1. Cada palabra de Dios es una expresión de Su carácter

Por Gensui, Corea del Sur

Dios Todopoderoso dice: “¿A través de qué método se alcanza la perfección del hombre por parte de Dios? Se alcanza por medio de Su justo carácter. El carácter de Dios consiste principalmente de la justicia, la ira, la majestad, el juicio y la maldición y perfecciona al hombre principalmente por medio de Su juicio” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Antes del tiempo de los hacedores de servicio, el hombre no entendía nada de la búsqueda de la vida, de lo que significa creer en Dios o de la sabiduría de la obra de Dios ni tampoco entendía que la obra de Dios puede probar al hombre. Desde el tiempo de los hacedores de servicio hasta el día de hoy, el hombre ve qué maravillosa es la obra de Dios; es insondable para el hombre. Este es incapaz de imaginar con su cerebro cómo obra Dios y también ve qué pequeña es su estatura y la mucha desobediencia que hay en él. Cuando Dios maldijo al hombre, fue con el fin de lograr un efecto y no hizo morir al hombre. Aunque maldijo al hombre, lo hizo a través de palabras, y Sus maldiciones en realidad no le sucedieron al hombre, porque lo que Dios maldijo fue la desobediencia del hombre y por eso las palabras de Sus maldiciones también se emitieron para hacer perfecto al hombre. Ya sea que Dios juzgue al hombre o lo maldiga, ambas cosas perfeccionan al hombre: ambas se hacen con el propósito de hacer perfecto eso que hay impuro dentro del hombre. A través de este medio, el hombre es refinado y Sus palabras y Su obra perfeccionan aquello de lo que carece el hombre en su interior. Cada paso de la obra de Dios, ya sean las palabras ásperas o el juicio o el castigo, perfecciona al hombre y es absolutamente apropiado. Nunca a través de las eras ha hecho Dios una obra como esta; en la actualidad, Él obra dentro de vosotros para que apreciéis Su sabiduría. Aunque hayáis sufrido algo de dolor en vuestro interior, vuestros corazones se sienten firmes y en paz; es vuestra bendición poder disfrutar esta etapa de la obra de Dios. Independientemente de lo que podáis ganar en el futuro, todo lo que veis de la obra de Dios en vosotros hoy es amor. Si el hombre no experimenta el juicio y el refinamiento de Dios, sus acciones y su fervor siempre serán superficiales y su carácter siempre permanecerá inalterable. ¿Esto cuenta como que Dios te ganó?” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios me parecen muy conmovedoras. Puedo sentir que la obra de juicio y de castigo de Dios es exclusivamente para purificar y salvar a la humanidad. De la primera prueba que viví después de aceptar la obra de juicio de Dios en los últimos días, que fue la prueba de los hacedores de servicio.

Un día, en febrero de 1991, fui a una reunión como siempre cuando un hermano nos dijo muy contento: “¡El Espíritu Santo dijo unas palabras!”. Los hermanos empezaron a leer: “Ha llegado alabanza a Sion y la morada de Dios ha aparecido. El glorioso y santo nombre, alabado por todos los pueblos, se difunde. ¡Ah, Dios Todopoderoso! La Cabeza del universo, Cristo de los últimos días, Él es el Sol brillante que se ha levantado sobre el Monte Sion, que se eleva con majestad y grandeza por encima de todo el universo…” “Has hecho un grupo de vencedores y has cumplido el plan de gestión de Dios. Todos los pueblos correrán a este monte. ¡Todos los pueblos se arrodillarán delante del trono! Tú eres el único y solo Dios verdadero y mereces la gloria y el honor. ¡Toda la gloria, la alabanza y la autoridad sean para el trono!” (‘Capítulo 1’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Aunque no lo entendí totalmente en ese momento, cuando lo oí, sentí que era algo muy especial, muy conmovedor, y que ningún humano habría podido decir esas palabras. Estaba seguro de que esas palabras habían venido de Dios, que eran las declaraciones del Espíritu Santo. Después de eso, capítulo tras capítulo de las palabras del Espíritu Santo eran enviados a nuestra iglesia constantemente, palabras que revelaban muchas verdades de la fe y de los misterios de la Biblia, y también nos abrían el camino a la práctica de la verdad y la entrada en la vida. Durante esa época, teníamos reuniones casi a diario para leer las palabras del Espíritu Santo. Eso alimentó y nutrió mucho a mi corazón. Todos se sumían en la dicha y en el deleite y se sentían muy bendecidos. Todos creíamos que éramos de los primeros que nos elevábamos ante Dios, que éramos los vencedores que Dios crearía, que sin duda tendríamos una parte en el reino de los cielos, y que seríamos dignos de recibir las promesas y bendiciones de Dios. Llenos de fe, nos dedicábamos a Dios. Algunos copiaban frenéticamente las palabras del Espíritu Santo, algunos les agregaban música para transformarlas en himnos. Nuestras circunstancias también eran verdaderamente difíciles en esa época, ya que arrestaron a bastantes hermanos y hermanas durante las reuniones. Yo no era tímido ni tenía miedo, y seguí dedicándome a Dios con entusiasmo.

Así como yo estaba colmado de esperanzas de que me bendijeran y de que llegaría al reino de los cielos, Dios dijo palabras nuevas y nos guio a la prueba de los hacedores de servicio. Un día de octubre, me notificaron que debía ir a una reunión de la iglesia a 40 kilómetros para recibir palabras nuevas que había dicho el Espíritu Santo. Pensé que debía haber noticias maravillosas, de modo que me subí a mi bicicleta y fui al lugar de la reunión, tarareando una melodía y lleno de energía. Para mi sorpresa, cuando llegué, vi que mis hermanos parecían afligidos y cabizbajos. Un hermano me dijo: “El Espíritu Santo dijo unas palabras. Dios dice que todos somos hacedores de servicio”. Una hermana dijo con lágrimas en los ojos: “Todos somos hacedores de servicio. Los chinos están hechos para prestar servicio y no recibiremos ninguna bendición”. Yo simplemente no podía creer que fuera verdad. Corrí a leer las palabras del Espíritu Santo y leí lo siguiente de Dios: “En China, excepto Mis hijos primogénitos y Mi pueblo, todos los demás son los descendientes del gran dragón rojo y tienen que ser descartados. Todos debéis entender que China es, después de todo, una nación maldecida por Mí y algunos de los de Mi pueblo no son nada más que los que rinden servicio para Mi obra futura. Por decirlo de otra forma, excepto Mis hijos primogénitos, no hay nadie más; todos van a perecer. No penséis que soy demasiado extremo en Mis hechos; este es Mi decreto administrativo. Los que sufren Mis maldiciones son objetos de Mi odio y esto es seguro” (‘Capítulo 95’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Me quedé pasmado cuando leí eso. Se había mencionado muchas veces a los hacedores de servicio en las palabras del Espíritu Santo y yo siempre había creído que se refería a los infieles. Pero resultó que se refería a nosotros. Decía que los chinos son hacedores de servicio a los que Dios maldecirá y, cuando hayan completado su servicio, los echarán al abismo sin fondo. Sentí que mi cuerpo entero se debilitaba. Nunca había imaginado que era un hacedor de servicio. ¿Todos esos años de fe habían sido en vano? No solo no me bendecirían en el reino de los cielos, ¡sino que me echarían a un hoyo sin fondo! Sentí como si me hubieran echado al abismo. Me sentía destrozado y las quejas empezaron a surgir. Pensé en cómo había dejado de estudiar para seguir al Señor, en cómo la gente del mundo se había burlado de mí, en cómo mis amigos y mi familia no podían entender, y sobre el acoso del PCCh y de cómo había escapado apenas del arresto varias veces. Pero nunca había retrocedido, sino que continué dedicado y haciendo sacrificios. Había sufrido tanto que creí que entraría en el reino de los cielos y gozaría de bendiciones, pero ahora era un humilde hacedor de servicio. Eso me parecía algo sin pies ni cabeza. Me quedé sentado ahí un rato suspirando con desesperación. Otros hermanos y hermanas bajaron la cabeza, algunos derramaron lágrimas, algunos se taparon la cara y empezaron a llorar, algunos hermanos incluso gimieron a todo volumen.

De camino a casa después de la reunión, apenas tenía las fuerzas para ir en bicicleta. Durante todo el trayecto me pregunté: “¿Cómo podría ser un hacedor de servicio?”. Mientras más lo pensaba, más herido me sentía y las lágrimas me brotaban sin parar. En casa, no me interesaba hacer absolutamente nada, y caminaba con la cabeza baja, sin estar dispuesto a hablar con nadie. Incluso respirar era agotador. Simplemente no podía resignarme a ser un hacedor de servicio que no recibiría bendiciones al final.

Se revelaban capítulo tras capítulo de las palabras de Dios y yo leía cada una de ellas con entusiasmo, anhelando que hubiera una pizca de esperanza en Sus palabras, que mi desenlace pudiera cambiar. Pero no solo no vi nada sobre las bendiciones que esperaba, sino que todo era un juicio severo. Había unas palabras de Dios en particular que decían: “Aquellos que prestan servicio y los que pertenecen al diablo son los muertos sin espíritu y todos deben ser abolidos y convertidos en nada. Este es un misterio de Mi plan de gestión y es una parte de Mi plan de gestión que la humanidad no puede desentrañar. Sin embargo, al mismo tiempo, he hecho esto público para todos. Aquellos que no me pertenecen están contra Mí; aquellos que me pertenecen son los que son compatibles conmigo. Esto no es discutible en absoluto y es el principio detrás de Mi juicio de Satanás. Este principio debería ser conocido por todos para que puedan ver Mi justicia y equidad. Todos los que procedan de Satanás serán juzgados, quemados y convertidos en cenizas. Esta también es Mi ira y a partir de esto Mi carácter se vuelve más evidente” (‘Capítulo 108’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Después de hacer servicio para Mí hoy, ¡todos se deben marchar! No permanezcáis en Mi casa, no seáis desvergonzados y sólo gorroneéis. Todos los que pertenecen a Satanás son hijos del diablo y perecerán para siempre” (‘Capítulo 109’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Al ver que Dios juzgaba y maldecía a los hacedores de servicio, perdí toda la esperanza y realmente sentí que había caído directamente al hoyo sin fondo. Ni siquiera sé cómo descubrir ese sentimiento de pena. Pensé en cómo acababa de estar en el abrazo de Dios, disfrutando de Su amor, pero ahora Dios me había rechazado, condenado y maldecido, y me había lanzado al hoyo sin fondo. Me sumí en el refinamiento de la miseria y me volví muy negativo. No tenía la energía para orar, oír himnos ni leer las palabras de Dios. Incluso empecé a arrepentirme de todo lo que había contribuido y sacrificado. De haber sabido que las cosas resultarían así, me habría dejado una salida, pero ahora no me quedaba nada. Si mis amigos y parientes infieles supieran que terminaría siendo un hacedor de servicio y acabaría con las manos vacías, ¿no se burlarían de mí sin parar? ¿Cómo iba a poder dar la cara? ¿Qué podía hacer? Cuando pensé eso, me sentí verdaderamente reprochado. Consideré mis años de fe y, aunque había sufrido bastante, había gozado de muchas de las bendiciones y de la gracia de Dios. Hoy me había elevado Dios para oír Sus nuevas palabras y había aprendido muchos misterios y verdades. Pasara lo que pasara, no podía abandonar a Dios.

Una vez, en una reunión, leímos estas palabras de Dios: “Yo solo deseo que vosotros me ofrezcáis toda vuestra fuerza con todo vuestro corazón y mente y lo mejor que podáis. Tanto si es hoy como mañana, tanto si sois personas que me rendís servicio como personas que obtenéis bendiciones, todos debéis ejercer vuestra parte de fuerza por Mi reino. Esta es una obligación que todas las personas creadas deben asumir y debe hacerse e implementarse de esta forma. Yo movilizaré todas las cosas para que rindan servicio con el fin de que la belleza de Mi reino sea siempre nueva y para que Mi casa se haga armoniosa y unida. No se permite a nadie desafiarme y los que lo hagan deben sufrir juicio y ser maldecidos” (‘Capítulo 100’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). El líder de la iglesia en esa época también compartió la comunicación desde lo alto. “Muchos creen que es deshonroso ser hacedor de servicio, pero se equivocan completamente. Que hoy podamos prestar servicio a Dios fue predestinado por Él y, aparte, nos eligió para hacerlo. De hecho, ¡es realmente glorioso prestar servicio al Dios supremo y omnipotente! Somos seres humanos corrompidos muy profundamente por Satanás y ante Dios somos cualquier cosa menos criaturas minúsculas. ¿Quién es apto para prestar servicio a Dios? De entre toda la humanidad, nosotros somos los elegidos por Dios para servirlo. Hemos recibido mucho y esta es, en verdad, una gran exaltación por parte de Dios. Esta es la afirmación más correcta y, si no la entienden, son irracionalmente arrogantes. Déjenme decirles sinceramente: Dios nos ha permitido a nosotros, que carecemos de toda humanidad, servirlo. ¿Saben, sin embargo, cuánta humillación ha padecido? Se enfrenta cada día a gente tan corrupta como nosotros, pero ¿cuántos hemos reflexionado alguna vez sobre la gran humillación padecida por Dios? Siempre nos rebelamos contra Él y lo desafiamos, lo juzgamos según nuestras nociones y fantasías y le hemos partido el corazón. ¿Cuánta angustia ha sufrido Dios? Escúchenme cuando digo que rezumamos un carácter corrupto y que, al servirlo, no cumplimos Sus exigencias. Con semejante conducta ni siquiera somos aptos para prestar servicio a Dios. ¿Cómo vamos a ser aptos para ser Su pueblo?”. Oír esto me despertó. Dios es el Creador y es supremo. Yo soy humilde y minúsculo, así que poder hacer servicio para Él es como Dios nos eleva y nos muestra bondad. Pero desconocía tanto mi identidad como mi estatus, porque creía que ser un hacedor de servicio era algo humilde y no estaba dispuesto a hacer eso por Dios. Era muy arrogante y poco razonable. Hice memoria y, aunque busqué ansiosamente, hice sacrificios y me dediqué, todo era para conseguir bendiciones, para disfrutar las bendiciones del reino de los cielos. Me había sentido muy motivado cuando leí las palabras de Dios sobre las promesas y las bendiciones para el hombre, y continué incluso ante el acoso del PCCh. Pero cuando leí las palabras de Dios que decían que éramos hacedores de servicio a los que lanzarían a un pozo sin fondo, comencé a quejarme y a culpar a Dios, y hasta consideré traicionar y abandonar a Dios. ¿Cómo podía ser un creyente verdadero? Lo que di, lo que sacrifiqué y lo mucho que me dediqué se contaminó con mis motivos y mis impurezas. Era para conseguir bendiciones, para tratar de engañar a Dios, para hacer un trato con Dios. Era muy egoísta y despreciable. Había gozado de muchas de las bendiciones y gracia de Dios, del sustento y riego de Sus palabras, pero quise traicionarlo en el momento en el que no vi que me esperaban bendiciones. Me faltaba absolutamente toda conciencia y razón. Pensar en eso me dejó lleno de remordimiento y de arrepentimiento. Yo era el hijo del gran dragón rojo. Le pertenecía a Satanás y no era de la casa de Dios, e incluso mi fe se veía motivada por alcanzar la bendición. Dios es santo y justo, y Su carácter no tolera las ofensas. Al guiarme con mi conducta y mi actitud hacia Dios, ni siquiera era digno de ser un hacedor de servicio. Dios debió haberme maldecido y enviado al infierno mucho tiempo atrás. Dios no me castigaba, sino que me dejaba vivir con el aliento para que tuviera la oportunidad de oír lo que decía, aceptar Su sustento para vivir, y hacer servicio para Dios, el Ser Supremo. Era una exaltación extraordinaria y yo debería dar gracias a Dios. ¿Qué derecho tenía yo de quejarme? Sabía que tenía que hacer servicio para Dios.

A finales de noviembre, recibimos más palabras nuevas de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Después de que Yo haya regresado a Sion, quienes estén en la tierra continuarán alabándome como en el pasado. Esos leales hacedores de servicio esperarán como siempre para rendirme servicio, pero su función habrá llegado a su fin. Lo mejor que ellos pueden hacer es contemplar las circunstancias de Mi presencia en la tierra. En ese momento comenzaré a traer el desastre a quienes sufrirán calamidades; sin embargo, todos creen que Yo soy el Dios justo. Ciertamente, no castigaré a esos leales hacedores de servicio, sino que solo dejaré que reciban Mi gracia. Pues he dicho que castigaré a todos los hacedores de maldad y que aquellos que lleven a cabo buenas obras recibirán el gozo material que Yo otorgo, lo cual demuestra que Yo soy el Dios mismo de justicia y fidelidad” (‘Capítulo 120’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Vi que Dios no nos había abandonado y que no nos castigaba por ser los hijos del gran dragón rojo. Dios aún nos permitía ser hacedores de servicio devotos a Él y alabarlo en la tierra. Eso me hizo sentir bien y muy motivado. Realmente me pareció que poder hacer servicio para Dios era que Dios me exaltaba y una bendición. En esa época, le cantábamos el himno “Tenemos la buena fortuna de servir a Dios” en todas las reuniones. “Con la revelación y el juicio de las palabras de Dios vemos lo hondamente corrompidos que estamos. Rebosantes de intención y deseo de ser bendecidos, ¿cómo podríamos merecer vivir ante Dios? No somos aptos para entrar en el reino celestial; Su exaltación es que le rindamos servicio. ¡Oh! Por la gracia de Dios le rendimos servicio, y esa es nuestra dicha. Reciba bendiciones o sufra una fatalidad, quiero rendirle servicio hasta el final” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

Una vez que nos sentimos felices de ser hacedores de servicio, Dios Todopoderoso dijo unas palabras nuevas. Eso fue el 20 de febrero de 1992. Nos elevó para que fuéramos pueblo del reino e hizo que la prueba de los hacedores de servicio terminara. Las palabras de Dios dicen: “La situación no es la que era, y Mi obra ha entrado en un nuevo punto de partida. Siendo así, habrá un nuevo enfoque: todos aquellos que ven Mi palabra y la aceptan como su vida misma son el pueblo en Mi reino, y, como están en Mi reino, son el pueblo de Mi reino. Como aceptan la guía de Mis palabras, aunque se hace referencia a ellos como Mi pueblo, no están en absoluto por debajo de Mis ‘hijos’” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Al ver que Dios había transformado a los hacedores de servicio en Su pueblo de la Era del Reino, sentí felicidad mezclada con remordimiento y arrepentimiento. Me arrepentía de haber sido negativo, débil y falto de esperanza durante la prueba de los hacedores de servicio, e incluso me había quejado de Dios, lo había malinterpretado y culpado. Había estado renuente a ser Su hacedor de servicio. Estaba totalmente privado de devoción y de obediencia hacia Dios. Eso me dejó sintiéndome muy arrepentido y endeudado con Dios. Estaba contento porque, como hijos del gran dragón rojo, tan rebeldes y corruptos, solo porque no nos dimos por vencidos durante la prueba, Dios nos elevó a ser pueblo del reino, a ser miembros de Su casa. Podía sentir el gran amor de Dios por nosotros [...] y el corazón se me llenó de gratitud y de alabanza hacia Dios.

Después de pasar esa prueba, vi la sabiduría increíble en la obra de Dios. Él juzga, castiga e incluso maldice a la gente con Sus palabras, y aunque son severas y nos dejan sufriendo y angustiados, todo es para purificarnos y transformarnos. Aunque me han refinado por medio de las palabras de Dios, he visto Su carácter justo. Él detesta nuestros motivos e impurezas, así como la fe motivada por las bendiciones. Después de esta experiencia, mi punto de vista sobre la fe cambió un poco. Dejé de buscar decididamente las bendiciones y la entrada al reino de los cielos, pero me pareció que ser un hacedor de servicio y hacer servicio para Creador es ser exaltado por Dios, y es una bendición para mí. Me hace sentir orgulloso y honrado.

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