151 La obra de la carne y la del Espíritu tienen la misma esencia

Cristo es el único Dios encarnado,

la carne que viste el Espíritu de Dios.

Esta carne no es como la de un hombre,

Él no es de carne y hueso, sino el Espíritu encarnado.

Él es tanto humano como divino.

Su humanidad sustenta Su vida humana;

Su divinidad hace la obra de Dios.

Ambas se entregan a la voluntad del Padre.

Cristo es divino y Su esencia es el Espíritu.

Su esencia es la de Dios mismo

y no interrumpirá Su propia obra.

Nada de lo que hace podría destruirla,

y Él no diría nada en contra de Su voluntad.

Todo hombre debe entenderlo.

Ya sea el Espíritu o la carne,

ambos cumplen una sola voluntad, ambos hacen una sola obra.

Aunque el Espíritu y la carne tengan cualidades distintas,

Su esencia es la misma: la esencia de Dios mismo.

Ambos tienen la identidad de Dios.

La obra del Espíritu Santo es salvar al hombre

y es por el bien de la gestión de Dios.

La obra de Cristo también es salvar al hombre

y es por el bien de la voluntad de Dios.

Dios se hace carne y Su esencia está dentro;

así Su carne basta para hacer Su obra

y realizar por Él la obra que Él quiere hacer.

Así se reemplaza la obra del Espíritu de Dios

por la obra de Cristo en la encarnación,

cuya obra principal es la de Cristo.

No se puede mezclar con obras de otra era.

El Espíritu de Dios puede hacer la obra de la salvación;

cuando Dios se encarna, Él aún puede salvar.

De cualquier manera, Dios siempre hace Su obra.

Ya sea el Espíritu o la carne,

ambos cumplen una sola voluntad, ambos hacen una sola obra.

Aunque el Espíritu y la carne tengan cualidades distintas,

Su esencia es la misma: la esencia de Dios mismo.

Ambos tienen la identidad de Dios.

Dios no interrumpe ni interfiere.

En Su obra no hay conflicto, ya que son iguales:

la esencia de la obra del Espíritu

y la esencia de la obra de la carne.

Ya sea el Espíritu o la carne,

ambos cumplen una sola voluntad, ambos hacen una sola obra.

Aunque el Espíritu y la carne tengan cualidades distintas,

Su esencia es la misma: la esencia de Dios mismo.

Ambos tienen la identidad de Dios.

Adaptado de ‘La esencia de Cristo es la obediencia a la voluntad del Padre celestial’ en “La Palabra manifestada en carne”

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