931 Las maravillosas obras de Dios al gestionar todas las cosas

Durante siglos,

el pequeño arroyo fluía alrededor de la montaña,

siguiendo, suave, el curso hecho por la montaña.

Volvió a su hogar, se unió al río,

y entonces fluyó hasta el mar.

Cuidado por la montaña, el arroyo,

el arroyo nunca, nunca se perdió.

El pequeño arroyo y la gran montaña

se apoyaban mutuamente,

se dominaban mutuamente, su dependencia era mutua.

Durante siglos, el feroz viento no cambió.

Siempre aullaba a la montaña,

soplaba remolinos de arena al visitar la montaña,

como siempre había hecho.

Amenazaba a la montaña, pero nunca la atravesó.

Continuaron como siempre habían hecho.

El feroz viento y la gran montaña

se apoyaban mutuamente,

se dominaban mutuamente, su dependencia era mutua.

Durante siglos, la enorme ola nunca descansó,

y nunca dejó de expandirse.

Rugía y embestía una y otra vez.

Pero la gran montaña no se movió ni un milímetro.

Vigilaba al océano

y las criaturas en él se multiplicaban y crecían.

La enorme ola y la gran montaña

se apoyaban mutuamente,

se dominaban mutuamente, su dependencia era mutua.

Adaptado de ‘Dios mismo, el único VII’ en “La Palabra manifestada en carne”

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