Difundir el evangelio es el deber al que están obligados por honor todos los creyentes (Parte 1)

En la última reunión hablamos sobre realizar vuestro deber de manera adecuada. Lograr esto es la primera y más básica de las cuatro condiciones fundamentales que se requieren para que Dios perfeccione al hombre. La vez anterior, hablamos sobre la definición de desempeñar el propio deber y los principios que implica. También discutimos algunos ejemplos, y compartimos diversas señales externas que indican que las personas no están cumpliendo con los deberes de un modo adecuado. Al hacer esto, hice ver con claridad al pueblo escogido de Dios que tales problemas se deben corregir, y le ayudé a entender la postura que Dios adopta hacia aquellos que realizan sus deberes de tal manera. Tras hablar sobre esto, adquiristeis un entendimiento general sobre cómo cumplir con vuestro deber de manera adecuada, a qué es necesario prestarle atención, qué cosas no podéis hacer y qué acciones pueden ofender el carácter de Dios y conducir a la destrucción. Al participar en la plática sobre cómo cumplir con vuestro deber de una manera adecuada, ¿sois capaces de contemplar y entender conceptualmente algo de la verdad sobre este asunto? ¿Qué principios han de acatar los diversos tipos de personas y qué verdades deben practicar en el cumplimiento de los diversos deberes? ¿Tenéis una comprensión clara respecto a estos asuntos específicos? (No lo entendemos con claridad). Entonces tenemos que entrar en más detalle. Debemos establecer clasificaciones más detalladas para discutir qué significa realizar el deber propio de manera adecuada.

La obra de la casa de Dios se divide en varias categorías principales. La primera de todas las obras de la casa de Dios es la difusión del evangelio. Implica a un gran número de personas, afecta a un amplio abanico de cosas y conlleva muchísimo trabajo. Se trata de la primera categoría de la obra y la tarea más relevante en la obra general de la iglesia. El trabajo de difundir el evangelio es la tarea más importante del plan de gestión de Dios. Por eso se debe clasificar como la primera categoría de trabajo. Entonces, ¿qué título ostentan aquellos que cumplen con su deber? Son los difusores del evangelio. En cuanto a la segunda categoría, ¿cuál es el deber más importante en el trabajo interno de la iglesia? (El de los líderes y obreros). Cierto, es el deber de los líderes y obreros en todos los niveles de la iglesia, incluyendo a los supervisores y líderes de equipo de varios grupos. Este deber cuenta con una enorme relevancia, y todo el trabajo que hace esta gente es importante. Esta es la segunda categoría. Respecto a los deberes de la tercera categoría, ¿cuáles son relativamente importantes en la obra de difusión del evangelio? (Algunos deberes especiales). Sí, la tercera categoría comprende a aquellos que desempeñan varios deberes especiales, incluyendo la escritura, la traducción, la música, la producción cinematográfica, el arte y el trabajo en los asuntos externos. Los de la cuarta categoría desempeñan sobre todo deberes corrientes que tienen que ver con trabajo logístico, como recepción, cocina y compras. No es necesario hacer una clasificación detallada de estos deberes. La quinta categoría se reserva a aquellos que solo pueden cumplir con los deberes durante su tiempo libre debido a su situación familiar, condiciones físicas o razones de ese estilo. Cumplen con sus deberes lo mejor que pueden. Esta es la quinta categoría. Los demás, los que no cumplen con sus deberes, están encuadrados en la sexta. Son aquellos que no tienen nada que ver con el cumplimiento de los deberes; por lo tanto, ¿por qué se les habría de incluir siquiera en una categoría? Aparecen en esta porque se los considera miembros de la iglesia. Si han escuchado muchos sermones, pueden entender la verdad y se prestan voluntarios para cumplir deberes, debemos permitir a tales personas que los realicen y darles la oportunidad de arrepentirse, siempre y cuando tengan una fe sincera y no tengan un calibre extremadamente bajo ni tampoco sean personas malvadas, y siempre que prometan no causar perturbaciones. Básicamente, todos los miembros de la iglesia caben en alguna de las seis categorías que acabamos de mencionar. Los únicos que quedan son los nuevos creyentes. De ellos no se puede decir que no lleven a cabo sus deberes. En cambio, como tienen poca estatura y solo tienen una comprensión superficial de la verdad, no pueden hacer nada. Aunque el calibre de algunos sea bueno, no entienden la verdad ni los principios, así que todavía no pueden cumplir con ningún deber. Pueden empezar a cumplir con su deber tras creer en Dios durante dos o tres años. En ese momento, podemos incluirlos en una de las varias categorías donde entran las personas que llevan a cabo deberes. Para concluir, acabamos de delimitar con claridad las seis categorías. La primera es la de aquellos que difunden el evangelio; la segunda es la de los líderes y obreros de todos los niveles de la iglesia; la tercera categoría es la de aquellos que cumplen con deberes especiales; la cuarta es la de los que desempeñan deberes corrientes; la quinta es la de los que realizan deberes cuando el tiempo se los permite; y la sexta es la de aquellos que no cumplen deberes. ¿En base a qué principios se ordenan estas categorías? Se dividen según la naturaleza del trabajo, el tiempo requerido para hacerlo y la carga e importancia de ese trabajo. Cuando hemos hablado con anterioridad sobre cumplir con los deberes, sobre todo hemos mencionado los diversos aspectos de la verdad relacionados con ese asunto. Nuestra charla se refirió a los principios-verdad que todo el mundo ha de seguir a la hora de cumplir con su deber. No determinamos ninguna categoría y no compartimos en detalle a qué principios debe atenerse cada tipo de persona, ni las verdades específicas en las que debe concentrarse en entrar. A continuación, vamos a hablar sobre este aspecto de la verdad con más detalle y describiremos cada categoría una a una, para que quede todo más claro.

Voy a empezar por compartir las verdades que deben comprender los que difunden el evangelio. ¿Qué verdades básicas deben comprender y de cuáles han de equiparse los que difunden el evangelio? ¿Cómo debes realizar esta tarea para cumplirla bien? Debes equiparte con algunas verdades sobre la visión que se necesita para difundir el evangelio y has de dominar los principios para difundirlo. Una vez hayas dominado los principios de la difusión del evangelio, ¿de qué otras verdades debes equiparte para resolver las nociones y los problemas de los demás? ¿Cómo debes tratar a los que investigan el camino verdadero? Lo más importante es aprender a tener discernimiento. El primer principio que debes comprender es a quién puedes predicar el evangelio y a quién no. Si le predicas a quien no debes, no solo resultará un esfuerzo inútil, sino que no será extraño que acarree peligros ocultos. Esto hay que entenderlo. Además, incluso las personas a las que se les puede predicar el evangelio no lo van a aceptar si solo dices unas pocas palabras o hablas de algunas doctrinas profundas. No es tan fácil. Es posible que hables hasta que se te seque la lengua, que te quedes sin paciencia y desees abandonar a los que están investigando el camino verdadero. En circunstancias así, ¿qué resulta más importante poseer? (Amor y paciencia). Has de tener amor y paciencia. Si careces de todo sentimiento de amor, entonces sin duda no tienes paciencia. Además de comprender la verdad con respecto a la visión, difundir el evangelio también requiere un gran amor y una gran paciencia. Es la única manera de cumplir adecuadamente con el deber de difundir el evangelio. ¿De qué manera se define tal deber? ¿Cómo contemplas el deber de difundir el evangelio? ¿En qué difieren los que se encargan de ello de los que realizan otras tareas? Dan testimonio de la obra de Dios en los últimos días y de Su venida. Hay quien dice que son mensajeros del evangelio, que se los envía a una misión, que son ángeles descendidos de lo alto. ¿Se los puede definir así? (No). ¿Cuál es la misión de aquellos que difunden el evangelio? ¿Qué imagen tienen en la mente de la gente? ¿Cuál es su papel? (El de predicadores). El de predicadores, mensajeros ¿y qué más? (El de testigos). La mayoría los definiría así. Pero ¿son realmente exactas estas definiciones? Los términos comunes son “predicador” y “testigo”; “mensajero del evangelio” es un título más prestigioso. Estos tres términos se oyen a menudo. Cualquiera que sea el modo que tenga la gente de entender y definir los títulos de aquellos que cumplen con este deber, todos ellos están ligados de manera ineludible a la palabra “evangelio”. ¿Cuál de estos tres términos es más relevante y apto para el deber de difundir el evangelio, convirtiéndolo en un título más racional? (Predicador). La mayoría de la gente piensa que el título de predicador es el más adecuado. ¿Alguien está de acuerdo con el título de testigo? (Sí). ¿Qué hay del título de mensajero del evangelio? (No). Básicamente nadie está de acuerdo con el título de mensajero del evangelio. Vamos a debatir primero si el título de predicador es apropiado. “Predicar” significa difundir, diseminar, transmitir y dar a conocer algo, ¿y sobre qué “camino” predican los predicadores? (El camino verdadero). Es una buena manera de decirlo. El “camino” es el camino verdadero de la obra de Dios y de la salvación del hombre por parte de Él. Así es como explicamos y definimos el término predicador. Hablemos ahora del testigo. ¿De qué da testimonio un testigo? (De la obra de Dios en los últimos días). No resulta erróneo afirmar que un testigo da testimonio de la obra de Dios en los últimos días. Estos dos títulos parecen relativamente apropiados. ¿Qué tal mensajero del evangelio? ¿A qué se refiere “evangelio”? Son las buenas nuevas y la alegre noticia de la obra de Dios, la salvación del hombre por parte de Dios y Su venida. ¿Cómo podemos explicar “mensajero”? Una buena explicación de “mensajero” es que es alguien a quien Dios ha enviado, a quien se ha encomendado directamente que difunda el evangelio, o una persona a quien Dios envía en un momento determinado para trasmitir Sus palabras o un mensaje importante. Eso es un mensajero. ¿Cumplen ese papel los que difunden el evangelio? ¿Realizan este tipo de trabajo? (No). ¿Qué tipo de trabajo hacen entonces? (Dan testimonio de la obra de Dios en los últimos días). ¿Es su testimonio de la obra de Dios en los últimos días una misión que han aceptado directamente de Dios? (No). Entonces, ¿cómo se puede explicar esta misión? (Es el deber de los seres creados). Se trata del deber de las personas. Con independencia de que Dios te haya encargado, contado o confiado la proclamación de Su nueva obra y la divulgación del evangelio, tienes la responsabilidad y la obligación de hablarle del evangelio a más gente, de divulgarlo y transmitírselo a más personas. Cuentas con la responsabilidad y la obligación de facilitar que más gente conozca esta noticia, acuda ante Dios y regrese a Su casa. Este es el deber y la responsabilidad de las personas, así que no se puede decir que Dios les haya hecho tal encargo ni que Él las haya enviado. Por consiguiente, la palabra “mensajero” no es apropiada. ¿Cuál es la naturaleza de esta palabra? Es falsa, exagerada y vacía. La palabra “mensajero” es demasiado exagerada para considerarla apropiada. Desde los tiempos del Antiguo Testamento hasta el presente, desde el comienzo de la obra de gestión de Dios hasta ahora, nunca ha existido el papel de mensajero. Es decir, ningún rol semejante ha formado parte de la obra del plan de gestión de Dios para la salvación de la humanidad a lo largo de todo su transcurrir. ¿Cómo puede la gente corriente llevar a cuestas lo que implica la palabra “mensajero”? Nadie puede encargarse de un trabajo semejante. Por tanto, este papel no está disponible para el hombre, y no se puede vincular ni asociar a nadie con esa palabra. Un mensajero, como lo entiende la gente, es alguien al que Dios ha enviado para hacer algo o para trasmitir un mensaje. Semejante persona tiene poco que ver con la obra global y magnífica de Dios para gestionar la humanidad. Es decir, el papel del mensajero es casi inexistente en las tres etapas de la obra de Dios. Por tanto, no uses esta palabra en el futuro. Es una ingenuidad hablar de esta manera. ¿Puede asumir una persona el título de “mensajero del evangelio”? No. Para empezar, es de carne y hueso. Además, pertenece a la humanidad corrupta. ¿Qué clase de ser es un mensajero? ¿Lo sabéis? (No lo sabemos). No lo sabéis, y sin embargo os seguís atreviendo a usar ese apelativo. Esto es suplantación. Se puede decir sin lugar a la duda que los mensajeros no tienen nada que ver con la humanidad, ni los humanos pueden tener nada que ver con la palabra “mensajero”. La humanidad no puede echarse al hombro esta responsabilidad. Los mensajeros del evangelio, el descenso de estos desde lo alto y la obra que hicieron llegó básicamente a su fin en el tiempo de Abraham en el Antiguo Testamento. Esto ya se ha acabado y ha llegado a su fin. Desde que Dios desempeñó la obra de la salvación de la humanidad formalmente, esta debería dejar de usar la palabra “mensajero”. ¿Por qué no se debería usar más esa palabra? (El hombre no puede asumir esta responsabilidad). No es cuestión de que pueda llevar esto a cuestas o no, sino más bien de que los mensajeros no tienen nada que ver con la humanidad corrupta. Entre la humanidad corrupta, no existe semejante papel, ni tampoco hay un título similar. Regresemos a la palabra “predicador”. Si tuviéramos que dar una definición objetiva, precisa y profunda del “camino” sobre el que predican, ¿cómo lo definiríamos? (La palabra de Dios). Este es un término relativamente general. En concreto, ¿se refiere solo al evangelio y al mensaje de la obra de Dios en el momento presente? (No). Entonces, ¿qué proclaman realmente las personas que difunden el evangelio? ¿Hasta qué punto está relacionado el trabajo de aquellos que difunden el evangelio con el “camino”? ¿Qué clase de trabajo pertenece en realidad al ámbito de estos deberes? Simplemente transmiten algo de información básica a los destinatarios del evangelio, como que Dios ha venido en los últimos días, la obra que Él ha realizado, las palabras de Dios y Sus intenciones, de modo que las personas puedan oír y aceptar esta información y luego regresar a Dios. Después de llevar a la gente ante Él, su responsabilidad de difundir el evangelio queda cumplida. ¿Contiene la información que comunican algo de lo que se entiende por “camino”? En este caso, los términos “información” y “evangelio” son prácticamente equivalentes. Entonces, ¿tienen algo que ver con el “camino”? (No). ¿Por qué no existe tal asociación? ¿A qué se refiere en concreto el “camino”? La palabra más sencilla que podemos utilizar como explicación es “senda”. El término “senda” abarca la definición de “camino”, que es más específica. Para ser más concretos, el “camino” es el conjunto de palabras que Dios proporciona para la salvación de la humanidad, para liberar a los seres humanos de sus actitudes satánicas corruptas y hacer posible que escapen de las ataduras y la influencia oscura de Satanás. ¿Se trata de una descripción exacta y concreta? Ahora que nos centramos en ella, ¿es la palabra “predicador” una definición adecuada para aquellos que cumplen con el deber de difundir el evangelio? (No). El deber de un predicador es mucho mayor que el de difundir el evangelio. Solo aquellos que conocen a Dios y dan testimonio de Él pueden asumir este título. ¿Puede una persona normal que difunde el evangelio asumir el trabajo de un predicador? En absoluto. Difundir el evangelio no es más que proclamar la buena nueva y dar testimonio de la obra de Dios. Tales personas no pueden asumir en modo alguno el trabajo de los predicadores, no pueden desempeñar el deber de estos, por lo que no se les puede llamar predicadores. El título de predicador confiere una posición superior, y los que difunden el evangelio no merecen este título. No es un título adecuado para ellos. Solo nos queda ya el término “testigo”. ¿De qué da testimonio un testigo? (De la obra de Dios en los últimos días). ¿Es adecuado decir que proclaman y dan testimonio de la obra de Dios en los últimos días? Si hubiera que definir con exactitud el significado de “testigo”, debería referirse a alguien que da testimonio de Dios, en vez de a alguien que da testimonio del evangelio. ¿Y si llamáramos testigos de Dios a estas personas que difunden el evangelio? ¿Son capaces de dar testimonio de Dios? (No). ¿Cómo podemos explicar el término “testigo” tal y como se utiliza aquí? Si se investiga con detenimiento, la palabra “testigo” tampoco es apropiada. Ya que los que difunden el evangelio solo proclaman las palabras que Dios les dice a todos aquellos sedientos de ellas y les cuentan sobre Su palabra a los que aceptan la aparición de Dios, esto no alcanza a abarcar el verdadero significado de la palabra “testigo”. ¿Por qué digo que esto no es lo que significa dar testimonio? Dar testimonio se refiere a aquello que una persona comparte y proclama para que la gente llegue a conocer a Dios y para llevar a esta gente ante Él. En la actualidad, los que difunden el evangelio se limitan a llevar a la gente a la iglesia, al lugar de trabajo de Dios en la tierra. No dan testimonio del carácter de Dios, de lo que Él tiene y es, ni de Su obra. ¿Resulta adecuado para ellos el título de testigos? Si somos precisos, no es ni adecuado ni apto. Ya hemos investigado y contemplado estos tres términos: mensajeros del evangelio, predicadores y testigos, y todos nos han parecido inadecuados para referirnos a los que difunden el evangelio. Sin importar si estos términos provienen de la religión o si se usan comúnmente por los miembros de la casa de Dios, estos títulos no son ni apropiados ni aptos. Llegamos ahora a una pregunta: ¿Son importantes los títulos? (Sí). ¿De verdad? Por ejemplo, si tu nombre original era Juan López, pero ahora te llamas Jaime García, ¿acaso has cambiado? ¿No sigue siendo tú? Esto quiere decir que el título o nombre que utilices no es importante. Si no lo es, ¿para qué diseccionar estas palabras? Las he diseccionado para que la gente pueda tener una visión exacta del deber de difundir el evangelio, para que defina con precisión lo que es realmente este deber y para que sepa cómo ha de cumplirlo y tratarlo de un modo adecuado. Lo primero es determinar tu propia posición dentro de este deber. Se trata de algo muy importante. Por consiguiente, este título debe ser preciso.

Acabo de diseccionar a grandes rasgos varios títulos o términos que se refieren a aquellos que cumplen con el deber de difundir el evangelio. Estos títulos y definiciones de testigos, predicadores y mensajeros del evangelio son todos imprecisos. ¿Por qué digo esto? Porque las personas que simplemente difunden el evangelio no realizan ningún trabajo sustancial digno de tales apelativos. No dan testimonio de las acciones de Dios, de su obra y Su esencia. Este no es el trabajo que hacen ni el deber que cumplen. Por tanto, no son dignos de ostentar el título de testigos. El de predicador posee también la misma naturaleza, por no hablar del de mensajero del evangelio. Este último título carece de significado, no tiene base alguna. Solo es una palabra muy altisonante con la que la gente se define a sí misma. ¿De dónde proviene el título de mensajero? ¿Acaso no proviene del inflado carácter arrogante del hombre? (Sí). Solo se trata del deseo de otorgarse a sí mismo un título elevado. Esos títulos más sustanciales que desde fuera parecen más relevantes para esta clase de deber no son apropiados. Algunos otros lo son incluso menos, son menos adecuados, así que no los vamos a enumerar ni diseccionar uno a uno. Ya que estos títulos son inapropiados, echemos un vistazo a lo que en realidad constituye la esencia del deber de difundir el evangelio. En una religión, ¿cómo se le llama al hecho de convertir a alguien mediante la difusión del evangelio? (Dar fruto). Cuando aquellos que difunden el evangelio convierten a una persona, dicen que han dado fruto. Cuando quedan para hablar, siempre discuten cuántos frutos han dado difundiendo el evangelio en tal o cual lugar. Se miden unos respecto a otros para ver quién ha dado más fruto y de qué clase de fruto se trata. ¿Por qué hacen tales comparaciones? Al comparar superficialmente el número de frutos, ¿qué están comparando en realidad? Comparan los méritos y cualificaciones para entrar en el reino de los cielos. Si hacen tales comparaciones entre ellos, ¿consideran el trabajo de difundir el evangelio como su deber? ¿Por qué le dan tanta importancia al fruto que dan? Creen que los frutos que dan están relacionados de alguna manera con ir al cielo, recibir bendiciones y obtener recompensas. Si estos frutos no están conectados con estas cosas, ¿harían tales comparaciones cada vez que se encuentran? Se compararían entre sí en otros aspectos. Entrarían en comparaciones sobre cualquier aspecto relacionado con recibir recompensas y entrar en el reino de los cielos. Ya que convertir a la gente y dar fruto al difundir el evangelio guardan relación con ir al cielo y recibir recompensas, a fin de conseguir ambas cosas, la gente nunca se aburre de comparar quién ha convertido a más gente y ha dado más fruto al difundir el evangelio. Luego planean en sus corazones la manera de convertir a más gente y de dar más fruto para mejorar sus cualificaciones y confianza a la hora de entrar en el cielo y obtener recompensas. De esta manera, se vuelve evidente la actitud de cualquier tipo de persona con respecto a la difusión del evangelio. ¿Es su actitud y motivación respecto a la difusión del evangelio el deseo de cumplir bien con sus deberes como seres creados? (No). Este es un punto de vista incorrecto. No tienen como objetivo cumplir bien con sus deberes, ni con la comisión de Dios, sino obtener recompensas. Cumplir con el deber de una manera tan transaccional no está, obviamente, de acuerdo con la verdad, sino que la vulnera. No es conforme a la intención de Dios, sino que Él lo aborrece. La cantidad de fruto que den estas personas carece de importancia, no guarda relación con sus destinos finales. Consideran la difusión del evangelio como una profesión, una forma o un puente para obtener bendiciones y recompensas. La intención de estas personas al realizar sus deberes y aceptar esta comisión no es cumplir la comisión de Dios o realizar bien sus deberes, sino solo obtener bendiciones y recompensas. Así, por mucho fruto que den, esta clase de personas no son ni testigos ni predicadores. El trabajo que realizan no es el cumplimiento de un deber, sino un mero esfuerzo y trabajo con el fin de obtener bendiciones para sí mismas. Aquí el problema más grave no es simplemente que su propósito al difundir el evangelio sea obtener bendiciones y recompensas, sino que se valen del hecho de convertir a la gente difundiendo el evangelio como una ficha para intercambiarla con Dios por recompensas y la bendición de entrar en el cielo. ¿Acaso no es esto un problema muy grave? ¿Cuál es la esencia de este problema? Están poniendo el evangelio a la venta, “vendiéndolo” a cambio de bendiciones. ¿Acaso no es esta la naturaleza del trato que esperan hacer con Dios? Esta es la esencia de sus intenciones, de sus prácticas y la naturaleza de sus acciones. Parece que el problema que se da entre los supuestos “predicadores” en el mundo religioso es que venden el evangelio a cambio de recompensas. Entonces, ¿comparten el mismo problema los que ahora cumplen con el deber de difundir el evangelio en la casa de Dios? (Sí). ¿Cuál es el problema fundamental común a ambos? Resulta que están vendiendo el evangelio a cambio de la satisfacción y el reconocimiento de Dios para lograr su objetivo de obtener bendiciones y de poseer ese hermoso destino. Al presentarlo de este modo, puede que algunos no os quedéis convencidos, pero lo cierto es que muchas personas se comportan así.

Una vez que han logrado la conversión de las personas, muchos de los que difunden el evangelio sienten que tienen la capacidad de salvar a la gente y que han desempeñado un gran servicio. A menudo les dicen a los que han aceptado de ellos el evangelio: “Si yo no te lo hubiera predicado, nunca hubieras creído en Dios. Has tenido la suerte de recibir el evangelio gracias a mi amoroso corazón”. Y luego de haber aceptado de ellos el evangelio, a esta gente siempre le sueltan la misma pregunta: “¿Quién compartió contigo el evangelio?”. Estas personas meditan la pregunta y piensan: “Es cierto que tú me predicaste el evangelio, pero se trató de la obra del Espíritu Santo; no puedo concederte a ti el mérito”. Así que no les responden. Como no recibe respuesta, el que hizo la pregunta se enfada y sigue interrogándolos. ¿Qué intención hay detrás de ese constante interrogatorio? Quieren llevarse el mérito. Entre los que difunden el evangelio, están también los que, tras compartirlo con alguien, rehúsan entregar a tal persona a la iglesia cuando esta cumple con las condiciones para entrar. Hay algunos difusores del evangelio que lo comparten con varias personas y luego no las entregan; algunos han llegado a compartírselo a 20 o 30 personas, suficientes para fundar una iglesia, pero tampoco las han entregado. ¿Por qué no le entregan a esta gente a la iglesia? Dicen: “Todavía no tienen una base muy sólida. Vamos a esperar a que la tengan, a que no alberguen dudas, a que no se las pueda desorientar tan fácilmente, entonces se las entregaré a la iglesia”. Pasado medio año, tales personas ya tendrán cierta base y cumplirán los principios para entrar en la iglesia, pero estos difusores del evangelio seguirán sin llevarlas. Quieren liderarlas ellos mismos. ¿Qué intención hay detrás de esto? Si no ganaran un beneficio con ello, ¿querrían liderarlas? ¿Qué beneficio buscan? Quieren obtener de ellas ganancias y ventajas personales. Si las entregaran a la iglesia, no podrían obtener tales beneficios. Entonces, has de tener discernimiento de este problema. Es el mismo caso de los muchos pastores y ancianos del mundo religioso que saben perfectamente cuál es el camino verdadero, pero no lo aceptan y no permiten que los creyentes lo acepten. De hecho, lo hacen por su propio prestigio y beneficio. Si los creyentes aceptaran el camino verdadero, esos pastores y ancianos no podrían sacar beneficio de su fe. Tales difusores del evangelio temen que, una vez que sus destinatarios se unan a la iglesia, ellos acabarán olvidados y por tanto ya no podrán beneficiarse de su fe. Por eso no entregan a esas personas a la iglesia. ¿Cuándo van a entregarlas estos difusores del evangelio? En cuanto todas esas personas los escuchen y obedezcan, entonces las entregarán. Una vez entren en la iglesia, algunas de ellas que tienen una humanidad bastante buena, una comprensión pura y aman la verdad, escucharán con frecuencia los sermones y llegarán a entender algunas verdades, y, de esta manera alcanzarán a discernir a los que les compartieron el evangelio. Entonces dirán: “Esa persona parece un anticristo, como Pablo”. La próxima vez que se encuentren con estos difusores del evangelio, no les prestarán atención. Cuando se los ignora, se enfadan y dicen: “¡Eres un desagradecido! Si no te hubiera difundido el evangelio, ¿habrías llegado a creer en Dios? ¿Habrías encontrado el camino verdadero? ¿Acaso me has olvidado, a mí, tu madre, ahora que tienes a alguien que te guía?”. Pretenden que los consideren como a una madre. ¿Las personas que hablan de este modo poseen razón? (No). Si alguien es capaz de decir esto, no cabe duda de que no es bueno. ¿Por qué digo esto? Cuando difunden el evangelio de Dios, ¿a quién pertenece la gente que convierten? (A Dios). Aunque trabajen duro para difundir el evangelio, la gente a la que convierten no les pertenece a ellos, sino a Dios. Los que aceptan el evangelio quieren seguir a Dios, no creer en aquellos que les han predicado el evangelio, pero esta clase de difusor no les permite unirse a la iglesia y seguir a Dios. En cambio, quieren tener a estas personas en sus manos, controladas, y obligarlas a que los sigan. ¿Acaso no se trata de un robo a mano armada, esto que hacen durante la difusión del evangelio? Esta clase de difusor del evangelio impide a la gente acudir ante Dios, la obliga a pasar por ellos para llegar hasta Él, a que toda comunicación sea a través de ellos. ¿Acaso no tratan de sacar beneficio de su fe? ¿Acaso no quieren controlar a estas personas? (Sí). ¿Qué clase de comportamiento es ese? ¡Es puramente el de Satanás! Esto significa que un anticristo ha mostrado su verdadero ser, y quiere controlar a la iglesia y al pueblo escogido de Dios. Se puede encontrar a los de esta clase en las iglesias de todas partes. En casos graves, pueden llegar a controlar a docenas o incluso cientos de personas. En los más moderados, exigirán constantes muestras de gratitud al predicarles el evangelio a unos pocos; les sacarán a relucir la deuda que tienen con ellos cada vez que se encuentren y siempre mencionarán cosas de la época en la que empezaron a creer. ¿Por qué mencionan siempre estas cosas? Para que nadie olvide su amabilidad y quién les predicó para permitirles entrar en la casa de Dios, y quién merece llevarse el mérito. Albergan un objetivo al sacar esos temas, y si no lo alcanzan, regañan a esa gente. ¿Qué es lo primero que le dicen? (Que son unos desagradecidos). ¿Poseen razón tales palabras? (No). ¿Por qué decís que carecen de razón? (Porque estos difusores del evangelio no se hallan en el lugar correcto. Difundir el evangelio es su deber, es algo que han de hacer. Sin embargo, tras acercarle el evangelio a las personas, consideran que han realizado una contribución, no un deber). Siempre piensan que han hecho una contribución al difundir el evangelio. Eso es un error. Por una parte, no ocupan el lugar que les corresponde. Es Dios el que salva a las personas, y la gente solo puede cooperar en eso. ¿Qué podría lograr alguien sin que obrara Dios? Por otro lado, difundir el evangelio a otras personas no es su contribución. No han realizado ninguna gran contribución, se trata de su deber. Es Dios el que quiere ganarse a las personas, los difusores del evangelio solo están cooperando un poco con Él. Salvar y ganarse a las personas es asunto de Dios y no tiene nada que ver con estos difusores. No pueden hacer tales cosas. Al difundir el evangelio, solo están desempeñando el trabajo de transmitirlo, simplemente comparten el evangelio de Dios de los últimos días con otras personas. No se puede decir que esto sea una especie de amabilidad que conceden a la gente, así que si estas personas no les prestan atención, no están siendo desagradecidas. ¿Acaso no ocurren a menudo tales cosas cuando la gente está cumpliendo con sus deberes de difundir el evangelio? ¿Se ha revelado esta clase de corrupción en vosotros? (Sí). ¿Fue una revelación grave? ¿Habéis llegado al punto de regañar a alguien? ¿De odiar? ¿Habéis llegado a desear maldecir y controlar a la gente? Deseas dominar y controlar a cualquiera que reciba de ti el evangelio. Quieres quedarte para ti a esa gente en lugar de entregársela a Dios. Esperas que cualquiera que reciba el evangelio de ti sea tu progenie leal. ¿Albergas tales pensamientos? Muchos tratan la predicación del evangelio como dar fruto. Les parece que cualquiera que reciba el evangelio de ellos se convierte en su fruto y su seguidor, y debe seguirlos con obediencia y tratarlos como su Dios y su maestro. ¿Pensáis así? Aunque no alcancéis un extremo tan evidente, seguís poseyendo este aspecto de un carácter corrupto. ¿Por qué es esto? Básicamente se reduce a dos puntos. Uno es que la gente no ocupa el lugar que le corresponde y no sabe quién es; otro es que no consideran difundir el evangelio como su deber. Si percibes la difusión del evangelio como tu deber, entenderás que da igual lo que hagas, a cuánta gente le prediques o a cuánta conviertas, solo se trata de cumplir con el deber de un ser creado, es una responsabilidad y obligación que debes cumplir y no se trata de una gran contribución que sea digna de destacar. Comprender el asunto de esa manera se ajusta a la verdad. Sin embargo, ¿por qué algunos de los que difunden el evangelio son capaces de controlar a aquellos que lo reciben y se apropian de esas personas? Porque por naturaleza son demasiado arrogantes y santurrones y carecen de la más mínima razón. Porque además no entienden la verdad y no han resuelto este aspecto de su carácter corrupto. Por eso pueden hacer cosas tan estúpidas, arrogantes y brutales que disgustan a los demás y que Dios detesta.

Cuando las personas hacen algo, cuando poseen un pequeño capital o realizan una contribución, quieren alardear, controlar a los demás, quieren intercambiar lo que han hecho por recompensas o para asegurarse un buen destino. Algunos llegarían al extremo de intentar negociar usando el evangelio de Dios. ¿Qué negocio quieren hacer? Aquí va un ejemplo. Cuando un difusor así llega a la casa de un destinatario potencial del evangelio y percibe que su familia es pobre, piensa que lo más probable es que no vaya a obtener beneficio al compartir el evangelio con esa persona. Por consiguiente, no siente interés en ella o incluso la discrimina. Se muestra contrariado al verla y le dice a su líder: “No va a ser capaz de creer en Dios. Y aunque lo lograra, no obtendría la verdad”. Esa es la excusa que usa para evitar compartirle el evangelio. No mucho después, alguien más comparte el evangelio con esa misma persona y esta lo acepta. ¿Cómo puede explicar eso el primero que lo intentó? ¿Cómo fue posible que dijera que esa persona no iba a creer en Dios? ¿Cómo pudo ser tan arbitrario? ¿Cómo podía saber si alguien iba a creer o no sin compartirle el evangelio? No podía saberlo. ¿Por qué no convirtió a esta persona? El motivo fue que tenía prejuicios contra ella, la menospreció y no le mostró un corazón amoroso, por eso fracasó a la hora de convertirla. Al cumplir de esa manera con su deber, estaba siendo negligente. No mostró un corazón amoroso y falló en el cumplimiento de su responsabilidad. A ojos de Dios, ¿es eso un mérito o un demérito? (Un demérito). Es una total transgresión. ¿Por qué surgió esa transgresión? ¿Acaso no fue porque no podía extraer ningún beneficio de ese destinatario del evangelio? Cuando vio que compartir el evangelio con esa persona no le reportaría ningún beneficio, sintió aversión por ella y tomó represalias, no quiso permitirle obtener la salvación, y luego buscó todo tipo de razones y excusas para evitar compartir el evangelio con ella. Se trata de una negligencia grave en el deber y una seria transgresión. ¿Qué clase de actitud es la de negarse a difundir el evangelio a alguien cuando no se puede obtener un beneficio? ¿No es la típica manifestación de una persona que vende el evangelio? (Sí). ¿De qué manera lo está vendiendo? Explicadme los detalles y el proceso. (El difusor del evangelio tomó la decisión de compartirlo o no con alguien en base a si podía beneficiarse de ello. Eso equivale a tratar el evangelio de Dios como una mercancía y a venderlo para obtener los beneficios que uno desea. Cuando supo que no había beneficios que obtener, se negó a difundir el evangelio). Consideran el evangelio de Dios como su propio bien privado. Si ven a alguien de una familia rica y poderosa, bien alimentado y vestido, piensan: “Si comparto el evangelio con ella, puedo quedarme en su casa y además comer bien y llevar ropa buena”, y es entonces cuando deciden predicarle el evangelio a esta persona. ¿Qué clase de comportamiento es este? Es el típico ejemplo de alguien que vende el evangelio. El difusor del evangelio trata el evangelio de Dios y la alegre noticia de la nueva obra de Dios como mercancía y un bien privado, engaña y embauca a los demás en todo momento, con el fin de asegurarse el beneficio y cualquier cosa que le haga falta. ¿Implica eso cumplir con el deber propio? A eso se le llama hacer negocios y beneficiarse de mercadear con el evangelio. Mercadear significa vender cosas que uno posee mediante el comercio, y obtener a cambio dinero o cosas materiales que desea. Entonces, ¿cómo mercadean con el evangelio? Depende de si pueden obtener beneficios de sus destinatarios potenciales, lo cual significa: “Compartiré contigo el evangelio si para mí supone un beneficio. Si no es así, buscaré una excusa para no predicártelo. Será como un negocio que no ha funcionado”. ¿Por qué no ha funcionado el negocio? No ha funcionado porque el difusor del evangelio no pudo beneficiarse de ello. ¿Cómo llamamos a este tipo de persona? “Estafadores ambulantes”. No tienen nada real que ofrecer, pero van por todas partes engañando y embaucando, valiéndose de sus palabras para hacer dinero y obtener beneficios. Al predicar el evangelio de esta manera, ¿están cumpliendo con su deber? Lo que hacen es pura maldad. Sus acciones no tienen nada que ver con cumplir un deber, porque no consideran la difusión del evangelio como tal, y no lo ven como su responsabilidad u obligación, o como una comisión que Dios les ha confiado. En cambio, lo ven como un trabajo, una profesión que se hace a cambio de cosas que necesitan, para satisfacer sus propios intereses y cumplir con sus propias exigencias. Hay incluso algunas personas que no quieren marcharse cuando van a zonas ricas a predicar el evangelio, porque allí comen bien, visten bien y se hospedan en buenos sitios. Empiezan a llorar delante de los destinatarios del evangelio por lo pobres que son. “Contemplad la gracia y bendiciones de Dios que os rodean aquí. Cada familia tiene su propio coche, vive en su modesta mansión y viste bien. Incluso coméis carne todos los días. Eso no es posible en el lugar de donde nosotros venimos”. Tras oír esto, los destinatarios del evangelio dicen: “Ya que el lugar donde vivís es tan pobre, venid cuando queráis y hospedaros con nosotros”, y entonces les dan algunas cosas a los difusores del evangelio. Esta es una manera encubierta de pedirle y extorsionarle dinero y cosas materiales a la gente. ¿En qué se basa su extorsión? “Os hemos predicado el evangelio de Dios y no hemos obtenido nada a cambio. Hemos cumplido con la comisión de Dios. Habéis recibido grandes bendiciones, así que debéis devolver el amor de Dios y darnos un poco de caridad. ¿Acaso no es eso lo que merecemos?”. De esta manera, se sirven de varias maneras para extorsionar bienes materiales y dinero a la gente de un modo encubierto, directo o indirecto. Emplean la difusión del evangelio como una oportunidad de buscar beneficios personales. La primera manifestación de esto es vender el evangelio, que por su naturaleza es la más grave. La segunda es la extorsión encubierta. Por tanto, de manera casi imperceptible, los bolsillos de algunos de los que integran las filas de los que cumplen con el deber de difundir el evangelio empiezan a engordar mientras predican, y su situación pasa a ser acomodada. Hay quienes dicen: “¿Acaso no es bueno hallarse en una situación acomodada? ¿No es una bendición de Dios?”. ¡Eso es una estupidez! Confías en tus propias artimañas y estratagemas para extorsionar y timarle cosas a la gente, y luego afirmas que es la bendición de Dios. ¿Cuál es la naturaleza de tales palabras? Son una blasfemia contra Dios. Esta no es Su bendición. Él no bendice a la gente de esa manera. Entonces, ¿por qué surgiría en alguien una idea semejante? Es el fruto de sus ambiciones y de su naturaleza satánica y avariciosa.

Todos aquellos que difunden el evangelio sufren mucho. En ocasiones, los religiosos los persiguen y acosan, o incluso los entregan al régimen de Satanás. Si son algo incautos, es probable que el gran dragón rojo los arreste. Sin embargo, los que aman la verdad pueden abordar tales cosas correctamente, mientras que aquellos que no la aman se quejarán con frecuencia sobre el menor sufrimiento. Algunos de los que difunden el evangelio han dicho cosas como esta: “Le prediqué el evangelio a alguien y, después de hablar un montón de tiempo, no me dio ni un vaso de agua. No quiero predicarle a esa persona”. ¿Supone un problema que no le diera un vaso de agua? Existe cierto carácter oculto en las palabras de estos difusores del evangelio. La implicación es que difundir el evangelio solo merece la pena cuando se disfruta y reporta beneficios. Si implica sufrir o ni siquiera se saca de ello un vaso de agua, entonces no merece la pena. Alberga la intención de pedir algo y de negociar un trato. Si siempre hay una naturaleza transaccional en el modo en que una persona difunde el evangelio, ¿se está gastando con sinceridad por Dios? Si ni siquiera pueden soportar este pequeño sufrimiento cuando cumplen con su deber, y cualquier nimiedad los puede volver negativos, ¿pueden cumplir con su deber de manera adecuada? Dirán también: “No es que no me diera agua, ni siquiera me dio de comer a la hora del almuerzo”. ¿Es un problema que la gente no permita a los difusores del evangelio quedarse a comer? Llevan años difundiendo el evangelio y siempre les preocupa cómo los acoge la gente, qué les dan de comer y beber, y qué regalos reciben. ¿Por qué es esto? ¿No saben tratar a la gente que está investigando el camino verdadero? Se trata de un problema de su talante. ¿Sienten siquiera un poco de amor hacia la gente en sus corazones? ¿Y por qué siguen sin entender los tipos de sufrimiento que aquellos que difunden el evangelio deben soportar y cómo deben practicar la verdad? ¿Por qué no han puesto esto en práctica en absoluto? ¿Supone un problema que aquellos a los que estés predicando no te den agua o comida? No. Difundir el evangelio es cumplir con una obligación, es nuestro deber. No hay condiciones adicionales. Las personas a las que predicas no están obligadas a alimentarte, servirte o sonreírte. No han de escuchar todo lo que digas ni obedecerte. No se hallan bajo semejante obligación. Si eres capaz de pensar de ese modo, eso es lo objetivo y racional. Así podrás considerar tales cosas de la manera correcta. Entonces, ¿cómo se debe tratar a alguien que está investigando el camino verdadero? Mientras se ajuste a los principios de la casa de Dios para la difusión del evangelio, tenemos la obligación de predicárselo; e incluso si su actitud presente es pobre e inaceptable, debemos ejercer la paciencia. ¿Por cuánto tiempo y hasta qué punto debemos ser pacientes? Hasta que te rechacen y no te dejen entrar en su casa, hasta que no funcionen las charlas, ni llamarles, ni que otra persona vaya a invitarles y no te reconozcan. En este caso, no habrá manera de difundirles el evangelio. En ese momento habrás cumplido con tus responsabilidades. Eso es lo que significa cumplir con tu deber. Sin embargo, mientras exista algo de esperanza, debes buscar todas las maneras que se te ocurran y hacer todo lo posible para leerles las palabras de Dios y darles testimonio de Su obra. Digamos, por ejemplo, que has estado en contacto con alguien durante dos o tres años. Has tratado de difundir el evangelio y de dar testimonio de Dios ante ellos muchas veces, pero no tienen intención de aceptarlo. Sin embargo, su comprensión es bastante buena, y sin duda son un destinatario potencial del evangelio. ¿Qué debes hacer? En primer lugar, en absoluto debes renunciar a intentarlo, sino que debes mantener interacciones normales con ellos, y seguir leyéndoles las palabras de Dios y dando testimonio de Su obra. No te des por vencido con ellos; sé paciente hasta el final. Cualquier día inesperado, se despertarán y sentirán que es hora de investigar el camino verdadero. Por eso, practicar la paciencia y ser perseverante hasta el final es un aspecto muy importante de difundir el evangelio. ¿Y por qué hacer esto? Porque es el deber de un ser creado. Ya que estás en contacto con ellos, tienes la obligación y la responsabilidad de predicarles el evangelio de Dios. Muchos procesos tienen lugar desde que oyen por primera vez las palabras de Dios y el evangelio hasta que se transforman, y eso lleva tiempo. Este periodo requiere que seas paciente y esperes, hasta que llegue el día en que se transformen y los lleves ante Dios, de vuelta a Su casa. Esa es tu obligación. ¿Qué es una obligación? Es una responsabilidad que no se puede eludir, a la que obliga el honor. Es igual que cómo trata una madre a su hijo. Por muy desobediente o travieso que sea el niño, o si está enfermo y no quiere comer, ¿cuál es la obligación de la madre? Al saber que se trata de su hijo, lo adora, lo quiere y lo cuida con mimo. Da igual que el niño la reconozca como su madre o no, y no importa cómo la trate: ella se queda igualmente a su lado, protegiéndolo, sin marcharse ni un instante, esperando siempre que crea que es su madre y vuelva a su seno. De este modo, ella vela constantemente y cuida de él. Esto es lo que significa la responsabilidad; esto es lo que significa que te obligue el honor. Si los que se dedican a la difusión del evangelio practicaran de esta manera, albergando este tipo de corazón amoroso por la gente, estarían defendiendo los principios de la difusión del evangelio, y serían plenamente capaces de obtener resultados. Si siempre están poniendo excusas y hablando sobre sus condiciones, no podrán difundir el evangelio y no cumplirán con su deber. Algunos de los que difunden el evangelio son siempre muy quisquillosos respecto a los destinatarios potenciales del evangelio que tienen demasiadas preguntas y dificultades y que son de bajo calibre y, en consecuencia, no están dispuestos a sufrir y a pagar un precio para convertirlos. Pero si sus propios padres y parientes tienen muchas dificultades y un calibre bajo, los pueden seguir tratando con un corazón amoroso. ¿No significa esto que no tratan a la gente de forma justa? ¿Tienen un corazón amoroso? ¿Muestran consideración hacia las intenciones de Dios? Por supuesto que no. Al difundir el evangelio, siempre andan en busca de cualquier motivo y excusa que puedan encontrar basada en condiciones objetivas para no predicarlo o, vean a quién vean, nunca les agrada y los consideran inferiores a ellos, y siempre piensan que no hay nadie al que predicarle el evangelio. El resultado es que no le acercan el evangelio a ni una sola persona. ¿Tiene principios difundirlo de esa manera? Alguien así no tiene en cuenta las intenciones o los requerimientos de Dios en absoluto. Cualquiera que sea capaz de reconocer que las palabras de Dios son la verdad y que pueda aceptar la verdad es un destinatario potencial del evangelio, a menos que resulte evidente que se trata de alguien malvado o absurdo. Si la gente realmente mostrara consideración por las intenciones de Dios, cumpliría con sus deberes y trataría a los demás con principios. Sean cuales sean los problemas que tengan quienes investigan el camino verdadero o cuánto revelan de sus actitudes corruptas, siempre que puedan reconocer y aceptar la verdad, debes leerles incansablemente las palabras de Dios y dar testimonio de Su obra. Este es el principio que se ha de seguir al difundir el evangelio.

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