Las palabras de Dios me dieron fe en tiempos difíciles

31 Ene 2022

Por Zheng Lan, China

Entonces fueron condenadas conmigo varias hermanas a “reeducación por medio del trabajo”. Teníamos que hacer horas extra a diario, como mínimo 13 horas al día. Si las guardias no estaban satisfechas, nos electrocutaban con porras eléctricas o nos daban puñetazos y patadas. Pasábamos los días en estado de máxima ansiedad y teníamos que ir a clases de lavado de cerebro y redactar informes ideológicos. Esa angustia prolongada era, sinceramente, miserable, y anhelaba profundamente la provisión de la palabra de Dios. En ese tiempo solo podíamos acudir a fragmentos de las palabras de Dios e himnos que recordábamos para apoyarnos y ayudarnos mutuamente. Recuerdo que, en una ocasión, la subjefa de la guardia me dijo que, si trabajaba mucho, me reducirían un mes la condena. Y, francamente, no quería estar un solo día en ese campo de trabajo. Así pues, trabajaba desesperadamente. Rara vez bebía agua por temor a perder tiempo en los descansos para ir al baño. Hacía un trabajo manual que requería sujetar unas tenacillas todos los días y, con el tiempo, me empezó a doler mucho este pulgar, pero lo único que pude hacer fue tomar analgésicos. Sin embargo, por más que trabajara, mi nombre no aparecía nunca en el listado de reducciones. Luego me salió una tenosinovitis en la mano y ni siquiera podía lavarme la ropa. Además, sumado al hecho de que las condiciones de vida del campo de trabajo eran malísimas, me dieron enteritis y reúma. Pese a esto, tenía que trabajar igualmente. Si trabajaba menos, me reprenderían y no me reducirían la condena. Allí, sinceramente, era desdichada. Más adelante, mis hermanas se enteraron de que estaba enferma y buscaron el modo de ayudarme y apoyarme. Recuerdo que una vez, cuando no había nadie observando, la hermana Li me recitó en voz baja un pasaje de la palabra de Dios: “Todo, desde el ambiente que nos rodea hasta las personas, asuntos y cosas, existe con el permiso del trono de Dios. No dejes, bajo ninguna circunstancia, que surjan quejas en tu corazón, o Dios no concederá Su gracia sobre ti. Cuando la enfermedad llega, esto es el amor de Dios, y ciertamente alberga dentro Sus buenas intenciones. Aunque tu cuerpo padezca un poco de sufrimiento, no consideres las ideas de Satanás” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios fueron como un despertar. Cierto, Dios había permitido que enfermara. Vivir triste y deprimida por mi enfermedad no tenía nada de obediencia a Dios. Recapacité acerca de cuánto había trabajado en esa época y de que lo único que quería era irme de ese ambiente, pero en realidad me detuvieron y enviaron allí con permiso de Dios, así que debía pasar por ello. Dios tenía la última palabra sobre cuándo podría marcharme, pero yo siempre tenía planes y exigencias propios que permitían que Satanás me utilizara y jugara conmigo. El gran dragón rojo siempre usa estos tipos de mentiras para engañar y perjudicar a la gente. ¿Cómo podía haberme creído sus mentiras? Comprendidas estas cosas, ya no traté de hacer las cosas a mi modo, renuncié a mis planes y exigencias y dejé que Dios decidiera cuándo saldría.

Porque en aquel entonces recordábamos muy poco de la palabra de Dios y, tras tanto tiempo en un ambiente tan doloroso y deprimente, sin provisión de la palabra de Dios, me sentía especialmente triste y débil. A menudo recordaba que antes de mi detención podía leer las palabras de Dios en cualquier momento, comprender la verdad de la palabra de Dios, buscar un camino de práctica y hallar luz y liberación en mi interior. Sin embargo, en aquella cárcel no solo estaba desvinculada de la palabra de Dios, sino que también afrontaba angustias de todo tipo y no sabía cómo soportaría esos tres años de cárcel. En aquella época se hallaban todas mis hermanas en el mismo estado. Me acuerdo de que una noche, justo después de terminar de trabajar, una hermana me dijo en voz baja: “Es muy difícil estar aquí y no sé cómo experimentarlo. ¡Sería maravilloso poder leer la palabra de Dios! Lamento mucho no haber leído más palabras de Dios antes. Ojalá hubiera memorizado siquiera un párrafo más”. Yo sentía lo mismo y empecé a pensar que sería maravilloso poder volver a leer la palabra de Dios. En aquel momento, varias de mis hermanas andaban mal de salud. Una tenía la tensión alta y ni siquiera podía caminar sin dificultad, otra tenía una cardiopatía grave y la hermana Zhao, con una diabetes grave, tenía que trabajar igualmente a diario. En esa época esperaba, sobre todo, que todo el mundo pudiera tener la palabra de Dios, pues solo ella puede darle a la gente confianza y fortaleza y guiarnos en las dificultades. Una noche, orando en la cama, de pronto se me ocurrió que allí había dos hermanas que trabajaban en la sala de visitas. Solían tener contacto con gente de fuera y era muy probable que tuvieran la palabra de Dios. No obstante, no sabía cómo contactar con ellas. Inesperadamente, Dios me abrió un camino poco después.

Un día, la jefa de la guardia vino a hablar conmigo para preguntarme si quería ser “cuidadora”. Las cuidadoras sirven a las guardias. Cosas como lavarles la ropa, cocinar, limpiarles la habitación y cualquier otro trabajo sucio, los hacen las cuidadoras. Por ello, al principio no quería hacerlo, ya que sería más cansado que mis deberes en el taller. Sobre todo porque, cuando sirves a las guardias, te reprenden si no lo haces bien. Una vez, una de mis hermanas me vio de mal humor y habló de ello conmigo. Me dijo: “Los buenos propósitos de Dios están en todo, así que debes buscar Su voluntad”. Cuando oí aquello, pensé: “Exacto. ¿Por qué solamente tengo en cuenta mis sentimientos y no busco la voluntad de Dios? Como cuidadora, puedo ir a trabajar fuera, lo que me daría la oportunidad de ver a las hermanas de la sala de visitas. ¿No es esta una senda que Dios me ha abierto? Como cuidadora, además, puedo circular libremente. Puedo proteger a mis hermanas cuando estén en comunión en la celda y lidiar con las guardias en cualquier situación que surja. ¿Esto no es bueno?”. Aparte, entre las más de 200 presas de mi módulo, solo se podía elegir como cuidadoras a cuatro. Era una oportunidad única y una fabulosa disposición de Dios.

Sin embargo, sin haber contactado aún con las dos hermanas de la sala de visitas, una de nosotras recibió la palabra de Dios. Una noche, recién acostada, una joven hermana se arrodilló para decirme al oído que los hermanos y hermanas de fuera nos habían enviado una carta y ella la había dejado en el taller. Esa noche estaba tan contenta que no podía dormirme. A la mañana siguiente, cuando llegué al taller, la joven hermana sacó la carta a escondidas. El papel era más o menos así de ancho. Al ver la primera frase, “Hermanos y hermanas encarcelados…”, se me cayeron inmediatamente las lágrimas. Me resultaron muy emotivas estas palabras. Leí mientras me limpiaba las lágrimas de los ojos. En la carta había muchos pasajes de la palabra de Dios, pero me impresionaron especialmente dos. Dicen las palabras de Dios: “En esta etapa de la obra se nos exige la mayor fe y el amor más grande. Podemos tropezar por el más ligero descuido, pues esta etapa de la obra es diferente de todas las anteriores. Lo que Dios está perfeccionando es la fe de la humanidad, que es tanto invisible como intangible. Lo que Dios hace es convertir las palabras en fe, amor y vida. Las personas deben llegar a un punto en el que hayan soportado centenares de refinamientos y poseer una fe mayor que la de Job. Deben soportar un sufrimiento increíble y todo tipo de torturas sin dejar jamás a Dios. Cuando son obedientes hasta la muerte y tienen una gran fe en Dios, entonces esta etapa de la obra de Dios está completa” (‘La senda… (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estaba conmovida y animada al mismo tiempo. Sentía que, verdaderamente, Dios observaba nuestro interior, comprendía en profundidad nuestro estado y nuestra situación y utilizaba a estos hermanos y hermanas para enviarnos el riego y la provisión de Su palabra. Se trataba del amor de Dios. Medité la palabra de Dios y entendí que abandonar familia y trabajo para predicar el evangelio y cumplir con el deber por mucho que padezcamos es testimonio. También es testimonio estar angustiados y no traicionar a Dios. Un testimonio aún más potente es continuar teniendo fe y siguiendo a Dios tras la angustia prolongada. Que ahora tuviera la ocasión de dar testimonio de Dios ante Satanás era enaltecer a Dios y ser perseguida por causa de la justicia. Una vez comprendida la voluntad de Dios, lloré y le oré: “¡Dios mío! Estaré a la altura de Tu amor por mí. Aunque sean muy largos estos tres años, sin importar cómo me torture la policía ni cuánto padezca, me mantendré firme, daré testimonio de Ti y humillaré a Satanás”. También ellas estaban muy animadas después de leerla. Recuerdo a la hermana Liu siempre preocupada por tener la tensión demasiado alta. Tenía miedo de que, sin un tratamiento adecuado a tiempo, pudiera morir en el campo de trabajo, por lo que quería salir cuanto antes. Tras leer la palabra de Dios, se dio cuenta de que no tenía una fe sincera en Dios ni testimonio. Comentó, además: “Veo que tengo poquísima fe y siento que le debo muchísimo a Dios. Aunque muera aquí, en este campo de trabajo, quiero mantenerme firme y dar testimonio de Dios de todos modos”. Por otro lado, a la hermana Gao le preocupaba que sus familiares y amigos se burlaran de ella, la discriminaran por estar en la cárcel y chismorrearan de ella. Después de leer la palabra de Dios, entendió que ser encarcelada por creer en Dios es persecución por causa de la justicia, lo que no es ninguna vergüenza, y que tiene valor y sentido sufrir por mantenerse firme y dar testimonio de Dios.

Luego, lo hablamos todas juntas y decidimos que teníamos que pasarles estas palabras de Dios a las demás hermanas para que también ellas pudieran recibir su provisión. Las reglas del campo eran muy estrictas. No se nos permitía hablar con presas de otros módulos ni pasarles cosas. Ni siquiera podíamos mirarnos. Aunque de vez en cuando nos encontrábamos con ellas, no se nos permitía acercarnos demasiado. Así pues, querer pasar las notas a las más de 100 hermanas de los otros siete módulos era un gran peligro. Encima, las guardias nos revolvían la cama y nos cacheaban semanalmente. Registraban cada rincón. Si se nos escapaba algún detalle y lo descubrían, la investigación las llevaría de vuelta a mí. Una guardia llegó a advertirme: “Si te atreves a difundir las palabras de tu Dios Todopoderoso, te meteré otros tres años y te enviaré a una cárcel de mujeres”. Recuerdo que descubrieron a una creyente religiosa pasando la Escritura. Las guardias la sacaron a rastras agarrándole las esposas. La arrastraron por el asfalto mucho rato, se le rasgó un buen trozo de ropa por la espalda y se raspó la piel hasta sangrar. A otra persona la castigaron ordenándole sentarse en un suelo de cemento sin moverse durante más de diez días. Entonces pensaba: “Esto no es ninguna broma. Si se enteran, lo que sufra será todavía peor”. Cuanto más lo pensaba, más difícil parecía y tenía algo de miedo pero recordé las palabras de Dios: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar con paso seguro y sin preocupación. Si el hombre alberga pensamientos asustadizos y de temor es porque Satanás lo ha engañado por miedo a que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios eran muy alentadoras. ¿No estaban también las guardias en las manos de Dios? Estaba en las manos de Dios que me descubrieran o no. Creía que no hay nada imposible si confiamos en Dios. Tenía estos pensamientos temerosos porque Satanás me perturbaba. Como temía que me castigaran y torturaran, Satanás aprovechaba mi debilidad para trastornarme y estorbarme. Si me rendía por miedo a la tortura, ¿no caería en la trampa de Satanás? Entretanto, mis hermanas estaban en aquel doloroso ambiente y todas ellas necesitaban la provisión de la palabra de Dios, por lo que tenía el deber de pasársela. Durante nuestro trabajo habitual, era difícil tener contacto con hermanas de otros módulos. El único momento en que las veíamos era cuando comíamos juntas en la cafetería grande. Por ello, planeamos pasar notas a la hora de comer. El comedor estaba lleno de cámaras de seguridad y no se nos permitía hablar ni deambular durante las comidas. Teníamos que terminar de comer en cinco minutos. Por eso costaba mucho pasar la palabra de Dios. Sin embargo, mientras la pasábamos, presencié realmente las milagrosas obras de Dios. Ese día planeaba pasar notas a las hermanas de los módulos 4 y 7. Mientras fregaba los platos, miré a la hermana Min, del módulo 4. Inesperadamente, también ella levantó la cabeza y miró hacia mí. Moviendo los ojos, le indiqué que viniera a fregar los platos. Me preocupaba que no entendiera lo que quería decir, pero, gracias a Dios, lo entendió inmediatamente. Ambas caminamos a la vez al lugar donde se guardaba la vajilla y saqué rápidamente una nota y se la metí en el bolsillo. Solo tardé unos segundos. En ese momento sentí enorme gratitud hacia Dios.

Fue una feliz coincidencia que una hermana del módulo 7, a la que conocía, se sentara en mi fila, apenas a un metro de mí. La regla del campo de trabajo indicaba que teníamos que esperar a que las monitoras de cada módulo nos ordenaran levantarnos para irnos. En ese momento me preocupaba mucho que, si no se levantaban a la vez nuestros dos módulos, yo no pudiera acercarme a ella. Así pues, oré continuamente a Dios en mi interior. Al instante, las monitoras de los dos módulos nos ordenaron ponernos en pie casi al mismo tiempo. Tras levantarme, le metí rápidamente una nota en la mano a mi hermana. Sucedió en un abrir y cerrar de ojos y las guardias no se dieron cuenta de nada. ¡Gracias a Dios! Con ayuda de mis hermanas, todas las hermanas de los demás módulos recibieron la palabra de Dios. La verdad, no esperaba poder pasar la palabra de Dios tan fácilmente. Comprobé de veras que, con Dios, no hay nada difícil. Durante este proceso para pasar la palabra de Dios, mis hermanas adquirieron más fe en Él.

Menos de un mes después de haber pasado la palabra de Dios, el campo de trabajo exigió que toda creyente en Dios Todopoderoso redactara una carta de renuncia. Se nos requirió prometer que dejaríamos de creer en Dios Todopoderoso. Días antes, las hermanas acababan de leer la palabra de Dios, así que todas tenían fe para mantenerse firmes y dar testimonio de Él. Nos transmitíamos indicaciones y ánimos para no ceder jamás ante Satanás. pero una semana más tarde tuve noticias de las hermanas de otros módulos que no redactaron la carta de renuncia. A algunas las torturaron, a otras las obligaron a agacharse en jaulas demasiado pequeñas, y a otras más les ampliaron las penas de cárcel. En esa época, el ambiente del campo de trabajo era más oprimente que nunca. Siempre había una sensación de terror, como si en cualquier momento pudiera golpear una catástrofe inminente. Se debía a que no sabíamos cuándo se acabaría este ambiente ni con qué métodos nos torturarían las guardias a continuación. Así, en aquel entonces, todo el mundo estaba especialmente triste y deprimido. Solo podíamos seguir orando a Dios y pidiéndole que nos abriera paso. En aquel momento, todas las hermanas opinaban que, fuera como fuera, no podíamos redactar una carta de renuncia y teníamos que mantenernos firmes y dar testimonio de Dios. Estuvimos unos quince días en punto muerto con nuestra guardia, y luego, como sus métodos no funcionaban, cedió. Con tal de que cumpliéramos sus órdenes, nos dejó escribir lo que quisiéramos, fuera lo que fuera. Todas supimos que Dios nos había abierto un camino y le estábamos especialmente agradecidas a Él.

En esos tres años difundimos la palabra de Dios más de una vez. La primera vez recibimos muy poca palabra de Dios, por lo que, con el tiempo, nuestro corazón volvió a anhelarla. Sobre todo en ese ambiente triste y deprimente, en el que podían suceder muchas cosas, necesitábamos aún más la provisión de la palabra de Dios. Recuerdo que una vez vino a mí una hermana más joven, con lágrimas en los ojos, y me dijo que su padre quería que cumpliera condena fuera de la cárcel, pero que, según la policía, los creyentes en Dios Todopoderoso no reunían los requisitos. Me dijo que solo tenía 23 años, que tendría que permanecer más de 1000 días en el campo de trabajo y que no sabía cómo lo superaría. No quería más que marcharse. Tras escucharla, yo también me sentí triste por ella, así que le recité un pasaje de la palabra de Dios. Dicen las palabras de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su verdadero sentido. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al oír las palabras de Dios, comprendió la trascendencia del sufrimiento, halló fe y ya no pensó en cómo escapar de ese ambiente. En otra ocasión, un día de visitas, los familiares de otras personas vinieron a visitarlas en la cárcel y extrañé muchísimo a mi familia. Me acordé de mis ancianos padres y no sabía cómo estaban. En ese tiempo solía recordar mi hogar y, a medida que pasó el tiempo, eso me hizo sentir negativa. Cuando una hermana de la misma celda me vio en un estado negativo, me susurró al oído un pasaje de la palabra de Dios: “La suerte del hombre está controlada por las manos de Dios. Tú eres incapaz de controlarte a ti mismo: a pesar de que el hombre siempre está ocupándose para sí mismo, permanece incapaz de controlarse. Si pudieras conocer tu propia perspectiva, si pudieras controlar tu propio sino, ¿seguirías siendo un ser creado? En resumen, independientemente de cómo obre Dios, toda Su obra es por el bien del hombre. Toma, por ejemplo, los cielos y la tierra, y todas las cosas que Dios creó para que sirvieran al hombre: la luna, el sol y las estrellas que Él hizo para el hombre; los animales y las plantas, la primavera, el verano, el otoño y el invierno, etc., todo está hecho para beneficio de la existencia del hombre” (‘Restaurar la vida normal del hombre y llevarlo a un destino maravilloso’ en “La Palabra manifestada en carne”). Medité la palabra de Dios y entendí que el destino de todos está en Sus manos, así que el hecho de que mi familia esté bien depende exclusivamente de la soberanía y disposiciones de Dios. Si le entregaba mi familia a Dios, ¿de qué tenía que preocuparme? Realmente no debía ponerme nerviosa por eso. La palabra de Dios me quitó la negatividad y me dio fortaleza, y comprendí verdaderamente que no puede faltarnos la guía de la palabra de Dios. Por tanto, oré a Dios para pedirle más de Su palabra y que nos guiara en lo que estuviera por venir. Luego me acordé de las dos hermanas de la sala de visitas. Si podía contactar con ellas, tendría la oportunidad de recibir más de la palabra de Dios. Oré a Dios por ello y le pedí que nos proporcionara oportunidades convenientes.

Una mañana me llamó la jefa de la guardia: “Ven conmigo, necesitamos que limpies la sala de visitas”. Al oír que iba a la sala de visitas, se me alegró el corazón. Era mi oportunidad. Fue la única vez que fui a la sala de visitas en mis tres años allí, por lo que, en ese momento, estaba segura de que Dios me había dispuesto esa oportunidad. Cuando llegamos a la sala de visitas, la jefa de la guardia fue a charlar con otras guardias. Me fui deprisa a la cocina de atrás. Vi a las dos hermanas ocupadas cocinando, así que me apresuré a preguntarles si había algo de comer. Entendieron inmediatamente lo que quería decir y contestaron: “Sí”. Entonces, una de ellas sacó una bola de papel de una bolsa de tela y me la dio. Comprobé que por fin tenía nuestra ansiada palabra de Dios y, la verdad, no sabría describir mi ánimo. pero también algo preocupada, pues la bola de papel escrito a mano era más grande que un huevo grande de ganso. Me la puse bajo la ropa interior, pero el bulto se notaba demasiado. Traté de ponérmela en el bolsillo del pantalón, pero no cabía y se caía. Al no tener dónde escondérmela en el cuerpo, tuve un ataque de pánico. Alcé la vista, vi cámaras de seguridad por todos lados y me abrumó la ansiedad. Si me descubrían, se acababa todo. Las consecuencias serían terribles. No obstante, al tiempo pensé que, si perdía esta oportunidad, tal vez nunca volvería a tener otra de recibir la palabra de Dios. Teníamos gran necesidad de las palabras de Dios y no soportaba la idea de devolverlas. Estaba tan nerviosa en ese momento que no sabía qué hacer. De pronto me vino a la mente, con absoluta nitidez, una frase de la palabra de Dios: “No temas, el Dios Todopoderoso de los ejércitos seguramente estará contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo” (‘Capítulo 26’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Cierto. Dios tiene la soberanía de todo, por lo que el hecho de ser descubierta o no estaba en Sus manos. Respaldada por Dios, ¿qué tenía que temer? Cuando me di cuenta de esto, sentí mucha más calma. Me acordé de los hermanos y hermanas que transportaban libros de la palabra de Dios. Hasta bajo la estrecha vigilancia del gran dragón rojo eran capaces de entregar a los hermanos y hermanas muchísimos libros de la palabra de Dios. ¿No se amparaban también ellos en Dios para vivir en ese ambiente? Así pues, pensé: “Si me amparo en Dios, también me abrirá camino a mí”. Cuando lo pensé, ya no dudé y decidí llevarme la palabra de Dios conmigo. Por ello, me volví a meter la bola de papel de la palabra de Dios bajo la ropa interior, me separé la camiseta del pecho con las manos e incliné ligeramente la cintura, con lo que no se notaba tanto el bulto. Pensé para mis adentros: “Primero tengo que llevar la palabra de Dios al taller, y después regresar aquí a limpiar”. Recuerdo que a la puerta que conducía al taller estaba de guardia la jefa de sección, Zhang. Como solía pedirme que le hiciera chapuzas, tenía relación con ella. En ese momento comprendí claramente que ese era el camino que me había abierto Dios. Así pues, fui directa a la oficina de la jefa de sección, Zhang, y le dije en voz baja: “Jefa Zhang, tengo el período. Me gustaría volver arriba un momento”. Al oír que quería volver sola arriba, le cambió la cara inmediatamente. Me contestó: “No, que te lleve de vuelta la guardia que te ha traído aquí. ¿Dónde está tu guardia?”. Miró a ver si encontraba a nuestra guardia. Sentí que estaba a punto de pasar algo malo, por lo que me puse nerviosa. Si volvía la guardia para llevarme de vuelta, se acababa todo. Nuestra guardia era especialmente estricta con las presas. Si se enteraba de que quería volver, no solo no accedería, sino que también me registraría para ver si realmente tenía el período. Si descubría que llevaba la palabra de Dios encima, me daría una paliza que me dejaría al borde de la muerte. En ese momento sentí que se me salía el corazón por la boca. No podía dejar de clamar y orar a Dios. Justo entonces, de pronto recordé que unos días antes le había hecho unas bolsas de tela a la jefa de sección, Zhang. Rápidamente, le pregunté: “Jefa Zhang, ¿está contenta con las bolsas de tela que le hice? No dude en pedirme cualquier otra cosa que necesite”. En cuanto me oyó decirle esto, se puso menos tensa al instante. Comprendí que Dios me estaba abriendo paso. Le dije: “Jefa Zhang, no se preocupe, no tardo ni un minuto en volver”. Como no respondió, subí corriendo deprisa. De camino, de repente me acordé de que tenía que pasar por una puerta metálica para llegar al taller. Según el reglamento, esta puerta tenía que estar normalmente cerrada, pero a esas alturas no tenía la suficiente energía mental como para pensar en eso y tampoco mucho miedo, pues, a lo largo de este proceso, tenía claro que Dios estaba conmigo guiándome paso a paso. Al llegar a la puerta metálica, me sorprendió encontrarla abierta y que, al otro lado, no hubiera guardias en el pasillo. Dentro de mí, di gracias a Dios una y otra vez. Fui deprisa al taller, le di la palabra de Dios a mi hermana y, mentalmente, sentí como si me hubiera quitado un enorme peso de encima. Recordé lo que le dijo Jehová Dios a Josué: “Se fuerte y ten coraje; no temas ni tampoco te desanimes, porque Jehová tu Dios está contigo dondequiera que vayas” (Josué 1:9).* Cierto, Dios es el Creador, todo está en Sus manos y todas las personas, materias y cosas sirven a Su obra. Con esta experiencia descubrí las milagrosas obras de Dios y que, verdaderamente, Su autoridad está por encima de todo. Mirando atrás, comprobé que Dios dispuso hábilmente las cosas a cada paso. Por ejemplo, es muy difícil que las presas tengan contacto con la jefa de sección, Zhang. Entre más de un millar de presas, solo me pidió a mí que trabajara para ella. Dios lo dispuso para mí. La jefa de la guardia, que nos vigilaba siempre en el trabajo, no me estaba vigilando aquella vez, y hasta la puerta metálica, habitualmente cerrada, no lo estaba en esta ocasión. Todo aquello fue insólito. Tal como afirma la Biblia, “El corazón del rey está en las manos de Jehová como los ríos de agua: Él lo dirige a donde sea que Él quiera” (Proverbios 21:1).* ¡Muy ciertas estas palabras! No pude evitar alabar el poder de Dios. ¡Gracias a Dios! Tres nuevos capítulos de ella: “Deberíais considerar vuestros hechos”, “Dios es la fuente de la vida del hombre” y “El suspiro del Todopoderoso”, y cientos de himnos. En semejante ambiente, teníamos sed espiritual, así que nos sentaba de maravilla contemplar cualquier palabra de Dios, pero nos sentó especialmente bien leer este pasaje: “Todo lo que hay en este mundo cambia rápidamente con los pensamientos del Todopoderoso y bajo Su mirada. Las cosas de las cuales no ha oído hablar jamás la humanidad llegan de repente, mientras que las cosas que la humanidad ha poseído durante mucho tiempo desaparecen sin que nadie se dé cuenta. Nadie puede desentrañar el paradero del Todopoderoso y, mucho menos, puede sentir la trascendencia y la grandeza del poder vital del Todopoderoso. Su trascendencia radica en que puede percibir lo que los humanos no pueden percibir. Su grandeza radica en que Él salva a la humanidad, a pesar de ser abandonado por ella. Él conoce el significado de la vida y la muerte, y aún más, Él sabe las leyes de la existencia que la humanidad, que ha sido creada, debe seguir. Él es la base de la existencia humana y el Redentor que resucita a la humanidad de nuevo. Él agobia con angustia los corazones felices y levanta con felicidad a los corazones apesadumbrados. Todo esto es en pos de Su obra y para Su plan. […] El Todopoderoso tiene misericordia de estas personas que han sufrido profundamente. Al mismo tiempo, está harto de estas personas que carecen de conciencia, porque tuvo que esperar demasiado para obtener una respuesta por parte de los humanos. Él desea buscar, buscar tu corazón y tu espíritu, traerte alimento y agua para despertarte, de modo que ya no tengas sed ni hambre. Cuando estés cansado y cuando comiences a sentir algo de la lúgubre desolación de este mundo, no estés perdido, no llores. Dios Todopoderoso, el Vigilante, acogerá tu llegada en cualquier momento. Está vigilando junto a ti, esperando que des marcha atrás. Está esperando el día en el que recuperes la memoria de repente: cuando sean conscientes del hecho de que viniste de Dios, que, en un momento desconocido, te perdiste, en un momento desconocido, perdiste el conocimiento a un lado del camino y en un momento desconocido, adquiriste un ‘padre’. Además, te diste cuenta de que el Todopoderoso ha estado siempre vigilando en ese lugar, esperando durante mucho tiempo tu regreso. Él ha estado vigilando con un anhelo desesperado, esperando una respuesta sin tener una. Su vigilancia y espera no tiene precio y son por el corazón y el espíritu de los seres humanos. Tal vez esta vigilancia y espera sean indefinidas y, quizá, ya estén llegando a su fin. Pero tú debes saber exactamente dónde se encuentran tu corazón y tu espíritu ahora mismo” (‘El suspiro del Todopoderoso’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer las palabras de Dios, varias hermanas se echaron a llorar. En las palabras de Dios percibimos Su amor y misericordia hacia la humanidad. Dios es el único que realmente nos quiere y se preocupa por nuestro futuro y nuestro destino. ¿Quién más siente un amor tan grande? En aquel entonces busqué la ocasión de dárselas a una hermana gravemente enferma. Estaba especialmente mal, pero comprendió la voluntad de Dios a partir de Sus palabras y que no daba testimonio cuando se quejaba de su sufrimiento, lo que angustiaba a Dios. Lamentó sus actos y esperaba buscar la voluntad de Dios en la enfermedad y mantenerse firme en el testimonio para reconfortar el corazón de Dios. En ese momento yo también me conmoví mucho, sobre todo cuando leí este fragmento de la palabra de Dios: “Desde el momento en el que llegas llorando a este mundo, comienzas a cumplir tu deber. Para el plan de Dios y Su ordenación, desempeñas tu papel y emprendes tu viaje de vida. Sean cuales sean tus antecedentes y sea cual sea el viaje que tengas por delante, nadie puede escapar de las orquestaciones y disposiciones del Cielo y nadie tiene el control de su propio destino, pues solo Aquel que gobierna sobre todas las cosas es capaz de llevar a cabo semejante obra. Desde el día en el que el hombre comenzó a existir, Dios siempre ha obrado de esta manera, gestionando el universo, dirigiendo las reglas del cambio para todas las cosas y la trayectoria de su movimiento. Como todas las cosas, el hombre, silenciosamente y sin saberlo, es alimentado por la dulzura, la lluvia y el rocío de Dios. Como todas las cosas, y sin saberlo, el hombre vive bajo la orquestación de la mano de Dios. El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios; todo lo que hay en su vida es contemplado por los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, todas las cosas, vivas o muertas, se moverán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). A medida que meditaba la palabra de Dios, no podía evitar que se me cayeran las lágrimas. Recordé la preferencia de mi familia por los hijos varones y que crecí padeciendo la soledad y la discriminación. Luego pasé por dos fracasos matrimoniales y tuve varios intentos de suicidio. Pensé: “En el vasto océano de la humanidad, Dios me eligió para que entrara en Su casa. Ahora entiendo que sobreviví porque me protegió. Él tiene una comisión para mí, y yo, una misión en la vida y una función que cumplir. Abandoné a mi familia para predicar el evangelio, me detienen y me encarcelan en el campo de trabajo y me convertí en cuidadora, todo ello permitido por Dios. Tengo la oportunidad de difundir aquí la palabra de Dios y puedo ayudar y apoyar a esas hermanas. Dios me concede esta carga y esta es mi misión”. Al pensar en estas cosas, sentí una calidez en mi interior. Me sentí afortunada de poder seguir a Dios Todopoderoso, de cumplir con los deberes de un ser creado, de experimentar la obra de Dios y contemplar Sus milagrosas obras. ¡Una auténtica bendición! Sabía que Dios estaba conmigo, a mi lado. Si Dios es el Soberano de mi destino, ¿qué más podría pedir? Cuando pensé estas cosas, no me pareció tan duro estar en el campo de trabajo y no me sentí sola.

Hablamos unas con otras de la voluntad de Dios y Su amor nos motivó a todas. Sentimos una honda gratitud y nuestra determinación para mantenernos firmes en el testimonio de Dios no hizo sino aumentar. Después copiamos rápidamente la palabra de Dios. Para poder dársela a más hermanas. Mientras vigilaba el pasillo, vigilaba para mis hermanas, para que pudieran copiar la palabra de Dios sin preocuparse, y algunas se quedaban despiertas copiando hasta medianoche. A la otra presa que hacía guardia conmigo le daba igual todo. Fingía no ver nada. Por tanto, en tres días copiamos la palabra de Dios sin incidencias y enseguida se la entregamos a decenas de hermanas. Esos días, a medida que las hermanas compartían y enseñaban la palabra de Dios, todas nos alentábamos unas a otras y hallamos más fe para mantenernos firmes en el testimonio de Dios en este ambiente difícil.

Pienso en cada momento del proceso de difusión de la palabra de Dios en el campo de trabajo y sé que no se me olvidarán nunca. Con estas experiencias prácticas, vi y experimenté personalmente las milagrosas obras de Dios, presencié de veras Su autoridad, omnipotencia y sabiduría y sentí, efectivamente, que Su palabra es lo que le da fortaleza a la gente en la vida. Cada vez que pienso en estas cosas, me emociono y animo mucho, ¡y alabo y doy gracias a Dios de todo corazón!

Las citas bíblicas marcadas (*) han sido traducidas de AKJV.

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