El amor de Dios ha fortalecido mi corazón

1 Ene 2020

Por Zhang Can, provincia de Liaoning

En mi familia, todo el mundo se ha llevado siempre muy bien. Mi esposo es un hombre muy considerado y cariñoso, y mi hijo es muy sensato y siempre es respetuoso con sus mayores. Es más, hemos sido bastante adinerados. En teoría, yo debería haber sido muy feliz, pero la realidad no fue así. Sin importar lo bien que me trataran mi esposo y mi hijo, e independientemente de lo adinerados que fuéramos, nada de eso podía hacerme feliz. Nunca podía dormir por la noche porque desarrollé artritis y también sufría de un grave insomnio, lo que condujo a un menorriego sanguíneo al cerebro y a una debilitación generalizada de mis extremidades. El tormento de estas enfermedades combinado con la presión constante de regentar un negocio hacía que viviera en un sufrimiento indescriptible. Intenté superarlo de muchas maneras distintas, pero parecía que nada funcionaba.

En marzo de 1999, un amigo compartió conmigo el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días. A través de la lectura diaria de la palabra de Dios, las constantes asistencias a reuniones y la comunicación con mis hermanos y hermanas, llegué a comprender algunas verdades, me enteré de muchos misterios hasta el momento desconocidos para mí y me reafirmé en mi creencia de que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús retornado. Yo estaba extremadamente emocionada por todo esto y devoraba ávidamente la palabra de Dios todos los días. También me involucré en la vida de la iglesia, participando a menudo en las reuniones, orando, cantando himnos y bailando en alabanza a Dios con mis hermanos y hermanas. Tenía una sensación de paz y de felicidad en mi corazón, y mi moral y mis perspectivas mejoraban con cada día que pasaba. Despacio pero de forma segura, también empecé a recuperarme de mis diversos males. A menudo, daba gracias y alababa a Dios por estas evoluciones positivas en mi vida y deseaba difundir el evangelio de Dios Todopoderoso a incluso más personas para que todas pudieran alcanzar la salvación de Dios. No mucho tiempo después, la iglesia me puso a cargo de su obra de difusión del evangelio. Me entregué por completo a esta obra con un fervor ardiente, pero sucedió algo que nunca había imaginado…

En la tarde del día 15 de diciembre de 2012, justo cuando había terminado mi reunión con cuatro hermanas y estaba a punto de irme, escuchamos un fuerte crujido cuando abrieron la puerta de una patada e irrumpieron en la sala siete u ocho policías vestidos de paisano, que nos gritaban: “¡Que nadie se mueva! ¡Manos arriba!”. Sin mostrar ninguna documentación, los policías empezaron a cachearnos por la fuerza y confiscaron mi tarjeta de identificación y un recibo de una transacción de 70.000 yuanes de los fondos de la iglesia. Se pusieron muy contentos en cuanto vieron el recibo y empezaron a empujarnos y a arrastrarnos hasta un vehículo policial y nos llevaron a la comisaría. Una vez allí, nos confiscaron nuestros teléfonos móviles, reproductores MP5 y 200 yuanes en efectivo que llevábamos en las mochilas. En ese momento, los policías sospecharon que una de las hermanas y yo éramos líderes de la iglesia, así que esa noche nos trasladaron a las dos a la Unidad de Investigaciones Criminales de la Oficina de Seguridad Pública Municipal.

Cuando llegamos, la policía nos separó y nos interrogó de manera individual. Me esposaron a un banco de metal y, luego, un agente me preguntó con dureza: “¿Cuál es la historia de los 70.000 yuanes? ¿Quién envió ese dinero y dónde está ahora? ¿Quién es el líder de tu iglesia?”. En mi corazón, yo oraba continuamente a Dios: “¡Querido Dios! Este policía está intentando forzarme a delatar a los líderes de la iglesia y a entregarle el dinero de la iglesia. Definitivamente, no puedo convertirme en una Judas y traicionarte. ¡Oh, Dios! Estoy deseosa de ponerme en Tus manos. Te pido que me des fe, valor y sabiduría. Independientemente de cómo intente la policía extorsionarme para sacarme información, estoy deseosa de mantenerme firme en el testimonio de Ti”. Entonces, les dije con seguridad: “¡No lo sé!”. Esto enfureció al policía, quien agarró una zapatilla del suelo y empezó a golpearme agresivamente en la cabeza mientras me reprendía con rabia diciéndome: “¡Intenta mantenerte callada! ¡Intenta creer en Dios Todopoderoso! ¡Veremos por cuánto tiempo sigues creyendo!”. La cara me ardía de dolor a causa de los golpes y se me empezó a hinchar rápidamente, y me daba punzadas la cabeza. Cuatro o cinco policías se turnaron para golpearme con el fin de obligarme a decirles dónde estaba escondido el dinero de la iglesia. Algunos de ellos me patearon las piernas, otros me agarraron y me tiraron del cabello de un lado para otro, y otros me dieron bofetadas en la boca, que empezó a sangrarme; sin embargo, los policías solo me limpiaron la sangre y siguieron golpeándome. De vez en cuando, también me daban con una porra de descarga eléctrica y, mientras me pegaban, gritaban: “¿Vas a hablar o no? ¡Canta!”. Cuando vieron que seguía negándome a hablar, me dieron con la pistola paralizante en la ingle y en el pecho; el dolor era insoportable. El corazón me latía con fuerza, empecé a tener dificultades para respirar y me acurruqué formando una bola toda temblorosa. Sentía como si la muerte me estuviera pisando los talones paso a paso. Aunque mantuve la boca cerrada y no dije ni una palabra, me sentía increíblemente débil en mi corazón y pensé que no sería capaz de aguantar por mucho más. En medio del sufrimiento, nunca dejé de orar a Dios: “¡Oh, Dios! Aunque he decidido satisfacerte, mi carne es débil e indefensa. Te pido que me infundas fuerzas para poder mantenerme firme en el testimonio de Ti”. En ese momento, pensé de repente en cómo antes de que el Señor Jesús fuera crucificado, Él fue salvajemente golpeado por los soldados romanos: fue golpeado y machacado hasta quedar todo ensangrentado; tenía todo el cuerpo lleno de heridas y, sin embargo, Él no dijo ni una palabra. Dios es santo y sin culpa, pero Él sufrió una humillación y un tormento inmensos y estaba dispuesto a que lo crucificaran con el fin de redimir a la humanidad. Yo pensé para mis adentros: “Si Dios pudo ofrecer Su cuerpo para salvar a la humanidad, también yo debo experimentar sufrimiento para retribuir el amor de Dios”. Alentada por el amor de Dios, recuperé la confianza e hice un juramento a Dios: “Querido Dios, cualquier sufrimiento que experimentes, yo también he de experimentarlo. Debo beber de la misma copa de sufrimiento que Tú. ¡Daré mi vida para mantenerme firme en el testimonio de Ti!”.

Después de que esta tortura continuara durante la mayor parte de la noche, me habían golpeado hasta el punto de que en mi cuerpo no quedaba ni la más mínima fuerza. Estaba tan cansada que apenas podía mantener los ojos abiertos y, en cuanto empezaba a cerrarlos, los policías me tiraban agua. Estaba tiritando de frío. Cuando esta manada de bestias me vieron en ese estado, mascullaron agresivamente: “¿Aún sigues sin querer abrir la boca? ¡En este lugar, podemos torturarte hasta la muerte y nadie lo sabrá jamás!”. Yo los ignoré. Uno de esos malvados policías tomó entonces una cáscara de semillas de girasol y me la metió por la fuerza bajo la uña; esto fue insoportablemente doloroso y no pude evitar que me temblara el dedo. Luego, siguieron echándome agua en la cara y por todo mi cuello. El agua, terriblemente gélida, me dejó tiritando de frío; estaba sufriendo una absoluta agonía. Esa noche, oré constantemente a Dios temiendo que si lo dejaba, no sería capaz de seguir viviendo. Dios estuvo siempre a mi lado y Sus palabras me dieron un aliento constante: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante […]” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron una fuerza inagotable, y pensé para mis adentros: “Es cierto. Dios gobierna soberano sobre todo y todas las cosas están en Sus manos. Aunque la malvada policía torture mi carne hasta la muerte, mi espíritu está bajo el control de Dios”. Con el apoyo de Dios, ya no temía más a Satanás y, mucho menos, estaba dispuesta a ser una traidora y vivir una vida sin sentido complaciendo la carne. Así pues, hice un juramento a Dios en oración: “¡Querido Dios! Aunque estos demonios están atormentando mi carne, aún estoy deseosa de satisfacerte y ponerme completamente en Tus manos. ¡Incluso si eso significa mi muerte, me mantendré firme en el testimonio de Ti y nunca me arrodillaré ante Satanás!”. Con la guía de las palabras de Dios, me sentí llena de confianza y de fe. Aunque la policía me estaba atormentando y torturando mi carne, y me habían puesto ya al límite de mi resistencia, con la palabra de Dios apoyándome, sentí mucho menos dolor casi sin darme cuenta.

A la mañana siguiente, los malvados policías continuaron interrogándome y también me amenazaron diciéndome: “Si hoy no hablas, te entregaremos a la unidad de policía especial; ellos tienen 18 instrumentos de tortura diferentes esperándote allí”. Cuando oí que me iban a entregar a la unidad de policía especial, no pude evitar sentirme aterrada, y pensé: “La policía especial es seguramente mucho más dura que estos tipos; ¿cómo voy a sobrevivir a 18 formas de tortura diferentes?”. Justo cuando estaba entrando en pánico, pensé en un pasaje de la palabra de Dios: “¿Qué es un vencedor? Los buenos soldados de Cristo deben ser valientes y depender de Mí para ser espiritualmente fuertes; deben pelear para volverse guerreros y combatir hasta la muerte a Satanás” (‘Capítulo 12’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios calmaron rápidamente a mi frenético y aterrado corazón. Me ayudaron a darme cuenta de que esta era una batalla espiritual y de que había llegado el momento en el que Dios quería que yo diera testimonio. Con el apoyo de Dios, no había nada que temer. Sin importar qué tipos de perturbadas tácticas usara la malvada policía, yo tenía que confiar en Dios para ser una buena soldado de Cristo y luchar contra Satanás hasta la muerte sin rendirme jamás.

Esa tarde, entraron para interrogarme dos agentes encargados de los asuntos religiosos de la Oficina de Seguridad Pública Municipal, quienes me preguntaron: “¿Quién es el líder de tu iglesia?”. “No lo sé”, les respondí yo. Al ver que yo me negaba a hablar, alternaron entre tácticas suaves y duras. Uno de ellos me dio un puñetazo en el hombro realmente fuerte mientras que el otro empezó a soltar teorías absurdas que negaban la existencia de Dios para intentar engatusarme: “Todas las cosas en el universo surgen a partir de procesos naturales. Tienes que ser más práctica: creer en Dios no va a ayudarte a solucionar ningún problema en tu vida; solo puedes hacer eso confiando en ti misma y trabajando duro. Podemos ayudarte a encontrar un trabajo para ti y para tu hijo…”. En mi corazón, yo seguí simplemente estando en comunión con Dios, y entonces pensé en un pasaje de Su palabra: “Debéis estar despiertos y esperando en cada momento, y debéis orar más delante de Mí. Debéis reconocer las diversas tramas y argucias engañosas de Satanás, conocer el espíritu, conocer a la gente y ser capaces de discernir todo tipo de personas, asuntos y cosas” (‘Capítulo 17’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me esclarecieron inmediatamente y me permitieron ver la intención de las intrigantes maquinaciones de Satanás. Entonces pensé: “El malvado policía está intentando engañarme con sus absurdas teorías y sobornarme con pequeños favores. ¡No debo caer en las trampas de Satanás y, lo que es más, no debo traicionar a Dios y convertirme en una Judas!”. El esclarecimiento de Dios me permitió ver las siniestras intenciones de la malvada policía, así que, independientemente de las tácticas suaves o duras que usaran conmigo, yo simplemente los ignoré. Esa noche, oí que iba a venir a interrogarme otra persona y que afirmaban que yo tenía antecedentes penales. No sabía qué esperar o qué iba a pasar, así que lo único que podía hacer era clamar a Dios en mi corazón para que me guiara. Sabía que, sin importar a qué tipo de persecución y dificultades me enfrentara, no podía traicionar a Dios. Un poco después cuando estaba usando el cuarto de baño, el corazón empezó a palpitarme de repente; me mareé y me desmayé en el suelo. Cuando la policía escuchó algo raro, vinieron corriendo inmediatamente y se agruparon alrededor de mí, y escuché que alguien decía con tono siniestro: “¡Llévenla al crematorio, quémenla y acaben con esto!”. Sin embargo, como temían que muriese y que los responsabilizaran de mi muerte, los policías acabaron llamando a los servicios de emergencia y pidieron una ambulancia para llevarme al hospital para que me examinaran. Tal y como resultó, yo había sufrido previamente un ataque al corazón y tenía una isquemia miocárdica residual. Puesto que tuvieron que suspender el interrogatorio, me llevaron a un centro de detención. Al ver el aspecto de frustración que mostraban los malvados policías, me alegré sobremanera: Dios me había abierto una salida para que, de momento, no tuviera que someterme a ningún interrogatorio más. El hecho de haber podido esquivar esa bala me permitió ser testigo de las obras de Dios; di gracias y alabé a Dios desde lo más profundo de mi corazón.

Durante los aproximadamente diez días siguientes, a sabiendas de que el Gobierno del PCCh no se rendiría hasta haberme sacado dónde estaba el dinero de la iglesia, oré a Dios todos los días pidiéndole que protegiera mi boca y mi corazón para que, independientemente de lo que pasara, permaneciera firme al lado de Dios y no lo traicionara en absoluto ni abandonara el camino verdadero. Un día, después de hacer una oración, Dios me esclareció y me permitió recordar un himno de Sus palabras: “Independientemente de lo que Dios te pida, sólo debes darle todo tu ser. Con suerte, serás capaz de mostrar tu lealtad a Dios ante Él al final, y mientras puedas ver la sonrisa de Dios, satisfecho en Su trono, aunque sea el momento de tu muerte, deberías ser capaz de reír y sonreír cuando se cierren tus ojos. Debes cumplir tu obligación final por Dios durante tu tiempo en la tierra. En el pasado, Pedro fue crucificado boca abajo por Dios; sin embargo, deberías satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él” (‘Un ser creado debería estar a merced de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Canté y pensé en el himno una y otra vez en mi corazón y, a través de las palabras de Dios, llegué a entender los requisitos y las expectativas que Dios tenía en cuanto a mí. Pensé en que, de todas las criaturas en el universo que viven bajo el dominio de Dios y de todas las personas en la tierra que lo siguen, solo un número extremadamente pequeño podía presentarse verdaderamente delante de Satanás y dar testimonio de Dios. El que yo fuese lo suficientemente afortunada como para enfrentarme a este tipo de situación era Dios que me levantaba de una manera excepcional, y eso demostraba Su favor para mí. En particular, estas palabras de Dios fueron profundamente alentadoras para mí: “En el pasado, Pedro fue crucificado boca abajo por Dios; sin embargo, deberías satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él”. No pude reprimir el hacer una oración a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! En el pasado, Pedro pudo ser crucificado boca abajo por Ti, dando testimonio de su amor hacia Ti delante de Satanás. Y, ahora, mi arresto por parte del partido gobernante en China contiene Tus buenas intenciones. Aunque mi estatura es demasiado pequeña y nunca podría compararme con Pedro, es un gran honor para mí tener la oportunidad de mantenerme firme en el testimonio de Ti. Estoy deseosa de entregarte mi vida y moriré de buena gana para dar testimonio de Ti, para que puedas obtener algún consuelo a través de mí”.

En la mañana del 30 de diciembre, la Oficina de Seguridad Pública Municipal mandó a algunos agentes para que me interrogaran. En cuanto entré en la sala de interrogatorios, un policía malvado me hizo quitarme los pantalones con acolchado de algodón y la chaqueta, y me dijo: “Ahora hemos detenido a tu hermana pequeña y a tu hijo. Sabemos que toda tu familia es creyente. Fuimos al lugar de trabajo de tu esposo y descubrimos que empezaste a creer en Dios Todopoderoso en 2008…”. Sus palabras aprovecharon mi mayor debilidad e hicieron estragos en mi estado mental; nunca pensé que también detendrían a mi hijo y a mi hermana. De repente, me vi superada por las emociones y empecé a preocuparme por su bienestar y, sin quererlo, mi corazón se alejó de Dios. Seguí haciéndome preguntas sin parar: “¿Los estarán golpeando? ¿Podrá soportar mi hijo un trato semejante? […]”. Justo en ese momento, recordé un pasaje de la palabra de Dios: “Por mucho que un individuo deba sufrir y sin importar lo lejos que deba caminar en su senda es decretado por Dios y que nadie puede realmente ayudar a alguna otra persona” (‘La senda… (6)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me sacaron inmediatamente de mi estado emocional y me permitieron darme cuenta de que el camino de fe de todas las personas está predeterminado por Dios. Todo el mundo debería mantenerse firme en el testimonio de Dios delante de Satanás; ¿no sería una gran bendición para ellos mantenerse firmes en el testimonio de Dios delante de Satanás? Tras pensar en esto, dejé de preocuparme e inquietarme por ellos; me sentí deseosa de entregárselos a Dios y dejar que Él gobernase e hiciera Sus arreglos. Justo entonces, otro policía dijo los nombres de algunas otras hermanas y me preguntó si reconocía los nombres. Cuando le dije que no reconocía ninguno de ellos, saltó de la silla, me arrastró con rabia hasta un banco de metal que había al lado de una ventana, me esposó a él y abrió rápidamente la ventana para que me empezara a dar el gélido aire del exterior. Luego, empezó a echarme agua fría mientras me maldecía con palabras infames antes de golpearme la cara con una zapatilla decenas de veces seguidas. Me golpeó tan fuerte que empecé a ver las estrellas, me pitaban los oídos y, de la boca, empezó a gotearme sangre.

Esa noche, algunos policías me trasladaron a la habitación más fría; las ventanas estaban completamente cubiertas de hielo. Me quitaron toda la ropa por la fuerza y me sentaron, completamente desnuda, en un banco de metal que había al lado de la ventana. Me esposaron las manos por detrás de la espalda al respaldo del banco para que no me pudiera mover ni un milímetro. Uno de los malvados policías me dijo con tono frío y siniestro: “No cambiamos nuestras tácticas de investigación en función del género”. Mientras decía esto, abrió la ventana y un frío helado recorrió todo mi ser; sentía como si me estuvieran clavando mil cuchillos por el cuerpo. Tiritando de frío, dije con un castañeteo de dientes: “No me puedo exponer a este tipo de frío, tengo artritis reumatoide posparto”. El policía respondió cruelmente: “¡Oh, esto te va a ayudar mucho con tu artritis! ¡Con esto también desarrollarás diabetes y una enfermedad renal! ¡No importa cuántos médicos veas, nunca te recuperarás!”. Dicho esto, pidió que alguien le trajera un cubo lleno de agua fría y me hizo meter los pies en él. Luego, me ordenó: “No dejes que se salga del cubo ni una gota de agua”. Me echó más agua fría por la espalda y luego me sopló la espalda con un trozo de cartón. La temperatura era de -20 ºC y esa agua helada me estaba congelando, por lo que, instintivamente, saqué los pies del cubo, pero un agente me obligó a volver a meterlos inmediatamente y me prohibió volver a moverlos. Tenía tanto frío que tenía todo el cuerpo contraído y no podía parar de tiritar. Sentía como si la sangre se me hubiera congelando dentro de las venas. Les entusiasmaba verme así y empezaron a soltar horribles carcajadas mientras se burlaban de mí diciendo: “¡Estás ‘bailando’ siguiendo el ritmo!”. Odiaba a esta pandilla de demonios y bestias infrahumanos con todas mis fuerzas; de repente, recordé un video que mostraba demonios del infierno que torturaban a la gente por diversión y que disfrutaban con el sufrimiento de los demás. No tenían sentimientos ni humanidad, y solo conocían la violencia y el tormento. Estos policías malvados no eran distintos a los demonios del infierno; de hecho, eran incluso peores. Durante todo un día y toda una noche, me abofetearon la cara incontables veces para obligarme a revelar información sobre el dinero de la iglesia. Cuando la cara se hinchaba a causa de los golpes, me aplicaban hielo para bajar la hinchazón y luego seguían golpeándome. Si no hubiera sido por la protección de Dios, habría muerto mucho antes. Cuando esos policías malvados vieron que yo seguía negándome a hablar, empezaron a darme con una porra eléctrica en los muslos y en la ingle. Cada vez que me daban una descarga, todo mi cuerpo convulsionaba y daba espasmos del dolor. Como me habían esposado al banco de metal, no era posible escapar de allí, así que tuve que soportar todos los golpes violentos, todos los pisotones y toda la humillación que causaban. No se puede describir con palabras la intensa agonía que experimenté y, sin embargo, durante todo el tiempo, los policías solo se reían a carcajadas. Y, lo que fue aún más horrible, un policía joven usó un par de palillos para pellizcarme el pezón y luego retorcérmelo todo lo que podía. Me dolió tanto que grité hasta quedarme sin aliento. También me pusieron una botella de agua helada entre medio de las piernas a la altura de la ingle y luego me metieron a la fuerza por la nariz agua que tenía disuelto wasabi en polvo. Me ardían todas las fosas nasales y el calor abrasador parecía que me llegaba directamente al cerebro. No me atrevía a respirar. Otro policía malvado dio una larga calada a su cigarrillo y me echó el humo en la nariz, lo que me produjo un ataque de tos espantoso. Antes de poder recobrar el aliento, otro policía volcó un banco de madera y me puso las piernas sobre él para que las plantas de mis pies quedaran expuestas. Luego, tomó una vara de acero y me golpeó las plantas de los pies decenas de veces. Fue tan insoportablemente doloroso que pensé que se me iban a despellejar los pies, y grité sin parar del dolor. No mucho después, las plantas se me hincharon y se me pusieron rojas. Los malvados policías me torturaron sin descanso. El corazón me latía con fuerza y pensé que estaba a punto de morir. Entonces, me dieron un tipo de fármaco para el corazón de efecto rápido y tradicional de China y, en cuanto me empecé a recuperar, empezaron a golpearme de nuevo y a amenazarme, diciéndome: “¡Si no hablas, te vamos a congelar y a matarte a golpes! ¡Después de todo, nadie lo sabrá! Si no cantas hoy, podemos seguir con esto algunos días más y ver quién dura más. ¡Traeremos a tu esposo y a tu hijo para que vean el aspecto que tienes ahora y, si sigues sin decirnos nada, nos aseguraremos de que los despidan a los dos de su trabajo!”. Incluso me amagaban con sarcasmo haciendo como que me golpeaban y diciendo: “¿No crees en Dios? ¿Por qué no viene tu Dios y te rescata? ¡Parece que, después de todo, tu Dios no es tan grandioso!”. Yo despreciaba a esta pandilla de bestias hostiles, malvadas y salvajes con todo mi corazón y toda mi alma. Fue realmente difícil soportar su cruel tortura y, aún más difícil, soportar sus difamaciones de Dios. Así pues, clamé desesperadamente a Dios rogándole que me protegiera y que me diera fe, fuerza y voluntad para soportar el sufrimiento, para que pudiera mantenerme firme. Justo entonces, vinieron a mi mente las palabras de Dios: “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Yo pensé: “¡Es cierto! La voluntad de Dios es que dé testimonio de Él delante de Satanás, así que he de soportar todo este dolor y toda esta humillación para satisfacer a Dios. Aunque sea con el último aliento, debo mantenerme fiel a Dios, pues de eso se trata un testimonio fuerte y rotundo, y lo que avergonzará al viejo diablo”. Con la guía de la palabra de Dios, tuve una sensación de confianza y de fe renovadas dentro de mi corazón. Estaba deseosa de vencer a las fuerzas de la oscuridad; aun si eso significaba mi muerte, esta vez tenía que satisfacer a Dios. Luego, se me vino a la mente un himno de la iglesia: “Entregaré mi amor y lealtad a Dios y cumpliré con mi misión para glorificarlo. Estoy decidido a mantenerme firme en el testimonio de Dios y a no rendirme jamás a Satanás. ¡Oh! Tal vez me parta la cabeza y corra la sangre, pero el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás. Dios predestina el dolor y las penalidades; soportaré la humillación para serle fiel. Dios nunca volverá a derramar una lágrima ni a preocuparse por mi culpa” (‘Deseo ver el día en que Dios gane la gloria’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). “¡Es cierto!”, pensé. “No debo complacer a mi carne. Siempre y cuando tenga la oportunidad de humillar a Satanás y consolar el corazón de Dios, estoy dispuesta a dar mi vida a Dios”. Una vez que tomé una decisión firme en cuanto a mis intenciones, independientemente de cómo me torturaran o intentaran engañarme esos demonios con sus intrigantes estrategias, yo confiaba en Dios en mi corazón de principio a fin. Las palabras de Dios me esclarecían y me guiaban desde mi interior dándome fe y fuerza y permitiéndome vencer la debilidad de mi carne. Los policías malvados continuaron torturándome con el frío: me restregaron cubos de hielo por todo el cuerpo, lo que me dejó con tanto frío y tantos temblores que parecía que me hubieran encerrado en una caverna de hielo. Los dientes me castañeaban intensamente y la piel se me puso de un color azul morado. A eso de las dos de la madrugada, tras haber sido torturada hasta el punto de desear morir, no pude evitar volver a sentirme débil. Como no sabía por cuánto tiempo más tendría que soportar ese sufrimiento, solo podía suplicar a Dios una y otra vez en mi corazón: “Querido Dios, mi carne es demasiado débil y no podré aguantar por mucho tiempo más. ¡Sálvame, por favor!”. Doy gracias a Dios por haber contestado a mi oración; justo cuando ya no podía soportarlo más, los malvados policías decidieron suspender el interrogatorio porque no les estaba dando ningún resultado.

En algún momento posterior a las 2 de la tarde del 31 de diciembre, los malvados policías volvieron a llevarme a rastras hasta mi celda. Tenía golpes y hematomas de la cabeza a los pies. Las manos se me habían hinchado como globos; estaban todas azules y moradas. La cara se me había hinchado tres veces más de su tamaño normal y tenía un color verde azulado, además de sentirla dura al tacto y completamente adormecida. Tenía quemaduras en varias zonas del cuerpo debido a las descargas eléctricas. Por aquel entonces, en la celda había más de veinte reclusos que empezaron a llorar cuando vieron cómo me habían torturado esos demonios. Algunos de ellos ni siquiera se atrevían a mirarme, y un joven miembro del Partido Comunista dijo: “Cuando salgamos de aquí me daré de baja como miembro”. Un representante legal me preguntó: “¿En qué comisaría trabajan los que te han pegado? ¿Cómo se llaman? Dímelo, voy a publicarlo todo en páginas webs extranjeras y voy a desenmascararlos. Dicen que China es un país humanitario, pero ¿qué humanidad hay en esto? ¡Esto es pura barbarie!”. Mi sufrimiento avivó la ira de muchos de los reclusos, quienes exclamaron con furia: “Nunca imaginé que el Partido Comunista pudiera ser tan cruel; no puedo creerme que hayan cometido unos actos tan infames. Creer en Dios es algo bueno, evita que la gente cometa delitos. ¿No dicen que en China hay libertad religiosa? ¡Desde luego que esto no es libertad religiosa! En China, si tienes dinero y poder, lo tienes todo. Los verdaderos criminales siguen sueltos y nadie se atreve a arrestarlos. Los reclusos que están en el corredor de la muerte son liberados en cuanto pagan a los funcionarios del Gobierno. ¡En este país no hay rastro de justicia ni igualdad! […]”. En ese momento, no pude evitar recordar estas palabras de Dios: “Ahora es el momento: el hombre lleva mucho tiempo reuniendo todas sus fuerzas; ha dedicado todos sus esfuerzos, ha pagado todo precio por esto, para arrancarle la cara odiosa a este demonio y permitir a las personas, que han sido cegadas y han soportado todo tipo de sufrimiento y dificultad, que se levanten de su dolor y le vuelvan la espalda a este viejo diablo maligno” (‘Obra y entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). “¿Realmente odiáis al gran dragón rojo? ¿Verdaderamente, sinceramente, lo odiáis? ¿Por qué os he preguntado eso tantas veces? ¿Por qué sigo haciéndoos esta pregunta una y otra vez? ¿Qué imagen hay en vuestro corazón del gran dragón rojo? ¿Realmente la habéis quitado? ¿Verdaderamente no lo consideráis vuestro padre? Todas las personas deberían percibir Mi intención en Mis preguntas. No es para provocar la ira de las personas, ni para incitar la rebeldía entre los hombres, ni para que el hombre pueda encontrar su propio camino de salida, sino que es para permitirles a todas las personas que se liberen de la esclavitud del gran dragón rojo” (‘Capítulo 28’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fueron un gran consuelo para mí. Nunca imaginé que la esencia cruel, malvada y demoniaca del Gobierno del PCCh pudiera quedar expuesta a través de la cruel tortura que padecí, que esto pudiera permitir que los incrédulos vieran al Gobierno del PCCh como lo que de verdad es, y que se subleven todos juntos para aborrecer y abandonar a ese viejo diablo. Esta era verdaderamente la obra de la sabiduría y la omnipotencia de Dios. En el pasado, yo había visto al PCCh como el gran sol rojo, como el salvador del pueblo, pero tras haber sido víctima de la persecución y el tormento inhumanos del Gobierno del PCCh, mi opinión de él ha cambiado por completo. Vi de verdad su profundo desprecio por la vida humana, cómo maltrata brutalmente a los elegidos de Dios, cómo va contra el cielo y que es un espíritu malvado que perpetra crímenes monstruosos; es una reencarnación del diablo y un demonio que se resiste a Dios, Señor de la creación, y los humanos somos seres creados. Creer en Dios es natural y correcto; sin embargo, el Gobierno del PCCh inventa acusaciones falsas para arrestar y atormentar deliberadamente a los seguidores de Dios, con la desesperada esperanza de eliminar por completo hasta el último seguidor de Dios. Al hacerlo, han expuesto por completo la naturaleza diabólica de sus caminos que se oponen y odian a Dios. Con el Gobierno del PCCh como contraste, la esencia de la bondad y el amor de Dios se hizo incluso más clara para mí. Dios se ha hecho carne dos veces y, en ambas ocasiones, ha padecido una inmensa persecución y dificultades, así como la persecución del diablo. Pero, a pesar de todo, Dios soportó todos los ataques y todo el sufrimiento en silencio, llevando a cabo Su obra de salvación de la humanidad. ¡El amor de Dios a la humanidad es verdaderamente maravilloso! En ese momento, aborrecí a esa manada de demonios con todo mi corazón y con toda mi alma y sentí un arrepentimiento verdadero porque, en el pasado, no había perseguido de todo corazón la verdad ni había cumplido mi deber para retribuir el amor de Dios. Pensé para mí misma que, si un día salía viva de ese sitio, me dedicaría incluso más al cumplimiento de mis deberes y dejaría que Dios obtuviera mi corazón.

Más tarde, los malvados policías me interrogaron cuatro veces más. No consiguieron sacarme nada, así que se inventaron la acusación de que yo estaba “perturbando el orden público” y me dejaron en libertad pendiente de juicio previo pago de una fianza de un año fijada en 5000 yuanes. Fui finalmente liberada el 22 de enero de 2013 después de que mi familia pagara la fianza. Tras volver a casa, siempre que veía hielo en las ventanas se me empezaba a acelerar el corazón. Mi vista se redujo significativamente y mi artritis también empeoró, y desarrollé un problema renal. Tenía frío constantemente, era propensa a sufrir ataques de pánico, tenía las dos manos adormecidas, había mudado una capa la piel de la cara y, a menudo, sentía un dolor insoportable en la parte interna de los muslos que incluso me despertaba cuando estaba dormida. Todas estas eran pruebas de la tortura de esos demonios.

Tras experimentar la persecución inhumanamente cruel del Gobierno del PCCh, aunque había sufrido todo tipo de torturas físicas, mi relación con Dios se hizo más estrecha, obtuve un entendimiento más práctico de la sabiduría, la omnipotencia, el amor y la salvación de Dios y reforcé mi determinación de seguir a Dios Todopoderoso. Decidí seguir a Dios durante el resto de mi vida y aspirar a convertirme en alguien que ama a Dios. A través de la cruel persecución del Gobierno del PCCh, experimenté en persona el amor, el cuidado y la protección de Dios. Si la palabra de Dios no me hubiera guiado en cada paso del camino dándome fuerza y fe, nunca hubiera sido capaz de soportar todo el tormento y toda la tortura inhumanos que sufrí. A través de mi experiencia de esta situación única, llegué a ver plenamente que el Gobierno del PCCh no es otra cosa que el diablo Satanás que se opone y que se resiste a Dios. En su empeño por convertir a China en un país ateo y dominar el mundo, no se detiene ante nada y hace todo lo que está en su poder para echar a Dios afuera de este mundo. Busca, arresta y persigue a todos los que siguen a Dios con el objetivo de erradicar a todos los seguidores de Dios atrapándolos a todos en su red y, con ello, suprimir la obra de Dios por completo. ¡De verdad, el Gobierno del PCCh es increíblemente malvado! No es nada más que una bestia demoniaca que se traga a las personas enteras; es una fuerza de la oscuridad satánica y perversa que desafía al cielo, que frustra la justicia y que permite el mal. En China, el Gobierno del PCCh permite que los hacedores de maldad que oprimen y abusan de la gente común y buena campen a sus anchas, e incluso les da un poco de poder jurídico y político. Fraternizan y se codean con los bandidos y maleantes vinculándose con la prostitución, los juegos de apuestas y el contrabando de drogas; incluso los ayudan a proteger sus intereses. El Gobierno del PCCh solo considera como sus enemigos a los seguidores de Dios que caminan por el sendero correcto en la vida, a quienes oprime y arresta deliberadamente, y persigue cruelmente hasta el punto de que muchas familias de creyentes acaban destrozadas, los seres queridos acaban esparcidos a los cuatro vientos y no pueden regresar a casa. Muchos de ellos son incapaces de establecerse y deben llevar una vida de mendicidad lejos de su hogar. Y, otros, son sometidos a crueles torturas y son golpeados hasta el punto de quedar paralíticos o morir por su creencia en Dios. […] Está más que claro que el Gobierno del PCCh es Satanás, el diablo, el brutalmente inhumano matarife de hombres. Al final, no escapará del justo castigo de Dios por los monstruosos pecados que ha cometido, ya que, hace mucho tiempo, Dios Todopoderoso dijo: “Dios hará pedazos el nido de los demonios, y estaréis al lado de Dios; le pertenecéis a Él y no a este imperio de esclavos. Hace mucho que Dios aborrece a esta oscura sociedad con todas Sus fuerzas. Rechina los dientes, desesperado por plantar Sus pies sobre esta perversa y odiosa serpiente antigua, para que nunca más se levante y no vuelva a maltratar más al hombre. No disculpará sus actos del pasado, no tolerará que engañe al hombre, ajustará cuentas por cada uno de sus pecados a lo largo de los siglos; Dios no será benévolo en lo más mínimo hacia este cabecilla de todo mal;[1] lo destruirá por completo” (‘Obra y entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). La justicia de Dios es digna de alabanza y elogio y Él eliminará y destruirá el reino de Satanás. ¡El reino de Dios se establecerá aquí en la tierra y la gloria de Dios se difundirá definitivamente por todo el universo!

Nota al pie:

1. “Cabecilla de todo mal” se refiere al viejo diablo. Esta frase expresa una extremada aversión.

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