Después de ser arrestada

10 Ene 2022

Por Zhou Li, China

Un mediodía en febrero de 2013, iba camino a un encuentro junto a tres hermanas y en eso vimos que nos seguían dos coches. Pensamos que probablemente fuera la policía, así que dimos la vuelta y nos metimos en un pequeño callejón, pero no llegamos lejos porque cuatro personas se bajaron de los autos y nos persiguieron. Luego, nos empujaron dentro de los autos y nos llevaron a una sala de interrogación de la Oficina de Seguridad Pública del condado. Allí, vinieron cuatro o cinco oficiales y me cachearon bruscamente, tomaron mi móvil y mi laptop, mis colgantes, reloj y anillo. Un par de oficiales mujeres vinieron y me llevaron a otra sala, donde me desnudaron para cachearme y me hicieron agachar varias veces, mientras miraban. Fue realmente humillante. Son muy malvadas, por eso me preocupaba mucho cómo me irían a torturar. Pensar en eso me daba más miedo, así que oré, pidiéndole a Dios que cuidara mi corazón, me diera fe y fortaleza. Luego, recordé Sus palabras: “No tengas miedo; con Mi apoyo, ¿quién podría bloquear el camino? ¡Recuerda esto! ¡No lo olvides! Todo lo que ocurre es por Mi buena intención y todo está bajo Mi observación. ¿Puedes seguir Mi palabra en todo lo que dices y haces? Cuando las pruebas de fuego vengan sobre ti, ¿te arrodillarás y clamarás? ¿O te acobardarás, incapaz de seguir adelante?” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios me llenó de fe. Dios gobierna sobre todo y la policía también estaba en Sus manos. Con Dios detrás de mí, ¿qué podía temer? Sabía que, sin importar cómo me interrogaran o si aplicaran torturas o no, no podía traicionar a Dios ni delatar a mis hermanos y hermanas. Después de cachearme, un oficial me esposó a una silla tigre y me preguntó: “¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Cuándo te hiciste religiosa? ¡Habla!”. No emití sonido. Siguió haciendo preguntas: “¿Eres líder de la iglesia? ¿Dónde guarda el dinero la iglesia?”. Como me negaba a responder, se fue resoplando.

Al día siguiente, para el mediodía llevaba esposada más de 20 horas seguidas y tenía los pies hinchados y adormecidos, no sentía nada. En eso, entró un oficial y dijo, contento: “¿Sabes por qué te interrogaremos ahora?”. No tenía idea y no sabía por qué me preguntaba eso. Al poco tiempo, tres oficiales trajeron a mi esposo a la puerta y supe que habían registrado mi casa y habían detenido a mi esposo. Después de las 9 de la noche, la policía nos llevó a mí, a mi esposo y a las tres hermanas con las que me habían arrestado a un centro de detención en uno de los vehículos. Uno de ellos dijo: “Piénsalo bien. Tus niños son bastante pequeños y no hay nadie que les cocine ni los cuide. Dinos todo lo que sabes y te liberaremos”. Sabía que era una trampa de Satanás. Quería que traicionara a Dios y delatara a los demás por lo que sentía por mis hijos. Lo ignoré.

En el centro de detención, cuatro o cinco oficiales nos llevaron para un cacheo sin ropa y después nos pusieron en celdas. Ver las puertas de hierro con policías vigilando fue escalofriante y me parecía estar en el infierno. Al entrar a mi celda, de inmediato sentí olor a heces y tenía que dormir sobre una plataforma de cemento húmeda. Cada una tenía solo una manta fina y la cabecera de mi cama estaba contra el inodoro. Comíamos, bebíamos y hacíamos nuestras necesidades en un mismo lugar. Tuve vómitos y fiebre luego de dos días y una noche en la sala de interrogación y el doctor que me revisó dijo que tenía casi 39 de fiebre. Pero los policías decían que fingía y no me dieron ningún medicamento.

Un oficial de la Brigada de Seguridad Nacional vino a interrogarme unos días después. Comenzó a charlar, habló de su propia familia y dijo que podíamos ser amigos. Me aconsejó: “Si no quieres pensar en ti, piensa en tus hijos. Si te sentencian, tres generaciones de tu familia se verán afectadas. Tus hijos no podrán ir a la universidad ni unirse al ejército. Piénsalo, ¿vale la pena que arrastres a tu familia por tu fe? Ahora tu familia está hecha pedazos. ¿Sería así si no fueras creyente?”. Eso me enfadó mucho y pensé: “¿Es mi culpa que mi familia no pueda estar unida? Somos creyentes que vamos por la senda correcta, pero ustedes nos arrestan y destruyen un hogar feliz. Ustedes son los culpables de destrozar familias”. Pero, pensé que mis hijos no irían a la universidad y que eso afectaría su futuro y me pregunté si me odiarían. Era difícil para mí, así que le oré a Dios en silencio y le pedí que cuidara mi corazón. Luego, recordé algo dicho por Él: “En todo momento, Mi pueblo debe estar en guardia contra las astutas maquinaciones de Satanás, protegiendo la puerta de Mi casa para Mí; […] para evitar caer en la trampa de Satanás, momento en el que sería demasiado tarde para lamentarse” (‘Capítulo 3’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Eso fue esclarecedor y me ayudó a ver que lo que el oficial había dicho era una trampa de Satanás, que intentaba amenazarme con el futuro de mis hijos para que traicionara a Dios y delatara a mis hermanos y hermanas. ¡No iba a caer! Luego, intentó otra táctica para sonsacarme algo, pero me seguí negando a hablar. Después de un rato, dijo: “Estuvimos en tu casa. Tus niños son adorables. Tenemos un video, ¿quieres verlo?”. Ese era mi punto débil. No podía evitar preocuparme por mis dos hijos. Mi hijo tenía 14 y mi hija solo 9 años. Deben de haberse aterrado cuando la policía registró la casa. Y si mi esposo y yo estábamos detenidos, ¿cómo se las arreglarían? ¿Alguien los estaría intimidando? ¿Quién los cuidaría si enfermaran? Si la policía fuera y los intimidara, ¿en qué estado quedarían? ¿Podrían ir a la escuela? ¿Quedarían a merced de las larvas de la sociedad? Pensar así me dejó muy abatida, así que me apuré a orarle a Dios: “¡Dios mío! Por favor, protege mi corazón para no caer en la trampa de Satanás y mantenerme firme en el testimonio por Ti”. Luego pensé en estas palabras de Dios: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Hay algo que no esté en Mis manos?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). De a poco me fui calmando al darle vueltas en mi mente. Lo que sea que padezcamos y lo mucho que suframos está en manos de Dios. En China, esta “ciudad fantasma”, el que tenga fe y siga a Dios sin duda será oprimido y no podemos ayudarnos entre nosotros. Mi esposo y yo estábamos detenidos y sufríamos en prisión, y nuestros hijos estaban en casa, también sufriendo, por más que me preocupara, no cambiaría nada. Elevé una oración y dejé a nuestros hijos en las manos de Dios y le pedí que los cuidara y protegiera. Así que le dije al oficial: “¡Quédese con el video y disfrútelo!”. Después de eso, no tuvo nada que decirme.

Tuve que dormir sobre esa plataforma de cemento mucho tiempo y para julio, mis pies y manos estaban lastimados, inflamados, y sentía un cosquilleo. Poco después, las articulaciones me dolían tanto que no toleraba el agua fría, apenas una gota la sentía como una puñalada, no dormía del dolor. En eso todo comenzó a hacerse cada vez más borroso y parpadeante. Me sentí muy mareada. Avisé al jefe que me sentía mal, pero no le importaba si vivía o moría. Me sentía débil y abatida, ¿qué haría si quedaba ciega? Apelaba constantemente a Dios en mi corazón, mientras tarareaba este himno de Su palabra: “No te desanimes, no seas débil; y Yo te aclararé las cosas. El camino que lleva al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Queréis que las bendiciones vengan a vosotros fácilmente. Hoy, todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra” (‘El dolor de las pruebas es una bendición de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Sabía que no era la voluntad de Dios que yo viviera en la debilidad y la negatividad, sino perfeccionar mi fe y amor por Él a través de pruebas y dificultades y para ayudarme a desarrollar el discernimiento y ver claramente el mal y la vileza del gran dragón rojo, para que pudiera odiarlo y rechazarlo con todo mi corazón. Apenas entendí todo esto, mi sufrimiento desapareció.

En octubre me llevaron al centro de detención municipal. El clima estaba más fresco allí así que mis articulaciones empeoraron y sufría constantes dolores de cabeza. Pedí medicamentos a los oficiales, pero no me dieron nada. Cada día me sentía peor y una vez, al mediodía, me dolía tanto la cabeza que me desmayé en la celda. A eso de las 4 de la tarde, los guardias finalmente pidieron a unas prisioneras que me llevaran a la enfermería para una transfusión. Al completarse un tercio, las dos policías de turno se fueron a comer, me quitaron la aguja y me enviaron a mi celda. El dolor de cabeza me volvió a eso de las 9 de la noche y los guardias enviaron a dos prisioneras a que me vigilaran, pero seguían sin darme medicamentos. Al día siguiente, volví a desmayarme. Me sentía débil, me habían atormentado hasta enfermarme y pensaba en cuándo se acabaría todo. Me pregunté si moriría allí. Estos pensamientos me dejaron débil e indefensa, así que recurrí a Dios una y otra vez, pidiéndole que me protegiera para superar todo esto. Entonces, recordé un himno de Su palabra, “Las pruebas exigen fe”: “Cuando las personas atraviesan pruebas, es normal que sean débiles, internamente negativas o que carezcan de claridad sobre la voluntad de Dios o sobre la senda en la que practicar. Pero en cualquier caso, como Job, debes tener fe en la obra de Dios, y no negarlo. Aunque Job era débil y maldijo el día de su propio nacimiento, no negó que Jehová le concedió todas las cosas en la vida humana, y que también es Él quien las quita. Independientemente de cómo fue probado, él mantuvo esta creencia. En tu experiencia, da igual cuál sea el tipo de refinamiento al que te sometas mediante las palabras de Dios, lo que Él exige de la humanidad, en pocas palabras, es su fe y su amor por Él. Lo que Dios perfecciona al obrar de esa manera es la fe, el amor y las aspiraciones de las personas. Dios realiza la obra de perfección en la gente y ellos no pueden verla ni sentirla; es en tales circunstancias en las que se requiere tu fe. Se exige la fe de las personas cuando algo no puede verse a simple vista, cuando no puedes abandonar tus propias nociones. Cuando no tienes clara la obra de Dios, lo que se requiere es tu fe y que adoptes una posición firme y mantengas el testimonio. Cuando Job alcanzó este punto, Dios se le apareció y le habló. Es decir, sólo podrás ver a Dios desde el interior de tu fe. Cuando tengas fe, Dios te perfeccionará” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Al pensar en esto, entendí que Dios permitía que mi salud flaqueara para perfeccionar mi fe. Era una bendición de Dios. Pensé en las pruebas que tuvo que atravesar Job y recordé su cuerpo lleno de llagas. Él sufrió mucho, pero se sentó en la ceniza, se rascó con unos tiestos y jamás culpó a Dios. Confió en su fe y dio testimonio para Dios. Yo quería ser como Job y atravesar esto por medio de la fe. Sabía que cada bocanada de aire me había sido dada por Dios, así que si Él permitía que muriera, estaba dispuesta a someterme. Mientras respirara, estaba lista para mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás. Para mi sorpresa, una vez que estuve lista para someterme, el dolor de cabeza y las articulaciones comenzaron a mejorar. Eso me mostró lo real que es el amor de Dios y que siempre está a mi lado cuidándome. Esto realmente apuntaló mi fe en Él.

En diciembre de 2013, el partido Comunista me acusó de “coordinar y usar una organización de culto para socavar la aplicación de la ley” y me sentenció a cuatro años. En enero de 2014, me enviaron a una cárcel de mujeres para cumplir mi condena. En prisión vivía con el alma en vilo. Siempre había alguien mirándome hacer todo: comer, trabajar, dormir, incluso ir al baño. Cada celda tenía 12 personas y todas nos vigilábamos y si alguien hacía algo mal, nos castigaban a todas. Y cuando era algo serio, nos recluían. Pero lo peor era el trabajo manual pesado. Los guardias nos trataban como máquinas de hacer dinero, nos hacían coser, planchar y empacar todo tipo de ropa, a diario. Teníamos que hacer cientos de miles de prendas, uniformes policiales, militares y de China Railway. La mitad de nosotras no lograba terminar lo exigido. Mi visión era 20/200, así que me costaba ver y los guardias me gritaban constantemente. Las dos planchadoras debíamos colgar las prendas de seis tablas de planchar industriales, corríamos de aquí para allá y trabajábamos más de 10 horas. Yo vivía con ampollas en los pies que emanaban pus y se me pegaban a las medias. No importaba cuánto me doliera, al día siguiente debía trabajar y me golpeaban si no terminaba. Después de tres meses, los guardias me pusieron a planchar, debía usar una plancha de 3 kilos y trabajar más de 10 horas. Después de tanto trabajo hasta las 11 o 12 de la noche, mi salud comenzó a deteriorarse. Me desmayé dos veces en el taller y al recobrar la consciencia, tuve que seguir trabajando. Estar allí me hizo sentir que había descendido al infierno, fue horrible.

Pensaba mucho en la palabra de Dios y en Su amor. Este es un pasaje en el que pensaba: “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han sido dadas? ¿Alguna vez habéis buscado las promesas que se hicieron por vosotros? Con toda seguridad, bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el dominio de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, ciertamente no perderéis la luz que os guía. Con seguridad seréis el amo de toda la creación. Con seguridad seréis un vencedor delante de Satanás. Con seguridad, cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre las grandes multitudes para dar testimonio de Mi victoria. Con seguridad permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, y, con seguridad, irradiaréis Mi gloria por todo el universo” (‘Capítulo 19’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Eso me ayudó a entender que los vencedores se hacen en las pruebas y tribulaciones y no importa el dolor o la miseria que deban enfrentar, ellos se someten a Dios y son devotos hasta el final. Tener la oportunidad de dar testimonio para Dios era Su gracia y bendición para mí y no importaba cuánta debilidad física y sufrimiento afrontara, debía apoyarme en Dios para mantenerme firme en el testimonio y avergonzar a Satanás. La guía de la palabra de Dios fue lo que me dio fe y fuerza y finalmente pude superar esa terrible época en prisión.

El día que salí, me llevaron a la secretaría judicial donde el subsecretario dijo que mi esposo había sido liberado después de solo 40 días, luego fue arrestado otra vez en septiembre de 2014 y fue sentenciado a 3,5 años. Me dijo: “Ahora que está libre, cuide a sus hijos y olvide a Dios. Ellos han estado solos porque ustedes dos son creyentes y han debido quedarse en casa de su hermano todos estos años”. Me enfadó mucho oír esto. Nos arrestaron, nos sentenciaron y separaron a nuestra familia solo porque dos de nosotros éramos creyentes, nada más. El PCCh mintió y dijo que como éramos creyentes, no nos importaba ni la familia ni los niños. ¡Distorsionaban la verdad!

Cuando llegué a casa, vi el jardín todo crecido y las mesas, sillas y platos esparcidos por el césped. Cuando quise levantar la mesa, se desarmó apenas la toqué. En la entrada de la sala, cuando abrí la puerta, vi el sofá y los armarios dados vuelta y no se podía pasar. Una gruesa capa de polvo cubría todo y los cimientos de la cocina se habían hundido casi 3 cm. La pared tenía una rajadura de un dedo de ancho. Ver todo esto fue muy duro para mí y lloré sin parar. Cuando vi a mi hijo, le pregunté cómo había estado todo esos años y entre sollozos me dijo: “Mamá, la gente del pueblo nos preguntaba por ustedes a propósito. Yo intentaba evadirlos y no responder. Intentaba no salir ni ver a nadie. Muchos de mis compañeros se burlaban de mí y me decían que era el hijo de dos criminales. No quería ir a la escuela”. Tuve que contener las lágrimas cuando le oí decir eso. Todavía era un niño, pero sufrió discriminación de parte de la gente y burlas de sus compañeros solo porque yo era creyente. ¡Odiaba al Partido con todo mi ser!

Poco después de llegar a casa, un instructor de la Brigada de Seguridad Nacional y un par de oficiales locales trajeron dos camarógrafos a mi casa, que comenzaron a filmar apenas cruzaron la puerta, sin mi permiso. Hicieron un video con esas imágenes, con una voz en off diciendo puras mentiras: Que los creyentes no trabajaban los campos, que no cuidábamos a la familia ni cuidábamos a los ancianos ni criábamos a los niños, y que nuestro hijo, que estaba en la secundaria, había dejado la escuela y estaba probando suerte y haciendo changas. Luego, proyectaron el video en grandes televisores al aire libre en la calle y también en una gran pantalla en un vehículo que iba por todo el pueblo. El video se proyectaba donde fuera el auto. Luego de ser blanco de estos rumores y calumnias, casi todos en el pueblo sabían que nos habían arrestado y nos habían puesto en prisión por creer en Dios Todopoderoso. Mi familia y amigos me evitaban y no se atrevían a hablarme. El Partido Comunista tomó el video y lo mostró en la escuela de mis hijos, y las maestras les dijeron a los estudiantes que si veían a alguien compartir el evangelio con sus padres, debían llamar a la policía y denunciarlos. Mi hija volvió a casa llorando y dijo que los demás niños se burlaban de ella por ser hija de convictos. Se escondió a llorar en casa dos o tres días y no volvió a la escuela. Antes era alegre y conversadora, muy feliz y llena de energía, pero ahora se había vuelto muy reservada y nunca quería hablar. Mi hijo también estaba muy deprimido. Eso no fue todo. Armaron una reunión en el pueblo con el pretexto de hablar de los hogares necesitados y dijeron que, como nos habían condenado por alterar el orden social por nuestra fe en Dios Todopoderoso, no teníamos manera de mantener a nuestra familia y que necesitábamos donaciones de los vecinos. Algunos les creyeron y nos criticaron por no asumir nuestras responsabilidades. También usaron a mi hermano y a su esposa, a nuestros vecinos y al jefe del pueblo para vigilarnos. No tenía manera de ver a mis hermanos y hermanas, así que no podía llevar una vida religiosa ni cumplir mi deber. Era como un arresto domiciliario. Me sentía abatida y odiaba al Partido con todo mi ser.

Después de todo eso, leí esto en la palabra de Dios: “Durante miles de años, esta ha sido la tierra de la suciedad. Es insoportablemente sucia, la miseria abunda, los fantasmas campan a su antojo por todas partes; timan, engañan, y hacen acusaciones sin razón[1]; son despiadados y crueles, pisotean esta ciudad fantasma y la dejan plagada de cadáveres; el hedor de la putrefacción cubre la tierra e impregna el aire; está fuertemente custodiada[2]. ¿Quién puede ver el mundo más allá de los cielos? El diablo ata firmemente todo el cuerpo del hombre, pone un velo ante sus ojos y sella con fuerza sus labios. El rey de los demonios se ha desbocado durante varios miles de años, hasta el día de hoy, cuando sigue custodiando de cerca la ciudad fantasma, como si fuera un ‘palacio de demonios’ impenetrable. Esta manada de perros guardianes, mientras tanto, mira fijamente con ojos resplandecientes, profundamente temerosa de que Dios la pille desprevenida, los aniquile a todos, y los deje sin un lugar de paz y felicidad. ¿Cómo podría la gente de una ciudad fantasma como esta haber visto alguna vez a Dios? ¿Han disfrutado alguna vez de la amabilidad y del encanto de Dios? ¿Qué apreciación tienen de los asuntos del mundo humano? ¿Quién de ellos puede entender la anhelante voluntad de Dios? Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Fue a través de esta opresión y dificultad que me di cuenta de que el Partido era un grupo de demonios que odiaban a Dios y destruían a la gente. Pasé a odiarlos profundamente y rompí todo lazo con ellos. Y al mismo tiempo, pude ver el amor de Dios. Cuando Satanás abusó de mí y me torturó, fue la palabra de Dios lo que me dio fe y fuerza, guiándome a cada paso. También experimenté personalmente el poder y la autoridad de la palabra de Dios y mi fe en Él creció. Ganar todo esto fue el amor de Dios y Su bendición. ¡Demos gracias a Dios!

Notas al pie:

1. “Hacen acusaciones sin razón” alude a los métodos por los cuales el diablo daña a las personas.

2. “Fuertemente custodiada” indica que los métodos por los cuales el diablo aflige a las personas son especialmente crueles, y las controla tanto que no tienen espacio para moverse.

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