214 Tenemos la buena fortuna de servir a Dios

Ahora podemos oír la voz de Dios,

afirmar Su aparición y Su obra.

Nos alegra ver al práctico Dios;

el regreso del Señor es una bendición.

¡Oh! Venimos al banquete con Dios,

elevados al reino de los cielos.

Ahora, a comer, beber y disfrutar de Sus palabras.

¡Qué felicidad es estar con Él!

Estamos dispuestos a trabajar por Dios,

por Sus planes y arreglos,

servir toda la vida con todo el corazón,

siempre alabando Su justicia, Su justicia.

Deseamos la bendición de Dios,

Sus palabras son juicio y revelación.

Su espada nos perfora el corazón

y sentimos un gran tormento y dolor.

Somos corruptos, indignos de ver a Dios

porque nuestra fe en Él

apenas basta para que nos bendiga

y entremos al reino de los cielos.

El largo anhelo desapareció, estamos rotos de dolor.

Sus palabras nos conquistan y convencen.

Caemos al suelo avergonzados.

Sólo a través del juicio de las palabras de Dios

vemos que somos corruptos.

Egoístas, sólo buscamos Su bendición,

no ha sido purificada nuestra corrupción.

No somos aptos de entrar al reino de los cielos,

por la gracia de Dios lo servimos a Él.

Estamos dispuestos y tenemos la suerte.

Este es el amor más grande de Dios.

Estamos dispuestos a trabajar por Dios,

por Sus planes y arreglos,

servir toda la vida con todo el corazón,

siempre alabando Su justicia.

Hoy hacemos servicio, aunque seamos indignos,

no nos preocupa ser bendecidos, la ruina o el final.

Dios derrota a Satanás con Sus palabras.

Así Dios nos salva de la oscuridad.

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Como cientos de millones de otros seguidores del Señor Jesucristo, nosotros acatamos las leyes y los mandamientos de la Biblia, gozamos la abundante gracia del Señor Jesucristo y nos reunimos, oramos, alabamos y servimos en el nombre del Señor Jesucristo, y todo esto lo hacemos bajo el cuidado y la protección del Señor. Muchas veces somos débiles y muchas veces fuertes. Creemos que todas nuestras acciones están en conformidad con las enseñanzas del Señor. Se sobreentiende, entonces, que también creemos que caminamos el camino de la obediencia a la voluntad del Padre que está en el cielo. Anhelamos el regreso del Señor Jesús, la gloriosa llegada del Señor Jesús, el fin de nuestra vida en la tierra, la aparición del reino, y todo lo que se predijo en el Libro de Apocalipsis: el Señor llega y trae el desastre, y recompensa a los buenos y castiga a los malvados, y se lleva en los aires a los que lo siguen y acogen Su regreso para que se encuentren con Él. Cada vez que pensamos en esto, no podemos evitar que la emoción nos embargue. Estamos agradecidos de haber nacido en los últimos días y somos lo suficientemente afortunados de ser testigos de la venida del Señor. Aunque hayamos sufrido persecución, es a cambio de “un peso de gloria que sobrepasa todo y que es eterno”; ¡qué bendición que así sea! Todo este anhelo y la gracia que otorga el Señor muchas veces nos vuelven más formales en la oración y nos reúnen con más frecuencia. Tal vez el año que entra, tal vez mañana o tal vez incluso antes, cuando el hombre no se lo espere, el Señor de repente llegará y aparecerá entre un grupo de personas que han estado esperándolo atentamente.

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