Cómo perseguir la verdad (19) Parte 3

Hay dos aspectos involucrados en las expectativas de los padres hacia su descendencia. Uno está relacionado con las expectativas que albergan durante el periodo formativo de los hijos, y el otro con las que tienen cuando estos se hacen adultos. La vez anterior, nuestra charla trató brevemente este segundo aspecto. ¿Sobre qué compartimos? (Dios, compartimos acerca de las esperanzas de los padres de que sus hijos tengan un entorno laboral sin sobresaltos, matrimonios felices y satisfactorios y carreras exitosas). En general, hablamos sobre eso. Una vez que los padres crían a los hijos hasta la edad adulta, estos se hacen mayores y afrontan circunstancias relacionadas con el trabajo, la carrera, el matrimonio, la familia y el hecho de vivir por sus propios medios de forma autónoma, e incluso la crianza de su propia descendencia. Dejarán a su padre y a su madre y serán independientes, afrontarán solos cualquier problema que encuentren en la vida. Como ya son mayores, los padres ya no cargan con la responsabilidad de cuidar de la salud física de sus hijos o de involucrarse de manera directa en sus vidas, su trabajo, matrimonio, familia, etcétera. Por supuesto, debido a los lazos emocionales y familiares, los padres pueden aportar un cuidado superficial, brindar algún consejo ocasional, hacer unas cuantas sugerencias, servir de ayuda desde el papel de alguien con experiencia o aportar de manera temporal la asistencia necesaria. En resumen, una vez que los hijos se convierten en adultos, los padres ya han cumplido con la mayor parte de sus responsabilidades hacia ellos. Por tanto, ciertas expectativas que puedan tener los padres respecto a sus hijos adultos son innecesarias, al menos desde Mi punto de vista. ¿Por qué son innecesarias? Porque al margen de las proyecciones que hagan sobre el futuro de sus hijos, ya sea con respecto al tipo de matrimonio, familia, trabajo o la carrera que esperan que tengan, si van a ser ricos o pobres, o cualquiera de ellas, no son más que eso, expectativas y, como adultos, la vida de sus hijos depende, en última instancia, de ellos mismos. Por supuesto, si nos referimos a lo esencial, Dios dispone el destino de la totalidad de su vida y si será rico o pobre. Los padres no tienen la responsabilidad ni la obligación de supervisar estos temas, ni tampoco el derecho a intervenir. Por tanto, las expectativas de los padres no son más que una especie de buenos deseos cimentados en su afecto. Ningún padre quiere que su hijo sea pobre, soltero o divorciado, que tenga una familia disfuncional o pase apuros en el trabajo. Nadie espera eso para su hijo o hija, no cabe duda de que les desean lo mejor. Sin embargo, si las expectativas de los padres entran en conflicto con la realidad de la vida de sus hijos, o si esa realidad contradice sus expectativas, ¿cómo han de abordarlo? Necesitamos compartir sobre ello. Como padres, en cuanto a la actitud que uno debe adoptar frente a sus hijos adultos, aparte de bendecirlos en silencio y depositar en ellos buenas expectativas, y con independencia de su modo de sustento y el destino o la vida que posean, a los padres no les queda más remedio que aceptarlos. Ningún padre puede cambiar nada de esto, ni tampoco controlarlo. Aunque engendraste a tus hijos y los criaste, como hemos discutido antes, los padres no son los amos del destino de sus hijos. Conciben su cuerpo físico y los crían hasta que son adultos, pero en cuanto a la clase de destino que tendrán, sus padres no se lo conceden ni lo eligen y, desde luego, no lo deciden. Quieres que a tus hijos les vaya bien, pero ¿garantiza eso que sea así? No deseas que se enfrenten a desgracias, a la mala suerte ni a cualquier tipo de sucesos desafortunados, pero ¿significa eso que puedan evitarlos? Independientemente de aquello a lo que se enfrenten los hijos, nada de eso está sujeto a la voluntad humana ni viene determinado por tus necesidades o expectativas. Entonces, ¿qué te dice esto? Desde que se han convertido en adultos, los hijos son capaces de cuidarse, de tener pensamientos, puntos de vista, sus propios principios de comportamiento y perspectivas sobre la vida independientes, y sus padres ya no ejercen ninguna influencia sobre ellos y tampoco los dominan, limitan o supervisan, por lo cual son verdaderos adultos. ¿Qué implica que se hayan convertido en adultos? Que sus padres deberían desprenderse. En el lenguaje escrito, a esto se le llama “desprenderse”, permitirles explorar de manera independiente y tomar su propia senda en la vida. ¿Qué decimos en el lenguaje hablado? “Echarse a un lado”. En otras palabras, los padres deberían dejar de darles órdenes a sus hijos adultos, de decirles cosas como: “Deberías buscar este empleo, trabajar en aquel sector de la industria. ¡No hagas eso, es demasiado arriesgado!”. ¿Resulta apropiado que los padres les den órdenes a sus hijos adultos? (No). Siempre quieren tener bajo control y al alcance de la vista las vidas, el trabajo, el matrimonio y la familia de sus hijos y, ante aquello que no conocen o no pueden controlar, se angustian, se inquietan, se sienten atemorizados y se preocupan, y dicen: “¿Y si mi hijo no considera ese asunto con cuidado? ¿Podría meterse en problemas legales? ¡No tengo dinero para juicios! Si lo demandan y no hay dinero, ¿podría acabar en la cárcel? Si acaba encerrado, ¿no es posible que acabe cumpliendo ocho o diez años de condena por las falsas acusaciones de las personas malvadas? ¿Lo dejará su mujer? ¿Quién cuidará de los hijos?”. Mientras más lo piensan, más preocupaciones aparecen. “A mi hija no le va bien en el trabajo, la maltratan todo el tiempo y su jefe tampoco es bueno con ella. ¿Qué podemos hacer? ¿Le encontramos otro empleo? ¿Tiramos de algunos hilos, hacemos contactos, invertimos algo de dinero y le conseguimos empleo en un departamento del gobierno donde tenga un trabajo ligero como funcionaria? Aunque el salario no sea alto, al menos no la van a tratar mal. Nunca nos vimos forzados a pegarle cuando era pequeña, la mimamos como a una princesa y ahora la acosan otras personas. ¿Qué debemos hacer?”. Se preocupan al punto de no comer ni dormir, y se les llena la boca de llagas debido a la ansiedad. Cuando sus hijos se enfrentan a cualquier cosa, se angustian y se lo toman a pecho. Quieren involucrarse en todo, meterse en cualquier situación. Cada vez que los hijos se enferman o se ven en alguna dificultad, les parece que agonizan y son desdichados, dicen: “Solo quiero que estés bien. ¿Por qué no lo estás? Quiero que no tengas problemas con nada, que te vaya exactamente como deseas, tal como has planeado. ¡Quiero que goces de éxito, que no tengas mala suerte, no te engañen, no te incriminen ni te metas en problemas legales!”. Algunos hijos hipotecan la casa durante treinta o cincuenta años. Sus padres se empiezan a preocupar: “¿Cuándo se van a liquidar todos esos préstamos? ¿Acaso no son unos esclavos de la hipoteca? Nuestra generación no necesitaba una hipoteca para comprar una casa. Vivíamos en apartamentos que proporcionaba la empresa y pagábamos una miseria por el alquiler mensual. Nuestra vida era muy relajada. Estos jóvenes lo tienen realmente complicado hoy en día; desde luego, no lo tienen fácil. Tienen que cargar con una hipoteca y, aunque vivan bien, trabajan todos los días a destajo, ¡están agotados! A menudo se quedan despiertos hasta tarde haciendo horas extra, sus horarios para comer y dormir son irregulares, siempre piden comida a domicilio, así que tanto su estómago como su salud sufren. Tengo que cocinarles y limpiarles la casa. He de hacerles la limpieza porque ellos no tienen tiempo, su vida es un desastre. Ahora soy una señora mayor de huesos viejos y no puedo hacer mucho, así que seré su criada. Si contratan a una de verdad, tendrán que gastar dinero y puede que no sea digna de confianza. Así que seré su criada y no les cobraré ni un centavo”. Entonces, se convierte en su sirvienta, les limpia a diario la casa, la ordena, cocina a la hora de comer, compra verduras y cereales y se encarga de un sinfín de responsabilidades. Pasa de ser una madre a ser una vieja sirvienta, una criada. Cuando sus hijos vuelven a casa y no están de buen humor, tiene que fijarse en qué cara traen y hablar con cautela hasta que vuelven a estar contentos y, solo entonces, puede estar ella contenta. Es feliz si sus hijos lo son y se preocupa cuando ellos se preocupan. ¿Vale la pena vivir así? No es muy diferente a perderse a uno mismo.

¿Les resulta posible a los padres asumir el coste de los destinos de sus hijos? A fin de perseguir la fama, el beneficio y los placeres mundanos, los hijos están dispuestos a soportar cualquier adversidad que encuentren. Además, como adultos, ¿está bien que se enfrenten a cualquier adversidad que sea necesaria para su propia supervivencia? Así como disfrutan, también deben estar preparados para sufrir, es lo natural. Sus padres han cumplido con sus responsabilidades, por lo que, independientemente de aquello que sus hijos deseen disfrutar, no deberían correr con los gastos. Por muy buena vida que los padres pretendan para sus hijos, si estos últimos quieren disfrutar de cosas buenas, los que deben soportar toda la presión y el sufrimiento son ellos mismos, no sus padres. Por tanto, si siempre quieren hacerlo todo por sus hijos y asumir el coste de sus dificultades, y de buen grado se convierten en sus esclavos, ¿acaso no es demasiado? Es innecesario porque excede lo que se espera de los padres. Otra razón importante es que, no importa qué o cuánto hagas por tus hijos, no puedes cambiar su destino ni aliviar su sufrimiento. Cada persona que intenta salir adelante en la sociedad, tanto si persigue la fama y el beneficio como si toma la senda correcta en la vida, debe asumir la responsabilidad de sus propios deseos e ideales como adulto, y ha de costearse su propio camino. Nadie debe encargarse de nada en su lugar; ni siquiera sus padres, las personas que los parieron y los criaron, las más cercanas a ellos, están obligadas a pagar ni a compartir su sufrimiento. Los padres no son diferentes en este sentido porque no pueden cambiar nada. Por tanto, cualquier cosa que hagas por tus hijos es en vano. Siendo así, deberías renunciar a seguir este modo de proceder. Aunque probablemente los padres sean mayores y ya hayan cumplido con sus responsabilidades y obligaciones respecto a sus hijos, aunque cualquier cosa que hagan resulte insignificante a ojos de su descendencia, deben mantener su propia dignidad, sus propias búsquedas y contar con su propia misión que cumplir. Como alguien que cree en Dios y persigue la verdad y la salvación, deberías emplear la energía y el tiempo que te queda de vida en cumplir con tu deber y con aquello que Dios te ha encomendado; no deberías dedicar nada de tiempo a tus hijos. Tu vida no les pertenece y no debes consumirla en aras de su existencia o su supervivencia, ni en satisfacer tus expectativas respecto a ellos. En su lugar, deberías dedicarla al deber y a la tarea que Dios te ha encomendado, además de a la misión que deberías cumplir como ser creado. Aquí es donde radica el valor y el significado de tu vida. Si estás dispuesto a perder tu propia dignidad y a convertirte en esclavo de tus hijos, a preocuparte y hacer cualquier cosa por ellos para satisfacer tus propias expectativas hacia ellos, entonces todo esto carece de significado y valor, y no será recordado. Si insistes en hacerlo y no te desprendes de estas ideas y acciones, solo puede significar que no eres alguien que persigue la verdad, que no eres un ser creado apto y que eres bastante rebelde. No aprecias ni la vida ni el tiempo que Dios te da. Si gastas tu vida y tu tiempo solo en tu carne y tus afectos, y no en el deber que Dios te ha encomendado, tu existencia es innecesaria y carece de valor. No mereces vivir, no mereces disfrutar de la vida ni de todo lo que Él te ha concedido. Él solo te dio hijos para que disfrutaras del proceso de criarlos, para que ganaras experiencia de vida y conocimiento de ello como padre, para darte la oportunidad de experimentar algo especial y extraordinario en la vida humana, y luego permitir que tu descendencia se multiplicara… Por supuesto, también lo hizo para que cumplieras con la responsabilidad de un ser creado en calidad de padre. Es la responsabilidad y el rol como padre que Dios dispuso que cumplieras para con la próxima generación. Por una parte, es para que pasaras por este extraordinario proceso y, por otra, para que desempeñaras un papel en la reproducción de la siguiente generación. Una vez cumplida esta obligación, cuando tus hijos se convierten en adultos, si llegan a gozar de mucho éxito o si siguen siendo personas normales, sencillas y corrientes, nada tiene que ver contigo porque tú no determinas ni eliges y, desde luego, tampoco les concedes su destino, sino que lo ordena Dios. Dado que Él lo ha dispuesto, no debes entrometerte ni meter las narices en su vida ni en su supervivencia. Sus hábitos, sus rutinas diarias y su actitud ante la vida, cualquier estrategia de supervivencia que tengan, cualquier perspectiva de la vida y cualquier actitud ante el mundo son sus propias decisiones y no te conciernen. No tienes obligación alguna de corregirlos ni de sufrir por ellos para garantizar que sean felices todos los días. Todo esto es innecesario. Dios determina el destino de cada persona; por tanto, nadie puede por sí mismo predecir ni cambiar la cantidad de bendiciones o sufrimientos que experimenta en la vida, el tipo de familia, el matrimonio o los hijos que tenga, las experiencias que viva en la sociedad y los acontecimientos que vivencie en su existencia, y los padres tienen todavía menos capacidad para cambiarlos. Por consiguiente, si los hijos se encuentran con alguna dificultad, en caso de que los padres tengan la habilidad para hacerlo, deben ayudarlos de forma positiva y proactiva. Si no, mejor que se relajen y contemplen estos asuntos desde la perspectiva de seres creados y, de la misma manera, traten a sus hijos como seres creados. Ellos deben experimentar tu mismo sufrimiento, vivir tu vida, también atravesarán el mismo proceso que tú has vivenciado al criar a niños pequeños, así como los vericuetos, fraudes y engaños que experimentas en la sociedad y entre la gente, los enredos emocionales y los conflictos interpersonales, y cualquier cosa similar que hayas experimentado. Ellos, como tú, son todos seres humanos corruptos llevados por las corrientes de la maldad, los ha corrompido Satanás; no puedes escapar de tal cosa y ellos tampoco. Por tanto, pretender ayudarlos a evitar todo sufrimiento y disfrutar de todas las bendiciones del mundo es una ilusión tonta y una idea estúpida. Da igual lo amplias que puedan ser las alas de un águila, no pueden proteger a los jóvenes aguiluchos toda su vida. Llegarán a un punto en el que crezcan y vuelen solos. Cuando la joven ave elige volar sola, nadie sabe en qué tramo de cielo o dónde elegirá hacerlo. Por tanto, la actitud más racional para los padres después de que crezcan sus hijos es la de desprenderse, dejar que experimenten la vida por sí mismos, permitirles vivir de manera independiente y afrontar, manejar y resolver por su propia cuenta los diversos desafíos de la existencia. Si buscan tu ayuda, y tienes la capacidad y las condiciones para dársela, por supuesto, puedes echarles una mano y aportarles la ayuda necesaria. Sin embargo, el requisito previo es que, sin importar la ayuda que les proporciones, ya sea financiera o psicológica, solo puede ser temporal y no puede cambiar ningún problema sustancial. Deben transitar su propia senda en la vida y no tienes la obligación de cargar con ninguno de sus asuntos o sus consecuencias. Esta es la actitud que los padres deben tener hacia sus hijos adultos.

Una vez que los padres entienden las actitudes que deben adoptar con sus hijos adultos, ¿deberían desprenderse también de las expectativas que tienen hacia ellos? Algunos padres ignorantes no son capaces de comprender la vida ni el destino, no reconocen la soberanía de Dios y tienden a manifestar comportamientos ignorantes respecto a sus hijos. Por ejemplo, una vez que estos se independizan, puede que se encuentren con ciertas situaciones especiales, adversidades o grandes incidentes. Algunos afrontan enfermedades, otros, se ven involucrados en demandas judiciales, se divorcian, los engañan o los estafan, a otros los secuestran, les hacen daño, les dan brutales palizas o se enfrentan a la muerte. Algunos hijos, incluso, caen en el abuso de drogas y en otras cosas. ¿Qué deberían hacer los padres en estas situaciones especiales y significativas? ¿Cuál es la típica reacción de la mayoría de ellos? ¿Hacen lo que les corresponde como seres creados con identidad de padres? No es común que se enteren de este tipo de asuntos y reaccionen como si le hubiera pasado a un extraño. La mayoría de los padres se pasa la noche en vela hasta que su cabello se vuelve gris, pierde el sueño una noche tras otra, no tiene apetito durante el día, se devana los sesos pensando. Algunos incluso lloran con amargura, al punto que se les enrojecen los ojos y se quedan sin lágrimas. Oran con fervor a Dios, para que tenga en cuenta su fe y proteja a sus hijos, les muestre Su favor y los bendiga, para que sea misericordioso con ellos y les perdone la vida. En esa situación, quedan de manifiesto sus debilidades y vulnerabilidades humanas y sentimientos hacia sus hijos. ¿Qué más se pone de manifiesto? Su rebeldía contra Dios. Le imploran y le oran, le suplican que aleje a sus hijos de las desgracias. Si ocurre alguna catástrofe, oran para que sus hijos no mueran, puedan escapar del peligro, los malhechores no les hagan daño, sus enfermedades se alivien y no se agraven, etcétera. ¿Para qué oran en realidad? (Dios, estas oraciones son exigencias hacia Él, con un matiz de queja). Por una parte, están extremadamente descontentos con la difícil situación de sus hijos, se quejan de que Dios no debería haber permitido que les sucedieran tales cosas. Su insatisfacción se mezcla con la queja y le piden a Dios que cambie de opinión, que no actúe así, que aparte a sus hijos del peligro, que los mantenga a salvo, que cure su enfermedad, los ayude a escapar de los litigios, a evitar el desastre cuando ocurra, etcétera. En resumen, que todo vaya bien. Al orar así, por una parte, le reclaman a Dios, y por otra, le hacen exigencias. ¿Acaso no manifiestan rebeldía? (Sí). Dicen de manera implícita que lo que Dios hace no es correcto ni bueno, que no debería actuar así. Como se trata de sus hijos y creen en Dios, consideran que Él no debería permitir que les pasaran estas cosas. Sus hijos son diferentes a los demás, deberían tener preferencia a la hora de recibir bendiciones de Dios. Su fe en Él es motivo para que Dios bendiga a sus hijos y, si no lo hace, se angustian, lloran, cogen una rabieta y ya no quieren seguirlo. Si su hijo muere, sienten que ellos tampoco pueden seguir viviendo. ¿Es ese el sentimiento que tienen en mente? (Sí). ¿No se trata de una forma de protestar contra Dios? (Sí). Es protestar contra Él. Es como los perros que exigen que los alimenten a su hora y se ponen rabiosos si se produce el menor retraso. Agarran el cuenco con la boca y lo golpean contra el suelo: ¿acaso no es ilógico? (Sí). Si les das carne un par de días consecutivos, pero a veces pasan un día sin comerla, es posible que, de acuerdo con el temperamento propio de un animal, vuelquen la comida o cojan el cuenco con la boca y lo aporreen contra el suelo, para decirte que quieren carne, que creen que te corresponde dársela y que es inaceptable que no lo hagas. La gente puede ser igual de ilógica. Cuando sus hijos afrontan problemas, se queja a Dios, le hace exigencias y protesta contra Él. ¿Acaso no se comporta parecido a los animales? (Sí). Los animales no entienden la verdad ni las supuestas doctrinas y sentimientos humanos. En cierto modo, es entendible que monten escándalos o se comporten mal. Sin embargo, cuando la gente protesta contra Dios de esta manera, ¿es razonable? ¿Se la puede perdonar? Si los animales se comportan así, hay quien podría decir: “Esta criaturita tiene bastante carácter. Sabe incluso cómo protestar; es bastante lista. Supongo que no deberíamos subestimarla”. Le parece divertido y cree que este animal es cualquier cosa menos simple. Entonces, cuando un animal coge un berrinche, la gente lo respeta. Si alguien protestara contra Dios, ¿debería Él mostrar el mismo respeto y decir: “Este tipo viene con estas exigencias; ¡no son nada sencillas!”? ¿Tendría una buena opinión de ti? (No). Entonces, ¿cómo define Dios este comportamiento? ¿Acaso no es rebeldía? (Sí). ¿No saben los que creen en Dios que este comportamiento está mal? ¿Acaso no pasó hace mucho la época en la que “Bienaventurada será toda la familia de aquel que cree en el Señor”? (Sí). Entonces, ¿por qué siguen ayunando y orando así, y le imploran desvergonzadamente a Dios que proteja y bendiga a sus hijos? ¿Por qué se atreven todavía a protestar y pelear contra Dios, y dicen: “Si Tú no lo haces de esta manera, seguiré orando, ¡ayunaré!”? ¿Qué significa ayunar? Hacer huelga de hambre, lo que en otro sentido implica actuar con desvergüenza y tener una rabieta. Cuando alguien no manifiesta pudor frente a los demás, puede que patalee y diga: “Oh, mi hijo ha muerto, ya no quiero vivir más. ¡No puedo continuar!”. Ante Dios no se muestra así; en cambio, habla con bastante elegancia, dice: “Dios, te imploro que protejas a mi hijo y cures su enfermedad. Dios, Tú eres el gran médico que salva a la gente, Tú lo puedes todo. Te ruego que lo vigiles y lo protejas. Tu Espíritu está en todas partes. Eres justo, eres un Dios que le muestra misericordia a las personas. Te importan y las aprecias”. ¿Qué se quiere decir con esto? Nada de lo que afirma es un error, lo que sucede es que no es el momento adecuado para decirlo. Lo que insinúa es que si Dios no salva a tu hijo ni lo protege, si Él no cumple tus deseos, no es un Dios amoroso, carece de amor, no es un Dios misericordioso y no es Dios. ¿Me equivoco? ¿No es eso actuar con desvergüenza? (Sí). Los que actúan descaradamente, ¿honran la grandeza de Dios? ¿Tienen un corazón temeroso de Dios? (No). Aquellos que obran con desvergüenza son como los bribones, carecen de un corazón temeroso de Dios. Se atreven a pelear y protestar contra Dios, e incluso a obrar de un modo irracional. ¿No es esto lo mismo que buscar la muerte? (Sí). ¿Por qué son tan especiales tus hijos? Cuando Dios instrumenta o rige el destino de alguien, te parece bien mientras no tenga nada que ver contigo. Pero ¿consideras que no debería poder regir el destino de tus hijos? A ojos de Dios, toda la humanidad está bajo Su soberanía y nadie puede escapar de la soberanía y los arreglos dispuestos por la mano de Dios. ¿Por qué iban a ser tus hijos una excepción? Dios planea y ordena Su soberanía. ¿Está bien que tú quieras cambiarla? (No). No está bien. Por tanto, nadie debe hacer cosas tan necias e irrazonables. Todo aquello que Dios hace se basa en causas y efectos preestablecidos, ¿qué tiene que ver contigo? Si te resistes a la soberanía de Dios, buscas la muerte. Si no quieres que tus hijos experimenten esas cosas, lo haces desde el afecto, no desde la justicia, la misericordia o la amabilidad; es meramente el resultado de tu afecto. El afecto es el portavoz del egoísmo. No merece la pena exhibir esa emoción que tienes, ni siquiera puedes justificártela a ti mismo y, sin embargo, sigues queriendo usarla para chantajear a Dios. Los hay incluso que dicen: “¡Mi hijo está enfermo y, si muere, no voy a seguir viviendo!”. ¿De verdad te atreves a morir? ¡Intenta morirte entonces! ¿Tienen esas personas auténtica fe? ¿De verdad dejarías de creer en Dios si muriera tu hijo? ¿Qué puede cambiar su muerte? Si no crees en Dios, ni Su estatus ni Su identidad van a cambiar. Dios todavía es Dios. No es Dios porque creas en Él, ni tampoco deja de serlo por tu incredulidad. Aunque nadie en la humanidad creyera en Dios, Su identidad, Su esencia y Su estatus permanecerían inmutables. Siempre será el Único soberano sobre el destino de toda la humanidad y el mundo universal. Si crees o no carece de importancia. En caso de que creas, se te mostrará favor. Si no, no tendrás oportunidad de salvarte, ni lo lograrás. Amas y proteges a tus hijos, les tienes afecto y no puedes desprenderte de ellos, así que no permites que Dios haga nada. ¿Tiene esto sentido? ¿Concuerda con la verdad, la moralidad, o la humanidad? No concuerda con nada, ni siquiera con la moralidad, ¿no es cierto? No aprecias a tus hijos, los proteges, estás bajo la influencia de tus sentimientos. Dices, incluso, que no vas a seguir viviendo si tu hijo muere. Dado que eres tan irresponsable respecto a tu propia vida y no aprecias la que Dios te ha dado, si quieres vivir para tus hijos, entonces, adelante, muere con ellos. Da igual la enfermedad que contraigan, tú también deberías infectarte enseguida y morirte junto con ellos. O mejor busca una cuerda para ahorcarte, ¿no sería sencillo? Después de que mueras, ¿seréis tú y tus hijos de la misma clase? ¿Seguiréis teniendo la misma relación física? ¿Continuaréis sintiendo afecto el uno por el otro? Cuando regresas al otro mundo, cambias. ¿Acaso no será así? (Sí). Cuando la gente observa las cosas a través de sus ojos y juzga si son buenas o malas, o cuál es su naturaleza, ¿en qué confía? En sus pensamientos. Al mirar solo con sus ojos, no puede ver más allá del mundo material, no puede ver el reino espiritual. ¿Qué pasa por la mente de la gente? “En este mundo, aquellos que me engendraron y me criaron son para mí los más cercanos y queridos. Además, los amo. No importa cuándo, mi hijo siempre será el más cercano a mí y lo apreciaré eternamente más que a nadie”. Esta es la medida de su paisaje y horizonte mental, así es de “amplio”. ¿Es una necedad decirlo o no? (Lo es). ¿Acaso no es infantil? (Sí). ¡Muy infantil! La relación que tienen tus hijos contigo en esta vida solo es de sangre; y ¿qué relación tenían contigo en la vida pasada? ¿Dónde irán después de morir? Una vez que mueren, su cuerpo suelta el último aliento, su alma parte y se despiden por completo de ti. Ya no te reconocerán, ni siquiera se quedarán ni un segundo más, simplemente regresarán al otro mundo. Cuando regresan a ese otro mundo, lloras, los echas de menos y te sientes desdichado y atormentado, afirmas: “¡Oh, mi hijo ha muerto y jamás podré volver a verlo!”. ¿Tiene conciencia un muerto? No tiene conciencia de ti, no te echa de menos para nada. Una vez que abandona su cuerpo, se convierte enseguida en alguien ajeno y ya no tiene relación contigo. ¿Qué piensa de ti? Dice: “¿Por quién llora esa vieja, ese viejo? Oh, lloran por un cuerpo, me parece que me acaban de separar de ese cuerpo, ya no soy tan pesado ni tengo el dolor de la enfermedad, soy libre”. Eso es lo que sienten. Tras morir y abandonar su cuerpo, continúan existiendo en el otro mundo, aparecen de una forma diferente y ya no tienen relación contigo. Tú aquí los lloras y añoras, sufres por ellos, pero ellos ni sienten ni saben nada. Pasados muchos años, debido al destino o la coincidencia, es probable que se conviertan en tu colaborador o en tu compatriota, o puede que vivan lejos de ti. A pesar de que vivís en el mismo mundo, seréis dos personas diferentes sin conexión entre sí. Aunque alguien pueda acreditar que fue tal o cual en su vida pasada debido a circunstancias especiales o por algo concreto que se dijo, él no siente nada al verte y tú tampoco al verlo a él. Si bien en una vida anterior fue tu hijo, ahora no sientes nada por él, tú solo piensas en tu hijo fallecido. Él tampoco siente nada por ti. Tiene sus propios padres, su propia familia y un apellido diferente, no guarda relación contigo. Pero tú sigues ahí echándolo de menos. ¿Qué echas de menos? Solo el cuerpo físico y el nombre que una vez estuvo relacionado contigo por sangre; es solo una imagen, una sombra que permanece en tus pensamientos o en tu mente, sin auténtico valor. Se ha reencarnado, se ha transformado en humano o en cualquier otra criatura viva, no guarda relación contigo. Por tanto, cuando algunos padres dicen: “¡Si mi hijo muere, yo tampoco seguiré viviendo!”, es pura ignorancia. Su tiempo en esta vida ha llegado a su fin, pero ¿por qué ibas tú a dejar de vivir? ¿Por qué hablas con esa irresponsabilidad? La vida de tu hijo ha terminado, Dios ha cortado su hilo y ahora tiene otra tarea, ¿qué tiene que ver eso contigo? Si tú tienes otra tarea, Dios también te cortará a ti los hilos, pero todavía no es así, así que tienes que seguir viviendo. Si Dios te quiere vivo, no puedes morir. Independientemente de que se trate de tus padres, tus hijos o cualquier otro pariente o persona con vínculos de sangre en tu vida, en lo que respecta al afecto, la gente debe tener el siguiente punto de vista y comprensión: Si el afecto que existe entre las personas conlleva vínculos de sangre, basta con cumplir con la propia responsabilidad. Aparte de hacerlo, nadie tiene la obligación ni la capacidad de cambiar nada. Por tanto, resulta irresponsable que los padres digan: “Si nuestro hijo ha muerto, si como padres debemos enterrar a nuestro propio hijo, no vamos a seguir viviendo”. Si de veras los padres entierran a sus hijos, resulta evidente que ese era el tiempo con el que contaban en este mundo y tenían que marcharse. Pero sus padres permanecen aquí, así que deberían continuar viviendo bien. Por supuesto, de acuerdo con su humanidad, es normal que la gente piense en sus hijos, pero no debería malgastar el tiempo que le queda echando de menos a los que han fallecido. Es una necedad. Por tanto, al tratar este asunto, la gente debería, por una parte, responsabilizarse de su propia vida, y por otra, comprender por completo las relaciones familiares. La verdadera relación que existe entre las personas no se basa en lazos carnales y de sangre, sino en la que se establece entre un ser vivo y otro creado por Dios. Esta clase de relación no entraña lazos carnales y de sangre, se da solo entre dos seres vivos independientes. Si lo piensas desde semejante ángulo, como padre, cuando tus hijos sufren la desgracia de caer enfermos o de que su vida esté en peligro, debes afrontar estos asuntos adecuadamente. No deberías renunciar al tiempo que te queda, a la senda que deberías tomar o a las responsabilidades y obligaciones que has de cumplir a causa de las desgracias o la muerte de tus hijos; deberías afrontar este asunto correctamente. Si cuentas con los pensamientos y puntos de vista adecuados y puedes desentrañarlos, serás capaz de superar rápidamente la desesperación, la pena y la añoranza. Pero ¿y si no puedes desentrañarlos? Entonces es posible que te ronden el resto de tu vida, hasta el día que te mueras. Sin embargo, si eres capaz de desentrañar esta circunstancia, esta temporada de tu vida tendrá un límite. No durará para siempre, no te acompañará en la última parte de tu existencia. Si puedes comprenderlo en su totalidad, entonces puedes desprenderte de parte de ello, lo cual es algo bueno para ti. Pero si no desentrañas los lazos familiares que compartes con tus hijos, serás incapaz de desprenderte y resultará siendo cruel para ti. Ningún padre carece de emociones cuando su hijo muere. Cuando cualquier padre o madre experimenta tener que enterrar a su hijo, o si observa que este se halla en una situación desafortunada, pasa el resto de su vida pensando y preocupándose por él atrapado en el dolor. Nadie puede escapar de ello, supone una cicatriz y una marca indeleble en el alma. A nadie le resulta fácil desprenderse de su apego emocional mientras vive en la carne, así que se sufre por ello. Sin embargo, si puedes desentrañar este apego emocional hacia tus hijos, se volverá mucho menos intenso. Por supuesto que sufrirás, pero en mucha menor medida, resulta imposible no sufrir en absoluto, sin embargo, en gran parte, el sufrimiento se reducirá. Si no eres capaz de desentrañarlo, este tema caerá sobre ti con crueldad. Si eres capaz, habrá sido una experiencia especial que causó un trauma emocional grave, te concederá una más profunda apreciación y entendimiento de la vida, de los lazos familiares y de la humanidad, y enriquecerá tu experiencia vital. Por supuesto, este tipo específico de enriquecimiento es algo que nadie quiere poseer o encontrarse. Nadie quiere afrontar esta situación, pero si surge, has de ocuparte de ella adecuadamente. Para evitar ser cruel contigo mismo, deberías desprenderte de los pensamientos y puntos de vista tradicionales, podridos y equivocados que solías tener. Deberías afrontar tus lazos emocionales y de sangre de la manera correcta, y contemplar el fallecimiento de tus hijos de un modo apropiado. Una vez que de veras lo comprendas, serás capaz de desprenderte de ello por completo, y este asunto ya no te atormentará. Me entiendes, ¿verdad? (Sí).

Alguna gente dice: “Los hijos son bienes que Dios les da a los padres, así que son su propiedad privada”. ¿Es correcta esta afirmación? (No lo es). Ciertos padres, al oír esto, aseguran: “Es una afirmación correcta. Lo único que nos pertenece son nuestros hijos, que son de nuestra sangre y nuestra carne. Para nosotros, son lo más querido”. ¿Es correcta esta afirmación? (No). ¿Qué tiene de incorrecto? Por favor, explicad vuestro razonamiento. ¿Es apropiado tratar a los hijos como propiedad privada? (No). ¿Por qué no? (Porque la propiedad privada pertenece a uno mismo y no a los demás. Sin embargo, en realidad la relación entre los hijos y los padres solo es carnal. La vida humana viene de Dios, es el aliento que Él concede. Si alguien cree que les ha dado la vida a sus hijos, su perspectiva y su posición son incorrectas, y además no cree en absoluto en la soberanía y el arreglo de Dios). ¿Es así? Aparte de la relación física, a ojos de Dios, las vidas de los hijos y los padres son independientes. No pertenecen el uno al otro, tampoco mantienen una relación jerárquica. Por supuesto, no se trata en absoluto de una relación en la que uno posee y el otro es poseído. Sus vidas provienen de Dios y Él es soberano sobre su destino. Simplemente, los hijos nacen de sus padres; los padres son mayores que los hijos y los hijos más jóvenes que sus padres. Sin embargo, según esta relación, este fenómeno superficial, la gente cree que los hijos son los accesorios y la propiedad privada de sus padres. No observan el asunto desde la raíz, sino que solo lo miran desde la superficie, desde la carne y sus afectos. Por tanto, esta manera de considerarlo es en sí misma equivocada y una perspectiva errónea. ¿No es así? (Sí). Dado que los hijos no son los accesorios ni la propiedad privada de sus padres, sino personas independientes, al margen del tipo de expectativas que tengan para sus hijos después de que se hagan mayores, estas deben permanecer como ideas en su mente; no se pueden convertir en realidad. Como es evidente, aunque los padres tengan expectativas hacia sus hijos adultos, no deberían tratar de cumplirlas, ni tampoco usarlas para hacer valer sus promesas, realizar cualquier sacrificio o pagar cualquier precio por ellos. Entonces, ¿qué deberían hacer los padres? Deberían elegir desprenderse una vez que sus hijos adultos han emprendido vidas independientes y tienen la capacidad de sobrevivir. Desprenderse es el único camino verdadero para mostrarles respeto y responsabilizarnos de ellos. Querer siempre dominar a sus hijos, controlarlos o pretender entrometerse y participar en sus vidas y su supervivencia es un comportamiento ignorante y sin sentido por parte de los padres, una manera infantil de hacer las cosas. Con independencia del alcance de las expectativas que los padres tengan hacia sus hijos, no pueden cambiar nada y no se harán realidad. Por tanto, si los padres son prudentes, deberían desprenderse de estas expectativas, ya sean realistas o no, adoptar una perspectiva y una postura correcta desde la que manejar su relación con sus hijos y lidiar con cualquier acción que, como adultos, realicen o con los acontecimientos que les sucedan. Ese es el principio. ¿Resulta apropiado? (Sí). Si puedes aplicarlo, demuestra que aceptas estas verdades. Si no puedes, e insistes en hacer las cosas a tu modo, piensas que el afecto de la familia es lo más maravilloso, importante y significativo del mundo, como si pudieras supervisar el destino de tus hijos y sostenerlo en tus manos, entonces adelante, inténtalo, a ver cuál es el resultado final. No hace falta decir que terminará en una miserable derrota, que no tendrá un buen desenlace.

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