a. Qué es la encarnación y por qué solo Aquel que expresa la verdad es Dios manifestándose y obrando
Palabras de Dios Todopoderoso de los últimos días
La “encarnación” es la aparición de Dios en la carne; Él obra en medio de los hombres creados bajo una forma carnal. Por tanto, dado que es Dios encarnado, primero debe ser carne, una carne con una humanidad normal; esto, como mínimo, es el requisito previo más básico. De hecho, la implicación de la encarnación de Dios es que Él vive y obra en la carne; la esencia misma de Dios se hace carne, se hace persona.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios
La encarnación significa que el Espíritu de Dios se hace carne, es decir, que Dios se hace carne; la obra que la carne realiza es la obra del Espíritu, la cual se materializa en la carne y es expresada por la carne. Nadie, excepto la carne de Dios, puede cumplir con el ministerio del Dios encarnado; es decir, que solo la encarnación de Dios, esta persona con humanidad normal, puede expresar la obra divina. Ningún ser humano puede reemplazarlo en esto. Si, durante Su primera venida, Dios no hubiera poseído una humanidad normal antes de los veintinueve años de edad —si, apenas nacido, hubiera podido realizar señales y maravillas, si tan pronto como hubiera aprendido a hablar hubiera podido hablar el lenguaje del cielo, si desde Su nacimiento hubiera podido comprender todos los asuntos mundanos, ver los pensamientos y lo que yace dentro del corazón de cada persona—, a esa persona no se la podría haber llamado un ser humano normal y tal carne no podría haberse llamado carne humana. Si este fuera el caso con Cristo, entonces el sentido y la esencia de la encarnación de Dios se perderían. Que posea una humanidad normal demuestra que Él es Dios encarnado en la carne; que pase por un proceso de crecimiento humano normal demuestra aún más que Él es una carne normal; además, si a esto se le suma Su obra, con todo esto basta para demostrar que Él es la Palabra de Dios, el Espíritu de Dios hecho carne.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios
El Dios encarnado se llama Cristo y Cristo es la carne de la que se reviste el Espíritu de Dios. Esta carne es diferente de cualquier hombre que es de la carne. Esta diferencia se debe a que Cristo es la encarnación del Espíritu, en lugar de ser de la carne. Tiene tanto una humanidad normal como una divinidad completa. Su divinidad no la posee ningún hombre. Su humanidad normal es sustentar todas Sus actividades normales en la carne, mientras que Su divinidad lleva a cabo la obra de Dios mismo. Sea Su humanidad o Su divinidad, ambas se someten a la voluntad del Padre celestial. La esencia de Cristo es el Espíritu, es decir, la divinidad. Por lo tanto, Su esencia es la de Dios mismo; esta esencia no trastornará Su propia obra y Él no podría hacer nada que destruyera Su propia obra ni tampoco pronunciaría ninguna palabra que fuera en contra de Su propia voluntad. Así pues, el Dios encarnado no haría absolutamente ninguna obra que trastornara Su propia gestión. Esto es lo que todas las personas deben entender. La esencia de la obra del Espíritu Santo es salvar al hombre y es por el bien de la propia gestión de Dios. De manera similar, la obra de Cristo también es para salvar a los hombres y lo es en aras de la voluntad de Dios. Dado que Dios se hace carne, Él hace realidad Su esencia dentro de Su carne de tal manera que Su carne es suficiente para asumir Su obra. Por lo tanto, toda la obra del Espíritu de Dios la reemplaza la obra de Cristo durante el tiempo de la encarnación, y la obra de Cristo está en el corazón de toda la obra, a través del tiempo de la encarnación. No se puede mezclar con la obra de ninguna otra era. Y ya que Dios se hace carne, obra en la identidad de Su carne; ya que viene en la carne, entonces termina en la carne la obra que debe hacer. Ya sea el Espíritu de Dios o Cristo, ambos son Dios mismo y Él hace la obra que debe hacer y desempeña el ministerio que debe desempeñar.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de Cristo es la sumisión a la voluntad del Padre celestial
La implicación de la encarnación de Dios es que Él vive y obra en la carne; la esencia misma de Dios se hace carne, se hace persona. Su vida y Su obra encarnadas pueden dividirse en dos etapas. La primera es la vida que vive antes de desempeñar Su ministerio. Dios vive en una familia humana corriente, en una humanidad totalmente normal, observando la ética normal de la vida humana y obedeciendo las leyes normales de la vida humana, con necesidades humanas normales (comida, vestido, descanso, refugio), debilidades humanas normales y emociones humanas normales. En otras palabras, durante esta primera etapa Él vive en una humanidad no divina y completamente normal, y se involucra en todas las actividades humanas normales. La segunda etapa es la vida que vive después de empezar a desarrollar Su ministerio. Sigue morando en la humanidad corriente con un caparazón humano normal, sin mostrar señal externa alguna de lo sobrenatural. No obstante, vive puramente por el bien de Su ministerio y durante este tiempo Su humanidad normal existe enteramente a fin de mantener la obra normal de Su divinidad; y es que, para entonces, Su humanidad normal ha madurado hasta el punto de ser capaz de desempeñar Su ministerio. Por tanto, la segunda etapa de Su vida consiste en llevar a cabo Su ministerio en Su humanidad normal, es decir, una vida tanto de humanidad normal como de divinidad completa. La razón por la que durante la primera etapa de Su vida Él vive en una humanidad completamente corriente es que Su humanidad no puede mantener aún la totalidad de la obra divina, todavía no está madura; solo después de que Su humanidad madure —es decir, cuando pueda asumir Su ministerio—, Él puede ponerse a realizar el ministerio que debe llevar a cabo. Como Él es carne, necesita crecer y madurar. Por tanto, la primera etapa de Su vida es la de una humanidad normal, mientras que, en la segunda, Su humanidad es capaz de asumir Su obra y llevar a cabo Su ministerio, y por tanto la vida que el Dios encarnado vive durante ese ministerio es tanto de humanidad como de divinidad completa. Si, desde el momento de Su nacimiento, la encarnación de Dios comenzara formalmente Su ministerio y todo lo que hiciera se tratara de realizar señales y maravillas sobrenaturales, entonces no tendría una esencia corpórea. Por tanto, Su humanidad existe por el bien de Su esencia corpórea; no puede haber carne sin humanidad y una persona sin humanidad no es un ser humano. De esta forma, la humanidad de la carne de Dios es un atributo intrínseco de la encarnación de Dios. Decir que “cuando Dios se hace carne Él solo tiene divinidad y no humanidad” es una blasfemia, pues esta afirmación simplemente no se sostiene y vulnera el principio de la encarnación. Incluso después de empezar a llevar a cabo Su ministerio, cuando realiza Su obra, sigue viviendo en Su divinidad con un caparazón externo humano; solo que en este momento, Su humanidad tiene el único propósito de permitirle a Su divinidad desempeñar la obra en la carne normal. Así pues, el agente de la obra es la divinidad que habita en Su humanidad. Es Su divinidad, no Su humanidad, la que obra, pero esta divinidad está escondida dentro de Su humanidad; en esencia, Su divinidad completa, no Su humanidad, es la que todavía lleva a cabo Su obra. Pero la que hace la obra es Su carne. Se podría decir que Él es un ser humano y también Dios, porque Dios se convierte en un Dios que vive en la carne; tiene un caparazón y una esencia humanos, y más aún, tiene la esencia de Dios. Al ser un ser humano con la esencia de Dios, Él está por encima de todos los humanos creados y de cualquier persona que pueda desempeñar la obra de Dios. Por tanto, entre todos los que tienen un caparazón humano como el suyo, entre todos los que poseen humanidad, solo Él es el Dios mismo encarnado, todos los demás son humanos creados. Aunque todos poseen humanidad, los humanos creados no tienen más que humanidad, mientras que Dios encarnado es diferente. En Su carne, no solo tiene humanidad sino que, lo que es más importante, también tiene divinidad. Su humanidad puede verse en la apariencia externa de Su carne y en Su vida cotidiana, pero Su divinidad es difícil de percibir. Como Su divinidad se expresa únicamente cuando Él tiene humanidad y no es tan sobrenatural como las personas lo imaginan, descubrirla es extremadamente difícil para las personas. Incluso hoy es de suma dificultad que la gente pueda comprender exactamente cuál es la esencia del Dios encarnado. Incluso después de haber pronunciado tantas palabras, supongo que sigue siendo un misterio para la mayoría de vosotros. De hecho, este asunto es muy simple: dado que Dios se hace carne, Su esencia es una combinación de humanidad y divinidad. Esta combinación se llama Dios mismo, Dios mismo en la tierra.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios
Antes de que Jesús llevara a cabo la obra, simplemente vivió en Su humanidad normal. Nadie podía darse cuenta de que Él era Dios, nadie descubrió que Él era el Dios encarnado; las personas solo lo conocían como una persona de lo más corriente. Su humanidad normal, que era de lo más corriente, era una prueba de que Dios estaba encarnado en la carne y de que la Era de la Gracia fue la era de la obra del Dios encarnado y no la de la obra del Espíritu. Fue una prueba de que el Espíritu de Dios se materializó completamente en la carne, de que en la era de la encarnación de Dios Su carne llevaría a cabo toda la obra del Espíritu. El Cristo con humanidad normal es una carne en la que el Espíritu se materializa y posee una humanidad normal, una razón normal y un pensamiento humano. “Materializarse” significa que Dios se hace hombre, que el Espíritu se hace carne; dicho de manera más clara, es cuando Dios mismo habita en la carne con una humanidad normal y expresa Su obra divina a través de ella. Esto es lo que significa materializarse o encarnarse. Durante Su primera encarnación, fue necesario que Dios sanara a los enfermos y echara fuera a los demonios, porque Su obra era redimir. Con el fin de redimir a toda la raza humana, necesitaba ser misericordioso y tolerante. La obra que Él llevó a cabo antes de ser crucificado fue sanar a los enfermos y echar fuera a los demonios, lo que presagió Su salvación del hombre del pecado y la inmundicia. Al tratarse de la Era de la Gracia, era necesario que Él sanase a los enfermos, mostrando de esta forma señales y maravillas representativas de la gracia en aquella era; y es que la Era de la Gracia se centraba en la concesión de esta; la paz, el gozo y las bendiciones materiales eran muestras de la Era de la Gracia y de la fe de las personas en Jesús en aquella época. Es decir, sanar a los enfermos, expulsar a los demonios y conceder gracia eran capacidades instintivas de la carne de Jesús en la Era de la Gracia; eran la obra que el Espíritu materializó en la carne. Pero mientras llevaba a cabo tal obra, Él vivía en la carne y no la trascendió. Independientemente de qué actos de sanación llevara a cabo, seguía poseyendo una humanidad normal y seguía viviendo una vida humana normal. La razón por la que digo que, durante la era de la encarnación de Dios, la carne llevó a cabo toda la obra del Espíritu es que, independientemente de la obra que Él realizara, la realizaba en la carne. Pero debido a Su obra, las personas no consideraron que Su carne tuviera una esencia completamente corpórea, porque esta carne podía realizar señales y, en ciertos momentos especiales, podía hacer cosas que trascendían la carne. Por supuesto, todos estos acontecimientos tuvieron lugar después de que Él comenzase Su ministerio, como ser tentado durante cuarenta días o Su transfiguración en la montaña. Por tanto, el sentido de la encarnación de Dios no se completó en Jesús, sino que solo se cumplió parcialmente. La vida que Él vivió en la carne antes de empezar Su obra fue totalmente normal en todos los aspectos. Después de empezar la obra, solo retuvo el caparazón externo de Su carne. Como Su obra era una expresión de divinidad, excedía las funciones normales de la carne. Después de todo, la encarnación de Dios era diferente a los humanos de carne y hueso. Por supuesto, en Su vida diaria, Él necesitaba comida, ropa, descanso y refugio. Sus necesidades diarias eran normales en todos los sentidos, y Él tenía la razón de un ser humano normal y pensaba como un ser humano normal. Las personas seguían considerándolo una persona normal, excepto que la obra que realizaba era profundamente sobrenatural. Realmente, hiciera lo que hiciera, Él vivía en una humanidad corriente y normal, y cuanto más era el momento de que Él realizara la obra, más normal era Su razón y más lúcidos eran Sus pensamientos; Su razón y Sus pensamientos superaban a los de cualquier persona normal. Era necesario que el Dios encarnado tuviera precisamente esta forma de pensar y esta razón, porque la obra divina debía expresarse por una carne cuya razón fuera lo más normal posible y cuyos pensamientos fueran sumamente lúcidos; solo así podía expresar Su carne la obra divina. Jesús vivió en la tierra treinta y tres años y medio, a lo largo de los cuales mantuvo Su humanidad normal; sin embargo, debido a Su obra durante Su ministerio de tres años y medio, las personas creían que Él era muy trascendente, que era mucho más sobrenatural que antes. En realidad, la humanidad normal de Jesús se mantuvo inmutable antes y después de comenzar Su ministerio; Su humanidad fue la misma durante todo ese tiempo, pero debido a la diferencia antes y después de empezar Su ministerio, surgieron dos opiniones diferentes en relación a Su carne. Independientemente de lo que las personas pensaran, la encarnación retuvo Su humanidad original y normal todo el tiempo, dado que Él se encarnó, vivió en la carne, la carne que tenía una humanidad normal. Independientemente de si estaba o no llevando a cabo Su ministerio, la humanidad normal de Su carne no podía eliminarse, porque la humanidad es la esencia básica de la carne.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios
El Dios que se hizo carne se llama Cristo, así que llamar Dios al Cristo que puede conceder la verdad al hombre no es para nada excesivo. Esto es porque Él posee la esencia de Dios, así como Su carácter y la sabiduría de Su obra, que son inalcanzables para el hombre. Los que a sí mismos se llaman cristos, pero que no pueden hacer la obra de Dios, son fraudes. Cristo no es solo la manifestación de Dios en la tierra, sino que también es la carne particular asumida por Dios a medida que lleva a cabo Su obra en la tierra y completa Su obra entre los hombres. Esta carne no puede ser suplantada por nadie, sino que es una carne que tiene bastante capacidad para asumir la obra de Dios en la tierra, que puede expresar el carácter de Dios, que puede representarlo adecuadamente y que puede proveer de vida al hombre.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna
Aquel que es Dios encarnado posee la esencia de Dios y Aquel que es Dios encarnado posee la expresión de Dios. Puesto que Dios se ha hecho carne, Él trae consigo la obra que pretende llevar a cabo; puesto que Él es Dios encarnado, expresa lo que Él es; puesto que Él es Dios encarnado, es capaz de traer la verdad al hombre, de concederle la vida y de señalarle el camino. La carne que no posee la esencia de Dios definitivamente no es el Dios encarnado; de esto no hay duda. Si el hombre pretende examinar si es la carne encarnada de Dios, entonces debe determinarlo a partir del carácter que Él expresa y de las palabras que Él habla. Es decir, para determinar si es o no la carne encarnada de Dios y si es o no el camino verdadero, la persona debe discernir basándose en Su esencia. Y así, la clave de si es o no la carne de Dios encarnado radica en Su esencia (Su obra, Sus palabras, Su carácter y muchos otros aspectos), en lugar de en Su apariencia externa. Si el hombre solo examina Su apariencia externa, y como consecuencia pasa por alto Su esencia, esto muestra que el hombre es necio e ignorante.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Prefacio
Ya que estamos buscando las huellas de Dios, nos corresponde a nosotros buscar las intenciones de Dios, Sus palabras y declaraciones. Esto se debe a que dondequiera que haya nuevas palabras dichas por Dios, allí está la voz de Dios, y dondequiera que estén las huellas de Dios, ahí están Sus hechos; dondequiera que esté la expresión de Dios, ahí aparece, y dondequiera que aparece, ahí existe la verdad, el camino y la vida. Al buscar las huellas de Dios, habéis pasado por alto las palabras “Dios es la verdad, el camino y la vida”. Y así, muchas personas, incluso cuando obtienen la verdad, no creen que hayan encontrado las huellas de Dios y mucho menos reconocen la aparición de Dios. ¡Qué error tan grave! La aparición de Dios no se puede ajustar a las nociones del hombre; todavía menos puede Dios aparecer de la manera que el hombre se lo demanda. Dios toma Sus propias decisiones y tiene Sus propios planes cuando hace Su obra; más aún, Él tiene Sus propios objetivos y Sus propios métodos. Sea cual sea la obra que Él haga, no es necesario que la consulte con el hombre o busque su consejo, ni mucho menos que notifique de Su obra a cada persona. Este es el carácter de Dios y debería, con mayor razón aún, ser reconocido por todo el mundo. Si deseáis presenciar la aparición de Dios, seguir las huellas de Dios, entonces debéis primero apartaros de vuestras propias nociones. No debes exigir que Dios haga esto o aquello; mucho menos debes colocarlo dentro de tus propios confines y limitarlo a tus propias nociones. En cambio, debéis exigiros a vosotros mismos cómo debéis buscar las huellas de Dios, cómo debéis aceptar la aparición de Dios, y cómo debéis someteros a Su nueva obra; esto es lo que el hombre debe hacer. Ya que el hombre no es la verdad ni la posee, debe buscar, aceptar y someterse.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Apéndice I: La aparición de Dios ha dado lugar a una nueva era
Esta vez, Dios viene a hacer la obra, no en un cuerpo espiritual, sino en uno muy corriente. Además, es el cuerpo de la segunda encarnación de Dios y también el cuerpo a través del cual Él regresa a la carne. Es una carne muy corriente. Al observarlo, no puedes ver nada en Él que lo haga resaltar entre los demás, pero puedes recibir de Él verdades que nunca antes se han oído. Tan solo esta carne insignificante es la personificación de todas las palabras de la verdad de Dios, la portadora de Su obra en los últimos días y la expresión por la cual el hombre entiende todo el carácter de Dios. ¿No deseas enormemente ver al Dios en el cielo? ¿No deseas enormemente entender al Dios en el cielo? ¿No deseas enormemente ver el destino de la especie humana? Él te contará todos estos secretos, secretos que ningún hombre ha sido nunca capaz de contarte, y Él te contará también las verdades que no entiendes. Él es tu puerta al reino y tu guía a la nueva era. Esta carne corriente contiene muchos misterios que son insondables para el hombre. Sus hechos son inescrutables para ti, pero la totalidad del objetivo de la obra que Él realiza es bastante para que puedas ver que Él no es simple carne como la gente cree, porque Él representa las intenciones de Dios en los últimos días, así como el cuidado de Dios hacia la especie humana en los últimos días. Aunque no puedes oír Sus palabras, que parecen sacudir los cielos y la tierra, aunque no puedes ver Sus ojos como llamas de fuego y aunque no puedes recibir la disciplina de Su vara de hierro, sí puedes oír en Sus palabras que Dios está colérico y saber que Dios está mostrando misericordia hacia la especie humana, así como ver Su carácter justo y Su sabiduría y, lo que es más, apreciar la preocupación que Él tiene por toda la especie humana. La obra de Dios en los últimos días consiste en permitir al hombre ver en la tierra al Dios en el cielo vivir entre las personas y permitirle que lo conozca, se someta a Él, le tema y le ame. Por esta razón, Él ha regresado a la carne por segunda vez. […]
[…]
Toda la obra de Dios en los últimos días se lleva a cabo a través de esta persona corriente. Él te lo concederá todo y, además, puede decidirlo todo sobre ti. ¿Puede una persona así ser como vosotros creéis: una persona tan simple como para no ser digna de mención? ¿No es suficiente Su verdad para convenceros totalmente? ¿Acaso ver Sus hechos con vuestros propios ojos no os convence? ¿O es que la senda por la cual conduce a las personas no es digna de que vosotros la transitéis? Después de todo, ¿qué es lo que os provoca que sintáis antipatía hacia Él y que lo rechacéis y lo eludáis? Es esta persona quien expresa la verdad, es ella quien la provee y os da una senda a seguir. ¿Podría ser que vosotros aún no podáis encontrar las huellas de la obra de Dios en estas verdades? Sin la obra de Jesús, la humanidad no podría haber bajado de la cruz, pero sin el Dios encarnado de hoy, aquellos que han bajado de la cruz no podrían nunca recibir la aprobación de Dios ni entrar en la nueva era. Sin la venida de esta persona corriente, nunca tendríais la oportunidad de ver el verdadero rostro de Dios ni seríais aptos para verlo, porque todos vosotros sois objetos que deberían haber perecido hace mucho tiempo.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Lo sabías? Dios ha hecho algo grande entre los hombres
Lo que el Cristo de los últimos días trae es la vida; lo que Él trae es el camino de la verdad, duradero y eterno. Esta verdad es la senda por la que el hombre obtiene la vida, y la única senda para que el hombre conozca a Dios y sea aprobado por Él. Si no buscas el camino de la vida que el Cristo de los últimos días provee, entonces nunca obtendrás la aprobación de Jesús y nunca estarás cualificado para entrar por la puerta del reino de los cielos, porque tú eres un títere de la historia y un prisionero de la historia. Aquellos que son controlados por los preceptos, las palabras y las cadenas de la historia nunca podrán obtener la vida y nunca podrán obtener el camino perpetuo de la vida. Esto es porque lo único que obtienen es agua turbia a la que se han aferrado miles de años, en vez del agua de la vida que fluye desde el trono. A los que no se les provee del agua de la vida siempre seguirán siendo cadáveres, siempre seguirán siendo juguetes de Satanás y siempre seguirán siendo hijos del infierno. ¿Cómo pueden, entonces, contemplar a Dios? Solo buscas aferrarte a la historia, solo buscas quedarte quieto y mantener las cosas como están, y no buscas cambiar el estado actual y descartar la historia, entonces, ¿no eres alguien que siempre es antagónico a Dios? Los pasos de la obra de Dios son abrumadores y poderosos, como las olas agitadas y el retumbar de los truenos, pero te sientas y pasivamente esperas la muerte, apegándote a aquello que es viejo y esperando a que las cosas caigan sobre tu regazo. De esta manera, ¿cómo puedes ser considerado alguien que sigue las huellas del Cordero? ¿Cómo puede esto demostrar que el Dios al que te aferras es el dios que siempre es nuevo y nunca viejo? ¿Y cómo pueden las palabras de tus libros amarillentos llevarte a una nueva era? ¿Cómo pueden llevarte a buscar los pasos de la obra de Dios? ¿Y cómo pueden llevarte al cielo? Lo que sostienes en tus manos son meras palabras que solo pueden darte consuelo temporal, no las verdades que pueden darte la vida. Las palabras de las Escrituras que recitas solo son Escrituras que te llenan la boca; no son filosofías que te ayudan a conocer la vida humana, y mucho menos son la senda que puede permitirte ser hecho perfecto. Esta discrepancia, ¿no te lleva a reflexionar? ¿No te da una percepción respecto a los misterios que contiene? ¿Eres capaz de transportarte tú mismo al cielo para encontrarte con Dios? Sin la venida de Dios, ¿te puedes llevar tú mismo al cielo para gozar de la felicidad familiar con Dios? ¿Todavía sigues soñando? Te exhorto entonces a que dejes de soñar y a que observes quién está obrando ahora: quién está llevando a cabo ahora la obra de salvar al hombre durante los últimos días. Si no lo haces, nunca obtendrás la verdad y nunca obtendrás la vida.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna
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