93. Ya no me preocupo por la enfermedad de mi esposa
En la primavera de 2005, mi esposa Huijuan y yo tuvimos la fortuna de aceptar el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días y, más tarde, ambos asumimos nuestro deber en la iglesia. Siempre que nos enfrentábamos a dificultades y desafíos en nuestros deberes, orábamos, buscábamos y leíamos las palabras de Dios juntos y nos ayudábamos y compartíamos el uno con el otro. Bajo la guía de las palabras de Dios, llegamos a entender algunas verdades. En un abrir y cerrar de ojos, pasaron más de diez años y ambos superábamos ya los 60. Nuestra salud había empeorado, en especial la de mi esposa. Ella sufría de tensión alta y tenía que medicarse con frecuencia. A veces, cuando su estado empeoraba mucho, se mareaba y no se podía mover. También sufría bastante del corazón y del estómago. En nuestra vida cotidiana, nos cuidábamos, compartíamos y nos apoyábamos mutuamente y me sentía en paz y satisfecho.
Un día de septiembre de 2023, recibí una carta de los líderes superiores en la que me pedían que me hiciera cargo del trabajo evangélico en otra zona. Me alegró mucho y supe que el motivo era que Dios me estaba concediendo Su gracia y elevándome. Aunque entendía algunos principios y tenía algo de experiencia predicando el evangelio, aún tenía muchas carencias en la enseñanza de la verdad. Si me marchaba a otro lugar para hacer mi deber, obtendría más oportunidades de formarme, podría comunicar a menudo con los hermanos y hermanas y avanzaría realmente rápido. Asimismo, el trabajo evangélico es el trabajo central de la casa de Dios y Su intención más urgente es que acudan más personas ante Él y acepten Su salvación, así que debía tener en consideración la intención de Dios y cooperar con el trabajo evangélico. Con esto en mente, giré la cabeza para mirar a mi esposa y pensé: “¿Qué será de ella si me voy? Se quedará muy sola acá en casa. Ya tiene la tensión alta, la sistólica entre 160 y 180 mmHg y la diastólica entre 120 y 130 mmHg. Cuando sucede un episodio, ella siente como si la cama diera vueltas y el cuarto se le cayera encima, se queda en cama porque tiene miedo a moverse siquiera. ¿Podría arreglárselas sin tenerme a su lado para cuidar de ella?”. No podía evitar sumirme en estas preocupaciones. Vi lágrimas en los ojos de mi esposa y le pregunté: “¿Qué sucede?”. Hizo una pausa antes de decir: “Si te vas, no tendré a nadie en quien confiar. Me estoy haciendo vieja y mi cuerpo está enfermo. Tenerte a mi lado significa que tengo a alguien del que depender y que cuide de mí”. Mi esposa puso en palabras mis pensamientos: “¿Se pondrá triste y se sentirá mal si me voy? Y si su estado empeora y le da una repentina subida de tensión, ¿qué hará? Nuestro hijo está cumpliendo su deber en la iglesia y no puede estar con nosotros, pero yo todavía puedo cuidar de ella cuando estoy a su lado. La gente suele decir: ‘compañeros en la juventud, socios en la vejez’. A medida que envejecemos, la idea es que deberíamos estar juntos, cuidar el uno del otro”. Pensaba sobre esto y no sabía qué hacer. No paraba de darle vueltas al asunto, pero era incapaz de decidirme. Las hermanas que vivían cerca la visitaban, pero yo me preocupaba igual, pensaba: “¿Qué pasa si cae enferma y algo va mal? ¿Se las podrá arreglar sin mí? ¿Quién cuidará de ella? Tal vez debería mandarles una carta a los líderes, explicarles nuestras auténticas dificultades y pedirles que se busquen a otro”. Pero entonces pensé: “Supervisar el trabajo evangélico es una responsabilidad de peso y, dado que se me ha encargado este deber, es la soberanía y el arreglo de Dios. Si no me marcho para hacerlo, eso sería desobediencia, pero ¿qué le sucederá a mi esposa si me marcho? Tampoco puedo desentenderme de ella sin más”. Así que oré a Dios: “Dios, quiero hacer este deber, pero la enfermedad de mi esposa es una auténtica dificultad. Dios, no sé qué hacer. Por favor, guíame”. En ese momento, recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Priorizar los intereses de la casa de Dios […] independientemente de lo que hagas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Cómo es tu relación con Dios?). Entendí que soy un ser creado y que tengo que someterme a la soberanía y los arreglos de Dios y priorizar el trabajo de la iglesia. Predicar el evangelio y cumplir mis deberes es una responsabilidad ineludible y tengo que someterme.
A la mañana siguiente, vi a mi esposa tendida en la cama. Le había vuelto a subir la tensión, estaba demasiado mareada para levantarse y tenía el rostro pálido y cetrino. Se me inquietó de nuevo el corazón y pensé: “Su enfermedad podría atacar en cualquier momento… ¿y si se levanta a por agua, se desmaya y eso genera otras dolencias o incluso una parálisis? Con ella así, ¡no podría dejarla sola y quedarme tranquilo! Sobre todo al hacerse mayor, es más posible que se agrave su estado y necesitará más si cabe de mis cuidados. Podría escribir a los líderes y pedirles que mi esposa viniera conmigo para hacer juntos el deber, ella podría encargarse del deber de acogida. De este modo, no tendría que preocuparme por ella”. Más adelante, escribí una carta pero, al ver lo que había escrito, me sentí muy incómodo. Me pregunté: “¿Qué hago escribiendo esta carta? ¿Acaso no estoy poniendo condiciones? Soy creyente, sin embargo, cuando me enfrento con un deber que no se conforma a mis deseos, pongo excusas para rechazarlo. ¿De qué manera me someto al hacer esto? ¿Acaso no le estoy pidiendo a Dios que haga cosas de acuerdo con mi voluntad? ¿Acaso tengo un mínimo de sentido de la razón?”. Me volví a fijar en las molestias que tenía mi esposa y mi cabeza no paraba de darle vueltas. De un lado, estaba mi deber de predicar el evangelio y, de otro, la enfermedad de mi esposa. Me preocupaba por ella, pero, al mismo tiempo, no quería abandonar mi deber. En ese momento, remitieron los mareos de mi esposa y ambos nos arrodillamos para orar a Dios. Dije: “Dios, estoy dispuesto a aceptar mi deber, pero mi poca estatura me impide dar de lado a mi esposa. Por favor, guíame”.
Durante mis devociones espirituales, leí las palabras de Dios y encontré algunas sendas de práctica. Dios Todopoderoso dice: “Dios nunca ha pretendido forzar, atar ni manipular a las personas. Dios nunca constriñe ni impone y, menos aún, fuerza a nadie. Lo que Dios les da a las personas es una amplia libertad; les permite elegir la senda por la que deberían caminar. Aunque estés en la casa de Dios y Él te haya predestinado y elegido, a pesar de ello eres libre. Puedes elegir rechazar Sus diversos requerimientos y arreglos o bien elegir aceptarlos; Dios te da la oportunidad de elegir con libertad. Sin embargo, elijas lo que elijas o actúes como actúes, sea cual sea tu punto de vista a la hora de manejar un asunto al que te enfrentes o qué medios y métodos acabas usando para resolverlo, debes responsabilizarte de tus acciones. Tu resultado final no se basa en tus juicios y definiciones personales, en cambio, Dios mantiene un registro de ti. Después de que Él haya expresado un gran número de verdades y de que la gente las haya oído, Dios medirá estrictamente lo correcto e incorrecto de cada persona y determinará el desenlace final de cada una según lo que Él ha dicho, lo que requiere y los principios que ha formulado para las personas. En este asunto, el escrutinio de Dios y Sus instrumentaciones y arreglos no suponen que Él manipule ni ate a nadie; eres libre. No hace falta que estés en guardia contra Dios ni has de sentir miedo ni intranquilidad. Eres una persona libre de principio a fin. Dios te concede un entorno libre, libre albedrío y espacio para hacerlo con libertad, lo que te permite elegir por ti mismo y, sea cual sea tu desenlace, viene determinado completamente por la senda que tomes. Esto es lo equitativo, ¿no? (Sí). Si al final te salvas y eres alguien que se somete a Dios y es compatible con Él, alguien al que Dios acepta, eso es lo que consigues con tus elecciones correctas. Si al final no te salvas ni puedes ser compatible con Dios y Él no te gana, si no eres alguien al que Dios acepta, entonces eso también depende de tus propias elecciones. Por tanto, en Su obra, Dios les da a las personas mucho espacio para elegir, así como absoluta libertad” (La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Después de leer las palabras de Dios, al fin me di cuenta de algo: “Dios me ha dado la voluntad de elegir con libertad y, cuando me toca un deber, Él está observando mi elección y la senda que tomo, ya sea elegir someterme a Dios y hacer mi deber como ser creado o bien dejar de lado mi deber y quedarme en casa para cuidar de mi esposa. Los líderes me han pedido que esté a cargo del trabajo evangélico. Esto me dará la oportunidad de formarme en mi deber y detrás de ello se encuentra la intención de Dios. Los desastres son cada vez más graves, todavía hay muchos que no han oído la voz de Dios y siguen sufriendo bajo el tormento y el daño de Satanás. Dios no quiere verlos caer en el desastre y espera que más personas prediquen el evangelio y den testimonio de Su obra de los últimos días”. Sin embargo, aunque sabía que el trabajo evangélico necesitaba con urgencia personas que cooperaran, me preocupaba que mi esposa cayera enferma, así que quise quedarme en casa para cuidar de ella; quería rechazar y evitar mi deber. Incluso quise que viniera conmigo para realizar el deber de acogida, aunque sabía que no podía encargarse de este en su estado. En realidad, mi comportamiento demostraba una completa falta de sumisión a Dios. Si no podía hacer mi deber porque quería cuidar de mi esposa, no solo no estaría retribuyendo la sangre del corazón que Dios había invertido en mí, sino que también me perdería la oportunidad de formarme para cumplir mi deber y obtener la verdad y perjudicaría mi entrada en la vida. Tenía que priorizar el trabajo de la iglesia y aceptar mi deber activamente, pues esto es lo que corresponde a un ser creado.
Luego, pensé: “¿Por qué no puedo desprenderme de mi esposa en mi corazón? Incluso he considerado eludir mi deber con el único fin de cuidar de ella”. Tras reflexionar, me di cuenta de que esto era porque vivía dentro de sentimientos mundanos. Leí las palabras de Dios: “No les doy a las personas la oportunidad de expresar sus sentimientos porque Yo no tengo sentimientos carnales y he llegado a odiar en un grado extremo los sentimientos de la gente. Es a causa de los sentimientos entre las personas que he sido dejado de lado y, así, me he convertido en un ‘tercero’ a sus ojos; es a causa de los sentimientos entre las personas que he sido olvidado; es por los sentimientos del hombre que él aprovecha la oportunidad para recoger su ‘conciencia’; es por los sentimientos del hombre que siempre siente aversión por Mi castigo; es por los sentimientos del hombre que siempre me llama injusto y falto de rectitud y dice que estoy haciendo caso omiso de los sentimientos humanos en Mi manejo de las cosas. ¿También tengo parientes sobre la tierra? ¿Quién ha trabajado, como Yo, día y noche, sin pensar en la comida o el sueño, en aras de la totalidad de Mi plan de gestión? ¿Cómo podría el hombre compararse con Dios? ¿Cómo podría el hombre ser compatible con Dios? ¿Cómo podría Dios, que crea, ser de la misma clase que el hombre, que es creado? ¿Cómo podría Yo vivir y actuar siempre junto al hombre en la tierra? ¿Quién es capaz de sentir preocupación por Mi corazón?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las palabras de Dios al universo entero, Capítulo 28). “Algunas personas son extremadamente sentimentales. Cada día, en todo lo que dicen y en cómo se comportan y lidian con los asuntos, viven según sus sentimientos. Sienten cosas por esta y aquella persona; pasan sus días ocupándose de asuntos de relaciones y sentimientos. En todo lo que se encuentran, viven en el ámbito de los sentimientos. […] Es demasiado sentimental. Se podría decir que esos sentimientos son el defecto fatal de esta persona. Sus sentimientos la constriñen en todos los asuntos, es incapaz de practicar la verdad o de actuar de acuerdo con los principios, y con frecuencia se rebela contra Dios. Los sentimientos son su mayor debilidad, su peor defecto, y pueden llevarlos a la ruina absoluta y destruirlos. Las personas que son demasiado sentimentales son incapaces de poner la verdad en práctica o de someterse a Dios. Con sentimientos tan fuertes, todo lo que pueden hacer es satisfacer a la carne; son personas necias y atolondradas. La naturaleza de tales personas es ser muy sentimentales. Viven según sus sentimientos” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Cómo conocer la naturaleza del hombre). Después de leer las palabras de Dios, entendí por qué Él detesta los sentimientos que existen entre las personas. Esto se debe a que, cuando las personas viven en medio de sentimientos, no consideran su deber en lo más mínimo e incluso son capaces de traicionar a Dios. Ahora, el trabajo evangélico de Dios se está difundiendo a todas las naciones y los hermanos y hermanas predican activamente el evangelio y dan testimonio de Dios. Tenía algo de entendimiento de las verdades y principios relacionados con la predicación del evangelio y había obtenido algunos resultados en mi trabajo evangélico, así que debía hacer mi deber. Pero no estaba considerando la intención de Dios y, en vez de eso, me preocupaba la salud de mi esposa. Me inquietaba que se quedara sola en casa y no tuviera a nadie que la cuidara si caía enferma. Estaba controlado por mis sentimientos y no consideraba en absoluto el trabajo evangélico. A fin de cuidar a mi esposa en casa, quería escribir a los líderes para decir que no volvería a salir para hacer mi deber, o para preguntar si mi esposa podría venir conmigo a realizar el deber de acogida, para así poder cuidarla. Si lo pensaba, como la salud de mi esposa era tan delicada, que se encargara del deber de acogida contradecía del todo los principios, pero, a causa de mis sentimientos maritales, no consideré los principios según los que se usa a las personas en la casa de Dios. Solo consideré que, si podíamos permanecer juntos y podía cuidar de ella, con eso sería suficiente. Me di cuenta de que mis sentimientos por mi esposa eran demasiado fuertes. En mi corazón, los sentimientos hacia mi esposa tenían más peso que los intereses de la casa de Dios y mi deber. Entonces, ¿cómo tenía Dios algún lugar en mi corazón? Vivía conforme a mis sentimientos y estos me constreñían en todos los sentidos. No podía hacer mis deberes, ya no digamos practicar la verdad y someterme a Dios. Para Él, semejante comportamiento es completamente aborrecible. Enseguida, oré a Dios: “Dios, debido a mis sentimientos, no puedo someterme verdaderamente a Ti e incluso he querido evitar mi deber. ¡No tengo conciencia! Dios, deseo arrepentirme y te pido que me guíes para librarme de las limitaciones de mis sentimientos y cumplir con mi deber”.
Más tarde, leí más de las palabras de Dios y mi corazón se iluminó. Dios dice: “Dios te ha ordenado el matrimonio y te ha dado una pareja. Aunque te cases, tu identidad y estatus ante Él no cambian. Sin importar si eres hombre o mujer, hay una cosa que ambos compartís, y es que ambos sois seres creados ante el Creador. En el marco del matrimonio, os toleráis y os valoráis y protegéis el uno al otro, os ayudáis y apoyáis, y en eso consiste el cumplimiento de vuestras responsabilidades. No obstante, las responsabilidades y la misión que debes cumplir ante Dios no se pueden sustituir por aquellas que debes satisfacer con respecto a tu pareja. Por lo tanto, cuando exista un conflicto entre tus responsabilidades hacia tu pareja y el deber que un ser creado debe hacer ante Dios, debes elegir el desempeño de este último, en lugar del cumplimiento de tus responsabilidades hacia tu cónyuge. Esta es la dirección y el objetivo que debes elegir y, por supuesto, también es la misión que debes cumplir. Sin embargo, hay quienes erróneamente convierten en su misión en la vida perseguir la felicidad conyugal o cumplir con las responsabilidades hacia su pareja, así como cuidarla, atenderla, valorarla y protegerla, y la consideran su mundo entero, su vida; eso es una equivocación. […] Por consiguiente, cuando un miembro de la pareja hace el máximo esfuerzo o realiza cualquier sacrificio en busca de la felicidad conyugal, eso Dios no lo recuerda. Da igual lo correcta o perfectamente que cumplas con tus obligaciones y responsabilidades hacia tu pareja, o hasta qué punto hagas lo correcto por ella. En otras palabras, no importa lo correcta o perfectamente que mantengas tu felicidad conyugal, o lo envidiable que esta sea; eso no significa que hayas cumplido con la misión de un ser creado ni demuestra que seas un ser creado que cumple con el estándar. Tal vez seas la mujer o el marido perfectos, pero eso queda limitado al marco del matrimonio. El Creador mide la clase de persona que eres en función de cómo hagas el deber de un ser creado ante Él, el tipo de senda que sigas, tu perspectiva de vida, lo que persigas en esta y qué tan bien cumplas con la misión de un ser creado. Es a partir de eso que Dios valora la senda que sigues como ser creado y tu destino futuro, no a partir de lo bien que cumplas con tus responsabilidades y obligaciones como esposa o marido, ni de si tu amor hacia tu pareja resulta de su agrado” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (11)). Las palabras de Dios comparten con claridad las responsabilidades que los cónyuges deberían cumplir el uno con el otro. Cuando se pueden evitar retrasos en los deberes propios, los cónyuges deben tenerse en consideración, cuidarse, ayudarse y apoyarse mutuamente. En el pasado, cuando no me demoraba en mis deberes, si la salud de mi esposa era mala, la acompañaba y cuidaba y, de esta manera, cumplía con mis responsabilidades y obligaciones como esposo. Sin embargo, esto no significaba que estuviera cumpliendo los deberes y responsabilidades de un ser creado. Cuando la iglesia requiere de mí que lleve a cabo su trabajo, yo estoy obligado por mi honor a darle prioridad al trabajo de la iglesia y cumplir con las responsabilidades de un ser creado. Es decir, cuando cuidar de mi esposa entrara en conflicto con mis deberes, debía elegir hacer mis deberes. Esta es la elección adecuada y el deber y la responsabilidad que tenía que cumplir. Ahora mismo, el trabajo evangélico necesita con urgencia la cooperación de las personas y predicar el evangelio y dar testimonio de Dios es mi responsabilidad y mi misión. Tengo que elegir decididamente cumplir con mis deberes. Pero me regodeé en las ideas satánicas de “los esposos deberían amarse profundamente” y “compañeros en la juventud, socios en la vejez” y coloqué el vínculo emocional entre los cónyuges sobre todo lo demás, pues pensaba que, a medida que nos hacemos mayores, debemos permanecer juntos, acompañarnos el uno al otro, cuidarnos, ayudarnos y apoyarnos mutuamente, que siempre vamos a estar juntos. En el caso de la mala salud de mi esposa, pensaba que al cuidarla estaba cumpliendo con mi responsabilidad como marido y que, solo si me tenía a su lado, se sentiría reconfortada y conoceríamos la felicidad en nuestra vejez. Mi mente rebosaba de pensamientos sobre la enfermedad de mi esposa y su vida futura y no consideraba para nada el trabajo evangélico de iglesia ni cómo completar la misión de predicar el evangelio y dar testimonio de Él. Incluso quise rechazar mis deberes. Consideraba el cumplimiento de las responsabilidades entre cónyuges como practicar la verdad y, para mí, el único propósito en la vida era cuidar y acompañar a mi esposa. Aunque las palabras de Dios me habían esclarecido para así comprender Su intención, seguí eligiendo quedarme en casa a su lado para cuidarla. En mi corazón, anteponía a mi esposa a todo lo demás, incluso a Dios. ¡Era realmente rebelde! Contemplaba las cosas según la perspectiva satánica de “compañeros en la juventud, socios en la vejez”. Incluso preferí eludir mis deberes para quedarme en casa y cuidar de mi esposa. ¡Cuán egoísta era! Por muy bien que cuidara de mi esposa, esto era meramente cumplir con la responsabilidad y obligación de un cónyuge, no la práctica de la verdad. Sin embargo, cumplir bien con mis deberes como un ser creado, cumplir con mis responsabilidades en el trabajo evangélico y completar mi misión son lo que da valor y significado a mi vida y son los objetivos que debería perseguir. Dios me dio la oportunidad de creer en Él y de salvarme, así como la de formarme en mis deberes y obtener la verdad, sin embargo, todavía no podía hacer mis deberes adecuadamente para devolver el amor de Dios. Incluso me aferré a opiniones satánicas y no tuve lealtad ni sumisión hacia Él. Sin duda, carecía de conciencia y humanidad. Esto no solo causaría que Dios me detestara, sino que, al final, me conduciría a la ruina.
Más tarde, me di cuenta de que mi incapacidad para desprenderme de mi esposa, así como pensar que solo si seguía a su lado podía cuidar bien de ella, demostraba falta de fe en la soberanía de Dios. Recordé Sus palabras: “La suerte del hombre está controlada por las manos de Dios. Tú eres incapaz de controlarte a ti mismo: aunque el hombre siempre se afana y se ocupa de sus propios asuntos, sigue siendo incapaz de controlarse. Si pudieras conocer tus propias perspectivas, si pudieras controlar tu propio sino, ¿se te seguiría llamando un ser creado?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Restaurar la vida normal del hombre y llevarlo a un destino maravilloso). “¿Quién es realmente capaz de esforzarse totalmente por Mí y ofrecer su todo por Mí? Todos estáis indecisos, vuestros pensamientos dan vueltas y vueltas, pensáis en la familia, en el mundo exterior, en la comida y en la ropa. A pesar de que estás aquí, delante de Mí, haciendo cosas para Mí, en tu corazón sigues pensando en tu esposa, tus hijos y tus padres, que están en casa. ¿Son todos de tu propiedad? ¿Por qué no los encomiendas a Mis manos? ¿No confías en Mí? ¿O es que tienes miedo de que Yo haga disposiciones inapropiadas para ti? ¿Por qué tienes siempre en mente a la familia de tu carne y a tus seres queridos? ¿Ocupo Yo un lugar determinado en tu corazón?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo al principio, Capítulo 59). Las palabras de Dios me hicieron darme cuenta de que mi porvenir estaba en Sus manos, al igual que el de mi esposa, y que yo no puedo controlar su sino. Su estado físico, si iba a caer enferma o no o si su enfermedad iba a empeorar; todo eso está bajo la soberanía de Dios, no es que si yo me quedo a su lado para cuidarla, la enfermedad desaparecerá. En ese momento, pasaba todos los días a su lado, cuidándola, pero ¿acaso ella no seguía con la tensión alta y estaba tan mareada que no podía moverse? Me di cuenta de que, en realidad, no entendía la soberanía de Dios ni creía ni me sometía de veras y de que, en cuanto al tema de la enfermedad de mi esposa, siempre quise intentar controlarla yo mismo y liberarme de la soberanía de Dios. ¡Cuánta razón me faltaba! Normalmente, solo gritaba eslóganes, aseguraba que Dios es soberano sobre todo, pero Él no ocupaba un lugar en mi corazón; en realidad, no entendía la soberanía ni la autoridad de Dios y, cuando Dios me ponía realmente a prueba, no daba testimonio en absoluto. No me atrevía a confiar mi esposa a Dios. ¿Cómo iba a tener auténtica fe en Él? Él controla y es soberano sobre todo; el sufrimiento que vaya a soportar mi esposa, lo que vaya a experimentar, cuántos reveses vaya a afrontar, si su enfermedad va a empeorar o si va a acabar paralizada, todo eso está en manos de Dios. Si Él ha preordinado que empeore de su enfermedad o que acabe paralizada, aunque yo permanezca a su lado, no servirá de nada. Si está preordinada a acabar paralizada, así será. Si Dios no ha preordinado que su enfermedad empeore o le cause una parálisis, aunque yo no esté ahí para cuidar de ella, su condición no va a empeorar. Recordé a un director de hospital al que conocía. Un día, su esposa estaba perfectamente, pero al siguiente, se sintió mal y la ingresaron en el hospital. Después de un chequeo, se descubrió que tenía un cáncer avanzado. El director era un doctor experto y, aunque permaneció junto a su esposa, fue inútil y ella murió cuando falló el tratamiento. Hubo también un hermano que había trabajado conmigo. Tenía 70 años. Había perdido a su esposa y sus hijos trabajaban en otro lugar. A veces, no tenía a nadie a su lado cuando estaba enfermo, pero confiaba en Dios para aprender lecciones, cumplía sus deberes con normalidad y su salud seguía siendo buena. A raíz de esto, comprendí que nadie puede controlar su propio sino ni el de los demás. El porvenir de todo el mundo está en manos de Dios. Volví a pensar en que mi esposa también creía en Dios, lo que significaba que, cuando se encontrara en un mal estado o enfermara, podría orarle y buscar la verdad. Solo podría encontrar paz y estabilidad en el corazón mediante la guía y el esclarecimiento de las palabras de Dios; por muy bien que yo cuidara de ella, yo no le sería de ninguna ayuda cuando estuviera enferma. Tenía que confiarla a las manos de Dios. Bajo la guía de las palabras de Dios, dejé de preocuparme e inquietarme por la enfermedad de mi esposa y se me tranquilizó y liberó el corazón. Así que les escribí a los líderes, mostré mi voluntad de irme para hacer mi deber.
Más tarde, la salud de mi esposa mejoró un poco y se dio cuenta de que no había tenido un lugar para Dios en su corazón ni había creído en Su soberanía. Ella no quería que me marchara porque solo se sentía segura al tenerme como apoyo. Ella también reflexionó sobre sí misma y estuvo dispuesta a someterse a las instrumentaciones y arreglos de Dios. Me apoyaría sin importar dónde fuera a hacer mi deber y me dijo que no me preocupara por ella. Dijo que oraría a Dios, confiaría en Él para experimentar Sus palabras y se centraría en su entrada en la vida. Más tarde, me marché a hacerme cargo del trabajo evangélico y, no mucho después, me enteré de que la enfermedad de mi esposa había mejorado mucho y había estado haciendo su deber lo mejor que podía.
Por medio de esta experiencia, me di cuenta de que les había dado demasiada importancia a mis sentimientos y que, a causa de ellos, podía incluso renunciar a mi deber y traicionar a Dios, lo que demostraba que no le había tenido lealtad ni sumisión. También había entendido cómo contemplar la enfermedad de mi esposa y había empezado a estar dispuesto a someterme a la soberanía y arreglos de Dios y a priorizar mi deber. ¡Gracias a Dios por Su amor y salvación hacia mí!