272 La devoción del amor

1 ¡Oh, Dios Todopoderoso! ¡Eres tan honrado, tan bueno y hermoso! Seguiste la voluntad del Padre para venir a este mundo, te vestiste de carne, expresaste la verdad y trajiste el juicio. Eres justo y majestuoso y no toleras ofensa humana. Has sufrido de todo sin quejarte para salvar a la humanidad. Día tras día, año tras año, soportas tantas calumnias, persecuciones, tantas dificultades por parte de la gente de este mundo. En la enfermedad y el dolor Tú sostienes y riegas al pueblo escogido de Dios, obras en nosotros la verdad y la vida. ¡Oh, Dios! Eso revela Tus verdaderos sentimientos. Es el sacrificio de Tu vida, la manifestación de todo Tu amor. Tu amor es tan grande, Tu carácter honorable no tiene igual. ¿Cómo podríamos no bailar con alegría y cantar alabanzas hacia Ti?

2 ¡Oh, Dios Todopoderoso! ¡Eres tan honrado, tan bueno y hermoso! Caminas entre las iglesias y pronuncias palabras. Tus palabras nos guían a diario, juzgan y purifican nuestro carácter corrupto. A través de las pruebas y el refinamiento vemos Tu auténtico amor. Día tras día, año tras año, soportas nuestra oposición y rebeldía, los malentendidos y quejas. Con una paciencia inquebrantable, Tú provees para nuestras necesidades. Hemos obtenido la verdad y hemos tenido nueva vida. ¡Oh, Dios! Al experimentar Tu obra, llegamos a conocer Tu amor. Hemos visto Tu amor, misericordia, justicia y santidad. Estamos dispuestos a darte nuestros corazones, a entregarnos por completo. El deseo de nuestro corazón es amarte siempre y dar testimonio de Ti.

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Como cientos de millones de otros seguidores del Señor Jesucristo, nosotros acatamos las leyes y los mandamientos de la Biblia, gozamos la abundante gracia del Señor Jesucristo y nos reunimos, oramos, alabamos y servimos en el nombre del Señor Jesucristo, y todo esto lo hacemos bajo el cuidado y la protección del Señor. Muchas veces somos débiles y muchas veces fuertes. Creemos que todas nuestras acciones están en conformidad con las enseñanzas del Señor. Se sobreentiende, entonces, que también creemos que caminamos el camino de la obediencia a la voluntad del Padre que está en el cielo. Anhelamos el regreso del Señor Jesús, la gloriosa llegada del Señor Jesús, el fin de nuestra vida en la tierra, la aparición del reino, y todo lo que se predijo en el Libro de Apocalipsis: el Señor llega y trae el desastre, y recompensa a los buenos y castiga a los malvados, y se lleva en los aires a los que lo siguen y acogen Su regreso para que se encuentren con Él. Cada vez que pensamos en esto, no podemos evitar que la emoción nos embargue. Estamos agradecidos de haber nacido en los últimos días y somos lo suficientemente afortunados de ser testigos de la venida del Señor. Aunque hayamos sufrido persecución, es a cambio de “un peso de gloria que sobrepasa todo y que es eterno”; ¡qué bendición que así sea! Todo este anhelo y la gracia que otorga el Señor muchas veces nos vuelven más formales en la oración y nos reúnen con más frecuencia. Tal vez el año que entra, tal vez mañana o tal vez incluso antes, cuando el hombre no se lo espere, el Señor de repente llegará y aparecerá entre un grupo de personas que han estado esperándolo atentamente.

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