Palabras diarias de Dios | Fragmento 167 | "El misterio de la encarnación (1)"

Ni siquiera un hombre usado por el Espíritu Santo puede representar a Dios mismo. Esto no sólo quiere decir que tal hombre no puede representar a Dios, sino, también, que la obra que realiza no puede representar directamente a Dios. En otras palabras, la experiencia humana no puede colocarse directamente dentro de la gestión de Dios ni puede representar Su gestión. La obra que Dios mismo lleva a cabo es, en su totalidad, la obra que Él pretende realizar en Su propio plan de gestión y pertenece a la gran gestión. La obra realizada por el hombre consiste en proveer su experiencia personal. Consiste en encontrar una nueva senda de experiencia más allá de la que caminaron los que han ido delante y en guiar a los hermanos y hermanas bajo la guía del Espíritu Santo. Lo que estas personas proporcionan es su experiencia individual o los escritos espirituales de personas espirituales. Aunque el Espíritu Santo las usa, lo que ellas hacen no tiene relación con la gran obra de gestión en el plan de seis mil años. Simplemente son aquellos a quienes el Espíritu Santo ha elevado en diferentes períodos para guiar a las personas en Su corriente hasta que hayan cumplido su función o su vida finalice. La obra que realizan consiste, únicamente, en preparar una senda apropiada para Dios mismo o continuar un cierto aspecto de la gestión de Dios mismo en la tierra. Esas personas son incapaces de llevar a cabo la obra más importante de Su gestión, y tampoco pueden abrir nuevas salidas, y, mucho menos, concluir la totalidad de la obra de Dios desde la era anterior. Por tanto, la obra que realizan representa sólo a un ser creado que cumple su función y no puede representar a Dios mismo llevando a cabo Su ministerio. Esto se debe a que la obra que llevan a cabo es diferente a la realizada por Dios mismo. El hombre no puede realizar la obra de abrir paso a una nueva era en lugar de Dios. Nadie, aparte de Él mismo, puede hacerlo. Toda la obra que realiza el hombre consiste en cumplir su deber como ser creado, y se realiza cuando es movido o iluminado por el Espíritu Santo. La guía que estas personas proveen consiste completamente en enseñar al hombre la senda de práctica en la vida diaria y cómo debe actuar en armonía con la voluntad de Dios. La obra del hombre no implica la gestión de Dios ni representa la obra del Espíritu. Como ejemplo, la obra de Witness Lee y Watchman Nee consistió en mostrar el camino. Fuera el camino nuevo o viejo, la obra se basó en el principio de permanecer dentro de la Biblia. Se restauraran o se construyeran iglesias locales, su obra tuvo que ver con establecer iglesias. La obra que realizaron continuó la obra que Jesús y Sus apóstoles habían dejado inconclusa o no habían seguido desarrollando en la Era de la Gracia. Lo que hicieron en su obra fue restablecer lo que Jesús había pedido en Su obra inicial a las generaciones posteriores a Él; por ejemplo, que mantuvieran su cabeza cubierta, recibieran el bautismo, partieran el pan o bebieran vino. Podría decirse que su obra consistió en ceñirse a la Biblia y buscar sendas dentro de ella. No tuvieron ningún tipo de progreso. Por lo tanto, se puede ver en su obra sólo el descubrimiento de nuevos caminos dentro de la Biblia, así como prácticas mejores y más realistas. Sin embargo, no puede encontrarse en su obra la actual voluntad de Dios, y, mucho menos, la obra nueva que Dios planea llevar a cabo en los últimos días. Esto se debe a que la senda por la que anduvieron todavía era antigua: no hubo renovación ni ningún avance. Siguieron aferrándose al hecho de “la crucifixión de Jesús”, observando la práctica de “pedirles a las personas que se arrepintieran y confesaran sus pecados”, adhiriéndose al dicho de que “el que persevera hasta el final, será salvo”, y que “el hombre es la cabeza de la mujer y la mujer debe obedecer a su esposo”. Y, aún más, a la noción tradicional de que “las hermanas no pueden predicar, sino sólo obedecer”. Si esa clase de liderazgo hubiera continuado, el Espíritu Santo nunca hubiera sido capaz de llevar a cabo nueva obra, de liberar a las personas de la doctrina ni guiarlas al reino de la libertad y la belleza. Por lo tanto, esta etapa de la obra, que cambia la era, debe llevarla a cabo y pronunciarla Dios mismo; de otro modo, ningún hombre puede hacerlo en Su lugar. Hasta ahora, toda la obra del Espíritu Santo fuera de esta corriente se ha paralizado, y los que eran usados por el Espíritu Santo han perdido el rumbo. Así pues, como la obra de las personas usadas por el Espíritu Santo es diferente de la llevada a cabo por Dios mismo, sus identidades y en nombre de quien actúan son igualmente distintos. Esto se debe a que la obra que el Espíritu Santo pretende hacer es diferente, y, por este motivo, a aquellos que igualmente llevan a cabo obra, se les confiere identidades y estatus diferentes. Las personas usadas por el Espíritu Santo también pueden realizar alguna obra nueva y también eliminar alguna otra llevada a cabo en la era anterior, pero lo que hacen no puede expresar el carácter y la voluntad de Dios en la nueva era. Trabajan sólo para eliminar la obra de la era anterior y no para llevar a cabo la nueva con el objetivo de representar directamente el carácter de Dios mismo. Así pues, independientemente de cuántas prácticas obsoletas abolan o cuántas nuevas introduzcan, siguen representando al hombre y a los seres creados. Sin embargo, cuando el propio Dios lleva a cabo la obra, no declara abiertamente la abolición de las prácticas de la era antigua ni declara directamente el comienzo de una nueva. Él es directo y claro en Su obra. Es franco a la hora de llevar a cabo la obra que pretende realizar; es decir, expresa directamente la obra que produjo, la lleva a cabo directamente como pretendió en un principio, expresando Su ser y Su carácter. Tal como el hombre lo ve, Su carácter, y, también, Su obra, son diferentes a los de eras pasadas. No obstante, desde la perspectiva de Dios mismo, esto es simplemente una continuación y un mayor desarrollo de Su obra. Cuando Dios mismo obra, expresa Su palabra y trae directamente la nueva obra. En contraste, cuando el hombre obra, lo hace por medio de la deliberación y el estudio o es una extensión del conocimiento y la sistematización de la práctica que se basa en la obra de otros. Es decir, la esencia de la obra hecha por el hombre es seguir el orden establecido y “caminar por sendas antiguas con zapatos nuevos”. Esto significa que, incluso la senda por la que transitan las personas usadas por el Espíritu Santo, se construye sobre la que Dios mismo creó. Después de todo, el hombre es hombre, y Dios es Dios.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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