Así escapé de una situación desesperada

10 Ene 2022

Por Zheng Xin, China

En mayo de 2003, una hermana y yo fuimos a predicarle el evangelio a alguien. Se negó, nos dio una paliza y llamó a la policía, que nos llevó a la Oficina de Seguridad Pública. Cuando llegamos, nos sacaron del auto y nos tiraron al suelo. La policía me presionó con preguntas: “¿De dónde eres? ¿Quién es tu líder?”. No respondí. Me pegaron a ratos durante más o menos una hora, tras lo cual estaba mareada y dolorida. En ese momento, la policía hizo entrar a la hermana detenida conmigo. Cuando la vi estaba coja y cubierta de heridas, no pude evitar llorar. Si nos torturaron así luego de detenernos, quién sabe cómo nos torturarían después y si lo soportaría, por lo que oré a Dios para pedirle fe y fortaleza. Después de orar recordé un pasaje: “Aquellos en el poder pueden parecer despiadados desde fuera, pero no tengáis miedo, ya que esto es porque tenéis poca fe. Siempre y cuando vuestra fe crezca, nada será demasiado difícil” (‘Capítulo 75’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Aunque amenazaran, los policías estaban en manos de Dios. Sin el permiso de Dios, no me quitarían la vida. Ese pensamiento me dio fe y fortaleza y decidí ser firme en el testimonio de Dios aunque me costara la vida. La policía nos esposó violentamente al carro y nos dejó medio en cuclillas durante unas tres horas. Cerca de las 2 de la tarde llegaron cuatro hombres con porras eléctricas y nos arrastraron para subir las escaleras. Uno gritó: “¡No crean que no vamos a ser duros! Si no hablan, les damos un porrazo”. Al terminar, me dio en la boca con la porra. Empecé a sangrar de la nariz y boca y me desmayé. Me desperté y me sentí muy mareada. Dos policías me sujetaban los brazos y vi a la hermana en una postura similar. La miré instándola a ser firmes en el testimonio. Aunque no podíamos hablar, entendimos lo que había que hacer.

La policía arrastró a la hermana a la sala de interrogatorios, mientras que a mí me arrastraron a otra. Un agente me miró y me preguntó: “¿De dónde eres? ¿Dónde resides? ¿Quién es tu líder?”. No respondí. Se acercó y, mientras me daba patadas y me pisaba, me dijo: “¡O hablas o te mato!”. Tras golpearme por una hora, como no hablé, se enfadó y agarró la porra eléctrica, y me dio en la boca luego me pateó y me dio un puñetazo. Me dolía todo el cuerpo, grité muy fuerte de dolor y clamé una y otra vez a Dios: “Dios mío, mi carne es muy débil. No quiero ser una judas, así que, por favor, protege mi corazón y ayúdame”. Después de orar recordé la palabra de Dios: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios me fortaleció. No podía temer la muerte. Tenía que arriesgar la vida para mantenerme en el testimonio y humillar a Satanás. El agente me pegó un rato, pero no dije nada, por lo que me pisoteó la cara con fuerza con su zapato de cuero, me aplastó la cara, mientras no dejaba de maldecirme. Rodé por el suelo de dolor. Entonces, oí los gritos de mi hermana y sentí una angustia aún mayor.

Después entraron dos agentes y me dijeron: “La otra mujer ya nos contó todo, así que lo sabemos. Confiesa ahora, ¡o será peor para ti!”. Pensé: “Los demonios tienen muchos trucos. ¿Crees que no oí llorar y gritar a mi hermana? Si hubiera confesado, ¿aún la estarían torturando? Yo no traicionaré a Dios aunque me cueste la vida, ¡así que no me van a sacar información!”. Al ver que no hablaba, un agente de gafas me agarró bruscamente de la ropa y me dijo: “Parece que te faltan golpes. Te obligaremos a hablar.” Continuó golpeándome al hablar. El dolor era tan intenso que ya no me pude sostener; mi boca hinchada sobresalía de la nariz. Seguí clamando a Dios en mi interior: “Dios mío, he llegado al límite de mi resistencia y no sé qué me hará la policía a continuación. Por favor, guíame para seguir firme”. Después de orar recordé la palabra de Dios: “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Reflexionando sobre las palabras de Dios, hallé fe y fortaleza. Viviera o muriera, me mantendría firme en el testimonio y humillaría a Satanás. Cuando decidí poner en riesgo la vida por más golpes que me dieran, no me dolía tanto. Era como si estuviera dormida.

Transcurrido un tiempo, me despertaron unos agentes a carcajadas. Oí a uno decir: “Esa de la sala, sus pantalones rasgados”. Me di cuenta entonces de que tenía los pantalones todos rotos y se me veía la ropa interior. Su risa me hizo sentir sumamente humillada. Odiaba de corazón a esos demonios. Esa tarde, la policía nos llevó al hospital para un reconocimiento físico. En ese momento estábamos llenas de heridas y yo tenía la cara y la boca hinchadas, el pantalón hecho trizas, tenía manchas de sangre. Cuando ambas íbamos cojeando a la sala de consultas, los pacientes nos miraron horrorizados y murmuraron: “¿Qué delito cometieron para verse así? ¡Qué espanto!”. Solo creíamos en Dios y predicábamos, pero el Partido Comunista nos humillaba y perseguía mientras soltaba a asesinos, pirómanos, ladrones y atracadores, sentí un gran rencor. Fue entonces cuando recordé un pasaje de la palabra de Dios de “La obra y la entrada (8)”: “Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (“La Palabra manifestada en carne”). Mientras el Partido Comunista aparenta la libertad de credo, persigue clandestinamente a los cristianos. Trata de matar a todo aquel que crea en Dios y de perturbar y destruir Su obra. El Partido es un grupo de demonios contrarios a Dios. La policía me torturó por todos los medios posibles para que traicionara a Dios, pero no permití que les saliera bien.

Por la noche, la policía nos envió al centro de detención. Una agente nos pidió que nos quitáramos la ropa para registrarnos, nos arrancó los botones de la ropa y también los cinturones y nos condujo a una celda a ambas. Esa noche, ambas dormimos en la cama de hormigón visto. Al llevar un día sin comer, y como me dolía todo el cuerpo, no pude dormir y no me atrevía a recostarme. Solamente pude acurrucarme sobre el costado. Sufría, y todo era insoportable. No sabía de qué delito nos acusaría el Partido Comunista. Si me encarcelaban 8 o 10 años, ¿eso no supondría pasar el resto de mi vida en prisión? Nunca volvería a ver a mi familia ni a los hermanos. Me sentía muy débil, así que oré a Dios: “Dios mío, te ruego fe y fortaleza y que me guíes para comprender Tu voluntad”. Tras orar recordé un pasaje de la palabra: de “¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?”: “El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión […]. Al embarcarse en una tierra que se opone a Dios, toda Su obra se enfrenta a tremendos obstáculos y cumplir muchas de Sus palabras lleva tiempo; así, la gente es refinada a causa de las palabras de Dios, lo que también forma parte del sufrimiento. Es tremendamente difícil para Dios llevar a cabo Su obra en la tierra del gran dragón rojo, pero es a través de esta dificultad que Dios realiza una etapa de Su obra, para manifestar Su sabiduría y acciones maravillosas, y usa esta oportunidad para hacer que este grupo de personas sean completadas” (“La Palabra manifestada en carne”). Con la palabra de Dios entendí que el Partido Comunista es enemigo de Dios, lo odia a Él y a la verdad, hace todo por impedirnos creer en Dios y nos tortura para que lo traicionemos. Al creer en Dios en el país del gran dragón rojo, estamos destinados a sufrir esto, pero este sufrimiento nos da la oportunidad de dar Su testimonio así que, para mí, era una bendición. Al recordar lo vivido desde mi detención, vi que Dios me esclarecía y guiaba para que superara los tormentos de Satanás. Vi que Dios siempre estaba a mi lado protegiéndome y sentí que, aunque me condenaran a ir a la cárcel, ¡quería obedecer lo dispuesto por Dios y ser firme en el testimonio! Al entenderlo, no me pareció tan difícil.

Por la paliza los dientes se me movieron y tenía la boca hinchada, me dolía y no podía abrirla ni comer. Transcurridos tres días sin comer, tenía hambre y estaba débil. Lo que hice fue partir un pan en trozos pequeños y comer poco a poco, y, como no me atrevía a masticar, los pasé con agua. Ni así me dejaron en paz los guardias. Nos vigilaron y nos mandaron más tareas para estar despiertas toda la noche. A consecuencia de mi debilidad física, me desmayé dos veces y no aguanté más. La tercera vez, el médico les comentó: “Su vida correrá peligro si no la liberan”. Los policías temían que muriera y los culparan, y me despacharon. A las 3 de la tarde, dos agentes me amenazaron: “Métete en la cajuela. ¡Vamos a probar un castigo aún más duro a ver si hablas!”. Subí con dificultad y los dos agentes me encerraron en la cajuela. Me acurruqué como pude, con un dolor agudo de cabeza, me costaba respirar y creí que me iba a asfixiar. Tenía un dolor intenso y creía estar al borde de la muerte, así que clamé reiteradamente a Dios. Comprendí que Dios permitía que me persiguiera el gran dragón rojo para que pudiera mantenerme firme en el testimonio, Él perfeccionara mi fe y obediencia y yo viera con nitidez la malvada esencia del gran dragón rojo, para que ya no pudiera engañarme. Este era el amor de Dios por mí. Pensar en esto me conmovió y, además, me dio fe. Estaba lista para confiar en Dios para afrontar lo que fuera. Entonces ya no me dolía la cabeza, ya no estaba cansada y no me sentía tan triste.

No sé cuánto tiempo pasó, pero el carro fue hacia un puente. Los dos policías dijeron algo confuso a una persona ahí y prosiguieron la marcha. Después, el carro se paró. Miré a mi alrededor. Parecía zona turística y había un cementerio cerca. El agente de gafas me regañó: “Nos has dado muchos problemas. Hasta perdimos dinero por ti”. Luego preguntó quiénes lideraban mi iglesia, pero negué firmemente con la cabeza. Enojado, me dio fuerte con la porra eléctrica y me dijo: “Vas a morir ¿y no dirás nada?”. Me caí al suelo del golpe. Señaló al cementerio y me obligó a caminar hacia él. Caminé unos 200 m en esa dirección y giré al sur. Cuando lo vio el agente, exclamó: “Ni se te ocurra huir. ¡Derechita al oeste!”. No tuve más opción que ir al oeste. Me observaron durante una media hora hasta que se fueron. Físicamente agotada y débil, caminé otros 50 m aproximadamente y vi a un campesino mayor trabajando. Me dijo que más adelante estaba un gran río y que no había salida; asimismo, que no podía quedarme ahí, pues días antes había muerto otra mujer. En ese momento estaba aterrada y la angustia y el miedo me invadieron. Mi cuerpo estaba al borde del colapso y no sabía si realmente iba a sobrevivir. Si moría ahí, nadie de mis seres queridos se enteraría. ¿Estaba destinada a morir ahí, tan injustamente? Entonces recordé unas palabras de Dios: “No temas, el Dios Todopoderoso de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dan fe y fortaleza. Con el respaldo de Dios, ¿qué tenía que temer? Con fuerza, volví unos 2,5 km. Cuando llegué al puente, había 4 trabajadores de control del SARS. Uno de los hombres me gritó: “¡Vuélvete por donde hayas venido! ¡No puedes cruzar! Vete. Si no, ¡te echamos!”. Con debilidad, contesté: “¿Tan insensibles son que no les importa que muera gente aquí?”. Duramente, el hombre replicó: “¿Quieres morir? ¡Largo! ¿No sufriste suficiente ya? ¿Quieres sufrir más?”. Al oírlo, me percaté de que, de camino, la policía se bajó a hablar con alguien. Estaban confabulando para que no saliera del cementerio. Recordé que Dios tiene soberanía sobre todo y Satanás no controlaba mi vida, y me dispuse a confiar en Dios para lo que viniera. Así, me escondí en la pequeña zona boscosa. Mosquitos e insectos me zumbaban al oído y no dejaban de picarme, y me corté con unas ramas de un árbol que me provocaron dolor y picor. Cuando anocheció, decidí volver a un lugar conocido. Como había policías vigilando el puente, la única salida era vadear el río a una distancia de 100 m de aquel. El río tenía unos 50 m de ancho. Despacio, avancé paso a paso en el río. En el fondo había vidrios, ladrillos y piedras, por lo que tuve que dar cada paso con precaución para vadear el río hasta el otro lado. Me emocioné y lloré, y me arrodillé a dar gracias y alabar a Dios.

Luego continué avanzando. Vi a la patrulla policial, y sus faros brillaban a distancia. Temía que me descubrieran, así que procedí con cautela y crucé unas parcelas de trigo. Descubrí que otro río bloqueaba el camino. Ingresé al río unos 3-4 metros pero el agua me llegaba a la cintura, y regresé. Encontré un árbol joven de 2 m de altura, así que lo metí en el agua para evaluar la profundidad y descubrí que esta incrementaba. Comprendí que no podría pasar. Solo podía regresar. Después, caminé todo recto por la ribera, llena de baches, y no sabía si en realidad escaparía con vida, por lo que oré a Dios y recordé Su palabra: “El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios; todo lo que hay en su vida es contemplado por los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). En efecto, Dios es la fuente de la vida humana. Solo debía confiar en Dios, ¡y Él me guiaría! Entonces ya llevaba tres días sin comer, pero no sentía hambre, sed ni cansancio. Al comprobar que Dios estaba protegiéndome, volví a hallar fortaleza y seguí avanzando. Tras caminar con descansos, me detuve sobre las 3 de la mañana, pero llegué a otro control del SARS. No sabía si a los de este control les habían advertido sobre mí y me devolverían. Muy preocupada, solo di la vuelta. Debido a mi enfermedad en la detención y por haber caminado toda la noche, tenía hambre y sed y estaba sin fuerzas y débil. No tenía fuerza para seguir. Cada paso tenía que descansar. Sentía que Dios era quien podía ampararme y, en mi interior, clamé a Él sin parar: “Dios mío, ya no tengo dónde ir y no sé qué hacer ahora. Por favor, guíame y ayúdame”. Después de orar se me ocurrió una idea: pasara lo que pasara, solo podía avanzar, no retroceder. Así pues, descansé un poco y, al alba, tomé una cesta de un lado de la carretera y fingí ser una verdulera que quería pasar el control en un vehículo. Esperé casi dos horas sin que pasara ninguno. Oré pidiéndole a Dios que me abriera un camino. Entonces, un agricultor notó que no conseguía vehículo, y él me paró un carruaje. Me metí y logré pasar por el control del SARS. Llegué al pueblo a mediodía. Llevaba cuatro días sin comer y no podía caminar. Fui a un restaurante, pedí algo de comer y el dueño me dio un vaso de agua. Vi que enfrente había gente por la estación de autobuses. El propietario me dijo: “Están revisando los vehículos. A quienes vienen de la parte de Pekín y Hebei los bajan y retienen”. Dios dispuso que yo no cruzara en un vehículo. De haber ido en uno, la policía me habría descubierto. Comprobé que Dios estaba a mi lado, velando por mí y cuidándome, y me sentí más segura para continuar.

Después de un día y una noche a la fuga, llegué segura a la casa de mis hermanos de la iglesia. Cuando ellos vieron mi estado, se largaron a llorar. La hermana me hizo algo de comer e hirvió un barreño grande de agua para que me lavara y descansara. Me quité los calcetines, y tenía los pies ensangrentados. La carne de los pies pegada a los calcetines y me arranqué cuatro uñas al quitármelas, grité. Tras un tiempo, sanó mi cuerpo y me fui a otra región a cumplir con mis deberes.

Después de vivir esto, pese a haber sufrido un poco, cuando recuerdo todo lo sucedido, sé que, sin la protección de Dios, y sin la fortaleza que hallé en Su palabra, la policía me habría matado en la tortura o me habría muerto en un triste cementerio. Gracias al amor y la misericordia de Dios, sobreviví a la prueba y volví, y mi corazón rebosaba gratitud hacia Dios. Solo Dios ama a la gente y Él puede salvarla. Eso me dio más fe para seguirlo. Espero cumplir con mis deberes para devolverle a Dios Su amor.

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