Palabras diarias de Dios: La encarnación | Fragmento 122

La obra inicial de las tres etapas de la obra de Dios la hizo directamente el Espíritu y no la carne. La obra final de las tres etapas de la obra de Dios, sin embargo, la hace el Dios encarnado y no el Espíritu directamente. La obra de redención de la etapa intermedia también la hizo Dios en la carne. A lo largo de toda la obra de gestión, la obra más importante es salvar al hombre de la influencia de Satanás. La obra clave es la conquista completa del hombre corrupto, restaurando así la reverencia original a Dios en el corazón del hombre conquistado y permitiéndole lograr una vida normal, es decir, la vida normal de una criatura de Dios. Esta obra es crucial y es el núcleo de la obra de gestión. En las tres etapas de la obra de salvación, la primera etapa de la obra de la Era de la Ley estaba lejos del corazón de la obra de gestión; solo tenía la ligera apariencia de la obra de salvación y no era el inicio de la obra de Dios de salvar al hombre del campo de acción de Satanás. La primera etapa de la obra la hizo directamente el Espíritu porque, bajo la ley, el hombre solo sabía acatarla y no tenía más verdad, y porque la obra en la Era de la Ley apenas involucraba cambios en el carácter del hombre, y mucho menos tenía que ver con la obra de cómo salvarlo del campo de acción de Satanás. Así, el Espíritu de Dios completó esta etapa supremamente simple de la obra que no tenía que ver con el carácter corrupto del hombre. Esa etapa de la obra tuvo poca relación con el núcleo de la gestión y no tuvo gran correlación con la obra oficial de la salvación del hombre y, por lo tanto, no requería que Dios se hiciera carne para hacer personalmente Su obra. La obra que el Espíritu hace está implícita y es insondable, y para el hombre es profundamente aterradora e inaccesible; el Espíritu no es el adecuado para hacer directamente la obra de salvación ni para proporcionar directamente vida al hombre. Lo más adecuado para el hombre es transformar la obra del Espíritu en un enfoque que esté cerca del hombre, es decir, lo que es más adecuado para el hombre es que Dios se vuelva una persona normal y corriente para hacer Su obra. Esto requiere que Dios se encarne para reemplazar al Espíritu en Su obra, y para el hombre no hay mejor forma de obrar para Dios. De entre estas tres etapas de la obra, dos las lleva a cabo la carne y son las fases claves de la obra de gestión. Las dos encarnaciones son mutuamente complementarias y se complementan perfectamente entre sí. La primera etapa de la encarnación de Dios puso el fundamento para la segunda etapa y se puede decir que las dos encarnaciones de Dios forman un todo y no son incompatibles entre sí. Estas dos etapas de la obra de Dios las lleva a cabo Dios en Su identidad encarnada porque son muy importantes para toda la obra de gestión. Casi se podría decir que, sin la obra de las dos encarnaciones de Dios, toda la obra de gestión se detendría por completo y la obra de salvar a la humanidad no sería nada más que palabras vacías. Que esta obra sea o no importante se basa en la necesidad de la humanidad, en la realidad de la depravación de esta, y en la seriedad de la desobediencia de Satanás y la perturbación que causa en la obra. El adecuado que está a la altura de esta tarea se basa en la naturaleza de la obra realizada por el obrador y en la importancia de la obra. Cuando se trata de la importancia de esta obra, en términos de qué método adoptar para obrar —la obra hecha directamente por el Espíritu de Dios o la realizada por Dios encarnado o por el hombre— la primera que se debe eliminar es la obra hecha a través del hombre y, basándose en la naturaleza de la obra y la naturaleza de la obra del Espíritu en oposición a la de la carne, en última instancia se decide que la obra hecha por la carne es más beneficiosa para el hombre que la realizada directamente por el Espíritu, y ofrece más ventajas. Este es el pensamiento que Dios tuvo cuando decidió si la obra la debía hacer el Espíritu o la carne. Hay una relevancia y una base para cada etapa de la obra. No son imaginaciones sin fundamento ni tampoco se llevan a cabo de un modo arbitrario; hay cierta sabiduría en ellas. Esta es la verdad detrás de toda la obra de Dios. En particular, hay más del plan de Dios en esa obra grandiosa como Dios encarnado obrando personalmente entre los hombres. Por lo tanto, la sabiduría de Dios y la totalidad de Su ser se reflejan en cada una de sus acciones, pensamientos e ideas en Su obra; este es el ser de Dios que es más concreto y sistemático. Es difícil que el hombre imagine estos pensamientos e ideas sutiles, es difícil que el hombre los crea y, además, que los conozca. La obra hecha por el hombre está de acuerdo a los principios generales que, para el hombre, es altamente satisfactoria. Pero comparada con la obra de Dios, hay simplemente una disparidad excesiva; aunque los hechos de Dios son grandiosos y la obra de Dios es de una magnífica escala, detrás de ellos hay muchos planes y arreglos minuciosos y precisos que son inconcebibles para el hombre. Cada etapa de Su obra no solo se realiza conforme a principios, sino que también contiene numerosas cosas que el lenguaje humano no puede articular plenamente, y estas son las que al hombre le son invisibles. Independientemente de si es la obra del Espíritu o la obra de Dios encarnado, cada una contiene los planes de Su obra. Él no obra infundadamente y no hace una obra insignificante. Cuando el Espíritu obra directamente, lo hace con Sus metas, y cuando se hace hombre (es decir, cuando transforma Su caparazón externo) para obrar, es aún más con Su propósito. ¿Por qué otro motivo cambiaría Su identidad de inmediato? ¿Por qué se convertiría sin reparos en una persona considerada insignificante y que es perseguida?

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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