuestro hijo pierda en la línea de salida. Ahora las niñeras educan en casa a los niños de un año. Los padres les hablan en la lengua madre y las niñeras hablan otro idioma, les enseñan inglés, español o portugués. Nuestro hijo tiene cuatro años, ya es un poco mayor. Si no empezamos a enseñarle ahora, será demasiado tarde. Tenemos que empezar a educarlo lo antes posible y encontrar un jardín de infancia bilingüe, donde los maestros tengan licenciaturas y másteres”. La gente les dice: “Una escuela de ese tipo es demasiado cara”, y ellos responden: “No pasa nada. Tenemos una casa grande, podemos mudarnos a una más pequeña. Venderemos nuestra casa de tres dormitorios y la cambiaremos por una de dos. Ahorraremos ese dinero y lo emplearemos en enviar a nuestro hijo a un jardín de infancia sofisticado”. Elegir una buena escuela no basta, consideran que deben buscar tutores que ayuden a estudiar a sus hijos para las olimpiadas matemáticas en su tiempo libre. Aunque por naturaleza les desagrade estudiar para eso, tienen que hacerlo igualmente y, si no se les da bien, entonces estudiarán baile. Si no son buenos en el baile, les apuntarán a clases de canto. Y si lo de cantar no funciona y sus padres ven que su hija tiene buenas medidas, las piernas y los brazos largos, les parece que puede ser modelo y la mandan a una escuela de arte a estudiar modelaje. Es así como empiezan a enviar a los hijos a internados a la edad de cuatro o cinco años, y la casa familiar pasa de tres a dos dormitorios, luego de dos a uno, y de uno a mudarse a una casa alquilada. Las tutorías a las que asisten sus hijos fuera de la escuela aumentan progresivamente en número, y la casa es cada vez más pequeña. Hay algunos padres que trasladan a la familia al sur o al norte, se mudan de un lado a otro para que sus hijos vayan a buenas escuelas y, al final, ya no saben adónde ir, los hijos no saben cuál es su ciudad natal y todo es un gran embrollo. Los padres pagan precios de todo tipo en aras del futuro de sus hijos antes de que hayan alcanzado la edad adulta, para que no pierdan en la línea de salida y se puedan adaptar a esta sociedad crecientemente competitiva, y más adelante tengan un buen trabajo e ingresos estables. Algunos padres son muy capaces, regentan grandes negocios o son funcionarios de alto rango, y realizan elevadas y enormes inversiones en sus hijos. Otros no son tan capaces, pero quieren enviar a sus hijos a escuelas sofisticadas como hacen los demás, que asistan a varias clases extraescolares, que reciban lecciones de baile y arte, que estudien diferentes idiomas y música y, de este modo, someten a mucha presión y dolor a los hijos. Por su parte, el niño piensa: “¿Cuándo se me permitirá jugar un poco? ¿Cuándo voy a crecer y poder tomar yo las decisiones como hacen los adultos? ¿Cuándo no tendré que ir más a la escuela, como un adulto? ¿Cuándo podré ver un poco la tele, dejar la mente en blanco e ir a dar un paseo a alguna parte yo solo, sin que me lleven mis padres de aquí para allá?”. No obstante, los padres suelen responderle: “Si no estudias, en el futuro tendrás que mendigar comida. Mira lo poco prometedor que eres. Todavía no es momento de jugar, ya lo harás cuando seas mayor. Si juegas ahora, no tendrás éxito en el futuro; si lo haces más adelante, te divertirás más y mejor, hasta podrás viajar al extranjero. ¿No has visto a toda esa gente rica por el mundo? ¿Jugaban cuando eran jóvenes? Se limitaban a estudiar”. Sus padres les mienten. ¿Acaso han visto con sus propios ojos que esa gente rica no jugaba y solo se dedicaba a estudiar? ¿Entienden algo sobre eso? Es un hecho constatado que algunas de las personas más ricas y poderosas del mundo nunca han ido a la universidad. A veces los padres engañan a sus hijos. Antes de que alcancen la edad adulta, les cuentan todo tipo de mentiras a fin de dominar su futuro, controlarlos y obligarlos a obedecer. Desde luego, a causa de ello, también padecen toda clase de sufrimientos y pagan todo tipo de precios. Este es el denominado “amor encomiable de un padre”.

Los padres depositan muchas esperanzas en sus hijos a fin de convertir en realidad las expectativas que tienen hacia su descendencia. Por tanto, no solo los educan, guían e influencian por medio de sus palabras, al mismo tiempo también se sirven de acciones concretas para controlar a sus hijos y hacer que los obedezcan, que obren y vivan conforme a la trayectoria que ellos han diseñado y a la dirección que han fijado. Con independencia de si sus hijos están o no dispuestos a hacer esto, al final los padres solo dicen una cosa: “¡Te arrepentirás si no me escuchas! Si no me obedeces ni te tomas en serio tus estudios, algún día lo vas a lamentar, y no acudas a mí entonces, ¡no me digas que no te lo advertí!”. En una ocasión nos hallábamos en cierto edificio para resolver unos asuntos y vimos a unos mozos de mudanza que subían muebles por las escaleras con mucho esfuerzo. Se toparon de frente con una madre que iba bajando con su hijo. Si una persona normal se encontrara esta escena, diría: “Están subiendo muebles, vamos a apartarnos de su camino”. Los que bajan se tendrían que dar prisa en quitarse del medio, sin chocarse con nada ni molestar a los mozos. Sin embargo, cuando la madre se encontró con la escena, aprovechó la oportunidad para empezar a ejercer un poco de educación situacional. Todavía tengo muy fresco en la memoria lo que dijo. ¿Qué fue? Dijo: “Mira lo pesadas que son las cosas que están subiendo, debe ser agotador. No se tomaron en serio los estudios cuando eran niños y ahora no encuentran buenos trabajos, así que tienen que cargar muebles y trabajar muy duro. ¿Te das cuenta?”. El hijo pareció entenderlo en parte y creía que lo que decía su madre era correcto. Una expresión sincera de miedo, terror y convicción apareció en sus ojos, y asintió con la cabeza antes de volver a mirar a los mozos. La madre se valió de esta ocasión para no perder el tiempo y darle una lección a su hijo, le dijo: “¿Lo ves? Si no te tomas en serio los estudios cuando eres joven, cuando seas mayor tendrás que cargar muebles y trabajar muy duro como ellos para poder ganarte la vida”. ¿Eran ciertas estas afirmaciones? (No). ¿En qué se equivocaban? La madre aprovechaba cualquier oportunidad para darle lecciones a su hijo, ¿cuál crees que era el estado mental de este al oír aquello? ¿Fue capaz de discernir si estos enunciados eran correctos o equivocados? (No). Entonces, ¿qué es lo que pensó? (“Si no me tomo en serio los estudios, tendré que trabajar así de duro en el futuro”). Pensó: “Oh, no, los que tienen estos trabajos tan pesados no se tomaron en serio los estudios. Debo escuchar a mi mamá y esforzarme mucho. Mi mamá tiene razón, todo el que no estudia acaba trabajando duro”. Las ideas que recibe de su madre se convierten en verdades para toda la vida en su corazón. Decidme, ¿no es esta madre una idiota? (Sí). ¿En qué sentido? Si se sirve de esta cuestión para incitar a su hijo al estudio, ¿acaso eso asegura que vaya a llegar a algo en el futuro? ¿Garantiza que no le hará falta trabajar muy duro ni sudar? ¿Es bueno que la madre use esta situación, esta escena, para meterle miedo a su hijo? (Es malo). Va a proyectar una sombra de por vida sobre él. No es nada bueno. Aunque el niño adquiera un poco de discernimiento sobre estas palabras cuando crezca, todavía le resultará difícil eliminar de su corazón y su subconsciente esta teoría que la madre le expuso. En cierta medida, engañará y atará sus pensamientos y orientará sus puntos de vista sobre las cosas. La mayoría de las expectativas que los padres tienen respecto a sus hijos antes de que lleguen a adultos son que puedan estudiar mucho, esforzarse, esmerarse y no quedarse cortos en cuanto a sus expectativas. Por tanto, antes de que sus hijos lleguen a adultos, los padres hacen de todo por ellos sin importar el coste; sacrifican su propia juventud, sus años y su tiempo, además de su salud y su vida normal. Algunos incluso renuncian a sus propios trabajos, a sus viejas aspiraciones o hasta a su propia fe, a fin de formar a sus hijos y ayudarles en sus estudios de la escuela. En la iglesia hay bastante gente que pasa todo el tiempo con sus hijos, los forman, para poder permanecer a su lado a medida que crecen, para que tengan carreras de éxito, un trabajo estable y exitoso en el futuro. Estos padres no van a las reuniones ni cumplen deberes. Albergan en el corazón ciertas exigencias relativas a su propia fe y poseen algo de determinación y algunas aspiraciones, pero como no pueden desprenderse de las expectativas que tienen hacia sus hijos, eligen acompañarlos durante este periodo anterior a alcanzar la edad adulta, abandonan sus propios deberes como seres creados y sus propias búsquedas en la fe. Es algo muy trágico. Algunos padres pagan muchos precios al formar a sus hijos para que se conviertan en actores, artistas, escritores o científicos, y hacen lo posible para que satisfagan sus expectativas. Dejan su trabajo, abandonan su carrera e incluso sus propios sueños y su felicidad para acompañar a sus hijos. Incluso hay padres que renuncian a su vida de casados por ellos. Tras divorciarse, asumen la pesada carga de educar y formar a sus hijos por sí solos, apuestan su vida a esa carta, y se dedican por entero al futuro de estos con tal de hacer realidad las expectativas que tienen puestas en ellos. También hay padres que hacen muchas cosas que no deberían, que pagan precios innecesarios, sacrifican su tiempo, su salud física y sus aspiraciones antes de que sus hijos lleguen a la edad adulta, con el objetivo de que en el futuro estos puedan progresar en el mundo y encuentren su sitio en la sociedad. En un aspecto, se trata de sacrificios innecesarios para los padres. En otro, estos planteamientos suponen para los hijos una enorme presión y una carga que acarrean hasta la vida adulta. Esto se debe a que sus padres han pagado un precio demasiado alto, han gastado en exceso tanto en cuestiones monetarias como de tiempo o energía. No obstante, puesto que todavía carecen de la capacidad para discernir lo correcto de lo incorrecto, los hijos no tienen elección antes de alcanzar la adultez; solo pueden dejar que sus padres obren de esta manera. Aunque alberguen algún pensamiento en el fondo de su mente, acatarán las acciones de sus padres. En tales circunstancias, los niños comienzan de manera imperceptible a pensar que sus padres han pagado un gran precio para formarlos y que no van a lograr retribuirlos ni recompensarlos por completo en esta vida. Por consiguiente, durante el tiempo que sus padres se pasan formándolos y acompañándolos, creen que lo único que pueden hacer para corresponderlos es hacerlos felices, alcanzar grandes metas para satisfacerlos y no decepcionarlos. En cuanto a los padres, a lo largo de este periodo previo a que sus hijos sean adultos, después de haber pagado estos precios y a medida que sus esperanzas respecto a su descendencia se vuelven cada vez mayores, su mentalidad se torna poco a poco en exigencia hacia sus hijos. Es decir, después de que los padres hayan pagado estos supuestos precios y realizado estos supuestos gastos, demandan que sus hijos tengan éxito y logren grandes cosas para retribuirles. Por tanto, ya miremos esto desde la perspectiva de un padre o de un hijo, en esta relación de “gastarse para” y “ser gastado para”, las expectativas que los padres tienen de los hijos son cada vez mayores. Esta última frase es una buena manera de referirse a ello. En realidad, en el fondo del corazón de los padres, mientras más gastan y se sacrifican, más piensan que sus hijos deberían retribuirlos con su éxito y, a su vez, más creen que los hijos están en deuda con ellos. A medida que los padres gastan más, y mientras mayores son las esperanzas que tienen, más altas son sus expectativas respecto a que sus hijos les retribuyan. Las esperanzas que depositan en su descendencia antes de que llegue a la edad adulta, desde “han de aprender muchas cosas, no pueden perder en la línea de salida” a “cuando crezcan tienen que progresar en el mundo y consolidarse en la sociedad”, se convierten poco a poco en una especie de exigencia para con sus hijos. El requerimiento es el siguiente: cuando crezcas y te consolides en la sociedad, no te olvides de tus raíces, no te olvides de tus padres, tienes que retribuirlos primero, has de mostrarles piedad filial y ayudarles a llevar una buena vida, porque son tus benefactores en este mundo, son las personas que te formaron. Que estés consolidado ahora en la sociedad, además de aquello de lo que disfrutas y lo que posees, todo se compró con los denodados esfuerzos de tus padres, así que debes emplear el resto de tu vida en retribuirles, recompensarlos y ser bueno con ellos. Las expectativas que los padres tienen hacia sus hijos antes de que alcancen la edad adulta, como que se consoliden en la sociedad y progresen en el mundo, evolucionan hasta este punto, poco a poco pasan de una esperanza parental normal a una especie de exigencia y requerimiento que los padres les hacen a sus hijos. Supongamos que estos niños no sacan buenas notas durante este periodo anterior a llegar a adultos; digamos que se rebelan, que no quieren estudiar ni obedecer a sus padres y los desobedecen. Sus padres dirán: “¿Crees que para mí es fácil? ¿Para quién crees que hago todo esto? Lo hago por tu propio bien, ¿no te das cuenta? Todo lo que hago, lo hago por ti y tú no lo aprecias. ¿Acaso eres estúpido?”. Emplearán estas palabras para intimidar a sus hijos y mantenerlos prisioneros. ¿Es correcto este planteamiento? (No). No lo es. Esta parte tan “noble” de los padres es a la vez la más despreciable. ¿Qué tienen exactamente de malo estas palabras? (Que los padres tengan expectativas puestas en sus hijos y los formen es una tarea unilateral. Les imponen cierta presión, les hacen estudiar esto y aquello a fin de que tengan un buen futuro, les den una alegría a sus padres y les muestren piedad filial en el futuro. En realidad, todo lo que hacen los padres es para sí mismos). Si dejamos de lado el hecho de que los padres son interesados y egoístas, y solo hablamos sobre las ideas con las que adoctrinan a sus hijos antes de que estos lleguen a adultos, de la presión que ejercen sobre ellos al exigirles que estudien esto o aquello, que cuando sean mayores se dediquen a tal o cual carrera y que logren un éxito de este o tal calibre; ¿cuál es la naturaleza de estos planteamientos? Por ahora, no vamos a evaluar por qué los padres hacen tales cosas o si estos planteamientos son o no apropiados. Primero vamos a compartir y diseccionar la naturaleza de dichos planteamientos y encontrar una senda de práctica más precisa basada en nuestro análisis de su esencia. Si compartimos sobre este aspecto de la verdad y llegamos a entenderlo desde esa perspectiva, será acertado.

En primer lugar, ¿son estas exigencias y planteamientos que tienen los padres respecto a sus hijos correctos o incorrectos? (Son incorrectos). Al final, ¿a qué se pueden achacar fundamentalmente estos planteamientos que los padres utilizan con sus hijos? ¿Las expectativas que tienen hacia ellos? (Sí). En la conciencia subjetiva de los padres, se prevén, planifican y determinan distintos asuntos relativos al futuro de los hijos que finalmente generan dichas expectativas. Alentados por ellas, los padres exigen a sus hijos que se formen para desarrollar ciertas habilidades, que aprendan teatro, danza, arte, etcétera. Les demandan que se conviertan en personas talentosas y que a partir de entonces sean los superiores, no los subordinados. Les exigen que sean funcionarios de alto rango y no meros reclutas; los obligan a que se conviertan en los gerentes, directores generales y ejecutivos que trabajen para una de las 500 empresas más importantes del mundo, y demás. Estas son las ideas subjetivas de los padres. Ahora bien, ¿tienen los hijos idea de las expectativas de sus padres antes de alcanzar la edad adulta? (No). No tienen noción alguna de tales cosas, no las entienden. ¿Qué entienden los niños pequeños? Lo único que comprenden es sobre ir a la escuela a aprender a leer, estudiar mucho y ser buenos y educados. Eso, en sí, está bastante bien. Hay que ir a la escuela, asistir a clase en el horario estipulado y volver a casa para terminar los deberes; eso es lo que entienden los niños. El resto de su tiempo es solo jugar, comer, tener fantasías, sueños, etcétera. Los niños no se forman ningún concepto relativo a aquello que les aguarda en sus sendas de vida antes de alcanzar la adultez, ni tampoco se lo imaginan. Todo aquello que estos niños imaginan o determinan acerca del periodo posterior a alcanzar la edad adulta proviene de sus padres. Así pues, las esperanzas erróneas que los padres depositan en sus hijos no tienen nada que ver con estos. Los hijos solo necesitan discernir la esencia de las expectativas de sus padres. ¿En qué se basan? ¿De dónde provienen? De la sociedad y del mundo. La finalidad de todas estas expectativas de los padres es permitir a los hijos adaptarse a este mundo y a esta sociedad, impedir que sean expulsados de ambos y posibilitar su consolidación en la sociedad y el acceso a un empleo seguro, a una familia y a un futuro estables y, de este modo, los padres ostentan diversas expectativas subjetivas para su descendencia. Por ejemplo, ahora mismo está bastante de moda ser ingeniero informático. Se dice: “Mi hijo va a ser ingeniero informático. En ese campo se gana mucho dinero, van de un lado a otro con una computadora ejerciendo la ingeniería informática. ¡Y de paso yo también quedo bien como padre!”. En estas circunstancias, en las que los niños no tienen idea de nada en absoluto, los padres disponen de su futuro. ¿Acaso no es una equivocación? (Lo es). Los padres depositan esperanzas en sus hijos sobre una base totalmente fundamentada en la forma de ver las cosas de los adultos, y también en las opiniones, perspectivas y preferencias de estos sobre las cuestiones del mundo. ¿No es eso subjetivo? (Sí). Para expresarlo con delicadeza, podría decirse que es subjetivo, pero ¿qué es en realidad? ¿Qué otra interpretación tiene esa subjetividad? ¿Acaso no es egoísmo? ¿No es coacción? (Sí). Te gusta este o aquel trabajo y tal o cual carrera, disfrutas de estar consolidado, vives una vida glamurosa, te desempeñas como funcionario o cuentas con una posición acomodada en la sociedad, así que obligas a tus hijos a hacer también lo mismo, a ser la misma clase de persona y a caminar por el mismo tipo de senda, pero ¿disfrutarán ellos viviendo en ese entorno y ejerciendo ese trabajo en el futuro? ¿Son buenos para eso? ¿Cuál es su destino? ¿Cuáles son los planes y las decisiones de Dios con respecto a ellos? ¿Sabes algo de esto? Hay quien dice: “Todo eso me parece irrelevante, lo que importa es lo que me guste a mí como padre. Mis preferencias dictarán las esperanzas que deposite en mis hijos”. ¿No es una perspectiva muy egoísta? (Sí). ¡Es muy egoísta! Dicho de manera amable, es muy subjetivo; ellos llevan la voz cantante, pero ¿cómo es en realidad? ¡Muy egoísta! Estos padres no tienen en consideración el calibre o los talentos de sus hijos, no les importan los arreglos que Dios dispone para el destino y la vida de cada persona. No toman en cuenta nada de eso, se limitan a imponer sus propias preferencias, intenciones y planes a sus hijos mediante pensamientos ilusorios. Alguna gente dice: “Tengo que imponerles estas cosas a mis hijos. Son muy jóvenes para entenderlas, y cuando lo hagan ya será demasiado tarde”. ¿Esto es acertado? (No). Si de verdad llega a ser demasiado tarde, es porque es su destino, no es responsabilidad de los padres. Si impones a tus hijos aquello que tú entiendes, ¿lo van a entender ellos más rápido solo porque lo hagas tú? (No). No existe relación entre cómo educan los padres a sus hijos y cuándo llegan estos a entender cuestiones como qué clase de senda de vida o qué carrera elegir, o cómo serán sus vidas. Los hijos cuentan con su propia senda, su propio ritmo y sus propias leyes. Piénsalo, cuando son pequeños, su conocimiento de la sociedad es totalmente nulo, da igual cómo los hayan educado sus padres. Una vez que madure su humanidad, empezarán a ser conscientes de la competitividad, la complejidad y la oscuridad de la sociedad, y de las muchas cosas injustas que suceden en ella. Esto no es algo que los padres puedan enseñar a sus hijos desde una edad temprana. Aunque desde pequeños les eduquen en que: “Debes guardarte algo cuando te relaciones con la gente”, ellos solo se lo tomarán como una especie de doctrina. Lo entenderán de veras cuando sean realmente capaces de obrar según el consejo de sus padres. Si no alcanzan a entenderlo, el empeño que pongan en educarlos carece de sentido, pues para los hijos seguirá siendo una especie de doctrina. Por tanto, la idea que tienen los padres de que “El mundo es muy competitivo y la gente vive bajo mucha presión; si no empiezo a educar a mis hijos desde muy jóvenes, en el futuro padecerán sufrimiento y dolor”, ¿acaso es sostenible? (No). Obligas a tus hijos a asumir esa presión muy pronto, a fin de que sufran menos en el futuro, y empiezan a cargar con ella a una edad en la que todavía no entienden nada. ¿No les haces daño con esta forma de actuar? ¿De verdad es por su propio bien? Lo mejor es que no entiendan nada de esto, así, podrán vivir unos cuantos años de una manera cómoda, feliz, pura y simple. Si lo entendieran todo tan pronto, ¿sería una bendición o una desgracia? (Una desgracia). Sí, sería una desgracia.

Lo que cada uno debe hacer en determinada etapa de la vida depende de su edad y de la madurez de su humanidad, no de la educación que reciba de sus padres. Antes de llegar a la edad adulta, los niños deberían limitarse a jugar, a adquirir unos pocos conocimientos sencillos y a recibir algo de educación básica, a aprender diferentes cosas, a relacionarse con otros niños, a llevarse bien con los adultos y aprender a lidiar con ciertos elementos de su entorno que no entienden. No deberían hacer cosas de adultos antes de serlo. No tienen por qué soportar ninguna presión, normas u otras complicaciones que a los adultos no les queda otro remedio que asumir. Tales exigencias provocan daños psicológicos en aquellos que no han llegado a adultos, y no representan ningún tipo de beneficio. Mientras más pronto aprendan sobre estas cuestiones propias de los adultos, mayor será el golpe para sus jóvenes mentes. No solo no van a servir de ayuda en absoluto para sus vidas o existencias una vez que alcancen la edad adulta, sino todo lo contrario. Al conocer o encontrarse prematuramente con dichas cuestiones, estas se tornan en una especie de carga o proyectan una sombra invisible en las mentes de los niños, hasta el punto de que puede que los atormenten toda la vida. Pensadlo, cuando la gente muy joven oye algo terrible, algo que es incapaz de aceptar, algún asunto de adultos que nunca sería capaz de imaginar ni entender, esa escena o esa cuestión, o incluso las personas, objetos y palabras vinculados a ella, la acompañarán toda la vida. Proyectará una especie de sombra en ellos, afectará sus personalidades y sus maneras de conducirse en la vida. Por ejemplo, todos los niños son un poco traviesos a los seis o siete años. Supongamos que un maestro regaña a un niño por cuchichear con otro en mitad de clase, y el maestro no solo lo reta de manera directa, sino que lo ataca personalmente, le dice que tiene cara de hurón y ojos de rata, y hasta lo reprende así: “Mira lo poco prometedor que eres. ¡Vas a ser un fracasado toda tu vida! Si no estudias mucho, en el futuro no serás más que un jornalero. ¡Tendrás que mendigar comida! Tienes pinta de ladrón, eso es lo que pareces”. Aunque el niño no entiende lo que le dice, ni por qué o si es verdad o no, tales palabras, este ataque personal, se convertirán en una especie de fuerza invisible y malvada en su corazón, perforarán su autoestima y le harán daño. “¡Tienes cara de hurón, ojos de rata y una cabeza diminuta!”, las palabras utilizadas en este ataque personal por parte de su maestro lo perseguirán toda la vida. Cuando elija una carrera, cuando se enfrente a sus superiores y compañeros de trabajo o a sus hermanos y hermanas, ese ataque personal de su maestro aflorará de vez en cuando y afectará sus emociones y su vida. Por supuesto, algunas de las expectativas inadecuadas que tus padres tienen hacia ti y ciertas emociones, mensajes, palabras, pensamientos, puntos de vista y otras cosas que te han transmitido también proyectan una sombra sobre tu joven mente. Si lo vemos desde la perspectiva de su conciencia subjetiva, tus padres no albergan malas intenciones, pero debido a su ignorancia y a que son humanos corruptos no disponen de métodos adecuados que se ajusten a los principios relacionados con cómo tratarte; solo son capaces de seguir los modos de trato que siguen las tendencias del mundo y, como resultado, te transmiten mensajes y emociones negativas de diversa índole. En circunstancias en las que careces de todo discernimiento, cualquier cosa que digan tus padres y todas las ideas erróneas que te inculcan y fomentan se vuelven dominantes en ti porque te has visto expuesto a ellas en primer lugar. Se convierten en la meta de tu búsqueda y en la lucha que mantienes durante toda la vida. Aunque las expectativas que tus padres depositan en ti antes de que llegues a la edad adulta suponen una especie de golpe y desconsuelo para tu joven mente, sigues viviendo sometido a ellas, además de a los precios que tus padres pagan por ti, entiendes sus decisiones y aceptas y les agradeces sus múltiples actos de gentileza. Tras aceptar los diferentes esfuerzos y sacrificios que hacen por ti, te sientes en deuda con tus padres, en el fondo de tu corazón te avergüenzas de enfrentarte a ellos y te parece que debes retribuirlos cuando crezcas. ¿Retribuirles qué? ¿Sus expectativas irrazonables hacia ti? ¿La desolación que te han causado antes de hacerte adulto? ¿Acaso no es eso confundir el blanco con el negro? En realidad, si hablamos desde la raíz y la esencia del asunto, las expectativas de tus padres solo son subjetivas, solo son pensamientos ilusorios. En absoluto son cosas que los hijos deban poseer, practicar ni vivir, ni tampoco algo que necesiten. Para seguir las tendencias del mundo, adaptarse a este y mantener el ritmo de su progreso, tus padres te obligan a seguir todo ello, a soportar esta presión y a aceptar y seguir estas tendencias malvadas. Por tanto, ante las fervientes expectativas de sus padres, muchos niños se esfuerzan y se forman en variadas destrezas, toman diferentes cursos y adquieren distintos tipos de conocimientos. Pasan de intentar satisfacer las expectativas de sus padres, a buscar de manera proactiva los objetivos pretendidos a raíz de ellas. En otras palabras, antes de llegar a la edad adulta, aceptan las expectativas de sus padres de forma pasiva y, una vez que poco a poco se convierten en adultos, adoptan de forma proactiva las expectativas de la conciencia subjetiva de sus padres, y aceptan de buen grado este tipo de presión y esta desorientación, el control y la atadura procedentes de la sociedad. En resumen, poco a poco pasan de participantes pasivos a activos en el asunto. De este modo, sus padres se sienten satisfechos. En los hijos también surge una sensación de paz interior, de que no han decepcionado a sus padres, de que al fin les han dado lo que desean y de que han crecido. Y crecer no solo implica hacerse adulto, sino convertirse en individuos con talento a ojos de sus padres y estar a la altura de sus expectativas. Aunque logren ambas cosas, y en apariencia parezca que han retribuido los precios que pagaron sus padres y que sus expectativas hacia ellos no han quedado en nada, ¿cuál es la realidad? Sus logros son haber conseguido convertirse en marionetas de sus padres, haber contraído una enorme deuda con estos y dedicarse el resto de sus vidas a hacer realidad las expectativas que depositaron en ellos, representar un espectáculo en su honor, traerles crédito y prestigio, satisfacerlos y convertirse en su orgullo y su alegría. Allá donde vayan sus padres, mencionan a sus hijos. “Mi hija es la gerente de tal o cual empresa”. “Mi hija es la diseñadora de esta o aquella marca famosa”. “Mi hija tiene un nivel no sé cuántos en esa lengua extranjera, la habla con fluidez, es traductora de no sé qué idioma”. “Mi hija es ingeniera informática”. Estas hijas han logrado convertirse en el orgullo y la alegría de sus padres, y han llegado a convertirse en la sombra de estos, porque ellas van a usar los mismos métodos para educar y formar a sus propios hijos. Les parece que sus padres las han formado con éxito, así que van a copiar esos métodos educativos para formar a sus propios hijos. De este modo, su descendencia tendrá que soportar la misma miseria, el mismo trágico sufrimiento y la misma desolación que sus padres causaron en ellas.

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