La dura persecución del Gobierno del PCCh no hizo sino reforzar mi amor por Dios

21 Nov 2019

Li Zhi, provincia de Liaoning

En el año 2000 tuve la suerte de oír el evangelio del reino de Dios Todopoderoso. Leyendo las palabras de Dios llegué a comprender el misterio de los nombres de Dios, el misterio de Sus encarnaciones y las verdades relacionadas, por ejemplo, con cómo las tres etapas de la obra de Dios salvan a la humanidad y con su manera de transformar, purificar y perfeccionar completamente al hombre. Tuve la certeza de que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús retornado y acepté gustosa el evangelio del reino de Dios. Después participé activamente en la vida de iglesia, así como en la difusión del evangelio y del testimonio de Dios. En 2002 me di a conocer a nivel local por predicar el evangelio y estaba en constante peligro de ser detenida por la policía del PCCh. No tuve más remedio que huir de casa para poder seguir cumpliendo con mi deber.

El Gobierno del PCCh siempre ha utilizado los teléfonos para vigilar y detener a cristianos, por lo que no me atrevía a llamar a mi familia después de irme de casa. A principios de 2003 llevaba casi un año separada de ellos, así que fui a casa de mi suegra a ver a mi marido porque los extrañaba mucho. Cuando vio que había vuelto, el hermano menor de mi marido llamó a mi madre y le dijo que estaba en casa de mi suegra. Para mi sorpresa, tres horas después llegaron a casa de mi suegra cuatro agentes de la Oficina Municipal de Seguridad Pública en un vehículo policial. Nada más entrar en la casa, me dijeron agresivamente: “Somos de la Oficina Municipal de Seguridad Pública. Eres Li Zhi, ¿verdad? Llevas casi un año en nuestra lista de fugitivos, ¡y ya por fin te tenemos! ¡Te vienes con nosotros!”. Estaba asustadísima y para mis adentros oraba a Dios sin parar: “¡Oh, Dios Todopoderoso! El Gobierno del PCCh me va a detener hoy con Tu permiso. Sin embargo, tengo muy poca estatura y me siento cobarde y asustada. Por favor, guíame, protégeme y concédeme fe y fuerza. Me traten como me traten, deseo ampararme en Ti y mantenerme firme en el testimonio. ¡Prefiero ir a la cárcel que ser una judas y traicionarte!”. Tras orar recordé estas palabras de Dios: “Su carácter es símbolo de autoridad, símbolo de todo lo que es justo, símbolo de todo lo que es hermoso y bueno. Más que esto, es un símbolo de Aquel que no puede ser[a] vencido o invadido por la oscuridad ni por ninguna fuerza enemiga, […]” (‘Es muy importante comprender el carácter de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Así es”, pensé para mí. “Dios tiene soberanía y gobierna sobre todas las cosas. En los últimos años, el Gobierno del PCCh ha hecho todo lo posible por perturbar y entorpecer la difusión del evangelio del reino de Dios y, sin embargo, los fieles de toda religión y denominación que creen sinceramente en Dios y oyen Su voz han regresado ante Su trono para aceptar Su salvación en los últimos días. De ello se deduce que ninguna fuerza puede detener la obra de Dios ni ningún ser humano puede interponerse en su camino. Aunque ahora he caído en manos de la policía del PCCh, ellos están en las manos de Dios, ¡y con Dios a mi lado no hay nada que temer!”. Las palabras de Dios me dieron fe y fuerza y poco a poco empecé a calmarme.

Al llegar a la Oficina Municipal de Seguridad Pública me escoltaron hasta una sala de interrogatorios. Los policías me quitaron el cinturón, la ropa, los zapatos y los calcetines y me registraron. Después, uno de ellos me gritó: “Date prisa y cuéntanos todo lo que sabes. ¿Cuántos años llevas creyendo? ¿Quién te predicó? ¿Quiénes son los líderes de tu iglesia? ¿A cuánta gente has predicado? ¿Qué haces en la iglesia?”. Como no respondí a sus preguntas, enseguida se enfureció, incómodo, y vociferó: “¡Si no empiezas a hablar, tenemos muchas maneras de hacer que lo hagas!”. Mientras lo decía me arrastró enérgicamente de la silla al suelo. Dos agentes me pisaron las piernas y otros dos me pisotearon fuertemente la espalda. Estuve a punto de darme de cabeza en el suelo y me costaba respirar. Entonces, uno de los policías agarró un lápiz y me lo pasó levemente de un lado a otro de los arcos de los pies, haciéndome daño y cosquillas al mismo tiempo. Era insoportable; me costaba tanto respirar que estaba a punto de asfixiarme y el miedo a la muerte se apoderó de mí. Uno de ellos empezó a amenazarme: “¿Vas a hablar o no? Si no hablas, ¡te torturaremos hasta matarte!”. Tenía mucho miedo ante el hostigamiento y la intimidación de esa jauría de policías; me preocupaba que me torturaran hasta la muerte. Lo único que pude hacer fue orar a Dios sin cesar para pedirle fe y fuerza y que me protegiera para poder mantenerme firme en el testimonio, no convertirme en una judas y no traicionarlo. Tras orar me vinieron a la cabeza estas palabras de Dios: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación. Si el hombre tiene pensamientos asustadizos y de temor, está siendo engañado por Satanás. Él teme que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Inspirada por las palabras de Dios, inmediatamente sentí surgir una fuerza en mi interior y me di cuenta de que mi cobardía y temor a la muerte provenían de que Satanás estaba jugando conmigo. En vano, el Gobierno del PCCh esperaba someterme a torturas crueles para que cediera a su poder despótico, traicionara a la iglesia y me convirtiera en una judas traidora a Dios por miedo a la muerte o al dolor. De ninguna manera podía permitir que la astuta trama de Satanás saliera bien y decidí mantenerme firme en el testimonio de Dios incluso a costa de mi propia vida. La policía siguió torturándome igual, pero ya no tenía tanto miedo. Entonces supe que esa era una demostración de la misericordia y la protección de Dios y sentí una gratitud tremenda hacia Él.

Luego dos policías me volvieron a esposar a la silla y a hacer las mismas preguntas en tono severo. En vista de que aún no contestaba, intensificaron la tortura. Me estiraron los brazos y luego tiraron de ellos con fuerza hacia arriba por detrás de mí. De inmediato tuve la impresión de que se me iban a partir y el dolor agudo me produjo sudores por todo el cuerpo; no pude evitar dar un grito. Después me levantaron las piernas con los pies por encima de la cabeza y tiraron de cada una de ellas para un lado. El desgarrador tormento me llevó al borde del desmayo. Seguí orando a Dios para mis adentros: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Por favor, concédeme fe, fuerza y tesón para soportar este dolor. Que Tú seas mi apoyo incondicional y fortalecedor de mi espíritu. Sin importar qué crueles trucos use esta jauría de demonios conmigo, siempre me ampararé en Ti y me mantendré firme en el testimonio”. Después de esta oración me vino a la mente un himno de las palabras de Dios: “Cuando las personas atraviesan pruebas, es normal que sean débiles, internamente negativas o que carezcan de claridad sobre la voluntad de Dios o sobre la senda en la que practicar. Pero en cualquier caso, como Job, debes tener fe en la obra de Dios, y no negarlo. […] De esta forma, lo que perfecciona es la fe de las personas y sus determinaciones. No puedes tocarlo ni verlo; es en esas circunstancias que se requiere tu fe. Se exige la fe de las personas cuando algo no puede verse a simple vista, cuando no puedes abandonar tus propias nociones. Cuando no tienes clara la obra de Dios, lo que se requiere es tu fe y que adoptes una posición firme y que seas testigo. Cuando Job alcanzó este punto, Dios se le apareció y le habló. Es decir, sólo podrás ver a Dios desde el interior de tu fe. Cuando tengas fe, Dios te perfeccionará” (‘Las pruebas exigen fe’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Las palabras de Dios me dieron una fe y una fuerza fabulosas. Recordé las enormes pruebas por las que pasó Job cuando todo su cuerpo quedó asolado por dolorosas llagas y sufría un dolor terrible. Y sin embargo, a pesar del dolor, aún fue capaz de buscar la voluntad de Dios; no pecó de palabra ni renegó de Dios, sino que lo obedeció y alabó Su santo nombre. Job tenía una fe y una veneración verdaderas por Dios, por lo que fue capaz de mantenerse firme en el testimonio de Él y de avergonzar y derrotar completamente a Satanás; Dios, finalmente, se le apareció y le habló. Dios también había permitido la adversidad y la prueba que habían caído sobre mí en aquel momento. Aunque no entendía del todo la voluntad de Dios y mi carne estaba sufriendo un dolor desmedido, era Dios quien tenía la última palabra acerca de si vivía o moría y, sin Su permiso, la policía jamás podría quitarme la vida por más que me torturara. Esos policías, en apariencia crueles, ante Dios no eran más que unos gigantes con pies de barro, meros instrumentos en Sus manos. Dios estaba empleando su brutalidad y su acoso para perfeccionar mi fe y yo deseaba permanecer leal a Él, abandonarme completamente en Sus manos y ampararme en Él para vencer a Satanás y dejar de temer a los policías.

La policía me torturó reiteradamente. En vista de que seguía sin hablar, un policía agarró una regla de acero blanco de unos 50 cm y se puso a darme con ella en toda la cara. Ni sé cuántas veces me dio; la cara se me hinchó y me escocía de dolor. No veía más que estrellas flotando ante mis ojos y me zumbaba la cabeza. Después, dos policías me pisotearon los muslos con el tacón de sus zapatos de piel. Cada golpe me destrozaba con un dolor lacerante. En mi sufrimiento, lo único que pude hacer fue invocar a Dios con ahínco en mi interior, pidiéndole que me protegiera para poder superar la cruel tortura que me infligía la policía del PCCh.

A las 8 de la mañana del día siguiente, el jefe de la Brigada de Policía Criminal entró en la sala de interrogatorios. Al enterarse de que la policía no había sido capaz de sacarme información, dijo con dureza: “Te niegas a hablar, ¿verdad? ¡Bah! ¡Ya lo veremos!”. Luego se fue. Aquella tarde vino a mí un agente gordo con una tarjeta de identidad en la mano, y me preguntó: “¿Conoces a esta persona?”. Inmediatamente vi que era una hermana de la iglesia de mi aldea. Pensé para mis adentros: “Pase lo que pase, no debo traicionar a mi hermana”. Así pues, le respondí: “No, no la conozco”. Entornó los ojos y agarró una porra eléctrica que había en la mesa. Blandiéndola delante de mi cara, dijo de forma amenazante: “Eres una testaruda. Sabemos que eres una líder de la iglesia, ¡conque confiesa! ¿Cuántos miembros hay en ella? ¿Dónde está el dinero de la iglesia? Si no me lo dices, ¡te daré a probar esta porra eléctrica!”. Mirando el rostro malévolo del policía, sentí mucho miedo y me apresuré a orar a Dios en silencio. Justo entonces me vinieron a la mente unas palabras de Dios: “No temas, el Todopoderoso Dios de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Poseedoras de autoridad, las palabras de Dios me dieron fe y fuerza e instantáneamente percibí que tenía algo en lo que apoyarme. Pensé para mis adentros: “Dios es omnipotente y, por muy crueles que sean Satanás y los demonios, ¿no están también ellos en las manos de Dios? Con el apoyo incondicional de Dios Todopoderoso no tengo nada que temer”. Así, respondí con indiferencia: “No sé nada”. El policía gordo dijo maliciosamente: “¡Esto es lo que te pasa por no saber nada!”. Entretanto, me pegó en las esposas con la porra eléctrica y una potente sobrecarga de corriente me atravesó todo el cuerpo con una agitación insoportablemente dolorosa: el tormento fue indescriptible. El policía siguió dándome descargas con la porra y, justo cuando casi no aguantaba más, ocurrió un milagro: ¡se quedó sin energía! Había presenciado la omnipotencia y soberanía de Dios y, además, había experimentado el hecho de que Dios siempre estaba a mi lado velando por mí, protegiéndome y teniendo presente mi debilidad. Mi fe creció y se reforzó mi determinación de mantenerme firme en el testimonio de Dios.

La policía comprobó posteriormente que todavía no pensaba hablar, por lo que se turnaron de dos en dos para vigilarme. No me dejaban comer, beber ni dormir. En cuanto me ponía a dar cabezadas, me golpeaban y daban patadas con la esperanza de quebrar mi voluntad. Sin embargo, Dios me guió para que comprendiera su astuta trama y le oré en silencio, canté himnos mentalmente, medité las palabras de Dios y, sin darme cuenta, se elevó mi espíritu. Por su parte, los policías tomaban café constantemente y, con todo, estaban tan cansados que seguían bostezando. Uno de ellos dijo con asombro: “Debe de tener algún poder mágico que la sostenga; si no, ¿de dónde saca toda esta energía?”. Al oír su comentario, alabé el gran poder de Dios una y otra vez, pues en el fondo sabía bien que todo aquello se debía a la guía de las palabras de Dios, cuya fuerza vital me sostenía y concedía fe y fortaleza. Aunque entonces no sabía qué otras crueles torturas me tenía reservadas la policía, tenía fe para ampararme en Dios y afrontar futuros interrogatorios y decidí no someterme jamás al despótico poder del Gobierno del PCCh y, por el contrario, ¡mantenerme firme en el testimonio de Dios!

En la tarde del tercer día, el jefe de la Brigada de Policía Criminal me sirvió una taza de agua caliente y, fingiendo preocupación, me dijo: “Ahora no seas boba. Ya te ha traicionado alguien; por tanto, ¿qué sentido tiene soportar todo esto por otros? Tan solo cuéntame todo lo que sepas y te prometo que te soltaré. Tu hijo todavía es un niño y necesita el amor de su madre. Podrías tener una buena vida ¡y sin embargo la desperdicias creyendo en ese Dios! Dios no puede salvarte, pero nosotros sí. Podemos ayudarte en cualquier dificultad y a encontrar un buen empleo cuando salgas de aquí…”. Mientras lo escuchaba no pude evitar pensar en mi hijo pequeño y me preguntaba que tal estaría desde mi detención. ¿Se burlarían de él mis amigos y parientes incrédulos? ¿Lo acosarían sus compañeros de la escuela? Justo cuando empezaba a flojear, Dios me dio esclarecimiento con un pasaje de Sus palabras: “Debéis estar despiertos y esperando en cada momento, y debéis orar más delante de Mí. Debéis reconocer las diversas tramas y argucias engañosas de Satanás, conocer el espíritu, conocer a la gente y ser capaces de discernir todo tipo de personas, asuntos y cosas; […]” (‘Capítulo 17’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Inspirada por las palabras de Dios, llegué a la clara conclusión de que Satanás estaba utilizando mis sentimientos hacia mi familia como señuelo para que traicionara a Dios. Satanás sabía que amaba a mi hijo más que a nada y estaba hablando por boca del policía para atacarme, tentarme y hacer que el amor por mi hijo me llevara a traicionar a mis hermanos y hermanas. Entonces me convertiría en una judas traidora a Dios que, en definitiva, acabaría maldecida y castigada por Él; ¡qué insidioso y siniestro es Satanás! Pensé en que no podía estar con mi hijo para cuidarlo, pero ¿acaso no era todo ello consecuencia de que el Gobierno del PCCh es enemigo de Dios y de que detiene y persigue frenéticamente a los cristianos? Así y todo, la policía afirmaba que se debía a mi fe en Dios. ¿No era esa una manera de tergiversar la verdad y distorsionar los hechos? ¡Qué sinvergüenza y depravado es el Gobierno del PCCh! Total, dijera lo que dijera el policía, yo no le prestaba ninguna atención. Viendo que no me dejaba influenciar ni por la zanahoria ni por el palo, se marchó airado y de mala gana. Con la guía y la protección de Dios, una vez más había vencido las tentaciones de Satanás.

Pasadas las ocho de aquella tarde, el policía gordo regresó con una porra eléctrica grande en la mano y tres subordinados tras él. Me llevaron a un gimnasio, me quitaron la ropa, dejándome solo en ropa interior, y me ataron con una cuerda a una caminadora. Al mirar sus rostros, a cuál más malévolo, me sentí sumamente temerosa e indefensa y no sabía qué cruel tortura me iban a infligir a continuación ni cuánto duraría. Estaba muy débil en aquel momento y empecé a tener pensamientos de muerte. Sin embargo, enseguida supe que esos pensamientos estaban equivocados, por lo que me apresuré a orar e invocar a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Tú conoces mi corazón y no quiero ser una judas que te traicione y pase a la historia como tal. No obstante, mi estatura es muy pequeña y siento tanto dolor y tanta debilidad frente a este tormento que temo no aguantar y traicionarte. ¡Oh, Dios! Por favor, protégeme y concédeme fe y fuerza. Por favor, acompáñame, guíame, ve delante de mí y haz que me mantenga firme en el testimonio durante esta cruel tortura”. Tras orar recordé unas palabras de Dios que dicen así: “Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis seguir hasta el final, e incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y debéis seguir estando a merced de Dios; sólo esto es amar verdaderamente a Dios, y sólo esto es el testimonio fuerte y rotundo” (‘Sólo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer el encanto de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me aportaron consuelo y aliento. Con ellas entendí que Dios permitía aquella cruel tortura sobre mí para que en mi interior se forjaran una fe y un amor verdaderos, de tal modo que permaneciera leal a Dios en mi padecimiento, me sometiera a Sus orquestaciones y disposiciones y me mantuviera firme en el testimonio, apoyándome en Sus palabras, por muy grande que fuera la prueba o por terrible que fuera el dolor. Una vez que comprendí la voluntad de Dios, al instante surgieron dentro de mí el valor y la determinación para luchar contra Satanás hasta el final y decidí que fuera cual fuera la tortura por la que aún tuviera que pasar, deseaba continuar viviendo; y que por muy grande que llegara a ser mi sufrimiento, ¡seguiría a Dios hasta mi último aliento!

Justo entonces, el policía gordo, con un cigarrillo colgando de la boca, vino a preguntarme: “¿Vas a hablar o no?”. Decidida, le contesté: “Pueden matarme a palos, pero yo sigo sin saber nada”. Con furia, tiró el cigarrillo al suelo y, ardiendo de ira, me clavó la porra eléctrica en la espalda y en los muslos una y otra vez. El lacerante dolor me producía sudores fríos en todo el cuerpo y no paraba de llorar miserablemente. Mientras me clavaba la porra, bramó: “¡Esto es lo que consigues por no hablar! ¡Te haré gritar, a ver cuánto duras!”. Los demás agentes presentes en la sala, apartados a un lado, se rieron con estridencia y dijeron: “¿Por qué no viene a salvarte tu Dios?”. También dijeron muchas otras blasfemias contra Dios. Viendo sus rostros demoníacos, invoqué ardientemente a Dios para que me concediera fe y fuerza para poder soportar el dolor y borrar esa sonrisa del rostro de Satanás. Tras orar, apreté los labios y me negué a emitir ningún sonido más sin importar cómo me torturaran. Me electrocutaban constantemente. Cuando una porra eléctrica se quedaba sin energía, la cambiaban por otra, y me torturaron hasta un punto en que se me nubló la mente y la muerte me parecía preferible a la vida. No podía mover ni un músculo y, al ver que me quedaba quieta, pensaron que me había desmayado. Me echaron agua fría para despertarme y luego continuaron electrocutándome. En medio del dolor recordé unas palabras de Dios que dicen: “¡Esa banda de cómplices![1] Descienden entre los mortales para permitirse placeres y agitar el desorden. Su alboroto causa inconstancia en el mundo, provoca pánico en el corazón del hombre […]. Incluso desean asumir el poder como tiranos en la tierra. Impiden la obra de Dios, de manera que apenas puede avanzar, y encierran al hombre como detrás de muros de cobre y acero. Habiendo cometido tantos pecados y causado tanto problema, ¿cómo podrían esperar otra cosa que no sea el castigo? Los demonios y los espíritus malignos han estado haciendo estragos en la tierra, han bloqueado la voluntad y el meticuloso esfuerzo de Dios, y los hace impenetrables. ¡Qué pecado mortal! ¿Cómo podría Dios no sentirse angustiado? ¿Cómo no airarse? Causan un doloroso obstáculo y oposición a la obra de Dios. ¡Demasiado rebeldes! Hasta esos demonios, grandes y pequeños, se vuelven altivos por la fuerza del diablo más poderoso, y empiezan a causar problemas” (‘Obra y entrada (7)’ en “La Palabra manifestada en carne”).

El esclarecimiento de las palabras de Dios me permitió ver nítidamente el verdadero rostro del Gobierno del PCCh. Odia absolutamente la verdad y a Dios y le aterra que las palabras de Dios Todopoderoso se difundan por todas partes. Con tal de mantener su régimen eternamente, hace todo lo posible por impedir la difusión del evangelio del reino de Dios y no repara en nada para detener, torturar y maltratar a los elegidos de Dios. El Gobierno del PCCh nos azota y persigue así a los creyentes porque quiere destruir la obra de Dios en los últimos días. Lo hace en un intento de erradicar totalmente las creencias religiosas, para impedir que el pueblo crea en Dios y lo siga y para hacer de China un territorio ateo, con lo que lograría su insensato objetivo de controlar al pueblo chino para siempre. Pese a que el Gobierno del PCCh proclama al resto del mundo que hay “libertad de credo” y que “los ciudadanos de China gozan de derechos legales”, en realidad todo son mentiras descaradas para engañar, embaucar y seducir al pueblo, ¡y tácticas para ocultar sus malvados métodos! El Gobierno del PCCh se comporta perversamente, actúa contra el Cielo y su esencia es la del diablo, Satanás: ¡la de un enemigo de Dios! En ese preciso momento verdaderamente tuve que tomar una decisión en silencio: “No debo permitir que el arduo precio que Dios ha pagado por mí sea en vano; debo tener determinación y conciencia y, sea cual sea la cruel tortura que aún tenga que soportar, me mantendré siempre firme en el testimonio de Dios”. En aquel instante surgió en mí una tremenda sensación de justicia y rectitud y sentí a Dios a mi lado, dándome fuerza. Después, fuera cual fuera la manera de electrocutarme de los policías, no sentía dolor. Una vez más había presenciado las maravillas de Dios; me percaté vivamente de la presencia de Dios, de que Él me protegía y velaba por mí. Los policías me torturaron cuatro horas, pero seguían sin sacarme ningún dato. Sin opciones, no pudieron sino desatarme de la caminadora. No tenía ni pizca de fuerza en todo el cuerpo y me desplomé contra el suelo. Dos policías me devolvieron a rastras a la sala de interrogatorios, me colocaron en una silla y me esposaron a una tubería de la calefacción central. Al verlos tan acabados no pude evitar expresar mi agradecimiento y alabanza a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! He experimentado Tu omnipotencia y soberanía y veo que Tu fuerza vital puede derrotar a todas las demás fuerzas. ¡Gracias a Dios!”.

Al cuarto día entraron cinco policías en la sala de interrogatorios. Uno de ellos llevaba una porra eléctrica con la que daba chispas. Días de brutales torturas me habían llenado de terror en cuanto veía una porra que emitiera aquella horrible luz azul. Vino un agente que no me había interrogado anteriormente y se puso delante de mí, me dio violentamente con la porra eléctrica y me dijo: “He oído que eres un hueso duro de roer. Hoy comprobaré exactamente lo dura que eres. No puedo creer que no podamos ajustarte las cuentas. ¿Vas a hablar o no? Si no, ¡hoy mismo te llegará tu final!”. Le contesté diciendo: “No sé nada”. Esto lo azoró de rabia, me arrastró violentamente de la silla al suelo y me contuvo. Otro policía me metió la porra eléctrica bajo la camisa, gritando mientras me daba una descarga en la espalda: “¿Vas a hablar o no? ¡Si no, te matamos!”. Ante su brutalidad y sus horrendos y lascivos rostros, no pude evitar caer en un estado de terror, y me apresuré a invocar a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Por favor, guíame! ¡Por favor, concédeme verdadera fe y fuerza!”. La policía siguió electrocutándome mientras yo lloraba sin parar. Sentí como si toda la sangre del cuerpo se me fuera a la cabeza y tenía tanto dolor que estaba empapada en sudor y casi desmayada. En vista de que todavía no pensaba hablar, los policías se pusieron a insultarme de rabia. Poco después, cuando estaba a punto de perder el conocimiento, de nuevo me levantaron a rastras y me esposaron a la silla, tras lo cual dos de ellos se turnaron para vigilarme y asegurarse de que no me quedara dormida. Por entonces no había comido nada ni bebido agua ni dormido durante cuatro días y cuatro noches. Entre eso y la cruel tortura que me estaban infligiendo, mi cuerpo había llegado a un estado de máxima debilidad. Tenía frío y hambre y al dolor por ambas cosas se unió el dolor punzante de mi cuerpo lastimado: sentía que mi vida se acercaba a su fin. En mi estado de extrema debilidad me vino a la mente una frase de las palabras de Dios: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Meditándola comprendí que únicamente podía apoyarme en las palabras de Dios para continuar viviendo en una situación así, al tiempo que me daba cuenta de que Dios estaba utilizando precisamente aquella situación para perfeccionar mi entrada en este aspecto de la verdad. Reflexionando una y otra vez al respecto, inconscientemente me olvidé de todo el sufrimiento, el hambre y el frío.

Al quinto día, los policías veían que me mantenía tenazmente en silencio y se pusieron a amenazarme malintencionadamente, diciéndome: “Pues espera a que te condenen. ¡Te caerán siete años por lo menos, pero aún tienes oportunidad de evitarlo si empiezas a hablar ahora!”. Entonces, en silencio, oré a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! La policía del PCCh dice que me condenará a siete años de cárcel, pero sé que ellos no tienen la última palabra, pues mi destino está en Tus manos. ¡Oh, Dios! ¡Prefiero pasar encarcelada el resto de mi vida y permanecer en el camino verdadero a traicionarte alguna vez!”. Posteriormente, la policía trató de incitarme a traicionar a Dios trayéndome a mi incrédulo marido. Cuando me vio esposada, con cortes y moretones por todo el cuerpo, me dijo con lástima: “Solo había visto esposas por la tele. Jamás pensé que te vería a ti con unas”. Oyéndolo y viendo su expresión doliente, me apresuré a orar a Dios para pedirle que me protegiera para no caer en la trampa de Satanás a causa de mis sentimientos por mi familia. Después de mi oración le dije tranquilamente a mi marido: “Creo en Dios, no robo cosas ni a la gente. Simplemente voy a reuniones, leo las palabras de Dios e intento ser una persona honesta como Dios manda. No he cometido ningún delito, pero quieren mandarme a la cárcel”. Mi marido me contestó: “Te buscaré un abogado”. Al ver que mi esposo no estaba intentando sacarme información de la iglesia y de mis hermanos y hermanas, sino que se estaba ofreciendo a contratar a un abogado, los policías se lo llevaron a rastras de la sala. Sabía que aquello era consecuencia de la protección de Dios, ya que mis sentimientos por mi familia eran muy profundos; si mi esposo hubiera mostrado alguna preocupación por mi estado físico, no sé si habría podido mantenerme fuerte. La guía y la protección de Dios fueron lo que me permitió vencer la tentación de Satanás.

Los policías vieron que no me habían sorprendido y, en un estallido de rabia, dijeron: “Ahora te pondremos una inyección que te desquiciará. ¡Luego te dejaremos y ni siquiera podrás morirte!”. Esto me provocó inmediatamente un estado de ansiedad y el terror se apoderó de mí una vez más. Pensé en lo cruel y malvado que es el Gobierno del PCCh: en cuanto detienen a algún responsable de la iglesia y siguen sin poder sacarle nada sobre ella con palizas y torturas bestiales, le inyectan por la fuerza drogas que lo desquician y le causan esquizofrenia; de esta cruel manera ha torturado y atormentado el Gobierno del PCCh a algunos hermanos y hermanas. El corazón me empezó a palpitar en el pecho ante ese pensamiento, y me pregunté: “¿De verdad me van a torturar estos esbirros del PCCh hasta que pierda la cabeza y acabe deambulando como una loca?”. Cuanto más lo pensaba, más miedo tenía, y no pude evitar que un sudor frío me empapara entera. Me apresuré a invocar y orar a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Los esbirros del PCCh quieren inyectarme drogas para desquiciarme y temo volverme loca. ¡Oh, Dios! Aunque sé que debo mantenerme firme en el testimonio de Ti, ahora mismo me siento cobarde y temerosa. ¡Oh, Dios! Por favor, protege mi corazón y concédeme verdadera fe para que pueda encomendarte mi vida y mi muerte y someterme a Tus orquestaciones y disposiciones”. Justo entonces me vinieron a la mente unas palabras del Señor Jesús: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). Las palabras del Señor me dieron fe y fuerza. “Sí”, pensé, “estos demonios tal vez sean capaces de matar y mutilar mi cuerpo, pero no mi alma. Sin el permiso de Dios, no me volveré loca aunque me inyecten esas drogas”. Entonces pensé en unas palabras de Dios que manifiestan lo siguiente: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Conforme meditaba las palabras de Dios, poco a poco se desvanecía el miedo que sentía en mi interior y ya no tenía aquel pavor. Por el contrario, estaba dispuesta a ponerme en las manos de Dios y a someterme a Su soberanía, tanto si vivía como si moría o me volvía loca o tonta. En ese momento, un policía me acercó la aguja y la droga y me amenazó diciendo: “¿Vas a hablar o no? ¡Si no hablas, te inyecto esto!”. Totalmente carente de miedo, le contesté: “Haga lo que quiera. Lo que pase será culpa suya”. Ante la evidencia de que no tenía miedo, dijo cruelmente: “¡Traigan el que tiene el virus del sida! Eso le inyectaremos”. Como aún no mostraba ningún temor, apretó los dientes con ira y protestó: “¡Perra, resistes más que los espías!”. Luego tiró la aguja sobre la mesa. Estaba eufórica. Testigo de cómo las palabras de Dios me habían guiado para que humillara una vez más a Satanás, no pude más que ofrecer una oración de gratitud a Dios. Al final los policías se dieron cuenta de que no me sacarían la información que querían, por lo que se marcharon desanimados.

Tras haber jugado todas sus cartas en vano, lo único que pudo hacer la policía fue enviarme a un centro de detención. Tan pronto como llegué, los guardias de la cárcel incitaron a las demás presas, diciéndoles: “Es creyente del Relámpago Oriental. ¡Denle una ‘cálida bienvenida’!”. Sin ocasión de reaccionar, varias presas se abalanzaron sobre mí, me arrastraron al baño y luego, después de quitarme la ropa, se pusieron a lavarme con agua fría. Cada vasija de agua fría que vertían sobre mí era como los golpes de una piedra sobre mi cuerpo, helados y dolorosos, y temblaba de frío de arriba abajo. Me agaché en el suelo sujetándome la cabeza con las manos e invocando reiteradamente a Dios para mis adentros. Al rato, una presa dijo: “Vale, vale, ya basta. No quiero que se enferme”. Las presas que me estaban castigando lo dejaron en el momento en que oyeron sus palabras. Cuando se enteró de que no había comido nada en cinco días, a la hora de la cena me dio la mitad de un pan de maíz cocido al vapor. Yo era plenamente consciente de que esta era la consideración que había tenido Dios por mi debilidad al hacer que esa presa me ayudara. Comprobé que Dios estaba siempre conmigo y le agradecí de todo corazón Su misericordia y Su salvación.

En el centro de detención vivía con todo tipo de presas. Cada una de nuestras tres comidas consistía en un pan de maíz cocido al vapor y dos tiras de nabo salado, o bien en un cuenco de sopa de col con bichos flotando y sin apenas nada de col. Una vez a la semana nos daban un alimento de grano fino, que no era más que un pan al vapor del tamaño de un puño que no me llenaba nada. Aparte de recitar las normas de la cárcel, allí todos los días nos asignaban unos cupos de trabajo de pequeñas manualidades imposibles de cumplir. Puesto que tenía las manos lastimadas por las apretadas esposas, me las habían electrocutado hasta el punto de perder toda sensibilidad en ellas y, además, las manualidades que teníamos que hacer eran tan pequeñas, no podía sostenerlas ni cumplir con mi carga de trabajo. En una ocasión, como no había terminado, los guardias de la cárcel ordenaron a las demás presas vigilarme toda la noche para que no me quedara dormida. También se me castigaba con frecuencia a hacer guardia y solo se me permitía dormir cuatro horas cada noche. En esa época la policía del PCCh me interrogaba constantemente. Hasta habían mandado a mi hijo que me escribiera una carta con el fin de engañarme para que traicionara a Dios. Sin embargo, gracias a la protección y la guía de Dios descubrí las astutas tramas de Satanás y pude mantenerme firme en el testimonio una vez tras otra. A pesar de no conseguir nada que me incriminara, me acusaron de “alteración del orden público” y me condenaron a tres años de reeducación por medio del trabajo.

El 25 de diciembre de 2005 había cumplido totalmente mi sentencia y fui liberada. Tras haber experimentado esta lucha entre la justicia y la iniquidad, pese a que había sufrido tanto en mi cuerpo como en mi mente, llegué a comprender muchas verdades y vi clara la esencia demoníaca y opuesta a Dios del Gobierno del PCCh. También entendí verdaderamente la omnipotencia, soberanía, excelsitud y sabiduría de Dios y experimenté de veras Su amor por mí y Su salvación. Mientras aquellos demonios me torturaban y vejaban, el esclarecimiento y la guía de las palabras de Dios en el momento oportuno constituían un apoyo incondicional y me daban la determinación y el valor para luchar contra Satanás hasta el final. Cuando Satanás probaba todo tipo de tramas astutas con el fin de tentarme y seducirme para que traicionara a Dios, era Dios quien, justo a tiempo y por medio de Sus palabras, me advertía, me guiaba y me quitaba la venda de los ojos de mi espíritu para que descubriera las tramas de Satanás y me mantuviera firme en el testimonio; cuando aquellos demonios me infligían unas torturas tan terribles que la muerte me parecía preferible y mi vida pendía de un hilo, las palabras de Dios cimentaban mi supervivencia. Me conferían una fe y una fuerza tremendas y con ellas me liberé del dominio de la muerte. Todas estas cosas me hicieron apreciar de verdad la esencia hermosa y bondadosa de Dios: Él es quien más ama a la humanidad. Por otro lado, el Gobierno del PCCh, esa banda de Satanás y sus demonios, ¡no sabe sino corromper, agraviar y destruir al pueblo! Hoy, frente a los ataques cada vez más salvajes del Gobierno del PCCh a la Iglesia de Dios Todopoderoso, he decidido firmemente renunciar por completo a este viejo diablo del Gobierno del PCCh, entregar mi corazón a Dios y hacer todo lo posible por buscar la verdad y por procurar amar a Dios. Difundiré el evangelio del reino de Dios y recuperaré para Él a todos aquellos que sinceramente creen en Él, anhelan la verdad y han sido terriblemente engañados por el Gobierno del PCCh, para así retribuir a Dios por honrarme con Su salvación.

Notas al pie:

1. Los “cómplices” son del mismo tipo que “una banda de rufianes”.

a. El texto original dice: “es un símbolo de no poder ser”.

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