72. Tentaciones en clase de lavado de cerebro

Por Xu Hui, China

A finales de julio de 2018 fui arrestada por creer en Dios y predicar el evangelio. Un día de octubre, la policía me llevó a un siheyuan (casa con patio) en un parque ecológico a las afueras de la ciudad, que servía como centro de lavado de cerebro. En aquel momento, yo estaba un poco nerviosa y asustada. Continuamente me pasaban por la cabeza imágenes de hermanos y hermanas siendo interrogados y torturados en secreto. Oré a Dios en silencio: “Dios, no sé cómo me torturará la policía. Por favor, dame fe y fuerza. No importa qué tortura sufra, no haré nada para traicionarte”. Después de orar, me sentí un poco más calmada.

La persona responsable de reformarnos allí era un capitán de apellido Lang, que parecía muy astuto y taimado. Nos hizo ponernos en fila y dijo: “Las clases aquí se dividen en rápidas y lentas. Si quieren reformarse y terminar aquí enseguida, pueden elegir la clase rápida. En la clase lenta, las palizas pueden llegar en cualquier momento y lugar. Se volverán tan regulares como las comidas”. Cuando lo escuché decir esto, me enfadé mucho. Era un intento evidente de hacernos temer tanto su tiranía que traicionásemos a Dios. Yo había sido arrestada, lo cual sabía que había ocurrido con permiso de Dios, así que estaba dispuesta a someterme a la orquestación y los arreglos de Dios. No importaba cuánto planearan perseguirme, yo nunca traicionaría a Dios. Al pensar esto, dije: “Yo tomaré la clase lenta”. Aquella noche, Lang nos pidió a los doce que habíamos elegido la clase lenta que nos pusiéramos en fila en el patio. Había cuatro o cinco policías varones portando porras eléctricas, y de vez en cuando activaban sus interruptores para que hicieran un sonido chisporroteante. También llevaban botellas de agua caliente con chile y mostaza en los bolsillos, listas para atormentarnos en cualquier momento. Al ver esto, me di cuenta de que probablemente se trataba de un examen, una prueba de Dios que se me venía encima, y pensé en algo que dijo Dios: “‘En los últimos días, la bestia surgirá para perseguir a Mi pueblo y los que tengan miedo a la muerte serán marcados con un sello para ser llevados por la bestia. Los que me hayan visto serán asesinados por la bestia’. La ‘bestia’ en estas palabras se refiere, indudablemente, a Satanás, el engañador de la humanidad(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 120). El Partido Comunista utiliza la tortura física para obligar a la gente a traicionar a Dios, y si no puedes poner tu vida en juego, corres el riesgo de que te atrapen, de que te desechen al menor descuido. Oré a Dios en silencio: “Dios, independientemente de lo mucho que me golpeen hoy, estoy dispuesta a poner mi vida y muerte en Tus manos y a dar mi vida para mantenerme firme con el fin de satisfacerte”. Después de eso, Lang me preguntó: “¿En qué clase quieres estar realmente?”. Yo dije: “En la clase lenta”. Se puso furioso al oír esto, así que de una patada me tiró al estanque de flores. Mi tobillo golpeó uno de los ladrillos que rodeaban el estanque y fue muy doloroso. Entonces, tiró de una patada a las otras once personas, una por una, y nos ordenó levantarnos. Justo cuando estábamos a punto de ponernos de pie, unos policías nos rociaron la cara, uno por uno, con agua de chiles y agua de mostaza. Yo las esquivé instintivamente y caí al estanque de flores a mi espalda. Me ardía la cara y me atragantaba y tosía. Después nos pegaron, nos patearon y nos rociaron con agua de chiles, con lo que nos torturaron durante más de una hora.

Después, empezaron a darnos clases para lavarnos el cerebro. Primero, un hombre de apellido Huang nos puso un video. El contenido era sobre cómo China se ha elevado y se ha vuelto poderosa y gloriosa. También dijo cosas para condenar a Dios y blasfemar contra Él. Debatimos con él y él señaló la puerta y con una expresión amenazante nos advirtió: “¡Quien no quiera estar en esta clase puede marcharse!”. Yo sabía que abandonar la clase implicaba algún tipo de castigo fuerte por parte de Lang, así que no dije nada más. Todos los días, antes de la comida y la cena, Lang nos preguntaba, uno por uno, lo que habíamos aprendido en clase, si se había producido algún cambio en nuestro pensamiento, si creíamos en Dios o no y a quién habíamos elegido entre la patria y Dios. Un día, Lang nos ordenó ponernos en fila a los doce y me preguntó: “¿Todavía necesitas ir a clase? ¿Puedes firmar una carta de garantía, una carta de arrepentimiento y una carta de renuncia?”. Yo sabía que firmar las “Tres cartas” significaría negar y traicionar a Dios, así que respondí: “No”. Cuando Lang escuchó esto, me abofeteó brutalmente, provocándome un dolor ardiente en la cara. Entonces interrogó y golpeó a los otros hermanos y hermanas del mismo modo. Después de una ronda, regresó a interrogarme de nuevo. Yo dije que no, así que volvió a abofetearme. Nos interrogó así durante casi una hora, presionándonos a cada uno de nosotros casi cuatro veces. Durante tres noches seguidas, o bien nos golpearon y nos patearon, o nos torturaron con agua de chile, agua de mostaza y porras eléctricas para forzarnos a negar y a traicionar a Dios, cada vez durante casi una hora. Me electrocutaron las piernas totalmente hasta que quedaron cubiertas de costras negras. Pasado un tiempo, empezaron a darme comezón de manera insoportable y tenía que rascarme lo más fuerte que podía y sangrar para sentirme mejor. El lavado de cerebro, que duraba más de diez horas cada día, me ponía extremadamente nerviosa. No sabía qué preguntas utilizarían para fastidiarnos y atormentarnos después. En aquel entonces, cada vez que oía la retumbante orden de Lang: “Guardias, cojan las porras, ¡vamos!”, el corazón me daba un vuelco. Cuando observaba a la policía acercarse a nosotros con sus porras eléctricas destellando luz azul, mi cuerpo temblaba de manera incontrolable.

Recuerdo un día en que una hermana no respondió una de las preguntas de Lang como él quería; este se enfadó y dijo: “¿¡Te atreves a contradecirme!? ¡Arrodíllate!”. La hermana no se arrodilló, así que Lang y varios agentes de policía la arrastraron a la zona no vigilada mientras la pateaban. Pasado un rato, escuchamos sus gritos desgarradores. Más de diez minutos después, la trajeron de vuelta cubierta de polvo y con el pelo revuelto. De nuevo, Lang intentó atemorizarla y amenazarla para que se arrodillase frente a él; entonces, la tiró al suelo de una patada y le puso una bolsa negra de plástico sobre la cabeza. Le roció agua de chile, lo que provocó que ella sacudiera la cabeza y luchara, tosiendo continuamente. La dejaron con la bolsa unos dos minutos antes de quitársela. Finalmente, fue obligada a arrodillarse ante ellos. Me puse furiosa al ver las atrocidades a las que la sometió Lang. Yo en verdad quería luchar contra ellos, pero sabía que no solo no sería capaz de ayudarla haciendo eso, sino que el resto de nosotros seríamos golpeados y torturados con mayor severidad. Aquella noche no dormí. Tenía la cabeza repleta de todas las imágenes de la policía torturando a gente a la que yo había visto durante los últimos días. Me sentí deprimida y desdichada. Estaba viendo al Partido Comunista difundir toda clase de falacias para negar y condenar a Dios, y, sin embargo, no osaba refutarlos y sufría frecuentes castigos y palizas. No sabía de verdad si sería capaz de mantenerme firme si aquello continuaba. Oré a Dios en silencio: “¡Dios! Afrontar una situación tan terrible me resulta aterrador. Temo que llegue el día en que realmente ya no lo soporte más. No recuerdo de memoria muchas de Tus palabras. ¿Qué haré si me condenan a siete u ocho años, y no tengo la guía de Tus palabras? Si la policía me tortura lentamente hasta matarme, ¿cómo soportaré el dolor?… Oh, Dios, tengo demasiadas incógnitas y demasiado temor en el corazón. No sé si podré mantenerme firme. Dios mío, te ruego que me esclarezcas y me guíes, y que me des la fe para vencer la tortura de estos demonios”. Así es como busqué y oré, y la forma en que aguanté día tras día. Mientras meditaba y reflexionaba, me vino claramente a la cabeza un enunciado de la palabra de Dios: “No temas, el Dios Todopoderoso de los ejércitos sin duda estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 26). Tras reflexionar sobre las palabras de Dios una y otra vez, mi corazón se iluminó. Tenía a Dios respaldándome. A pesar de que yo estaba en una situación peligrosa y me enfrentaba a amenazas y palizas de la policía todos los días, Dios estaba a mi lado apoyándome en todo momento. Dado que me había sobrevenido esa situación, se trataba de algo que debía experimentar y que era capaz de soportar. Simplemente, yo no tenía verdadera fe en Dios, así que cuando vi lo salvaje y cruel que era la policía, me asusté y caí inconscientemente en la tentación de Satanás. Esta situación se había producido con permiso de Dios y bajo Su soberanía. ¿Acaso no estaban estos agentes de policía también en manos de Dios? Dios sabía qué clase de tortura podría soportar, así que solo tenía que apoyarme sinceramente en Dios y creer que me daría fe y fuerza, y que me guiaría para vencer la persecución de la policía. Una vez que me di cuenta de esto, tuve una gran sensación de alivio y tuve fe para enfrentarme a aquel ambiente. No pude evitar cantar para mí el himno “El testimonio de la vida”: “Si un día soy mártir y ya no puedo dar testimonio de Dios, el evangelio del reino será difundido igualmente por infinidad de santos. Aunque no sepa hasta dónde puedo recorrer este duro camino, seguiré dando testimonio de Dios y ofreceré mi corazón, que lo ama. Todo lo que quiero hacer es cumplir la voluntad de Dios y dar testimonio de la aparición y obra de Cristo. Es un honor para mí entregarme a la proclamación y el testimonio de Cristo. Sin miedo ante la adversidad, como oro puro forjado en el horno, más allá de la influencia de Satanás, aparece un grupo de soldados victoriosos. Las palabras de Dios llegan a todo el mundo, y la luz aparece entre los hombres. Surge el reino de Cristo y se establece en la adversidad. La oscuridad está por pasar, un justo amanecer llegó. El tiempo y la realidad han dado testimonio de Dios” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos). Cuanto más cantaba, más motivada me encontraba. Sentía que era un gran honor y la mayor bendición de mi vida poder dar la bienvenida al regreso del Señor en los últimos días, oír la voz del Señor, seguir a Cristo de los últimos días y predicar el evangelio y cumplir con mi deber. Ahora estaba siendo torturada por el Partido Comunista, pero esta era una persecución en aras de la justicia, así que este sufrimiento era valioso. No importaba qué clase de persecución afrontase, estaba completamente dispuesta a apoyarme en Dios para mantenerme firme en el testimonio y no rendirme a Satanás. En los días siguientes, cuando me enfrenté a amenazas y palizas por parte de la policía, tuve menos miedo. A menudo cantaba himnos para mis adentros y tenía una sonrisa en el rostro. En una ocasión, un agente de policía dijo atónito: “La golpeamos todos los días. ¿Cómo puede seguir sonriendo?”. Yo pensé: “Ustedes no creen en Dios, así que nunca serán capaces de sentir el júbilo y la paz que provienen de Dios”.

Una noche, Lang le pidió a la policía que nos sacara para firmar la carta de renuncia. Su propósito al lavarnos el cerebro y torturarnos era forzarnos a firmar las “Tres cartas” para que traicionásemos a Dios y fuéramos al infierno con ellos para ser castigados. Me di cuenta de que aquella noche no escaparía a la tortura. Oré a Dios: “¡Dios! No importa cómo me torture la policía, deseo mantenerme firme en mi testimonio y satisfacerte”. Cuando un agente de policía vio que yo no había escrito nada en mucho rato, me dio una patada en la pierna con fuerza. Lang se acercó, me levantó tomándome del cuello de la blusa, y me dio una fuerte bofetada, lo que provocó que me ardiera la cara de dolor. Luego me mandó al pie de la pared de otra patada. El dolor fue tan intenso que me abracé el estómago y no pude ponerme en pie durante un rato. Me ordenó que me levantara. Justo cuando me puse en pie apoyándome contra la pared, un agente volvió a patearme, y caí de costado. Otros agentes se acercaron a toda prisa, unos electrocutándome las piernas con porras eléctricas, otros abofeteándome la cara y otros pateándome el estómago, la cintura y las piernas, mientras yo me revolcaba en el suelo. La paliza prosiguió durante media hora aproximadamente y no pude evitar gritar cuando el dolor atravesaba mi cuerpo. Era como si una gran piedra pesada me aplastara el cuerpo y me asfixiara. Entonces, Lang me agarró por el cuello de la blusa y me obligó a sentarme, me tomó del pelo y tiró de mi cabeza hacia el respaldo de la silla para que mirase hacia arriba. En tono amenazante, preguntó: “¿Vas a escribir?”. Yo no dije nada. Se enfadó tanto que tomó mi mano y la presionó con fuerza contra la mesa, y luego le dijo a un agente que me electrocutara la mano. Doblé los dedos y retorcí la muñeca mientras luchaba con todas mis fuerzas, así que el agente no sabía cómo electrocutarme. Llegamos a un impasse por un momento, hasta que Lang dijo: “Olvídalo, podrías terminar electrocutándome a mí”. En ese momento, soltó mi mano. Después de un rato, Lang agitó un montón de papeles delante de mí y dijo: “Todos han firmado. ¡Solo faltas tú!”. Cuando oí esto, tuve una sensación indescriptible de soledad y desolación. Había muchas hermanas sufriendo juntas, pero, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, me había quedado sola y no sabía cómo planeaba torturarme la policía, así que clamé a Dios en mi corazón. Al ver que yo no decía nada, Lang me reprendió, diciendo: “¿Así que te resistes? ¿Eres la única excepción? ¡Golpéenla!”. Después de eso, la policía volvió a golpearme y a patearme. Unos diez minutos más tarde, Lang dijo que la porra eléctrica era demasiado pequeña y ordenó a sus subordinados que trajeran una más grande. Al pensar que tendría que soportar una tortura aún más intensa, sentí una angustia indescriptible. Tenía la cabeza repleta de imágenes de todo tipo de instrumentos de tortura utilizados por la policía. No sabía si podría soportar la tortura. No pude evitar ponerme nerviosa, y quería salir de esa situación. Pero también sabía que Dios espera que seamos capaces de derrotar a las fuerzas oscuras de Satanás y mantenernos firmes en nuestro testimonio. No quería ser una desertora, pero mi carne era débil; tenía miedo de no poder mantenerme fuerte en mi testimonio. Así pues, oré a Dios: “Dios mío, sé que este es el momento en el que debería dar testimonio y no acobardarme, pero me invade el pánico. Temo no sobrevivir a esta noche y no poder vencer la intimidación y la tortura del gran dragón rojo; temo hacer algo para traicionarte. De ser posible, te suplico que dispongas que tenga la oportunidad adecuada de encontrar paz interior, recomponer mi estado y apoyarme en Ti para sobrellevar lo que sea que suceda a continuación”. Después de orar, Lang me llevó a una gran sala. Un agente me obligó a sentarme de un empujón y presionó mi cabeza contra la mesa mientras otros agentes me sujetaban los brazos, las manos y las piernas, impidiendo que me moviera. En cuanto me resistí, me electrocutaron los pies con porras eléctricas. Un agente tomó mi mano y me forzó a escribir la carta de renuncia. Yo me puse furiosa y pensé: “Están obligándome a escribir una carta de renuncia, pero eso no significa que esté traicionando a Dios. Creo que Dios lo ve todo”.

Estuve toda la noche en vela y no dejé de preguntarme cómo debía pasar por aquella situación. Pensé en la palabra de Dios: “Cuando las personas aún no se han salvado, Satanás perturba a menudo sus vidas y hasta las controla. En otras palabras, los que no son salvos son prisioneros de Satanás, no tienen libertad; él no ha renunciado a ellos, no son aptos ni tienen derecho de adorar a Dios, y Satanás los persigue de cerca y los ataca despiadadamente. Esas personas no tienen felicidad ni derecho a una existencia normal, ni dignidad de los que hablar. Sólo serás salvo y libre si te levantas y luchas contra él, usando tu fe en Dios, tu obediencia a Él y tu temor de Él como armas para librar una batalla a vida o muerte contra él, y lo derrotas por completo, haciéndole huir con el rabo entre las patas, acobardado cada vez que te vea y abandonando completamente sus ataques y sus acusaciones contra ti. Si estás decidido a romper totalmente con Satanás, pero no estás equipado con las armas que te ayudarán a derrotarlo, seguirás estando en peligro. Si el tiempo pasa y él te ha torturado tanto que no te queda ni una pizca de fuerza, pero sigues siendo incapaz de dar testimonio, sigues sin liberarte por completo de las acusaciones y los ataques de Satanás contra ti, tendrás poca esperanza de salvación. Al final, cuando se proclame la conclusión de la obra de Dios, seguirás estando en sus garras, incapaz de liberarte, y por tanto no tendrás nunca oportunidad ni esperanza. La implicación es, pues, que esas personas serán totalmente cautivas de Satanás(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Me di cuenta de que, aunque yo ya tenía la voluntad de poner mi vida en juego para satisfacer a Dios, cuando me enfrenté a la tortura y al tormento, me preocupé por mi carne y siempre quise escapar. Satanás estaba aprovechándose de mi debilidad para acecharme y atacarme sin piedad. Me estaban lavando el cerebro por la fuerza, torturándome y obligándome a firmar las “Tres cartas” para traicionar a Dios. Aquella era una feroz batalla entre la vida y la muerte. Si quería seguir creyendo en Dios y continuar siguiéndolo, tenía que apoyarme en Él, tener fe en Él y vencer la tentación de Satanás apoyándome en las palabras de Dios. Una vez que comprendí Su voluntad, tuve la fe para afrontar lo que vendría después. Pero cuando pensé en cómo algunos hermanos y hermanas no pudieron soportar la tortura y firmaron las “Tres cartas”, quedé impactada y me resultó difícil aceptarlo por un tiempo. Pensé en las palabras de Dios: “Hoy solo hago la obra que es Mi deber hacer; voy a atar todo el trigo en manojos, a la par que lo hago con esa cizaña. Esta es Mi obra hoy. Esa cizaña toda será aventada afuera en el tiempo en que Yo la aviente, después los granos de trigo serán recogidos en el granero y esas cizañas que han sido aventadas serán puestas en el fuego para ser quemadas hasta que sean polvo(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Qué sabes de la fe?). En los últimos días, Dios usa la persecución del gran dragón rojo para revelar a todo tipo de personas. Utiliza las detenciones y la persecución del Partido Comunista para revelar a los verdaderos creyentes, a los falsos creyentes, a los cobardes, a los que siguen ciegamente a la multitud y a los oportunistas que esperan obtener bendiciones. Aquellos que no buscan la verdad y solo buscan llenar su estómago son expuestos y expulsados, mientras que aquellos que creen en Dios sinceramente y aman la verdad son salvados y perfeccionados por Él. Esta es la manifestación del carácter justo de Dios. Cuando sean detenidos, aquellos que verdaderamente creen en Dios y aman la verdad orarán constantemente a Dios, buscarán la verdad, adquirirán cierto conocimiento de Dios, tendrán fe verdadera, estarán dispuestos a dar su vida para seguir a Dios y obtendrán el testimonio de la victoria sobre Satanás. Aquellos que no buscan la verdad y solo buscan llenar su estómago, traicionarán a Dios al menor sufrimiento y dejarán de creer. Ellos serán revelados y expulsados de forma natural. En ese entorno, todos deben expresar su postura, todos tienen que pasar por un calvario y nadie puede escapar. Es tal como dicen las palabras de Dios: “Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 41). Dios usa el servicio del gran dragón rojo para revelar y perfeccionar a las personas. ¡Obrar de esta manera es muy sabio! Aunque los otros firmaran las “Tres cartas” y se retiraran tímidamente, no podía dejar que me influenciaran ni limitarme a ir con la corriente. Si me importaba mi carne y temía sufrir, al final yo también caería. Me juré a mí misma que aunque la policía me matara a golpes, sería mejor que vivir una existencia innoble en este mundo después de traicionar a Dios. No importaba qué circunstancias enfrentara al siguiente día, jamás traicionaría a Dios. Más tarde descubrí que varias hermanas también fueron obligadas por la policía a firmar la carta de renuncia. Para forzar a la gente a traicionar a Dios, estos agentes utilizaban toda clase de trucos despreciables y malvados. ¡Eran tan siniestros y despiadados!

Al día siguiente, estaba en clase cuando Lang me llamó de repente. En cuanto salí, vi a mi padre y a dos cuadros de mi pueblo. Cuando mi padre me vio, me abrazó y lloró, diciendo: “¡Por fin puedo verte!”. Mientras miraba el cabello blanco de mi padre en sus sienes y el cansancio en su viejo rostro, una amargura se apoderó de mi corazón y los ojos se me llenaron de lágrimas. Luego, Lang trajo papel y bolígrafo y me pidió que volviera a escribir la carta de renuncia. Me di cuenta de que la policía estaba usando mis emociones para obligarme a negar y traicionar a Dios, así que me negué. Uno de los cuadros del pueblo me regañó, diciendo: “¿Desde cuándo la policía te ruega que escribas una carta de arrepentimiento? Aunque te pidan que la escribas diez veces, tienes que hacerlo”. Lang repitió: “¡Sí, escríbela diez veces!”. En ese momento, Huang, la persona que dirigía nuestras clases, también se acercó y dijo con expresión santurrona: “No tengas miedo. Sé valiente y escribe la carta”. Me disgusté especialmente cuando lo escuché hablar. Cuando él vio que lo estaba ignorando, me señaló y gritó: “¡No puedes irte si no la escribes, así que date prisa!”. Mi padre lloraba mientras intentaba persuadirme: “Por favor, solo escríbela. No podemos ir a casa hasta que lo hagas. ¿Sabes cuánto tuve que correr de un lado a otro y a cuántas personas tuve que buscar para encontrarte? Tienes que escribir la carta. ¡No puedes ir a la cárcel!”. Lang también dijo airadamente: “Casi una docena de personas han firmado la carta, y tú eres la única que queda. ¿De verdad vas a ser la testaruda?”. Los cuadros del pueblo también intentaron persuadirme: “Es fácil. Solo escribe unas cuantas palabras y nos iremos a casa juntos. Si no escribes la carta, el registro de tu hogar será borrado del pueblo. No existirás en el pueblo y nunca más se te permitirá regresar”. Todos en la sala empezaron a discutir qué hacer. Mi padre me susurró algunas palabras ansiosas de persuasión: “Solo escríbelo, no tienes que decirlo en serio. Salgamos de aquí primero. Puedes creer en secreto más tarde si quieres. ¿Por qué eres tan testaruda?”. Pensé para mis adentros: “¿Quién no querría dejar este lugar demoníaco? Pero no puedo salir del paso sin más e irme. Firmar las ‘Tres cartas’ es algo que traiciona a Dios y ofende Su carácter”. Pero frente a las repetidas súplicas y persuasión de mi padre, me sentía perdida. Pensé: “¿Acaso Dios está preparando este ambiente para que yo aproveche esta oportunidad de irme?”. Constantemente oraba a Dios para buscar en mi corazón: “¡Dios! ¿Cuál es tu voluntad?”. De repente, me di cuenta de que el precio de irme era firmar un documento que negaba y traicionaba a Dios. No podía hacer nada para traicionar a Dios. También pensé en cómo muchos santos en todas las épocas de la historia han preferido ser encarcelados y torturados a muerte antes que traicionar a Dios. La razón por la que estaba tan perdida en esta situación era porque amaba demasiado la carne y no estaba dispuesta a sufrir y pagar un precio. Gracias a la guía de Dios, estaba muy tranquila en ese momento. Recordé las palabras de Dios: “En cada paso de la obra que Dios hace en las personas, externamente parece que se producen interacciones entre ellas, como nacidas de disposiciones humanas o de la perturbación humana. Sin embargo, detrás de bambalinas, cada etapa de la obra y todo lo que acontece es una apuesta hecha por Satanás ante Dios y exige que las personas se mantengan firmes en su testimonio de Dios(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo amar a Dios es realmente creer en Él). En ese momento, entendí con mayor claridad aún que sus palabras eran trucos y tentaciones de Satanás. Eran una prueba para mí, y este era el momento en que necesitaba dar testimonio de Dios. El Partido Comunista había engañado a mi padre para que se pusiera del lado de Satanás con el fin de perturbar mi mente y debilitar mi determinación. Yo no podía hacer algo que traicionara a Dios y blasfemara contra Él para buscar un consuelo temporal; mucho menos podía ser controlada por mis emociones y caer en los trucos de Satanás. Pasado un tiempo, Lang vio que yo no iba a escribir, así que hizo que la policía me llevara de regreso al aula. Unos días después, trajeron a mi padre y a mi tío para persuadirme, y también hicieron que mi padre llorara y me perturbara, y que expresara su perturbación emocional frente a mí, pero, al final, sus trucos no funcionaron. Al ver la mirada de decepción de Lang, experimenté una sensación de paz después de confiar en Dios para vencer las tentaciones de Satanás.

Con el objetivo de obligarnos a firmar las “Tres cartas”, la policía también utilizó un método despreciable e indecente. Un día, alrededor de la medianoche, a la hermana Jiang Xinming ya mí nos obligaron a permanecer inmóviles en el patio como castigo. Más tarde, varios policías nos llevaron de vuelta al aula. Lang nos ordenó a mí y a Xinming que nos quitáramos la ropa. Pensé: “Quizás piensa que estamos demasiado abrigadas”, así que mi hermana y yo nos quitamos los abrigos. Inesperadamente, tanto Lang como la policía se echaron a reír. Luego, Lang le ordenó a Xinming que se quitara los pantalones, pero ella se negó. Un agente se apresuró y le bajó los pantalones a la mitad. Ella volvió a subírselos y luego él vino a quitármelos a mí. Luché por mantenerlos puestos, así que Lang asintió con la cabeza a otro agente para que viniera y ayudara a bajarme los pantalones. En ese momento, Yang entró con una botella que contenía varias arañas marrones grandes con patas largas y delgadas que se deslizaban en su recipiente. Yang tomó la botella que contenía las arañas, la agitó frente a nosotras y dijo: “¿Os gustaría coméroslas?”. Yang sacaba las arañas mientras hablaba y puso la botella frente a nuestra boca. Yo estaba asqueada, así que giré la cabeza e instintivamente me eché hacia atrás. Todos los policías se rieron. Lang dijo: “Pon las arañas en su entrepierna o tal vez en su pecho o quizás en su boca”. Yo estaba llena de ira, odio y miedo. ¿Qué haría si realmente me las ponían en los pantalones? De repente, me di cuenta de que todo está en manos de Dios, incluidas las arañas. Sin el permiso de Dios, las arañas no podían hacerme nada. Lo pondría todo en juego y, no importaba cómo me humillara y persiguiera la policía ese día, no me rendiría ante Satanás. Yang siguió intentando sacar a las arañas de la botella, pero no pudo. Cuando finalmente lo hizo, antes de que pudiera traerlas hacia nosotras, cayeron al suelo. Después de un rato, Lang le dijo que se detuviera. Yo sabía que Dios nos estaba protegiendo. Vi que todo está en las manos de Dios. Es tal como Dios dijo: “Todas las cosas, vivas o muertas, se moverán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios es la fuente de la vida del hombre). Luego, la policía vino a quitarnos la ropa de nuevo, hasta que me desnudaron y me dejaron en ropa interior. Lang apretó los dientes y dijo: “¡Quítatela! ¡Quítatela para mí!”. Luché con todas mis fuerzas. La idea de estar desnuda y ser observada, ridiculizada e insultada por ellos me hizo sentir avergonzada. Cuanto más lo pensaba, más incómoda me sentía. En ese momento, me di cuenta de que pensar así me hacía vulnerable a los trucos de Satanás. Que la policía nos quitara la ropa solo demostraba lo malvados que eran. Para obligar a la gente a traicionar a Dios, estaban dispuestos a hacer cualquier cosa siniestra y malvada. Yo estaba siendo humillada y perseguida por creer en Dios. Esto era algo glorioso y no había nada de qué avergonzarse. Me vino a la mente la imagen del Señor Jesús crucificado por la redención de la humanidad. Dios es supremo y santo, pero soportó en silencio estas humillaciones para redimir a la humanidad. Dios ha pagado un gran precio por la humanidad; me sentí inspirada, así que oré a Dios: “Dios, no importa cuán profundamente me humillen ni el dolor que soporte hoy, nunca te traicionaré”. Miré al agente airadamente. Parecía que se sentía culpable, y permitió que nos vistiéramos y nos fuéramos de ahí. Agradecí a Dios de todo corazón por guiarnos para vencer otra de las tentaciones de Satanás. Ese día, Lang me amenazó, diciendo: “Ahora eres la única que no ha firmado la carta. Todos los demás saben lo que les conviene, pero tú no. ¡Si no firmas, serás tú quien cargue con la culpa por todos!”. Lo ignoré. Dijo con frustración: “Bien, en nombre de la Iglesia de Dios Todopoderoso, ¡tú ganas! ¡Tú ganas! ¡Felicidades!”. Me miró, se puso de pie y salió por la puerta, desesperado. Al ver la humillación y el fracaso de Satanás, me sentí muy agradecida con Dios. Sabía que eran las palabras de Dios y la fuerza que Dios me concedió lo que me dio la fe para llegar donde estoy ahora, ¡y alabé a Dios en mi corazón!

Un día, Lang estuvo hablándome durante toda la mañana y, por la tarde, todas las personas del centro de lavado de cerebro encargadas de reformarme se turnaron para persuadirme de que firmara las “Tres cartas”. Dijeron: “Si firmas ahora, todavía tienes la oportunidad de irte, pero no tendrás otra oportunidad como esta después de hoy. Serás condenada de ocho a diez años de prisión. ¿Cuántos años tendrás cuando salgas?”. Escuché sus palabras tentadoras, pero no me importó. Simplemente sentí que eran tontos e ignorantes y que estaban malgastando sus palabras. Pensé en cómo, durante mi lavado de cerebro y tortura, Dios siempre había estado en silencio a mi lado, guiándome; entonces, ¿de qué tenía que preocuparme? Con respecto a cuántos años me condenarían y cuánto sufriría, todas estas cosas eran permitidas por Dios. Aunque tuviera que soportar penurias y sufrimiento a largo plazo en los días venideros, estaba dispuesta a obedecer las orquestaciones y los arreglos de Dios, así como a permanecer firme en el testimonio por Él. Hacia el anochecer, mi padre llegó de repente. Negoció con Lang durante un largo rato y finalmente pagó una fianza de 5000 yuanes, después de lo cual me liberaron. Tiempo después, descubrí que un amigo de mi padre había sido transferido a trabajar allí durante mi entrenamiento de lavado de cerebro, por lo que mi padre tuvo la oportunidad de pagar algo de dinero para sacarme. Yo sabía que este era uno de los arreglos milagrosos de Dios. De lo contrario, ¿cómo podría la policía liberar tan fácilmente a alguien que no firmaba las “Tres cartas”?

Después de pasar por esta persecución y tribulación, vi verdaderamente la sabiduría de la obra de Dios. Él usó la persecución del gran dragón rojo para ayudarme a comprender la verdad y obtener discernimiento, así como para perfeccionar mi fe. Aunque estuve en una situación peligrosa y enfrenté amenazas, intimidación, lavado de cerebro forzado y tortura diaria por parte de la policía, Dios estuvo a mi lado, iluminándome y guiándome con sus palabras, permitiéndome vencer las tentaciones de Satanás y mantenerme firme en mi testimonio por Dios. También vi plenamente el rostro malvado y horrible del Partido Comunista y su esencia demoníaca de resistencia y odio a Dios, y pude odiarlo y abandonarlo de todo corazón. Al mismo tiempo, también experimenté verdaderamente la autoridad y el poder de las palabras de Dios y vi que todo está en Sus manos, que Él gobierna sobre todo y, por salvaje que sea Satanás, solo es una herramienta al servicio de Dios. No importa cuántos peligros y tribulaciones afronte en el futuro, ¡seguiré a Dios hasta el final!

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