No era sincera en la fe
Por Michelle, Camerún Mi familia siempre fue muy pobre y yo soñaba con ser ejecutiva de banca, con tener cierto estatus en la sociedad,...
¡Damos la bienvenida a todos los buscadores que anhelan la aparición de Dios!
Mi madre tuvo cáncer y falleció antes de casarme; mi padre tenía la tensión alta desde los 57, se le rompió un vaso sanguíneo y se quedó medio paralizado y en cama durante 15 años. Sufrió una muerte dolorosa. La imagen de mi padre sufriendo dejó una sombra oscura en mi corazón. Tenía la tensión alta y angina. A veces, se me adormecía media cabeza y parecía como si me estuvieran pinchando. También tenía toda clase de problemas de salud, y siempre estaba medicada. Me di cuenta de que tenía los mismos síntomas que mi padre, lo que me preocupaba mucho: “Ya me estoy haciendo mayor. ¿Y si me quedaba incapacitada como él? ¿Cómo iba a vivir así? ¿Cómo podría realizar mi deber y buscar la verdad? Si no podía realizar un deber, ¿cómo iba a salvarme?”. Así que, cuando aparecían síntomas, me invadían sentimientos de ansiedad. Una vez, una iglesia necesitaba ayuda urgente. Un líder superior habló conmigo para que fuera yo, pero pensé: “En esa iglesia hay muchos problemas. Si voy, será un engorro y tendré que dedicarme mucho. Ya tengo mala salud, esto solo me cansará más. ¿Empeorará mi estado? ¿Qué haré si enfermo de verdad?”. Entonces, me negué. Unos meses después, esa iglesia seguía realmente necesitada, y el líder superior volvió a hablar conmigo. Me sentí muy culpable. No había considerado la voluntad de Dios, y me sentí después muy atribulada. No podía rechazar de nuevo ese deber, así que accedí a ir.
Pero en cuanto llegué a la iglesia, vi que su trabajo no daba resultados y sentí mucha presión. Había que resolver muchos problemas para mejorar, y sería muy difícil. No paraba de darle vueltas. Se me empezó a adormecer la cabeza, y me sentía incómoda, como si se me metieran insectos en el cerebro. No podía dormir y durante el día no tenía energía. Me sentía toda débil y me faltaban fuerzas. Estaba algo preocupada. ¿Empeoraría mi estado cada vez más? Si se me obstruían los vasos como a mi padre, ¿caería desplomada sin más? Si me quedaba como un vegetal, o paralizada, o incluso perdía la vida, ¿cómo iba a realizar un deber y lograr la salvación? Me invadía la preocupación por mi enfermedad, y aunque me encargaba de la obra evangélica, no me preocupaban los detalles de los problemas. Rara vez supervisaba los detalles del trabajo, temiendo verme incapacitada si me fatigaba. Estaba muy impaciente, y quería pasarle esta ajetreada obra evangélica a un líder recién elegido. Esa iglesia ya no lograba mucho en la obra evangélica, y no abordé el problema en detalle, así que el trabajo no remontó para nada. Me preocupaba que empeorara mi estado, y perder la vida si llegara a estallar. Si moría, no podría realizar mi deber ni salvarme. Pero pensé que, al estar en mitad de un deber, Dios debía protegerme, y lo probable es que no enfermara gravemente. Así pues, me sentí un poco más en paz. No obstante, a veces me atormentaban las preocupaciones. Sobre todo al ver al hermano de más de 70 años cooperando sin problemas de salud, siendo yo más joven y estando siempre enferma, no pude evitar sentirme triste: “El hermano goza de buena salud y cumple con el deber sin problemas. ¿Por qué yo no estoy sana?”. Me sentía muy impotente, y algo negativa respecto a mi deber. La pandemia estalló a finales de diciembre de 2022. Ya tenía un montón de condiciones previas y además me infecté de covid. Tuve fiebre, me sentía muy débil y tosía sangre. No tenía apetito y apenas comí en dos semanas. Me sentía fatal en aquel momento. Pensé: “Estoy acabada, mi salud es una ruina. Si pierdo la vida, ¿cómo voy a seguir realizando un deber? Algunos se contagiaban, tosían unos días y al poco ya estaban bien. Pero yo nunca dejé de realizar mi deber, habiendo tenido fiebre alta varios días y sin poder comer bien. ¿Cómo me he puesto tan enferma?”. Mientras más lo pensaba, más triste y desdichada me sentía. Al tiempo, me bajó la fiebre, pero las dos personas con las que trabajaba se infectaron, y no había nadie para hacer trabajo de iglesia. No me quedó opción y, débil como estaba, acudí a las reuniones. Enferma, fui de un lado a otro durante dos o tres días, y con la pandemia era difícil coordinar muchas tareas. Empecé a desconectar el corazón, me parecía que era un trabajo demasiado duro. Mi salud era cada vez peor y no hacía bien el trabajo, así que pensé que lo mejor sería recuperarme en casa. Tal vez me pondría algo mejor. De vuelta a casa de mi anfitrión, la angina se hizo notar, y sentí que ya no podía más. Pensaba: “Si sigo con el deber de un líder, mi salud no aguantará. Lo mejor será no realizar este deber”. Me sentí muy deprimida, y pasé dos o tres días en cama. Dependía de mí mejorar, debía cuidar mejor mi salud, eso era lo realista. Le escribí una carta al líder para explicarle lo que pensaba, y volví a casa en cuanto la mandé. Camino a casa, no podía evitar pensar para mis adentros: “He sido creyente todo este tiempo, pero mi salud es la que es y no puedo realizar bien mi deber. Supongo que he estado totalmente expuesta hasta ahora; ¿puedo salvarme aún?”. Cuando regresé a casa, me tiré en la cama sintiéndome vacía, y no pude dormir. Me invadía la culpa. Pensé también en todos los detalles de la obra evangélica de los que era responsable y había que arreglar. Quedarme en casa sin duda demoraría el trabajo de la iglesia. Eso no se ajustaba a la voluntad de Dios. ¿Acaso no tiraba la toalla y traicionaba a Dios? Así que le oré: “¡Dios! ¿Por qué me siento tan débil y poco dispuesta a realizar mi deber ante esta situación? Sé que esto no se ajusta a Tu voluntad, pero no puedo seguir. No me queda nada de fuerza. Oh, Dios, estoy tan perdida y siento tanto dolor. Te ruego que me esclarezcas y guíes, que me des fe y fuerza”.
Durante mi búsqueda, leí un pasaje de las palabras de Dios: “Tanto si estás enfermo como si sufres, mientras te quede aliento, mientras vivas, mientras puedas hablar y caminar, tienes energía para realizar tu deber, y debes ser serio y centrado en el desempeño de este. No debes abandonar el deber de un ser creado ni la responsabilidad que te ha dado el Creador. Mientras no estés muerto, debes completar tu deber y cumplirlo” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). También escuché un himno de las palabras de Dios, “El hombre es muy difícil de salvar”: “Nadie pretende estar toda su vida siguiendo la senda que lleva a Dios, perseguir la verdad para obtener la vida, alcanzar el conocimiento de Dios, poder dar testimonio de Él o, en definitiva, vivir una vida con sentido como Pedro. La mayoría de las personas no están dispuestas a sufrir y no aceptan la verdad en absoluto, pero desean disfrutar de las bendiciones del reino de los cielos lo antes posible, y aman buscar fama, provecho y los beneficios del estatus. Perseguir estas cosas las puede llevar por mal camino. Cuando se enfrentan al dolor, los reveses o el fracaso, es probable que se vuelvan negativas y débiles, y que no tengan un lugar para Dios en el corazón. El Espíritu Santo no obrará en ellas, y algunas personas incluso querrán dar marcha atrás. ¡Es algo muy peligroso si una persona ha creído en Dios durante muchos años, pero no posee ni la más mínima realidad-verdad! ¡Qué lástima que todo su sufrimiento, los innumerables sermones que escuchó y los años que pasó siguiendo a Dios hayan sido en vano! Es fácil para la gente dejarse llevar, y es, de hecho, difícil caminar por la senda correcta y elegir la senda de Pedro. La mayoría de la gente tiene un pensamiento poco claro. No pueden ver con claridad qué senda es la correcta y cuál es la que se aleja de ella. Por muchos sermones que escuchen y por muchas palabras de Dios que lean, aunque sepan en el corazón que el Hijo del hombre encarnado ha venido, siguen sin creer plenamente en Él. Saben que este es el camino verdadero, pero no pueden emprenderlo. ¡Qué difícil es salvar a las personas cuando no aman la verdad!” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Elegir la senda correcta es lo más importante para creer en Dios). Este himno me hizo llorar. Las palabras de Dios me conmovieron mucho y me indicaron la senda de práctica. Aunque estaba enferma, mientras me quedara aliento y pudiera hablar y caminar, no podía renunciar a mi deber como ser creado. En cuanto a mi enfermedad, no es que me impidiera moverme. Estaba un poco débil y tenía que sufrir un poco para realizar mi deber. Sin embargo, dejé mi deber de lado y me fui a casa. Hace años que soy creyente, y he escuchado muchas palabras de Dios. ¿De verdad quería renunciar a mi deber? ¡Eso era inconcebible! Me di cuenta de que no podía seguir siendo tan negativa. ¿Acaso no sería una vergüenza a ojos de Dios que renunciara así a mi deber? Mientras tuviera aliento, daba igual cuándo fuera a mejorar, por difícil que fuera mi deber, debía hacer todo lo posible para cooperar. Las palabras de Dios me motivaron para mi deber y de repente me sentí mucho más libre. Mi estado dio un vuelco, y volví a retomar mi deber.
Leí otro pasaje de las palabras de Dios después de eso: “Luego están aquellos que no gozan de buena salud, tienen una constitución débil y les falta energía, que sufren a menudo dolencias de mayor o menor gravedad, que ni siquiera pueden hacer las cosas básicas necesarias en la vida diaria ni vivir o desplazarse como la gente normal. Tales personas se sienten a menudo incómodas e indispuestas mientras hacen su deber; algunas son físicamente débiles, otras tienen dolencias reales, y por supuesto están las que tienen enfermedades conocidas y potenciales de un tipo o de otro. Al tener tales dificultades prácticas, estas personas suelen sumirse en emociones negativas y sentir angustia, ansiedad y preocupación. ¿Por qué se sienten angustiadas, ansiosas y preocupadas? ¿Les preocupa que su salud se deteriore cada vez más por seguir realizando su deber así, agotándose y corriendo de un lado a otro para Dios, sintiéndose siempre tan cansadas? Cuando lleguen a los 40 o 50 años, ¿se quedarán postradas en la cama? ¿Se sostienen estas preocupaciones? Si es así, ¿aportará alguien una forma concreta de lidiar con esto? ¿Quién asumirá la responsabilidad? ¿Quién responderá? Las personas físicamente débiles y de mala constitución se sienten angustiadas, ansiosas y preocupadas por estas cosas. Aquellos que padecen una enfermedad suelen pensar: ‘Oh, tengo la determinación de hacer bien mi deber. Tengo esta enfermedad y pido a Dios que me proteja. Con Su protección, no tengo miedo, pero si me fatigo al hacer mi deber, ¿se agravará mi enfermedad? ¿Qué haré si tal cosa sucede? Si tengo que ingresar en un hospital para operarme, no tengo dinero para pagarlo. Si no pido prestado el dinero para pagar el tratamiento, ¿empeorará aún más mi enfermedad? Y si empeora mucho, ¿moriré? ¿Podría considerarse una muerte normal? Si efectivamente muero, ¿recordará Dios los deberes que he realizado? ¿Se considerará que he hecho buenas obras? ¿Habré alcanzado la salvación?’. También hay algunos que saben que tienen alguna que otra enfermedad real, por ejemplo, dolencias estomacales, dolores lumbares y de piernas, artritis, reumatismo, enfermedades de la piel, ginecológicas, hepáticas, hipertensión, cardiopatías, etcétera. Piensan: ‘Si sigo realizando mi deber, ¿pagará la casa de Dios el tratamiento de mi enfermedad? Si esta empeora y afecta al cumplimiento de mi deber, ¿me curará Dios? Otras personas se han curado después de creer en Dios, así que ¿me curará Dios de la misma manera que se muestra bondadoso con los demás? Si hago mi deber con devoción, Dios debería curarme, pero si le pido que me sane a causa de mi propia ilusión vana y no lo hace, entonces ¿qué voy a hacer?’. Cada vez que piensan en estas cosas, les asalta un profundo sentimiento de ansiedad en sus corazones. Aunque nunca dejan de hacer su deber y siempre hacen lo que se supone que deben hacer, piensan constantemente en su enfermedad, en su salud, en su futuro y en su vida y su muerte. Al final, llegan a una conclusión que solo se basa en su propia ilusión vana y piensan: ‘Dios me curará, me protegerá. No me abandonará, y no se quedará de brazos cruzados si me ve enfermar’. No hay base alguna para tales pensamientos, e incluso puede decirse que son una especie de noción. Las personas de ninguna manera pueden resolver sus dificultades prácticas con nociones e imaginaciones como esas, y en lo más profundo de su corazón se sienten vagamente angustiadas, ansiosas y preocupadas por su salud y sus enfermedades; no tienen ni idea de quién se hará responsable de estas cosas, o siquiera de si alguien lo hará en absoluto” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Si no lo hubiera dicho Dios, seguiría sin saber que preocuparme sin parar de mi enfermedad era una emoción negativa, y pensaría que estaba justificado. Ahora al fin me daba cuenta de que estaba profundamente anclada a esta emoción negativa. Al padecer de presión alta y angina, me aparecían síntomas con bastante frecuencia. Cuando más sufría en el deber y aumentaba mi fatiga, me preocupaba que mi estado empeorara cada vez más. Si perdía la vida, ¿cómo desempeñaría mi deber? Por tanto, temía perder la oportunidad de salvarme. Cuando mi salud no era tan mala, podía seguir cumpliendo con mi deber. Me parecía que pagaba un precio y que Dios me protegería, pero en cuanto surgieron los síntomas, me invadieron todas estas emociones de angustia. Siempre me preocupaba el futuro, y no era libre en el desempeño del deber. Mientras más pensaba en la carne, más temía a la muerte y a la dificultad y el dolor que conllevaba mi mala salud. Al recordar a mi padre en la cama, sufriendo un dolor terrible cada día, mirando impotente la pared blanca, sin esperanza alguna, me aterraba acabar como él. Por eso siempre pensaba en mi carne cuando cumplía con mi deber. Me encogía, temerosa de darlo todo. No quería trabajar duro para conocer los detalles de la obra evangélica, así que la obra nunca progresó bien. Y cuando me entró covid y mi estado empeoró, aumentó mi preocupación. No quería realizar más mi deber, y sin más, me rendí y corrí a casa. Noté lo mucho que la emoción negativa me había afectado. Al vivir con tal ansiedad, me rebelaba cada vez más contra Dios, y la vida era cada vez más deprimente y dolorosa. En realidad sabía que nacer, envejecer, la enfermedad y la muerte están en manos de Dios, fuera de mi control, y que no tenía forma de evitar la enfermedad. Debía afrontarla bien y someterme a los arreglos de Dios. Por mucho que me preocupe, no puedo cambiar nada. Pero como siempre pensaba en mis perspectivas y en una salida, no podía evitar vivir en tal estado de ansiedad. Me provocaba una tensión y un dolor innecesarios. ¡Era tan necia! Al darme cuenta, no quise vivir más en ese estado negativo.
Tras eso, leí un pasaje de las palabras de Dios: “Cuando a las personas les acontece la enfermedad, ¿qué senda han de seguir? ¿Cómo deben elegir? No deben sumirse en la angustia, la ansiedad y la preocupación, pensando en su propio futuro y salida. En cambio, cuanto más se encuentren en momentos como estos y en situaciones y contextos tan especiales, y cuanto más se vean en este tipo de dificultades personales, más deben buscar la verdad y perseguirla. Solo así los sermones que has oído y las verdades que has comprendido en el pasado surtirán efecto y no serán en vano. Cuanto más te encuentres en dificultades como estas, más deberías desprenderte de tus propios deseos y someterte a las instrumentaciones de Dios. El propósito de Dios al disponer este tipo de situaciones y arreglar estas condiciones para ti no es que te sumas en las emociones de angustia, ansiedad y preocupación, y tampoco tiene como fin que examines a Dios para ver si realmente te va a sanar cuando te acontezca la enfermedad, tanteando así la verdad del asunto. Dios dispone para ti estas situaciones y condiciones especiales para que puedas aprender lecciones prácticas en tales situaciones y condiciones, logres una entrada más profunda en la verdad y en la sumisión a Dios, y para que sepas con mayor claridad y precisión cómo Dios orquesta todas las personas, acontecimientos y cosas. El sino de las personas está en manos de Dios; tanto si pueden percibirlo como si no, tanto si son realmente conscientes de ello como si no, deben someterse y no resistirse, no rechazar y, desde luego, no someter a examen a Dios. De cualquier modo puedes morir, y si te resistes, rechazas y examinas a Dios, no hace falta decir cuál será tu desenlace final. Por el contrario, supón que, cuando te enfrentas a una enfermedad, eres capaz de buscar cómo debe un ser creado someterse a las instrumentaciones del Creador, buscar qué lecciones Dios quiere que aprendas, cuáles de tus actitudes corruptas quiere que conozcas en esta situación que se te ha presentado y, así, comprender Sus intenciones y dar un buen testimonio para cumplir los requisitos de Dios. Si practicas de esta manera, podrás lograr una verdadera sumisión a Dios. Cuando Dios dispone que contraigas una enfermedad, ya sea grave o leve, Su propósito al hacerlo no es que experimentes los pormenores de estar enfermo, el daño que la enfermedad te hace, las diversas molestias y dificultades que esta te causa, y todo el catálogo de sentimientos que te hace tener; Su propósito no es que experimentes la enfermedad en el transcurso de estar enfermo. Más bien, Su propósito es que aprendas lecciones a partir de la enfermedad, que aprendas a captar las intenciones de Dios, que conozcas las actitudes corruptas que revelas y las posturas erróneas que tienes hacia Él cuando estás enfermo, así como que aprendas a someterte a la soberanía y a los arreglos de Dios, de modo que puedas lograr la verdadera sumisión a Él y seas capaz de mantenerte firme en tu testimonio; esto es absolutamente clave. Dios quiere salvarte y purificarte mediante la enfermedad. ¿Qué quiere purificar en ti? Quiere purificar todos tus deseos y exigencias extravagantes que le impones a Dios, e incluso los diversos cálculos, juicios y planes que elaboras para sobrevivir y mantenerte vivo a cualquier precio. Dios no te permite que hagas planes, no te permite que juzgues, y no te permite que desees nada extravagante de Él; solo te pide que te sometas a Él y que, en tu práctica y experiencia de someterte, llegues a conocer tu propia actitud hacia la enfermedad y hacia estas condiciones físicas que Él te da, así como tus deseos personales. Cuando llegas a conocer estas cosas, puedes apreciar lo beneficioso que te resulta que Dios haya dispuesto las circunstancias de la enfermedad para ti o que te haya dado estas condiciones físicas; y puedes apreciar lo útiles que son para cambiar tu carácter, para que alcances la salvación y para tu entrada en la vida. Por eso, cuando te acontece la enfermedad, no debes preguntarte siempre cómo deshacerte de ella, huir de ella o rechazarla” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Entendí la voluntad de Dios tras leer Sus palabras. Cuando venga la enfermedad, no debería anclarme a la emoción negativa de la ansiedad, ni probar si Dios me va a curar. En cambio, debería aprender a someterme a los arreglos de Dios en el entorno que me prepare. Enfermar no implica que Dios me complique las cosas a propósito. Él quiere que busque la verdad y que entienda las lecciones que debo aprender. Al recordar mi enfermedad y el dolor físico que padecía, me preocupaba el camino que tenía por delante en el futuro, temía morir y ser incapaz de lograr la salvación. Me parecía que Dios había dispuesto esa situación para descartarme. Ese fue mi peor malentendido con Dios. Pero en realidad no era esa en absoluto Su voluntad. Dispuso esta situación para darme experiencia práctica de la enfermedad, para exponer mi corrupción y deficiencias internas, y mostrarme que aunque aseguraba creer en Dios, en mi corazón no creía que Él lo gobierna todo. También me permitió ver que cuando enfermaba, solo consideraba mi propia carne. Sabía que urgía que alguien ayudara en esa iglesia, y aun así renuncié a mi deber. Aunque luego acepté reticente, no pagué el precio de todo corazón. Cuando tuve covid y empeoró mi estado, discutí con Dios y me resistí a Él. Al final, abandoné mi deber y traicioné a Dios, causando pérdidas a la obra de la iglesia. Reparé en que en todo este tiempo como creyente, no tuve ni un ápice de temor a Dios, y que mi postura hacia el deber era muy casual. Al fin me di cuenta de que aunque estaba sana físicamente, sin resolver todas esas actitudes corruptas seguiría resistiéndome y traicionando a Dios, y no me ganaría Su aprobación. Dios permitió mi enfermedad para purificar las adulteraciones en mi fe y transformar mi carácter satánico. Pero nunca pensé en las sinceras intenciones de Dios. Siempre estaba inmersa en la ansiedad y la preocupación por mis enfermedades, y me resistía a que Dios dispusiera esta situación, pensaba siempre en mis propios planes y arreglos. Pensé incluso que Dios quería descartarme. Era realmente rebelde, y carecía de humanidad y razón. No podía seguir abordando mi enfermedad con esa clase de actitud. Tenía que corregir mi postura, reflexionar y reconocer mis actitudes corruptas y buscar la verdad durante esas enfermedades. Eso era lo que debía haber hecho.
Luego reflexioné sobre mí misma. ¿Cuál era la raíz de mi constante ansiedad tras caer enferma? Leí esto en las palabras de Dios: “Muchos creen en Mí solo para que pueda sanarlos. Muchos creen en Mí solo para que use Mi poder para expulsar espíritus inmundos de sus cuerpos y muchos creen en Mí simplemente para poder recibir de Mí paz y gozo. […] Cuando les descargo el sufrimiento del infierno y recupero las bendiciones del cielo, se enfurecen. Cuando las personas me piden que las sane y Yo no les presto atención y siento aborrecimiento hacia ellas, se alejan de Mí para, en su lugar, buscar el camino de la medicina maligna y la hechicería. Cuando les quito todo lo que me han exigido, todas desaparecen sin dejar rastro. Así, digo que la gente tiene fe en Mí porque Mi gracia es demasiado abundante y porque hay demasiados beneficios que ganar” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Qué sabes de la fe?). Dios puso en evidencia mi estado. ¿No era mi punto de vista sobre la fe exactamente lo que Él describía? Solo tenía fe por las bendiciones, y trataba de negociar con Dios. Cuando no tenía problemas graves de salud en mis deberes, pensaba que había obtenido el cuidado y protección de Dios, y podría salvarme, así que estaba dispuesta a sufrir y pagar un precio por mi deber. Cuando enfermé y vi que no se aliviaban los síntomas, no pude lanzarme a mi deber, y tampoco me volqué en la obra evangélica. Solo pensaba en mi futuro y destino. Me preocupaba si iba a morir o podía ser bendecida. Cuando enfermé de gravedad con Covid y pasé dos semanas mal, me quejé de que Dios no me protegía, y no quise siquiera seguir cumpliendo con mi deber. Al notar que perdía las esperanzas de bendiciones, se dejó ver mi auténtica naturaleza. Le di la espalda a Dios, abandoné mi deber y le traicioné. Me opuse por completo a Dios, me rebelé y me resistí a Él. Discutir con Dios, ser negativa y reticente… ¿dónde estaba mi sentido de la humanidad y la razón? Al pensarlo, le estuve muy agradecida a Dios por propiciarme esta situación. Aunque sufrí un poco en la carne, gané algo de entendimiento sobre las adulteraciones en mi fe y mi carácter satánico de oponerme a Dios. Sentí en mi corazón que todo lo que Él me hace es para la salvación, que es todo amor.
Leí luego más palabras de Dios y entendí mejor el asunto de la muerte. Las palabras de Dios dicen: “Tanto si te enfrentas a una enfermedad grave como a una leve, en el momento en que esta empeore o te enfrentes a la muerte, recuerda una cosa: no temas a la muerte. Aunque estés en la fase final de un cáncer, aunque la tasa de mortalidad de tu enfermedad concreta sea muy alta, no temas a la muerte. Por grande que sea tu sufrimiento, si temes a la muerte, no te someterás. […] Si tu enfermedad se vuelve tan grave que puedes morir, y la tasa de mortalidad que tiene es alta, sin que importe la edad de la persona que la contrae, y además el tiempo desde que se contrae hasta la muerte es muy corto, ¿qué debes pensar en tus adentros? ‘No debo temer a la muerte, al final todo el mundo muere. Sin embargo, someterse a Dios es algo que la mayoría de la gente no es capaz de hacer, y puedo utilizar esta enfermedad para practicar la sumisión a Dios. Debo tener el pensamiento y la actitud de someterme a las instrumentaciones y arreglos de Dios, y no debo temer a la muerte’. Morir es fácil, mucho más que vivir. Puedes estar sufriendo un dolor extremo y no ser consciente de ello, y en cuanto tus ojos se cierren, tu respiración cesará, tu alma abandonará el cuerpo y tu vida terminará. Así es la muerte, así de simple. No temer a la muerte es una actitud que hay que adoptar. Además de esto, no debes preocuparte por si tu enfermedad va a empeorar o no, ni por si morirás si no tienes cura, ni por cuánto tiempo pasará hasta que mueras, ni por el dolor que sentirás cuando llegue el momento de morir. Nada de eso debe preocuparte; no son cosas por las que debas preocuparte. Esto es porque el momento debe llegar, y lo hará algún año, algún mes y algún día concreto. No puedes esconderte de ello ni escapar: es tu sino. El denominado sino ha sido predestinado por Dios y Él ya lo ha dispuesto. La duración de tu vida y la edad y el momento en que mueres ya los ha fijado Dios, así que ¿de qué te preocupas? Te puedes preocupar por ello, pero eso no cambiará nada, no puedes evitar que ocurra, no puedes evitar que llegue ese día. Por consiguiente, tu preocupación es superflua, y lo único que consigue es hacer aún más pesada la carga de tu enfermedad” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Tras leer las palabras de Dios, me quedó claro que nuestra muerte la ordena Dios y de nada sirve preocuparse. Cuando experimentaba síntomas o me sentía incómoda, me preocupaba perder la vida si esos síntomas empeoraban. No entendía que el momento de la muerte de todos lo decidió Dios hace ya mucho tiempo, y que la causa no es la fatiga por nuestros deberes. Pensé en la juventud de mi tía, débil y enferma, siempre entrando y saliendo del hospital. Todos pensábamos que no duraría demasiado. La sorpresa es que ahora que es mayor, ha mejorado mucho su salud. Tiene más de 80 y aún puede cuidar de sí misma. Pero su marido, que siempre estaba sano y apenas enfermaba, murió inesperadamente de un cáncer de hígado. Estos ejemplos reales me enseñaron que nuestra vida y muerte las rige y dispone Dios. Tuve bastantes enfermedades. Que empeore mi estado, que muera o no, no se resuelve con preocupación. Depende de lo que rija Dios. Que muramos no tiene nada que ver con que los deberes nos dejen exhaustos. Alguna gente no realiza su deber y cuida su salud, pero mueren igualmente. Era una creyente que no creía en el gobierno de Dios, vivía siempre ansiosa temiendo a la muerte. No tenía auténtica fe en Él. La verdad es que todo el mundo muere. Es una ley de la naturaleza. La muerte no es algo a temer. Dios ordena nuestra vida y nuestra muerte, y debo someterme a lo que Él disponga. Da igual cuando me sobrevenga la muerte, la afrontaré con calma. Tengo que dedicarme a mi deber y darlo todo, y esforzarme por no tener remordimientos cuando muera, que es la única manera de estar satisfecha y en paz. Si vivo siempre en una emoción negativa de ansiedad, hago siempre planes para mi carne, sin poner todo mi empeño en el deber, me quedaré con culpa y remordimientos, frenaré el trabajo de la iglesia, y por buena que sea mi salud, mi vida no tendrá sentido y es inevitable que Dios me acabe castigando. En cuanto entendí todo eso, me sentí mucho más libre.
Luego, leí un pasaje de las palabras de Dios que me tocó mucho. Dios Todopoderoso dice: “¿Qué valor tiene la vida de una persona? ¿Sirve meramente en aras de los placeres carnales como comer, beber y divertirse? (No es así). Entonces, ¿qué valor tiene? Compartid vuestros pensamientos. (El de cumplir con el deber de un ser creado, esto es al menos lo que una persona debe lograr en su vida). Así es. […] Durante tu vida, debes cumplir tu misión; esto es lo más importante. No hablamos de completar una gran misión, deber o responsabilidad; pero como mínimo, debes cumplir con algo. Por ejemplo, en la iglesia, algunas personas ponen todo su empeño en el deber de predicar el evangelio, empleando la energía de toda su vida, pagando un precio enorme y ganando a mucha gente. Por eso, sienten que la vida no ha sido en vano y que tiene valor y les da consuelo. Cuando se enfrentan a la enfermedad y a la muerte, o cuando hacen balance de toda su vida, recuerdan todo lo que han hecho, la senda que han recorrido, y hallan consuelo en el corazón; están libres de autorreproche y remordimiento. Algunas personas no escatiman esfuerzos cuando sirven como líderes en la iglesia o son responsables de un determinado aspecto del trabajo. Hacen todo lo posible, empleando todas sus fuerzas, gastando toda la sangre de su corazón y pagando el precio del trabajo que realizan. Mediante su riego, liderazgo, asistencia y apoyo, muchas personas que están sumidas en la negatividad y la debilidad se hacen fuertes y se mantienen firmes, no se retraen, sino que en su lugar vuelven a la presencia de Dios e incluso finalmente dan testimonio por Él. Además, durante el periodo de su liderazgo, llevan a cabo muchas tareas significativas, echando a no pocos malvados, protegiendo a muchos de los escogidos de Dios y recuperando varias pérdidas importantes. Todo esto y más tiene lugar durante su liderazgo. Al volver la vista atrás hacia la senda que recorrieron, recordando el trabajo que hicieron y el precio que pagaron a lo largo de los años, no sienten remordimientos ni acusaciones. No sienten arrepentimiento alguno por hacer esas cosas y creen que han vivido una vida valiosa y sienten tranquilidad y consuelo en el corazón. Eso es una maravilla. ¿Acaso no son esos los frutos que han obtenido? (Sí). Esta sensación de paz y consuelo y esta falta de remordimiento son el resultado y los frutos de su búsqueda de cosas positivas y de la verdad. No sometamos a las personas a estándares altos. Consideremos una situación en la que alguien se enfrenta a una tarea que debe o está dispuesto a hacer en la vida. Tras encontrar su lugar, se mantiene con firmeza en su puesto, conserva su posición, invierte toda la sangre de su corazón y toda su energía, lo hace bien y termina aquello en lo que debe trabajar y ha de completar. Cuando se presenta finalmente ante Dios para rendir cuentas, se siente relativamente satisfecho, no alberga acusaciones ni remordimientos en el corazón. Se siente reconfortado y cree que ha conseguido algo, que ha vivido una vida valiosa. Decidme, ¿es práctico este objetivo? (Sí). ¿Es concreto? Es lo bastante concreto, práctico y realista. Entonces, para vivir una vida valiosa y, en última instancia, lograr este tipo de cosecha, ¿merece la pena que una persona sufra físicamente un poco y pague un pequeño precio, incluso si se enferma de agotamiento o tiene algunos problemas de salud? (Merece la pena). Cuando una persona viene a este mundo, no es para disfrutar de la carne, ni para comer, beber y divertirse. No se debe vivir para tales cosas, ese no es el valor de la vida humana ni la senda correcta. El valor de la vida humana y la senda correcta a seguir radican en lograr algo valioso y completar uno o varios aspectos valiosos del trabajo. A esto no se le puede llamar carrera, sino que recibe el nombre de senda correcta, y también se lo denomina la tarea adecuada. Decidme, ¿vale la pena pagar el precio con el fin de completar algún trabajo valioso, tener una vida significativa y valiosa, y perseguir y obtener la verdad? (Sí). Si realmente deseas perseguir un entendimiento de la verdad, emprender la senda correcta en la vida, cumplir bien con tu deber y tener una vida valiosa y significativa, entonces no dudarás en emplear toda tu energía, pagar cualquier precio y entregar todo tu tiempo y el alcance de tus días. Si durante este periodo sufres alguna enfermedad, no tendrá importancia, no te aplastará. ¿Acaso no es esto muy superior a toda una vida de bienestar, libertad y ociosidad, nutriendo el cuerpo físico hasta el punto en el que esté bien nutrido y sano, y logrando en última instancia la longevidad? (Sí). ¿Cuál de estas dos opciones es una vida valiosa? ¿Cuál de las dos puede aportar consuelo y ningún remordimiento a las personas cuando al final se enfrenten a la muerte? (Vivir una vida con sentido). Vivir una vida con sentido significa que habrás obtenido la verdad; tendrás consuelo y alegría en tu corazón. ¿Qué pasa con los que están bien alimentados y mantienen una tez sonrosada hasta la muerte? No buscan una vida con sentido, así que ¿cómo se sienten cuando mueren? (Como si hubieran vivido en vano). Estas tres palabras son incisivas: vivir en vano. ¿Qué significa ‘vivir en vano’? (Desperdiciar la vida). Vivir en vano, desperdiciar la vida: ¿en qué se basan estas dos frases? (Al final de sus vidas descubren que no han obtenido nada). ¿Qué debería obtener una persona entonces? (Debería obtener la verdad o lograr cosas valiosas y significativas en esta vida. Debe realizar de forma adecuada aquello que ha de llevar a cabo un ser creado. Si no logra hacer todo eso y solo vive para su cuerpo físico, sentirá que vivió en vano y desperdició su vida)” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (6)). Al leer esto en las palabras de Dios, entendí el significado de la vida humana. Pensé que ahora tengo la ocasión de realizar el deber de un ser creado, y que eso es lo más justo. Los incrédulos buscan comida, bebida y placer, y aunque tienen los placeres de la carne y no sufren mucho, cuando les llega la muerte, no tienen ni idea de para qué viven la vida las personas. Es una vida vivida en vano. Durante mi vida, Dios me puede elevar para que sea líder en el deber, así que debo darlo todo y responsabilizarme de los proyectos de la iglesia como requiere lo alto, llevar a los hermanos a buscar la verdad y a realizar sus deberes conforme a los principios y cumplir mi parte para expandir el evangelio del reino; eso es muy significativo. Pero si la gente solo vive para la carne, malgasta sus días y todo carece por completo de sentido. Es igual que cuando renuncié a mi deber y volví a casa para no caer desplomada, si bien estaba en casa y no estaba sufriendo físicamente y no tenía que preocuparme tanto por el trabajo de la iglesia, no estaba asumiendo las responsabilidades que debía y me sentía vacía por dentro. Además rebosaba de culpa y carecía de paz y alegría reales. Me di cuenta de que vivir para la carne no tenía ningún sentido, era una vida vacía por mucho que cuidara mi salud. Aunque estaba un poco cansada y sufría un poco realizando mi deber, podía obtener la verdad y sentir paz y calma. Eso es lo único significativo. Mediante esto también obtuve experiencia personal de que realizar el deber de un ser creado es la única manera de llevar una vida plena y significativa, y de tener verdadera paz y alegría en el corazón. Atesorar la carne solo lleva a una vida vacía, y arruina la ocasión de buscar la verdad y salvarse. Una vez que entendí esto, recobré la motivación para realizar mi deber. No lograba nada en la obra evangélica, así que necesitaba obtener una comprensión práctica de la situación, buscar los principios para resolver los problemas, hacerlo lo mejor que pudiera, esforzarme por mejorar los resultados de la obra. De ese modo no tendría vergüenza ni remordimientos por cómo cumplía con mi deber. Cuando participaba en la obra evangélica y me topaba con dificultades, a veces me preocupaba agotarme o empeorar por resolver los problemas, pero sentía que no podía seguir viviendo en un estado de ansiedad. Así que le oré a Dios: “Oh, Dios, empeore o no mi enfermedad, no me quiero seguir rebelando contra Ti como antes. Que viva o muera está por entero en Tus manos, y quiero someterme a Tus instrumentaciones y arreglos”. Tras orar, no estaba tan preocupada. Comuniqué con algunos hermanos y hermanas para resolver los problemas en la obra evangélica. Todos buscaron juntos los principios, discutieron opciones y encontramos una senda para nuestros deberes. Hubo progresos en la obra evangélica, y tuvimos más claros algunos principios.
En marzo de 2023, hubo elecciones a líderes superiores de la iglesia, y al final resulté elegida. Sabía que la carga en este deber era mayor y pensaba aún en mi salud, pero no quería prestar más atención a la carne. Quería atesorar bien la oportunidad de este deber. Después, ajustaba las necesidades de mi salud a los deberes que desempeñaba, descansando un poco cuando no me sentía bien y sacando tiempo para hacer ejercicio. Al realizar mi deber de ese modo, no me cansaba tanto y la enfermedad no me frenaba. Con el tiempo se me dejó de adormecer la cabeza. Ahora creo que debo atesorar el tiempo que me queda y que lo más importante es cómo realizar bien mi deber. Le estoy agradecida a Dios por disponer esa situación para que pudiera aprender una lección. Ya no estoy siempre tan preocupada de enfermar.
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