Ya no me siento angustiada debido a mi enfermedad
Por Mengfan, ChinaEn diciembre de 2022, padecí una neuralgia del trigémino. Después de la cirugía, seguía con la parte derecha de la cabeza...
¡Damos la bienvenida a todos los buscadores que anhelan la aparición de Dios!
Un día de 2021, la líder me puso a cargo de unas reuniones de grupo. Con cierta práctica, logré comprender algunos principios y tener cierto discernimiento de algunos de los estados que experimenta la gente. Sentía que ese deber me ayudaba a entender muchas verdades y a progresar rápido. Sin embargo, luego la policía empezó a seguir a la diaconisa de asuntos generales y esta no podía tener contacto con los demás, así que la líder me mandó que me ocupara yo de los asuntos generales. En esa época detuvieron sucesivamente a varios hermanos y hermanas. Había que ocuparse de muchas cosas, como el transporte de libros, la búsqueda de nuevas casas de acogida para los hermanos y hermanas, y demás. Prácticamente me pasaba todos los días por ahí organizando todas estas cosas. Con el tiempo, no pude evitar sentirme un poco malhumorada e insatisfecha. Me parecía mero trabajo de campo y que, al pasarme todo el tiempo de aquí para allá, no podría alcanzar la verdad. De seguir así, ¿me salvaría? Empecé a ser reacia al trabajo en asuntos generales y ya no tenía ganas de hacerlo.
En bastantes ocasiones vi a hermanos y hermanas hablando en reuniones cuando llevaba cosas a las casas de acogida. Me sentía muy perjudicada y hasta me quejaba de la líder. ¿Por qué me puso a cargo de los asuntos generales? Ellos compartían juntos la verdad, aprendían muchísimo y maduraban rápido, pero yo solo hacía recados; ¿cómo podría alcanzar la verdad? Sin la verdad, ni tendría vida ni podría salvarme. ¿No tenía las de perder? Cuanto más lo pensaba, más me disgustaba, y ya no tenía energía para mi deber. Una vez descubrí un riesgo de seguridad en casa de una hermana, y había que trasladar cuanto antes los libros que había allí a un lugar seguro. Me pregunté: “¿Por qué hay tantas tareas generales? Consumen tiempo y energía, pero yo no puedo alcanzar la verdad. ¿No estoy haciendo todo esto para nada?”. Al pensarlo de esa forma, me sentí un tanto reacia. Pero la situación era urgente, por lo que tenía que ir a ayudar a trasladar los libros. Inesperadamente, nada más terminar allí, surgió algo en otra casa donde se guardaban libros. Mientras trasladaba estos libros, era, una vez más, el mismo proceso de organización y empaquetado y, tras un día entero de trabajo, me inundaban las quejas. Cuando volvía a casa arrastrándome de cansancio, la líder y el diácono de riego estaban en pleno debate de trabajo. La líder me preguntó: “¿No ibas a llevar a una hermana a una nueva casa de acogida? ¿Por qué tardaste todo el día?”. Me sentí muy ofendida con aquello. Todos ellos compartían juntos la verdad y los principios mientras yo estaba de aquí para allá. ¿Qué podía aprender ocupándome nada más que de los asuntos generales? Por más que hiciera, ¿no acabaría, a lo sumo, como contribuyente de mera mano de obra? ¿No sería estupendo que pudiera quedarme allí leyendo las palabras de Dios, reuniéndome y hablando con todos, y poniendo en práctica el trabajo? Sería más fácil y podría alcanzar la verdad, con lo que en el futuro me salvaría. Conforme lo pensaba, más me enojaba, y me quedé muy negativa y totalmente agotada. No dejaba de preocuparme por eso: ¿Por qué estaba a cargo de los asuntos generales? ¿Quería Dios que fuera contribuyente de mera mano de obra? De continuar así, ¿solo llegaría a ser buena para los recados? ¿Qué podría aprender?
Al día siguiente había que ocuparse de muchas tareas generales, y yo no pude reprimir mis quejas. La líder observó que no me hallaba en un buen estado y me advirtió que hiciera introspección y aprendiera de esto. Eso me supuso una cierta llamada de atención. En esa época en que gestionaba los asuntos generales, hacía el trabajo, pero en el fondo me sentía rebelde. Estaba descontenta porque quería elegir yo misma un deber. Llegué a pensar que Dios era injusto conmigo. Comprendí que me hallaba en un estado peligroso. No podía seguir resistiéndome tanto. Tenía que buscar la verdad y arrepentirme ante Dios.
Leí algo en las palabras de Dios: “Los principios que debes entender y las verdades que has de poner en práctica son los mismos, con independencia de qué deber estés haciendo. Ya se te haya pedido que seas líder u obrero, o si estás cocinando como anfitrión o se te pide que te encargues de asuntos externos o hagas algo de trabajo físico, los principios-verdad que se deben observar a la hora de hacer estos diferentes deberes son los mismos, en cuanto a que deben basarse en la verdad y en las palabras de Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se buscan los principios-verdad es posible hacer bien el deber). “Mucha gente no puede ver con claridad lo que significa alcanzar la salvación. Algunas personas piensan que si han creído en Dios durante mucho tiempo, entonces probablemente se salvarán. Otras piensan que si entienden muchas doctrinas espirituales, entonces probablemente se salvarán. Y otras más piensan que si se convierten en líderes y obreros, ciertamente se salvarán. Todas estas son nociones y figuraciones humanas. La clave es que la gente debe entender lo que significa alcanzar la salvación. Alcanzar la salvación significa principalmente liberarse del pecado y de la influencia de Satanás, volverse genuinamente a Dios y someterse a Él. ¿Qué deben poseer las personas para liberarse del pecado y de la influencia de Satanás? La verdad. Para obtener la verdad, la gente debe dotarse de muchas de las palabras de Dios, y debe ser capaz de experimentar Sus palabras y ponerlas en práctica, para que puedan entender la verdad y entrar en la realidad; solo entonces se salvarán. Que uno pueda salvarse o no, no tiene nada que ver con cuánto tiempo ha creído en Dios, cuán avanzado es su conocimiento, si posee dones y puntos fuertes, o cuánto sufre. Lo único que tiene una relación directa con alcanzar la salvación es si una persona obtiene la verdad o no. Entonces, ¿cuántas verdades has entendido ahora en tu corazón? ¿Y cuántas de las palabras de Dios se han convertido en tu vida? De todos los requisitos de Dios, ¿en cuáles has logrado entrar? Después de creer en Dios durante tantos años, ¿en cuánta de la realidad de las palabras de Dios has entrado? Si no lo sabes, o si no has logrado entrar en la realidad de ninguna de las palabras de Dios, entonces déjame decirte algo cierto: tu esperanza de salvarte es nula; no puedes alcanzar la salvación de ninguna manera” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Atesorar las palabras de Dios es la base de la fe en Dios). En las palabras de Dios descubrí que, trátese de la labor de riego o de los asuntos generales de la iglesia, estos son deberes que debemos cumplir. Dios espera que, mientras cumplamos con el deber, persigamos la verdad y tengamos cierta entrada en la vida. Aunque tengamos deberes distintos, los principios-verdad que practicamos en ellos son los mismos. Todos revelamos corrupción sea cual sea nuestro deber. Siempre que busquemos la verdad cuando revelemos corrupción, nos arrepintamos y nos transformemos, podremos avanzar en la vida. Entonces podremos alcanzar la verdad y salvarnos. Sin embargo, si no aprendemos ninguna lección cuando surgen las cosas, o si lo que hacemos no guarda relación con la práctica de la verdad ni con la transformación del carácter, Dios lo considera trabajo y nosotros no alcanzaremos la verdad, y menos todavía Su salvación, pero yo creía erróneamente que no podría alcanzar la verdad ocupándome de los asuntos generales y que, por más que hiciera, sería, a lo sumo, una contribuyente de mera mano de obra. Creía que, por ser líder o líder de grupo, compartir la verdad, sustentar a otros, leer y hablar a diario de las palabras de Dios, enseguida avanzarías en la vida y podrías alcanzar la verdad y salvarte. ¿No era algo absurdo de mi parte? De hecho, alguien que realmente persigue la verdad puede aprender de las cosas que afronte sea cual sea su deber y lograr avances reales. Es como en los videos de testimonio vivencial que he visto. Algunos hermanos y hermanas se ocupan de asuntos generales, pero son capaces de esforzarse por poner en práctica las palabras de Dios, por buscar la verdad y corregir la corrupción una vez revelada. Pueden transformarse tras una experiencia y compartir su propio testimonio real. Y hay líderes que suelen leer las palabras de Dios a otros y ayudarlos a resolver sus problemas, pero que, de hecho, no predican con el ejemplo, solo hablan de palabras y doctrinas y terminan siendo revelados y descartados. Esto pasa realmente, ¿verdad que sí? Dios no muestra favoritismo porque la gente cumpla deberes distintos. Los que no persiguen la verdad son los que son mera mano de obra. Alguien que persiga la verdad obtiene fruto de cualquier deber. Dios es justo y no favorece a nadie, pero yo estaba estancada en mis puntos de vista falaces y quería elegir yo misma un deber. Era reacia a ocuparme de los asuntos generales, no quería hacerlo. Llegué a tener prejuicios contra la líder, me quejaba porque me asignaba esa clase de trabajo. No perseguía la verdad. Revelaba corrupción, pero no hacía introspección ni la corregía. No obstante, era negativa, me quejaba y trasladaba la culpa a los demás. Creía que Dios me iba a tener como contribuyente de mera mano de obra nada más. ¿Acaso no lo malinterpretaba? Estaba en un entorno muy real, pero no aprendía ninguna lección. Actuaba de mala manera y culpaba a los demás. ¡Qué irracional! De haber seguido así, sin alcanzar ninguna verdad, me habría convertido en una auténtica contribuyente de mera mano de obra. Se me había presentado algo de trabajo en asuntos generales y no era capaz de aceptarlo de parte de Dios y someterme. No sabía solucionar mis propios problemas, menos todavía los de otros hermanos y hermanas. ¡Sin embargo, aún así quería trabajar en riego en esa situación! ¿No era irracional? Rememoré unas palabras de Dios: “Que una persona pueda alcanzar finalmente la salvación no depende del deber que haga, sino de si puede entender y obtener la verdad, y en definitiva alcanzar la sumisión absoluta a Dios y ponerse a merced de Su orquestación, dejar de tener en consideración su futuro y su porvenir, y convertirse en un ser creado que sea acorde al estándar. Dios es justo y santo, Él usa este estándar para medir a toda la humanidad, y este estándar nunca cambiará; debes recordar esto. Mantén este estándar firmemente en tu mente, y nunca pienses en dejar la senda de perseguir la verdad para perseguir esas cosas irreales. El estándar requerido por Dios para todos los que han de ser salvados es por siempre inmutable. Sigue siendo el mismo sin importar quién seas” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Al leer las palabras de Dios entendí que, tanto si uno se ocupa de los asuntos generales como si sirve como líder, la clave es que persiga la verdad mientras lleva a cabo su deber. Los que se pueden salvar son aquellos capaces de buscar la verdad en el entorno dispuesto por Dios y de comprenderse a sí mismos, arrepentirse y transformarse. Al comprender esto se me iluminó el corazón.
Luego me puse a meditar de nuevo las cosas. ¿Por qué me alteré tanto y no quería trabajar cuando me asignaron los asuntos generales? Leí estas palabras de Dios: “Lo más triste acerca de cómo cree la especie humana en Dios es que el hombre emprende su propio proyecto en medio de la obra de Dios y, sin embargo, no presta atención a la gestión de Dios. El fracaso más grande de la fe en Dios de la humanidad es que, mientras busca someterse a Dios y adorarlo, construye simultáneamente su propio sueño de un destino aspiracional y trama cómo obtener la mayor bendición y el mejor destino. Incluso si las personas entienden lo patéticas, odiosas y lamentables que son, ¿cuántas podrían renunciar fácilmente a sus aspiraciones y esperanzas? Y ¿quién es capaz de detener sus propios pasos y dejar de hacer planes por su propia cuenta? Dios necesita a quienes van a cooperar de cerca con Él para completar Su gestión. Necesita a quienes dedicarán toda su mente y todo su cuerpo a la obra de Su gestión para someterse a Él. Dios no necesita a las personas que estiran las manos para mendigarle cada día y, mucho menos, a quienes entregan un poco por Él y después esperan exigirle una retribución. Dios odia a los que hacen una contribución insignificante y después se duermen en sus laureles. Odia a esas personas de sangre fría que sienten antipatía hacia la obra de Su gestión y solo quieren hablar sobre ir al cielo y obtener bendiciones. Odia aún más a los que se aprovechan de la oportunidad presentada por Su obra de salvación para su propio beneficio. Eso es debido a que estas personas nunca se han preocupado por lo que Dios quiere conseguir y ganar por medio de la obra de Su gestión. Solo les interesa cómo pueden usar la oportunidad provista por la obra de Dios para obtener bendiciones. No son consideradas en absoluto con el corazón de Dios, pues lo único que les preocupa es su propio futuro y porvenir. Los que sienten antipatía hacia la obra de gestión de Dios y no tienen el más mínimo interés en cómo Dios salva a la humanidad ni en Sus intenciones, todos están haciendo cosas que les gusta hacer fuera del ámbito de la obra de gestión de Dios. Dios no recuerda sus acciones ni las aprueba y ni mucho menos las ve con buenos ojos” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Apéndice III: El hombre solo puede salvarse en medio de la gestión de Dios). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Era reacia a ocuparme de los asuntos generales porque no tenía la motivación correcta en el deber. Cumplía con él para poder ser bendecida y siempre calculaba las pérdidas y ganancias para mis adentros. Pagaba con ilusión cualquier precio cuando algo iba a beneficiarme, pero, en cuanto vi que me habían asignado los asuntos generales y que podría ser una simple contribuyente de mera mano de obra, me pareció una gran pérdida. Ponía cara larga, refunfuñaba y, aunque trabajara un poco, estaba descontenta. Vivía de acuerdo con filosofías satánicas como “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”, “Sal ganando siempre” y “No muevas un dedo si no hay recompensa”. Siempre primaba la “recompensa”, y hasta mis esfuerzos por Dios eran una transacción con Él. Desde un principio no pensaba en cómo cumplir bien con mi deber. Incluso en esas duras condiciones, lo primero que tenía en cuenta no era proteger a los hermanos, las hermanas y los bienes de la iglesia llevándolos cuanto antes a un lugar seguro, sino si valía la pena hacer ese trabajo, si sería beneficioso para mi destino. Vi cómo me había corrompido Satanás para que fuera así de egoísta y despreciable, sin conciencia ni razón. Era muy insensible; solo miraba por mí. Como miembro de la iglesia, fuera cual fuera el proyecto que hubiera que hacer, yo debería haber cooperado para proteger los intereses de la iglesia. Sin embargo, era una persona muy orientada a objetivos en todo lo que hacía. Creía que saldría perdiendo mucho si no recibía bendiciones tras tanto esfuerzo. Tenía la cabeza llena de ideas de cómo podría ser bendecida y salir ganando. Los hechos revelaron que la motivación de mis años de esfuerzos en la fe era un mero deseo de bendiciones. Eso me recordó unas palabras de Dios: “Hasta aquellos que son bondadosos con otros son recompensados; sin embargo, Cristo, que ha hecho tal obra entre vosotros, no ha recibido ni el amor del hombre ni su recompensa y sumisión. ¿Acaso no es eso algo desgarrador?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Quienes son incompatibles con Cristo indudablemente se oponen a Dios). Frente a las palabras de Dios, me sentí aún más arrepentida y peor. Había comido y bebido mucho de la palabra de Dios y gozado de gran parte de Su riego y Su provisión, pero jamás pensé en retribuirle Su amor cumpliendo bien con mi deber. Me centraba en la idea fija de recibir. Insaciable, pedía ayuda a Dios para recibir bendiciones, con el deseo de que me otorgara un buen destino. Cuando no lo lograba me ponía malhumorada, y me embargaban las quejas cuando cumplía con el más mínimo deber. Se me habían insensibilizado mucho la conciencia y la razón, cosa muy hiriente para Dios. Al reflexionar sobre ello, me sentí más en deuda y más culpable. Me odié por ser tan carente de conciencia y humanidad.
Luego leí otra cosa en las palabras de Dios: “En la casa de Dios, cuando se te asigna una tarea, sea dura o agotadora, te agrade o no, es tu deber. Si puedes considerarlo una comisión y responsabilidad que Dios te ha dado y la puedes completar con todo tu corazón y fuerza, se puede decir que el trabajo que haces —el deber que realizas— es relevante para la obra de Dios de salvar al hombre. Si puedes aceptar seria y sinceramente la comisión que Dios te ha dado, ¿cómo te considerará Él? Te considerará un miembro de Su familia. ¿Es eso una bendición o una calamidad? (Una bendición). Es una gran bendición” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realización del propio deber acorde al estándar?). Este pasaje me emocionó mucho. Siempre que alguien quiera cumplir con un deber, Dios le da una oportunidad. En la iglesia, todo trabajo tiene sentido, incluso aquellos aparentemente mediocres. Hay que aceptarlos todos y considerarlos un deber y una responsabilidad. Si procuras perseguir la verdad en el deber y lo haces correctamente, en línea con lo exigido por Dios, tendrás la ocasión de salvarte. Si consideras tu deber un negocio, un capital a cambio de bendiciones o un boleto al reino de los cielos, por mucho que te esfuerces, nunca entrarás en la verdad, pues son incorrectas las ideas detrás de tu búsqueda y la senda por la que vas. La oportunidad de cumplir con un deber y de contribuir con mano de obra a la obra de Dios supone una exaltación por parte de Dios y una enorme bendición. Entonces, ¿cómo podía ser exigente respecto a mi deber? Debería haberlo aceptado y haberme sometido. Eso debería haber hecho como ser creado. Sin embargo, estaba ciega a las bendiciones que me rodeaban y no valoraba la oportunidad de perseguir la verdad en este deber. Consideraba mi deber un esfuerzo, una baza para negociar con Dios, y lo malinterpretaba y me quejaba de Él. Estaba muy ciega. Consciente de esto, dejé de ser reacia a ocuparme de los asuntos generales. Me sentí verdaderamente dispuesta a aceptarlo, a someterme y a cumplir bien con aquel deber.
Leí otro pasaje de palabras de Dios: “En la ejecución de su deber, la gente utiliza la búsqueda de la verdad para experimentar la obra de Dios, entender poco a poco y aceptar la verdad, y luego practicarla. Entonces alcanzan un estado en el que se deshacen de su carácter corrupto, se liberan de las ataduras y el control del carácter corrupto de Satanás, y así se convierten en alguien que tiene la realidad-verdad y una humanidad normal. Solo cuando tengas una humanidad normal, tu realización del deber y tus acciones resultarán edificantes para la gente y satisfactorios para Dios. Y solo cuando las personas sean aprobadas por Dios por la ejecución de su deber, podrán ser seres creados acordes al estándar. Así pues, en cuanto a la realización de vuestro deber, si bien lo que actualmente dedicáis y aportáis con devoción son las diversas capacidades, el aprendizaje y conocimiento que habéis adquirido, es precisamente por medio del canal de hacer vuestro deber que podéis entender la verdad, y saber qué es hacer el deber, qué es presentarse ante Dios, qué es esforzarse sinceramente por Él. A través de este canal, aprenderéis a despojaros de vuestro carácter corrupto, y a rebelaros contra vosotros mismos, a no ser arrogantes y sentenciosos, y a someteros a la verdad y a Dios. Solo así podréis alcanzar la salvación” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Para ganar la verdad, uno debe aprender lecciones de las personas, los acontecimientos y las cosas cercanos). Con las palabras de Dios aprendí que cumplir con un deber es la senda que lleva a la transformación del carácter y a alcanzar la verdad. No tiene que ver con recibir bendiciones ni beneficios. Hagas lo que hagas, la única senda correcta es la de perseguir la verdad y centrarte en la transformación del carácter. No aprendía nada trabajando en asuntos generales porque no perseguía la verdad ni me esforzaba por entrar en la vida. Eso no tenía nada que ver con el deber que cumplía. Creía que trabajar en asuntos generales era un simple esfuerzo. Cuando revelaba corrupción, no me centraba en buscar la verdad y corregirla. Estaba negativa y holgazaneaba en el deber y, aunque hacía el trabajo, no aprendía nada y mi carácter nunca se transformó en absoluto. De haber seguido así, es imposible que hubiera llegado a salvarme. Esto que comprendí me aportó una senda de práctica. Se tratara de los asuntos generales o del riego y sustento a los hermanos y hermanas, no podía continuar considerándolo una tarea. Tenía que centrarme en orar y en buscar los principios-verdad y, cuando revelara corrupción, tenía que hacer introspección y buscar la verdad para corregirla. Después de practicar de este modo durante un tiempo, sin darme cuenta, me comprendí mejor a mí misma y logré una comprensión más real de la verdad.
Me acuerdo de una vez cuando una hermana siempre me pedía que me uniera a lo que ella estaba planeando. Incluso me pidió ayuda en cosas sencillas que podía hacer ella sola. Cuando me volvió a pedir, enmendé mi actitud y no me resistí por tener mucho trabajo. Mientras colaborábamos, observé que ella no llevaba una carga real en el deber y que disfrutaba de comodidades carnales. Quise señalárselo, pero temía que creyera que era difícil llevarse bien conmigo, así que tuve en consideración su carne. Supuse que podía hacer el trabajo por ella; no se lo comenté ni lo hablé con ella. Luego, tras leer las palabras de Dios y hacer introspección, me di cuenta de que estaba siendo complaciente. Parecía considerada y comprensiva, pero en realidad tenía una motivación: darle buena impresión. Eso no sería beneficioso para su vida y haría que siempre dependiera de mí. En ese punto me sinceré con ella y le hablé de mi corrupción, y también le comenté sus problemas. Después de eso, el estado de la hermana se corrigió un poco, y se volvió más activa en el deber y menos dependiente de mí.
Estas experiencias me enseñaron que puedo entender la verdad y entrar en ella sin importar qué clase de deber cumpla. En verdad, Dios no muestra favoritismo hacia nadie. Asimismo, también comprendí que, sea cual sea mi trabajo o la situación que afronte, lo importante es que sea capaz de buscar la verdad y de ponerla en práctica.
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