Una experiencia más profunda del amor de Dios en una guarida de demonios

2 Ene 2020

Por Fenyong, provincia de Shanxi

A pesar de criarme con el cariño de mis padres desde niña, en el fondo solía sentirme sola y sin nadie en quien confiar. Parecía estar siempre atenazada por una inexplicable angustia que no podía superar. A menudo me preguntaba: ¿Por qué vive la gente? ¿Cómo deberíamos vivir? Sin embargo, nunca encontraba respuesta. En 1999, por fin tuve la dicha de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. El alimento y la provisión de la palabra de Dios consolaban mi solitario corazón y sentía que por fin había encontrado un hogar. Me sentía especialmente segura y a salvo. Fue entonces cuando finalmente conocí la felicidad. Posteriormente leí en la palabra de Dios que: “Un mundo dentro del corazón del hombre, sin un lugar para Dios, es oscuro, vacío sin esperanza. […] Ninguno de ellos puede reemplazar la posición y la vida de Dios. La humanidad no sólo requiere una sociedad justa en la que todos estén bien alimentados, y que sea igualitaria y libre, sino la salvación de Dios y Su provisión de vida para ella” (‘Dios preside el destino de toda la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). En ese momento por fin descubrí que comer bien, llevar ropa elegante y divertirse no es lo que necesita la gente para vivir. Lo que necesita es la salvación de Dios y Su provisión de vida. Estas son las únicas cosas que pueden solucionar el vacío espiritual de la gente. Las cuestiones que me habían preocupado tanto tiempo ya tenían respuesta: Dios cuida de cada ser vivo de la creación; la gente deber vivir amparándose en Dios y para Dios, pues su vida solo tiene sentido si la vive así. Leyendo más la palabra de Dios, progresivamente llegué a entender algo de la verdad y más adelante asumí algunos deberes en la iglesia. Solía ir a reuniones para hablar con mis hermanos y hermanas y mis días transcurrían con la sensación de estar viviendo una vida plena y satisfactoria. Sin embargo, una súbita detención hizo añicos mi tranquila vida y me arrojó a una guarida de demonios…

Un lluvioso día de verano, el 17 de julio de 2009, tres hermanas y yo nos despertamos de la siesta al oír que el perro del patio de pronto empezaba a ladrar sin cesar. Me asomé a ver qué pasaba y vi a más de veinte policías de civil trepando el muro para saltar al patio. Para cuando quise reaccionar, entraron corriendo en la casa y nos arrastraron a la sala de estar. El repentino cambio de circunstancias me dejó aterrorizada, preguntándome cómo respondería al interrogatorio de la policía. Pero entonces me vino una idea: Dios había permitido estas circunstancias, así que debía someterme. Luego, la policía nos mandó agachar y dos de ellos me retorcieron los brazos a la espalda, me oprimieron el cuello con una porra eléctrica y me pusieron una chaqueta en la cabeza. No paraban de apretar y se me entumecieron las piernas. El más mínimo movimiento provocaba una oleada de blasfemias y reproches. Los malvados policías rebuscaban frenéticamente por la casa como unos forajidos y yo oraba a Dios sin cesar en mi interior, diciendo: “Dios mío, sé que todo está en Tus manos y que estoy ante esta situación por Tus buenas intenciones. Aunque ahora no lo entienda, estoy dispuesta a someterme. Dios mío, ahora tengo mucho pánico, mucho miedo, y no sé qué tipo de circunstancias tendré que afrontar a continuación. Sé que mi estatura es demasiado pequeña y que entiendo muy poco la verdad, así que te ruego protección y guía. Dame fe y fuerza para que pueda mantenerme firme y que no me convierta en una judas y te traicione”. Oré una y otra vez sin atreverme a abandonar a Dios ni siquiera un momento. Durante el registro, la policía encontró cuatro computadoras portátiles, varios celulares, diversos reproductores MP3 y memorias USB y más de 1000 RMB en efectivo. Cuando terminaron de registrar la casa, confiscaron todo lo que encontraron, nos sacaron fotos a cada una de nosotras y nos metieron en su vehículo. Al salir vi infinidad de coches y policías.

La policía nos llevó a un albergue en una subzona militar, donde nos separaron para interrogarnos individualmente. Había dos policías vigilando la puerta. En cuanto me empujaron a la sala, tres policías varones y una mujer policía comenzaron a interrogarme. Uno de los policías varones empezó preguntándome: “¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces en esta zona? ¿Dónde está el dinero de la iglesia?”. Yo oraba a Dios sin cesar en mi interior y, me preguntaran lo que me preguntaran, me negaba a soltar palabra, en vista de lo cual todos ellos perdieron los estribos. Me mandaron ponerme recta de pie y no me dejaban apoyarme en la pared. Así siguieron turnándose para interrogarme a lo largo de tres días y tres noches y durante ese tiempo no me dejaron comer ni dormir. Mi ya flaco y débil cuerpo no soportaba semejante abuso. Estaba a punto de estallarme la cabeza, me sentía como si me hubieran socavado el corazón, estaba cansada y hambrienta y no podía mantener el equilibrio. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, me daban un empujón y me decían: “¡No vas a dormir hasta que respondas a nuestras preguntas! ¡De ninguna manera! Tenemos todo el tiempo del mundo. ¡A ver cuánto duras!”. A menudo me hacían preguntas sobre la iglesia. Estuve muy nerviosa durante todo el calvario y aterrorizada por si se me escapaba algo en un momento de descuido. Me sentía física y espiritualmente atormentada, pero cuando creía que había soportado todo lo que podía soportar y no aguantaba más, Dios me dio esclarecimiento recordándome este pasaje de Su palabra: “Cuando te enfrentes a sufrimientos debes ser capaz de no considerar la carne ni quejarte contra Dios. Cuando Él se esconde de ti, debes ser capaz de tener la fe para seguirlo, para mantener tu amor anterior sin permitir que flaquee o desaparezca. Independientemente de lo que Dios haga, debes respetar Su designio, y estar más dispuesto a maldecir tu propia carne que a quejarte contra Él. Cuando te enfrentas a pruebas debes satisfacer a Dios, a pesar de cualquier reticencia a deshacerte de algo que amas o del llanto amargo. Sólo esto puede llamarse amor y fe verdaderos. Independientemente de cuál sea tu estatura real, debes poseer primero la voluntad de sufrir dificultades, una fe verdadera y tener la voluntad de abandonar la carne” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). Cada renglón de las palabras de Dios me animó. Así es, Satanás me estaba atacando con mi debilidad física. Esperaba utilizar mi deseo de proteger mi carne y vivir con comodidad y facilidad para hacer que me sometiera a él. No podía permitir que me engañara y me hiciera vivir como una judas cobarde y envilecida. Estaba dispuesta a vivir según la palabra de Dios, a abandonar la carne y a practicar el amor a Dios. Prefería maldecir mi propia carne a quejarme de Dios o traicionarlo. Las palabras de Dios eran una inagotable fuente de fuerza y me dieron el tesón para soportar el sufrimiento. A la medianoche del tercer día vino un hombre de mediana edad, aparentemente su superior, y, al ver que no me habían sacado ni una palabra, se situó de pie justo delante de mí y me dijo: “Eres joven y no eres fea. Podrías hacer lo que te diera la gana. ¿Por qué te empeñas en creer en Dios? ¿Por qué no nos cuentas lo que sabes? Aplazar las cosas no te servirá de nada. Cuanto más las aplaces, más tendrás que sufrir”. En aquel momento, mi carne era extremadamente débil y mi determinación comenzó a tambalearse. Pensé: “Tal vez debería contarles algo sin importancia. Si sigo aplazando las cosas de esta manera, ¿quién sabe qué otros medios emplearán para torturarme?”. Sin embargo, inmediatamente pensé: “¡No! ¡No puedo decir nada! Si se me escapa algo, me preguntarán cada vez más cosas. Ya no podré pararlo y entonces seré una auténtica judas”. Cuando me di cuenta de esto, comprendí que había estado a punto de caer en la trampa de Satanás. ¡Qué peligro! ¡Qué demonios más siniestros y despreciables! Estaban explotando mi debilidad mediante técnicas duras y blandas para que traicionara a la iglesia. No podía permitir que Satanás me engañara. Moriría antes de hacer nada que traicionara a Dios.

El cuarto día, como aún no les había dicho nada, esos malvados policías probaron otra táctica. Me llevaron a otra sala y cerraron la puerta. Entonces recordé que en una ocasión me enteré de cómo la policía llevó a una hermana a una celda de la cárcel llena de hombres y dejó que los prisioneros la humillaran. Tenía mucho miedo, como un cordero en las fauces de un tigre sin esperanza de escapar, y pensé: “¿Cómo me van a torturar ahora? ¿Voy a morir en esta sala?… ¡Dios mío, por favor, protégeme y dame fuerza!”. Una y otra vez oré e invoqué a Dios sin atreverme a dejarlo ni por un momento. Los malvados policías se sentaron en la cama. Me mandaron ponerme de pie delante de ellos, me hicieron las mismas preguntas y, cuando vieron que seguía sin hablar, uno de ellos se enfureció. Me agarró de los brazos, me los retorció a la espalda, me esposó y me mandó hacer la postura del caballo. Para entonces ya me flojeaban las piernas. Estaban demasiado débiles para siquiera ponerme de pie, y no digamos para apoyarme en la postura del caballo. No pude mantener la postura ni un minuto. Como la postura no cumplía sus exigencias, uno de ellos me dio una brutal patada en la espinilla que me tiró al suelo. Otro policía grande se acercó, me levantó por las esposas, luego me elevó los brazos por detrás y entretanto me increpó: “¿Hablarás ahora? ¡No pongas a prueba mi paciencia!”. Cuanto más me levantaba él, más me apretaban las esposas y gritaba de dolor. Cuanto más gritaba, más me levantaba y con mayor vileza me reprendía, pero yo no sentía nada salvo que mis brazos y muñecas estaban a punto de partirse. Durante mi sufrimiento me vino a la mente un pasaje de la palabra de Dios: “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). En ese momento realmente sentí el consuelo y aliento de Dios. Noté que Dios estaba a mi lado, que estaba conmigo alentándome a mantenerme firme por grande que fuera el sufrimiento y a serle fiel hasta el final, pues este es el único testimonio firme y rotundo. Oré a Dios en silencio: “Dios mío, ahora me exiges que me mantenga firme y dé testimonio de Ti. Por mucho que sufra, daré testimonio de Ti ante Satanás y, aunque muera, ¡no te traicionaré! ¡No me someteré a Satanás!”. Tras otra ronda de torturas, el policía vio que seguía sin hablar, así que me tiró brutalmente al suelo. Después vi que las esposas me habían hecho dos cortes profundos en las muñecas y el dolor parecía desgarrarme. A día de hoy aún no puedo levantar cosas pesadas con la muñeca derecha.

La policía me torturó de manera intermitente durante diez días para sacarme información de la iglesia. En vista de que sus tácticas agresivas no funcionaban, probaron otra estrategia. Un día enviaron a una agente de policía para que se me acercara. Me trajo productos de uso diario y luego trató de captar mi simpatía, diciendo: “Mírate: joven, guapa, seguramente con una buena titulación… Si no creyeras en Dios, podríamos ser amigas. Si no tienes adónde ir, podrías quedarte en mi casa. Puedo ayudarte a conseguir un buen trabajo aquí y presentarte a un buen novio. Podrías tener un hogar, un marido, un hijo y disfrutar de la vida con tu familia. ¿No sería maravilloso? Tal como están las cosas ahora, no puedes irte a casa. ¿No echas de menos tu casa y a tus padres?”. El policía que estaba a su lado terció diciendo: “Así es. ¿Por qué te pasas la vida escondiéndote y trasladándote de un lugar a otro? ¿Por qué tienes que pasar por eso? Si cooperas con nosotros, te prometo una salida de todo esto”. Los oí tentarme y mi corazón no pudo evitar debilitarse: “Tienen razón. He pasado los últimos años escondida por miedo a ser detenida por la policía. No he tenido una dirección fija y siempre he tenido miedo. ¿Cuándo terminarán estos días de persecución? ¡Vivir así es una auténtica desgracia!”. Sin embargo, ese pensamiento me nubló el corazón al instante, así que clamé a Dios: “Dios, sé que mi estado es defectuoso. Te estoy exigiendo y quejándome de Ti. Eso es mi rebeldía y mi oposición. Dios, te ruego que me des esclarecimiento para que pueda apartarme de este estado defectuoso, impedir que la trama de Satanás salga bien y evitar caer en su trampa”. Después de orar, recordé un pasaje de la palabra de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Debido a esta leve aflicción, que sólo dura un instante, funciona para nosotros como la relevancia de la gloria cada vez más superior y eterna’. En el pasado, todos habéis oído esta sentencia, sin embargo, nadie comprendió su verdadero significado. Hoy en día, conocéis bien el verdadero significado que posee. Estas palabras reflejan lo que Dios logrará en los últimos días. Y serán cumplidas en aquellos cruelmente afligidos por el gran dragón rojo en la tierra donde este se encuentra. El gran dragón rojo persigue a Dios y es el enemigo de Dios, por lo que, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y persecución. Es por ello que estas palabras se volverán ciertas en vuestro grupo de personas” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). El esclarecimiento de las palabras de Dios me iluminó el corazón. Llegué a comprender la relevancia de experimentar la persecución y la tribulación. Mediante la persecución de estos demonios, Dios nos da la voluntad de soportar el sufrimiento y perfeccionar nuestra sinceridad y fe siguiéndolo a Él, para que nuestra experiencia y nuestro testimonio lleguen a ser una poderosa demostración de que Dios vence a Satanás y para que todo el mundo vea dicho testimonio de que la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días no es obra del hombre, sino del propio Dios. Sin la obra de Dios y la guía y provisión de Sus palabras, nadie soportaría a largo plazo la crueldad y el tormento inhumanos de estos demonios. Ser capaces de creer en Dios y seguirlo incluso a costa de la propia vida es el resultado de la obra de Dios Todopoderoso en las personas. Es el testimonio de la gloria conquistada por Dios y de Su omnipotencia. En esta última etapa de Su obra, Dios quiere conquistar a un grupo de vencedores capaces de resistir la persecución y el daño cruel de Satanás y de mirar hacia la justicia sin miedo. ¡Esos son los vencedores que Dios desea conquistar al final! La palabra de Dios dice: “Os he otorgado toda Mi gloria y os he otorgado la vida que el pueblo escogido, los israelitas, nunca recibió. Por derecho, debéis dar testimonio de Mí y dedicarme vuestra juventud y rendirme vuestra vida. A quien quiera que Yo le otorgue Mi gloria dará testimonio de Mí y dará su vida por Mí. Esto ha sido predestinado desde hace mucho tiempo. Es vuestra buena fortuna que Yo os otorgue Mi gloria y vuestro deber es testificar para Mi gloria” (‘¿Qué sabes de la fe?’ en “La Palabra manifestada en carne”). En Su plan de gestión de 6000 años, Dios ha llevado a cabo tres etapas de Su obra y se ha encarnado dos veces. En Su encarnación final ha venido a obrar en China, el país ateo que más persigue a Dios, y alcanza parte de la gloria que Él conquista en los últimos días sobre aquellos que hemos sido profunda y brutalmente heridos por Satanás, derrotando así a Satanás y, al mismo tiempo, obrando la verdad y la vida en nosotros. Realmente recibimos mucho de Dios, por lo que debemos dar testimonio de Él. Esa es la comisión de Dios, así como Su gracia y exaltación, y un honor para nosotros. Así pues, el sufrimiento que soportamos hoy es importante y valioso y representa el favor de Dios para con nosotros. Con el esclarecimiento y la guía de las palabras de Dios entendí Su voluntad, conocí las trampas de Satanás y encontré el tesón para soportar cualquier sufrimiento con tal de mantenerme firme y dar testimonio de Dios. Después, la policía continuó interrogándome otras dos semanas, pero nunca les di información de la iglesia.

Posteriormente me trasladaron al centro de detención local. En cuanto llegué, una agente de policía me mandó desnudarme para cachearme y, además, me incautó el dinero que llevaba. Cuando entré en la celda, la pestilencia era horrible. Más de veinte personas estaban apretujadas en un solo camastro. Todos comíamos, bebíamos, orinábamos y defecábamos en la misma habitación. Al mes siguiente, esos malvados policías me mandaron hacer horas extra y realizar tareas adicionales todos los días. Me habían quitado las gafas, así que todo me parecía borroso y tenía que acercar mucho las cosas a los ojos mientras trabajaba para ver bien. Para colmo, las luces del centro de detención eran pequeñas y tenues. Mientras los demás dormían, yo tenía que seguir trabajando hasta altas horas de la noche porque tardaba mucho en terminar mis quehaceres. Tenía la vista cansadísima y temía quedarme ciega a causa del trabajo. No dormía bien y cada noche me tocaba trabajar una hora en la celda. Aparte de la pesada carga de trabajo diaria, también me interrogaban dos veces por semana, y en cada ocasión esos malvados policías me ponían esposas y cadenas, así como el uniforme “amarillo imperial” de los presos. Recuerdo que un día estaba lloviendo. Pasé al lado de un policía que se cubría con un paraguas. Caminaba con gran dificultad, esposada y encadenada, con el liviano uniforme de presidiaria y temblando mientras la fría lluvia caía sobre mí. Las cadenas pesaban mucho, me raspaban los tobillos y hacían mucho ruido a cada paso. Antes sólo había visto esas cosas por televisión, pero en ese momento las estaba viviendo personalmente. No pude evitar detestar mi situación y grité para mis adentros: “¡Así es como se interroga a los asesinos y violadores! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?”. Fue entonces cuando Dios me dio esclarecimiento y recordé Sus palabras: “¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos legítimos y los intereses de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado! […] Ahora es el momento: el hombre lleva mucho tiempo reuniendo todas sus fuerzas; ha dedicado todos sus esfuerzos, ha pagado todo precio por esto, para arrancarle la cara odiosa a este demonio y permitir a las personas, que han sido cegadas y han soportado todo tipo de sufrimiento y dificultad, que se levanten de su dolor y le vuelvan la espalda a este viejo diablo maligno” (‘Obra y entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Comparando las palabras de Dios con la realidad a la que me enfrentaba, acabé entendiendo que aunque el gobierno del PCCh declare por todos los medios al mundo exterior que todos los pueblos merecen libertad religiosa, en el momento en que alguien realmente cree en Dios, responde con todo tipo de persecuciones, detenciones, violencia, insultos, condenas y encarcelamientos. No trata al pueblo de manera humana. ¡Los valores de “la libertad de credo religioso” y de “la democracia y los derechos humanos” son meros trucos para engañar, cegar y jugar con los demás! Ese malvado partido se adorna con toda elocuencia, pero en realidad es tan cruel y brutal como una bestia demoníaca; de hecho, ¡tan siniestra y ruin como la que más! El gobierno del PCCh ignora y hace la vista gorda premeditadamente ante los criminales y malhechores del mundo, que engañan, defraudan, asesinan y roban, y a veces incluso los protege, pero persigue y mata despiadadamente a gente que cree en Dios y va por la senda correcta. Es, en verdad, ¡un demonio que se declara enemigo de Dios! Mientras pensaba en estas cosas, no pude evitar despreciar a ese vil demonio. Juré rebelarme contra él aunque me costara la vida ¡y me entregué a Dios! Transcurrido un mes, pese a carecer de pruebas, la policía me condenó a un año de reeducación por medio del trabajo, acusada de “alteración del orden público”.

Cuando llegué al campo de trabajo me di cuenta de que ese era un lugar aún más oscuro. Allí no había nada de libertad. Los detenidos solo podíamos comer, beber o ir al baño por orden de los guardias de nuestra unidad y teníamos que obedecerlos en todo para que no nos castigaran. Al entrar y salir de la habitación teníamos que dar nuestro número de recluso y, si alguien daba un número que no era, se castigaba a toda la unidad a pasar dos horas bajo un sol de justicia o a empaparnos bajo la lluvia. Cuando íbamos a la cantina a comer, si alguien daba un número que no era, se castigaba a toda la unidad a esperar afuera sin poder comer. Lo único que podíamos hacer era mirar con impotencia mientras los demás detenidos comían. También teníamos que cantar con todas nuestras fuerzas un cántico militar antes de cada comida y, si alguien desafinaba o no cantaba lo bastante alto, teníamos que empezar de nuevo a cantar una vez, dos veces… Solamente se nos permitía comer cuando los guardias de la unidad se quedaban satisfechos. Este presunto “sistema de control” únicamente existe para satisfacer los deseos de esos guardias malvados de mirar a los demás por encima del hombro, dominarlos y gozar de estatus. Todos los días ponían a los demás al límite. Allí, además de limpiar para los guardias y doblar sus edredones, los detenidos teníamos que ir por agua para que se lavaran los pies y darles masajes en la espalda. Los guardias se comportaban como emperadores y reinas que te sonreían si les servías bien, pero que te reprendían vilmente o te pegaban si les servías mal. Con independencia de lo que estuviéramos haciendo, incluso si estábamos en el baño, en cuanto oyéramos gritar a los guardias teníamos que responder en voz alta “presente” y darnos prisa para oír sus instrucciones. Así operan los campos de trabajo bajo el régimen del PCCh. Son oscuros, oprimentes, crueles y humillantes. Frente a todo esto yo no sentía más que resentimiento e impotencia. Y además, esos malvados policías trataban a los detenidos del campo de trabajo como a animales de carga y esclavos, meros instrumentos para ganar dinero. Nos sobrecargaban de trabajo todos los días hasta tal punto que, dejando de lado comer y dormir, el resto del tiempo trabajábamos para enriquecerlos a ellos. Cada día, aparte de las diversas normas que teníamos que obedecer, también teníamos que acometer una pesada carga de trabajo y no sabíamos cuándo nos castigarían y reñirían. La verdad, yo no aguantaba esa vida ni sé cuántas veces pensé para mis adentros: “¿Voy a morir en este campo de trabajo? Nos agotan a diario. ¿Cómo voy a sobrevivir a un año tan difícil? ¿Cuándo terminará esto por fin? No aguanto ni un minuto, ni un segundo más en este lugar infernal…”. Para colmo de males, tampoco había nadie con quien pudiera compartir abiertamente mis sentimientos. Cada día tenía que soportarlo todo en silencio y trabajar sin cesar y me sentía desgraciada. Por la noche, cuando todo el mundo estaba dormido y yo miraba las estrellas por la ventana enrejada, me abrumaba el dolor. Me sentía aislada y sola y no podía evitar sollozar sobre la almohada. Sin embargo, en el momento en que más débil estaba, de pronto recordaba la palabra de Dios: “Muchas son las noches insomnes que Dios ha soportado por el bien de la obra de la humanidad. Desde lo más alto hasta las más bajas profundidades, Él ha descendido al infierno viviente en el que el hombre mora para pasar Sus días con él, nunca se ha quejado de la mezquindad que hay entre los hombres, nunca le ha reprochado a este su desobediencia, sino que ha soportado la mayor humillación mientras lleva personalmente a cabo Su obra. ¿Cómo podría Dios pertenecer al infierno? ¿Cómo podría pasar Su vida allí? Sin embargo, por el bien de toda la humanidad, y para que toda ella pueda hallar descanso pronto, Él ha soportado la humillación, y sufrido la injusticia para venir a la tierra, y entró personalmente en el ‘infierno’ y el ‘Hades’, en el foso del tigre, para salvar al hombre” (‘Obra y entrada (9)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Cada renglón de la palabra de Dios consolaba mi atormentado corazón. ¡Sí! Me sentía muy sola y aislada en esa prisión demoníaca porque no tenía a nadie en quien confiar, pero Dios descendió a la tierra desde el cielo y soportó horrendos insultos y torturas para salvarnos a nosotros, la humanidad, que se rebeló y opuso a Él, y absolutamente nadie lo entendió ni tuvo en consideración Su voluntad. Por el contrario, se encontró con la incomprensión, las quejas, el abandono, los ataques, la falsedad y la traición de la gente. ¿No sintió Dios el mismo aislamiento y la misma soledad? ¿No fue Dios torturado y herido también? Sin embargo, pese a esto, yo no tenía la menor consideración por la voluntad de Dios y me volví negativa y débil tras apenas un poco de sufrimiento. Solo quería abandonar y escapar. ¡Qué rebelde fui! Dios permitió que la persecución de estos demonios cayera sobre mí, no porque quisiera hacerme sufrir deliberadamente, sino porque quería que viera con nitidez el malvado rostro del gobierno del PCCh viviendo su cruel persecución, que fuera capaz de abandonarlo de verdad y que finalmente me volviera completamente hacia Dios. Dios hizo todo esto con Sus buenas intenciones y Su salvación. Y en todo caso, Cristo estaba sufriendo conmigo en ese momento, así que ya no estaba sola. Fue entonces cuando percibí que en todo cuanto Dios hace al hombre no hay sino salvación y amor. Aunque sufriera la tortura en mis carnes, ¡era sumamente beneficiosa para mi entrada en la vida! Una vez que entendí estas cosas, poco a poco empecé a salir de mi estado negativo y débil y encontré la determinación para contentarme con el sufrimiento con tal de dar testimonio de Dios.

A finales de junio de 2010 me liberaron con un mes de antelación. Experimentando esta persecución y esta penosidad entendí de veras que la salvación de Dios a las personas es sincera y práctica ¡y que el amor de Dios por la gente es profundo y auténtico! Si no hubiera vivido la persecución y detención de estos diablos, mi fe, valentía y determinación para sufrir no se habrían perfeccionado ni habría visto nunca el verdadero rostro repugnante del demonio. Nunca lo habría despreciado sinceramente ni habría podido volver mi corazón a Dios ni entregarme plenamente a Él. Sin la vivencia real del amargo sabor de la persecución y la penosidad, jamás habría comprendido ni valorado la desdicha que siente Dios ni el precio que paga al venir encarnado a este inmundo lugar para salvarnos. Esto me permitió sentir más profundamente el amor de Dios y acercó mi corazón a Él. Agradezco las palabras de Dios por haberme guiado continuamente y haberme acompañado durante el año que viví en la oscuridad de la cárcel. Actualmente he vuelto a la iglesia, leo la palabra de Dios y hablo de la verdad con mis hermanos y hermanas, he asumido nuevamente mis deberes y mi corazón rebosa gozo y felicidad infinitos. Estoy agradecida a Dios de todo corazón y me he jurado a mí misma que, sin importar las circunstancias o pruebas que me acontezcan en el futuro, solo deseo buscar la verdad con todas mis fuerzas ¡y seguir a Dios hasta el final!

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