Encrucijada

29 Mar 2022

Por Wang Xin, Corea del Sur

Tenía una familia feliz y mi esposo era buenísimo conmigo. Abrimos un restaurante familiar que nos fue bastante bien. Todos nuestros parientes y amigos nos admiraban, pero, paradójicamente, siempre me sentía muy vacía por dentro. Cada día parecía exactamente igual que el anterior, como si la vida no tuviera sentido, pero no sabía cuál era la forma correcta de vivir. Luego, a finales de 2010, tuve un parto difícil que terminó en hemorragia. Los médicos dijeron que estaba en estado crítico. Mi madre, asustadísima, me susurró al oído: “¡Cielo, ora a Dios Todopoderoso!”. Me aferré a eso como a un salvavidas y, dentro de mí, pedí a Dios Todopoderoso que me salvara. Poco después dejé de sangrar. Sabía que Dios me había dado una segunda oportunidad de vivir y se lo agradecí de corazón. Desde entonces, empecé a leer las palabras de Dios a diario y me reunía constantemente a hablar con mis hermanos y hermanas. Con el tiempo aprendí que Dios creó al hombre y que todo cuanto este tiene viene de Dios. Hemos de tener fe, adorar a Dios y cumplir con el deber de todo ser creado para hallar el sentido de la vida. Asumí el deber de difundir el evangelio y cada día era muy gratificante. Mi familia no había aceptado a Dios Todopoderoso, pero no se oponía a mi fe.

A finales de 2012. El Partido Comunista estaba empezando a volverse loco en su represión y sus detenciones a miembros de la Iglesia de Dios Todopoderoso y se inventaba toda clase de rumores para calumniar a la Iglesia. Muchas emisoras de radio y TV divulgaban estas mentiras. A partir de entonces, mi esposo ponía cara larga y se enfadaba cada vez que yo volvía de una reunión. Un día, sobre la hora de comer, fui al restaurante después de una reunión y le vi ese gesto hosco en la cara. En cuanto me vio, me agarró, me arrastró hasta la TV y dijo: “¡Mira este Dios en el que crees!”. Vi que estaban emitiendo toda clase de calumnias y rumores del Partido Comunista sobre la Iglesia de Dios Todopoderoso, absolutamente infundados y tergiversados. Me indigné mucho, me di la vuelta y le dije: “La noticia es una sarta de mentiras, meros rumores inventados por el partido. Odian a Dios, lo combaten más que a ninguna cosa y, desde que llegaron al poder, persiguen brutalmente los credos religiosos. ¿Cómo puedes creerte nada de lo que digan contra la Iglesia? Tras tantos años con el negocio, hemos visto mucho, así que no es que no sepas cómo son este gobierno y este partido. El Partido Comunista se ha inventado toda clase de casos falsos e injustos y ha falsificado denuncias. Por no hablar de la Revolución Cultural… Pero solo en los últimos años tenemos el suceso de la plaza Tiananmén, la brutal represión de las protestas tibetanas, etc. Lo que hacen siempre es, primero, inventarse mentiras, tergiversar la verdad para que un grupo parezca malo y azuzar la indignación, y luego viene una represión violenta. Es igual con la Iglesia de Dios Todopoderoso. Es la táctica habitual del partido para erradicar la disidencia. Además, los hermanos y hermanas se han reunido en nuestra casa estando tú allí. Sabes que solamente nos reunimos a leer las palabras de Dios, compartir la verdad y cantar himnos. ¿Se parece eso a lo que dice el partido?”. Estaban demasiado absorbidos por las mentiras del Partido Comunista, así que hacían oídos sordos a lo que yo decía. No dejaban de sermonearme con que debería vivir bien en vez de empeñarme en creer y con que renunciara si el gobierno decía que no se podía tener fe. Mi esposo me decía que, si seguía yendo a reuniones, me destrozaría la moto eléctrica para que no tuviera forma de ir. También quería mantenerme encerrada en casa.

Al principio no me molestaba mucho eso. Pensaba que en esos momentos estaban absorbidos por esas mentiras y enfadados porque se preocupaban por mí, que todo pasaría en cuestión de días. Sin embargo, las cosas no eran tan sencillas. Cada vez se emitían más mentiras por TV e internet para atacar y difamar a la Iglesia de Dios Todopoderoso y había muchos reportajes de detenciones de creyentes. Mi familia me puso todavía más límites al ver esto. Para tratar de que renunciara a mi fe, mi marido me rasgó mi libro de las palabras de Dios y me rompió el reproductor MP3 en que oía los himnos. Además, les repetía a los vecinos todas las mentiras del Partido Comunista para que no pudiera predicarles el evangelio. También ellos se las creían y me trataban como a una leprosa. La conducta de mi esposo me resultaba muy chocante. Si siempre había sido tan amable conmigo, ¿cómo pudo cambiar tanto, tan radicalmente? Tras años de matrimonio, ¿cómo podía estar tan falto de comprensión y respeto? Pasó el tiempo, y me hostigaba constantemente, hasta el punto de culpar a mi fe por cada minucia que fuera mal en casa. Cuando el negocio iba más lento, culpaba a mi fe y no me dejaba entrar al restaurante porque decía que le traía mala suerte. Sus padres siempre me ponían caras largas, me sermoneaban y golpeaban las cosas con rabia. Me impedían salir, y en cuanto ponía un pie en la calle, me llamaban para preguntarme dónde estaba y con quién. En esa época me mantenían vigilada. No podía leer las palabras de Dios ni contactar con mis hermanos y hermanas. No tenía ninguna libertad personal. Me resultaba muy tormentoso y me preguntaba por qué era tan difícil tener fe, por qué era tanta batalla y cuándo iba a dejar de vivir así. A veces pensaba que podría dejar las reuniones y mi deber por un tiempo, pero, para mí, eso no estaría de acuerdo con la voluntad de Dios. Dolida, oré con apremio a Dios para pedirle que me guiara. Pensé en un pasaje de las palabras de Dios: “En la actualidad la mayoría de las personas no tienen ese conocimiento. Creen que sufrir no tiene valor, que el mundo reniega de ellas, que su vida familiar es problemática, que Dios no las ama y que sus perspectivas son sombrías. El sufrimiento de algunas personas llega al extremo y piensan en la muerte. Este no es el verdadero amor hacia Dios; ¡esas personas son cobardes, no perseveran, son débiles e impotentes! […] Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me conmovió mucho pensar en esto. Comprendí que la voluntad de Dios no era que sufriera, sino perfeccionar mi fe con esta opresión y este sufrimiento para que tuviera la oportunidad de dar testimonio de Dios. No podía ceder a Satanás por miedo a sufrir, sino que debía tener fe en Dios, permanecer en la senda por difícil que fuera y ser un testimonio fuerte y rotundo.

Ese día, cuando llegué a casa de una reunión, arremetió contra mí, gritando: “¿Qué haces predicando a clientes del restaurante? Todo el mundo habla de que eres creyente. ¿Cómo has podido humillarme de este modo? Ya has visto lo que dicen en TV. ¡Si sigues así, te detendrán!”. Como lo veía cada vez más agitado, no le contesté y simplemente me metí en mi cuarto. Lo que vi allí me conmocionó. Me había rasgado mi libro de las palabras de Dios y el suelo estaba lleno de papeles. Justo entonces vino mi suegro y, nada más entrar, dijo: “Queríamos que nuestro hijo se casara para que viviera bien. Esta familia quedará destrozada si te detienen por tu fe. O renuncias a ella, o te divorcias inmediatamente”. Entonces se puso a decir blasfemias. Al ver su rostro, desencajado de ira, no pude reprimir la mía propia y le quité la palabra: “¡Papá! Desde que emparenté con tu familia, lo que he hecho ha sido tratarte con respeto. Nunca me he enfadado ni he discutido contigo. Si no he cumplido con mi deber hacia esta familia, tienes derecho a reprenderme, pero mi fe no tiene nada de malo y no debes obstaculizarme ni blasfemar contra Dios”. Sin darme tiempo a terminar, cambió el gesto y me gritó: “¿Qué pasa si opino sobre tu Dios? No creo que no pueda controlarte”. Se puso a tirarme de la ropa para tratar de llevarme a rastras a comisaría, pero me zafé de un tirón. En vista de mi determinación y de que no iba a ceder, se fue indignado. Justo después oí un golpe seco y, cuando iba a volverme, vi que mi esposo venía hacia mí, y me dio una bofetada en la cara que me tiró al suelo. Veía las estrellas, me zumbaban los oídos y me ardía la cara de dolor. Tenía la mente totalmente en blanco. Me impresionó mucho que hiciera aquello. Llevábamos juntos casi diez años y jamás habíamos discutido, pero ese día me pegó por mi fe. Observándolo, me parecía un extraño. Como si hubiera enloquecido, me levantó del suelo a rastras y a la fuerza, me empujó contra la pared y me dijo con dureza: “Ya te digo yo que esto lo arreglamos hoy. O renuncias a tu fe, o nos divorciamos inmediatamente. Dime, ¿prefieres a tu Dios o a mí? ¿Quieres tu fe o a esta familia?”. Mientras hablaba me golpeaba como un maníaco contra la pared. Al ver esa cara, que tan bien conocía, ponerse así de demoníaca, le respondí con calma: “Elijo mi fe”. Enfurecido, me arrastró a la cama y me apretó el cuello con las manos. No podía respirar y quería escapar, pero era demasiado fuerte. No podía combatir contra él. Mientras luchaba por tomar algo de aire, me asusté mucho y pensé: “Probablemente muera así hoy”. Justo entonces, de repente se despertó mi hijo de tres años. Se levantó y se puso a llamarme: “¡Mamá! ¡Mamá!”. Al ver que mi esposo me estaba asfixiando, se puso a pegarlo y empujarlo, y trató desesperadamente de acurrucarse en mis brazos. Ante esto, mi marido me soltó y, con saña, me dijo: “De no haber sido por nuestro hijo, hoy habrías muerto en mis manos”.

Se fue y pensé en lo que acababa de pasar. Realmente escalofriante. Como mi fe interfería en sus intereses personales, sorprendentemente, estaba dispuesto a levantarme la mano y matarme de asfixia. ¿No es demoníaco eso? Cuanto más me golpeaba, mejor apreciaba la clase de persona que era y más quería seguir a Dios hasta el final. Al día siguiente vino a verme mi suegra, que, nada más entrar, comentó: “¿Podrías dejar de creer en Dios? Sé que es bueno tener fe, pero eso implica que el partido te detendrá y te hará cosas horribles. ¿No lo has pensado?”. Contesté: “Mamá, sabes lo difícil que fue mi parto y que los médicos dijeron que estaba crítica. Fue Dios Todopoderoso quien nos salvó a mi hijo y a mí. ¿Por qué crees que voy a conservar la fe aunque me detengan? Porque Dios Todopoderoso es el único Dios verdadero que creó todas las cosas, y el Salvador que ha regresado a salvar a la humanidad. Los desastres son cada vez mayores y solo Dios puede salvar a la gente. Camino con Dios y, si me detienen y sufro, será algo temporal. Eso sería mejor que ir al infierno con Satanás”. Ella respondió: “Entiendo lo que me dices, pero, como mujer, tienes que ocuparte de tu hijo y pensar en tu esposo. Tu hijo es muy pequeño. ¿De verdad podrías soportar la idea de dejarlo de lado tal cual?”. Al oírla tuve muchas ganas de llorar, pero no me salieron lágrimas. Pensé: “¿Lo voy a dejar de lado yo? Será el Partido Comunista, que detiene y persigue a los creyentes. Será tu hijo, que se cree las mentiras del partido y se empeña en divorciarse y destrozar esta familia. ¿Cómo puedes echarle la culpa a mi fe?”. Sin embargo, mirándola, con todo el pelo canoso y cara de dolor, y pensando en que arrebatarían a mi hijo de su madre a tan temprana edad, cada vez me sentía más triste. Comencé a flaquear un poco. Invoqué en silencio a Dios para pedirle que me guiara. Me vino a la mente un pasaje de Sus palabras: “En cada paso de la obra que Dios hace en las personas, externamente parece que se producen interacciones entre ellas, como nacidas de disposiciones humanas o de la interferencia humana. Sin embargo, detrás de bambalinas, cada etapa de la obra y todo lo que acontece es una apuesta hecha por Satanás ante Dios y exige que las personas se mantengan firmes en su testimonio para Dios. Mira cuando Job fue probado, por ejemplo: detrás de escena, Satanás estaba haciendo una apuesta con Dios, y lo que aconteció a Job fue obra de los hombres y la interferencia de estos. Detrás de cada paso de la obra que Dios hace en vosotros está la apuesta de Satanás con Él, detrás de todo ello hay una batalla. […] Cuando Él y Satanás luchan en el ámbito espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? Y ¿cómo deberías mantenerte firme en el testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y es el momento en que Dios necesita que des testimonio” (‘Solo amar a Dios es realmente creer en Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). Meditando las palabras de Dios, comprobé que, a primera vista, en todo lo que estaba sucediendo parecía que la gente se interponía en mi camino, pero detrás de todo estaban las trampas de Satanás. Satanás utilizaba a mi familia para estorbarme y perturbarme, y mis sentimientos por mi hijo y mis familiares para amenazarme, con el fin de que traicionara a Dios y perdiera la oportunidad de salvarme. Sabía que no podía caer en las trampas de Satanás, sino que debía tener fe en Dios, mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás. Por ello, le dije a mi suegra: “Dios creó al hombre, por lo que debemos tener fe en Él y adorarlo. Además, Dios me dio la vida, así que, pase lo que pase, lo seguiré hasta el final. No malgastes energía intentando convencerme de lo contrario”. Negó con la cabeza, se dio la vuelta y se fue.

Esa noche, mi esposo descubrió que seguía leyendo las palabras de Dios y se enfadó mucho. Me dijo: “¿Todavía tienes el valor de hacer esto? ¿No sabes que te meterán en la cárcel por ello? ¿No te importa vivir o morir? Si no te importa, vale, pero déjanos al niño y a mí aparte. De haber sabido que te harías creyente, para empezar, ¡jamás me habría casado contigo!”. Luego me echó por la puerta principal y, con odio, me dijo: “Si sigues con esto de Dios, ¡ya no eres bienvenida en mi casa!”. Entonces cerró la puerta con llave. Con un marido tan despiadado y un hijo que me llamaba angustiado, se me iba a partir el corazón. Era tarde, más de las 2 de la mañana, y no llevaba dinero. Me preguntaba si esa vez de verdad me estaba yendo de casa e iba a abandonar a mi hijo para siempre. No sabía qué hacer y me sentía sumamente desolada mientras lo pensaba. Reparé en que llevaba el teléfono, así que llamé a mi madre. En cuanto oí su voz, las lágrimas se derramaron copiosamente por mi cara y me brotaron el dolor y las heridas que llevaban tanto tiempo ahogándome. Reprimiendo el sonido de su propio llanto, me comentó: “Calma, hija. Él no te traería hasta aquí para luego abandonarte. Simplemente cree y ampárate en Él”. Con el consuelo y el ánimo de mi madre al decirme que creyera y confiara en Dios, sentí que volvía mi fe. Al día siguiente, con frío y hambre, iba vagando sin rumbo por las calles, cuando por suerte me encontré con una hermana. Me llevó a su casa y me leyó un par de pasajes de las palabras de Dios para ayudarme a entender lo que estaba viviendo. Dios Todopoderoso dice: “En una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado! […] ¿Por qué levantar un obstáculo tan impenetrable a la obra de Dios? ¿Por qué emplear diversos trucos para engañar a la gente de Dios? ¿Dónde están la verdadera libertad y los derechos e intereses legítimos? ¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está el consuelo? ¿Dónde está la cordialidad? ¿Por qué usar intrigas engañosas para embaucar al pueblo de Dios? ¿Por qué usar la fuerza para reprimir la venida de Dios? ¿Por qué no permitir que Dios vague libremente por la tierra que creó? ¿Por qué acosar a Dios hasta que no tenga donde reposar Su cabeza?” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Dios va a despertar a estas personas tan cargadas de sufrimiento, las activará por completo hasta que estén completamente despiertas, y para que salgan de la niebla y rechacen al gran dragón rojo. Despertarán de su sueño, reconocerán la sustancia del gran dragón rojo, se volverán capaces de entregar su corazón por entero a Dios, se levantarán de la opresión de las fuerzas de la oscuridad, se pondrán de pie en el Oriente del mundo y se convertirán en la prueba de la victoria de Dios. Solo de esta manera ganará Dios la gloria” (‘La obra y la entrada (6)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me ayudaron a entender que Dios se ha hecho carne y venido a la tierra en los últimos días a obrar y expresar la verdad para purificar y salvar al hombre. El Partido Comunista teme que todo el mundo acepte la verdad, siga a Dios, sea salvado por Él y se libere del control y el daño del partido. Por eso reprimen y detienen frenéticamente a creyentes y sacan toda clase de mentiras para condenar y calumniar a la Iglesia de Dios Todopoderoso, con lo que engañan e incitan al pueblo para que niegue y se oponga a Dios junto con ellos. ¡Es detestable! Mi familia me trataba así solo porque el Partido Comunista la había engañado. Con todas estas mentiras, el partido embauca al pueblo para que todo el mundo luche con ellos contra Dios y termine castigado en el infierno. Esa era la treta de Satanás. En ese momento, me quedó claro que el Partido Comunista no es más que un hatajo de demonios que lucha contra Dios, daña al pueblo y lo engulle entero. Sabía que no podía caer en sus trampas y que, sin importar lo que me hiciera mi familia, no podía traicionar a Dios, sino que tenía que continuar siguiéndolo y cumpliendo con el deber.

Llamó a algunos parientes y amigos de mi ciudad natal, luego me llamaron y se pasaron el telefono para cuestionarme. Mi hermano me dijo: “Siendo tan joven, puedes hacer cualquier cosa. ¿Tiene que ser creer en Dios? Eres ama de casa, por lo que tu responsabilidad es tener hijos y ocuparte de la familia. ¿Para qué creer en Dios? Si crees, el partido te detendrá y te mandará a la cárcel. Nosotros somos gente normal; ¿cómo vamos a combatirlo?”. Mi tía agarró el teléfono para decirme: “¿Has perdido la cabeza? Tu fe no debería romper un hogar perfecto. ¿No te importa tu familia? ¡Eres enormemente cabezota!”. Otra tía me gritó: “No llevas mucho tiempo casada y tu hijo aún es muy pequeño. Si acabas en la cárcel, ¿qué pasará con él? Hazme caso, es por tu bien”. Mi hermano mayor agarró entonces el teléfono y añadió: “Si te empeñas en esto, se va a divorciar de ti, y ni se te ocurra regresar a casa. ¡Cortaremos toda relación contigo!”. Incluso mi abuela de 80 años me dijo, llorando al teléfono: “No puedes hacer esto. ¿Y si te detienen? Escúchame. Queremos lo mejor para ti”. Tras colgar me sentía muy mal. Quería decirles muchas cosas: “Alegáis que es por mi bien, ¿pero de veras es así? Habría muerto hace mucho si no me hubiera salvado Dios Todopoderoso, así que, ¿estaría aquí hoy? ¿Quién está rompiendo realmente este hogar perfecto? ¿Quién está destrozando esta familia? El Partido Comunista, no yo”. El Partido Comunista detiene y persigue a los creyentes, pero en vez de odiar al partido, están de su parte, con lo que me oprimen y tratan de que traicione a Dios, y hasta amenazan con cortar su relación conmigo y repudiarme. ¿Cómo no iban a distinguir el bien del mal? ¿Realmente querían lo mejor para mí? ¿Qué clase de familia era esa? Si Dios me otorgó la vida, ¿qué tenía de malo que cumpliera con mi deber para devolverle Su amor? ¿Qué había de malo en tener fe y tomar la senda correcta en la vida? Durante unos días, mi familia me llamó para sermonearme sin cesar. Angustiadísima, oraba con apremio a Dios para pedirle que custodiara mi corazón. Al final seguí yendo a reuniones y cumpliendo con el deber.

Mi esposo me entregó un convenio de divorcio redactado por él, y me comentó: “Si conservas tu fe, nos divorciamos. Después de la separación no se te permitirá ver a nuestro hijo. Si aceptas dejar de creer en Dios Todopoderoso, haré como si nunca hubiera pasado nada”. Lo agarré para mirarlo. Me dejaría sin ninguno de nuestros bienes y sin nada del negocio y de la vivienda, y él tendría la custodia del niño. Me iría con las manos vacías. Ahora bien, si no aceptaba el divorcio, nos delataría a mi madre y a mí ante la policía y nos denunciaría por creer en Dios Todopoderoso. Vi que lo había planeado todo tiempo atrás, mientras traspasaba todo lo que poseíamos para que, una vez divorciados, no tuviéramos bienes en común. Mientras miraba el convenio de divorcio que tenía en mis manos, de nuevo entré en crisis. Si firmaba ese papel, eso supondría irme de esa casa y no poder ver a mi hijo de nuevo. Era tan pequeño que no soportaba la idea de separarnos. Completamente angustiada, invoqué desesperadamente a Dios para pedirle que me guiara para poder mantenerme firme. Recordé entonces estas palabras de Dios: “Cuando las personas atraviesan pruebas, es normal que sean débiles, internamente negativas o que carezcan de claridad sobre la voluntad de Dios o sobre la senda en la que practicar. Pero en cualquier caso, como Job, debes tener fe en la obra de Dios, y no negarlo. […] En tu experiencia, da igual cuál sea el tipo de refinamiento al que te sometas mediante las palabras de Dios, lo que Él exige de la humanidad, en pocas palabras, es su fe y su amor por Él. Lo que Dios perfecciona al obrar de esa manera es la fe, el amor y las aspiraciones de las personas” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Debes sufrir adversidades por la verdad, debes entregarte a la verdad, debes soportar humillación por la verdad y, para obtener más de la verdad, debes padecer más sufrimiento. Esto es lo que debes hacer. No debes desechar la verdad en beneficio de una vida familiar pacífica y no debes perder la dignidad e integridad de tu vida por el bien de un disfrute momentáneo. Debes buscar todo lo que es hermoso y bueno, y debes buscar un camino en la vida que sea de mayor significado” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras de Dios me consolaron, me animaron y me brindaron una senda de práctica. Me di cuenta de que Dios había permitido el hecho de que mi esposo me amenazara con el divorcio. Me acordé de las pruebas de Job. Le quitaron todo cuanto tenía y todos sus hijos murieron de un día para otro. Estaba sentado en un montón de ceniza, cubierto de llagas. Hasta su esposa lo rechazó, y sus amigos se burlaban de él y lo juzgaban. Sin embargo, frente a todo este sufrimiento, siguió alabando a Dios: “Jehová dio y Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová” (Job 1:21).* Esa es la única fe auténtica. Y yo, le había prometido solemne y decididamente a Dios que, pasara lo que pasara, lo seguiría hasta el final; pero, ante la amenaza de divorcio de mi marido, me quedé en la negatividad y la debilidad. Esa no era una fe sincera en Dios. También pensé que, desde que él había oído las mentiras del partido, no solo me había rasgado mi libro de las palabras de Dios, sino que era violento conmigo y casi me había dejado muerta. Por miedo a que lo implicaran por causa de mi fe, ahora no solo quería divorciarse, sino también dejarme sin dinero y alejarme de mi hijo. Me iba a delatar si no aceptaba. ¿Qué clase de marido era ese? ¿No era más bien un demonio? Recordé algo que había dicho Dios: “Creyentes e incrédulos no son compatibles, sino que más bien se oponen entre sí” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Comprendí que mi esposo me amenazaba con el divorcio porque había escuchado al Partido Comunista y odiaba a Dios. Así pues, pese a ser marido y mujer, él seguía al partido por una senda antiDios al infierno. Yo iba por la senda que sigue a Dios para recibir la verdad y vida eterna. Creyentes e incrédulos vamos por sendas distintas. Sabía que no podía dejar que me reprimiera más. Cuanto más me oprimía, más decidida estaba a seguir a Dios, a mantenerme firme en el testimonio y a humillar a Satanás. Por eso le dije que aceptaba el divorcio.

Hasta que llegó el día de ir al Registro Civil a formalizar el divorcio, no podía evitar sentir ansiedad por quedarme sin nada tras el divorcio. ¿Cómo subsistiría después? Al pensar en cuánto me había esforzado por nuestro hogar y nuestro negocio a lo largo de los años para terminar con nada, me resultaba dificilísimo aceptarlo. Luego recordé unas palabras de Dios: “¿Eres capaz de no considerar, planear o prepararte para tu futura senda de supervivencia por Mí?” (‘Un problema muy serio: la traición (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me abochornó tremendamente esta pregunta de Dios. Se dice que la sinceridad se prueba en la dificultad, y, cuando yo me encontré ante cierta dificultad, no pensé más que en mis intereses personales. ¿Eso era auténtica fe en Dios? Estaba totalmente en Sus manos, así que estaba decidida a darme por completo a Él y a dejar de preocuparme por mi camino. Estaba dispuesta a someterme a Sus disposiciones. Firmados todos los papeles, pregunté a mi ex: “¿Por qué estabas dispuesto y decidido a divorciarte?”. Su respuesta: “Mi primo me dijo que en documentos confidenciales del gobierno se señala a los creyentes en Dios Todopoderoso como delincuentes prioritarios, que echarán del partido a todo miembro de quien se descubra que tiene un creyente en su familia, que despedirán a los funcionarios, sus hijos no entrarán en la universidad, se anularán las pensiones de sus padres y se confiscarán los bienes de su familia. Antes se implicaba a la familia de un delincuente hasta la novena generación; ahora implican a todos los familiares de cada creyente en Dios Todopoderoso. Por eso he de deshacerme de ti para proteger al resto. Si no, echarán a mi hermano mayor del partido”. Me enojé mucho al oír aquello. Dios ha venido a salvar a la humanidad, lo cual es para ella toda una maravilla y una bendición. Sin embargo, el Partido Comunista combate frenéticamente a Dios y lo odia. Por todo tipo de medios indignos, interrumpe y destruye la obra de Dios, y no repara en nada. ¡Son un hatajo de demonios asesinos a sangre fría! Contemplé realmente la verdadera cara del gran dragón rojo y ya no me engañaba. Decidí cumplir bien con el deber para devolverle a Dios su amor y humillar a Satanás. Después me fui de casa y continué cumpliendo con mi deber de difundir el evangelio. ¡Demos gracias a Dios!

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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