2. ¿Qué es la encarnación? ¿Cuál es la esencia de la encarnación?

Versículos bíblicos como referencia:

“Al principio existía el Camino, y el Camino estaba junto a Dios, y el Camino era Dios” (Juan 1:1).

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras. Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas” (Juan 14:9-11).

“Yo y el Padre somos uno” (Juan 10:30).

Las palabras relevantes de Dios:

La “encarnación” es la aparición de Dios en la carne; Él obra en medio de la especie humana creada bajo una forma carnal. Por tanto, dado que es Dios encarnado, primero debe ser carne, una carne con una humanidad normal; esto, como mínimo, es el requisito previo más básico. De hecho, la implicación de la encarnación de Dios es que Él vive y obra en la carne; la esencia misma de Dios se hace carne, se hace persona.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios

El Cristo con humanidad normal es una carne en la que el Espíritu se materializa y posee una humanidad normal, una razón normal y un pensamiento humano. “Materializarse” significa que Dios se hace hombre, que el Espíritu se hace carne; dicho de manera más clara, es cuando Dios mismo habita en la carne con una humanidad normal y expresa Su obra divina a través de ella. Esto es lo que significa materializarse o encarnarse.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios

El significado de la encarnación es que una persona normal y corriente lleve a cabo la obra de Dios mismo; es decir, que Dios lleva a cabo Su obra divina en la humanidad y vence de este modo a Satanás. La encarnación significa que el Espíritu de Dios se hace carne, es decir, que Dios se hace carne; la obra que la carne realiza es la obra del Espíritu, la cual se materializa en la carne y es expresada por la carne. Nadie, excepto la carne de Dios, puede cumplir con el ministerio del Dios encarnado; es decir, que solo la encarnación de Dios, este ser humano normal, puede expresar la obra divina. Ningún ser humano puede reemplazarlo en esto. Si, durante Su primera venida, Dios no hubiera poseído una humanidad normal antes de los veintinueve años de edad —si, apenas nacido, hubiera podido realizar señales y maravillas, si tan pronto como hubiera aprendido a hablar hubiera podido hablar el lenguaje del cielo, si desde Su nacimiento hubiera podido comprender todos los asuntos mundanos, ver los pensamientos y lo que yace dentro del corazón de cada persona—, a esa persona no se la podría haber llamado un ser humano normal y tal carne no podría haberse llamado carne humana. Si este fuera el caso con Cristo, entonces el sentido y la esencia de la encarnación de Dios se perderían. Que posea una humanidad normal demuestra que Él es Dios encarnado en la carne; que pase por un proceso de crecimiento humano normal demuestra aún más que Él es una carne normal; además, si a esto se le suma Su obra, con todo esto basta para demostrar que Él es la Palabra de Dios, el Espíritu de Dios hecho carne. Dios se hace carne por las necesidades de Su obra; en otras palabras, esta etapa de la obra debe hacerse en la carne, es decir, en una humanidad normal. Este es el requisito previo para que “el Camino se haga carne”, para “La Palabra manifestada en carne”, y es la historia real de las dos encarnaciones de Dios.

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La implicación de la encarnación de Dios es que Él vive y obra en la carne; la esencia misma de Dios se hace carne, se hace persona. Su vida y Su obra encarnadas pueden dividirse en dos etapas. La primera es la vida que vive antes de desempeñar Su ministerio. Dios vive en una familia humana corriente, en una humanidad totalmente normal, observando la ética normal de la vida humana y obedeciendo las leyes normales de la vida humana, con necesidades humanas normales (comida, vestido, descanso, refugio), debilidades humanas normales y emociones humanas normales. En otras palabras, durante esta primera etapa Él vive en una humanidad no divina y completamente normal, y se involucra en todas las actividades humanas normales. La segunda etapa es la vida que vive después de empezar a desarrollar Su ministerio. Sigue morando en la humanidad corriente con un caparazón humano normal, sin mostrar señal externa alguna de lo sobrenatural. No obstante, vive puramente por el bien de Su ministerio y durante este tiempo Su humanidad normal existe enteramente a fin de mantener la obra normal de Su divinidad; y es que, para entonces, Su humanidad normal ha madurado hasta el punto de ser capaz de desempeñar Su ministerio. Por tanto, la segunda etapa de Su vida consiste en llevar a cabo Su ministerio en Su humanidad normal, es decir, una vida tanto de humanidad normal como de divinidad completa. La razón por la que durante la primera etapa de Su vida Él vive en una humanidad completamente corriente es que Su humanidad no puede mantener aún la totalidad de la obra divina, todavía no está madura; solo después de que Su humanidad madure —es decir, cuando pueda asumir Su ministerio—, Él puede ponerse a realizar el ministerio que debe llevar a cabo. Como Él es carne, necesita crecer y madurar. Por tanto, la primera etapa de Su vida es la de una humanidad normal, mientras que, en la segunda, Su humanidad es capaz de asumir Su obra y llevar a cabo Su ministerio, y por tanto la vida que el Dios encarnado vive durante ese ministerio es tanto de humanidad como de divinidad completa. Si, desde el momento de Su nacimiento, la encarnación de Dios comenzara formalmente Su ministerio y todo lo que hiciera se tratara de realizar señales y maravillas sobrenaturales, entonces no tendría una esencia corpórea. Por tanto, Su humanidad existe por el bien de Su esencia corpórea; no puede haber carne sin humanidad y una persona sin humanidad no es un ser humano. De esta forma, la humanidad de la carne de Dios es una propiedad intrínseca de la encarnación de Dios. Decir que “cuando Dios se hace carne Él solo tiene divinidad y no humanidad” es una blasfemia, pues esta afirmación simplemente no se sostiene y vulnera el principio de la encarnación. Incluso después de empezar a llevar a cabo Su ministerio, cuando realiza Su obra, sigue viviendo en Su divinidad con un caparazón externo humano; solo que en ese momento, Su humanidad tiene el único propósito de permitirle a Su divinidad desempeñar la obra en la carne normal. Así pues, el agente de la obra es la divinidad que habita en Su humanidad. Es Su divinidad, no Su humanidad, la que obra, pero esta divinidad está escondida dentro de Su humanidad; en esencia, Su divinidad completa, no Su humanidad, es la que todavía lleva a cabo Su obra. Pero la que hace la obra es Su carne. Se podría decir que Él es un ser humano y también Dios, porque Dios se convierte en un Dios que vive en la carne; tiene un caparazón y una esencia humanos, y más aún, tiene la esencia de Dios. Al ser un ser humano con la esencia de Dios, Él está por encima de todos los humanos creados y de cualquier persona que pueda desempeñar la obra de Dios. Por tanto, entre todos los que tienen un caparazón humano como el suyo, entre todos los que poseen humanidad, solo Él es el Dios mismo encarnado, todos los demás son humanos creados. Aunque todos poseen humanidad, los humanos creados no tienen más que humanidad, mientras que Dios encarnado es diferente. En Su carne, no solo tiene humanidad sino que, lo que es más importante, también tiene divinidad. Su humanidad puede verse en la apariencia externa de Su carne y en Su vida cotidiana, pero Su divinidad es difícil de percibir. Como Su divinidad se expresa únicamente cuando Él tiene humanidad y no es tan sobrenatural como las personas lo imaginan, descubrirla es extremadamente difícil para las personas. Incluso hoy es de suma dificultad que la gente pueda comprender exactamente cuál es la esencia del Dios encarnado. Incluso después de haber pronunciado tantas palabras, supongo que sigue siendo un misterio para la mayoría de vosotros. De hecho, este asunto es muy simple: dado que Dios se hace carne, Su esencia es una combinación de humanidad y divinidad. Esta combinación se llama Dios mismo, Dios mismo en la tierra.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de la carne habitada por Dios

En el período en que el Señor Jesús estuvo obrando, las personas podían ver que Dios tenía muchas expresiones humanas. Por ejemplo, podía bailar, asistir a bodas, conversar, hablar y discutir con los demás. Además de eso, el Señor Jesús también llevó a cabo mucha obra que representaba Su divinidad y, por supuesto, toda esa obra fue expresión y revelación del carácter de Dios. Durante ese tiempo, la divinidad de Dios se materializó en una carne corriente, de modo que podía ser visto y tocado, las personas dejaron de sentir que Él entraba y salía de su percepción y que no podían acercársele. Por el contrario, podían intentar comprender las intenciones de Dios o entender Su divinidad a través del comportamiento, las palabras y la obra del Hijo del hombre que, encarnado, expresaba la divinidad de Dios a través de Su humanidad y transmitía Sus intenciones a la especie humana. Asimismo, a través de Su expresión de las intenciones y del carácter de Dios, también les reveló a las personas el Dios del reino espiritual que no puede verse ni tocarse. Lo que estas vieron fue a Dios mismo, con forma e imagen y hecho de carne y hueso. Así, el Hijo del hombre encarnado hizo concretas y humanas cosas como la identidad de Dios mismo, Su estatus, imagen y carácter, así como lo que Él tiene y es. Aunque el aspecto externo del Hijo del hombre tenía algunas limitaciones respecto a la imagen de Dios, Su esencia y lo que Él tiene y es eran totalmente capaces de representar la identidad y el estatus de Dios mismo; sencillamente existían algunas diferencias en la forma de expresión. No podemos negar que el Hijo del hombre representaba la identidad y el estatus de Dios mismo, tanto en Su humanidad como en Su divinidad. Lo que sucede es que, durante este tiempo, Dios obró a través de la carne, habló desde la perspectiva de esta y se presentó ante la humanidad con la identidad y el estatus del Hijo del hombre, y esto les proporcionó a las personas la oportunidad de entrar en contacto con las palabras y la obra prácticas de Dios en medio de la especie humana, a la vez que experimentarlas. También les permitió tener una percepción de Su divinidad y de Su grandeza en medio de la humildad, así como lograr un entendimiento y una definición preliminares de la autenticidad y la practicidad de Dios. Aunque la obra realizada por el Señor Jesús, Sus formas de obrar y la perspectiva desde la que habló diferían de la forma verdadera de Dios en el reino espiritual, todo lo relativo a Él representaba con absoluta precisión al Dios mismo que la humanidad nunca había visto antes; ¡es innegable! Es decir, no importa en qué forma aparezca Dios ni desde qué perspectiva hable ni con qué imagen se presente ante la humanidad, Dios se representa solamente a sí mismo. Es imposible que represente a ningún individuo ni a ningún ser humano corrupto. Dios es Dios mismo, y esto no se puede negar.

La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III

Aunque el aspecto exterior de Dios encarnado es exactamente igual al de un ser humano, Él aprende el conocimiento humano y habla el lenguaje humano y, en ocasiones, hasta expresa Sus ideas a través de métodos humanos o citando dichos humanos, no obstante, Su modo de ver a los seres humanos y la esencia de las cosas es absolutamente distinto a como las personas corruptas los ven. Su perspectiva y la altura a la que se halla son algo inalcanzable para cualquier persona corrupta. Esto se debe a que Dios es la verdad, porque la carne que lleva también posee la esencia de Dios mismo y Sus pensamientos y lo que expresa Su humanidad también son la verdad. Para las personas corruptas, lo que Él expresa en la carne son provisiones de la verdad y de la vida. Estas provisiones no son solo para una persona, sino para toda la humanidad. En el corazón de cualquier persona corrupta solo hay lugar para esas pocas personas relacionadas con ella. Solo le importa y le preocupa este puñado de personas. Cuando sobreviene un desastre, piensa primero en sus propios hijos, en su cónyuge o en sus padres. Como mucho, alguien más propenso al “amor universal” dedicaría algún pensamiento a algún familiar o un buen amigo; pero ¿consideraría alguna vez a alguien más? ¡No, jamás! Porque, después de todo, los seres humanos son seres humanos y solo pueden verlo todo desde la perspectiva y el nivel de un ser humano. Sin embargo, Dios encarnado es totalmente diferente de un ser humano corrupto. Independientemente de lo corriente, normal y humilde que sea la carne del Dios encarnado, o incluso cuánto lo menosprecie la gente, Sus pensamientos y Su actitud hacia la humanidad son cosas que ningún hombre podría poseer o imitar. Él siempre observará a la especie humana desde la perspectiva de la divinidad, desde el nivel de Su posición como Creador. Siempre contemplará a la humanidad a través de la esencia y de la mentalidad de Dios. No la verá en absoluto desde el nivel de una persona corriente ni desde la perspectiva de una persona corrupta. Cuando el hombre mira a la especie humana, lo hace con una visión humana y usa cosas como el conocimiento, los preceptos y las teorías humanas como medida. Este es el alcance de lo que las personas pueden ver con los ojos y el alcance de lo que puede lograr una persona corrupta. Cuando Dios mira a la humanidad, lo hace con visión divina; usa como medida Su esencia y lo que Él tiene y es. Este es el alcance que las personas no pueden ver y en esto es en lo que Dios encarnado y los humanos corruptos son totalmente diferentes. Esta diferencia viene determinada por las esencias diferentes de los seres humanos y de Dios; son estas esencias diferentes las que determinan sus identidades y posiciones, así como la perspectiva y el nivel desde los que ven las cosas.

La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III

El Dios encarnado se llama Cristo y Cristo es la carne ataviada con el Espíritu de Dios. Esta carne es diferente de cualquier hombre que es de la carne. Esta diferencia se debe a que Cristo es la encarnación del Espíritu, en lugar de ser de la carne. Tiene tanto una humanidad normal como una divinidad completa. Su divinidad no la posee ningún hombre. Su humanidad normal es sustentar todas Sus actividades normales en la carne, mientras que Su divinidad lleva a cabo la obra de Dios mismo. Sea Su humanidad o Su divinidad, ambas se someten a la voluntad del Padre celestial. La esencia de Cristo es el Espíritu, es decir, la divinidad. Por lo tanto, Su esencia es la de Dios mismo; esta esencia no trastornará Su propia obra y Él no podría hacer nada que destruyera Su propia obra ni tampoco pronunciaría ninguna palabra que fuera en contra de Su propia voluntad. Así pues, el Dios encarnado no haría absolutamente ninguna obra que trastornara Su propia gestión. Esto es lo que todas las personas deben entender. La esencia de la obra del Espíritu Santo es salvar al hombre y es por el bien de la propia gestión de Dios. De manera similar, la obra de Cristo también es para salvar a los hombres y lo es en aras de la voluntad de Dios. Dado que Dios se hace carne, Él hace realidad Su esencia dentro de Su carne de tal manera que Su carne es suficiente para asumir Su obra. Por lo tanto, toda la obra del Espíritu de Dios la reemplaza la obra de Cristo durante el tiempo de la encarnación, y la obra de Cristo está en el corazón de toda la obra, a través del tiempo de la encarnación. No se puede mezclar con la obra de ninguna otra era. Y ya que Dios se hace carne, obra en la identidad de Su carne; ya que viene en la carne, entonces termina en la carne la obra que debe hacer. Ya sea el Espíritu de Dios o Cristo, ambos son Dios mismo y Él hace la obra que debe hacer y desempeña el ministerio que debe desempeñar.

La esencia de Dios en sí misma acarrea autoridad, pero Dios es capaz de someterse a toda la autoridad que proviene de Él. Sea la obra del Espíritu o la obra de la carne, ninguna entra en conflicto con la otra. El Espíritu de Dios es la autoridad sobre todas las cosas. La carne con la esencia de Dios también posee autoridad, pero Dios en la carne puede hacer toda la obra que se somete a la voluntad del Padre celestial. Esto nadie lo puede alcanzar ni concebir. Dios mismo es autoridad, pero Su carne puede someterse a Su autoridad. Este es el significado subyacente de “Cristo se somete a la voluntad de Dios Padre”. Dios es un Espíritu y puede hacer la obra de salvación y también puede hacerla el Dios que se ha hecho humano. De cualquier manera, Dios mismo hace Su propia obra; Él no trastorna ni perturba, ni, mucho menos, lleva a cabo una obra que se contradiga a sí misma, porque la esencia de la obra que hacen el Espíritu y la carne es la misma. Sea el Espíritu o la carne, ambos obran para cumplir una voluntad y gestionar la misma obra. Aunque el Espíritu y la carne tienen dos atributos dispares, sus esencias son las mismas; ambos poseen la esencia de Dios mismo y la identidad de Dios mismo. Dios mismo no tiene elementos de rebeldía; Su esencia es buena. Él es la expresión de toda la belleza y bondad, así como de todo el amor. Incluso en la carne, Dios no hace nada que se rebele contra Dios Padre. Incluso a costa de sacrificar Su vida, estaría dispuesto de todo corazón a hacerlo y no elegiría otra cosa. Dios no posee elementos de sentenciosidad ni prepotencia, arrogancia o vanidad; no posee elementos de tortuosidad. Todo lo que se rebela contra Dios proviene de Satanás; Satanás es el origen de toda maldad y fealdad. La razón por la que el hombre tiene los mismos atributos que Satanás es que el hombre ha sido corrompido y procesado por Satanás. Cristo no ha sido corrompido por Satanás; por lo tanto, Él solo posee los atributos de Dios y ninguno de los de Satanás. No importa qué tan ardua sea la obra o débil la carne, Dios, mientras vive en la carne, nunca hará nada que trastorne la obra de Dios mismo y, mucho menos, abandonará la voluntad de Dios Padre y se rebelará. Él preferiría sufrir dolores en la carne que ir en contra de la voluntad de Dios Padre; así como Jesús lo dijo en la oración: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras”. La gente toma sus propias decisiones, pero Cristo no. Aunque tiene la identidad de Dios mismo, aun así busca la voluntad de Dios Padre y cumple lo que Dios Padre le encargó, desde la perspectiva de la carne. Esto es algo inalcanzable para el hombre. Lo que proviene de Satanás no puede tener la esencia de Dios, solo puede tener una que se rebela contra Dios y se resiste a Él. No puede someterse por completo a Dios, mucho menos someterse de buen grado a la voluntad de Dios. Todas las personas excepto Cristo pueden hacer lo que resiste a Dios y ni una sola persona puede llevar a cabo directamente la obra que Dios le encargó; ninguno es capaz de ver la gestión de Dios como el propio deber que debe desempeñar. Someterse a la voluntad de Dios Padre es la esencia de Cristo; la rebeldía contra Dios es el atributo de Satanás. Estos dos atributos son incompatibles y cualquiera que tenga los atributos de Satanás no se puede llamar Cristo. La razón por la que el hombre no puede hacer la obra de Dios en Su lugar es que el hombre no tiene nada de la esencia de Dios. El hombre obra para Dios por el bien de sus intereses personales y perspectivas futuras, pero Cristo obra para seguir la voluntad de Dios Padre.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La esencia de Cristo es la sumisión a la voluntad del Padre celestial

La carne vestida por el Espíritu de Dios es la propia carne de Dios. El Espíritu de Dios es supremo; Él es todopoderoso, santo y justo. De igual forma, Su carne también es suprema, todopoderosa, santa y justa. Carne como esa solo puede hacer lo que es justo y beneficioso para la humanidad; lo que es santo, glorioso y poderoso. Es incapaz de hacer cualquier cosa que viole la verdad, la moral y la justicia; mucho menos, cualquier cosa que traicione al Espíritu de Dios. El Espíritu de Dios es santo y, por lo tanto, Su carne no es susceptible de corrupción por Satanás; Su carne es de una esencia diferente a la carne del hombre. Porque es el hombre, no Dios, el que es corrompido por Satanás, y Satanás no podría corromper la carne de Dios mismo. Así pues, a pesar del hecho de que el hombre y Cristo moran dentro del mismo espacio, Satanás solo puede ocupar y usar al hombre, así como hacerle daño con sus artimañas. Por el contrario, Cristo es eternamente inmune a la corrupción de Satanás porque Satanás nunca será capaz de ascender al lugar más alto y nunca será capaz de acercarse a Dios.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Un problema muy serio: la traición (2)

Dios puede salvar a los hombres corruptos de la influencia de Satanás, pero esta obra no la puede conseguir directamente el Espíritu de Dios; más bien, solo la puede hacer la carne que se pone el Espíritu de Dios, la carne encarnada de Dios. Esta carne es un ser humano y también es Dios; esta carne es una persona que posee una humanidad normal y también es Dios que posee una divinidad completa. Y entonces, aunque esta carne no es el Espíritu de Dios, y difiere grandemente del Espíritu, todavía es Dios mismo encarnado que salva a los hombres, que es el Espíritu y también la carne. No importa cómo se le llame, en última instancia sigue siendo Dios mismo el que salva a la humanidad. Porque el Espíritu de Dios es indivisible de la carne y la obra de la carne también es la obra del Espíritu de Dios; es solo que esta obra no se hace usando la identidad del Espíritu sino la identidad de la carne.

La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La especie humana corrupta tiene una necesidad más grande de la salvación del Dios encarnado

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