Palabras diarias de Dios | Fragmento 154 | "La obra de Dios y la práctica del hombre"

Las visiones contienen muchos caminos para la práctica. Las demandas prácticas que se le hacen al hombre también están contenidas dentro de las visiones, así como lo está la obra de Dios que el hombre debería conocer. En el pasado, durante las reuniones especiales o las grandes asambleas que se llevaban a cabo en varios lugares, sólo se hablaba de un aspecto del camino de la práctica. Tal práctica era la que se debía poner en práctica durante la Era de la Gracia y rara vez tenía relación con el conocimiento de Dios porque la visión de la Era de la Gracia sólo era la visión de la crucifixión de Jesús, y no había mayores visiones. No se suponía que el hombre conociera otra cosa sino la obra de Su redención de la humanidad por medio de la crucifixión, y así durante la Era de la Gracia no hubo otras visiones que el hombre conociera. De esta manera, el hombre sólo tenía un conocimiento escaso de Dios y, excepto por el conocimiento del amor y la compasión de Jesús, sólo había unas cuantas cosas simples y lamentables que él podía poner en práctica, cosas que estaban muy lejos de la actualidad. En el pasado, no importa qué forma tuviera su asamblea, el hombre no podía hablar de un conocimiento actual de la obra de Dios, mucho menos podía decir con claridad cuál era el camino de la práctica más adecuado para que el hombre entrara. Sólo agregaba unos cuantos detalles simples a un fundamento de tolerancia y paciencia; simplemente no había un cambio en la esencia de su práctica, porque dentro de la misma Era, Dios no hizo ninguna obra nueva y las únicas exigencias que le hizo al hombre fueron la tolerancia y la paciencia o llevar la cruz. Excepto por esas prácticas, no había visiones más elevadas que la crucifixión de Jesús. En el pasado, no se hacía mención de otras visiones porque Dios no hizo mucha obra y porque sólo le hizo al hombre demandas limitadas. De esta manera, independientemente de lo que el hombre hiciera, era incapaz de transgredir estos límites, límites que no eran sino unas cuantas cosas sencillas y superficiales para que el hombre pusiera en práctica. Hoy hablo de otras visiones porque en el día de hoy se ha hecho más obra, obra que excede varias veces a la Era de la Ley y a la Era de la Gracia. También las exigencias para el hombre son varias veces más elevadas que en las eras pasadas. Si el hombre no pudiera conocer plenamente esa obra, entonces no tendría gran significado; se podría decir que el hombre tendría dificultad para conocer por completo esa obra si no le dedica todo el esfuerzo de una vida. En la obra de conquista, hablar sólo del camino de la práctica haría imposible la conquista del hombre. Una mera charla de las visiones, sin ninguna exigencia para el hombre, también haría imposible la conquista del hombre. Si no se hablara de nada sino del camino de la práctica, entonces sería imposible arremeter contra el talón de Aquiles del hombre o disipar las nociones del hombre, y también sería imposible conquistar por completo al hombre. Las visiones son el instrumento principal para la conquista del hombre, pero si no hubiera un camino aparte de las visiones, entonces el hombre no tendría manera de seguir, mucho menos tendría ningún medio de entrada. Este ha sido el principio de la obra de Dios desde el principio hasta el final: en las visiones hay aquello que se puede poner en práctica y también hay visiones que son exclusivas de tal práctica. El grado de los cambios tanto en la vida del hombre como en su carácter acompaña los cambios en las visiones. Si el hombre sólo dependiera de sus propios esfuerzos, entonces le sería imposible lograr un alto grado de cambio. Las visiones hablan de la obra de Dios mismo y de la gestión de Dios. La práctica se refiere al camino de la práctica del hombre y al camino de la existencia del hombre; en toda la gestión de Dios, la relación entre las visiones y la práctica es la relación entre Dios y el hombre. Si las visiones se quitaran, o si se hablara de ellas sin que se hablara de practicar, o si sólo hubiera visiones y la práctica del hombre se erradicara, entonces tales cosas no se podrían considerar la gestión de Dios, mucho menos se podría decir que la obra de Dios es por el bien de la humanidad; de este modo, no sólo se quitaría el deber del hombre sino que sería una negación del propósito de la obra de Dios. Si, desde el principio hasta el final, al hombre sólo se le pidiera practicar sin que participara en la obra de Dios y, además, si al hombre no se le exigiera conocer la obra de Dios, mucho menos podría tal obra llamarse la gestión de Dios. Si el hombre no conociera a Dios y fuera ignorante de la voluntad de Dios, y llevara a cabo su práctica a ciegas de una manera ambigua y abstracta, entonces nunca llegaría a ser una criatura completamente cualificada. Y así, estas dos cosas son indispensables. Si sólo existiera la obra de Dios, es decir, si sólo hubiera las visiones y no hubiera ninguna cooperación o práctica del hombre, entonces tales cosas no podrían llamarse la gestión de Dios. Si sólo existiera la práctica y la entrada del hombre, independientemente de lo alto que fuera el camino en el que el hombre entrara, esto, también, no sería aceptable. La entrada del hombre debe cambiar poco a poco al compás de la obra y las visiones; no puede cambiar a capricho. Los principios de la práctica del hombre no son libres y descontrolados, sino que están dentro de ciertos límites. Tales principios cambian al compás de las visiones de la obra. Así que la gestión de Dios al final de cuentas se reduce a la obra de Dios y a la práctica del hombre.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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